Conferencia General Abril de 2006
El arrepentimiento, una bendición del ser miembro de la Iglesia
Élder Richard G. Hinckley
De los Setenta
El arrepentimiento… no es un principio cruel… Es benévolo y misericordioso.
Mis queridos hermanos, me siento tanto humilde como honrado al ocupar este puesto. Por razones obvias para ustedes, nunca me imaginé que recibiría este llamamiento. Hace un año, cuando fui sostenido, el presidente Hinckley le aclaró a toda la Iglesia que él no había tenido nada que ver con el proceso que resultó en mi llamamiento. Más tarde, le comenté que tal vez yo fuera la única Autoridad General en la historia de la Iglesia que contara con el sostenimiento de los miembros a pesar de que, ¡el profeta declinara toda responsabilidad al respecto!
Sin embargo, estoy agradecido por su voto de sostenimiento y dedico todo mi corazón a esta gran causa. No tengo palabras para expresar mi agradecimiento por mi familia, por mi esposa y mis hijos, y por mis buenos padres. Mi madre falleció hace exactamente dos años, justo dos días después de la conferencia de abril. Ella era pequeña de estatura física; sin embargo, día a día me apoyo en ella. Su influencia permanecerá conmigo para siempre. No puedo atribuirle el debido reconocimiento por lo que diga, sino sólo por mi manera de vivir.
No sé qué podría decir de mi padre que no lo avergonzara, excepto que lo amo y que lo apoyo. Con el riesgo de llevar las cosas a un plano muy personal, diré que al verlo envejecer, mi mente se remonta a los días en que éramos niños, cuando él se acostaba en el suelo y luchaba y jugaba con nosotros, nos levantaba en sus brazos y nos abrazaba y nos hacía cosquillas o nos subía a la cama con mamá y con él cuando estábamos enfermos o teníamos miedo durante la noche. Los recuerdos que tengo de él serán siempre de risas y de amor, de constancia, de testimonio, de incesante trabajo arduo, de fe y fidelidad. Él es bondadoso y sabio, y me siento enormemente bendecido porque no sólo lo apoyo como mi profeta durante esta época de la vida terrenal, sino porque también lo reclamo como mi padre en esta vida y en la eternidad.
Hace varias semanas, se avivó mi curiosidad cuando al élder Douglas L. Callister, de los Setenta, se le pidió expresar una breve historia de su abuelo, LeGrand Richards en una reunión de quórum. Entre las cosas interesantes que mencionó estaba ésta: Cuando el élder Richards era un obispo joven, él visitaba a personas menos activas y, con valentía, las invitaba a hablar en la reunión sacramental sobre el tema: “Lo que significa para mí ser miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días”. Sorprendentemente, varias respondían de forma positiva y esa experiencia las llevaba de nuevo al sendero de la actividad plena en la Iglesia. Seguir leyendo
Nuestra nueva generación merece que pongamos todo nuestro empeño en apoyarlos y fortalecerlos durante su trayectoria hacia la edad adulta.
Si confían en el Señor y le obedecen… Él les ayudará a alcanzar el gran potencial que ve en ustedes.
El participar de la Santa Cena nos brinda un momento sagrado en un lugar santo.
Si obedecemos los mandamientos de nuestro Padre Celestial, nuestra fe aumentará, lograremos más sabiduría y fortaleza espiritual, y nos será más fácil tomar decisiones correctas.
Vengan y formen parte de la generación más grandiosa de misioneros que el mundo haya conocido.
Mediante Su plan, aquellos que tropiezan y caen “no son… desechados para siempre”.


























