Conferencia General 4 de abril de 2009
Fe en el Señor Jesucristo
Élder Kevin W. Pearson
De los Setenta
En la familia de la fe, no hay necesidad de temor ni duda. Elijan vivir por medio de la fe y no por temor.
Humildemente invito la compañía del Espíritu Santo al hablar de un principio vital del Evangelio: la fe en el Señor Jesucristo. Reconozco con profundo aprecio y amor los grandes ejemplos de verdadera fe y fidelidad en mi propia vida. Expreso mi profundo amor y gratitud a mis buenos padres, a mi familia, a los líderes del sacerdocio, a los queridos misioneros, a mis maravillosos hijos y a mi adorada compañera eterna. Reconozco mi necesidad y deseo de obtener mayor fe en calidad de discípulo y testigo de Cristo. No ha habido mayor necesidad de fe en mi propia vida como la que tengo ahora.
Como padres, se nos ha dado el mandamiento de enseñar a nuestros hijos a “comprender la doctrina… de la fe en Cristo, el Hijo del Dios viviente” (D. y C. 68:25). Eso requiere mucho más que simplemente reconocer la fe como un principio del Evangelio. Tener fe es “tener confianza en algo o alguien” (Guía para el estudio de las Escrituras, pág. 78). La verdadera fe se debe centrar en Jesucristo. “La fe es un principio de acción y de poder” (Bible Dictionary, pág. 670); requiere que hagamos y no que simplemente creamos. La fe es un don espiritual de Dios que viene por medio del Espíritu Santo; requiere un entendimiento y un conocimiento correcto de Jesucristo, de Sus atributos divinos y naturaleza perfecta, de Sus enseñanzas, de la Expiación; de la Resurrección y del poder del sacerdocio. La obediencia a esos principios genera una confianza total en Él y en Sus siervos ordenados, y una convicción respecto a Sus bendiciones prometidas.
No hay otra cosa en la cual podamos tener una certeza absoluta. No existe otro fundamento en la vida que aporte el mismo gozo, la misma paz y esperanza. En épocas inestables y difíciles, la fe es, en verdad, un don espiritual digno de nuestros mayores esfuerzos. Podemos dar a nuestros hijos una formación académica, clases, deportes, arte y bienes materiales, pero si no les damos fe en Cristo, les hemos dado poco.
“La fe se aviva al escuchar el testimonio de aquellos que la tienen” (Bible Dictionary, pág. 669; véase también Romanos 10:14–17). ¿Saben sus hijos que usted sabe? ¿Ven y sienten ellos su convicción? “La fe firme se desarrolla por medio de la obediencia al evangelio de Jesucristo” (ibíd. pág. 669).
El élder Bruce R. McConkie enseñó: “La fe es un don de Dios concedido como premio a la rectitud personal. Siempre se otorga cuando la rectitud está presente y cuanto mayor sea la medida de obediencia a las leyes de Dios, mayor será el atributo de la fe” (Mormon Doctrine, segunda edición, 1966, pág. 264). Si deseamos obtener más fe, debemos ser más obedientes. Cuando enseñamos a nuestros hijos, por medio del ejemplo o del precepto, a tomar a la ligera el obedecer los mandamientos de Dios o a obedecerlos de acuerdo con las circunstancias, impedimos que ellos reciban ese importante don espiritual. La fe requiere una actitud de obediencia exacta aun en las cosas pequeñas y simples.
El deseo es una partícula de la fe que se cultiva en nosotros al experimentar la verdad divina. Es como una fotosíntesis espiritual. La influencia del Espíritu Santo, actuando sobre la luz de Cristo que está en cada ser humano, produce el equivalente espiritual de una reacción química, una inquietud, un cambio en el corazón o un deseo de saber. La esperanza surge cuando las partículas de la fe llegan a ser moléculas, y al realizar esfuerzos sencillos para vivir los principios verdaderos. Seguir leyendo




























