Jesús de Nazaret

Diciembre de 1981
Jesús de Nazaret
Por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballEn este mes celebramos el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo. Hace algunos años, por esta misma época, mi esposa y yo nos encontrábamos en la Tierra» Santa con el élder Howard W. Hunter y su esposa. En Nochebuena nos mezclamos con miles de personas religiosas y de curiosos que habían ido allí de» todas partes del mundo. Tuvimos que inclinarnos para pasar por la pequeña abertura que conduce a la Iglesia de la Natividad, y gradualmente fuimos abriéndonos paso hasta llegar a la cripta en la cual varias religiones aseguran que se encuentra el sagrado lugar del pesebre en donde nació el Salvador.

Mientras mirábamos la estrella de metal que hay en el suelo, ésta pareció desvanecerse y fue como si viéramos allí la escena del tosco establo abierto en la roca y a una encantadora joven de hermoso rostro y dulce espíritu, en contemplación amorosa de un niño recién nacido, envuelto en pañales a la usanza hebrea de la época. Con toda seguridad, ya lo habrían lavado y frotado con sal, y lo habrían envuelto en un trozo cuadrado de tela con la pequeña cabeza sobre una de las puntas y los piececitos sobre la punta diagonalmente opuesta: luego lo envolverían y atarían las puntas del pañal alrededor del precioso cuerpecito. También le sujetarían las manos a los costados del cuerpo, aunque ocasionalmente se las soltarían y frotarían con aceite de oliva; quizás a veces también lo empolvaran con polvos de hojas de arrayán. Envuelto en esa forma, estaría más cómodo durante el viaje a Egipto, y hasta podrían sujetarlo a la espalda de su madre.

Cuando considero lo agradecidos que nos sentimos por el nacimiento de Jesús, pienso en si no estaremos haciendo más hincapié en su venida al mundo que en las experiencias que Él tuvo. ¿Es acaso el naci­miento lo más importante de nuestra vida? Podríamos pregun­tarnos la razón por la cual hemos nacido, el propósito de nuestra venida al mundo.

Recordemos que han nacido miles de millones de personas desde la creación del mundo.

Caín nació, pero terminó en la oscuridad. ¿Qué fue de esa vida?

Nerón nació, pero su forma de vivir no justificó su nacimiento.

Adolfo Hitler nació. ¿Qué hizo de su vida? Por causa de él millones de personas murieron de hambre o fueron exterminadas por otros medios en distintos lugares de tortura.

Sí, el hombre nació para mo­rir… a todo ser humano le llegará la muerte. Millones de seres han muerto en el anonimato, sin que nadie se enterara siquiera de su existencia. La pregunta que cabe hacerse es: ¿Han cumplido «la medida de su creación»? Cierta­mente, lo que tiene real importancia no es si mueren ni cuándo mueren, sino que no mueran en el pecado. Muchos perecieron en la ignominia de sus pecados durante el diluvio.

Cristo también murió. Pero la suya es una muerte que tiene signi­ficado. Mediante ella, El expió por nuestros pecados, nos indicó el cami­no hacia la perfección, nos mostró la forma de lograr la exaltación. Su muerte fue voluntaria y tuvo un pro­pósito muy importante. Su nacimien­to fue humilde, su vida perfecta, su ejemplo motivador. Su muerte nos abrió puertas, y por ella se ponen al alcance de la-humanidad entera todo don y todas las bendiciones. Podría haber muerto muchos años antes de haber logrado para nosotros el pri­mero de sus objetivos: la resurrec­ción e inmortalidad. Pero debió con­tinuar en una vida más larga y llena de peligros a fin de establecer firme­mente el camino hacia la perfección.

Durante más de tres décadas lle­vó una vida amenazada por el peli­gro. Desde el terrible asesinato per­petrado por Herodes contra todos los varones recién nacidos de Belén, hasta la despiadada acción de Pilato que lo entregó a la sanguinaria mu­chedumbre, Jesús estuvo sometido a constante peligro. Vivió bajo la amenaza de que a su cabeza le hubie­ran puesto precio y que finalmente pagaran por ella treinta miserables piezas de plata; hasta sus amigos se apartaron de Él, y no fueron sólo enemigos humanos los que complica­ron su existencia, sino que también Satanás y sus huestes lo persiguie­ron incesantemente. No obstante, aun después de la muerte parece que no pudo abandonar esta tierra hasta después de haber capacitado a sus líderes para que siguieran sin El; durante cuarenta días preparó a los Apóstoles para que dirigieran la Iglesia. Seguir leyendo

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Trazad vuestro curso en la vida

28 de marzo de 1981
Trazad vuestro curso en la vida
Por el élder Marvin J. Ashton
Del Consejo de los Doce

Marvin J. Ashton1Hace algunos años, en un perió­dico de Nueva Zelanda, apa­reció un artículo sobre una familia compuesta de los padres y dos hijos pequeños que se hicieron a la mar, partiendo para un largo viaje en un yate grande y bien equipa­do.

Al cabo de unos días, el barco encalló en un arrecife en la costa de Nueva Caledonia. Pero antes de que el yate zozobrara los cuatro ocupantes pudieron meterse en un bote salvavidas con víveres y una radio. Después de unas horas te­rribles, en la isla captaron su lla­mado de auxilio, y al poco rato fueron rescatados por un helicóp­tero de salvamento. Cuando ya todos estaban a salvo, y mientras los entrevistaban los reporteros, la señora repetía una y otra vez: «¡Hemos perdido todo! Todo se nos fríe en el barco, el dinero, la ropa y todas nuestras posesiones. ¡Y el barco no estaba asegurado! ¡Lo hemos perdido todo!»

Un filósofo moderno relató esta historia mientras comentaba la evidente falta de preparación de aquella familia. Hay mapas donde están señalados los arrecifes: es muy fácil sacar un seguro y es indispensable capacitarse en el arte de navegar antes de aventu­rarse a pilotear un barco en el océano.

Nuestro Padre Celestial desea, que progresemos sin sentir temor. No obstante, deseo haceros notar especialmente el final del pasaje de Escritura que da el tema a nuestra reunión: «…nos ha dado Dios espíritu… de poder, de amor y de dominio propio» (1Timoteo 1:2).

Al decir «dominio propio» pienso que se refiere a usar nuestro po­tencial para pensar, planear, tra­bajar y dirigir nuestro curso en los mares de la vida. Si somos inteli­gentes, nos prepararemos, ya sea para navegar serenamente o para los arrecifes, las tormentas y las aguas turbulentas.

Os contaré sobre una jovencita que había marcado su curso en la vida con anticipación. Un hermano que había sido llamado a integrar un obispado expresó su gratitud hacia su esposa diciendo: «Ella es en gran parte responsable por el curso que sigue mi vida. Cuando todavía éramos solteros, hace mu­chos años, la llevé a pasear a un lugar solitario donde estacioné el auto. Pero al hacerle algunos re­querimientos un poco íntimos e in­correctos, me dijo: ‘Toda mi vida he planeado casarme en el templo. ¡No trates de descalificarme!'» Ella se había marcado el curso a seguir antes de llegar a las aguas turbulentas. Ciertamente, para lo­grar el poder es necesario prepa­rarse; y si lo hacemos, no tenemos porqué temer. El presente y el futuro pertenecen a aquellos que logran el «dominio propio» y el po­der por medio de la preparación.

Recordemos el poder que ejerció la reina Ester, del Antiguo Testa­mento, para salvar a su pueblo.

Había un soberano que reinaba desde India hasta Etiopía. Un día hizo una fiesta para sus príncipes y cortesanos y llamó a Vasti, su es­posa y reina, para que se presen­tara ante ellos porque era muy hermosa; pero la reina rehusó. El rey se enfureció y la ira lo consu­mía; repudió a la reina e hizo que llevaran a su presencia a todas las hermosas doncellas del reino. Es­ter, una joven judía, fije también llevada ante el rey y encontró fa­vor ante sus ojos. La Biblia nos dice: Seguir leyendo

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La siembra y la cosecha de la vida

28 de marzo de 1981
La siembra y la cosecha de la vida
Por la hermana Elaine A. Cannon
Presidenta General de las Mujeres Jóvenes

Elaine A. CannonHa llegado la primavera al Es­tado de Utah! Esta es la esta­ción del despertar. Las ramas de los árboles ya tienen brotes y va­lientes florecidas adornan la Man­zana del Templo. Aquí es prima­vera, mientras que en Australia, donde muchos nos escuchan, al igual que en Sudamérica, se apro­xima el tiempo de la cosecha.

También encontramos estos contrastes en la Iglesia. Hay más de 250.000 jovencitas que se en­cuentran en la primavera de la vida, y más de 35.000 mujeres que las dirigen: muchas de las que nos contamos entre estas últimas esta­mos tratando de prolongar al má­ximo el verano de nuestra vida. Pero antes de que pueda ocurrir el milagro de la cosecha, debemos recibir los elementos nutritivos y el cuidado necesario. Ruego que el fruto que demos sea agradable a los ojos de Dios.

La canción que cantó el coro al principio de esta reunión está de­dicada especialmente a vosotras, las que os encontráis en la prima­vera de la vida. La letra puede aplicarse a cada una de vosotras:

¿Quién soy?
¿Cuál es el propósito de mi vida?
Al ver el gorrión, ansió volar. Reconozco el poder del rugido del océano, pero, ¿quién soy yo?
Veo que florecen las praderas devastadas por las tormentas del invierno.
Veo y siento el sol radiante y todo lo que Dios ha creado.
Soy parte de su creación y me reclama como suya.
Mi corazón lo reconoce como Padre.
¿Quién soy?
¿Cuál es el propósito de mi vida?
Soy una hija de Dios.

Sí, sois hijas de Dios, miembros de su familia eterna. Pertenecer a una familia por lo general implica que debéis hacer lo que la familia hace; debéis obedecer las mismas reglas, hablar y vivir como los de la familia; debéis amar como ellos aman. Vuestras buenas acciones honran el nombre familiar.

Y aunque vuestros sueños aún no se hayan hecho realidad, y el proceso del crecimiento sea difícil, os ayudará el recordar que a la cabeza de nuestra familia celestial hay un Patriarca que con su infini­ta sabiduría y suprema capacidad os ama a pesar de todo y ante todo. Mientras estáis lejos de Él, aquí en la tierra, aprendiendo y experimentando, Él os observa y os espera. Nuestro Padre quiere que algún día volváis a Él.

Es muy posible que a veces os hayáis sentido solas, aunque estu­vierais rodeadas de gente, y que hayáis sentido una añoranza vaga, un leve recuerdo de los lazos espe­ciales que os unían a vuestro Pa­dre Celestial. Este conocimiento debe tener influencia en la opinión que tengáis acerca de vosotras mis­mas, en la clase de personas que seáis, en vuestro comportamiento y en las decisiones que toméis. Cada una de vosotras debe nutrir cuidadosamente esta relación tan especial con Dios. Cuando tengáis una buena relación con El, podréis comprender por qué debéis mante­neros puras, por qué debéis tomar la investidura en el templo, por qué debéis honrar a vuestros pa­dres y aprender todo lo posible para seguir el plan de vida trazado por Dios. No importa cuál sea vuestra apariencia física, lo único que cuenta es lo que hay en vues­tro interior… Si comprendéis todo esto, trataréis con más con­fianza y seguridad de mejorar, y a la vez podréis ayudar a otras per­sonas. Seguir leyendo

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Somos hijas de Dios

28 de marzo de 1981
Somos hijas de Dios
Por la hermana Camilla E. Kimball

Camilla KimballConsidero un privilegio poder ofrecer mi testimonio a un grupo tan selecto de mujeres y jovencitas. Con el paso de los años, mi testimonio se fortalece, y cada día que pasa me siento más agradecida al Señor.

En un viaje que hicimos recien­temente mi esposo y yo, tuvimos una experiencia muy particular, la cual llenó mi corazón de gratitud por lo que el evangelio está ha­ciendo en favor de esas personas tan especiales. Habíamos estado con muchos miembros de la Iglesia en el Pacífico Sur y en el Caribe, donde tenemos una gran cantidad de nuevos conversos. En una oca­sión asistimos a una reunión de los niños en la escuela de la Iglesia en la isla de Samoa. Ese día se habían reunido en el gimnasio de la es­cuela 1.700 niños pequeños, apre­tados unos contra otros, lodos sentados en el piso del gimnasio.

Fue maravilloso contemplar sus rostros tan hermosos, con aquellos ojos oscuros y brillantes, y oírlos cantar el himno, «Soy un hijo de Dios». Me emocioné mucho al darme cuenta de que, desde la clase jardinera hasta el último año de secundaria, estos alumnos aprenden a cantar ese himno, que para mí es uno de los clásicos de la Iglesia.

Soy un hijo de Dios,
por El enviado aquí;
me ha dado un hogar
y padres caros para mí.
Guiadme,
Enseñadme
por Sus vías a marchar,
para que algún día yo
con El pueda morar.
(Canta conmigo. B-76.)

Si logramos tener estas palabras siempre presentes, comprenderemos lo maravillosa que es la oportunidad que tenemos: Saber de dónde hemos venido y cuál es el propósito de nuestra vida aquí: o sea, progresar, evolucionar, ser útiles y avanzar en conocimiento y en el desarrollo de nuestros talentos: saber también que muchas tendremos el privilegio de ser madres en Israel y de enseñar a los pequeños a amar a nuestro Padre Celestial, y a infundirles el conocimiento de que somos sus hijos y que Él está interesado en el bienestar de cada uno de nosotros.

Que Él os bendiga para que podáis caminar con seguridad hacia la vida eterna, que es lo que todos deseamos lograr. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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No te avergüences de dar testimonio

28 de marzo de 1981
«No te avergüences de dar testimonio»
Por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballMis amadas hermanas, siempre me siento feliz y sumamente alentado cuando contemplo a las hermosas y fieles jóvenes de la Iglesia y puedo hablar con ellas.

Al hacerlo, siento renovada mi confianza en el futuro de la Iglesia y de sus familias.

Considero que el tema de esta reunión es especialmente apropia­do para vosotras, encantadoras hijas de Sión: «Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de domi­nio propio» (2 Timoteo 1:7).

Pablo dio a Timoteo otro consejo que se aplica a todos los Santos de los Últimos Días, cuando agregó: «Por tanto, no te avergüences de dar testimonio de nuestro Se­ñor. . . (2 Timoteo 1:8).

Los profetas de esta última dis­pensación nos han enseñado que hubo espíritus selectos, reserva­dos especialmente para venir a la tierra en esta época. ¡Vosotras es­táis entre esos espíritus!

Mis queridas hermanas, os rue­go que permanezcáis cerca del Se­ñor, de vuestros padres, de los líderes del sacerdocio y de las her­manas que os dirigen en el progra­ma de las Mujeres Jóvenes. Espe­ro que comprendáis que si estamos tan interesados en ayudaros en vuestro desarrollo y progreso es porque sois almas preciosas, y de­seamos que utilicéis el potencial que tenéis para convertiros en las mujeres que debéis ser, y vivir con amor y fortaleza, y sin temor.

Obtened una buena preparación, siendo aplicadas en vuestros estu­dios. Aprended a ser buenas ami­gas y vecinas, y esto os ayudara a ser mejores como esposas y ma­dres.

Antes de que os llegue el mo­mento de enamoraros de vuestro elegido, enamoraos de las Escritu­ras, ya que éstas os ayudarán a prepararos espiritualmente para enfrentar el futuro. Si desarrolláis atributos tales como el amor, la pureza y la humildad, y aprendéis a comunicaros con los demás, a escuchar y a delegar responsabili­dades, seréis mejores amigas y ve­cinas, mejores esposas y madres. El programa de las Mujeres Jóve­nes es parte de la organización que tiene la Iglesia para ayudaros a desarrollar todas estas cualidades.

Recordad que no siempre seréis jóvenes, pero que siempre seréis mujeres; y tratad de ser mujeres especiales. El mundo os necesita, pues no cuenta con suficientes mu­jeres de vuestro calibre.

Recordad también, mis queridas hermanas, que los líderes de la Iglesia os amamos y, lo que es más importante aún, que el Señor os ama. Nuestro Padre Celestial os envió a la tierra en estos tiempos con un propósito especial. Ruego que Él os bendiga, hoy y siempre; en el nombre de Jesucristo, nues­tro Señor. Amen.

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Amanecer

Noviembre de 1981
Amanecer
Por el élder Loren C. Dunn
Del Primer Quorum de los Setenta

Loren C. DunnMe gusta correr. Mientras nos hallábamos cumpliendo una asignación en Nueva Zelanda, corría todas las mañanas desde mi casa en la calle Amey, en Auckland, por otras calles de la ciudad. El corredor mañanero en Nueva Zelanda disfruta de una gran cantidad de escenarios diferentes. El país no sólo está dotado de una belleza natural impresionante, sino que tiene los amaneceres más bellos del mundo. Algunas mañanas, cuando los primeros rayos del sol bañan las nubes algodonadas, el cielo parece estar envuelto en llamas; en otras oportunidades, los colores son más tenues y discretos. A veces, el cielo está gris y lluvioso. Es imposible predecir lo que traerá cada amanecer. Hay días en que al rayar el alba parecería que fuera a ser un día soleado; pero de pronto el cielo se obscurece y empieza a llover; y cuando todo parece indicar que va a continuar lloviendo, el sol se abre paso entre las nubes y empieza a desplegarse ante los ojos un día fabuloso. Cada día es diferente y trae sus propios misterios y sus propias sorpresas.

La vida es igual. No sabemos qué esperar de una jornada para otra y tenemos que tomar cada una cómo se presenta.

El Evangelio de Jesucristo no cambia milagrosamente los días tristes y nublados por otros llenos de luz y esplendor, sino que nos da una luz interna, una fortaleza que nos ayudará a recibir los días buenos con agradecimiento y los días malos con fe y determinación, hasta que un «nuevo amanecer» nos traiga alivio.

«Porque sé que quienes pongan su confianza en Dios serán sostenidos en sus tribulaciones, y sus pesares y aflicciones, y serán exaltados en el postrer día.» (Alma 36:3.)

Hace algunos años, cuando nos encontrábamos viviendo en Boston, Massachussetts, acababa de terminar una semana muy mala. Todos sabemos lo que es una mala semana: son siete días seguidos en que todo ha salido mal. Al terminar aquella semana, me sentía deprimido y triste.

Finalmente, una noche, después que mi familia se había retirado a descansar, decidí quedarme despierto para poder dirigirme a mi Padre Celestial en oración, pero no con la misma actitud que tenía cuando decía mis oraciones regulares, sino con la determinación de acercarme más a Él.

Al arrodillarme en el estudio de la casa, que se encontraba a obscuras, las circunstancias me permitieron hablarle a nuestro Padre Celestial con profunda humildad, y pude expresar mis sentimientos más íntimos. A medida que oraba, sentía la necesidad de obtener la confirmación de que efectivamente Él estaba allí y se preocupaba por mí. Al hacer mi petición, tuve una experiencia espiritual muy especial; anteriormente había tenido experiencias similares, pero ésta fue aún más extraordinaria. Pude sentir que el Espíritu se vertía sobre mí y llenaba mi alma. No fue sólo una vez, sino que durante esos minutos lo pude sentir varias veces.

Cuando subí a mi dormitorio esa noche, tenía el conocimiento absoluto, nacido del Espíritu, no sólo de que el Salvador vive, sino de que me conoce y se preocupa por mí, con un amor realmente divino.

La influencia de esa experiencia me acompañó por muchos días y engendró en mi corazón un sincero sentimiento de amor e interés por mis semejantes, aun por las personas que no conocía, que caminaban por las calles. Anteriormente, cuando pasaban a mi lado, ni siquiera me daba cuenta de que existían; ahora me interesaba por ellos. Mi propia familia parecía significar mas para mí. Me sentía unido a los santos en todo el mundo, y sentía el deseo de servir a mi prójimo.

No recuerdo qué problemas había tenido esa semana; sólo sé que pasaron como pasan casi todos los problemas con los que nos enfrentamos. Pero siempre recordaré la experiencia que tuve aquella noche en que recibí la influencia vivificante del Espíritu.

En ese momento me fue reconfirmado el conocimiento de que si somos justos, podemos ir al Señor, y que El, en su sabiduría infinita, nos dará, de una manera u otra, el consuelo y la fortaleza que necesitamos; y supe que el Espíritu no sólo nos vivifica, sino que nos unifica. Estas experiencias no tienen necesariamente que ocurrir sólo una vez, sino que pueden ser frecuentes.

Espero que al comenzar cada día podamos fortalecernos por medio de la oración y de la obediencia a los mandamientos; de esa forma la luz del Espíritu Santo brillará desde nuestro interior y nos dará aliento; nos ayudará a aprovechar las buenas oportunidades que el futuro nos trae; nos ayudara a cambiar aquellas cosas que podemos y debemos cambiar y a sostenernos firmemente mientras atravesamos circunstancias que no nos es posible modificar.

«Porque sol y escudo es Jehová Dios;

Gracia y gloria dará Jehová.

No quitará bien a los que andan en integridad.» (Salmo 84:11.)

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Cómo lograr una buena relación matrimonial

Noviembre de 1981
Cómo lograr una buena relación matrimonial
Por Val R. Christensen

Val R. ChristensenHace algunos meses me reuní con un grupo de amigos; habíamos pasado muchos años sin vernos y el cambio que algunos habían sufrido era notable: a unos se les había caído el pelo, otros habían aumentado varios kilos y otros habían adelgazado. Pero lo más interesante eran los cambios espirituales y emocionales que se evidenciaban.

Me interesó particularmente observar a una de mis antiguas compañeras de secundaria, a quien recordaba cómo una persona muy tímida que no era muy popular entre los muchachos. Se había convertido en una mujer sumamente atractiva y desenvuelta; también era evidente su evolución espiritual y emocional. Durante toda la velada estuve observando la relación que a simple vista se notaba que existía entre ella y su marido, y muy pronto comprendí el porqué de aquel cambio notable: había sido bendecida con un compañero que la respaldaba y cuya actitud era positiva; como consecuencia, con los años ambos se habían transformado en personas extremadamente maduras y felices.

Mis observaciones me han llevado a la conclusión de que el desarrollo de las personas después del matrimonio depende en gran forma de la actitud positiva o negativa del cónyuge. Ciertamente, lo que pensemos de nuestro cónyuge puede determinar en gran parte lo que llegará a ser con el tiempo. Vuestro compañero puede convertirse en un esclavo y un malhumorado, o en una persona útil e inteligente. Ambos progresaréis, de acuerdo con la manera en que os tratéis mutuamente.

El enfoque positivo
Hace algunos años una mujer me expresó sus quejas con respecto a la insensibilidad de su marido, por lo que le pedí que me describiera su conducta. Me dijo que, en general, se trataba de una persona de carácter muy negativo; que al llegar a la casa por la tarde protestaba porque la casa estaba desordenada; que se quejaba cuando alguna vez la comida no estaba lista a tiempo; que le hacía notar que no le resultaba tan atractiva ni intelectualmente interesante como él deseaba; también se mostraba así con sus hijos, sometiéndolos muchas veces a una crítica negativa.

Después de escucharla, le pedí que me describiera la forma en que ella lo trataba a él. Reconoció entonces que muchas veces se comportaba de una manera determinada a propósito, con el fin de lastimarlo; había oportunidades en que se proponía retrasar la cena, sólo para hacerle enojar. Por otra parte, cuanto más le reprochaba él su descuidado aspecto personal, menos deseos tenía ella de esforzarse por parecer más atractiva. Frecuentemente tenía la casa desordenada simplemente porque no se sentía motivada para limpiar y ordenar. Ella también hacia muy poco esfuerzo por complacerlo o estimularlo. Seguir leyendo

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Principios de la salvación temporal

Noviembre de 1981
Principios de la salvación temporal
Por el presidente Marion G. Romney
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

Marion G. RomneyEn la actualidad nos vemos enfrentados con una gran variedad de serios problemas económicos y sociales, lo cual para la Iglesia no es nada nuevo, ya que en el transcurso de la historia, los santos han luchado más de una vez con crisis económicas e incluso sufrido privaciones. A consecuencia de ello, desde los comienzos de la Iglesia, el Señor ha guiado a sus líderes a fin de que comprendan claramente algunos principios correctos. Una vez más nos sentimos ahora inspirados para reafirmar estos principios básicos de salvación temporal.

A comienzos de este siglo, el presidente Joseph F. Smith explicó de esta manera la importancia de la salvación temporal y su relación con la salvación espiritual:

«Debéis continuar teniendo presente que lo temporal y lo espiritual están entrelazados: no existen separadamente. Lo uno no puede llevarse a cabo sin lo otro mientras estemos aquí en la carne. . .

Los Santos de los Últimos Días no sólo creen en el evangelio de salvación espiritual, sino también en el de salvación temporal. Tenemos que cuidar del ganado… de los jardines y los sembrados… y todas las otras cosas necesarias para nuestro sustento y el de nuestras familias sobre la tierra. . . No creemos que sea posible que los hombres puedan ser verdaderamente buenos y fieles cristianos, a menos que también sean personas fieles, honradas e industriosas. Por tanto, predicamos el evangelio de industria, el evangelio de economía, el evangelio de sobriedad.» (Doctrina del Evangelio, pág. 202; cursiva agregada.)

Los principios más fundamentales de la salvación temporal incluyen dos conceptos básicos: el de proveer para sí mismo, o la autosuficiencia; y el de proveer para la familia, o sea, la autosuficiencia familiar. El primer concepto, el de la autosuficiencia individual, nace de una doctrina fundamental de la Iglesia: la doctrina del libre albedrío, basada en la verdad que dice que la esencia del hombre está compuesta de materia espiritual, o inteligencia, independiente «para obrar por sí misma en aquella esfera en que Dios la ha colocado….He aquí, esto constituye el albedrío del hombre…» (D. y C. 93:30-31; cursiva agregada).

Como resultado de esta condición eterna, Elohím, cuando creó al hombre y lo puso sobre esta tierra, le dio su albedrío para que actuara por sí mismo. Ya que el libre albedrío se aplica en todas las facetas de esta vida, el Señor ha dicho lo siguiente con respecto a los asuntos temporales:

«Porque conviene que yo, el Señor, haga a todo hombre responsable, como mayordomo de las bendiciones terrenales que he dispuesto y preparado para mis criaturas. . .

Porque la tierra está llena, y hay suficiente y de sobra; sí, yo preparé todas las cosas, y he concedido a los hijos de los hombres que sean sus propios agentes.» (D. y C. 104:13, 17; cursiva agregada.)

Por lo tanto, podemos ver que todo está en su lugar para que si el hombre desea ocuparse de su salvación, tanto temporal como espiritual, pueda alcanzar los beneficios que le fueron prometidos si guardaba éste, su segundo estado. Esa autosuficiencia de la cual hablamos en la Iglesia nace de las verdades eternas que están en relación con los conceptos de la inteligencia y el libre albedrío. Por lo tanto, la autosuficiencia se convierte en una verdad que es fundamental en el plan del evangelio, según lo enseñan los profetas.

La autosuficiencia implica el desarrollo de talentos y habilidades individuales cuya aplicación sirve para sustentar nuestras propias necesidades; aún más, implica que una persona logrará dicho desarrollo mediante la autodisciplina y luego aplicará esas habilidades por medio de la templanza y la candad, no sólo para bendecir su vida sino también la de los demás. Hay muchos pasajes de las Escrituras cuyo tema central es el trabajo, honesto y esforzado, y en los que se aclara que esto es lo que el Señor espera de sus hijos cuando gozan de salud física y mental. Seguir leyendo

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La confesión

Octubre de 1981
La confesión
Por el obispo J. Richard Clarke
Segundo Consejero en el Obispado Presidente

J. Richard ClarkeHace varios años un joven fue hallado en delito flagrante de robo y fue llevado a la cárcel. Sus padres, sorprendidos y avergonzados, le aseguraron que no tenía que preocuparse porque conocían a «gente importante», que ocupaba altos puestos, y estaban seguros de que esas personas podrían obtener su libertad. El obispo, bien intencionado pero sin comprender que le causaría un daño, le dijo que haría todo lo que estuviera a su alcance para lograr que un muchacho tan bueno como él no tuviera que pagar por su delito. El joven finalmente se enojó y dijo:

— ¿No se dan cuenta de lo que me están haciendo? Soy culpable. Si consiguen que me dejen libre sin recibir mi castigo, me forzarán a llevar la carga de esa culpa durante toda la vida. Por favor, déjenme pagar por mi mala acción a fin de que finalmente pueda sentirme realmente libre.

Hay pocos dones más deseables que una conciencia tranquila y un alma en paz consigo misma. Solamente el poder de nuestro Salvador Jesucristo puede sanar el alma apesadumbrada, y si queremos que así sea, debemos seguir las indicaciones que Él nos ha dado.

La confesión es un requisito necesario para alcanzar el perdón completo y una señal del verdadero pesar; es parte del proceso de purificación, puesto que comenzar de nuevo requiere una página limpia en el diario de nuestra conciencia. La confesión debe hacerse a la persona que corresponda, o sea a aquella a la que hayamos hecho daño, así también como al Señor. Cuando nuestra transgresión sea demasiado grave, será necesario confesarla a un administrador legal del sacerdocio.

«No toda persona ni todo poseedor del sacerdocio está autorizado para recibir del transgresor las confesiones sagradas de sus culpas. El Señor ha organizado un programa ordenado y compatible. Todo miembro de la Iglesia es responsable ante una autoridad eclesiástica (véase Mosíah 26:29 y D. y C. 59:12). En el barrio es el obispo; en la rama, el presidente; en la estaca o en la misión, un presidente; y en el escalafón mayor de autoridad en la Iglesia, las Autoridades Generales, con la Primera Presidencia y los Doce Apóstoles a la cabeza.» (Spencer W. Kimball, El milagro del perdón, pág. 335.)

Aquellas transgresiones que requieren confesión ante un obispo son el adulterio, la fornicación y otras perversiones y desvíos sexuales, así como también pecados similares en gravedad. El presidente Kimball nos recuerda que «uno no debe transigir ni ser artificioso; debe hacer confesión franca y completa» (El milagro del perdón, pág… 180).

Recordad: lo que buscamos es la liberación total de las torturas de un alma corroída por la culpa. El profeta Alma dice que pasó «mucha tribulación, arrepintiéndome casi hasta la muerte» (Mosíah 27:28), sintiendo que era consumido por un fuego eterno. El arrepentimiento no es fácil; el pesar lleva al individuo a las profundidades de la humildad. Esta es la razón por la que el don del arrepentimiento es tan dulce, y lleva al transgresor muy cerca del Salvador mediante un lazo especial de afecto. Seguir leyendo

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Fortalezcamos a los menos activos

Octubre de 1981
Fortalezcamos a los menos activos
Por el élder A. Theodore Tuttle

A. Theodore TuttleLa reactivación es una de las claves principales del éxito en todo lo que se emprende en la Iglesia. Gracias a nuestros estudios sabemos que el porcentaje de poseedores del Sacerdocio de Melquisedec que son activos en un barrio es el mejor índice del éxito que se ha logrado en ese barrio. Puesto que el poder del ejemplo paterno es más grande que cualquier otro factor para influir en los hijos a fin de que alcancen metas espirituales, tenemos que terminar con los ciclos de inactividad entre los poseedores del sacerdocio, mediante la prevención y la activación.

La orientación familiar es el medio por el cual se activa a la gente, y no se inventará ningún programa nuevo ni organización alguna para reemplazarla. En las instrucciones que la Iglesia envía, jamás se ha limitado la orientación familiar a una visita por mes. Tal vez esté bien que visite a los activos el último día del mes; pero únicamente por casualidad se podría activar a alguien en esa forma. Para reactivar necesitamos ampliar la orientación familiar: llegar a la orientación familiar ideal.

Quizás algunos se pregunten por qué debe ser el maestro orientador quien trabaje en el programa de reactivación cuando todos sabemos que entre éstos hay muchos que rio cumplen el programa como deberían. Porque el Señor los ha autorizado (véase D. y C. 20:53-55), y ésa es su responsabilidad. Pero existe una diferencia entre hacer la orientación familiar porque se le ha enviado y simplemente ir y hacer la obra.

El presidente Marión G. Romney dijo:

«Somos responsables individualmente. . . por los mandamientos que quebranten aquellas personas por las cuales tenemos responsabilidad si su conducta se debe a nuestra negligencia en enseñarles.» (Ensign, nov. de 1975, pág. 73; véase también Liahona, feb. de 1976, pág. 59. Cursiva agregada.)

El Salvador enseñó un principio que todavía no ha sido adoptado totalmente:

«¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla?» (Lucas 15:4.)

Debemos prestar más atención a los inactivos que a los activos.

Reconocer a los que están listos
Una cosa es calificar de inactivas a las personas, y otra muy distinta es reconocer dentro de ese grupo a aquellas que sean más receptivas, a fin de trabajar primero con ellas, con el propósito de activarlas. Seguir leyendo

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Probadme ahora en esto

Octubre de 1981
Probadme ahora en esto
Por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballEn esta época de preocupaciones y dificultades económicas, es imperioso que tengamos presente que el Señor nos ha dado a todos, individualmente y como Iglesia, una ley para nuestro bienestar económico y espiritual, y que si la obedecemos de corazón, recibiremos las bendiciones prometidas «hasta que sobreabunden» (véase Malaquías 3:10).

Hablo de la ley del diezmo, la cual puede ser nuestra bendición y seguridad, nuestra gran garantía de ayuda divina. Siempre me ha impresionado el hecho de que de todas las enseñanzas de los profetas del Antiguo Testamento, el Señor repitiera a los nefitas cuando los visitó la conmovedora promesa de Malaquías relativa a los diezmos:

«Y sucedió que les mandó que escribieran las palabras que el Padre había hablado a Malaquías, las cuales él les diría. Y aconteció que después que fueron escritas, él las explicó. Y éstas son las palabras que les habló, diciendo: Así dijo el Padre a Malaquías. . .

¿Robará el hombre a Dios? Más vosotros me habéis robado. Pero decís: ¿En qué te hemos robado? En los diezmos y en las ofrendas.

Malditos sois con maldición, porque vosotros, toda esta nación, me habéis robado.

Traed todos los diezmos al alfolí para que haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice el Señor de los Ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros una bendición tal que no haya donde contenerla.

Y reprenderé al devorador por amor de vosotros, y no destruirá los frutos de vuestra tierra; ni vuestra viña en los campos dará su fruto antes de tiempo, dice el Señor de los Ejércitos.

Y todas las naciones os llamarán bienaventurados…» (3 Nefi 24:1, 8-12.)

¿Quién de entre nosotros no necesita estas bendiciones que el Señor ha prometido?

En otra época de dificultades encontramos también a otro pueblo, el del reino de Judá, que había vivido bajo la iniquidad del rey Acaz; había sufrido reveses económicos y políticos a causa de los asirios y filisteos. Pero cuando el rey Ezequías comenzó a reinar «hizo lo recto ante los ojos de Jehová» (2 Crónicas 29:2). Así, el corazón y la mente del pueblo se volvieron nuevamente a las enseñanzas de las Escrituras, y otra vez obedecieron los mandamientos. La historia de lo que sucedió posteriormente es otro testimonio de cómo el Señor cumple sus promesas:

«Y cuando este edicto fue divulgado, los hijos de Israel dieron muchas primicias de grano, vino, aceite, miel, y de todos los frutos de la tierra; trajeron asimismo en abundancia los diezmos de todas las cosas.

. . . dieron del mismo modo los diezmos de las vacas y de las ovejas; y trajeron los diezmos de lo santificado, de las cosas que habían prometido a Jehová su Dios, y los depositaron en montones. . .

Cuando Ezequías y los príncipes vinieron y vieron los montones, bendijeron a Jehová, y a su pueblo Israel.

Y preguntó’ Ezequías a los sacerdotes y a los levitas acerca de esos montones.

Y el sumo sacerdote Azarías, de la casa de Sadoc, le contestó: Desde que comenzaron a traer las ofrendas a la casa de Jehová, hemos comido y nos hemos saciado, y nos ha sobrado mucho, porque Jehová ha bendecido a su pueblo; y ha quedado esta abundancia de provisiones. . . Seguir leyendo

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Las bendiciones patriarcales

Septiembre de 1981
Las bendiciones patriarcales
Por el élder LeGrand Richards
Del Consejo de los Doce

LeGrand RichardsPara poder comprender verdaderamente el llamamiento de patriarca y el porqué de las bendiciones patriarcales, primero debemos entender la vida preterrenal del hombre. Si nuestra existencia se hubiera iniciado con el nacimiento en esta tierra, sería muy difícil comprender el llamamiento de un patriarca.

El hermano John A. Widtsoe (1872-1952), que era miembro del Quorum de los Doce, en cierta oportunidad viajó a Inglaterra durante la Primera Guerra Mundial, y un oficial inglés de la Oficina de Inmigración le dijo:

— No le permitiremos entrar al país. Hemos permitido que sus misioneros entren, pero no queremos a ninguno de sus líderes. Tome asiento.

De modo que el hermano Widtsoe se sentó.

Unos minutos más tarde el oficial le llamó nuevamente y le preguntó:

—Si le permitimos entrar al país, ¿qué enseñará a nuestro pueblo?

Respondiendo el hermano Widtsoe le dijo:

—Le enseñaré de dónde procede, por qué está en esta tierra, y hacia dónde va.

El oficial le miró y volvió a preguntarle:

— ¿Su Iglesia enseña eso?

—Así es — respondió él.

—Mi iglesia no enseña tal cosa — dijo el oficial, al mismo tiempo que timbraba y firmaba el pasaporte—, puede entrar al país.

Si no sabemos hacia dónde vamos, somos semejantes a un barco sin timón en medio del océano, sin nadie que lo dirija; echados de un lado a otro por los vientos y las olas. Pero si sabemos de dónde venimos, por qué estamos aquí, y hacia dónde vamos, entonces tendremos mayores posibilidades de llegar al puerto deseado. Este es realmente el objeto de una bendición patriarcal: el interpretar y revelamos, por medio de la inspiración del Todopoderoso, porque estamos aquí y qué se espera de nosotros, a fin de que podamos cumplir con el propósito de nuestra creación sobre la tierra.

En Doctrina y Convenios leemos:

«También el hombre fue en el principio con Dios. La inteligencia, o la luz de verdad, no fue creada ni hecha, ni tampoco lo puede ser.» (D. y C. 93:29.)

En el principio estuvimos con Dios. En la sección 76 de Doctrina y Convenios se nos dice que somos «engendrados hijos e hijas para Dios» (D. y C. 76:24). No voy a entrar en detalles de cómo pasamos de ser inteligencias a seres espirituales; básteme decir que, de acuerdo con la revelación, Dios estaba en medio de las almas antes de la creación del mundo, y Él fue el más inteligente de todas ellas, y estábamos allí con El. Por lo tanto, ya que no tuvimos un principio, tampoco tenemos fin. Me referiré a la declaración, tan a menudo citada, que el Señor dio a Abraham:

«Y el Señor me había mostrado a mí, Abraham, las inteligencias que fueron organizadas antes que existiera el mundo; y entre todas éstas había muchas de las nobles y grandes;

y vio Dios que estas almas eran buenas, y estaba en medio de ellas, y dijo: A éstos haré mis gobernantes; pues estaba de pie entre aquellos que eran espíritus, y vio que eran buenos; y me dijo: Abraham, tú eres uno de ellos; fuiste escogido antes de nacer.» (Abraham 3:22-23.) Seguir leyendo

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Bosquejo de un líder de la Iglesia

30 de marzo de 1979
Bosquejo de un líder de la iglesia
Por el élder Mark E. Petersen
Del Consejo de los Doce

(Extraído de un discurso ofrecido a los Representantes Regionales el 30 de marzo de 1979.)

Mark E. PetersenQué clase de hombres habéis de ser?», preguntó el Salvador a los nefitas cuando se aprestaban a iniciar su ministerio; y El mismo respondió diciendo: «En verdad os digo, aun como yo soy» (3 Nefi 27:27).

¡Aun como Él es! Meditad en ello por un momento. Jesucristo es nuestro modelo. Y ¿cuándo esperaba El que esos hombres adoptaran su estilo de vida? Por cierto que no lo reservaba para más adelante, ni para un mañana, sino que era para que lo aplicaran inmediatamente. En su condición de ministros del Señor, ellos tenían la responsabilidad inmediata de reflejar Su imagen frente a la humanidad entera.

He allí la clave que nos indica la forma en que todos debemos llevar a cabo su obra.

Paralelamente, también cabe preguntarse: ¿En qué consiste ésta? Él nos dice que su obra, y aun su gloria, consisten en llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre. (Véase Moisés 1:39.) Más ¿qué es la vida eterna? La vida eterna es llegar a ser como Dios. Puesto que somos sus hijos, tenemos todas las posibilidades de llegar a ser perfectos como Él es. Este es un privilegio del que gozan todos los hombres, no importa dónde vivan ni qué hagan; sin embargo, debe tenerse en cuenta que se logra únicamente por medio de la fe en Cristo. Y ¿cómo se obtiene esa fe? Pablo formuló la misma pregunta en los siguientes términos:

«¿Cómo. . . invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quién les predique?

¿Y cómo predicarán si no fueren enviados?» (Ro. 10:14-15.)

Nosotros somos sus predicadores, y hemos sido debidamente enviados. ¿Cómo, pues, ejerceremos nuestro ministerio?

Convertíos
Nicodemo se acercó al Señor una noche, y Jesús le dijo estas palabras que jamás olvidaremos: «. . .el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios» (Juan 3:3).

Esta enseñanza se aplica al principio de nuestro renacimiento del agua y del Espíritu por medio del bautismo. A menudo nos conformamos con la explicación del bautismo de agua y poca trascendencia damos al bautismo del Espíritu.

Mediante la imposición de manos recibimos la confirmación como miembros de la Iglesia, y se nos comunica el don del Espíritu Santo. Debemos tener presente, no obstante, que por medio de esa ordenanza nuestra vida es renovada; y si somos sinceros, nacemos literalmente de nuevo. Tal vez más de lo que podamos llegar a comprender, nos transformamos en personas diferentes y hasta mejores, pudiendo afirmar que algo cambia en nuestro corazón, en nuestra manera de sentir interiormente. Tal como Pablo lo describe, hacemos a un lado al hombre carnal y tomamos sobre nosotros el nombre y la imagen de Cristo (véase Col. 3:9-10).

Ese renacimiento es imprescindible a fin de que otros puedan creer, mediante nosotros, que, de hecho, Cristo fue enviado de los cielos por su Padre, que es el Salvador y que nosotros somos sus siervos investidos con la autoridad para guiarles por el camino de la verdad. Ese es el comienzo de su salvación y un punto a favor que se agrega a la nuestra.

Debemos conservar latente dentro de nosotros el efecto de dicho renacimiento, pues aunque mediante nuestros esfuerzos podamos contribuir al renacimiento de otras personas, no podemos dar algo que nosotros mismos no poseamos. Si nuestra propia casa no está debidamente edificada, resultará sumamente difícil procurar ser buenos arquitectos y constructores en la vida de otros. Seguir leyendo

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El chisme: la trampa de Satanás

Septiembre de 1981
El chisme: la trampa de Satanás
por el élder Gene R. Cook
del Primer Quorum de los Setenta

Gene R. CookSolemnemente la gente empezó a reunirse en la antesala de la oficina del presidente de la misión: todos se miraban de soslayo, y muchos de ellos aún no podían creer que estaban citados para un tribunal de la Iglesia. Los oficiales que componían el tribunal tenían el corazón lleno de amor y comprensión:                aún así, consideraban con mucha seriedad su deber de investigar los cargos. Los que habían sido citados estaban en peligro de perder su calidad de miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Los cargos no eran por inmoralidad ni apostasía, sino que se les acusaba de levantar falso testimonio contra un semejante.

Aquellas personas habían calumniado a un buen hermano acusándolo de inmoralidad. Después de una investigación seria, se demostró que era totalmente inocente; sin embargo, aquellos a quienes este hermano consideraba «sus amigos» le habían hecho un daño tremendo, que no sería muy fácil de reparar.

¿Acaso hay alguien que pueda medir el perjuicio que casi destruyó a aquella buena persona? ¿Quién podría sopesar el impacto recibido por los miembros de la rama al ver minada la hermandad que existía entre ellos? ¿Y cuáles serían los efectos causados entre los que no eran miembros de la Iglesia y se habían visto involucrados en la habladuría? ¿Quién podría anular la maldad que había afectado a cientos de personas?

¡Todo había pasado tan fácilmente! Empezó con palabras simples como:

— ¿Supiste que. . .?
—La hermana Viera afirmó. . .
—He oído lo que le dijo. . .
—No estoy muy seguro de esto, pero…
—El primo del señor Soto dijo que él pensaba…
—No quiero decir nada malo, pero. . .
—Si me prometes no decirle a nadie, creo que te puedo contar que. . .

El pecado se clasifica en varias categorías, pero la mentira es la base de todas ellas. Si una persona piensa que es aceptable decir mentiras pequeñas, pronto se encontrará imposibilitada de distinguir entre éstas y las grandes.

Aquellos que estaban encargados de conducir el tribunal se basaron en las instrucciones explícitas del Señor sobre esta materia. Por intermedio de Moisés, el Señor dijo: Seguir leyendo

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La boca blasfema

La boca blasfema

Spencer W. KimballPor el presidente Spencer W. Kimball

En cierta ocasión, mientras uno de los empleados del hospital donde me encontraba intimado me llevaba en una camilla hacia la sala de operaciones, de repente tropezó y al hacerlo, brotaron de sus labios palabras profanas y vulgares con las cuales estaba insultando al Señor. A pesar de que me encontraba casi inconsciente, levanté un poco la cabeza e implorando, le dije: «¡Por favor! ¡No blasfeme!» El silencio se hizo sepulcral y una voz mansa susurró: «Lo siento». Por un momento el joven había olvidado el mandamiento tan sagrado que el Señor dio a su pueblo:

«No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano» (Ex. 20:7).

Muchas personas se excusan al tomar el nombre del Señor en vano diciendo que los Diez Mandamientos fueron dados hace miles de años a un pueblo en una tierra lejana; sin embargo, es necesario recordar que el Padre-no solamente los dio con todo su poder a los israelitas, sino que también una y otra vez los dio a los judíos en el meridiano de los tiempos, y aun en nuestra propia dispensación los ha repetido para nuestra guía y beneficio.

Al joven rico de Jerusalén que le preguntó qué podía hacer para obtener la vida eterna. Cristo le dijo:

«Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos» (Mt. 19:17).

Con ansiedad nuevamente le preguntó. «¿Cuáles?»

El Señor entonces le repitió los Diez Mandamientos, que al igual que en nuestra época, todavía estaban vigentes. También dijo en el Sermón del Monte, «No juréis en ninguna manera» (Mt. 5:34).

El apóstol Pablo condenó a la gente profana diciendo:

«Sepulcro abierto es su garganta; con su lengua engañan.

Veneno de áspides hay debajo de sus labios; su boca está llena de maldición y de amargura.» (Ro. 3:13-14.)

El apóstol Santiago, hablando de la boca blasfema, dijo:

«Pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal. . .

De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así.» (Stg. 3:8, 10.)

En la última dispensación el Señor nos amonesta diciendo:

«Por tanto, cuídense todos los hombres de cómo toman mi nombre en sus labios; porque he aquí, de cierto os digo, que hay muchos que están bajo esta condenación, que toman el nombre del Señor y lo usan en vano sin tener autoridad.» (D. y C. 63:61-62.)

Pero aún a pesar de todas estas amonestaciones, en las calles, en los lugares públicos, en los sitios de trabajo, en las mesas de banquetes, se oyen palabras obscenas y en muchas ocasiones se menciona el nombre de Dios en vano. Cuando vamos a lugares de entretenimiento y nos mezclamos entre la gente, quedamos aterrados al oír tanta blasfemia que entre ellos parece ser aceptada sin problemas. Los escenarios, las películas, la televisión y la radio están llenos de ella. Ahora entendemos cómo se sintió Lot cuando, de acuerdo con las enseñanzas de Pedro, estaba «abrumado por la nefanda conducta de los malvados» (2 P. 2:7). Nos preguntamos sobre aquellos que usan esa clase de vocabulario grosero y profano, aun cuando no están dispuestos a obedecer la voluntad de Dios, ¿por qué tienen que tener esa mentalidad tan limitada que destruye poco a poco su capacidad de comunicarse en otros términos? El idioma es como la música, puesto que de ambos nos regocijan la belleza, la dulzura y la armonía; pero al mismo tiempo nos desagrada de ellos la repetición de notas disonantes.

Hace poco tiempo tomé para leer un libro muy famoso, pero quedé aterrado al ver que en él se encontraban las conversaciones más vulgares y profanas, y me sentí deprimido al ver que los protagonistas utilizaban el nombre de su Creador en una forma vulgar. ¿Por qué lo hacían? ¿Cuál es la razón por la que los autores se venden de una forma tan barata y profanan los talentos que Dios les ha dado? ¿Por qué blasfeman y juran? ¿Por qué de sus labios impuros y de sus manos surge en forma sacrílega el nombre de su propio Creador, el santo nombre de su Redentor? ¿Por qué se olvidan del mandamiento que Él les dio?

«Y no juraréis falsamente por mi nombre, profanando así el nombre de tu Dios. Yo Jehová.» (Lv. 19:12.)

«¿Se gloriará el hacha contra el que con ella corta?» (Is. 10:15.)

En una ocasión un grupo de jóvenes jugadores de basquetbol subieron en el ómnibus en donde yo iba. Al hablar parecía que estaban compitiendo entre ellos mismos para ver quién podía proferir las palabras más blasfemas. Quizás lo aprendieran de personas mayores con quienes se habían relacionado en sus actividades; lo que sé es que no comprendían completamente la gravedad de lo que sus labios pronunciaban.

Un día mientras un grupo de jóvenes iban en automóvil por la playa, éste quedó atascado en la arena. Todos combinaron sus fuerzas para tratar de desenterrar el auto. Al verlos, les ofrecí ayuda; sin embargo, tuve que retirarme al oír las palabras tan soeces que salían de su boca. Sin reparo alguno blasfemaban y, por lo tanto, espantado por su lenguaje, me retiré del lugar.

Hace algún tiempo asistí a un espectáculo que se presentaba en un teatro de San Francisco y que por mucho tiempo había sido el número uno en los teatros de Nueva York; era una obra muy aplaudida, sin embargo, los actores indignos de desatar las correas de las sandalias del Salvador, con un lenguaje vulgar, tomaban Su santo nombre en vano. Estaban repitiendo las palabras del autor, palabras que profanaban el santo nombre de su Creador. Mientras que la gente se reía y aplaudía yo pensaba en el autor, en los que protagonizaban el espectáculo y en la audiencia, y no pude evitar el sentimiento de que todos estaban participando en un crimen, y a mi mente surgieron las severas palabras de crítica que se encuentran en el libro de Proverbios contra aquellos que toleran el mal:

«El cómplice del ladrón aborrece su propia alma; pues oye la imprecación y no dice nada.» (Pr. 29:24.)

Por todas partes, con frecuencia se ofende a aquellos que no están dispuestos a blasfemar y a mencionar el nombre del Señor su Dios en vano. En los clubes, en las granjas, en las actividades sociales, en los negocios, y en todo lugar se oyen blasfemias e imprecaciones. Los viciosos e insolentes deben recordar que no podemos tomar el nombre del Señor en vano sin recibir por ello un castigo. Al deshonrar las cosas sagradas y al usar en nuestras conversaciones diarias el nombre de Dios en vano ¿acaso no estamos haciendo que la destrucción recaiga sobre nosotros?

El Señor nos ha dicho que somos responsables por el lenguaje indecente. Mis queridos jóvenes, vosotros no usáis un lenguaje indecente, ¿verdad? Si así fuera sería una desgracia. La palabra obscena dicha con la intención de impresionar a otros llenará de tristeza a quienes la oyen al igual que a quien la pronuncia. Si el género humano pudiera darse cuenta de que la indecencia es una señal de debilidad y falta de integridad, entonces podría ver claramente la fortaleza de Jesucristo, el Ser más honesto y decente que jamás haya vivido sobre la faz de la tierra.

Es terrible que alguien use el nombre de la Deidad en forma irreverente; en esa irreverencia se incluye también el usurpar su divina autoridad y afirmar que se ha recibido directamente del Señor cuando no es así.

A través de las edades los profetas nunca han dejado de censurar tan grave pecado. El profeta Isaías instó a arrepentirse a aquellos «que juran en el nombre de Jehová, y hacen memoria del Dios de Israel, mas no en verdad ni en justicia» (Is. 48:1).

Cuando le informaban a Job que sus hijos se reunían en forma disoluta para festejar en sus casas, se levantaba «y ofrecía holocaustos conforme al número de todos ellos. Porque decía Job: Quizá habrán pecado mis hijos, y habrán blasfemado contra Dios en sus corazones» (Job 1:5).

Su aflicción era muy grande, sus huesos le causaban dolor, su carne se había corrompido, su corazón seguía siendo probado y ya casi no tenía ninguna esperanza; sin embargo, cuando su esposa se rebelaba diciendo: «¿Aún retienes tu integridad? Maldice a Dios y muérete», el fiel Job la regañaba severamente: «Como suele hablar cualquiera de las mujeres fatuas, has hablado» (Job 2:9-10).

George Washington (primer Presidente de los Estados Unidos de América) también nos dio un buen ejemplo sobre este tema. Cuando se enteró de que algunos de sus oficiales blasfemaban, les envió una carta el 1 de julio de 1776, de la cual citamos:

«Es motivo de gran tristeza para mí enterarme de que la práctica inicua de blasfemar y maldecir, un vicio hasta ahora poco conocido en el ejército, se está naciendo muy popular. Espero que los oficiales, tanto por su ejemplo como por la influencia que tienen, se comprometan a dejar esa práctica inicua; y que tanto ellos como sus hombres se den cuenta de que al insultar los poderes divinos, hacemos vana la esperanza de recibir las bendiciones del cielo. Además de esto, es un vicio tan vulgar, sin ninguna razón, que todo hombre de buen sentido y carácter lo detesta y aborrece.»

El mencionar el nombre del Señor con reverencia debe ser, simplemente, parte de nuestra vida como miembros de la Iglesia. Por ejemplo, como Santos de los Últimos Días, nos abstenemos del tabaco, las bebidas alcohólicas, el té y el café, y también de las drogas perjudiciales; de la misma manera debemos abstenernos del lenguaje obsceno. No maldecimos ni difamamos, no tomamos el nombre del Señor en vano, y no es difícil perfeccionamos en este aspecto de nuestra vida si cerramos la boca y evitamos el hábito de maldecir y decir palabras obscenas.

Sin embargo, nuestra responsabilidad no termina ahí, pues lograr este cometido significa que simplemente nos estamos refrenando de cometer pecado. Para actuar en justicia debemos mencionar el nombre de nuestro Señor con reverencia y santidad en nuestras oraciones, discursos y en otras conversaciones. Isaías expresó en un cántico:

«Poique un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz.» (Is. 9:6.)

Jesús perfeccionó su vida y fue el Cristo que el mundo esperaba; que derramo su preciosa sangre y se convirtió en nuestro Salvador; entregó su perfecta vida para poder ser nuestro Redentor; por medio de su sacrificio expiatorio El hace posible que regresemos a nuestro Padre Celestial y aún así, ¡qué inconscientes y desagradecidos son la mayoría de los beneficiados! La ingratitud es un pecado de las todas las épocas.

Gran número de personas profesan creer en El y en sus obras, mas son muy pocos los que le honran. Millones de nosotros nos hacemos llamar cristianos; sin embargo, muy rara vez nos arrodillamos para expresar gratitud por el don tan supremo que Él nos dio: su vida.

Volvamos a dedicarnos con renovado fervor a la actitud de reverencia y de agradecimiento hacia nuestro Salvador por su incomparable sacrificio. Recordemos siempre el mandamiento de los últimos días:

«Por tanto, cuídense todos los hombres de cómo toman mi nombre en sus labios.» (D. y C. 63:61.)

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