Yo soy la luz que debéis sostener en alto

25 de Marzo de 2006Liahona Mayo 2006
“Yo soy la luz que debéis sostener en alto”
Susan W. Tanner
Presidenta General de las Mujeres Jóvenes

Susan W. TannerCada uno de nuestros pequeños actos irradiará sólo un puntito de luz, pero, al unirse, tienen un enorme impacto.

Recuerdo un cuadro que bordé de niña cuando estaba en la Primaria. Decía: “Traeré la luz del Evangelio a mi hogar”. Yo me preguntaba: “¿Qué es esa luz?”. Jesucristo mismo lo explicó mejor cuando enseñaba a los nefitas. Él dijo: “Alzad, pues, vuestra luz para que brille ante el mundo”. Después explicó: “…yo soy la luz que debéis sostener en alto: aquello que me habéis visto hacer” (3 Nefi 18:24, cursiva agregada).

¿Qué le habían visto hacer los nefitas? y, ¿sería posible hacer esas cosas en mi hogar? Cuando la gente deseaba que Él se quedara con ellos un poco más, sintió compasión por ellos y permaneció con ellos. Después los sanó; oró con ellos; les enseñó; lloró con ellos; bendijo a sus pequeñitos, uno por uno; les dio de comer y administró la Santa Cena y la repartió a fin de que hicieran convenio de que siempre se acordarían de Él. Su ministerio entre ellos tenía que ver con la enseñanza y el cuidado de la persona, y con llevar a cabo la obra que Su padre le había mandado hacer. Nunca pensó en Sí mismo. Al aprender eso, procuré siempre llevar Su luz a mi hogar mediante actos abnegados semejantes a los de Cristo.

Eso no es algo fácil. A veces no se reconoce que en casa se lleve una vida buena; tal vez sea más fácil “levant[arse] y brilla[r], para que [n]uestra luz sea un estandarte a las naciones” (D. y C. 115:5, cursiva agregada), en vez de que la luz de ustedes sea un estandarte para su propia familia. A veces, otras personas no nos ven hacer el bien ni compartir nuestra luz en el hogar. La naturaleza humana desea y busca las alabanzas y el reconocimiento. Helamán enseñó a sus hijos Nefi y Lehi a hacer las buenas obras de sus antepasados cuyo nombre llevaban: “…que no hagáis estas cosas para vanagloriaros, sino que hagáis estas cosas para haceros un tesoro en el cielo” (Helamán 5:8). Las buenas obras no se deben llevar a cabo con el objeto de recibir reconocimiento.

Charles Dickens tiene un personaje en el libro Casa Desolada, la señora Jellyby, cuyo defecto él califica de “filantropía telescópica”. Ella está tan obsesionada por ayudar a una tribu que sufre en una tierra lejana, que rechaza a su propio hijo herido y sucio que acude a ella en busca de consuelo. La señora Jellyby desea que sus buenas obras sean grandiosas y visibles ante todos (véase Charles Dickens, Bleak House, (Casa Desolada), 1985, págs. 82–87). Quizás algunos preferiríamos dar ayuda tras un huracán en vez de ayudar en el hogar. Ahora bien, ambos son importantes, pero la ayuda en el hogar es nuestra responsabilidad primordial y eterna. “Los padres tienen la responsabilidad sagrada de educar a sus hijos dentro del amor y la rectitud, de proveer para sus necesidades físicas y espirituales” (“La Familia: Una proclamación para el mundo”, Liahona, octubre de 2004, pág. 49). Seguir leyendo

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La vida abundante

Conferencia General Abril de 2006Liahona Mayo 2006
La vida abundante
Élder Joseph B. Wirthlin
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Joseph B. WirthlinLa vida abundante está a nuestro alcance si tan sólo estamos dispuestos a beber en abundancia del agua viva, a llenar nuestro corazón de amor y a hacer de nuestra vida una obra maestra.

Harry de Leyer llegó tarde a la subasta aquel nevoso día de 1956, y todos los caballos buenos ya se habían vendido. Los pocos que quedaban eran viejos y estaban gastados, y los había comprado una empresa de salvamento.

Harry, que era maestro de equitación de un colegio de niñas de Nueva York, estaba a punto de marcharse cuando uno de esos animales —un caballo descuidado, castrado, de color gris, con feas heridas en los muslos— le atrajo la atención. El animal todavía tenía las marcas hechas por los pesados arneses de trabajo, lo cual era evidencia de la dura vida que había llevado. Sin embargo, algo acerca de él captó la atención de Harry, por lo que ofreció ochenta dólares por él.

Nevaba cuando los hijos de Harry vieron el caballo por primera vez y, dado que estaba cubierto de nieve, los niños le dieron como nombre “Hombre de Nieve”.

Harry cuidó bien del caballo que resultó ser un amigo manso y digno de confianza, que a las niñas les gustaba montar porque mantenía la calma y no se encabritaba como algunos de los otros. En realidad, “Hombre de Nieve” mejoró con tal rapidez que un vecino lo compró por el doble del precio que había pagado Harry.

Pero “Hombre de Nieve” se desaparecía constantemente del prado del vecino y a veces se lo encontraba en los plantíos de papas (patatas) vecinos y otras veces de regreso en el terreno de Harry. A todas luces el caballo tenía que haber saltado por encima de las cercas que dividían las propiedades, pero eso parecía imposible, puesto que Harry nunca había visto a “Hombre de Nieve” saltar sobre nada más alto que no fuese un tronco caído en la tierra.

Pero con el tiempo, al vecino se le agotó la paciencia y le insistió a Harry que se llevara el caballo.

Desde hacía años, el gran sueño de Harry había sido exhibir un caballo de saltos que resultase campeón. Había conseguido un éxito regular en el pasado, pero comprendía que, para competir en las más elevadas categorías, tendría que comprar un purasangre que hubiese sido engendrado específicamente para saltar. Y esa clase de caballo de raza le costaría mucho más de lo que podía pagar. Seguir leyendo

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La oración, la fe y la familia: Los peldaños para una felicidad eterna

Conferencia General Abril de 2006Liahona Mayo 2006
La oración, la fe y la familia: Los peldaños para una felicidad eterna
Élder H. Bruce Stucki
De los Setenta

H. Bruce StuckiEl Padre Celestial escuchará nuestra humilde oración y nos brindará el consuelo y la guía que buscamos.

Era el día después de la Navidad de 1946, en el poblado de Santa Clara, Utah. Tenía sólo 9 años y le pedí permiso a mamá para ir con mi regalo de Navidad, un nuevo juego de arco y flechas, a cazar liebres en la colina que había detrás de nuestra casa. Ya comenzaba a caer la tarde y mi madre no parecía muy dispuesta a dejarme ir, pero tras persuadirla un poco, ella aceptó con la única condición de que regresara a casa antes de que oscureciera.

Al llegar a la cima de la colina, puse una flecha en el arco y silenciosamente caminé en medio de los pequeños arbustos de salvia y chaparral con la esperanza de encontrar una liebre comiendo debajo de los arbustos, donde todavía quedaba pasto verde y tierno.

Una gran liebre me asustó al saltar de un arbusto de salvia que estaba justo delante de mí. Tiré de la cuerda del arco, apunté rápidamente y solté la flecha que voló tras la liebre que huía con gran rapidez. La flecha no dio en el blanco y la liebre desapareció entre los matorrales.

Fui a recoger la flecha en donde yo creía que había caído. Como con el arco sólo habían venido cinco flechas, yo no quería perder ninguna. Miré donde se suponía que debería estar, pero no la encontré. Busqué alrededor del lugar donde pensé que seguramente había caído, pero no pude encontrarla.

El sol se ocultaba en el horizonte; sabía que en unos treinta minutos oscurecería y no quería llegar tarde a casa. Una vez más, busqué en el lugar donde la flecha debía de estar; busqué minuciosamente debajo de cada arbusto, pero no pude encontrarla.

Se me agotaba el tiempo y debía ponerme en camino para volver a casa y llegar antes del anochecer. Decidí orar y pedir al Padre Celestial que me ayudara a encontrar la flecha. Me arrodillé, cerré los ojos y oré a mi Padre Celestial. Le dije que no quería perder la nueva flecha y le pedí que me indicara dónde podía encontrarla. Seguir leyendo

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Instrumentos de la paz del Señor

Conferencia General Abril de 2006Liahona Mayo 2006
Instrumentos de la paz del Señor
Élder Robert S. Wood
De los Setenta

Robert S. WoodLos que hemos tomado sobre nosotros el nombre de Cristo, ¿nos hemos deslizado inadvertidamente en los hábitos de calumniar, criticar y en una actitud de prejuicio?

Una amiga mía forma parte de un foro político que aparece todas las semanas por televisión. Al explicar su función, ella dijo: “Se nos insta a hablar antes de pensar”. Parece que vivimos en una época en la que muchos hablan sin pensar, lo que fomenta reacciones emocionales en vez de respuestas reflexivas. Ya sea en un foro nacional o internacional, en relaciones personales o en la política, en el hogar o ante el público, las voces se hacen cada vez más estridentes, y el ofender y darse por ofendido parecen ser acciones intencionales en vez de involuntarias.

El Señor ha advertido que desde el principio y a lo largo de la historia Satanás incitaría la ira en el corazón del hombre 1 . En el Libro de Mormón, Lamán, con sus murmuraciones, estableció el sistema de provocar la ira, avivar la cólera e instigar el asesinato 2 . En el Libro de Mormón encontramos una y otra vez hombres falsos e inicuos que instigaban la furia y fomentaban el conflicto. En los días del capitán Moroni, el apóstata Amalickíah incitó “el corazón de los lamanitas contra el pueblo de Nefi” 3 . Amulón y los perversos sacerdotes de Noé, Nehor, Korihor, Zoram el apóstata (el papel deshonroso cunde por todo el Libro de Mormón), fueron agitadores que inspiraban desconfianza, estimulaban la controversia e intensificaban el odio.

Cuando le hablaba a Enoc, el Señor indicó que tanto la época de Su nacimiento como la que precedería a Su segunda venida serían “días de iniquidad y venganza” 4 . Y además ha dicho que en los últimos días, la ira se derramaría sobre la tierra sin mezcla 5 . La ira se define como la justa indignación de Dios, pero también como los casos sumamente humanos de fervor impulsivo o de enojo profundo y violento. La primera tiene que ver con la preocupación de un amoroso Padre cuyos hijos a menudo “no tienen afecto y aborrecen su propia sangre” 6 , mientras que la última surge de un pueblo que no “[tiene] ni orden ni misericordia… empedernido en su perversidad” 7 . Me temo que la tierra está pasando por ambas iras, y creo que la ira divina la provocan mayormente aquellos que agitan el corazón de los hombres a la iniquidad, a la calumnia y al odio violento. Seguir leyendo

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Sión en medio de Babilonia

Conferencia General Abril de 2006

Sión en medio de Babilonia

Élder David R. Stone
De los Setenta

No tenemos que aceptar las normas, las costumbres ni la moral de Babilonia. Podemos establecer Sión en medio de ella.


El verano pasado mi esposa y yo tuvimos la oportunidad de viajar a San Diego, California, y ver la obra de Shakespeare, Macbeth, en el teatro Old Globe. Vimos dos funciones, ya que a nuestra hija Carolyn le tocó representar a una de las tres brujas de la obra. Por supuesto, nos agradaba mucho verla participar y lo más encantador fue cuando en un momento dramático, dijo las famosas palabras: “Por la picazón de mis dedos adivino que se acerca un malvado…” (William Shakespeare, Obras Selectas, “Macbeth”, Acto Cuarto, escena I, Edimat libros, S. A., Madrid, pág 156).

Cuando lo oí, pensé cuán útil sería tener un sistema de alerta avanzada que nos indicara cuando el mal se acercara y nos preparara para afrontarlo. Tengamos o no un sistema de alerta avanzada, el mal se dirige hacia nosotros.

En otra ocasión, mi esposa y yo conducíamos a campo traviesa de noche y nos acercábamos a una gran ciudad. Tras haber pasado por las colinas y ver las brillantes luces en el horizonte, desperté a mi esposa ligeramente con el codo y le dije: “¡He ahí la ciudad de Babilonia!”. Seguir leyendo

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Ahora es el momento de servir en una misión!

Conferencia General Abril de 2006

¡Ahora es el momento de servir en una misión!

Élder Richard G. Scott
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Los emocionantes campos de labor misional que se encuentran por todo el mundo permiten que mediante la inspiración del Señor se llame a jóvenes, a jovencitas y a matrimonios devotos a cumplir asignaciones desafiantes.


Sería difícil imaginarme algo más emocionante para los jóvenes, las mujeres o los matrimonios en el mundo de hoy que servir como misioneros de tiempo completo para La Iglesia de Jesucristo de los Últimos Días. El mensaje del Evangelio restaurado que nosotros compartimos es fundamental. Es de Dios nuestro Padre Eterno, es para cada uno de Sus hijos sobre la tierra y está centrado en Su Amado Hijo Jesucristo. Cuando ese mensaje lo comprendemos y lo vivimos, puede reemplazar el tumulto con la paz, el dolor con la felicidad y proporcionar soluciones a los persistentes desafíos de la vida.

Ahora tenemos una dirección muy clara para el éxito misional, y la proporcionan la guía Predicad Mi Evangelio y las fuentes de consulta que se han creado para acompañarla. Las excepcionalmente eficaces nuevas lecciones misionales se basan en la enseñanza por medio del Espíritu en lugar de la memorización, y han mejorado mucho la manera de compartir el mensaje por todo el mundo. A cada presidente de misión se le ha enseñado minuciosamente la forma de usar los nuevos materiales. El resultado es un grupo de presidentes de misión muy capaces, devotos y entusiastas que poseen la capacidad para inspirar y motivar con poder a sus misioneros.

El estudio y la aplicación de cada uno de los misioneros de los conceptos dePredicad Mi Evangelio en todo el mundo han fortalecido nuestra capacidad de proclamar el mensaje de la Restauración y de enseñar el plan de salvación y otros principios del Evangelio. El elevar las normas de dignidad ha tenido consecuencias de largo alcance. Existe más servicio devoto en el campo misional, relaciones más firmes entre compañeros, una enseñanza más eficaz y una mejor retención de conversos.

La guía en conjunto que se brinda para la supervisión de la obra misional no tiene par. A través de ella se apoya la obra misional mundial por medio de las Presidencias de Área, los siete Presidentes de los Setenta, el Quórum de los Doce y el interés personal y concentrado de la Primera Presidencia.

Los emocionantes campos de labor misional que se encuentran por todo el mundo permiten que mediante la inspiración del Señor se llame a jóvenes, a jovencitas y a matrimonios devotos a cumplir asignaciones desafiantes apropiadas a las necesidades y habilidades personales. Me regocijo por tener la oportunidad de participar en esta fascinante obra que bendice poderosamente a tantas personas alrededor del mundo.

El élder M. Russell Ballard ha hablado acerca de crear un hogar en el que se comparta el Evangelio. Yo voy a hablar sobre cómo prepararse para cumplir una misión de tiempo completo, ya sea como élder, como hermana o como matrimonio. Seguir leyendo

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Buscad el reino de Dios

Conferencia General Abril de 2006

Buscad el reino de Dios

Presidente Gordon B. Hinckley
Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

Espero que todos ustedes recuerden que en este día de reposo me oyeron dar mi testimonio de que ésta es la santa obra de Dios.


Mis amados hermanos y hermanas, les doy las gracias por las oraciones que han ofrecido a mi favor y ahora ruego que su fe me sostenga.

Cuando un hombre llega a tener mi edad, se detiene de vez en cuando para reflexionar en lo que lo ha llevado a su situación actual.

Si me lo permiten, quisiera hablarles de un asunto que podría considerarse egoísta. Lo hago porque la vida del Presidente de la Iglesia en realidad pertenece a la Iglesia entera. Tiene muy poca privacidad y nada de secretos. Esta mañana creo que mi discurso será diferente de los que habrán escuchado en otras conferencias generales de la Iglesia.

Estoy en el ocaso de mi vida. Todos nosotros estamos totalmente en las manos del Señor. Como muchos de ustedes ya saben, recientemente fui sometido a una intervención quirúrgica seria y es la primera vez en mis 95 años que he sido paciente en un hospital. No se lo recomiendo a nadie. Los médicos dicen que aún tengo algunos problemas de salud.

Estoy por cumplir mi cumpleaños número 96 y aprovecho esta oportunidad para expresar mi aprecio y gratitud por las maravillosas bendiciones que el Señor ha derramado sobre mí.

Todos tenemos que tomar decisiones en el curso de la vida, algunas con el seductor atractivo de la riqueza y la prosperidad; otras parecen menos prometedoras. De alguna forma el Señor ha velado por mí y ha guiado mis decisiones, aunque en el momento no siempre fue evidente.

Acuden a mi mente las palabras del poema de Robert Frost, “The Road Not Taken” [El camino que nadie tomó], que concluye con estas líneas:

“Dos caminos había en un bosque, y yo…
yo tomé el menos transitado.
Y ésa fue la acción decisiva de mi vida”.
(Robert Frost, The Road Not Taken, poeta estadounidense [1874–1963].)

Pienso en las palabras del Señor: “…buscad el reino de Dios, y todas estas cosas os serán añadidas” (Lucas 12:31). Seguir leyendo

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Para todos los hombres, de todas partes

Conferencia General Abril de 2006

Para todos los hombres, de todas partes

Élder Dallin H. Oaks
Del Quórum de los Doce Apóstoles

El Libro de Mormón enseña una y otra vez
que el Evangelio de Jesucristo es universal en su promesa y su efecto
.

El año pasado, por invitación del Profeta, millones de personas leyeron el Libro de Mormón y millones de personas se beneficiaron por haberlo hecho. Cada uno de nosotros recibió bendiciones por la obediencia, y la mayoría también aumentó su conocimiento y testimonio del Señor Jesucristo, del cual este libro es un testigo.

La gente aprendió muchas otras cosas, pero lo aprendido dependía del lector. Lo que saquemos de un libro, especialmente de un texto sagrado, depende en su mayor parte de lo que pongamos de nuestra parte al leerlo: del deseo y la disposición de aprender, y de la armonía que tengamos con la luz que comunica el Espíritu del Señor.

I.

Una de las cosas que aprendí yo de esa lectura más reciente del Libro de Mormón fue cuán grande es el amor de Dios por todos Sus hijos de todas las naciones. En el primer capítulo, Lehi alaba al Señor cuyo “poder… bondad y misericordia se extienden sobre todos los habitantes de la tierra” (1 Nefi 1:14). El Libro de Mormón enseña una y otra vez que el Evangelio de Jesucristo es universal en su promesa y su efecto, dirigiéndose a todos los que han vivido, o que vivan, o que vivirán en la tierra. Aquí daré algunos ejemplos, citados de ese libro:

• “…la expiación… preparada desde la fundación del mundo para todo el género humano que ha existido desde la caída de Adán… o que existirá jamás…” (Mosíah 4:7).

• “Y a causa de la redención del hombre, que vino por Jesucristo… son redimidos todos los hombres…” (Mormón 9:13).

• “…él sufre los dolores de todos… tanto hombres como mujeres y niños… Y sufre esto a fin de que la resurrección llegue a todos los hombres” (2 Nefi 9:21–22).

• “¿Ha mandado él a alguien que no participe de su salvación?… no, sino que la ha dado gratuitamente para todos los hombres; y… todo hombre tiene tanto privilegio como cualquier otro, y nadie es excluido” (2 Nefi 26:27–28).

También leemos que “su sangre expía los pecados de aquellos que… han muerto sin saber la voluntad de Dios concerniente a ellos, o que han pecado por ignorancia” (Mosíah 3:11). Del mismo modo, “la sangre de Cristo expía [los] pecados” de los niños pequeños (Mosíah 3:16). Estas enseñanzas sobre el hecho de que el poder resucitador y purificador de la Expiación es para todos, contradice la afirmación de que la gracia de Dios sólo salva a unos pocos electos. Su gracia es para todos. Estas enseñanzas del Libro de Mormón amplían nuestra visión y expanden nuestra comprensión del amor de Dios, que todo lo abarca, y del efecto universal de Su expiación por todos los hombres, de todas partes.

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Crecer en el Señor

Conferencia General Abril de 2006

Crecer en el Señor

Anne C. Pingree
Segunda Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

El dedicado servicio a los demás, incluso en circunstancias difíciles, se requiere de los que verdaderamente deseen “crecer en el Señor”.


Hace algunos meses, viajaba en un automóvil con dos valientes misioneras mayores. Ellas estaban resueltas a encontrar el apartamento de una hermana del barrio ubicado en el corazón de una ciudad del este de los Estados Unidos. Mientras me encontraba en el asiento de atrás muy preocupada, el sistema de posicionamiento global del auto indicaba: “¡Giro incorrecto, giro incorrecto!”. Sin desanimarse, la misionera que leía el mapa seguía dando una sugerencia tras otra a través del laberinto de las calles de la ciudad hasta que, por fin, encontramos la casa de la hermana a la que le habían prometido enseñarle a leer y a escribir.

Con sus acciones y actitudes, esas extraordinarias hermanas personificaron algo que es mucho más que el reflejo de sus años terrenales: demostraron verdadera madurez espiritual.

Helamán, el gran profeta del Libro de Mormón, dio a sus hijos, Nefi y Lehi, respectivamente, el mismo nombre de sus antepasados y “empezaron a crecer en el Señor” 1 . Jóvenes o mayores, todos debemos hacer lo mismo.

La idea de crecer en el Señor es un concepto convincente. A diferencia del proceso de crecer físicamente, no maduraremos espiritualmente sino hasta que elijamos, como lo expresó el apóstol Pablo “dej[ar] lo que era de niño” 2 .

El orar y estudiar las Escrituras a diario, el observar los mandamientos y los convenios concertados en el momento del bautismo y en el templo son el núcleo del crecer en el Señor. Aprendemos a andar en Sus caminos a medida que hacemos lo que nos acerca al Padre Celestial y al enseñar a nuestros hijos y a los demás a hacer lo mismo. Dejamos “lo que [es] de niño” al escoger ser más semejantes a Cristo y al prestar servicio a los demás, como Él nos lo pide. Seguir leyendo

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El gran plan de felicidad

Conferencia General Abril de 2006

El gran plan de felicidad

Élder Earl C. Tingey
De la Presidencia de los Setenta

A través de la Expiación infinita, Dios ha proporcionado un medio por el cual podemos vencer nuestros pecados y quedar completamente limpios otra vez.


El profeta Jacob preguntó: “…¿por qué no hablar de la expiación de Cristo, y lograr un perfecto conocimiento de él?”1.

Utilizaré esa pregunta como el tema de mi discurso: ¿por qué no hablar de la expiación de Cristo?

Alma se refiere a la Expiación como “el gran plan de felicidad” 2 . Emplearé esa frase para describir la hermosa doctrina que conocemos como la expiación de Jesucristo.

El presidente Hugh B. Brown dijo una vez: “Tarde o temprano las vicisitudes de la vida nos hacen pensar en este tema importante… de la inmortalidad del alma y la relación del hombre con Dios… Cada uno de nosotros, sin importar nuestra raza, credo o nacionalidad, tendrá un encuentro con lo que llamamos la muerte” 3 .

La mayoría de nosotros hemos estado con reverencia ante la tumba de un ser querido, doloridos y sintiendo un gran vacío, y nos hemos preguntado: “¿Hay felicidad en la muerte?”.

Un profeta del Libro de Mormón nos responde a esa pregunta con expresiones gozosas de agradecimiento por la expiación de Jesucristo, la cual nos rescata de la muerte: “¡Oh, la sabiduría de Dios, su misericordia y gracia!… ¡Oh, la grandeza y la justicia de nuestro Dios!” 4 .

Permítanme compartir cinco verdades del gran plan de felicidad que me producen ese tipo de gozo.

Primero: El conocimiento del plan confirma que hay un Dios y que Él tiene un Hijo, Jesucristo. El Padre y el Hijo son perfectos, viven en el cielo y poseen cuerpos glorificados de espíritu, carne y huesos.

En esta dispensación, se nos revelaron esas verdades cuando el joven José Smith se arrodilló en humilde oración y más tarde declaró: “…vi en el aire arriba de mí a dos Personajes, cuyo fulgor y gloria no admiten descripción. Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al otro: Éste es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo! 5 . Seguir leyendo

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Las cosas destrozadas pueden repararse

Conferencia General Abril de 2006

Las cosas destrozadas pueden repararse

Élder Jeffrey R. Holland
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Cuando Él dice a los pobres en espíritu: “Venid a mí”, lo que quiere decir es que Él conoce el camino hacia la salida y hacia el cielo.


Las primeras palabras de Jesús en Su majestuoso Sermón del Monte iban dirigidas a los atribulados, los desalentados y los deprimidos: “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” 1 . Sean ustedes miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días o personas de entre las decenas de millares que nos escuchan y que no son de nuestra fe, me dirijo a los que se enfrentan con pruebas personales y dificultades familiares, a aquellos que se enfrentan con conflictos que se entablan en las solitarias trincheras del corazón, a aquellos que tratan de detener las marejadas de la desesperación que a veces nos abruman como si fueran un maremoto del alma. Deseo dirigir mis palabras en particular a ustedes que piensan que su vida está destrozada, y que, al parecer, no tiene reparación.

A todos ustedes les ofrezco el remedio más seguro y más agradable que conozco, que se encuentra en el llamado fuerte y sonoro que nos hizo el Salvador del mundo al comenzar Su ministerio y también al finalizarlo. Se lo dijo a los creyentes y se lo dijo a los que no estaban muy seguros de creerle. Se lo dijo a todos, cualesquiera que fuesen sus problemas personales:

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.

“Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas” 2 .

En esa promesa, la frase introductoria, “venid a mí”, es crucial; es la clave de la paz y del reposo que buscamos. De hecho, cuando el Salvador resucitado dio Su sermón a los nefitas en el templo del Nuevo Mundo, comenzó diciendo: “Bienaventurados son los pobres en espíritu que vienen a mí, porque de ellos es el reino de los cielos” 3.

Cuando Andrés y Juan oyeron por primera vez a Cristo, se conmovieron tanto que, cuando Él se apartó de la multitud, lo siguieron. Percibiendo que lo seguían, Jesús les preguntó: “¿Qué buscáis?”. Ellos le respondieron: “¿Dónde moras?”. Y Cristo dijo: “Venid y ved”. Al día siguiente, Cristo encontró a otro discípulo, Felipe, y le dijo: “Sígueme” 4 . Poco tiempo después, llamó oficialmente a Pedro y a otros nuevos apóstoles con el mismo espíritu de invitación. “Venid en pos de mí” 5 , les dijo.

Evidentemente, la esencia misma de nuestro deber y del requisito fundamental de nuestra vida terrenal ha quedado captada en esas breves frases de diversas escenas del ministerio terrenal del Salvador. Él nos dice: “Confiad en mí; aprended de mí; haced lo que yo hago; y cuando recorráis mi camino, entonces hablaremos de la dirección que vosotros seguís y de las tribulaciones y de las pruebas que encaráis. Si me seguís, yo os sacaré de la oscuridad”. Él nos promete: “Os daré respuesta a vuestras oraciones y descanso para vuestras almas”.

Mis amados amigos, no conozco otra manera de tener éxito y seguridad entre todos los riesgos y problemas de la vida, ni conozco otra forma de llevar nuestras cargas ni de hallar lo que Jacob, en el Libro de Mormón, llamó: “esa felicidad que está preparada para los santos” 6 . Seguir leyendo

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La restauración de todas las cosas

Conferencia General Abril de 2006

La restauración de todas las cosas

Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Creemos que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es una restauración de la Iglesia original que estableció Jesucristo.


Los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días nos preocupamos por todos los hijos de Dios que viven o que han vivido sobre la faz de la tierra. “Nuestro mensaje”, declaró la Primera Presidencia en 1978, “refleja el amor que sentimos por la humanidad y el interés en su bienestar eterno, sin importarnos sus creencias religiosas, su raza o nacionalidad, sabiendo sin lugar a dudas que somos hermanos y hermanas debido a que somos hijos e hijas del mismo Padre Eterno” 1 . Tal como el élder Dallin H. Oaks dijo hace unos años:

“La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días tiene muchas creencias en común con otras iglesias cristianas, pero también tenemos diferencias, y son esas diferencias las que explican por qué enviamos misioneros a otros cristianos, por qué edificamos templos, además de las capillas, y por qué nuestras creencias nos brindan tanta felicidad y fortaleza para hacer frente a las dificultades de la vida y de la muerte” 2 .

Hoy deseo testificar de la plenitud del Evangelio restaurado de Jesucristo, la cual contribuye de manera positiva a las creencias religiosas de otras denominaciones, sean cristianas o no. Originalmente, esa plenitud fue establecida por el Salvador durante Su ministerio terrenal, pero entonces se produjo un alejamiento.

Algunos de los primeros apóstoles sabían que se produciría una apostasía antes de la segunda venida del Señor Jesucristo. De hecho, Pablo escribió a los tesalonicenses al respecto: “Nadie os engañe en ninguna manera; porque no vendrá sin que antes venga la apostasía 3 .

Durante la apostasía se perdieron las llaves del sacerdocio, y algunas de las preciadas doctrinas de la Iglesia que organizó el Salvador fueron alteradas, entre las que destacan el bautismo por inmersión 4 ; la recepción del Espíritu Santo mediante la imposición de manos 5 ; la naturaleza de la Trinidad, respecto a que son tres Personajes diferentes 6 ; que toda la humanidad resucitará merced a la Expiación de Cristo,“así… justos como… injustos 7 ; la revelación continua, en cuanto a que los cielos no están cerrados 8 ; y la obra del templo tanto por los vivos como por los muertos 9 .

El período siguiente se llegó a conocer como el Oscurantismo. Dicho alejamiento de la verdad fue predicho por el apóstol Pedro cuando declaró que “es necesario que el cielo reciba [a Jesucristo] hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo” 10 . La restitución sólo sería necesaria si se hubieran perdido esas cosas preciadas. Seguir leyendo

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La necesidad de más bondad

Conferencia General Abril de 2006

La necesidad de más bondad

Gordon B. Hinckley

Presidente Gordon B. Hinckley

¿Por qué razón habremos de ser tan crueles e hirientes con los demás? ¿Por qué no extendemos nuestra amistad a todos los que nos rodean?


Es difícil hablar después del hermano Monson. Tiene un gran sentido del humor y a la vez una gran sinceridad.

Gracias, mis hermanos, por su fe y por sus oraciones, las agradezco profundamente.

Al envejecer, el hombre adquiere un modo de ser más suave y bondadoso. Últimamente he pensado mucho en eso.

Me he puesto a pensar por qué hay tanto odio en el mundo; nos encontramos en medio de guerras terribles donde se pierden vidas y se infligen heridas atroces. En lo que respecta a nosotros, hay mucha envidia, orgullo, arrogancia y críticas continuas; padres que pierden los estribos por cosas pequeñas y triviales, y que hacen llorar a sus esposas y que sus hijos tengan miedo.

El fantasma del racismo ha vuelto a aparecer. Me dicen que lo hay incluso entre los miembros de la Iglesia. No me explico cómo puede ser. Pensaba que todos sentíamos gozo por la revelación que se dio al presidente Kimball en 1978. Yo me encontraba en el templo en el momento en que eso sucedió. No hubo ninguna duda en mi mente o en la de mis colegas de que lo que se reveló fue la intención y la voluntad del Señor.

Ahora me dicen que a veces se oyen entre nosotros comentarios racistas y denigrantes. Les recuerdo que nadie que haga comentarios ofensivos en cuanto a las personas de otra raza se puede considerar un verdadero discípulo de Cristo, ni tampoco puede considerar que esté en armonía con las enseñanzas de la Iglesia de Cristo. ¿Cómo puede un poseedor del Sacerdocio de Melquisedec suponer con arrogancia que él tiene derecho al sacerdocio, mientras que otro que vive una vida recta, pero cuya piel es de diferente color, no tiene ese derecho?

A lo largo de mi servicio como miembro de la Primera Presidencia he reconocido y hablado varias veces sobre la diversidad de nuestra sociedad; está a nuestro alrededor, y debemos esforzarnos por dar cabida a esa diversidad. Seguir leyendo

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Nuestra sagrada responsabilidad del sacerdocio

Conferencia General Abril de 2006Liahona Mayo 2006
Nuestra sagrada responsabilidad del sacerdocio
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Thomas S. MonsonEl sacerdocio no es tanto un don, sino el mandato de servir, el privilegio de elevar y la oportunidad de bendecir la vida de los demás.

Hace algunos años, Clark, nuestro hijo menor, estaba por cumplir los doce años de edad. Un día, él y yo salíamos del Edificio de Administración de la Iglesia cuando el presidente Harold B. Lee se acercó a saludarnos. Le mencioné que Clark pronto cumpliría doce años, con lo cual el presidente Lee se volvió hacia él y le preguntó: “¿Qué va a suceder cuando cumplas doce años?”.

Ésa fue una de las ocasiones en que un padre ruega que su hijo sea inspirado para dar la respuesta apropiada. Sin titubear, Clark le respondió: “¡Voy a ser ordenado diácono!”.

La respuesta fue la que yo había orado y la que el presidente Lee buscaba. Enseguida aconsejó a mi hijo: “Recuerda que poseer el sacerdocio es una gran bendición”.

Espero con todo el corazón y con toda el alma que todo joven que reciba el sacerdocio lo honre y permanezca fiel a la confianza que se deposita en él cuando se le confiere. Ruego que cada uno de nosotros que posee el sacerdocio de Dios tenga un firme conocimiento de lo que cree. Tal como amonestó el apóstol Pedro, ruego que estemos “siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” 1 . Habrá ocasiones en las que a cada uno se nos llamará a explicar o a defender nuestras creencias. Cuando llega el momento de actuar, el tiempo de preparación ha terminado.

La mayoría de ustedes, jovencitos, tendrán la oportunidad de expresar su testimonio cuando sirvan como misioneros por el mundo. Prepárense ahora para ese maravilloso privilegio.

Yo he tenido muchas oportunidades de testificar. Una ocurrió hace veintiún años, antes de que la República Democrática Alemana —o Alemania Oriental, como solía conocerse— se liberara del yugo comunista. Visitaba en aquel entonces al ministro Gysi, Secretario de Estado de Alemania Oriental. En esa época se construía nuestro templo en Freiberg, Alemania Oriental, además de dos o tres centros de reuniones. El ministro Gysi y yo conversamos sobre diversos temas, entre ellos el de nuestro programa de construcción mundial. Él preguntó: “¿Por qué tiene su Iglesia tanta riqueza que les permite construir edificios en nuestro país y por todo el mundo? ¿Cómo consiguen el dinero?”. Seguir leyendo

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Real sacerdocio

Conferencia General Abril de 2006Liahona Mayo 2006
Real sacerdocio
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

James E. FaustMientras que poseer el sacerdocio trae consigo grandes bendiciones, también conlleva grandes obligaciones.

Mis queridos hermanos, es siempre un privilegio y una seria responsabilidad el dirigirme al sacerdocio de la Iglesia. Quizás ésta sea la reunión más grande de sacerdocio en la historia del mundo. Deseo hablarte a ti, hombre joven, sobre cuán bendecido eres de poseer el Sacerdocio Aarónico, que también se conoce como el “sacerdocio menor”. Pero la palabra menor, sin embargo, no le resta en ningún modo su importancia. No hay nada pequeño en él, ¡especialmente cuando veo qué grandes son algunos de ustedes!

Estoy seguro de que recuerdas lo animado que te sentías la primera vez que repartiste la Santa Cena. Mientras los poseedores del Sacerdocio Aarónico preparan, bendicen y reparten la Santa Cena, ayudan a todos los miembros que participan de ella a volver a comprometerse con el Señor y a renovar su fe en el sacrificio expiatorio del Salvador. A los miembros que participan de la Santa Cena se les recuerda tomar sobre sí el nombre del Hijo, a recordarle siempre y a guardar Sus mandamientos que Él les ha dado, y a procurar tener Su Espíritu consigo. Espero que valores el sacerdocio que posees y cumplas siempre con los deberes que a él corresponden.

Hace poco leí la historia de unos diáconos que habían actuado con una actitud un tanto negligente al repartir la Santa Cena. Habían comenzado a pensar que era una tarea impuesta, algo que nadie más quería hacer. Con frecuencia llegaban tarde y a veces no vestían en forma adecuada. Un domingo su asesor del sacerdocio les dijo: “No tienen que preocuparse por la Santa Cena el día de hoy, ya nos hemos encargado de ello”.

Naturalmente, se sorprendieron al escuchar eso, pero como siempre, habían llegado atrasados a la reunión sacramental. No se preocuparon mucho cuando entraron durante el primer himno y se sentaron en medio de la congregación. Entonces fue que notaron quiénes estaban sentados en la banca de los diáconos: su asesor y los sumos sacerdotes del barrio, entre los que se encontraban hermanos que habían servido como obispos y presidentes de estaca. Todos estaban vestidos con trajes oscuros, con camisas blancas y corbatas. Pero más allá de eso, ellos mostraban una reverencia total mientras llevaban las bandejas de una fila a otra. Ese día, hubo algo más profundo y significativo durante la Santa Cena. Aquellos diáconos que se habían vuelto tan mecánicos en sus deberes aprendieron mediante el ejemplo que repartir la Santa Cena era una responsabilidad sagrada y uno de los más grande honores 1 . Empezaron a darse cuenta de que el sacerdocio es, como lo llamó el apóstol Pedro, un “real sacerdocio” 2 . Seguir leyendo

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