La historia de la locura de un profeta
por el élder Bruce R. McConkie
del Consejo de los Doce
Quisiera contaros la historia de un hombre, que en algunos aspectos me un gran Profeta, pero que “amó el premio de la maldad, y fue reprendido por su iniquidad”, en una forma sumamente extraña y particular; sus acciones (que incluyeron grandes y verídicas profecías), fueron descritas por otro Profeta en otro tiempo, como “locura” (véase 2 Pedro 2:15-16).
Esta es una historia verdadera, una historia trágica, que deja una gran lección para todos los miembros de la Iglesia; una historia de alguien qué vio a Dios, recibió revelación, y se enfrentó a un ángel destructor, en cuya mano se encontraba la espada de la venganza. Además, relata una forma en que el Señor envió su mensaje al Profeta, y que, según lo que sabemos, jamás se ha repetido en toda la historia del mundo.
Al examinar los acontecimientos de la época, sería bueno que buscáramos respuestas a estas preguntas: ¿Por qué permitió el Señor (¿lo permitió?) que sucedieran todas aquellas cosas extrañas? ¿Qué es “el premio de la maldad”? ¿Y cómo podría un profeta que procurara tal cosa, ser digno de recibir el Espíritu de Dios (Números 24:2), y proclamar grandes verdades, incluyendo una de las más maravillosas profecías mesiánicas? Pero lo que es más importante aún: ¿cuál es la lección que se espera que aprendamos de la entremezcla del bien y del mal, en la conducta mostrada por aquel antiguo representante del Señor?
Volvamos ahora a la historia tratando de encontrar, con amplitud de criterio, la lección que nos enseña. Y al hacerlo, os pido que recordéis que todo lo que he citado hasta ahora o citaré de aquí en adelante, puesto entre comillas, ha sido copiado de la Biblia, con excepción de una instancia en la cual me he valido de un pasaje de revelación de los últimos días.
La referida historia tuvo lugar en las llanuras de Moab, cerca de Jericó; la época era el año 1451 a. de J.C., los principales protagonistas fueron Balac, Rey de los moabitas, y Balaam, un Profeta de la tierra de Madián. Los ejércitos de Israel con millones de soldados, acababan de devastar la tierra de los amorreos y se encontraban acampados en las proximidades de Moab; esto llenó de ansiedad y temor los corazones de la gente de Moab y de Balac, su Rey. ¿Serían ellos también vencidos y asesinados por aquellos soldados de Jehová?
Balac mandó entonces a los ancianos y los príncipes de su nación a ver a Balaam, “con las dádivas de adivinación en su mano” (Núm. 22:7), a fin de contratarlo para que fuera y maldijera a Israel. En el nombre de su Rey le dijeron:
“Un pueblo ha salido de Egipto, y he aquí cubre la faz de la tierra, y habita delante de mí.
Ven, pues, ahora, te ruego, maldíceme este pueblo, porque es más fuerte que yo; quizás yo pueda herirlo y echarlo de la tierra; pero yo sé que el que tú bendigas será bendito, y el que tú maldigas será maldito.” (Núm.’22:5-6.)
Ansioso por tener las riquezas que le habían ofrecido, Balaam los invitó a reposar con él aquella noche, mientras él le preguntaba al Señor y buscaba su permiso para maldecir a Israel. Esa noche “vino Dios a Balaam” y le dijo: “No vayas con ellos, ni maldigas al pueblo, porque bendito es” (Núm. 22:9, 12).
A la mañana siguiente, Balaam dijo a los príncipes de Balac:
“Volveos a vuestra tierra, porque Jehová no me quiere dejar ir con vosotros.” (Núm. 22:13.)
Al saber esto Balac envió otros príncipes más nobles y más honorables que los primeros, y esto es lo que sucedió:
“.. .los cuales vinieron a Balaam, y le dijeron: Así dice Balac, hijo de Zipor: Te ruego que no dejes de venir a mí;
porque sin duda te honraré mucho, y haré todo lo que me digas; ven, pues, ahora, maldíceme a este pueblo. Seguir leyendo


por el presidente N. Eldon Tanner





























