Encuéntralos!

Junio de 1982
¡Encuéntralos!
Por el élder Royden G. Derrick
De la Presidencia del Primer Quórum de los Setenta

Royden G. DerrickMi bisabuela, Ursula Wise Derrick, fue una mujer excepcional. De acuerdo con nuestros registros familiares, nació aproximadamente en 1779, en Keynsham, Somerset, Inglaterra, una ciudad a sólo doce kilómetros de Bristol. Fue madre de once hijos, de los cuales los dos últimos, Elizabeth y Zachariah, fueron mellizos. Aparentemente, Elizabeth murió al poco tiempo de nacer.

Cuando Zachariah tenía catorce años empezó a trabajar de aprendiz de mecánico en la compañía Bristol Iron Works (Fundición de Bristol), donde más tarde completaría su aprendizaje como fundidor.

El año en que empezó un nuevo aprendizaje, se casó con Mary Shephard y esa época fue, por lo tanto, de gran trascendencia para él. Poco tiempo después de su matrimonio, su madre enfermó gravemente; y temiendo encontrarse a las puertas de la muerte, llamó a Zachariah al lado de su lecho, y pidió que no se uniera seriamente a ninguna de las organizaciones religiosas que. él había conocido hasta el momento, porque ninguna de ellas era la verdadera Iglesia de Jesucristo. Le dijo que cuando oyera acerca de misioneros que anduvieran de dos en dos, predicando de puerta en puerta y en las calles, enseñando sobre un nuevo profeta que había recibido revelación de Dios, debía unirse a ellos, pues serían representantes de la Iglesia verdadera de Dios.

Ese mismo año de 1836, falleció ‘Ursula Wise Derrick. Un año antes, Heber C. Kimball y sus compañeros misioneros habían desembarcado a 320 kilómetros al norte de Liverpool, con el objeto de llevar el mensaje, de la Restauración a las Islas Británicas; sin embargo, no fue hasta varios años más tarde que el evangelio restaurado llegó a Bristol.

Ursula tiene que haber sido una mujer sumamente espiritual para haber recibido esa información de una fuente divina, pero falleció sin tener la oportunidad de ser bautizada por alguien con la autoridad de Dios para oficiar. El Salvador dijo:

“De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.” (Juan 3:5.)

He estado escudriñando las Escrituras para saber qué sucedió con mi bisabuela.

El profeta Isaías dijo que el Salvador sería enviado a “publicar libertad a los cautivos” (Isaías 61:1). El presidente Joseph F. Smith, en su visión de la redención de los muertos (que ahora se encuentra como sección 138 de Doctrina y Convenios), hace referencia a aquellos que murieron antes de la resurrección de Cristo. Dijo que a aquellos que “habían sido fieles en el testimonio de Jesús mientras vivieron en la carne. . .” (D. y C. 138:12) “se apareció el Hijo de Dios y declaró libertad a los cautivos que habían sido fieles” (D. y C. 138:18). ¿Cautivos de qué? Cautivos de la muerte, pues no podían resucitar hasta que Jesucristo hubiera expiado nuestros pecados y hubiera llegado así a ser el primero en resucitar.

Todo esto es la esencia del evangelio y se aplica a todos los hijos de nuestro Padre Celestial, aun a aquellos, como Ursula, que nacieron siglos después de Cristo. Seguir leyendo

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La posición de la mujer con respecto al sacerdocio

1 de febrero de 1980
La posición de la mujer con respecto al sacerdocio
Patricia T. Holland

Patricia T. Holland(Compendio de un discurso pronunciado en la Conferencia para la Mujer en la Universidad Brigham Young, el 1 de febrero de 1980. Usado con permiso.)

En un discurso dirigido a las mujeres de la Iglesia, el presidente Spencer W. Kimball dijo:

“Como hijos espirituales Suyos que somos, todos gozamos de igualdad… Sin embargo, dentro de esa igualdad, nuestros papeles difieren.” (“Vuestro papel Como mujeres justas”, Liahona, ene. de 1980, pág. 168.)

Personalmente, creo que todos tenemos una misión determinada que cumplir en esta tierra. Para ratificar esto, quisiera citar, permitiéndome mencionar a la mujer dentro del contexto original, los siguientes pasajes de Doctrina y Convenios:

“Porque para cada hombre”, y mujer, “hay una hora señalada, de acuerdo con sus obras.” (D. y C. 121:25.)

“Porque no a todos se da cada uno de los dones; pues hay muchos dones, y a todo hombre” y mujer “le es dado un don por el Espíritu de Dios.

A algunos les es dado uno y a otros otro, para que así todos se beneficien.” (D. y C. 46:11-12.)

Creo que en concilios preterrenales hicimos promesas sagradas concernientes al papel que habíamos de desempeñar en la edificación del reino de Dios sobre la tierra, y que a la vez se nos prometieron los dones y los poderes necesarios para cumplir con esos deberes tan importantes. Quisiera citar otras palabras del presidente Kimball:

“Recordad que en el mundo preexistente, a las mujeres fieles se les dieron ciertas asignaciones, y a los hombres fieles se los preordenó para determinados deberes en el sacerdocio… Y todos somos responsables del cumplimiento de todo lo que se esperaba de nosotros en aquella etapa, en la misma forma en que aquellos a quienes sostenemos como apóstoles y profetas son responsables del cumplimiento de sus obligaciones como tales.” (“Vuestro papel como mujeres justas”, Liahona, ene. de 1980, pág. 168.)

También creo que dichas asignaciones y deberes son tan diferentes de mujer a mujer como lo son de hombre a mujer.

Se nos ha enseñado a seguir el ejemplo de personas que nos sirven de modelo, lo cual está bien, pues conviene tener a quien admirar en esa forma; sin embargo, existe un enorme peligro en el deseo de llegar a ser demasiado igual a otra persona, ya que podríamos experimentar así sentimientos de rivalidad, y esto sería contraproducente. Ninguna persona es exactamente igual a otra. Algunas mujeres tienen la misión de cuidar de una familia numerosa; otras, de una pequeña; y otras, de ninguna. Muchas mujeres casadas ponen en ejercicio sus dones y talentos respaldando a su marido en sus labores como líderes de la comunidad, hombres de negocios, presidentes de estaca, obispos o Autoridades Generales, al mismo tiempo que se encargan de atender al progreso y desarrollo de sus hijos. Hay algunas que emplean sus dones y talentos en cargos que exigen capacidad directiva; y hay otras que se valen de sus talentos tanto para apoyar a sus maridos como para servir ellas mismas como líderes. Todas conocemos la gran diferencia que existió, por ejemplo, entre los deberes de Mary Fielding Smith (1801-1852, esposa de Hyrum Smith, madre de Joseph F. Smith, sexto Presidente de la Iglesia) y de Eliza R. Snow (1804-1887, poetisa y segunda Presidenta de la Sociedad de Socorro). Y, no obstante, ambas procuraron con afán hacer la voluntad del Señor, y aspiraron, asimismo, al matrimonio y a la vida familiar y dieron al reino todo lo que poseían.

Cabe decir, entonces, que nuestra responsabilidad mayor es la de vivir con tal rectitud que seamos dignas de conocer, paso a paso, la voluntad del Señor con respecto a nosotras, sin olvidar que siempre existe la probabilidad latente de que llegue el momento en que, arrastradas por las costumbres y la vanidad del mundo, nos sintamos inclinadas a hacer algo que no concuerde con los convenios que hicimos hace ya largo tiempo. Tenemos que estar dispuestas a vivir y a orar como lo hizo María, la madre de Jesús, cuando dijo al ángel que acababa de anunciarle la gran responsabilidad que debía asumir: “Hágase conmigo conforme a tu palabra” (Lucas 1:38).

En lo que toca a la diversidad de nuestras respectivas misiones en la vida, quisiera mencionar algunos casos: La hermana Ardeth Kapp, ex consejera en la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes, vive en la misma manzana donde yo vivo; y quienes la conocen saben de la forma especial en que ella ha aportado al reino de Dios. La hermana Kapp es una de las mujeres más puras de corazón, más dulces de carácter y más firmes en la fe que conozco; y su marido es un líder extraordinario como presidente de nuestra estaca. Los Kapp todavía no han sido bendecidos con hijos. Quisiera hablar de otros vecinos míos; ella es también una de las mujeres de mayor integridad de carácter, dulzura y fidelidad al Señor que he conocido, una mujer que ejerce una influencia poderosa en las personas que la conocen. Su marido, hombre de gran capacidad intelectual, es otra influencia benéfica de estabilidad e inspiración en nuestras vidas; este matrimonio ha sido bendecido con doce hijos. Seguir leyendo

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Abrid vuestra boca

Junio de 1982
Abrid vuestra boca
Joe J. Christensen

Joe J. ChristensenPensad en lo que podría pasar en los próximos veinte años si ayudáramos a una persona por año a encontrar la verdad. . .

En 1970, unos días después que mi esposa, mis hijos y yo llegáramos a la Ciudad de México donde serviría como presidente de misión, los presidentes Joseph Fielding Smith, N. Eldon Tanner y Spencer W. Kimball, con sus respectivas esposas, nos visitaron con motivo de nuestra primera conferencia de misioneros. Después de finalizada ésta, cuando llevaba en auto al presidente Kimball y su esposa hasta el hotel, nos detuvimos en una estación de servicio para comprar gasolina. Mientras nos atendían, se nos acercó una mujer india, que iba descalza y llevaba su bebé envuelto en un rebozo azul, y nos ofreció en venta unos paquetes de chicles; le compré algunos, y ella se dirigió a los que estaban en el auto que se había detenido detrás del nuestro. En ese momento, el presidente Kimball me enseñó una gran lección, con su modalidad bondadosa y suave.

—Presidente —me dijo—, ¿no sería bueno que le hiciéramos saber a esa hermana quiénes somos?

Con esa clase de aliento, por supuesto pensé que “sería bueno” que le explicáramos a aquella mujer que éramos representantes de Jesucristo. Por lo tanto, me bajé del auto y la llamé para que se acercara. Le compré otros paquetes de chicles y luego le presenté al presidente Kimball, diciéndole que era uno de los integrantes del Consejo de los Doce Apóstoles de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Le pregunté si había oído hablar de la Iglesia “Mormona”, a lo que respondió afirmativamente, diciendo que vivía en un suburbio de la ciudad y había visto a los misioneros pasar por allí, “esos jóvenes de camisa blanca”, según sus propias palabras. La insté a que escuchara el mensaje que ellos tenían para ella en la primera oportunidad que tuviera, y me prometió que así lo haría.

Aunque no estoy seguro de si habrá aprovechado la oportunidad de conocer el evangelio, yo aprendí que nosotros, los Santos de los Últimos Días, debemos hacer saber a la gente quiénes somos y, especialmente, a quién representamos.

El Señor ha dicho lo siguiente:

“Sí, de cierto, de cierto os digo, que el campo blanco está ya para la siega; por tanto, meted vuestras hoces, y cosechad con toda vuestra alma, mente y fuerza.

Abrid vuestra boca y será llena, y seréis como Nefi de antaño, que salió de Jerusalén al desierto.

Sí, abrid vuestra boca y no desistáis, y vuestras espaldas serán cargadas de gavillas, porque he aquí, estoy con vosotros.

Sí, abrid vuestra boca y será llena, y decid: Arrepentíos, arrepentíos y preparad la vía del Señor, y enderezad sus sendas; porque el reino de los cielos está cerca.” (D. y C. 33:7-10; cursiva agregada.)

Es interesante notar que en tres versículos consecutivos el Señor nos dice que abramos nuestra boca.

No nos es siempre fácil hacer lo que nos dijo del evangelio en otra oportunidad: “Publícalo sobre las montañas y en todo lugar alto, y entre todo pueblo que te sea permitido ver.” (D. y C. 19:29.) Muchos de nosotros somos tímidos, y el comenzar una conversación con un extraño puede resultarnos muy difícil. Sin embargo, si el mensaje ha de llevarse a “todo pueblo”, ése sería uno de nuestros cometidos más importantes. Hasta pueden suceder milagros si tan sólo abrimos nuestra boca.

Pensemos en lo que podría pasar en los próximos veinte años si ayudáramos a una persona por año a encontrar la verdad y luego la instáramos a que hiciera lo mismo. El crecimiento de la Iglesia sería extraordinario.

Hace poco llegué a comprender hasta qué grado puede aumentar cualquier cifra que se duplique anualmente. Me encontraba visitando a un colega profesor de la Universidad Brigham Young, profesor de matemáticas y ex misionero, que ha hecho unos cálculos muy interesantes de cómo aumentaría el número de miembros de la Iglesia si el promedio de crecimiento de ésta continuara constantemente en los próximos veinte años. Dicho hermano me demostró que si el aumento de miembros en un país determinado continuara al mismo ritmo actual durante veinte años, para el año 2000 en ese país solamente habría más de tres millones de miembros.

Yo también hice unos cálculos por mi cuenta. Si sólo cien miembros de la Iglesia pudieran encontrar anualmente a una persona con quien compartir el evangelio y que, a su vez, esa persona lo diera a conocer a otra cada año sucesivo, dentro de veinte años la Iglesia contaría con más de cien millones de miembros nuevos. Ese es el resultado cuando el ritmo de crecimiento se acelera. Aun si una sola persona trajera a la Iglesia a otra cada año, y cada una de ésas fuera responsable de la conversión de una persona anualmente, a los veinte años habría 1.048.576 miembros nuevos.

Ahora puedo comprender mejor por qué opina el presidente Kimball que nosotros, los miembros de la Iglesia, no deberíamos conformarnos con pensar en cientos de miles de conversos en los años por venir, sino en que hay millones de personas que podrían conocer el evangelio y recibir sus bendiciones. Haríamos mucho bien con sólo hacer saber a las personas quiénes somos; y muy a menudo lo único que tenemos que hacer es abrir nuestra boca. . Seguir leyendo

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La reverencia

Junio de 1982
La reverencia
Por el presidente Marion G. Romney
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

Marion G. RomneyEl diccionario define el vocablo reverencia como «respeto o veneración que tiene una persona a otra». Y cuando hablamos de la reverencia para con Dios, ese respeto o veneración adquiere el matiz de supremo homenaje y adoración. Cuanto mayor sea el amor que la persona sienta hada El tamo más profunda será la reverencia que le demuestre.

La reverencia que pongamos de manifiesto en las diversas reuniones de la Iglesia estará en proporción directa con nuestro amor a Dios. Estoy al tanto de que, con cierta justificación, se han hecho comentarios desfavorables tocantes al orden en algunas de nuestras reuniones. Y, desde luego, tenemos que darnos cuenta de que debemos mejorar.

De todas las gentes del mundo, nosotros, los Santos de los Últimos Días, debemos tener el más grande amor a Dios; sí, debemos amarle más de lo que cualquier otra persona le ama por motivo de que sabemos mucho respecto de Él.

La persona que siente profunda reverencia por Dios le ama, confía en El eleva a Él sus plegarias, cuenta con El y es inspirada por EL Su inspiración siempre ha estado, y está, al alcance de todos los seres humanos que sienten una profunda reverencia por El.

Sabemos que Dios contesta las oraciones porque ha dado respuesta a nuestras; ha contestado las vuestras, y ha contestado las mías. Sabemos que podemos acudir a Él con nuestros problemas y que nos escuchará con interés y amor. Sabemos, asimismo, que procedemos de Dios, y nuestro deseo y esperanza se cifran en volver a su presencia y ser como El.

¡Qué prodigioso es conocer esas grandes verdades! El mero hecho de tener conocimiento de ellas engrandece nuestro amor por Dios; y al crecer nuestro amor, aumenta también la reverencia que le tenemos.

Si amamos al Señor, le serviremos y guardaremos sus mandamientos. El primer mandamiento, que según dijo el Señor, es el más grande de todos, es:

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón. . .
Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.”

Luego añadió:

“De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.” (Mateo 22:37, 39-40.)

La “ley” a la cual el Señor se refería era la ley de Moisés, y “los profetas” a que aludía eran los escritos de los profetas del Antiguo Testamento, a quienes los judíos profesaban honrar. En suma, dijo que si lo amamos con todo nuestro corazón y a nuestro prójimo como a nosotros mismos, estaremos guardando todos los demás mandamientos, incluyendo, naturalmente, el de la reverencia a Dios.

Deseamos que todos los niños tengan reverencia por la casa del Señor. Sin embargo, no podemos persuadirlos a tener esa clase de reverencia diciéndoles meramente que estén callados. Estar en silencio en la capilla es, claro está, parte de la actitud reverente, más el no hablar ni hacer ruido no constituyen en sí la reverencia. De cualquier modo, cuando la persona reconoce la casa en que está en una reunión de la Iglesia como el lugar donde mora el Señor, a quien ama con todo su corazón, echa de ver en seguida que no le resulta difícil tener reverencia por ese lugar. Seguir leyendo

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No basta con la intención

Mayo de 1982
No basta con la intención
Élder Rex C. Reeve
Del Primer Quorum de los Setenta

Rex C. ReeveEra una mañana de otoño en el estado de Wyoming. Las majestuosas montañas Tetón que se elevaban hacia el cielo azul se reflejaban delicadamente en las aguas del lago Jackson. Era por cierto una hermosa parada de descanso antes de empezar la gran aventura de recorrer en canoa 158 kilómetros del borrascoso río Snake (Serpiente), que para hacer honor a su nombre serpentea entre montañas cubiertas de espesos bosques y llenas de animales de todas clases; pocos caminos hay allí y uno que otro angosto sendero.

Reinaba la agitación y los corazones parecían palpitar más rápidamente que lo acostumbrado mientras los diecinueve líderes de los scouts con sus hijos de dieciséis años esperaban a la orilla del río, en la localidad de Moran, para comenzar la aventura del viaje en canoa por el río Snake.

Dos curtidos jóvenes de diecinueve años, altos y con gran experiencia en el río, serían nuestros guías; uno iría a la cabeza de las canoas y el otro siguiéndonos al final. Todos escuchábamos con gran atención las instrucciones y los consejos tratando de no perder detalle. Se podía notar cierto aire de temor al prevenirnos sobre los remolinos, advirtiéndonos que con sus corrientes en círculos podían hacer naufragar una canoa con sus ocupantes. También nos dieron instrucciones sobre la forma de navegar en los lugares de aguas muy turbulentas. La instrucción principal fue: “Pase lo que pase, no hagan nada que pueda desequilibrar la canoa y hacer que se vuelque”. Nos decidimos —y ésa era nuestra verdadera intención— a hacer todo lo que los guías nos habían enseñado. Remaríamos uniformemente a cada lado e iríamos arrodillados en la canoa durante todo el viaje para así poder movernos libremente, manteniendo al mismo tiempo el equilibrio de la embarcación.

Como líder responsable del grupo, me sentía con algunas dudas al escuchar al guía darnos instrucciones sobre las precauciones que debíamos tomar. Recordé las noticias que había escuchado hacía pocos días sobre un padre que se había caído de su canoa mientras pasaban por los rápidos, y, golpeándose la cabeza contra las rocas, había perecido ahogado antes de que pudieran rescatarlo, aun cuando llevaba colocado correctamente su chaleco salvavidas.

Con gracia y soltura el guía se deslizó en su canoa por el río sin hacer mucho esfuerzo. A su vez, una a una lo siguieron las demás, cada una ocupada por un padre con su hijo. Era un día hermoso, el aire fresco y puro parecía darnos vigor y el cielo azul, por el cual ocasionalmente cruzaba alguna nubecilla blanca, se agregaba a la belleza del lugar. El agua estaba clara y corría suavemente. Los majestuosos abetos y pinos, junto con el pasto y los arbustos, hacían que en cada recodo del río apareciera un nuevo paisaje de enorme belleza. Los primeros dieciséis kilómetros fueron tan agradables que la mayor parte del temor y la preocupación se alejó de nosotros.

Al mirar hacia adelante pudimos ver otro arroyo que desembocaba en el río. Empezamos a observar algunos remolinos, lo que nos hizo estar más alerta al aproximarnos al empalme de ambos ríos. De pronto se sintió un grito de júbilo adelante: “¡Miren el alce!” Yo quise verlo y me incliné hacia un lado, pero sólo pude dar un vistazo a sus grandes y aplanados cuernos en el momento de caer de cabeza dentro del agua. Seguir leyendo

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El alcoholismo: ¿Hay esperanza?

Mayo de 1982
El alcoholismo: ¿Hay esperanza?
James R. Goodrich

¿Pueden los amigos, los familiares, o cualquier otra persona hacer algo que sea beneficioso cuando un miembro alcohólico de la familia comienza a destrozar con su comportamiento importantes y significativas relaciones?

No hace mucho, nuestra familia asistió a los servicios religiosos de la Iglesia en una comunidad cercana y aún cuando gozamos de las reuniones, durante las actividades de los niños en la Primaria, sucedió algo que, aunque interesante, me dejó muy preocupado.

Cuando llegó el momento de cantar, la directora de música repartió dulces (caramelos) a los niños diciéndoles: “Esto es una píldora; al comerla, podrán cantar excepcionalmente fuerte y bien”.

Es cierto que el canto resultó un gran éxito; pero me preocupa la sutil lección que se enseñó sin querer.

Vivimos en una civilización cuya orientación gira en torno a las drogas; una civilización que ha producido una multitud de drogas tanto mal como bien empleadas: aspirina, remedios para resfríos o indigestión; nicotina, mariguana, alcohol, heroína; estimulantes, calmantes; y medicamentos para resolver todos nuestros problemas. La mayoría de la gente ha llegado a creer que nadie tiene porqué sufrir dolor o malestar y que cualquier problema —hasta el de aprender a cantar— puede solucionarse con un poco de polvo, una bebida, o una píldora.

No sólo las drogas ilegales son una grave amenaza para la salud, sino también las recetadas por el médico y las que se pueden comprar sin prescripción médica. Pero el problema más grave de todos se encuentra en el consumo del alcohol.

El élder Milton R. Hunter lo resumió muy bien cuando dijo:

“El diablo nunca ha encontrado, en la historia del mundo, una herramienta más eficaz para destruir la felicidad de los seres humanos que las bebidas alcohólicas.” (Vital Quotations, comp. de Emerson Roy West, Salt Lake City: Bookcraft, 1968, pág. 10.)

¿Qué tiene que ver todo esto con los miembros de la Iglesia, cuya Palabra de Sabiduría les insta a abstenerse del alcohol?

Aunque el porcentaje de miembros de la Iglesia que toman es menor que el de la población total, hay hermanos de ambos sexos que violan la Palabra de Sabiduría y optan por beber, a menudo con graves perjuicios para sí mismos y sus familias.

En mi trabajo he encontrado a muchos miembros de la Iglesia en las más tristes circunstancias. Un hombre, que tenía un serio-problema con el alcohol, me dijo:

“He perdido a mi esposa; después de rogarme sin éxito que me abstuviera de beber, se divorció de mí y ahora estoy solo. Ya nadie puede depender de mí, ni mis compañeros de trabajo, ni mi familia; lo he perdido todo.”

Otro dijo:

“Aun después de dejar inservibles dos automóviles a causa de los choques y someter a mi familia a pesadas cargas financieras por mis borracheras, no quise admitir que tomaba demasiado y me negué a buscar ayuda.”

Una hermana dijo llorando:

“Me da miedo volver a casa. Frecuentemente, mi marido ha llegado borracho y nos ha golpeado severamente, a mí o a uno de los niños. ¿Por cuánto tiempo podemos seguir viviendo así? Lo quiero y deseo que cambie. Por favor, ayúdeme.” Seguir leyendo

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Hermanos, Amada vuestra esposa

Mayo de 1982
Hermanos, Amada vuestra esposa
Por el élder James E. Faust
Del Consejo de los Doce

James E. FaustEn estos días he estado pensando seriamente en el papel que mi esposa desempeña en mi vida. Empecé mis reflexiones cuando el élder Boyd K. Packer, del Consejo de los Doce, me preguntó: “¿Qué habría sido de su vida sin su esposa?” Pude haberle contestado de inmediato “No habría llegado muy lejos”, pero él ya sabía eso.

La pregunta penetró profundamente en mi alma, y pasé las siguientes veinticuatro horas pensando qué habría sido de mí sin el apoyo amoroso y dulce de mi esposa y sin la disciplina con que organiza todo. Me estremezco ante la sola idea de lo que habría sido mi vida si no la hubiera tenido a mi lado.

Sin embargo, si debo responder a la pregunta del élder Packer, honestamente debería decir que sin ella, mi vida habría sido poco menos que un fracaso. No me jacto de ser un experto en cuestiones de matrimonio; sólo he estado casado una vez, y gracias a mi esposa hemos tenido éxito. No reclamo el derecho de decir que somos un matrimonio mejor que ningún otro, pero sí reconozco estar casado con una compañera muy especial.

Una de las bendiciones mayores que podemos lograr al tener una buena esposa es que sea para nosotros una fuente para llenar la más básica de todas las necesidades del género humano: el amor. El amor más grande e incondicional que he tenido en mi vida lo he recibido de las buenas mujeres de mi familia: mi esposa, mi madre, mi suegra, mis abuelas, mis hijas y mis dulces nietas.

El gran incentivo que me ha ayudado en mis años de madurez ha sido el amor constante, indescriptible y sin reservas que siento por mi esposa. Esta relación sagrada que me une a mi compañera ha sido la bendición suprema de mi vida, y ni siquiera puedo imaginar qué habría sido de mí sí me hubiera faltado ese don.

Aún me conmuevo al recordar algo que el presidente Marión G. Romney dijo días después del fallecimiento de la hermana Romney, ocurrido en 1979. En un discurso que dio en el templo, en una reunión del Consejo de los Doce, dijo: “Cuando falleció Ida, sentí que algo que había en mí desaparecía. Había perdido su respaldo”. Al lado de su tumba me dijo: “Sé considerado con tu esposa; llévala contigo dondequiera que vayas, porque llegará el momento en que ya no les será posible estar juntos en la tierra”. Seguir leyendo

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El poder del ejemplo

Mayo de 1982
El poder del ejemplo
por el presidente N. Eldon Tanner

N. Eldon TannerÚltimamente, como en muchas otras ocasiones en el pasado, he notado que cada vez que en las noticias se menciona a un Santo de los Últimos Días, ya sea porque ha sido nombrado para ocupar una posición gubernamental o por haber quebrantado la ley, generalmente se indica su afiliación mormona. Otras denominaciones religiosas muy rara vez reciben tal distinción, lo cual considero un honor, ya que deja en evidencia que el mundo cada vez se da mayor cuenta de quiénes somos realmente y, por lo tanto, espera más de nosotros:

El ejemplo que demos al mundo determinará en gran parte el que ganemos amigos o enemigos. Es de suma importancia que cada uno de nosotros viva de acuerdo con las normas de la Iglesia, se adhiera a los preceptos del evangelio y guarde los mandamientos de nuestro Señor y Salvador Jesucristo,’ los cuales se nos han definido tan claramente.

Es siempre conmovedor leer los hermosos relatos de lo que se puede llegar a alcanzar por medio del poder del buen ejemplo. Hace poco tiempo leí una historia que me gustaría repetir. Un hombre que no es miembro de la Iglesia relata una experiencia que tuvo cuando trabajaba hace diez años en un almacén, como asistente del gerente. Debido a la naturaleza del trabajo era necesario que se diera empleo a estudiantes de 16 a 18 años para que trabajaran en el turno de la noche. Él dijo:

“No puedo precisar en qué circunstancias le di empleo a la primera jovencita mormona que entró a trabajar en el negocio. Tendría unos 16 o 17 años, y aunque ni siquiera puedo recordar su nombre, nunca podré olvidar su ejemplo. La caracterizaba una honradez casi sin igual, siempre estaba dispuesta a prestar sus servicios y su apariencia personal no podía ser mejor. Creo que estas palabras no pueden describirla en la forma que yo quisiera. Comparándola con otros jóvenes, ella en verdad era sobresaliente.” Poco tiempo después, el mismo hombre empleó a una amiga de esta joven y se dio cuenta de que ella también era una empleada ejemplar. Ambas eran amigables, y tenían una actitud servicial, tanto para con sus compañeros de trabajo como para con los clientes.

“Pronto quise darles empleo a todas sus amigas mormonas, pues, en mi opinión, individual y colectivamente eran las mejores personas que hasta el momento habían trabajado allí. Sus acciones nunca me desilusionaron y siempre probaron que eran dignas de confianza. Nadie podría desear tener mejores empleadas y compañeras de trabajo.”

Una noche él quiso comprar una pizza para la cena, pero debido a la cantidad de trabajo que tenía, le fue imposible salir del almacén, así que una de estas jovencitas mormonas se ofreció para ir a comprarla. Cuando regresó, se enteró de que la jovencita había tenido un pequeño accidente con el automóvil. En vista de que había ido a hacerle un favor, él ofreció pagar los gastos por los daños ocasionados; mas ella rehusó diciendo que ésa era su responsabilidad. Este señor dijo: “Nunca creí que jóvenes de esa edad pudieran tener esa clase de carácter. Jamás podré olvidarlas”.

Hace poco tiempo este hombre conoció, por medio de su hijo, a unos misioneros de la Iglesia, recibió algunas charlas y asistió a las reuniones dominicales. Al expresar sus comentarios sobre lo que pensaba de los mormones, dijo: “Me he dado cuenta de que lo que admiraba en esas jovencitas hace diez años lo encuentro también en los mormones adultos que he conocido. Me gusta la importancia que dan a la familia y a la vez pienso que es el grupo de personas más felices que he conocido”. Seguir leyendo

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El lugar honorable de la mujer

26 de septiembre de 1981
El lugar honorable de la mujer
Por el élder Ezra Taft Benson
Presidente del Consejo de los Doce

Ezra Taft BensonNo os hablo como a miembros de la gran Sociedad de Socorro de la Iglesia, sino como a mujeres escogidas, hijas de nuestro Padre Celestial.

En abril próximo pasado tuve el privilegio de dirigir la palabra a los poseedores del sacerdocio sobre su responsabilidad como padres. Esta noche os hablo a vosotras sobre el lugar honorable que ocupáis en el plan eterno de nuestro Padre Celestial.

Frecuentemente necesitamos repetir principios y verdades eternas para no olvidar su aplicación y para que otras ideas no nos confundan.

En el mundo está aumentando la maldad; no podemos recordar otra época en que la tentación haya sido más fuerte. Hablando de estas condiciones —las que de cierto empeorarán— el presidente Spencer W. Kimball dijo en un discurso a los Representantes Regionales: “Las líderes y maestras de la Sociedad de Socorro debieran preguntarse: ¿Cómo podemos ayudar a la esposa y madre a entender la dignidad y el valor de su papel en el proceso divino de la eternidad? ¿Cómo podemos ayudarle a hacer de su hogar un lugar de amor, de aprendizaje, de refugio y refinamiento?” (Ensign de mayo de 1978, pág. 101.)

Debemos recordar siempre que el plan de Satanás es frustrar el plan de nuestro Padre Eterno. Que el propósito del adversario es destruir a la juventud de la Iglesia, la “nueva generación”, como la llama el Libro de Mormón (véase Alma 5:49), y destruir la unidad familiar.

En el comienzo, Dios le dio a la mujer el papel de compañera del sacerdocio y dijo “que no era bueno que el hombre estuviese solo; por consiguiente, le haré una ayuda idónea para él” (Moisés 3:18).

La mujer fue creada como ayuda idónea del hombre. Esta asociación, que sirve para que marido y mujer se complementen el uno al otro, la representa en su forma ideal el matrimonio eterno de nuestros primeros padres: Adán y Eva. Ellos trabajaron juntos; tuvieron hijos; oraron juntos; y juntos enseñaron el evangelio a sus hijos. Este es el modelo que Dios quisiera que todos los hombres y mujeres justos imitaran.

Antes de que el mundo fuera creado, se determinó el papel de la mujer en los concilios de los cielos. Vosotras fuisteis elegidas por Dios para ser esposas y madres en Sión, y vuestra exaltación en el reino celestial se basa en la fidelidad a ese llamamiento.

Desde el comienzo, el papel primordial de la mujer ha sido traer a la vida terrenal los hijos espirituales de nuestro Padre Celestial.

Desde el comienzo, su papel ha sido enseñar a sus hijos los principios eternos del evangelio y proporcionarles un refugio de amor y seguridad, a pesar de lo humilde que sea su condición.

En el principio, se le dijo a Adán, no a Eva, que debía ganar el pan con el sudor de su rostro (véase Génesis 3:19). Contrario a lo que pueda opinar la sabiduría del mundo, el lugar de la madre está en el hogar.

Reconozco que muchos tratarán de convenceros de que estas verdades no se aplican a nuestros días. Si dais oído a esas voces, seréis desviadas de vuestras principales obligaciones.

En el mundo hay voces seductoras que hablan de otros “estilos de vida” para la mujer y aseguran que para algunas es mejor una carrera que el matrimonio y la maternidad.

Esas personas siembran el descontento haciendo propaganda a actividades que, según su opinión, son más emocionantes y contribuyen de un modo más eficaz a la realización personal de la mujer que las del hogar. Algunos se han atrevido a sugerir que la Iglesia deje de lado el “prototipo de la mujer mormona”: la que se dedica al hogar y a la crianza de los hijos. También dicen que es sabio limitar la familia para que haya más tiempo para el desarrollo personal.

Sé muy bien que las circunstancias de algunas hermanas no siempre son ideales. Lo sé porque he hablado con muchas de vosotras que por necesidad tenéis que trabajar y dejar a vuestros hijos con otras personas, aunque vuestro corazón está en vuestro hogar. Por vosotras me conmuevo y elevo al Señor mis oraciones para que seáis bendecidas y El os conceda los justos deseos de vuestro corazón. Seguir leyendo

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Sigamos aprendiendo

26 de septiembre de 1981
Sigamos aprendiendo
Por la hermana Shirley M. Thomas
Segunda Consejera en la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Shirley M. ThomasEsteban comenzó su primer año de la escuela secundaria en septiembre. No era tan alto como los otros muchachos, y cuando su madre tuvo que acortarle los pantalones nuevos, le pidió que le dejara un dobladillo ancho “porque”, le dijo, “voy a crecer mucho este año”.

Tal vez nosotras no estemos tan preocupadas por crecer físicamente, pero, mirando hacia el futuro, ¿habremos decidido progresar intelectual y espiritualmente?

Un antiguo líder de la Iglesia dijo:

“En este mundo de cambios, donde se requiere que progresemos, nuestra inteligencia debe ir en constante aumento… No hay un lugar para que un hijo de Dios se detenga en su progreso. . .” (Orson Hyde, en Journal of Discourses, 7:151).

Considerando, entonces, esta necesidad, agradecemos a nuestro amoroso Padre por habernos dado el programa de la Sociedad de Socorro que nos brinda la oportunidad de continuar aprendiendo.

Nuestros cursos de estudio benefician a toda mujer Santo de los Últimos Días. El primer domingo de cada mes tenemos la lección de Vida Espiritual. Luego, el segundo, la de Educación para la Madre. Tal vez parezca raro que casi una cuarta parte del tiempo que tenemos para enseñar se dedique a este tema para la madre, cuando no todas las mujeres de la Sociedad de Socorro tienen hijos.

Las mujeres de la Iglesia conocemos muy bien las palabras patriarca y orden patriarcal, y las relacionamos con asuntos eternos y con la función del sacerdocio en nuestro hogar y en la Iglesia. La madre es la asociada del patriarca en el hogar. La labor de la madre también es una obra eterna, fundamental; tiene que ver con dar vida y estrechar vínculos de amor, y es una obra que, en gran parte, todas debemos aprender.

Unas estudiantes universitarias aprendieron esto cuando, siendo miembros de la Sociedad de Socorro, visitaban semanalmente a algunas hermanas en un hogar de ancianos. Durante las primeras semanas encontraron a muchas de estas hermanas en un estado de resignación, casi un letargo. La mayoría de ellas se habían dado por vencidas y sólo esperaban el fin de su vida. Sin embargo, las jóvenes continuaron visitándolas; algunas presentaban breves programas musicales, otras las ayudaban a leer o a escribir cartas. Paulatinamente, las ancianas comenzaron a esperar con entusiasmo esas visitas semanales, que les transmitían un poco de la energía de estas jóvenes para el resto de la semana. Las jóvenes hermanas aprovecharon cada indicio de interés de parte de las ancianas; cuando supieron que muchas de ellas habían hecho acolchados, consiguieron los materiales necesarios para que hicieran otros. Las ancianas trabajaron con entusiasmo y apenas terminaron uno estuvieron listas para comenzar otro. Algunas decidieron hacer otros trabajos que las estudiantes les llevaban. La buena acción de las jóvenes se convirtió así en una experiencia de actividad y vitalidad. Las estudiantes les llevaron nueva vida y cariño a las ancianas hermanas y fueron como “madres” para ellas. Seguir leyendo

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La Sociedad de Socorro y los Servicios de Bienestar

26 de septiembre de 1981
La Sociedad de Socorro y los Servicios de Bienestar
Por la hermana Marian R. Boyer
Primera Consejera en la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Marian R. BoyerLas raíces de la participación de la Sociedad de Socorro en el programa de bienestar datan desde su fundación, ya que fue en la primera reunión de esta sociedad que el profeta José Smith instó a las hermanas a buscar oportunidades para practicar la caridad y satisfacer las necesidades de las personas a su alrededor.

Podemos darnos cuenta de la forma en que aceptaron esta responsabilidad si leemos un informe del “Comité de ¡Necesidades” de Nauvoo, con fecha 5 de agosto de 1843: “La hermana Jones, la hermana Mecham y yo visitamos a los miembros de nuestro barrio . . . Fuimos a todas las casas, y encontramos a muchos enfermos . . . a la hermana Miller, una viejecita, enferma y carente de todo: cama, ropa de cama y ropa para cambiarse; también a la hermana Broomley muy enferma y sin alimentos …”

Las hermanas se pusieron de pie, una a una, y ofrecieron lo que se necesitaba para socorrer a esas personas. La hermana Woolley donó “un metro de muselina fina, una enagua de franela… y dinero… La hermana Germán, ropa para la hermana Miller.” (Actas de la Mesa General de la Sociedad de Socorro, 1842-1892, compiladas por Amy Brown Lyman, pág. 72.)

La hermana Ellen Douglas, una joven viuda de Nauvoo que tenía varios niños, nos da una idea del trabajo dé la Sociedad de Socorro en una carta que escribió a sus padres en Inglaterra con fecha 14 de abril de 1844:

“Estuve muy enferma. . . algunas veces pensé que era mejor morir, y entonces recordé a mis pobres hijitos. Oré por mi vida pensando en el bienestar de ellos. Pero no oré sola; muchos de mis hermanos de la Iglesia lo hicieron también, y nuestras oraciones fueron contestadas.”

Luego que empezó a recuperarse, visitó a una amiga, quien le sugirió que “hiciera una solicitud a la Sociedad de Socorro Femenina para obtener la ropa que necesitaba para mí y para mi familia. . . No muy convencida acepté, y me dirigí a una de las hermanas de la Sociedad… Le dije que durante mi enfermedad, mis hijos habían acabado su ropa porque yo no podía remendarla. Ella me respondió que haría lo que estuviera a su alcance por ayudarme, y a los pocos días. . . trajeron una carreta con donativos, como nunca había recibido en ninguna parte del mundo.” (Our Pioneer Heritage, comp. por Kate B. Carter, Salt Lake City: Daughters of Utah Pioneers, 1960, 3:159.)

En el Valle de Lago Salado las hermanas continuaron su trabajo, algunas veces en forma dramática, como lo recuerda la hermana Lucy Meserve Smith, esposa del apóstol George A. Smith, en su Libro de memorias. Mientras los santos se encontraban reunidos en el viejo Tabernáculo, para la conferencia de octubre, llegaron al presidente Brigham Young las noticias de que se acercaban algunas compañías de carros de mano. He aquí lo que ella escribió: Seguir leyendo

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En tiempos de transición

26 de septiembre de 1981
En tiempos de transición
Por la hermana Barbara B. Smith
Presidenta General de la Sociedad de Socorro

Barbara B. SmithHace poco, cuando mi esposo y yo regresábamos a nuestra casa situada en una de las colinas que rodean el valle, nos dimos cuenta de que no había luz eléctrica en todo el vecindario. Estábamos por llegar a nuestra casa cuando vimos que uno de nuestros vecinitos, un niño de unos ocho años de edad, corría a nuestro encuentro trayendo una lámpara.

Él había notado que regresábamos a casa en la obscuridad y corría para ofrecernos su lámpara. “Tenemos otra en nuestra casa”, nos dijo; “pueden quedarse con ésta todo el tiempo que la necesiten.”

Me impresionó mucho el interés del pequeño; tenía una luz y estaba deseoso de compartirla. Realmente quería ayudarnos y estaba preparado para hacerlo en el momento en que lo necesitábamos.

En los días que siguieron, pensé mucho en ese niño, en su deseo de ayudar, y en lo feliz y deseoso que estaba de compartir su luz.

Para mí lo que él hizo representa el mensaje fundamental del Evangelio de Jesucristo y también el lema de la Sociedad de Socorro:

“El amor nunca deja de ser”.

Primero, mi pequeño amigo estaba preparado; él y su familia tenían una lámpara que les sirvió de ayuda cuando desapareció temporalmente la fuente principal de luz.

Debemos pensar seriamente en la amonestación que se nos dio de estar preparadas. Recordemos la parábola de las diez vírgenes, que tomando sus lámparas, salieron para recibir al esposo.

“Cinco de ellas eran prudentes y cinco insensatas.

Las insensatas, tomando sus lámparas, no tomaron consigo aceite; mas las prudentes tomaron aceite en sus vasijas, juntamente con sus lámparas.”

Y cuando llegó el esposo, “las que estaban preparadas entraron con él a las bodas; y se cerró la puerta.” (Véase Mateo 25:1-10.)

Debemos tener la sabiduría para preparamos adquiriendo un conocimiento de la verdad y viviendo como personas íntegras, a fin de que podamos ser dignos discípulos de Cristo. Entonces, con El en el centro de nuestra vida, podremos desarrollar cualidades cristianas que nos harán personas dignas de alcanzar la exaltación; recibiremos mayor fortaleza y aumentaremos nuestra capacidad de amar; y mejorará nuestra disposición ese amor de tal manera que estaremos preparadas en tiempo de necesidad.

Segundo, mi pequeño amigo se interesó lo suficiente en nosotros como para notar que teníamos una necesidad. En la obscuridad, corrió hacia nosotros y sostuvo la luz en alto para que ésta iluminara nuestro camino.

Jesús, por medio de sus penetrantes parábolas, nos instruyó para que sigamos ese mismo consejo:

“Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí.” (Mateo 25:35-36.)

Él nos dice claramente que debemos interesarnos lo suficiente para dar de nosotros y así satisfacer las necesidades físicas y espirituales de aquellos que nos rodean. Si lo hacemos, estaremos obrando caritativamente y comenzará a florecer en nosotros el amor puro de Cristo.

Hace poco escuché a una joven madre que dirigía la palabra en una reunión de la Sociedad de Socorro y que dijo que estaba perdiendo la vista. Expresó gratitud hacia todos aquellos que se habían prestado para leerle, para llevarla al médico y también hacia otra hermana que le estaba enseñando a tocar el piano. Las hermanas de la Sociedad de Socorro, por medio de sus hechos de bondad, le han ofrecido su luz y la han ayudado a mitigar el miedo en esos momentos tan difíciles de transición del mundo conocido a un mundo de tinieblas. Seguir leyendo

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El amor nunca deja de ser

26 de septiembre de 1981
“El amor nunca deja de ser”
Por el presidente Gordon B. Hinckley
Consejero en la Primera Presidencia

Gordon B. HinckleyMis queridas hermanas, me siento muy agradecido por este tema, el cual es también el lema de la Sociedad de Socorro: “El amor nunca deja de ser.” (1 Corintios 13:8.)

Hace poco tuve oportunidad de hacer algo de investigación con respecto a las compañías de carretas de mano Willie y Martin que viajaron en 1856. Entre las personas que componían esas compañías había muchos conversos a la Iglesia procedentes de Escandinavia y las Islas Británicas. Estos inmigrantes llegaron más tarde a los Estados Unidos que los anteriores ese mismo año, y salieron de Iowa City* peligrosamente retrasados, ya muy avanzado el verano, para iniciar la larga caminata a este valle; y por lo tanto, se vieron atrapados por las profundas nevadas en los altos valles de la gran cadena montañosa que debían atravesar antes de llegar a destino. Afortunadamente, se encontraron con algunos misioneros, quienes volvían a sus hogares después de haber cumplido una misión en Inglaterra, y que al ver la situación dramática por la que estaban pasando los santos, se apresuraron a llegar al Valle de Lago Salado y comunicársela al presidente Brigham Young, precisamente el sábado de la conferencia de octubre. A la mañana siguiente, durante la sesión del domingo por la mañana, él se paró frente a la congregación, que se encontraba reunida en el antiguo tabernáculo que se hallaba en esta misma manzana, y les dijo:

“Para los élderes que van a hablar hoy durante la conferencia, les daré el tema. Muchos de nuestros hermanos y hermanas se hallan en las llanuras con sus carros de mano; probablemente muchos de ellos se encuentren a más de 1100 kilómetros de este lugar y, por lo tanto, debemos enviarles ayuda y traerlos hasta aquí. El tema entonces será rescatar a nuestros hermanos.

Esa es mi religión; ése es el mandato del Espíritu Santo que poseo: salvar a la gente.”

Pidió yuntas de muías, carretas y conductores, y les dijo:

“Quiero que las hermanas tengan el privilegio de encargarse de conseguir frazadas, camisas, calcetines, zapatos, etc., para los hombres, mujeres y niños que están en esas compañías de carros de mano. . . gorras y sombreros de invierno, medias, faldas y ropa de toda clase.” (Véase Journal of Discourses, 4:113.)

Eso sucedió el domingo. Dos días después, el martes por la mañana, veintisiete hombres jóvenes partieron con dieciséis carretones tirados por dos yuntas de muías cada uno, los cuales transportaban alimentos y provisiones. Seguir leyendo

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El servicio misional

Abril de 1982
El servicio misional
Por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballEl recogimiento de Israel está en marcha; cientos de miles de personas están uniéndose a la Iglesia por medio del bautismo, y millones más lo harán. Esta es la manera de congregar a Israel mediante la obra misional; vosotras tenéis la responsabilidad de cooperar en esta gran obra y esperamos que no presentéis excusas para no hacerlo.

El evangelio es para todas las naciones; todos somos hijos de Dios; todos somos hermanos, y estamos ansiosos por cumplir la responsabilidad que el Señor Jesucristo nos dio con el mandamiento: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura”. (Marcos 16:15.)

“Hace algunos años me preguntaron: ¿Debe todo joven miembro de la Iglesia salir a cumplir una misión?

Yo respondí con la respuesta que el Señor ha dado: Sí, todo joven digno debe salir de misionero. El Señor así lo espera, y si no es digno de salir de misionero, entonces de inmediato debe comenzar a hacerse digno. El Señor nos ha instruido:

‘Enviad los élderes de mi Iglesia a las naciones que se encuentran lejos; a las islas del mar; enviadlos a los países extranjeros; llamad a todas las naciones, primeramente a los gentiles y después a los judíos.’ (D. y C. 138:8.)

De modo que los jóvenes de la Iglesia que están en edad de ser ordenados élderes deben estar preparados y ansiosos para salir al mundo como misioneros. En la actualidad, sólo una tercera parte de los jóvenes elegibles de la Iglesia han salido a una misión. ¡Una tercera parte no es ‘todo joven’!” (Véase Liahona, nov. de 1977, pág. 1.)

Las estacas que yo he visitado tienen como promedio sirviendo en el campo misional solamente entre un veinticinco y un cuarenta por ciento de sus muchachos elegibles. ¡Eso es todo! ¿Dónde están los demás jóvenes? ¿Por qué no sirven como misioneros?

Ciertamente todo varón de la Iglesia debería servir en una misión, así como debería pagar el diezmo, concurrir a las reuniones, mantener su vida pura y libre de la maldad del mundo y planear un casamiento celestial en el templo del Señor.

Aunque no hay compulsión para que el joven haga todo eso, debe hacerlo para su propio beneficio.

“Alguien quizás también pregunte: ¿Debe cada mujer joven, cada padre y madre, cada miembro de la Iglesia, salir cómo misionero? Nuevamente, el Señor ha proveído la respuesta: Sí, cada varón, mujer, y niño; cada joven y cada pequeñuelo debe ser misionero. Esto no significa que deban ir al extranjero ni ser apartados como misioneros regulares. Significa que cada uno de nosotros tiene la responsabilidad de dar testimonio de las verdades del evangelio que se nos han dado. Todos tenemos parientes, vecinos, amigos y compañeros de trabajo, y es nuestra responsabilidad enseñarles las verdades del evangelio, tanto por precepto como por ejemplo. Las Escrituras indican claramente que todos los miembros de la Iglesia son responsables de realizar la obra misional:

‘Y le conviene a cada ser que ha sido amonestado, amonestar a su prójimo’. (D y C. 88:81.)” (Véase Liahona, nov. de 1977, pág. 1.)

No deberíamos temer pedir a  nuestros jóvenes que rindan servicio a sus semejantes o que se sacrifiquen por el reino. Ellos tienen un sentido de idealismo intrínseco y no tenemos por qué tener temor de acudir a ese idealismo al llamarlos a servir.

Las siguientes palabras de un joven ilustran esta característica: “Espero que cuando sea llamado a cumplir una misión regular, sea llamado y se me diga que el Señor quiere que yo vaya y que es mi deber hacerlo, y no que se limiten a decirme que una misión sería buena para mí si es que deseo ir a cumplirla. ” Seguir leyendo

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No soy sino un jovenzuelo

Abril de 1982
«No soy sino un jovenzuelo»
Por el élder Neal A. Maxwell
Del Consejo de los Doce

Neal A. MaxwellEs necesario que busquemos al Señor, que dejemos que su divina influencia nos guíe a la plena realización de nuestro potencial.

Un antiguo caudillo griego trató de alentar a su pueblo instándolo a tener confianza en sí mismo y en la cultura de su ciudad, no solamente por lo que los ciudadanos eran, sino por lo que podían llegar a ser. Jóvenes de la Iglesia, éste es un mensaje apropiado para vosotros hoy día, aunque algunos tal vez os sintáis ineptos e inseguros.

Cuando el profeta Enoc fue llamado, se preguntó por qué lo había elegido el Señor y dijo:

“No soy más que un jovenzuelo, y toda la gente me desprecia, por cuanto soy tardo en el habla…” (Moisés 6:11.)

Sin embargo, Enoc sabía que al responder a Dios no se prueba nuestra capacidad, sino nuestra disposición para aceptar Su voluntad. Enoc obedeció los mandamientos y confió en el conocimiento que el Señor tenía en cuanto a sus posibilidades, transformándose en el arquitecto de la ciudad más grandiosa de todos los tiempos. Única vez en la historia de la humanidad en la que todo un pueblo que se tornó justo no volvió a la maldad. ¡Esa fue la ciudad de Enoc! Y todo comenzó con un jovenzuelo que estaba más que inseguro de sí mismo.

Vuestras posibilidades personales, no de posición o clase, sino de servicio a Dios y al género humano, son inmensas si tan sólo confiáis en que el Señor os guiará a la plena realización de vuestro potencial.

Algunos aspectos de las tres historias que se relatan a continuación ilustran este punto de vista.

No hace muchos años en un poblado maorí, en Nueva Zelanda, nació un niñito. Al poco tiempo recibió una bendición de su abuelo, en la cual éste le dijo que llegaría a ser un líder entre su pueblo en el campo educativo. Algunos de los hombres del pueblo se rieron de aquella bendición que parecía tan lejos de la realidad. Pero aquel niño, Barney Wihongi, obtuvo un doctorado, y es ahora Presidente de la Universidad de la Iglesia en Nueva Zelanda. Alcanzó este puesto a los treinta y cinco años de edad y tiene cada vez más influencia entre otros educadores de Nueva Zelanda. A pesar de que las promesas dadas al hermano Wihongi cuando era niño divirtieron a algunas personas, hoy en día mucha gente se siente inspirada por él.

Las bendiciones inspiradas pueden ayudar a que uno comprenda sus posibilidades, luego hay que actuar y tener paciencia.

En la época de la guerra de Corea, un joven llamado Rhee Ho Nam fue puesto como asistente por una unidad militar norteamericana que tenía que ver con los tribunales militares. En aquel momento, el ser arrancado de su forma regular de vida le parecía toda una tragedia. Sin embargo, tal como lo hizo José en el antiguo Egipto, el hermano Rhée sacó el mayor provecho a la situación: aprendió inglés. Cuidadosamente observó lo que hacían los soldados estadounidenses, especialmente un teniente Santo de los Últimos Días que era “diferente” de los demás y a quien él admiraba mucho. A menudo charlaban sobre diversos temas, hasta que un día el teniente le preguntó si sabía cuál era el propósito de la vida. Rhee Ho Nam no supo contestar, diciendo solamente que, a través de muchos siglos los filósofos habían intentado en vano responder esa pregunta. En consecuencia, el oficial tomó una hoja de papel y dibujó un esquema del plan de salvación. En aquel preciso instante, el Señor testificó a través del poder de su Espíritu directamente al corazón de Rhee Ho Nam que lo que el norteamericano le había dicho era la verdad. Él estudió y se unió a la Iglesia, guardando durante muchos años la hoja de papel como recordatorio de aquel momento tan especial. Seguir leyendo

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