25 de Marzo de 2006
“Yo soy la luz que debéis sostener en alto”
Susan W. Tanner
Presidenta General de las Mujeres Jóvenes
Cada uno de nuestros pequeños actos irradiará sólo un puntito de luz, pero, al unirse, tienen un enorme impacto.
Recuerdo un cuadro que bordé de niña cuando estaba en la Primaria. Decía: “Traeré la luz del Evangelio a mi hogar”. Yo me preguntaba: “¿Qué es esa luz?”. Jesucristo mismo lo explicó mejor cuando enseñaba a los nefitas. Él dijo: “Alzad, pues, vuestra luz para que brille ante el mundo”. Después explicó: “…yo soy la luz que debéis sostener en alto: aquello que me habéis visto hacer” (3 Nefi 18:24, cursiva agregada).
¿Qué le habían visto hacer los nefitas? y, ¿sería posible hacer esas cosas en mi hogar? Cuando la gente deseaba que Él se quedara con ellos un poco más, sintió compasión por ellos y permaneció con ellos. Después los sanó; oró con ellos; les enseñó; lloró con ellos; bendijo a sus pequeñitos, uno por uno; les dio de comer y administró la Santa Cena y la repartió a fin de que hicieran convenio de que siempre se acordarían de Él. Su ministerio entre ellos tenía que ver con la enseñanza y el cuidado de la persona, y con llevar a cabo la obra que Su padre le había mandado hacer. Nunca pensó en Sí mismo. Al aprender eso, procuré siempre llevar Su luz a mi hogar mediante actos abnegados semejantes a los de Cristo.
Eso no es algo fácil. A veces no se reconoce que en casa se lleve una vida buena; tal vez sea más fácil “levant[arse] y brilla[r], para que [n]uestra luz sea un estandarte a las naciones” (D. y C. 115:5, cursiva agregada), en vez de que la luz de ustedes sea un estandarte para su propia familia. A veces, otras personas no nos ven hacer el bien ni compartir nuestra luz en el hogar. La naturaleza humana desea y busca las alabanzas y el reconocimiento. Helamán enseñó a sus hijos Nefi y Lehi a hacer las buenas obras de sus antepasados cuyo nombre llevaban: “…que no hagáis estas cosas para vanagloriaros, sino que hagáis estas cosas para haceros un tesoro en el cielo” (Helamán 5:8). Las buenas obras no se deben llevar a cabo con el objeto de recibir reconocimiento.
Charles Dickens tiene un personaje en el libro Casa Desolada, la señora Jellyby, cuyo defecto él califica de “filantropía telescópica”. Ella está tan obsesionada por ayudar a una tribu que sufre en una tierra lejana, que rechaza a su propio hijo herido y sucio que acude a ella en busca de consuelo. La señora Jellyby desea que sus buenas obras sean grandiosas y visibles ante todos (véase Charles Dickens, Bleak House, (Casa Desolada), 1985, págs. 82–87). Quizás algunos preferiríamos dar ayuda tras un huracán en vez de ayudar en el hogar. Ahora bien, ambos son importantes, pero la ayuda en el hogar es nuestra responsabilidad primordial y eterna. “Los padres tienen la responsabilidad sagrada de educar a sus hijos dentro del amor y la rectitud, de proveer para sus necesidades físicas y espirituales” (“La Familia: Una proclamación para el mundo”, Liahona, octubre de 2004, pág. 49). Seguir leyendo
La vida abundante está a nuestro alcance si tan sólo estamos dispuestos a beber en abundancia del agua viva, a llenar nuestro corazón de amor y a hacer de nuestra vida una obra maestra.
El Padre Celestial escuchará nuestra humilde oración y nos brindará el consuelo y la guía que buscamos.
Los que hemos tomado sobre nosotros el nombre de Cristo, ¿nos hemos deslizado inadvertidamente en los hábitos de calumniar, criticar y en una actitud de prejuicio?
El sacerdocio no es tanto un don, sino el mandato de servir, el privilegio de elevar y la oportunidad de bendecir la vida de los demás.
Mientras que poseer el sacerdocio trae consigo grandes bendiciones, también conlleva grandes obligaciones.
























