Creemos en ser castos

Creemos en ser Castos

Marion G. RomneyPor el presidente Marion G. Romney
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

Recordaréis las enseñanzas de Alma a su hijo Coriantón, en las que expresó que la impureza sexual es una de las ofensas más graves a la vista de Dios, siendo las más graves de todas el asesinato y el negar al Espíritu Santo. (Véase Alma 39:5.) Recordaréis también estas palabras de la primera epístola de Pablo a los corintios:

“¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?

Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él. . (1 Corintios 3:16-17.)

Hace algunos años la Primera Presidencia dijo a la juventud de la Iglesia que era preferible morir puro que vivir indignamente.

Recuerdo la forma en que mi padre me recalcó el concepto de la gravedad de la impureza. Ambos estábamos esperando el tren en la estación ferroviaria de Rexburg, Idaho, en las primeras horas de la mañana del 12 de noviembre de 1920. Se oyó el silbato del tren. Tres minutos más y yo estaría camino a Australia para cumplir una misión. En ese corto intervalo mi padre me dijo, entre otras cosas: “Hijo, te vas lejos del hogar paterno; pero tu madre, yo y tus hermanos estaremos contigo constantemente con nuestros pensamientos y oraciones; nos regocijaremos contigo en tus éxitos y nos acongojaremos con tus desilusiones. Cuando seas relevado y regreses, nos sentiremos contentos de estrecharte en nuestros brazos y darte la bienvenida al círculo familiar. Pero recuerda esto, hijo mío: preferiríamos venir a esta estación y retirar tu cuerpo en un ataúd antes que verte venir a casa impuro por haber perdido tu virtud.”

Pensé en sus palabras en ese momento, aun cuando no llegué a entenderlas plenamente como las entendía mi padre; pero aún así las recordaba siempre que me veía tentado. Ahora las entiendo mejor, y pienso respecto a mis hijos y nietos tal como mi padre pensaba respecto a mí.

No puedo imaginar bendiciones más deseadas que las prometidas a los virtuosos y puros. Jesús habló de recompensas definidas dadas por distintas virtudes. Pero reservó la más grande para los de corazón puro, “porque”, dijo, “verán a Dios” (Mateo 5:8). Y no solamente lo verán sino que se sentirán cómodos en su presencia. Aquí tenemos su promesa:

“Que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente; entonces tu confianza se fortalecerá en la presencia de Dios.” (D. y C. 121:45.)

Las recompensas de la virtud y las consecuencias de la impureza se ven claramente ilustradas en la vida de José y David. José, aunque era un esclavo en Egipto, resistió una gran tentación, y como recompensa recibió las mayores bendiciones de entre todos los hijos de Jacob, y vino a ser progenitor de las dos tribus favorecidas de Israel. Muchas personas se sienten orgullosas de ser contadas entre su posteridad.

Por otra parte, David, aunque altamente favorecido del Señor al punto de que se le menciona como hombre conforme al corazón de Dios (véase Hechos 13:22), cedió a la tentación y su impureza lo llevó al asesinato. ¿Y cuáles fueron las consecuencias? Así como Lucifer, él también cayó, perdiendo su familia y la exaltación. (Véase D. y C. 132:39.)

Ha sido siempre así y así será siempre: la ley de la retribución es de tal naturaleza que no se puede desobedecer el séptimo mandamiento sin ser castigado.

“No cometerás adulterio.” (Éxodo 20:13.) En la ley de Moisés, el castigo por la desobediencia a este mandamiento era la muerte. Y aun en la actualidad, a pesar de que en la corrupta, liberalidad de esta generación la violación de la ley de castidad es tolerada sin castigo, bajo la ley divina siempre ha sido y será un pecado que destruye el alma. Su penalidad, que se ejecuta por sí misma, es la muerte espiritual. Ningún adúltero impenitente honra su llamamiento en el sacerdocio (véase D. y C. 84:33); y, como decía el presidente J. Reuben Clark, hijo, “el Señor no ha hecho diferencia. . . entre el adulterio y la fornicación”. (En Conference Report, oct. de 1949, pág. 194.) Ni, diré yo, ha hecho diferencia entre el adulterio y la perversión sexual.

Me he enterado de que entre algunas personas la enseñanza de la pureza sexual se considera fuera de moda y que la promiscuidad y otras prácticas sexuales degeneradas son aprobadas, y en algunos casos fomentadas. No os dejéis engañar por tal razonamiento satánico, pues en verdad, éste viene del maligno.

El presidente Clark, en un discurso dado en la conferencia de octubre de 1938, dijo:

“La castidad es fundamental para nuestra vida y civilización. Si la raza se vuelve impura, perecerá. La inmoralidad ha sido el hecho principal que condujo a la destrucción de naciones poderosas del pasado; y llevará al polvo a naciones poderosas del presente. . .

Jóvenes, permitidme exhortaros a ser castos. Por favor, creedme cuando os digo que la castidad vale más que la vida misma. Esta es la doctrina que me enseñaron mis padres, y es verdadera. Mejor es morir casto que vivir sin castidad, ya que la salvación de vuestras almas está en juego.” (En Conference Report, oct. de 1938, págs. 137-138.)

Y bien, mis queridos amigos, sé que no hay nada nuevo en lo que he dicho. Estos principios no pasan de moda, porque son verdaderos. De esto testifico.

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La empresa más importante

Marzo de 1982
La empresa más importante
Por el élder Derek A. Cuthbert

Derek A. CuthbertLos doctores judíos, que habían estudiado leyes durante tantos años, se maravillaron de su madurez.

Ya sea que estudiemos ciencias sociales o sismología o música, biología o botánica, lingüística o leyes, estamos todos embarcados, sin ninguna excepción, en una empresa: la de nuestra existencia.

Durante la época de mi carrera universitaria, hace unos treinta años, se me consideraba un estudiante “maduro”. Me di cuenta de que, aparentemente, lo que me hacía acreedor de tal distinción era el hecho de que había servido tres años y medio en la Real Fuerza Aérea, estaba casado y tenía una hijita.

Aquellos que me dieron tal calificativo obviamente no consultaron el diccionario, que define la madurez como, “juicio, cordura, sensatez. . .”

En ese sentido de la palabra ¿era yo un estudiante maduro? ¿Acaso me habían hecho madurar mis experiencias de guerra en India, Burma y Hong Kong? Esta clase de experiencias ciertamente envejecen a una persona en muchas formas; también se dice que viajar por otros países aumenta nuestro conocimiento. Sin embargo, eso no quiere decir que profundice nuestro entendimiento.

¿Me había hecho madurar el haberme casado con mi novia de la infancia y lo felices que éramos? Claro que me había dado responsabilidades y muchas oportunidades de progresar, y me había hecho tomar decisiones muy importantes.

Es muy fácil saber cuándo una fruta está madura, y es más evidente cuando está demasiado madura. Pero ¿cómo saber cuándo una persona ha alcanzado la madurez? ¿Maduramos automáticamente en cierto período de tiempo? ¿Es posible que una persona joven sea más madura que una vieja, o una persona pequeña más madura que una alta? Siempre pienso acerca del niño Jesús en el templo: “sentado en medio de los doctores de la ley, oyéndoles y preguntándoles” (Lucas 2:46).

¿Cómo, entonces, podemos medir la madurez? En la escuela secundaria, y en la universidad tuve que sujetarme a muchos exámenes y pruebas por los que recibía calificaciones, algunas no tan altas como lo hubiera deseado y otras milagrosamente más altas de lo que esperaba. ¿Pueden considerarse los logros académicos como una señal de madurez? También pienso en el sabio Saulo de Tarsus, instruido por Gamaliel, cuyos conocimientos lo instaron a perseguir a los cristianos. Es maravilloso que él haya declarado después de su milagrosa conversión:

“Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo y a éste crucificado.” (1 Corintios 2:2.) Mientras- me preparaba académicamente, no dediqué todo el tiempo a las aulas o a la biblioteca, sino que pasé muchas horas en la pista de atletismo, entrenándome para diferentes eventos atléticos. Como resultado de esa preparación, fui seleccionado para formar parte del equipo de atletismo y no sólo eso, sino también para jugar al rugby y al cricket.

¿Podemos considerar acaso los logros deportivos como síntomas de madurez? Seguir leyendo

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Jesús el Cristo

Marzo de 1982
Jesús el Cristo
Por Edwin Brown Firmage

Hace algunos años, mientras asistía a un almuerzo, me senté junto a un joven abogado sumamente capaz y perceptivo. Había llegado a conocer bastante bien a aquel joven; sabía que era miembro de una iglesia cristiana y él sabía que yo era mormón activo.

Después de cruzar algunas frases sin importancia, empezó a hacerme algunas, preguntas serias, la primera fue:

—La Iglesia Mormona ¿es cristiana?

Después agregó que esta pregunta era de carácter más teológico que moral, y que lo que deseaba era entender el papel que Jesucristo tiene en la teología mormona.

Al principio, este tema tan amplio me apabulló. Al quedarme en silencio para poner en orden mis pensamientos y formular la respuesta, comprendí que la explicación del papel que tiene -el Salvador en las creencias mormonas tendría que comenzar en un punto muy anterior al ministerio terrenal de Jesucristo. Finalmente, le contesté a mi amigo dividiendo éste en doce misiones de Jesús el Cristo.

Primero, le expliqué en términos breves nuestra creencia en la naturaleza eterna del hombre, parafraseando y explicando varios versículos de la sección 93 de Doctrina y Convenios, en donde aparecen las palabras de Jesús al profeta José Smith con respecto a la naturaleza eterna de la inteligencia del hombre:

“Yo estuve en el principio con el Padre, y soy el Primogénito; vosotros también estuvisteis en el principio con el Padre…

También el hombre fue en el principio con Dios. La inteligencia, o la luz de verdad, no fue creada ni hecha, ni tampoco lo puede ser.

He aquí, esto constituye el albedrío del hombre. . .” (D. y C. 93:21, 23, 29, 31.)

Segundo, le describí el gran concilio que se llevó a cabo en los cielos, en el cual todos los hijos del Padre Celestial se reunieron para enterarse de Sus planes a fin de llevar adelante nuestro desarrollo eterno. Jesús fue el defensor del plan que aseguraba el albedrío del hombre como inherente en el concepto de que los seres poseen una existencia increada y eterna. Lucifer quería alterar el plan y eliminar el libre albedrío del hombre. (Véase Moisés 4:1-3.) Seguir leyendo

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Orad siempre

Orad siempre

Spencer W. KimballPor el presidente Spencer W. Kimball
Liahona Marzo de 1982


Nuestro Padre Celestial desea que todos obtengamos el conocimiento personal de que El oye y contesta nuestras oraciones. Siempre me he sentido conmovido con respecto al poder y las bendiciones de la oración, por lo que agradezco a mi Padre Celestial y a mis queridos padres y maestros que me enseñaron por medio de la palabra y el ejemplo lo que es la oración justa y sincera.

Estoy seguro de que si oramos ferviente y honradamente, solos y junto con la familia, antes de acostarnos por la noche, después de despertar por la mañana, y a la hora de la mesa para bendecir los alimentos, no sólo formaremos una relación más estrecha entre nuestros seres queridos sino que por medio de la comunicación que estableceremos con nuestro. Padre Celestial, podremos progresar espiritualmente.

Todos necesitamos su ayuda cuando nos esforzamos por aprender y vivir las verdades del evangelio. Necesitamos su dirección para tomar las decisiones importantes de nuestra vida, en los estudios, el matrimonio, los empleos, para elegir el lugar de residencia, en la crianza de nuestras familias, en el servicio mutuo en la obra del Señor. Buscamos y suplicamos su perdón, guía continua y protección en todo lo que hacemos. La lista de nuestras necesidades es real, larga y sincera.

Cuando años atrás viajaba por las estacas y misiones de la Iglesia, conocía a menudo a personas con problemas o con grandes necesidades. La primera pregunta que les hacía era: “¿Cómo van vuestras oraciones? ¿Cuán a menudo oráis? ¿Hasta qué punto se encuentran vuestros pensamientos sumidos en la oración?” He observado que, por lo general, el pecado ocurre cuando se han eliminado las líneas de comunicación. Por esta razón el Señor dijo al profeta José Smith:

“Lo que digo a uno lo digo a todos; orad a todo tiempo, no sea que aquel inicuo logre poder en vosotros.” (D. y C. 93:49.)

Fue el Maestro quien nos enseñó a orar cuando dijo:

“De esta manera, pues, orad: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.
Sea hecha tu voluntad en la tierra así como en el cielo.
Y perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores.
Y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal.
Porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, para siempre. Amén.” (3 Nefi 13:9-13.)

Es mucho lo que podemos meditar acerca de estos principios, ya sea sobre nuestra actitud, sobre el amor que sentimos por Sus propósitos, el amor hacia nuestros semejantes o la manera en que demostramos que nuestra fe y nuestra vida están en el camino correcto. Si nosotros, en unión, procuramos aprender estos principios básicos, nos hallaremos preparados para progresar espiritualmente y mejorar nuestro entendimiento respecto a la oración. Seguir leyendo

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Una perspectiva diferente

Enero de 1982
Una perspectiva diferente
Por Lee Dalton

¡No, no sea tonto, vuelva a su carril! —gritaba yo tratando de que el conductor del automóvil amarillo me oyera a pesar del bullicio de mi motor y de los 300 metros de distancia que nos separaban. Mi pie empujó el pedal derecho del timón direccional como si fuera un freno de pie, tratando de evitar inútilmente la horrible escena que pronto ocurriría. Deseaba cerrar los ojos, pero no podía hacerlo.

Era una apacible tarde de primavera y yo acababa de obtener mi licencia de piloto. El motor de la pequeña avioneta resonaba y traqueteaba al seguir la carretera hasta el lugar donde cruzaba un río y se elevaba una colina.

Desde el suelo, la colina es tan empinada que hace trabajar con más fuerza el motor de un automóvil; pero desde un avión es muy difícil divisarla, especialmente si se encuentra uno directamente encima de ella. Lo único que hacía distinguir que allí había una colina era una ligera sombra en la superficie de la tierra y la doble línea amarilla que la demarcaba y que indicaba que, debido a la cuesta, los autos no podían pasarse unos a otros.

Estaba yo disfrutando del verdor del paisaje que desde lo alto podía divisar y corriendo carreras con los automóviles que se hallaban en la carretera. Por supuesto, la avioneta amarilla y yo siempre ganábamos. Al llegar al puente sobre el río, desde arriba podía divisar los automóviles que desde el oeste se acercaban a la cumbre de la colina. De pronto noté que el automóvil azul, con el que entonces estábamos corriendo, se nos había adelantado un poco; pero yo sabía que pronto lo alcanzaríamos, lo dejaríamos atrás, y entonces tendría que escoger otro para continuar con aquel juego.

El auto azul llego al puente, lo cruzó y empezó a subir la colina. Yo podía ver la hilera de autos que venían del oeste; el primero acababa de pasar la cumbre de la colina y empezaba a descender. Íbamos ya a la par con el auto azul cuando de repente un automóvil amarillo, que iba en cuarto o quinto lugar en dirección contraria, salió de su carril y empezó a rebasar. Llegó hasta la doble línea amarilla, al oeste de la cumbre de la colina, pero su conductor no demostraba tener intenciones de volver a su propio carril, sino que continuó aumentando la velocidad para pasar hasta al primer auto que se hallaba en la fila. El auto azul, en el lado opuesto, se hallaba todavía subiendo la colina. Seguir leyendo

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De la oscuridad nació la luz

Enero de 1982
De la oscuridad nació la luz
Por Thomas J. Griffiths

Atrapados en la mina de carbón, primero por el incendio y luego por la inundación, el muchacho oró en la oscuridad: «Si es tu voluntad, permítenos ver la luz una vez más»

Ese día se llevaba a cabo la reunión de ayuno y testimonios en nuestro barrio, y varios jóvenes se habían levantado de sus asientos y testificado de la bondad y las bendiciones del Señor para con ellos. De pronto, se puso de pie un anciano de arrugado rostro y cabello en el que el tiempo había puesto pinceladas de plata. A pesar de su edad, tenía la voz clara como el tañir de un campanario en una límpida mañana. Empezó diciendo:

«Sé que Dios vive y que guía nuestro destino; y si estoy hoy aquí es porque El escuchó mis oraciones cuando era yo sólo un muchachito, y luego guio mis pasos.»

Para comprender mejor sus palabras, debemos retroceder en el tiempo hasta la época en que un jovencito de sólo doce años tuvo que convertirse en hombre y salir a trabajar. Este joven vivía en una aldea minera de Gales, donde casi todos los hombres del lugar trabajaban en la mina de carbón. Estaba por cumplir los doce años, y sabía que cuando esto sucediera, tendría que bajar a la mina a trabajar como otros muchachos de su edad; él comprendía perfectamente que había llegado el momento de abandonar la escuela y ganarse la vida para ayudar a mantener a su familia.

Una mañana, cuando se dirigía a la escuela, fue testigo de un incidente que lo afectaría por el resto de su vida. Ese día aprendió el significado de la palabra miedo.

Subiendo por la colina hacia la aldea, divisó un pequeño cortejo. Al acercarse, vio dos hombres que llevaban una camilla, mientras otro caminaba un poco más adelante; los; tres tenían la cara ennegrecida por el polvo del carbón y transportaban un cuerpo pequeño, cubierto de pies a cabeza con una manta oscura.

— ¿Quién es? — preguntó alguien.

— El pequeño Davey Edwards— replicó el que iba al frente—. Lo sepultó un derrumbe en un túnel; pobre muchacho. Seguir leyendo

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El poder de la fe

Enero de 1982
El poder de la fe
Por Carl Fonoimoana

Siempre pensé que Opapo, mi abuelo, era un hombre de extraordinaria fe, un trabajador incansable y una persona muy querida por todos. Sin embargo, tuvieron que pasar los años para que, al madurar, me diera cuenta de que mi abuelo era un hombre que ocupaba una posición prominente durante una época muy importante en la historia de la Iglesia.

Muy poco es lo que se sabe sobre su niñez en Fogatuli, Savaii, la villa de Samoa donde él nació en 1859. En una tierra ya de por sí de escasos recursos, Fogatuli era una villa pobre, y la familia de Opapo tenía un gran obstáculo que vencer: Malia Toa, su madre, pertenecía a una familia muy prominente de Fogatuli, mientras que su padre, conocido simplemente por el nombre de Fonoimoana, era un extraño que provenía de Uvea (ahora conocida como la isla Wallis a unos 800 kilómetros al oeste de Samoa) quien, una vez encontrándose en alta mar, había sido obligado a dirigirse a la costa debido a una gran tormenta. Siendo él de antepasados tonganos, la gente de la villa siempre lo trató con cierto recelo.

El primer acontecimiento de gran importancia que ocurrió en la vida de Opapo fue un sueño que tuvo cuando era joven, en el que vio a dos misioneros extranjeros llegar a su villa, caminar directamente hasta su choza y sentarse. Ese fue todo el sueño; pero cuando algunos años más tarde dos misioneros Santos de los Últimos Días llegaron a su casa, él los reconoció inmediatamente como los hombres que había visto en sueños, y el Espíritu le confirmó firmemente que el mensaje que llevaban era verdadero.

De esa forma fue plantada la semilla para que este hombre llegara a realizar entre su pueblo samoano una gran obra. Los registros indican que él y su esposa, Toai, se bautizaron en 1890, dos años después que se abrió la Misión Samoana. Para esa época los samoanos ya estaban familiarizados con las doctrinas cristianas, puesto que la Sociedad Misionera de Londres había iniciado su obra proselitista en 1830, seguida más adelante por los católicos y los metodistas. Debido a la gran fe que la gente tenía en el Salvador, conocía los dones espirituales y los milagros. Sin embargo, cuando mi abuelo aceptó el evangelio y se unió a la pequeña Iglesia que luchaba por sobrevivir entre el pueblo samoano, las señales y pruebas prometidas a los que creen en Cristo empezaron a seguirlo en una forma que resultó extraordinaria, aun para esas personas de tanta fe. Seguir leyendo

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La enseñanza del evangelio que promueve un cambio

Enero de 1982
La enseñanza del evangelio que promueve un cambio.
Rex A. Skidmore

En un pequeño poblado en Sudamérica un grupo de turistas se dio cuenta de que ciertos descendientes de los Incas utilizaban pedazos de vidrio quebrado y tapas de hojalata para cortarles el pelaje a las ovejas. Los visitantes invitaron a algunos de los líderes locales para que concurrieran al centro de la aldea y observaran una demostración hechas con tijeras de metal. Los aldeanos descubrieron con interés que con aquel nuevo instrumento podían cortar el pelaje de las ovejas diez veces más rápidamente que con el sistema que ellos usaban. Dieron algo a trueque de las tijeras y desde ese entonces las han usado. La enseñanza eficaz dio como resultado cambios significativos.

De igual manera, en la Iglesia, la enseñanza eficaz puede proporcionar cambios útiles y positivos en la vida de niños, jóvenes y adultos. ¿Cuál es el propósito primordial de la enseñanza del evangelio? ¿Cuál debería ser?

El propósito no es llenar la mente de los miembros de la clase con información, ni lograr que el maestro demuestre todo el conocimiento que tiene, ni aumentar el conocimiento de los miembros sobre la Iglesia o el evangelio. La meta básica de la enseñanza en la Iglesia es ayudar a originar cambios en la vida de las personas. El objetivo es inspirar al individuo a que piense, sienta, y luego haga algo acerca de las verdades y los principios del evangelio.

Demasiados maestros enseñan solamente acerca del evangelio pasando por alto los pasos necesarios para que la gente pueda aplicar los principios del evangelio en su vida. No es suficiente, sino que la parte más importante de la enseñanza es alentar a que se aplique este principio.

La enseñanza eficaz tiene mucho que ver con lo que sepa el maestro en cuanto al conocimiento que tiene el alumno al entrar en el salón de clases y el grado de comprensión que posee. También, hay que reconocer que, a menos que el alumno haya cambiado en alguna manera al salir del salón, la enseñanza habrá sido una pérdida de tiempo. Es nuestra esperanza que cuando el joven abandone la clase, se sienta motivado y Como resultado demuestre un comportamiento diferente y mejor.

También esperamos que aumente su conocimiento de algunos de los principios del evangelio y los ponga en práctica en su vida diaria.

El aprendizaje eficaz y genuino comprende por lo menos tres pasos: Seguir leyendo

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Cuando estéis angustiados

Enero de 1982
Cuando estéis angustiados
Por Jeffrey R. Holland
(Adaptado de un discurso pronunciado en la Universidad Brigham Young.)

Jeffrey R. HollandQuisiera hablar de un conflicto universal que puede surgir en cualquier momento y sobrevenir en cualquier lugar. Lo considero una faceta de la maldad; al menos, sé que puede surtir efectos perjudiciales que obstaculizan nuestro progreso, nos desalientan, menoscaban nuestras esperanzas y nos dejan indefensos ante otros males de considerable magnitud. Me gustaría tratar este tema, pues no conozco ningún otro recurso que Satanás emplee tan astuta y hábilmente como éste para llevar a cabo su obra maligna; me refiero al desaliento que hace presa de nosotros, derrotándonos hasta el punto en que llegamos a creernos incapaces de salir adelante: en suma, al desánimo y a la desesperación.

Al abordar este tema, no es mi intención descartar el hecho de que, en efecto, existe un buen número de otras cosas en el mundo que nos producen angustia. En la vida, individual y colectivamente, así como a nivel local, nacional e internacional, ciertamente pululan verdaderas amenazas a nuestra felicidad. Sin embargo, lo que me inquieta no son las complejidades y problemas que publican los periódicos y que transmite la radio, sino aquellas cosas que si bien no aparecen en grandes titulares, son importantísimas en nuestro cotidiano vivir, y, por tanto, en la historia de nuestra vida.

A modo de introducción, me gustaría citar un pensamiento del escritor estadounidense F. Scott Fitzgerald (1896-1940), quien dijo que “los conflictos no tienen necesariamente que relacionarse con el desaliento, puesto que éste tiene su propia “bacteria” que lo causa, la cual es tan diferente del conflicto en sí, como la artritis es diferente de la rigidez de las articulaciones” (The Crack-Up, ed. por Edmund Wilson, New York: James Laughlin, 1945, pág. 77). Todos tenemos problemas y conflictos, pero la “bacteria” del desaliento, empleando el término expresado por Fitzgerald, no yace en el conflicto, sino en nosotros, o —para ser más preciso— creo que yace en Satanás, el príncipe de las tinieblas, el padre de la mentira; y él quiere que incubemos esa bacteria en el alma. Las más de las veces es una bacteria aparentemente insignificante, pero el problema es que se multiplica, crece y se propaga. De hecho, puede llegar a convertirse prácticamente en un hábito, o sea, en un modo de vivir y de pensar, que es cuando produce el mayor daño, ya que entonces comienza a ocasionar una devastación cada vez mayor en nuestro espíritu, consumiendo los más grandes cometidos religiosos que podamos fijamos; esto es, los que atañen a la fe, a la esperanza y a la caridad. Nos tomamos introvertidos y volvemos la mirada hacia abajo, deteriorando así —o cuando menos, mermando— esas grandiosas virtudes cristianas. Nos sentimos desdichados y no tardamos en hacer desdichadas a otras personas… y Lucifer se regocija.

Tal como se trata cualquier suerte de bacterias, debiéramos recurrir a la medicina preventiva para contrarrestar los progresos de la bacteria del desaliento que se halla en aquellas cosas que nos deprimen. Recordemos el concepto expresado por Dante Alighieri en su obra La Divina Comedia, en la parte El Paraíso, canto 17, que dice: “Cuando la flecha se ve venir de antemano, el impacto que produce es menos fuerte” (Traducción libre).

Por lo demás, las Escrituras dicen:

“Y ángeles volarán por en medio del cielo, clamando en voz alta. . . Preparaos, preparaos . . .”(D. y C. 88:92.) Seguir leyendo

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Si estáis preparados, no temeréis

“Si estáis preparados, no temeréis”

Marion G. RomneyPor el presidente Marion G. Romney
Segundo Consejero en la Primera Presidencia
Liahona, Enero de 1982

En mi opinión, nosotros, los Santos de los Últimos Días, a causa del conocimiento que hemos recibido por medio de revelaciones, estamos mejor preparados que otras personas para hacer frente a las dificultades que nos amenazan en estos días. También tenemos el conocimiento de las que sobrevendrán y poseemos la clave para solucionarlas.

Me imagino que la mayoría de las personas interpretan los asuntos del mundo y sus propias experiencias de acuerdo con el conocimiento y las normas que tienen. Desde muy temprana edad se grabó en mí la idea de que el Señor Todopoderoso cuidará de su gente en estos últimos días de presiones y pruebas.

De niño viví en México, país destruido por frecuentes revoluciones entre partidos contrarios que peleaban una y otra vez; esto me inquietaba y me asustaba. Recuerdo muy bien las noticias que se esparcieron de que los rebeldes marchaban hacia la ciudad de Chihuahua provenientes de Ciudad Juárez al lado norte y que los Federales iban hacia la misma ciudad procedentes de Torreón por el sur. Mi preocupación se convirtió en temor —de hecho, en terror —, cuando las fuerzas contrarias se encontraron en Casas Grandes, a sólo 16 kilómetros de donde vivíamos, y empezó el tiroteo. Algunos de nuestros más intrépidos jóvenes se subieron al pico de la montaña Moctezuma desde donde podían observar las peleas con la ayuda de binóculos.

Por causa de estas inolvidables e inquietantes experiencias que pasé en niñez, me era un poco difícil comprender la doctrina de paz en medio de aquellas guerras. Pero aun en esa época mis temores se calmaban un poco y me sentía reconfortado al escuchar las palabras de las canciones que les cantaba mi buena madre a sus bebés al arrullarlos para que se durmieran. Algunas han permanecido en mi memoria por más de medio siglo; una de ellas era “Jehová, sé nuestro guía”, que dice así:

Al sentir temblar la tierra,
danos fuerza y valor;
al venir tus grandes juicios,
guárdanos por tu amor.
(Himnos de Sión, 77.)

Y éstas del hermano Parley P. Pratt:

¡Oh Rey de Reyes, ven en gloria a reinar!
Con paz y tu sostén, tu pueblo libertar.
Da fin a la maldad que en el mundo hay…
(Himnos de Sión, 94.) Seguir leyendo

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El matrimonio: ¿Un éxito o un fracaso?

Abril de 1982
El matrimonio: ¿Un éxito o un fracaso?
por el élder Hugh W. Pinnock
del Primer Quorum de los Setenta

Hugh W. PinnockEstos comentarios se dirigen a todos aquellos que estén dispuestos a dedicar una buena parte de su vida terrenal a la tarea de lograr que su matrimonio tenga éxito.

Hace varios años, tuve la oportunidad de conversar con Frank Shorter, corredor de maratón olímpico, que ganó en las Olimpíadas de 1972, se clasificó segundo en las de 1976 y ha ganado muchas otras carreras de fondo. Al hablar de su programa de entrenamiento, me enteré de que ha dedicado gran parte de su vida a lograr el éxito como deportista; sabe exactamente qué debe comer, cuántos kilómetros debe correr por día (son alrededor de treinta y dos), qué actitud debe tener si espera alcanzar la victoria, y otros varios detalles importantes que se relacionan con el perfeccionamiento del deporte que ha elegido.

Al pensar en él, y en muchos otros que han tenido éxito en su trabajo o profesión, me pregunté por qué no podría haber más parejas que empleen una dedicación similar para lograr el éxito en su vida matrimonial.

No conozco nada de valor en la vida que se pueda conseguir fácilmente… y no puede haber nada que tenga más valor que un matrimonio seguro y feliz, con hijos que se sientan de la misma manera. Me dirijo aquí a todos los que desean alcanzar ese éxito, incluyendo a aquellos que han estado casados más de una vez. Mis comentarios no serán de beneficio para nadie que esté en procura de soluciones fáciles, ni tampoco para aquellos que se sientan satisfechos con limitarse a tolerar una relación matrimonial que les disgusta.

matrimonioLa mayoría de los matrimonios fuertes y estables han pasado por severas pruebas. Los cónyuges que se enfrentan y se sobreponen al dolor, la incomprensión y la tentación pueden disfrutar luego de una relación matrimonial hermosa y eterna. No me propongo aquí mirar hacia el pasado, sino al presente y hacia el futuro. Seguir leyendo

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Aarón

Diciembre de 1981
Aarón
Por Víctor Ludlow
Profesor Adjunto de Escritura Antigua de la Universidad Brigham Young

La mayoría de los poseedores del Sacerdocio Aarónico no saben qué hace mucho tiempo Aarón y su hermano Moisés establecieron uno de los más grandes modelos de liderazgo en el sacerdocio. Es cierto que la mayoría de las veces las funciones sacerdotales de Aarón fueron eclipsadas por las experiencias proféticas de su hermano más joven. Moisés sacó a Israel de la servidumbre y estableció la dispensación mosaica; sin embargo, Aarón rindió un servicio tan hermoso a Dios que una parte del Sacerdocio del Señor lleva su nombre,

Hace un cuarto de siglo que yo recibí el Sacerdocio Aarónico. Desde entonces, he intentado aprender y aplicar los mismos principios de liderazgo del sacerdocio que Aarón practicó en forma tan perfecta. En mi memoria hay grabados diez principios en particular:

1. Aceptar a Dios.
Cuando niño, Aarón vio cómo su hermano menor, Moisés, era milagrosamente salvado de la muerte y luego elevado a una posición de realeza y lujo antes de escapar de Egipto. Aarón permaneció en la esclavitud, lo cual habría sido fácil motivo para volverse en contra de Dios y la religión hebrea; pero, por el contrario, él se acercó más al Señor. No existe un registro que diga cómo obtuvo su testimonio; sin embargo, cuando tenía ochenta años, “Jehová dijo a Aarón: Vé a recibir a Moisés al desierto. Y él fue” (Exodo 4:27). La fe que tenía en Dios le fortaleció para sobrellevar las grandes dificultades que él y Moisés tuvieron que enfrentar.

Irónicamente, los primeros problemas fueron causados por su propio pueblo. El Señor dio poder a Moisés para realizar milagros que ayudaran a convencer al pueblo de que él era su libertador (véase Éxodo 4:1-9); estas señales, junto con el testimonio de Aarón, convencieron a los israelitas de que debían permitir que ambos hermanos les representaran ante Faraón (véase Éxodo 4:29-31). Pero cuando Faraón se enojó y aumentó la carga de trabajo al pueblo, los israelitas se volvieron contra ellos. Moisés expresó su pena y sus dudas al Señor (véase Éxodo 5:20-23), pero no hay evidencias de que su fe ni la de Aarón se hayan debilitado.

Recuerdo algunos momentos en que mi propia fe fue puesta a prueba. Asistí a una escuela secundaria en el estado de Indiana, y los estudiantes que no eran miembros de la Iglesia constantemente ponían a prueba mis creencias. La situación llegó hasta el punto en que mi única defensa fue hacer lo que Moisés y Aarón hicieron, es decir, acercarme más al Señor. Me hice el razonamiento de que, ya que no se puede -probar lo contrario, es evidente que Dios existe. Di también por sentado que Él puede comunicarse conmigo y que lo haría. Con estas ideas, y con la fe de que el testimonio de mis padres tenía que fundamentarse en algo verdadero, oré fervientemente. Como consecuencia de toda esa intensa lucha, recibí mi propio testimonio de la existencia de Dios.

2. La formación del carácter.
Un aspecto impresionante de la vida de Aarón fue la manera en que aceptó sin reservas a su hermano menor como profeta. Moisés nunca había sido un esclavo hebreo; además, ha¬bía vivido cuarenta años fuera de Egipto. Por motivo de su edad y experiencia, Aarón pudo haberse considerado muy superior para sacar a los hebreos de la cautividad; sin embargo, aceptó a su hermano desde el principio como Profeta del Señor. Cualquier hombre habría dejado que la amargura y los celos le pusieran en contra del profeta, pero esto no sucedió con Aarón.

El enfrentó un sinnúmero de tentaciones al respecto. Quizás conociera las profecías de José, el hijo de Jacob, quien había profetizado que habría un vidente llamado Moisés que sería criado por la hija del rey. No se conoce ninguna promesa profética ni bendición patriarcal especial de Aarón que haya quedado registrada; hubiera sido fácil dejarse consumir por la indiferencia y los celos; sin embargo, continuamente estuvo mejorando su vida y su carácter, hasta que él mismo representó al Señor como un gran siervo suyo.

Recuerdo haber tenido esa misma mezcla de sentimientos, en escala mucho menor, siendo maestro en un barrio de Provo. Cuando se relevó de su cargo al presidente del quorum de élderes, pensé que yo sería la persona adecuada para ocupar tal posición. Sin embargo, se llamó a otro joven para el puesto. No puse en tela de juicio su capacidad ni su dignidad, sino que medité en cuanto a mí mismo, analizando mi dignidad y preparación, ¿era yo la persona que debía ser? Resolví mantener mi vida siempre en orden y mejorar, a fin de estar listo para cualquier llamamiento eclesiástico que me pudieran ofrecer.

Como Santos de los Últimos Días, deberíamos ser lo suficientemente sensibles para reconocer nuestras debilidades, y para poder superarlas antes de que ellas sean más fuer¬tes que nosotros. Aarón nos dio el ejemplo. Seguir leyendo

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La Sociedad de Socorro me ayuda a progresar

Diciembre de 1981
La Sociedad de Socorro me ayuda a progresar
Por Patricia W. Higbee

Tal vez hubiera continuado disfrutando de la Sociedad de Socorro sin darme cuenta de la forma en que me ha ayudado, si no hubiera sido por lo que sucedió una mañana fea y gris y por un comentario perspicaz que hizo mi hijita.

Al lavar los platos aquella ma­ñana, miré hacia afuera por la ventana de la cocina. El cielo estaba cubierto de nubes oscuras y em­pezaba a nevar. Normalmente, un día así me hubiera hecho sentir triste; sin embargo, recordé las palabras de un himno favorito y comencé a tararear. Desde la mesa mi hija me dijo:

— ¡Hoy debe ser día de la Socie­dad de Socorro!
— ¿Cómo supiste? —le pregun­té —. ¿Me viste leyendo el manual?
— No, mamita —rió al contes­tar—, Es que estás cantando.
— ¿Cantando? ¿Qué tiene que ver que yo cante con el día de la Socie­dad de Socorro? —le interrogué.

Me miró cautelosamente esperan­do mi reacción y me dijo:

— Los demás días estás de mal humor.

Tengo que admitir que la mañana no es la parte del día que me gusta más; sin embargo, espero que mi hijita haya exagerado al decir eso. Pero a pesar de su corta edad, se percató de que asistir a la Sociedad de Socorro me hace feliz. Eso me hizo pensar en por qué siento tanto entusiasmo con respecto a esta organización.

La hermandad y el servicio mutuo
La Sociedad de Socorro me ofrece disfrutar de una variedad de amista­des. En las reuniones me complazco al conocer y aprender a apreciar a mujeres de toda edad, cuyo talento, inclinaciones políticas, historias, ideas y pasatiempos son muy distin­tos de los míos. Al conocer mejor a estas hermanas, siento mayor deseo de servirles así como también a sus familias. Seguir leyendo

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Llamada a servir

Diciembre de 1981
Llamada a servir
Por JoAnn Jolley

Barbara Bradshaw Smith se mueve gentilmente entre las hermanas de la Iglesia, intercambiando saludos y abrazos cariñosos con mujeres de todo el mundo que la reconocen como Presidenta de un millón y medio de hermanas de la Sociedad dé Socorro. No es raro que éstas se sientan atraídas por su decoro y dulce personalidad.

Barbara B. SmithNo todas las mujeres tendrán la oportunidad de conocer a la hermana Smith, aunque a ella le gustaría que así fuera.

Barbara tiene un profundo interés por las mujeres de la Iglesia, dice su esposo con satisfacción: y es él quien reconoce una de las mayores cualidades de su esposa cuando comenta: Uno de nuestros hijos ha dicho que cuando la llaman a servir, toda la familia debería ser apartada con ella, porque todos estamos embarcados en el mismo servicio. Todos somos parte de lo que Barbara hace. En una forma u otra toda la familia, hijos, nietos, vecinos, amigos, y todos los que se relacionan con nosotros, terminan tomando parte activa en su llamamiento; y lo hacemos gustosos, en la misma forma en que ella nos ha apoyado y ayudado en los nuestros. Somos una familia muy unida.

La hermana Smith piensa que la Sociedad de Socorro, al igual que su familia, cumple su propósito principal cuando aprendemos a apreciar las bendiciones del Señor, a sonreír, a dedicarnos tiempo unos a otros, y a regocijarnos en este corto período que tenemos en la vida mortal. Debe ser un tiempo para servir y para regocijamos, con el Espíritu de Dios a nuestro alrededor; y si lo permitimos, Él nos acompañará.

El Señor siempre me ha bendecido, dice. No he tenido una vida negativa; ha sido una experiencia maravillosa y placentera. Claro que he tenido problemas, pero he sentido siempre que el Señor me ama y me ayudará a resolverlos.

Su hija, Catherine Faulkner, dice: Sus múltiples proyectos nunca fueron un problema para ella; a decir verdad, siempre nos hizo sentir parte de esas experiencias.

Es; una persona muy accesible, comenta la hermana Mayola R. Miltenberger, secretaria-tesorera general de la Sociedad de Socorro. Todos aquel líos que van a verla se sienten bienvenidos.

Lea hermana Marian R. Boyer, Primera Consejera en la presidencia de la Sociedad de Socorro, agrega: La fue visto llegar tarde a reuniones importantes a causa de su interés por el bienestar de otros.

La hermana Shirley W. Thomas,

Segunda Consejera en la presidencia, dice: Es siempre muy gentil; las personas la buscan para conocerla mejor y encontrar en ella fortaleza para su propia vida.

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Ora, escucha y medita

Diciembre de 1981
Ora, escucha y medita
Por el obispo H. Burke Peterson
Primer Consejero en el Obispado Presidente

H. Burke PetersonEl propósito más grande y la meta más loable que podamos tener en esta vida es aprender a conocer al Salvador, lo cual lograremos a medida que sigamos su ejemplo guardando sus mandamientos. Este conocimiento aumenta cuando testificamos de Él; pero a menos que obedezcamos los mandamientos y testifiquemos de EL no lograremos nuestro propósito en la vida. El mundo está lleno de personas buenas que hacen muchas cosas maravillosas, pero que, sin embargo, no tienen un testimonio del Salvador y de su misión.

En nuestra búsqueda de una vida recta, todos nos enfrentamos a pruebas, desilusiones, desalientos y frustraciones. Parecería que los problemas no terminaran jamás. Todos estamos expuestos a ellos, sin ninguna coraza que nos proteja o nos exima de tenerlos.

Cuando era obispo y luego presidente de estaca en Anzona, sinceramente pensaba en lo afortunadas que eran las Autoridades Generales porque, a excepción de lo relacionado con la administración de la Iglesia, no tenían nada de qué preocuparse. Más tarde recibí mi llamamiento y pude comprender que todas las Autoridades Generales tienen problemas, en su vida personal, en su núcleo familiar, y con su salud; y esto requiere el mayor esfuerzo de su parte. Algunas son pruebas que ciertamente no me gustaría intercambiar con ellos.

Todos conocemos los problemas de salud del presidente Kimball. Recuerdo un día, varios años atrás, cuando se me llamó a servir en el Obispado Presidente y fuimos invitados a un cuarto’ del templo donde se apartaría a las nuevas Autoridades Generales. Antes de la ceremonia los hermanos iban a darle una bendición al presidente Kimball, quien en ese entonces era Presidente del Quorum de los Doce, pues a los pocos días debía someterse a una intervención quirúrgica al corazón.

Mientras lo contemplaba sentado en la silla, con las manos de los Apóstoles sobre su cabeza, me preguntaba «¿Por qué? ¿Por qué un nombre que ha tenido que soportar todo lo que él ya ha soportado ahora tiene que pasar por una operación al corazón?» Sabía que el Señor lo podría curar en un instante si así lo hubiera deseado, y me preguntaba por qué no lo hacía. Pero ahora entiendo, como estoy seguro de que vosotros también lo entendéis; el Señor estaba preparando a un hombre, a un apóstol, para que fuera su Profeta. Él quería un profeta y un presidente que le escuchara, que pudiera captar los susurros del Espíritu y estar alerta a ellos.

Estas son las razones por las cuales continuamente estamos enfrentándonos a las pruebas. Necesitamos estas experiencias para poder acercarnos más al Señor y aprender a depender de El en todas las cosas. Eso es lo que El desea de nosotros; más que cualquier otra cosa, quiere que lo conozcamos.

Quizás os sea difícil orar porque no estáis seguros de que el Señor esté escuchando; tal vez ni siquiera estéis seguros de que Él esté en algún lugar; o quizás os sintáis culpables o indignos; pero cualquiera que sea la razón, vuestra comunicación no es lo que debería ser.

¿Os habéis arrodillado alguna vez a solas y pedido al Señor algo que haya sido realmente importante para vosotros, y luego os habéis levantado sintiendo que vuestra oración no recibió la contestación que esperabais? A mí me ha sucedido. ¿Habéis orado continuamente, varios días, por algo en especial y luego os habéis dado cuenta de que las cosas no resultaron como lo esperabais? Yo también lo he experimentado. En el pasado, en más de una oportunidad, me he levantado después de orar al Padre y me he preguntado con desesperación «¿Qué gano con orar? Ni siquiera me escucha», o «Quizás yo no sea digno», o «Es que no soy capaz de entender las respuestas». Seguir leyendo

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