Las consecuencias de la incredulidad

Septiembre de 1980
Las consecuencias de la incredulidad
por el presidente N. Eldon Tanner
Primer Consejero de la Primera Presidencia

N. Eldon TannerConozco a dos hombres que tuvieron una infancia muy parecida. Ambos nacieron de padres que eran mormones activos y vivían en la misma comunidad; asistían al mismo barrio, tenían los mismos maestros, el mismo obispo, los mismos amigos e incluso iban a la misma escuela. En la actualidad esos dos hombres son totalmente diferentes, no solamente en su profesión, sino en su filosofía acerca de la vida y su grado de espiritualidad. Ambos han tenido éxito en su carrera, y tienen una buena posición económica, pero esa es toda la semejanza que hay entre los dos. Uno de ellos desempeña una posición de gran responsabilidad en la Iglesia y tiene una familia que honra a sus padres: sus hijos han vivido de acuerdo con las enseñanzas del evangelio, esforzándose por ser el orgullo de sus nobles progenitores, su Iglesia y su comunidad.

El otro hombre, poco a poco se fue alejando de la religión y se casó con alguien que no era miembro de la Iglesia: tuvieron hijos de los cuales, por lo menos dos han sido motivo de una constante preocupación debido a sus amistades, las que los condujeron a lo que parecía una serie interminable de violaciones a la ley: manejaban por encima del límite de velocidad o después de haber tomado bebidas alcohólicas, se daban a las drogas, etc.

Es muy común ver este contraste en los estilos de vida, y no es mi intención juzgar ni indicar quién es responsable por dicho comportamiento. Sin embargo, cuando el hombre que se alejó de la Iglesia vino en medio de su desesperación en busca de consejo, no pude menos que reflexionar y hacerme preguntas acerca de todas esas influencias que alejan a un hombre de su fe y sus creencias. Medité acerca de las circunstancias que llevaron a cada uno de estos hombres a su actual situación en la vida, y recordé las palabras de Pablo cuando advirtió a los élderes de la Iglesia en Efeso diciéndoles:

«Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual El ganó por su propia sangre.

Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño.

Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos.» (Hch. 20:28-30.)

Tiempo después, luego de expresar agradecimiento al Señor por el amor, la fe y la esperanza de los colosenses cuando aceptaron el Evangelio de Jesucristo, Pablo les advirtió de la siguiente manera:

«Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo.» (Col. 2:8.)

¿Por qué algunos hombres se engañan con las filosofías del mundo, mientras que otros pueden aceptar el evangelio y sus enseñanzas por medio de la fe? Algunos son como Tomás, quien no estaba con los Doce Apóstoles cuando Jesús se les apareció después de su resurrección. Recordad lo que sucedió:

«Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré. Seguir leyendo

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Los zapatos del ganador

Agosto de 1980
Los zapatos del ganador
por el élder Robert L. Backman
del Primer Quorum de los Setenta

Robert L. BackmanYa pienses que puedes hacerlo o pienses que no, siempre estarás en lo cierto.

El escritor James Alien escribió en su libro As a man ihinketh: “Un hombre es literalmente lo que piensa. Su carácter es el resumen de todos sus pensamientos”.

En el tiempo que fui presidente de misión vi una extraordinaria evidencia de la verdad de esa declaración en la vida de nuestros misioneros.

El misionero que estaba conmigo acababa de llegar a la misión, y en ese momento hablábamos de sus deberes y responsabilidades y de la disciplina a la que tendría que ajustarse; mientras yo le hacía una breve reseña de lo que se esperaba de él, me interrumpió y me dijo:

—Un momento, presidente Backman. Hay algo que debo decirle: Yo soy muy obtuso.

Decidido a demostrarle la gran capacidad de servir que poseía como hijo de Dios, y a despertar en él una comprensión de la misión exclusiva que tenía en esta tierra, lo asigné como compañero de un misionero que lo hizo trabajar duramente, incitándolo a aprender, progresar y servir, a pesar de la debilidad que decía tener. Además, ejercí sobre él tal presión que el líder de su distrito me escribió en un informe que el nuevo misionero tenía la intención de darme un puñetazo en la nariz la próxima vez que yo visitara su ciudad.

A las pocas semanas, mi esposa y yo hicimos un recorrido final de la misión antes de que se nos relevara y dediqué tiempo a sentarme en privado con cada misionero a fin de poder expresarle mi amor y confianza. Pronto le llegó el turno al misionero nuevo; cerré la puerta detrás de él, me saqué los lentes que llevaba puestos y le dije:

—Si eso lo va a hacer sentirse mejor, élder, ¡adelante! deme un puñetazo en la nariz. Seguir leyendo

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El único tesoro verdadero

Agosto de 1980
El único tesoro verdadero
por el élder P. Enzio Busche
del Primer Quórum de los Setenta

P. Enzio BuscheLas personas siempre han tenido la tendencia a buscar tesoros escondidos; quieren tener algo que sea sólo suyo, algo que puedan guardar, algo que los haga ricos, que les permita tener mayor fortaleza, seguridad, protección; algo que les ayude a sobrevivir. Buscan constantemente estos tesoros en el mundo, y esa búsqueda es una de las fuerzas que ha llevado a muchos en el pasado de un continente a otro y ha encendido su imaginación.

Sin embargo, es obvio que los tesoros que se pueden encontrar en el mundo no pueden dar lo que la gente busca y espera encontrar. Muchas personas tienen que vivir toda una existencia para comprender al final que con la cantidad de tesoros y riquezas del mundo que han reunido, todavía no han encontrado el verdadero tesoro y permanecen vacíos, desgraciados, insatisfechos y plagados con temores siempre en aumento. El milagro del único tesoro verdadero es que constantemente produce bendiciones y el valor para sobreponerse a la aprensión; me refiero al tesoro de haber encontrado a Cristo, de poder llegar a conocerlo (no simplemente saber todo lo que haya que aprender sobre El, sino conocerlo), lo cual es posible para aquellos que están en su servicio en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, restaurada en esta última dispensación,

Al servir como presidente de misión me siento abrumado por la humildad de compartir esta experiencia misional con muchos jóvenes de diferentes naciones, hijos de nuestro Padre Celestial que dan años enteros de su vida, olvidando su propio bienestar y carrera a fin de poder llevar el mensaje del verdadero evangelio de salvación a sus semejantes. Al desarrollar esta capacidad de seguir a Cristo, de hacer su voluntad, de sobreponernos a nuestros deseos personales y terrenales, elegimos un camino que nos conduce a una profunda y real satisfacción, la protección más segura de las amenazas de la vida y el poder de conquistar nuestros temores naturales y terrenos. Seguir leyendo

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La guía del Espíritu Santo

Agosto de 1980
La guía del Espíritu Santo
por el presidente Marion G. Romney

Marion G. RomneyComo preludio al tema que deseo desarrollar, citaré las palabras de Kurt Waldheim, quien fue Secretario General de las Naciones Unidas: “No quiero ocultar… mi profunda preocupación por la situación imperante en el mundo, impresión que estoy seguro comparte toda persona consciente. Existe un sentimiento internacional de aprensión con respecto a dónde nos conducirán los tumultuosos eventos de nuestros días, un sentimiento de profunda ansiedad ante este fenómeno que no podemos comprender completamente, y menos aun, controlar. En todas las especulaciones sobre lo que nos depara el futuro, la mayoría de ellas deprimentes, existe un indicio de impotencia y fatalismo que se repite y que encuentro sumamente inquietante. Esto no es nuevo, sino que a menudo han aparecido terribles profecías como síntomas de los períodos de cambio y transición en la sociedad humana. Lo que es nuevo es el alcance y la magnitud de los problemas que provocan esas aprensiones. . .

La civilización que actualmente enfrenta tan tremendo peligro no es sólo una pequeña parte del género humano, sino toda la humanidad.” (Discurso pronunciado ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, el 30 de agosto de 1974; cursiva agregada.)

Creo que todos estamos de acuerdo en que el mundo está pasando por una época de tumulto y confusión y, a medida que las condiciones empeoran, día a día se hace más evidente la inminencia del desastre. Al llamaros la atención sobre este desagradable asunto no tengo como objeto desanimaros, sino que lo hago con el deseo de que podáis ver y reconocer claramente las precarias condiciones del mundo en que vivimos.

En lo que me es personal, yo no me encuentro desalentado; me preocupa la situación, pero no vivo aterrorizado por ella. Se dice que en una oportunidad en que el entonces presidente J. Golden Kimball asistía a una conferencia de estaca, el orador que lo precedió empleó casi todo el tiempo que quedaba de la reunión en un intenso y apasionado llamado al arrepentimiento, con una vivida descripción de las terribles consecuencias que esperaban a los que no obedecieran; cuando el hermano Kimball se puso de pie para hablar, dijo simplemente: “Bueno, mis hermanos, supongo que lo mejor que podemos hacer ahora es irnos todos a nuestra casa y suicidarnos”.

A pesar de la seriedad de los problemas que nos aquejan, yo no os repetiría las palabras del hermano Kimball, porque tengo una confianza inquebrantable en que si escuchamos y obedecemos la guía del Espíritu Santo, el Señor nos protegerá y nos conducirá a terreno seguro. La situación en la que ahora nos encontramos no ha sido una sorpresa para El, sino que previo la llegada del desastre y nos proveyó con una forma segura de escapar. Hace mucho tiempo, el 1 de noviembre de 1831, nos dijo:

“Por tanto, yo, el Señor, sabiendo de las calamidades que vendrían sobre los habitantes de la tierra, llamé a mi siervo José Smith, hijo, le hablé desde los cielos y le di mandamientos;

Y también les di mandamientos a otros para que proclamasen estas cosas al mundo. . .” (D. y C. 1:17-18.)

Como prefacio a esta declaración, el Señor explicó la razón de las calamidades mencionadas anteriormente al decir, refiriéndose a los habitantes de la tierra: Seguir leyendo

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El poder del ejemplo

Junio de 1980
El poder del ejemplo
por el élder Charles A. Didier
del Primer Quorum de los Setenta

Charles A. DidierSe oyó llamar a la puerta. Ya era muy tarde en la noche y no esperábamos visitas a esa hora; me preguntaba quién podría ser. Abrí la puerta y para mi sorpresa, allí estaban los dos misioneros que había visto enseñando en el vecindario.

Los élderes me preguntaron inmediatamente si mis hijos estaban levantados, puesto que tenían que hacerles una pregunta; pero ellos ya estaban acostados. Los misioneros se miraron y el compañero mayor, obviamente reuniendo valor, me preguntó si yo podría hablar con mis hijos para decirles que dieran un buen ejemplo en la escuela, pues ellos estaban enseñando a una de sus compañeras de estudios. Era importante que los misioneros pudieran decirle a su joven investigadora que mis hijos eran miembros de la Iglesia, y le preguntaran si había notado alguna diferencia entre ellos y los demás compañeros. ¡Cuán terrible sería si mis hijos no se comportaran bien! Les prometí que transmitiría su mensaje y comentaría con ellos el gran cometido que se les presentaba.

Los élderes se fueron tranquilos, y al cerrar la puerta apareció en mi mente un pasaje de las Escrituras. Yo lo había usado a menudo durante los años pasados al reunirme con los misioneros:

“Id. . . para . . . darles buenos ejemplos en mí; y os haré instrumentos en mis manos para la salvación de muchas almas.” (Alma 17:11.)

Han pasado ya más de treinta años desde que entré en contacto con los misioneros. ¡Qué ejemplo han sido en mi vida! Recuerdo que yo tenía dieciséis años de edad cuando los conocí. Durante los veranos, mis hermanos y mi madre teníamos el hábito de sentarnos frente a la ventana que daba a la calle, y desde allí saludábamos a nuestros vecinos y amigos que pasaban frente, a la casa. Aquel día notamos que dos jóvenes venían subiendo la empinada calle, empujando sus bicicletas; eran diferentes de la gente joven de la localidad y a pesar del calor, usaban traje, camisa blanca y corbata. Por su aspecto dedujimos que eran jóvenes norteamericanos. Nos sentimos intrigados. ¿Qué harían en nuestra ciudad?

Al día siguiente llegaron y llamaron a nuestra puerta. Nos apresuramos a hacerlos pasar pues queríamos satisfacer nuestra curiosidad; así supimos quiénes eran y qué estaban haciendo; aquel fue el comienzo de una amistad eterna. Sus sonrisas, amor, entusiasmo, su deseo de ayudar y servir, la obediencia a los mandamientos y su amor por el Señor nos impresionaron grandemente. Cada vez con mayor anhelo esperábamos su presencia y su espíritu. No solamente nos enseñaban acerca de los nefitas, lamanitas y el Libro de Mormón, sino que compartían con nosotros sus talentos en las artes y en los deportes.

Y aquí estoy, treinta años después. Por causa del ejemplo de estos excelentes jóvenes mi vida ha cambiado, mi perspectiva de la vida ha cambiado. He obtenido un testimonio del Evangelio de Jesucristo y de que ese evangelio ha sido restaurado; he aprendido a vivir de acuerdo con los mandamientos del Dios viviente; y me siento feliz de seguir a un Profeta contemporáneo porque sé que sus palabras vienen de Dios. Ahora soy responsable de cuidar que no se rompa la cadena, una cadena eterna que comenzó con Jesucristo mismo:

“Este es mi evangelio; y vosotros sabéis las cosas que tenéis que hacer en mi Iglesia; pues las obras que me habéis visto hacer, vosotros haréis.” (3 Nefí 27:21.)

Como jóvenes de la Iglesia, vuestra influencia, vuestro ejemplo, pueden ser un factor determinante en la conversión de alguien o en la falta de interés en el mensaje de la restauración del evangelio. Cuidad vuestro aspecto físico, vuestros pensamientos, vuestro vocabulario, vuestros hechos.

Este es el tiempo de prepararos para ser llamados a una misión y es mejor que comencéis inmediatamente. Cuanto más jóvenes sois, más fácil es desarrollar buenos hábitos. William James dijo:

“Un hecho repetido se torna en un hábito, una cadena de hábitos forman un carácter; y es el carácter el que determina el destino.”

No es solamente nuestro destino el que se está decidiendo, sino también el de nuestros vecinos y amigos.

Bien me doy cuenta de lo que dos jóvenes pueden hacer para ayudar en la obra misional. ¡Cuán importante debe de haber sido para José Smith, a la misma edad de mis hijos, ser un ejemplo tal que su obra pudiera ser reconocida por sus frutos! Ciertamente, José Smith es uno de los ejemplos más grandes de fe y la existencia de la Iglesia hoy en día es el producto de aquella fe.

El poder del ejemplo es una extraordinaria forma de motivación. Saber esto debe ayudarnos a comprender el poder de conversión que tenemos, y la necesidad de utilizarlo en una forma divina. Recordemos lo que Cristo dijo:

“Seguidme, y os haré pescadores de hombres.” (Mateo 4:19.)

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El propósito de vuestra vida

Junio de 1980
El propósito de vuestra vida
por el obispo H. Burke Peterson
Primer Consejero en el Obispado Presidente

H. Burke PetersonEs probable que alguna vez hayáis pensado: “No soy muy importante y realmente nadie presta atención a lo que yo digo. ¿Qué puedo hacer que sirva de algo? ¿Qué puedo hacer para ayudar realmente a los demás y hacer que su vida sea diferente, que sea mejor? ¿Tengo en realidad algún talento que valga la pena? ¿Hay algo que pueda hacer para ayudar a quien lo necesite? No soy nada especial; si no ayudo, habrá alguien que lo haga en mi lugar aún mejor que yo.”

Uno de los grandes problemas de la vida consiste en vencer el sentimiento de que no tenemos importancia, que no somos especiales y únicos. ¿Pensáis acaso que el Padre Celestial mandaría a uno de sus hijos a esta tierra, sin que éste tuviera la posibilidad de una obra significativa que efectuar?

Ciertamente, todos tenemos rasgos, talentos, personalidad y habilidades diferentes; hay que admitir que algunos tienen más dones, o por lo menos dones diferentes que los demás; algunos alcanzan mejores calificaciones en sus .estudios o son mejores deportistas; otros son más altos o más bajos, unos más gruesos y otros más delgados. Sí, sabemos que hay quienes son bien parecidos, más hermosos o atrayentes, de manera que muchas veces pensamos o decimos: “Si yo fuera como Juan”, o, “Si yo fuera como Ana… entonces podría hacer algo realmente fantástico, algo que los demás notarían. Entonces todos querrían ser como yo. ¿No sería maravilloso?”

Desearía contaros acerca de simples miembros de la Iglesia, que han llegado a hacer grandes cosas por medio de hechos aparentemente insignificantes.

Compañeros de misión
El misionero que estaba dando su testimonio se sostenía con muletas, pues se había lastimado una rodilla en un accidente cuando iba en bicicleta; quería decir a los demás misioneros cuánto amaba a su compañero, contarles cómo había aprendido de él una nueva dimensión del amor. El accidente había ocurrido dos o tres semanas antes, y el médico había dicho que no podría andar más en bicicleta. El presidente de la misión había decidido transferirlo para que su compañero siguiera trabajando. ¿Qué iba a poder hacer si no podía andar en bicicleta? El otro misionero rogó al presidente que no lo cambiara todavía; estaban teniendo éxito en la obra; él quería mucho a su compañero momentáneamente incapacitado y estaba seguro de que encontrarían la manera de seguir trabajando. “Por favor, ¡permítanos intentarlo!”, había rogado. El presidente estuvo de acuerdo en dejarlos probar. Seguir leyendo

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Obedecer todas las reglas

Junio de 1980
Obedecer todas las reglas
por H. Kent Rappleye

El estar acostado boca arriba, mirando la complejidad mecánica de una máquina de rayos-X, no era parte programada de mi experiencia en el Centro de Capacitación de Misioneros. Pero allí me encontraba, con el tobillo derecho muy inflamado y dolorido como consecuencia de un accidente ocurrido en el período de actividades físicas. Quince minutos antes había estado participando en un emocionante partido de fútbol; mi equipo iba ganando y quedaba solamente un minuto de tiempo; repentinamente nuestra defensa se vio debilitada y la pelota fue arrojada en dirección al arco. Corrí hacia la pelota mientras el élder Duran, mi mejor amigo que integraba el otro equipo, se arrojó al suelo para bloquear mi jugada. ¡Crac! el ruido semejante al de una rama que se quiebra, hizo que todos se estremecieran. Yo caí arrollado, sosteniéndome la pierna derecha entre las manos y gritando que llamaran a un médico.

Traté de levantarme, pero el dolor de la pierna me convenció de que debía quedarme acostado, apretando los dientes. Llegó la ambulancia y pronto me encontré acostado en la mesa de rayos-X esperando que el daño no pasara de un disloque o torcedura; sin embargo, mis esperanzas de un milagro se vieron destruidas cuando, a través de una puerta entreabierta, oí que una enfermera decía: “Es una de las peores fracturas que he visto”.

Nadie me tocó durante cuarenta y cinco minutos; luego llegó un especialista y confirmó el comentario de la enfermera en cuanto a la fractura del tobillo. A eso de las once de la noche yo estaba medio inconsciente en mi cama del hospital, todavía adormecido por la anestesia que me habían administrado para la operación, en la que me insertaron un tornillo en el hueso. Todo lo que ‘podía pensar en ese momento era que tendría que quedarme allí cuando los veintiún misioneros de mi grupo partieran para la Misión de Guatemala—El Salvador, dos semanas después.

Luego de cuatro días en el hospital, volví al Centro de Capacitación usando muletas. No encuentro palabras para describir la situación de tener que estar allí durante cinco semanas más, después de haber aprendido todas las lecciones. Ya podía repetirlas de atrás para adelante, dormido, mientras me bañaba, estando cabeza abajo y en cualquier orden.

Había un grupo de misioneros que iba a partir para Guatemala cuatro días después que me sacaron el yeso, pero yo tenía que someterme a dos semanas de fisioterapia. Sin embargo mediante el poder de persuasión ferviente que solamente un misionero puede tener, logré convencer al médico de que me dejara ir si prometía no caminar en exceso durante las primeras semanas. Seguir leyendo

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Cuando el profeta habla

Cuando el profeta habla

N. Eldon Tannerpor el presidente N. Eldon Tanner
Primer Consejero en la Primera Presidencia

En una conferencia especial realizada para las mujeres de la Iglesia en septiembre de 1978, la Presidenta de las Mujeres Jóvenes, Elaine Cannon, hizo la siguiente declaración: “Cuando el Profeta habla… el debate se da por terminado” (Liahona, febrero de 1979).

Esa sencilla declaración me impresionó; pues encierra un significado espiritual muy profundo para todos nosotros. Dondequiera que voy, mi mensaje a la gente es éste: ¡Seguid al Profeta! ¿Para qué más el Señor ha puesto profetas en la tierra a través de las dispensaciones? En su sabiduría infinita y como parte del plan de vida y salvación para sus hijos, Él nos ha dado un plan para seguir, los líderes para dirigimos y mantenernos en la vía y la organización de la Iglesia para ayudarnos a establecer el cimiento y desarrollar nuestra capacidad, o, en otras palabras, prepararnos, para llevarnos de regreso a nuestro hogar eterno.

No tiene sentido suponer que el ser humano pueda quedar a la deriva y aun así lograr los propósitos de Dios; eso es tan irrazonable como sería dejar a un bebé recién nacido librado a su propia suerte y esperar que aprenda a caminar, hablar, alimentarse y vestirse, sin ayuda de parte de quienes son responsables de su atención y enseñanza. La criatura dejada en esas condiciones pronto perecería.

Así sucede con nosotros. Sin el conocimiento y la comprensión del evangelio, el plan de Dios para sus hijos, no podemos vivir de acuerdo con la ley que resulta necesaria para nuestra salvación; y, por lo tanto, quienes olvidan su entrenamiento espiritual, o dejan de escuchar y obedecer la voz de amonestación de los profetas, sufrirán una muerte espiritual.

Es difícil entender la razón por la que tantas personas luchan contra el consejo del Profeta y en pro de la preservación de aquellas cosas que les acarrearán la desgracia y aun la muerte. Como ejemplo consideremos la Palabra de Sabiduría. Poco después de la restauración del evangelio y de la organización de la Iglesia, el Señor dio a José Smith, el Profeta, una revelación a la cual nosotros llamamos la Palabra de Sabiduría, que nos advierte que el té, el café, el alcohol y el tabaco, entre otras cosas, no son buenos para el hombre y que no deben ser ingeridos por los santos.

En aquella época esto fue bastante sorprendente, pues el consumo de esas cosas no era considerado dañino para la salud. Durante muchos años después que se recibió la revelación, la gente consideraba que los mormones eran singulares porque se abstenían de dichas substancias aparentemente inofensivas. Luego los científicos comenzaron a descubrir muchos efectos dañinos del tabaco y hoy en día se nos advierte, cada vez con más insistencia, en cuanto a los riesgos que encierra para la salud el consumo de tabaco, té, café y alcohol, además de los peligros que implican para el hijo en gestación cuando la madre los ingiere. Seguir leyendo

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La prioridad en nuestras decisiones

La prioridad en nuestras decisiones

por el obispo Víctor L. Brown

Una de las lecciones más valiosas que podemos aprender, es saber tomar nuestras decisiones en orden de prioridad y asegurarnos de que no nos desviamos del camino trazado.

Hace algunos años, mientras me encontraba en la ciudad de Osaka, en Japón, recibí un llamado- telefónico de uno de nuestros oficiales japoneses de la Iglesia que deseaba reunirse conmigo. Lo invité a que fuera a mi hotel y allí tuve la oportunidad de hablar con uno de los jóvenes más inteligentes y criteriosos que conozco.

Este joven tenía un grado universitario en una rama especial de la ciencia y se encontraba empleado en una compañía estable y conservadora. Uno de sus antiguos compañeros de universidad, que se había graduado en la misma especialidad que él, trabajaba para una firma nueva y progresista en la ciudad de Tokio y en los meses anteriores había tratado varias veces de atraer a su amigo hacia su compañía, y hacerlo que cambiara de trabajo; más aún, uno de los vicepresidentes de la firma de Tokio se había puesto en contacto con él, diciéndole que estaba dispuesto a pagarle un salario tres o cuatro veces mayor del que ganaba. Su respuesta fue:

«Si existe la más mínima vacilación de parte de las autoridades de mi Iglesia sobre mi traslado de Osaka a Tokio, lo cual requeriría que me relevaran del cargo que actualmente ocupo, no obstante cuánto dinero pueda usted ofrecerme, no tendría interés en su propuesta.»

El vicepresidente le replicó:

«Yo no soy cristiano ni sé nada de su religión, pero usted es exactamente la clase de persona que deseo tener en mi organización.»

Ese era el motivo de su visita. Tenía dudas con respecto a su traslado a Tokio, lo cual traería como consecuencia el relevo de su cargo en la Iglesia. Yo le aseguré que debía aceptar, puesto que podría servir al Señor tan bien en aquella ciudad como en Osaka. Por lo tanto, aceptó el empleo y se mudó a Tokio.

Más adelante mientras me encontraba visitando la ciudad, recibí otro llamado telefónico del mismo hombre. Fue a visitarme y estuvimos hablando por largo tiempo. Había tenido gran éxito en los negocios, había ampliado su experiencia y en el presente tenía un cargo muy importante enseñando al personal de las grandes corporaciones, la mejor forma de manejar sus compañías; su tiempo era muy escaso y ganaba un excelente salario. Pero se daba cuenta de que estaba descuidando su trabajo en la Iglesia y sus responsabilidades familiares.

Le expliqué que yo no iba a decirle lo que debía hacer, pero que había una escritura que le indicaría si verdaderamente estaba convertido:

«Mas buscad primeramente el Reino de Dios y su justicia y todas estas cosas os serán añadidas.» (Mat. 6:33.)

Aunque al citarle la escritura pensé que quizás pudiera molestarse un poco, nos despedimos como buenos amigos.

Unas semanas después de haber regresado a mi hogar, recibí una carta de él en la que me decía que había puesto en orden la prioridad de sus decisiones; había renunciado a su empleo en la compañía y había decidido dar precedencia a su familia y a la Iglesia, colocando su trabajo en segundo lugar. Una de las lecciones más valiosas que podemos aprender, es saber tomar nuestras decisiones en orden de prioridad y asegurarnos de que no nos desviamos del camino trazado.

Por supuesto, para hacer esto es necesario que nos establezcamos metas, a las cuales llegaremos manteniendo ese orden de prioridad en las cosas importantes. Quizás hayáis oído el cuento del piloto que hablando a sus pasajeros les dijo que tenía que darles una buena noticia y una mala noticia; la buena noticia era que estaban viajando a una velocidad de 965 kilómetros por hora; la mala era que estaban perdidos. Supongo que la meta de aquel piloto era llegar a destino, pero había perdido de vista el orden de importancia de sus decisiones. Hay muchas personas que tienen este mismo problema.

Recientemente una jovencita fue a verme a mi oficina con sus padres. Provenía de una buena familia, pero se había extraviado y se encontraba en serias dificultades; era soltera, estaba esperando un hijo y se preguntaba que debía hacer. Me conmoví mucho al oírla. Estoy seguro de que ella amaba al Señor, pero había olvidado que aquellos que aman al Señor se mantienen en contacto con El y obedecen sus mandamientos. Al principio mantuvo la compostura mientras hablábamos: pero cuando le pregunté si se acordaba de decir sus oraciones, comenzó a llorar.

¡Cuán importante es que recordemos comunicarnos diariamente, tantas veces como sea necesario, con nuestro Padre Celestial! Tengamos presente que Él siempre nos ama, seamos buenos o malos; pero es necesario que nosotros hagamos un esfuerzo, si deseamos que Él nos bendiga.

El primer jueves de cada mes, las Autoridades Generales se reúnen en un cuarto del Templo de Salt Lake, bajo la dirección de la Primera Presidencia. Una de las cosas que más me impresionan del cuarto en el cual nos reunimos, es observar los tres cuadros que hay allí y que representan puntos importantes en la vida del Salvador; uno muestra a Jesús en la costa del Mar de Galilea, en otro aparece el Salvador en la cruz, y el tercero lo muestra cuando acaba de levantarse de la tumba; este último es el que más capta mi atención. El artista ha manifestado en el cuadro lo que yo imagino son los sentimientos que uno tendría en presencia del Señor resucitado. El Salvador se encuentra de pie, contemplando con una sonrisa el rostro de una hermosa mujer que está reverentemente arrodillada ante El, con la mirada clavada en sus ojos y una expresión de adoración en su cara.

Pienso que el ser digno de ser recibido algún día por el Salvador debería ocupar el primer lugar en las decisiones. Por supuesto, estrechamente ligada a ella debería de estar la meta del matrimonio en el templo y de ser un buen padre en Sión; el establecimiento de una familia justa y eterna es nuestra responsabilidad más importante. El Señor nos mandó que multiplicáramos e hinchiéramos la tierra. También nos dijo:

«He aquí herencia de Jehová son los hijos. . .

Bienaventurado el hombre que llenó su aljaba de ellos. . .» (Sal. 127:3,5.)

En nuestra sociedad actual resuenan estridentes voces que enseñan lecciones que vienen directamente de Satanás. Nos dicen que el matrimonio no es necesario para que un hombre y una mujer vivan juntos: que las relaciones sexuales sin el beneficio del matrimonio son parte de una relación normal y aceptable: que si una pareja decide casarse no debe tener más de dos hijos o mejor aún para el mundo en general no debería tener ninguno. Conozco una joven, hija de una excelente familia de la Iglesia, que recientemente comunicó a sus padres que no piensa tener hijos y que se siente avergonzada del tamaño de su familia: tiene tres hermanos y les ha dicho a sus padres que no deberían tener más hijos. Sin embargo, el Señor ha dicho que los hijos «herencia de Jehová son»: pero no estoy seguro de que el Señor haya determinado un número limitado para cada familia.

Algunos de vosotros, jóvenes, formaréis un hogar dentro de pocos años; no habrá responsabilidad mayor para vosotros en esta vida, que enseñar correctamente a vuestra familia.

Otra de las decisiones a la que debemos dar prioridad se puede expresar mejor con las primeras palabras del himno No. 69: «Escucha al Profeta». ¡Que maravillosa bendición la de tener en la tierra un Profeta que habla con el Señor! Cuando él se dirige a nosotros como Profeta, es el Señor mismo quien nos habla. Por lo tanto, es esencial que tengamos el valor de obedecer. Si lo escuchamos, pero no le obedecemos, ¿de qué nos valen sus palabras?

Una de las más grandes lecciones sobre la obediencia se encuentra en la Biblia:

«Naamán, general del ejército del rey de Siria, era varón grande delante de su señor, y lo tenía en alta estima, porque por medio de él había dado Jehová salvación a Siria… Era este hombre valeroso en extremo, pero leproso.»

El rey de Siria envió a Naamán al rey de Israel, pensando que éste podría curarlo de la lepra; pero él no pudo hacer nada. El profeta Elíseo se enteró de lo que pasaba y envió a decir a Naamán que fuera a verlo.

«Y vino Naamán con sus caballos y con su carro, y se paró a las puertas de la casa de Eliseo.

Entonces Eliseo le envió un mensajero, diciendo: Ve y lávate siete veces en el Jordán y tu carne se te restaurará, y serás limpio.»

Ante una solución tan sencilla, Naamán se enojó en extremo pues pensó que lo que el Profeta le mandaba estaba por debajo de su dignidad; por lo tanto se alejó enfadado.

«Mas sus criados se le acercaron y le hablaron diciendo: Padre mío, si el Profeta te mandara alguna gran cosa, ¿no la harías? ¿Cuánto más, diciéndote: Lávate, y serás limpio?

El entonces descendió, y se zambulló siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del varón de Dios; y su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio.» (2 Reyes 5:1-14.)

El Salvador mismo demostró ser obediente:

«Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia;

y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen.» (Heb. 5:8-9.)

Ciertamente, la obediencia es una digna meta, y debe ocupar un lugar de preferencia en nuestra vida.

Esta empresa de establecer la prioridad de nuestras decisiones, parece no tener fin; y todas ellas son igualmente importantes; aun así, podemos enfocar nuestra atención en varias a la vez. Por ejemplo, el hecho de servir a nuestro prójimo, como lo enseño el Salvador y está registrado en el Evangelio de Lucas:

«Y he aquí un intérprete de la ley se levantó y dijo, .para probarle: Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?

Él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees?

Aquél respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.

Y le dijo: Bien has respondido; haz esto, y vivirás.

Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?»

Entonces Jesús le habló del buen samaritano que encontró al hombre a quien los ladrones habían robado y herido; un sacerdote y un levita habían pasado junto a él sin ayudarle, mas el samaritano vendó sus heridas y se encargó de atenderlo. Luego, el Maestro le preguntó al abogado:

«¿Quién, pues, de estos tres’ te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?

Él dijo: El que usó de misericordia con él. Entonces Jesús le dijo: Ve, y haz tú lo mismo.» (Luc. 10:25-19, 36-37.)

El servicio a la humanidad debe ser una característica en la vida de todo sincero Santo de los Últimos Días.

Hay muchos otros principios que se deben recordar al tomar decisiones con respecto a aquello que es más importante en nuestra vida, y aunque no todos se pueden encerrar en un breve artículo, quisiera mencionar el sacrificio como uno de los más fundamentales.

Recordaréis la historia que se encuentra en las Escrituras sobre el joven príncipe que obedecía todos los mandamientos pero que no pudo renunciar a sus riquezas.

«Jesús, oyendo esto, le dijo: Aún te falta una cosa: vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme.

Entonces él, oyendo esto, se puso muy triste, porque era muy rico.

Al ver Jesús que se había entristecido mucho, dijo: ¡cuán difícilmente entrarán en el Reino de Dios los que tienen riquezas!» (Luc. 18:22-24.)

Aquellos que pagan el diezmo, las ofrendas de ayuno y las demás contribuciones que se les piden, se están preparando para vivir de acuerdo con la ley de consagración. Estoy convencido de que tan pronto como estemos preparados, se nos dará esa gran ley.

Hay muchos que ya están preparados en la actualidad, pero eso no es suficiente. Conozco una encantadora hermana que está preparada. Ella había resultado herida en el accidente que costó la vida a su esposo, dejándola viuda por segunda vez cuando era muy joven todavía. Además del terrible dolor por la pérdida que había sufrido, tenía una familia de hijos pequeños para criar. Sin embargo, cuando recibió el dinero del seguro de vida de su esposo, pagó el diezmo. El secretario del barrio le dijo al obispo:

«Esta hermana necesita el dinero mucho más que la Iglesia. ¿No cree que deberíamos devolvérselo?»

El obispo me preguntó a mí qué debía hacer, a lo cual respondí con una pregunta:

«Cree usted que esa hermana necesita más el dinero, que las bendiciones que recibirá por pagar el diezmo?»

Imaginad cómo abrirá el Señor la ventana de los cielos para esta joven madre, a causa de su fe y su devoción.

Me causa profunda emoción el pensar en toda la energía que poseen los jóvenes de la Iglesia y en cuán importante es que ésta se dirija hacia los deseos justos y las acciones correctas.

Sé que Dios vive, lo sé sin sombra alguna de duda. Sé que Jesucristo es el Hijo de Dios y que El y su Padre aparecieron a José Smith, jovencito de sólo catorce años. Sé que durante muchos años después de aquella magnífica visión, José estudió y oró y se le enseño y capacitó para su misión. Las cosas no sucedieron por casualidad, como tampoco os sucederá nada a vosotros por casualidad. Debemos capacitarnos y aprender a disciplinarnos, si es que deseamos cumplir en su plenitud el propósito para el cual fuimos creados.

La llave para todo esto es establecer la prioridad en nuestras decisiones; y la más grande de todas es buscar primeramente el reino de Dios.

(Liahona Mayo 1980)

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Todo tiene su tiempo

Todo tiene su tiempo

por Robert R. Bohn

De la forma en que conduzcamos el compás y el volumen de las voces que reclaman nuestro tiempo, dependerá que nuestra vida se transforme en un himno armonioso o en una ruidosa confusión.

Quizás muchas veces nos preguntemos cómo es posible cumplir con todo lo que queremos hacer en la vida cuando hay tantas voces que reclaman nuestro tiempo. Las voces provienen de seres que amamos y respetamos; las actividades que nos alientan a realizar son encomiables e importantes. Pero ése es el problema, ¿cómo podemos cumplir con todo?

«Nunca hay que decir ‘no’ a un llamamiento de la Iglesia.»

«Una mujer debe participar en muchas actividades edificantes.»

«Sea un triunfador en su trabajo»

«Sea un buen vecino.»

«Participe en actividades y proyectos cívicos y políticos.» «Pase más tiempo con su familia.»

«La maternidad es la responsabilidad más importante de la mujer.»

«Pase más tiempo en su hogar.»

«Dedique más tiempo a sus llamamientos de la Iglesia.» «No se vaya a los extremos… y recuerde sus obligaciones para con su familia y la Iglesia.»

Así viene la pregunta: ¿Cómo puede un Santo de los Últimos Días dedicado encontrar tiempo para todo, cuando hay tantas voces que lo reclaman -familia, Iglesia, trabajo y comunidad— y le piden tanto de su tiempo?

Un tiempo para cada proyecto.

«Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.»(Ecl. 3:1.)

Esta advertencia se aplica hoy como en la antigüedad; no es una idea feliz tratar de vivir en el pasado ni en el futuro.

Por ejemplo, es triste ver que una madre que tiene niños pequeños vuelve a los estudios tratando de eludir sus responsabilidades en el hogar, porque es intelectualmente estimulante y le recuerda sus días en la universidad. Es igualmente triste ver que una jovencita se casa demasiado pronto, teniendo que enfrentarse a la responsabilidad de la maternidad antes de haber terminado sus estudios en la escuela secundaria.

La proporción de tiempo que una persona emplee en distintas actividades difiere significativamente según la etapa de la vida por la cual esté pasando. Cada época de nuestra vida tiene un propósito especial, y éste se completa pasando por las experiencias de cada ciclo a su debido tiempo.

Establezcamos la prioridad en cada caso

Para decidir qué es lo mejor para nosotros en un determinado tiempo y situación, tenemos que decidir qué es lo de mayor prioridad. Pero ¿qué pasa cuando hay dos principios «justos» en oposición en lo que se refiere a dedicarles nuestro tiempo? Por ejemplo la familia y los llamamientos de la Iglesia.

La clave es darse cuenta que cada situación se debe considerar aparte y orar al respecto, porque lo que puede ser justo en una, puede que no sea aplicable en la otra. Al vernos enfrentados a una decisión, debemos determinar qué alternativa es la más importante para cada caso. Por ejemplo, un momento crítico en la vida de un hijo que requiere la atención de los padres puede tener prioridad sobre una responsabilidad específica en la Iglesia; pero en otra oportunidad, el bienestar espiritual ele un miembro del barrio puede tener prioridad sobre una actividad recreativa a la que se pensaba asistir con uno de los hijos. De acuerdo con esto, la pregunta «¿qué atendemos primero, la familia o la Iglesia?» no es la correcta si tratamos de encontrar una sola respuesta para todos los casos. La familia y la Iglesia son de primordial importancia; las dos provienen de Dios, y cualquiera de ellas puede tener precedencia. Todo depende de cada situación en particular. Ambas forman parte del gran todo llamado el Evangelio de Jesucristo. Una de las necesidades individuales más grandes que tenemos es aprender a dejarnos guiar por el Espíritu que se nos promete cuando recibimos el don del Espíritu Santo para que las decisiones que tomemos en cada momento y circunstancia sean aceptables y agradables al Señor.

¿Cuándo terminará esto?

Oyendo tantas voces que reclaman nuestro tiempo, puede que a veces nos sintamos deprimidos y nos preguntemos: «¿Cuándo terminará esto?» Terminará cuando aceptemos el hecho de que salir adelante con los problemas es parte de la vida, cuando no tratemos de escapar de ellos sino de enfrentar la realidad y ser felices viviendo cada día como se presente.

En relación con esto, podemos hacer una comparación: Cuando un ciclista pedalea, la bicicleta avanza, y él se mantiene en balance; pero si no pedalea, pierde el equilibrio y cae.

Lo mismo sucede cuando nos sentimos deprimidos o desorientados. Si permanecemos inactivos esperando que se acallen las muchas voces que reclaman nuestro tiempo, comenzaremos a compadecernos de nosotros mismos y nuestra perspectiva se distorsionará. Si en cambio estamos en movimiento y actividad, esto nos ayudará a que nuestra vida sea productiva y se encauce correctamente.

El principio del «director de coro»

Para encontrar armonía en la vida, debemos aprender a controlar los distintos llamados que reclaman nuestro tiempo. Consideremos la similitud con un director de coro. Un buen director tiene muchas voces diferentes que cantan contralto, soprano, bajo y tenor; aunque cada cantante puede ser un vocalista excelente, si cada uno de ellos cantara su canción favorita tan alto como quisiera sin considerar a los demás, el resultado sería ruido en lugar de música. El coro es hermoso cuando el director ayuda a cada cantante a entrar en el tiempo justo, cantando con la expresión y el volumen correctos. Teniendo control sobre la virtud especial da cada vocalista, el director convierte la confusión en un himno melódico y armonioso.

Pasa exactamente lo mismo con las distintas «voces que reclaman» en nuestra vida: familia, genealogía, orientación familiar, obra misional, asignaciones de bienestar, obra en el templo reuniones, responsabilidades cívicas, vecinos y profesión. En vez de permitir que estas voces -todas ellas buenas- determinen su himno favorito y su volumen, el Señor espera que cada uno de nosotros sea el director de su propia vida. Fue El quien dijo a José Smith:

«Porque el poder está en ellos, por lo que vienen a ser sus propios agentes.» (D. y C. 58:28)

Y ya sea el resultado un ruido desentonado o una música armoniosa, dependerá de la forma en que nosotros guiemos las diferentes voces y las hagamos entrar en el momento apropiado y con el volumen requerido. Tenemos la responsabilidad de utilizar la inspiración para controlar el balance. Al hacer uso de nuestro libre albedrío, la responsabilidad máxima descansa sobre nuestros hombros.

Cada cosa a su tiempo

Para responder a la pregunta «¿Cómo podemos hacer todo lo que queremos en la vida cuando hay tantas voces que reclaman nuestro tiempo?», debemos establecer un orden de prioridad en todas nuestras cosas, consultando con el Señor para atender a las exigencias en el tiempo y momento apropiados. Luego nos sentiremos satisfechos con lo que podemos hacer y felices al tratar de hacerlo en vez de estar desanimados por lo que no nos es posible realizar. Podemos buscar la forma de encontrar un balance en nuestra vida, estando «anhelosamente consagrados a una causa justa» (D. y C. 58:27) para superar así muchos momentos de depresión. De la forma en que conduzcamos el compás y el volumen de las voces que reclaman nuestro tiempo dependerá que nuestra vida se transforme en un himno armonioso o en una ruidosa confusión. Aplicando estos principios generales a cada ocasión específica que se nos presente, lograremos alcanzar lo que el profeta José Smith dijo que era el «objeto y propósito de nuestra existencia», la felicidad.

(Liahona Mayo 1980)

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El arte de delegar responsabilidades

El arte de delegar responsabilidades
por William G. Dyer

Quizás no exista otro principio directivo que haya sido peor interpretado que el de la delegación. Es muy común que al oír hablar de un líder recargado de trabajo se hagan comentarios como los siguientes:      «Debería delegar más», o «Esta hermana no ha aprendido a delegar». Muchas personas suponen que todo el secreto de delegar consiste en entregar el trabajo a otra persona y sentirse súbitamente libre de esa responsabilidad. Sin embargo, todo buen líder sabe que la delegación de responsabilidades no necesariamente le ha de dar más tiempo libre. A la larga, el saber delegar por supuesto debe dar al líder más tiempo para atender otros asuntos; pero al principio quizás le exija aún más tiempo que el empleado hasta el momento.

Asignaciones, proyectos y tareas especiales
¿Cómo podemos hacer que la delegación de responsabilidades sea un instrumento útil en lugar de una pesada carga? Un importante punto para comenzar es comprender qué clase de trabajo se necesita en la tarea que se delega a otra persona.

  1. Asignaciones. Una asignación por lo general es una tarea clara, específica y simple que se da una vez, ofrecer un discurso, presentar parte ele una lección, y cumplir con un recado, son ejemplos de algunas asignaciones. Cuando nuestro hijo de dieciséis años necesitaba que lo llevaran todas las mañanas muy temprano a una práctica de basquetbol, le pedí a uno de sus hermanos mayores si podría hacerse responsable de esa tarea; esa fue una asignación delegada que me dejaba libre de un deber a cierta hora del día; por su naturaleza, las asignaciones por lo general dan lugar solamente a limitado desarrollo de conocimiento o habilidades; sin embargo éste puede ser el principio de un nuevo interés.
  2. Proyectos. Un proyecto es una serie más compleja y extensiva de tareas que exige más de la persona pero que, al igual que una asignación, no significa un trabajo continuo. Por ejemplo, nuestro obispo delegó en el líder del grupo de los sumos sacerdotes el proyecto de hacer los arreglos para la cena del barrio, lo cual incluía todo lo necesario para la comida, las mesas, las decoraciones, el servicio y el programa; a su vez, el líder del quorum delegó en otras personas cada una de estas responsabilidades específicas, mediante asignaciones.

Los padres deben dar a sus hijos la responsabilidad de un proyecto entero, siempre que sea apropiado. Por ejemplo, se les puede delegar un proyecto como planear las actividades de la noche de hogar, hacer las compras semanales, planear el menú para una semana entera, hacer un recuento de los alimentos almacenados, etc.; esto es mejor que darles pequeñas asignaciones como hacer la cama, llevar algo a un vecino, guardar el abrigo, sacar la basura, lavar los platos. Seguir leyendo

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La oración

La oración

Spencer W. Kimballpor el presidente Spencer W. Kimball

Las Escrituras dicen:

«Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.» (Prov. 22:6.)

También se ha dicho que el «árbol que crece torcido nunca su tronco endereza». Por estos dos sabios dichos es obvio que si en la juventud se establecen hábitos correctos de pensamiento y acción, se evitarán las caídas y se desarrollará una generación grande y extraordinaria.

¿Por qué debemos orar? Porque somos los hijos de nuestro Padre Celestial, de quien hemos recibido todo lo que gozamos: la comida y la ropa, la salud y la misma vida, la vista y el oído, la voz, la habilidad de movernos e incluso nuestro intelecto. Sin embargo, hay muchas personas que no saben orar: pero nuestro sabio Padre Celestial nos manda que lo hagamos:

«Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche y le será dada.» (Sant. 1:5.)

Hubo un joven adolescente a quien le faltaba sabiduría, pero no fe ni sinceridad: su oración abrió los cielos que habían estado sellados y un mundo nuevo y desconocido para el hombre; ese día, una arboleda común y corriente se convirtió en un sitio sagrado y refulgió de gloria: los árboles y el suelo de aquel lugar se santificaron.

El Señor nos ha dado este solemne mandamiento: «Quien no cumpla con sus oraciones ante el Señor, cuando sea tiempo, será tenido en cuenta ante el juez de mi pueblo.» (D. y C. 68:33.)

«Y también han de enseñar a sus hijos a orar y a andar rectamente delante del Señor.» (D. y C. 68:28.)

«Y además, te mando que ores, tanto vocalmente como en tu corazón; sí, ante el mundo así como en secreto; en público así como en privado.» (D. y C. 19:28.)

¿Cuándo debemos orar? La respuesta es: siempre. Para ser más específico diré que la Iglesia exhorta a que se ofrezca una oración con toda la familia siempre que sea posible; no es necesario que estas oraciones sean largas, especialmente si hay niñitos pequeños que deben arrodillarse; pero todos los miembros de la familia, incluyéndolos a ellos, deben tener la oportunidad de decir la oración en nombre de los demás.

En nuestras oraciones debemos expresar gratitud por las bendiciones recibidas. Además, la obra misional debe ser uno de nuestros temas constantes cuando oramos; si cada niño se acostumbra a orar desde pequeño por los misioneros, cuando crezca será él mismo un gran misionero. Oramos para pedir comprensión, sabiduría, discernimiento; oramos por nuestros amados, por los enfermos y por aquellos que necesitan una ayuda especial; oramos por los frustrados, los inadaptados, los pecadores. Esas oraciones son más bien generalizadas. Nuestras oraciones personales deben ser más específicas y podríamos clasificarlas dentro de dos categorías:

Unas son las oraciones solemnes; en este caso nos arrodillamos y hablamos con el Señor en una forma más íntima; quizás pidamos lo mismo que hemos pedido en nuestras oraciones familiares, pero además le comunicamos nuestras necesidades inmediatas y más serias; le expresamos nuestros pensamientos más íntimos, le confesamos nuestras debilidades, le rogamos ayuda para sobreponernos a ellas y perdón para nuestras transgresiones y nuestros malos pensamientos. En una palabra le desnudamos nuestra alma. ¿Podría alguien tener como enemigo u odiar a aquel por quién ora? En estas oraciones nos despojamos de todo fingimiento y falsedad, y nos presentamos frente a nuestro Creador como realmente somos, sin afectaciones ni subterfugios.

Por otra parte hay las oraciones espontáneas; éstas son las que tenemos siempre en el corazón para que podamos dar lo mejor de nosotros y recordar las cosas que hemos aprendido; oramos al ponernos de pie para hablar en una reunión, mientras damos un paseo caminando, mientras vamos en el autobús; recordamos a nuestros amigos y a nuestros enemigos; oramos pidiendo sabiduría y discernimiento;» oramos para recibir protección en lugares donde nos sentimos en peligro y para recibir fortaleza en momentos de tentación; a veces, musitamos una oración rápidamente en forma oral o en pensamiento, en voz alta o en el más profundo silencio. ¿Puede una persona dedicarse al mal cuando tiene en su corazón y sus labios una oración sincera?

La mayoría de nosotros se ve enfrentada constantemente a importantes decisiones; pero el Señor nos ha dado una forma para poder tomarlas juiciosamente. Si la duda que tenemos se refiere a la universidad que debemos asistir, la ocupación que debemos aceptar, el lugar donde viviremos, la persona con quien nos casaremos o cualquier otra que sea esencial para nuestra vida, debemos hacer todo lo posible por resolverlo primeramente. A menudo hacemos como Oliverio Cowdery y queremos obtener las respuestas sin poner ningún esfuerzo de nuestra parte. A él el Señor le dijo:

«He aquí no has entendido: has supuesto que yo te lo concedería cuando no pensaste sino en preguntarme.

Pero he aquí, te digo que tienes que estudiarlo en tu mente; entonces has de preguntarme si está bien; y si así fuere causaré que arda tu pecho dentro de ti; por lo tanto, sentirás que está bien.

Mas si no estuviere bien, no sentirás tal cosa, sino que vendrá sobre ti un estupor de pensamiento que te hará olvidar la cosa errónea; por lo tanto no puedes escribir lo que sea sagrado; a no ser que te lo diga yo.» (D. y C. 9:7-9.)

El Señor contesta siempre nuestras oraciones, pero algunas veces no somos lo suficientemente sensibles como para saber cuándo y cómo recibimos esa respuesta; esperamos algo espectacular como la aparición ele un ángel o una voz celestial que nos hable. A menudo nuestros pedidos son tan absurdos que el Señor ha tenido que decirnos: «No juegues con estas cosas; no pidas lo que no debes pedir» (D. y C. 8:10).

Junto con la fe debemos poner en práctica las obras. Sería totalmente inútil pedirle al Señor que nos diera conocimiento, si no estuviéramos dispuestos a tratar de adquirirlo, a estudiar, a tener claridad de pensamiento y retener todo aquello que hemos aprendido. En la misma forma, sería tonto pedirle al Señor que nos protegiera si nos ponemos en peligro innecesariamente, si bebemos o comemos elementos destructivos. ¿Podemos pedirle que nos dé cosas por las cuales no hacemos un esfuerzo? «. . . la fe sin obras es muerta . . .» (Sant. 2:20). Vosotros, los que oráis de vez en cuando, ¿por qué no hacerlo más regularmente, más a menudo, con mayor devoción? ¿Os es el tiempo tan escaso, la vida tan corta o la fe tan inexistente?

¿Cómo debemos orar? ¿Debemos hacerlo como los publícanos, arrogantes oficiales de la época de Jesús? (véase Lúeas 18:11-13).

En vuestras oraciones secretas, ¿os presentáis con vuestra alma desnuda, o la disfrazáis e importunáis a Dios para que vea vuestras virtudes? ¿Tratáis de hacer resaltar vuestra bondad y esconder vuestros pecados con una cubierta de falsedad? ¿O suplicáis la misericordia al Rey de la Providencia?

¿Obtenéis respuesta a vuestras oraciones? Si no es así, quizás no estéis haciendo lo debido. ¿Ofrecéis unas pocas palabras bonitas y frases gastadas, o tratáis de hablar íntimamente al Señor? ¿Oráis ocasionalmente, cuando deberíais hacerlo en forma regular y constante?

Cuando oráis, ¿Os limitáis a hablar o también escucháis? El Salvador dijo: «He aquí yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él, y él conmigo.» (Ap. 3:20.)

Esta promesa es para todos. No hay discriminación, no hay favoritismos. Pero el Señor no nos ha prometido que echará la puerta abajo, sino que estará a la puerta y llamará; si no lo escuchamos, El no permanecerá ni responderá a nuestras oraciones. ¿Sabéis cómo escuchar, interpretar, comprender? El Señor llama a nuestra puerta y jamás se retira; pero tampoco nos obligará jamás a recibirlo; si nos apartamos somos nosotros quienes lo hacemos y no El. Y si alguna vez no recibimos respuesta a nuestras oraciones, debemos examinar nuestra propia vida en procura del motivo; quizás hayamos hecho algo que no debíamos o dejado de hacer algo que se esperaba de nosotros; algo que nos dificulte oír o nuble nuestra vista.

Un joven me dijo una vez: «A veces me siento muy cerca de mi Padre Celestial y puedo sentir su influencia dulce y espiritual, ¿por qué no puede ser así siempre?» Yo le respondí: «La respuesta está en ti y no en el Señor, porque Él está siempre listo y ansioso por entrar».

Si habéis perdido el espíritu de paz y resignación, entonces es cuando debéis hacer todo esfuerzo posible para recuperarlo y retenerlo. ¿Podéis escuchar, ver, sentir, u os encontráis alguna vez en una situación similar a la de los hermanos de Nefi? A éstos él les dijo:

«. . . habéis oído su voz de cuando en cuando. . . pero habíais perdido todo sentimiento, de modo que no pudisteis percibir sus palabras . . .»(1 Nefi 17:45.)

Cuando nos alejamos del Señor, parece como si nos recubriera una capa de tendencias mundanas, similar a la capa de grasa con que cubren su cuerpo los nadadores que quieren recorrer largas distancias; esta grasa cubre los poros y la piel de tal manera que impide que el frío penetre. Pero cuando tratamos de atravesarla, mostrándonos humildes, desnudando nuestra alma y limpiando nuestra vida, y elevamos una súplica sincera, nuestras oraciones son siempre contestadas. Podemos llegar al estado que Pedro alcanzó y como él ser «participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia» (véase 2 Pedro 1:4).

Al orar ¿Agradecéis o simplemente pedís favores? ¿O sois como los leprosos que se encontraron con Jesús en el camino? (Véase Lucas 17:12-13.)

Si oramos en público no debemos ser como los fariseos hipócritas, quienes gustaban de orar en las sinagogas y en las calles para poder ser vistos por los hombres. (Véase Mateo 6:5.)

Todos tenemos una seria obligación hacia el Señor; ninguno de nosotros ha alcanzado la perfección, ninguno está libre de error. A todas las personas se les requiere que oren, al igual que se les exige la castidad, la observancia del día sabático, y del pago del diezmo, la obediencia a la Palabra de Sabiduría y a la ordenanza del matrimonio celestial. Este es un mandamiento del Señor igual que cualquier otro.

Aquellos de nosotros que tengamos la tendencia a hacer pequeños pagos en nuestra enorme deuda, recordemos a Enós quien, como muchos hijos de buenas familias, se había extraviado del camino. No tenemos idea de cuan terribles eran sus pecados, pero deben haber sido muy graves porque él escribió:

«Y os diré de la lucha que tuve ante Dios antes de recibir la remisión de mis pecados.»

Su relato es muy gráfico y sus palabras causan una profunda impresión. «He aquí salí al bosque a cazar . . .», pero no cazó ni capturó animal alguno. Se encontraba recorriendo un sendero en el que jamás había caminado; buscó, llamó, pidió, suplicó; fue como un nuevo nacimiento. Estaba en busca de su alma y podía ver los hermosos valles más allá del árido desierto; había vivido toda su vida en un campo de hierbas dañinas, pero buscaba un fresco jardín.

«… y las palabras que frecuentemente había oído de mi padre sobre la vida eterna y el gozo de los santos penetraron en mi corazón profundamente.»

La memoria le era al mismo tiempo cruel y bondadosa. Las imágenes que su padre había dibujado llegaban a conmover su alma y le hicieron sentir calidez e inspiración; pero entonces la memoria le abrió las puertas a su repugnante pasado y su alma se rebeló al revivir toda aquella bajeza, mas sintió un anhelo de algo mejor. Se encontraba en el proceso de renacer, un proceso doloroso pero compensador.

«Y mi alma tuvo hambre…»

Lo invadía el espíritu del arrepentimiento; sentía remordimiento por sus transgresiones, y estaba ansioso por enterrar al hombre de pecado y hacer resucitar a uno nuevo con fe y pureza.

«. . . y me arrodillé ante mi Hacedor, a quien clamé con ferviente oración y súplica por mi propia alma…» Había llegado a comprender que nadie puede salvarse en sus pecados, que nada impuro puede entrar en el reino de Dios, que debe existir una purificación, que las manchas se deben eliminar y es necesario que nazca nueva piel sobre las cicatrices de las heridas pasadas. Había comprendido que debe existir la purgación del arrepentimiento, como un corazón nuevo para el nuevo hombre; pero también sabía que no es fácil cambiar el alma ni la mente.

«. . . y clamé a El todo el día. . .»

Aquella no fue una oración rápida; no hubo en ella palabras vanas ni frases gastadas, ni nada casual. «Podo el día duró aquella oración, con los segundos transformándose en minutos, los minutos en horas, y las horas en el día entero. Pero cuando el sol se ocultó todavía no había recibido alivio; porque el arrepentimiento no es una acción simple ni el perdón una dádiva que se recibe inmerecidamente. Tan preciosa le era la comunicación con su Redentor y la aprobación que de El recibiera, (pie insistió con determinación y sin detenerse.

«… sí, y cuando anocheció aún elevaba mi voz hasta que llegó a los cielos.» (Enós 1:2-4.)

¿Podía el Salvador resistirse a tan determinada imploración? ¿Cuánto habéis persistido en una situación así? ¿Cuántos habéis orado por muchas horas, hayáis o no cometido transgresiones serias? ¿Cuántos habéis orado durante cinco horas? ¿Una hora? ¿Treinta minutos, diez minutos? Si tenéis errores de los cuales arrepentiros, ¿habéis luchado ante el Señor? ¿Habéis encontrado vuestro «bosque solitario» donde pudierais orar? ¿Ha tenido hambre vuestra alma? ¿Cuán profundamente os han impresionado vuestras necesidades espirituales? ¿Cuándo os arrodillasteis ante vuestro Hacedor en absoluta soledad? ¿Orasteis por vosotros mismos? ¿Cuánto tiempo orasteis? ¿Fue todo el día? Y cuando anocheció, ¿todavía elevabais vuestra voz en oración o le disteis fin con alguna palabra vana?

Mientras vuestro espíritu se encuentre luchando, si clamáis con fervor y hacéis un convenio sincero, la voz del Señor Dios hablará a vuestra mente como lo hizo a la de Enós’:

«Tus pecados te son perdonados y serás bendecido.» (Enós 1:5.)

¿Pensáis que vuestra oración no recibe respuesta porque no comprendéis? Algunas personas oyen un sonido, otras creen que es un trueno, mientras que otras oyen y comprenden la voz de Dios y lo ven personalmente,

Cuando oramos a solas a Dios, nos despojamos de toda vanidad y falsedad, de toda hipocresía y arrogancia.

Todos necesitamos de la oración a fin de que nos acerque a Dios, que nos permita renacer. Y al orar debemos recordar nuestras limitaciones, nuestra dependencia, nuestra falta de sabiduría. Somos como niños ante el Señor, sin saber siempre qué es lo mejor para nosotros, qué es lo más conveniente; por lo tanto, en todas nuestras oraciones debemos decir «que se haga tu voluntad»; decirlo y sinceramente pensarlo. Así como no molestaríamos a un líder de la Iglesia pidiéndole un consejo para luego desatenderlo, tampoco debemos pedir al Señor bendiciones, para luego no prestar atención a la respuesta.

Siempre debemos decir: «Que se haga tu voluntad, Señor. Tú sabes más que yo, bondadoso Padre. Me conformaré y aceptaré tu respuesta con gratitud».

(Liahona Mayo 1980)

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La revelación personal

15 de octubre de 1952
La revelación personal
por el presidente Harold B. Lee

Discurso pronunciado ante el estudiantado de la Universidad de Brigham Young, el 15 de octubre de 1952.

harold b. leeEl élder John A. Widtsoe del Consejo de los Doce, dijo que en cierta ocasión, durante una reunión con un grupo de oficiales de estaca, alguien le preguntó: «Hermano Widtsoe, ¿cuándo fue la última vez que la Iglesia recibió una revelación? «El hermano Widtsoe se quedó pensativo y luego respondió: «Probablemente el jueves pasado».

Esta frase se repite a menudo en las Escrituras:

«El que tiene oídos para oír, oiga.» (Mat. 11:15.)

Lamentablemente, no todos somos tan bendecidos como para poder oír lo que tenemos la obligación de oír.

En cierta ocasión, poco antes de la crucifixión, cuando el Maestro se hallaba en el templo se le acercaron algunos griegos, sin duda con el deseo de verlo, pues Él había logrado ya cierto prestigio. Allí, en ese santo lugar, se arrodilló y oró a su Padre para que lo librara de esa prueba, y luego dijo:

«Padre, glorifica tu nombre. Entonces vino una voz del cielo: Lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez.» (Juan 12:28.)

Hubo algunos que oyeron aquello y dijeron que había tronado; otros dijeron que un ángel del Señor le había hablado. Como podemos ver hubo muchos que tenían oídos para oír, pero no oyeron.

El apóstol Pablo fue convertido en una oportunidad en que se dirigía a Damasco, con decretos judiciales para perseguir a los santos que se hallaban congregados en ese lugar. De pronto cayó al suelo por la fuerza de un resplandor que lo rodeó y cegó, y oyó una voz del cielo que le decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» (Hechos 9:4). Y Pablo comentando el incidente dice:

«Y los que estaban conmigo vieron a la verdad la luz… pero no entendieron la voz del que hablaba conmigo.» (Hechos 22:9.)

Ellos también tenían oídos para oír, pero no oyeron.

Muchos de nosotros vivimos de tal forma que no podemos comprender el mensaje que viene de Dios; pero si nos comprometiéramos a obedecer los mandamientos y vivir como deberíamos, ocurriría en nosotros un cambio maravilloso y podríamos oír los mensajes que vienen de ese mundo invisible.

Deseo ilustrar lo anterior con una experiencia que tuve hace años, cuando servía como presidente de estaca. Tuvimos un caso grave que llegó al sumo consejo y a la presidencia de la estaca, y que resultó en la excomunión de un hombre que había perjudicado a una encantadora jovencita. Después de una sesión que duró casi toda la noche, a la mañana siguiente fui a mi oficina sintiéndome bastante cansado; allí me encontré con el hermano del hombre a quien habíamos hecho juicio la noche anterior, que me dijo:

—Quiero decirle que mi hermano no es culpable de lo que le han imputado.

—¿Cómo sabe usted que no es culpable? —le pregunté.

—Porque oré, y el Señor me dijo que es inocente —contestó el hombre.

Le pedí que entrara a mi oficina y nos sentamos; luego le pregunté:

—¿Le molestaría si le hago algunas preguntas personales?

—Claro que no.

—¿Qué edad tiene usted?

—Cuarenta y siete años.

—¿Qué grado tiene en el sacerdocio?

Me dijo que creía que era maestro.

—¿Guarda usted la Palabra de Sabiduría?

A lo que él repuso: Seguir leyendo

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Guardad los mandamientos a cualquier precio

Marzo de 1980
Guardad los mandamientos a cualquier precio
por el élder Gene R. Cook
del Primer Quórum de los Setenta

Gene R. CookEn mi juventud, dudaba con frecuencia de la importancia de guardar los mandamientos del Señor. Por ejemplo, me preguntaba si en realidad El necesitaría mi diezmo, ya que yo ganaba muy poco; o si sería necesario santificar el día de reposo. Pero no pasó mucho tiempo sin que me diera cuenta de que El no necesitaba mi dinero, ni mi obediencia, sino que al contrario, era yo quien necesitaba ser fiel a Su palabra para poder recibir la fortaleza espiritual y las bendiciones que sólo se pueden obtener al obedecer los mandamientos del Señor.

Cuando apenas tenía once años traté de conseguir mi primer trabajo. Es muy común en mi país que los jóvenes repartan periódicos en el vecindario y éste era mi deseo, aunque sabía que no tenía la edad suficiente pues para ese empleo se requería haber cumplido los doce años. Fue muy difícil al principio tratar de convencer al que estaba encargado de dar los trabajos, de que un muchacho tan joven pudiera ser lo suficientemente responsable como para ser empleado, pero con la ayuda de mi padre lo convencimos de que me dejara probar.

Siento que el Señor verdaderamente me bendijo en mi juventud pues pude realizar en forma eficaz aquel trabajo, el cual fue muy importante para mí porque en esos años tempranos de mi vida aprendí a ser responsable con el dinero, a vender las suscripciones del periódico, cobrar, y también a tratar con las diferentes personas. Cada mes pagaba sin falta y de todo corazón la décima parte de todo lo que ganaba.

A la edad de dieciséis años, después de haber repartido periódicos por cinco años, quedé muy sorprendido cuando el gerente de circulación me pidió que fuera supervisor de todos los muchachos de la ciudad que hacían el mismo trabajo. Para mí eso constituía un gran honor, porque era bastante joven como para tener semejante responsabilidad. Recuerdo el sentimiento de gratitud hacia el Señor que embargaba mi corazón y consideré esto como una bendición directa de mi Padre, que me permitía progresar y obtener un mayor desarrollo. Seguir leyendo

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Tribulaciones

Marzo de 1980
Tribulaciones
Por Homer G. Ellsworth

«¡Miren, el niño es ciego! ¡No tiene ojos!» Incrédulas, las enfermeras se agruparon alrededor para ver al recién nacido, que empezaba a tomar el color de la vida después de su entrada en este mundo. Era cierto: él bebe era ciego, el lugar que debían ocupar los ojos estaba vacío. Habría que decírselo a los padres: la madre era una hermosa enfermera, y el padre un estudiante de medicina. ¿Cómo reaccionarían?

Al igual que el escritor del Antiguo Testamento, yo como médico, «he visto el trabajo que Dios ha dado a los hijos de los hombres para que se ocupen en él» (Ecles. 3:10). También he visto y observado cuidadosamente la forma en que «los hijos de los hombres» han respondido a esos trabajos, a esas aflicciones que Dios ha permitido que tuvieran.

Es evidente que el Padre no nos ha prometido jamás inmunidad alguna contra la tribulación; en realidad puede que nos haya prometido justamente lo contrario, porque nos dice: «Porque el Señor al que ama, disciplina» (Heb. 12:6). Si estudiamos las Escrituras pronto veremos que todos aquellos que han estado cerca de Dios, como David que era Su amigo, han pasado por grandes tribulaciones.

Consideremos por un momento a Job, cuyo nombre es sinónimo de aflicción. Él había perdido su tierra, sus riquezas, sus amigos, sus hijos: estaba cubierto de llagas y con la piel llena de gusanos; y sin embargo, no flaqueó. Aun cuando su misma esposa al ver su tormento le sugirió que maldijera a Dios y muriera, su respuesta fue una reafirmación de su fe. A pesar de que este Profeta había demostrado una gran fe y rectitud. Dios no lo protegió de las tribulaciones, sino que su promesa a él como a lodos nosotros, consistía en bendiciones inconmensurables para toda la eternidad si era capaz de tomar decisiones correctas, mantener la fe y obedecer los mandamientos; también lo consolaría en sus sufrimientos, lo sostendría y tranquilizaría mientras se mantuviera firme hasta la muerte. Esta promesa se repite a lo largo de las Escrituras.

Mientras el Salvador estaba en la tierra, enseñó por medio de una parábola la necesidad de pasar por pruebas y salir vencedor. Habló de un hombre que había edificado su casa sobre la arena y de otro que la había edificado sobre la roca: cuando surgieron los problemas, el viento soplo y la tormenta las sacudió, una de las casas cayó, pero la otra permaneció. En este caso el factor preponderante eran los cimientos, como los cimientos de fe que sostuvieron a Job. Seguir leyendo

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