Lo que el Señor requiere de los padres

Septiembre de 1982
Lo que el Señor requiere de los padres
Por el élder Robert L. Backman
Del Primer Quórum de los Setenta

Robert L. BackmanDemasiados padres han olvidado cómo se siente cuando se es joven, cuando se pasa por los años difíciles de la adolescencia, en los cuales un joven no sabe si catalogarse como hombre o como muchacho; en que lucha para descubrir su identidad y el propósito de su vida; se preocupa por su desarrollo físico; confronta decisiones importantes en lo concerniente al futuro, a las muchachas, a su trabajo, y a su relación con Dios, con Jesucristo, y con todos los que lo rodean; lleno de fe, y sin embargo, con dudas; independiente, pero al mismo tiempo dependiente; ansioso de ver qué puede lograr por sus propios medios, sin embargo, necesitado de la seguridad de otros; arrastrado por las fuerzas que lo atraen aquí y allá: la familia, los compañeros, los maestros, los líderes; y combinado con la sensación de que el tiempo parece no tener límites.

¿Recordáis?

Nuestro Padre Celestial ha puesto el destino eterno de sus hijos en las manos de los padres, pero más específicamente sobre los hombros de la familia. Esa es una responsabilidad que no puede delegarse.

En una bella revelación recibida por medio de José Smith, el Señor declaró que los niños son inocentes y que “se requieren grandes cosas de las manos de sus padres” (véase D. y C. 29:48).

¿Qué grandes cosas requiere el Señor de las manos de los padres? Como Presidente de la Mesa General de los Hombres Jóvenes, quiero dirigirme en particular a los padres de los jovencitos.

Él requiere que los padres enseñen a sus hijos.
Padres, ¿cómo podemos olvidar esta gran responsabilidad que el Señor nos ha dado de criar a nuestros hijos en la luz y la verdad? (Véase D. y C. 93:40.)

En Doctrina y Convenios 68:25-28, el Señor nos dio instrucciones estrictas concernientes a nuestra responsabilidad como padres. Nos mandó que:

  1. Nos aseguremos de que nuestros hijos comprendan los primeros principios del evangelio.
  2. Nuestros hijos sean bautizados cuando cumplen ocho años de edad y que reciban “la imposición de manos” para que puedan tener la compañía del Espíritu Santo.
  3. Nos aseguremos de que nuestros hijos hagan ciertas cosas, tales como orar y “caminar rectamente delante del Señor”.

El Señor nos recordó que ésta es “una ley para los habitantes de Sión”.

¿No es interesante saber que el Señor nos pide que empecemos a enseñar a nuestros hijos cuando son de corta edad, antes de que Satanás tenga ninguna influencia sobre ellos y cuando los padres son la influencia más poderosa en su vida?

También debemos darnos cuenta de que la responsabilidad de enseñar la verdad a nuestros hijos no descansa en la Iglesia, en la escuela, en la comunidad, ni en los compañeros.

Es nuestro derecho, igual que nuestra responsabilidad, ayudar a nuestros hijos a tomar decisiones correctas. Esto es especialmente cierto cuando se trata de enseñarles acerca del matrimonio, del sexo y del nacimiento, de acuerdo con los conceptos sagrados del código moral de Dios. Muy a menudo los jóvenes aprenden lo que sus amigos les dicen acerca de estos temas, lo que podría considerarse como un ciego que guía a otro ciego; o si no, aprenden en la atmósfera científica del aula.

Conozco a un padre que tiene una bella relación con su hijo. Tienen una buena comunicación, creando así un lazo de confianza que da gusto percibir. Un día de verano, mientras el padre trabajaba en el huerto, pudo escuchar que su hijo sostenía una seria conversación con un amigo al otro lado de la cerca. El amigo hacía algunas de aquellas preguntas que nos han perturbado a todos cuando estamos creciendo. En lugar de contestarlas el joven le preguntó:

— ¿Por qué no le preguntas eso a tu padre?

El amigo replicó:

— ¿Quieres decir que tú puedes hablar con tu padre de estas cosas?

Cuando entrevisto a jóvenes que han transgredido las leyes morales, me pregunto cuántos de ellos podrían haber evitado tener tal experiencia si hubieran tenido una buena comunicación con sus padres, y si éstos los hubieran instruido constantemente al respecto.

Cómo quisiera que los padres de hoy fuesen como Adán y Eva, quienes, nos dicen las Escrituras, “hicieron saber todas las cosas a sus hijos e hijas” (Moisés 5:12).

Los padres deben aprender a aprovechar los momentos propicios para enseñar a sus hijos, y aun crear estas oportunidades. Esto requiere tiempo, una buena relación entre ellos, y una buena comunicación con los hijos.

Recientemente, durante una cena de celebración de los Scouts, escuché a uno de los muchachos que había alcanzado el honor más alto dentro del programa hablar acerca de la relación que lo unía a su padre, quien era también su maestro Scout:

“Durante nuestros viajes el maestro Scout no nos estaba hablando siempre de los premios por méritos que teníamos que lograr; cuando efectuábamos nuestras caminatas nos hablaba de Pablo, de Nefi cuando estábamos sentados alrededor del fuego, de Abraham cuando mirábamos las estrellas, y de Jesús de Nazaret justo antes de que dijéramos nuestra oración al acostarnos. También en diferentes oportunidades nos envió a cada uno a orar solos, tal como lo hizo José Smith.

“Yo escuchaba atentamente lo que nuestro maestro Scout nos decía, y siempre trataba de seguir sus consejos. Él es mi padre, y quiero llegar a ser como él es.

“Si puedo recordar todo lo que aprendí en aquellas caminatas por las montañas, creo que puedo ir por el sendero de la vida y tener éxito.”

Él requiere que los padres sean un ejemplo para sus hijos.
Nuestro Salvador nos habló acerca de la importancia del ejemplo:

“De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente.” (Juan 5:19.)

Todas las familias de Santos de los Últimos Días tienen el derecho de que las guíe un patriarca que honra y utiliza el poder de su sacerdocio en justicia, que es un ejemplo digno para su familia, que los protege y fortalece por medio de su fe y su devoción.

Los padres deben dar a sus hijos normas y valores elevados, los que pueden transmitirse mejor por medio de un buen ejemplo.

El presidente David O. McKay aconsejó a los padres:

“La forma más eficaz de enseñar religión en los hogares no es predicar los principios, sino vivirlos. Si queréis enseñar la fe en Dios, mostrad fe vosotros mismos; si queréis enseñar acerca de la oración, orad constantemente. ¿Queréis que se abstengan de ingerir bebidas alcohólicas? Entonces absteneos vosotros de hacerlo. Si queréis que vuestros hijos vivan una vida llena de virtud, de autocontrol, de buenas obras, entonces sed un buen ejemplo en todas estas cosas. Un niño que crezca en un ambiente como éste se encontrará fortalecido cuando aparezcan las dudas, las preguntas y el deseo de saber que agitarán su alma en el momento en que se produzca el verdadero despertar religioso, a los trece o catorce años de edad.” (En Conference Report, abril de 1955, pág. 27.)

¿Es vuestra vida reflejo de vuestro amor por el Señor y su evangelio, y de vuestro amor por vuestra esposa e hijos? ¿Estáis utilizando vuestra autoridad patriarcal en vuestro hogar? ¿Cuándo fue la última vez que disteis a vuestros hijos una bendición de padre? ¿Cuándo fue la última vez que los entrevistasteis? ¿Cuánto hace que testificasteis a vuestros hijos de la veracidad del evangelio? ¿Estudiáis las Escrituras con vuestra familia en forma regular? ¿Oráis con ellos constantemente y lleváis a cabo vuestras noches de hogar? ¿Puede sentirse el espíritu del evangelio en vuestros hogares? ¿Estáis dando un buen ejemplo?

Todos los padres deberían ser dignos de decir: “Seguidme, así como yo sigo a Cristo”,

El Señor requiere que los padres establezcan ciertos límites o normas dentro de los cuales sus hijos puedan ejercer el libre albedrío.
El padre y la madre deben ser los que guían a la familia. En una serie de artículos publicados por una agencia de noticias, el autor dijo:

“Los expertos están de acuerdo en una cosa: el mejor apoyo que un niño puede tener consiste en las normas y límites establecidos en el hogar.” Nuestros jóvenes no quieren andar errantes, sino que quieren seguridad y un ancla a la cual asirse, quieren límites establecidos por sus padres, que les indiquen cómo vivir, y al mismo tiempo les den oportunidades de desarrollarse. Quieren saber qué es lo que esperamos de ellos y ansían nuestra guía.

Algunos de nosotros nos hemos preocupado tanto en dar a nuestros hijos lo que nunca tuvimos que no les damos lo que si tuvimos: una familia.

El Señor requiere que los padres amen a sus hijos.
En un estudio se preguntó a diez mil estudiantes de secundaria en Kansas qué pregunta harían a sus padres deseando recibir una respuesta honesta; a lo que un 80% respondió: “¿Me aman?”

La segunda pregunta en popularidad fue: “Si tuvieran la oportunidad de volver hacia atrás, ¿me querrían tener en la familia otra vez?”

Cuán importante es que los padres den a sus hijos seguridad y les ayuden a adquirir autovalía, haciéndoles saber que son amados y necesitados.

Debemos amarlos incondicionalmente, de la misma manera que el Salvador nos ama a nosotros, usando nuestro tiempo, nuestras energías, nuestras habilidades, nuestra comprensión, y nuestro interés para ayudarlos a reconocer su relación con su Padre Celestial y su divino potencial como hijos suyos.

El presidente Joseph F. Smith nos aconsejó:

“Padres, si queréis que vuestros hijos sean instruidos en los principios del evangelio, si queréis que amen la verdad y la entiendan, si deseáis que os obedezcan y se unan a vosotros, ¡amadlos!; mostradles que los amáis con toda palabra o acto relacionados con ellos. Por vuestro propio bien, por el amor que debe existir entre vosotros y vuestros hijos, pese a lo rebelde que sea o se porte éste o aquél, cuando les habléis, no lo hagáis con ira: no lo hagáis ásperamente con un espíritu condenador. Habladles con bondad; sometedlos y llorad con ellos si es necesario, y de ser posible, procurad que viertan lágrimas con vosotros. Suavizad sus corazones; procurad que se enternezcan hacia vosotros. No empleéis el látigo ni la violencia. . . tratadlos con la razón, con la persuasión y con amor no fingido. Si no podéis conquistar a vuestros hijos por estos medios… no habrá manera en el mundo con que podáis conquistarlos.” (Doctrina del Evangelio, capítulo 16, pág. 10.)

El Señor requiere que los padres sean héroes
En la reunión general del sacerdocio de abril de 1976, el presidente Spencer W. Kimball citó a Walter MacPeek:

“Los muchachos necesitan muchos héroes como Lincoln y Washington. Pero también necesitan tener héroes cerca de ellos. Necesitan conocer personalmente a algún hombre de gran fortaleza e integridad de quien puedan aprender. Necesitan encontrárselos en la calle, ir en caminatas con ellos, verlos cerca del hogar, todos los días, en toda clase de situaciones; sentirse lo suficientemente cerca como para hacerles preguntas y hablar de hombre a hombre con ellos.” (“Los héroes de la juventud”, Liahona, agosto de 1976, pág. 38.)

En lo que se refiere al evangelio, estos héroes deben ser los padres.

En el pasado, los muchachos trabajaban al lado de su padre como sus ayudantes en el campo, o se relacionaban con otros hombres cuando se empleaban como aprendices de algún oficio. Pero hoy día, en nuestra sociedad urbana, los chicos se encuentran completamente aislados del mundo de los hombres. Por el contrario, los padres se dirigen a la fábrica o la oficina por la mañana y regresan a casa por la noche, por lo que muchos de nuestros muchachos pasan el día sin tener un modelo masculino.

Naturalmente, en algunas situaciones el padre ya no se encuentra presente en el hogar, pero las madres que asumen ambos papeles no deben desesperarse; el amor y la atención personal, los consejos en asuntos que conciernen a los muchachos, las oportunidades de trabajar y divertirse con hombres de la familia o con los miembros del barrio, pueden ayudar a preparar a un hijo para que se convierta en un hombre. Nadie subestime la influencia positiva que una buena madre puede tener sobre un hijo.

Pero en los casos en que los padres están presentes, el desafío primordial es que éstos pasen el tiempo que tengan con sus hijos en la mejor forma posible, enseñándoles el camino a una vida rica y productiva. Padres, ¡estad al tanto de los problemas de vuestros hijos! Ayudadles a fijarse metas que valgan la pena, tales como obtener un testimonio del evangelio, lograr el mejoramiento personal, la misión, el matrimonio en el templo, una profesión u oficio interesante y satisfactorio. Entonces ayudadles a lograr esas metas, animándolos, estimulándolos, guiándolos, acompañándolos, apoyando sus actividades, trabajando en los comités que ellos formen, saliendo con ellos al campo o dondequiera que necesiten de vuestra presencia e interesándoos en lo que ellos hacen.

Además, orad por ellos, de manera que cuando estén edificando su fe en Dios y en sí mismos, orando para recibir respuesta a sus problemas y dudas, puedan sentir la influencia de las oraciones de su padre por ellos.

El tremendo poder de la oración de un padre está muy bien ejemplificado en las oraciones de Alma a Dios por su hijo rebelde:

“Y dijo además el ángel: He aquí, el Señor ha oído las oraciones de su pueblo, y también las oraciones de su siervo Alma, que es tu padre; porque él ha orado con mucha fe en cuanto a ti, para que seas traído al conocimiento de la verdad; por tanto, con este fin he venido para convencerte del poder y la autoridad de Dios, para que las oraciones de sus siervos sean correspondidas según su fe.” (Mosíah, 27:14.)

Que nuestras oraciones de padres sean tan fervientes como las de David cuando oró por su hijo Salomón:

“Asimismo da a mi hijo Salomón corazón perfecto, para que guarde tus mandamientos, tu testimonio y tus estatutos, y para que haga todas las cosas. . .”           (1 Crónicas 29:19.)

El título de padre es el más noble que un hombre pueda llevar, ya que es más que un papel biológico. Significa patriarca, líder, modelo, confidente, maestro, héroe, amigo, y ante todo, un ser perfecto.

El Señor requiere cosas grandiosas de los padres, para lo cual existen recompensas grandiosas también. A medida que nuestros hijos alcanzan la madurez, poseyendo testimonios sólidos del evangelio, disfrutando de las bendiciones de un matrimonio en el templo, respondiendo al llamado del Señor, criando a sus hijos en luz y verdad, dejando una huella positiva en la sociedad, por medio de su servicio a la comunidad, entonces podemos experimentar el gozo infinito que da el saber que cumplimos con nuestra responsabilidad. Entonces llegaremos a apreciar las palabras de nuestro Padre Celestial cuando se refirió a su Hijo:

“Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.” (Mateo 3:17.)

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Una respuesta a Lo que el Señor requiere de los padres

  1. Fernando Castañeda Luna dijo:

    Gracias por el mensaje publicado lo tomaré para un discurso el Domingo en mi Capilla. Esta muy bonito y estoy seguro que servirá para aplicarlo a mi Vida como Padre.

    Me gusta

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