La bondad del profeta José Smith

Diciembre de 1978
La bondad del profeta José Smith
por Kenneth W. Godfrey

José SmithLuego de un considerable estudio y con más de dieciséis años de experiencia en la enseñanza de la historia de la Iglesia, una de las cualidades más importantes que he encontrado en el profeta José Smith es su benevolencia. Este gran atributo parece haber sido parte de su vida entera, y fue extendido a gente de todas las razas, como así también al reino animal.

Encontrándose detenido con alguno de sus compañeros en la cárcel de Liberty, Missouri, él escribió varias cartas a su esposa, Emma. Frecuentemente le preguntaba en las mismas acerca de su salud y el bienestar espiritual de sus hijos. En una de esas cartas sumamente interesantes, le pide a Emma que le cuente cómo están sus hijos; también indaga acerca de su caballo, y su perro, a quienes amaba y trataba con mucha bondad.

Es bien conocido el hecho de que José y Emma adoptaron a los mellizos de los Murdock, y que también criaron como si fuera una hija a Julia, niña que había sobrevivido el ataque del populacho en Hiram, Ohio. Luego de haber pasado por un matrimonio sumamente difícil, Julia regresó al lado de Emma Smith, quien le concedió la misma atención y amor con que la habían criado. Quizás menos conocidos son varios actos benevolentes del Profeta, que se encuentran asentados en los diarios personales de los primeros miembros de la Iglesia.

En el año 1841 la familia Walker, que consistía del padre John Walker, la madre Lydia Adams Holmes, y sus diez hijos, se mudó a Nauvoo. En los terribles días de 1838 y 1839, esta familia había sobrevivido la masacre y persecución llevada a cabo en Missouri. Muy pobres, arribaron a la capital mormona llenos de esperanzas y expectativa. En aquella primera noche, mientras se alojaban en casa de un hermano del señor Walker, conocieron a José Smith. Con el cambio de clima al comienzo del verano, la hermana Walker cayó enferma. Al oír acerca de su delicada condición de salud, José y su esposa Emma fueron a visitar a esta buena hermana y la llevaron consigo a su propio hogar, con la esperanza de que el cambio pudiese ayudar a mejorar su salud. Ella extrañaba mucho a sus hijos y no pudiendo estar lejos de ellos por mucho tiempo, persuadió a José Smith que le permitieran regresar a su hogar, a pesar de encontrarse aún enferma. Para ese entonces, ya había entrado el invierno; prepararon un trineo donde la colocaron, cubriéndola con frazadas, para transportarla a su hogar. Allí, ella juntó a todos sus hijos y les exhortó a que jamás se alejaran de la verdad, y que vivieran de tal forma que todos pudiesen reunirse algún día » en el mundo donde no hay más sufrimiento, ni lágrimas de angustia». Entonces, cerrando los ojos falleció, mientras en su rostro aparecía una sonrisa celestial.

La muerte de la hermana Walker dejó a diez niños sin madre; el menor de ellos no tenía todavía dos años. El peso de la angustia pareció debilitar la salud del hermano Walker, y muy pronto los miembros de la familia temieron por su vida.

Cuando José se enteró de su gran angustia, nuevamente acudió en su ayuda. Él le dijo al hermano Walker que a menos que descansase por un tiempo, iría a reunirse con su esposa, y entonces le aconsejó:

«Usted tiene una hermosa familia, a la cual yo quiero mucho. Mi hogar será un hogar para sus hijos. Le aconsejo que venda su casa y deje a sus niños pequeños con amigos bondadosos; los cuatro mayores vendrán a mi casa y serán tratados como mis propios hijos. Si me enterara de que los niños pequeños no viven felices donde están o que no son tratados en forma correcta, también a ellos traeré a mi hogar, donde los mantendré hasta que usted regrese.» Seguir leyendo

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El espíritu navideño no se compra

(De un discurso pronunciado en 1976, ante los profesores de religión de la Universidad de Brigham Young.)
El espíritu navideño no se compra
por Jeffrey R. Holland

Jeffrey R. HollandSon tantas las lecciones que podemos aprender del sagrado relato del nacimiento de Cristo, que muchas veces tratamos de evitar darle énfasis a sólo una. Pero esto es precisamente lo que yo deseo hacer.

Uno de los detalles en que más he pensado últimamente, es que el mencionado relato es una historia de extremada pobreza. Me pregunto si Lucas no tendría un propósito especial al decir que «no había lugar para ellos en el mesón», en vez de «no había lugar en el mesón» (Lu. 2:7; cursiva agregada). Aunque no podemos probarlo, yo me atrevería a asegurar que el dinero tenía en aquellos días la misma influencia que tiene en la actualidad; y no puedo menos que pensar que si José y María hubieran sido personas adineradas, habrían encontrado alojamiento aun en aquella época del año en que había tanta gente en el lugar.

También me he preguntado si la Versión Inspirada de la Biblia sugerirá que ellos no conocían a ninguna persona de influencia, cuando dice que «no había nadie que les diera un cuarto en las posadas» (Versión Inspirada, Lu. 2:7).

No podemos tener la seguridad de la intención que tenía el historiador al escribir tales cosas, pero sabemos que aquellas personas eran tremendamente pobres. Cuando fueron a hacer la ofrenda de la purificación, que los padres debían hacer después del nacimiento de su hijo, substituyeron el cordero del sacrificio por un par de tórtolas; esta substitución fue permitida por el Señor en la Ley de Moisés, a fin de aliviar la carga de los que eran muy pobres. (Véase Lev. 12:8.)

Los tres reyes magos llegaron más tarde con sus regalos, dando un poco de esplendor y pompa a la ocasión. Es importante recalcar el hecho de que ellos viajaron una distancia considerable, probablemente desde Persia, en una jornada de por lo menos varios cientos de kilómetros; a menos que hubieran comenzado el viaje mucho antes de que la estrella apareciera, es muy improbable que hubieran llegado a destino la misma noche del nacimiento del Niño. Mateo registra que para ver a Jesús y adorarle, entraron «en la casa», lo que indicaría que la familia ya estaba viviendo en su casa. (Véase Mat. 2:11.)

Todo esto nos indica un importante detalle que deberíamos recordar siempre en la época navideña. Quizás deberíamos separar, aunque fuera un poco, la compra de regalos, el árbol de Navidad y los preparativos para la cena navideña, de aquellos momentos de silenciosa meditación en que debemos considerar el verdadero significado del Nacimiento.

El oro, el incienso y la mirra fueron obsequios dados con humildad, y con humildad apreciados y recibidos. Quizás nos entusiasmemos al dar y recibir regalos y, por ese motivo es necesario que imaginemos aquel escenario sencillo y pobre, aquella noche en la que no hubo guirnaldas, ni manjares, ni regalos, ni bienes de este mundo. Solamente si enfocamos nuestra atención en el sencillo y sagrado objeto de nuestra devoción – el Niño de Belén – podremos dar los regalos en la forma apropiada. Seguir leyendo

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Una visión del programa de las maestras visitantes

16 de septiembre de 1958. El presidente Kimball pronunció este discurso, cuando era miembro del Consejo de los Doce, Su mensaje, presentado en una convención de maestras visitantes en la Estaca Monument Park de Salt Lake City, sigue siendo actual e importante.

Una visión del programa de las maestras visitantes
Por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballMis queridas hermanas, creo que mi primer descubrimiento de la existencia e importancia de la Sociedad de Socorro tuvo lugar a muy temprana edad en mi vida.

MI familia se mudó de Salt Lake City a Atizona cuando yo tenía tres años. En aquel entonces mi madre tenía seis hijos y durante el tiempo en que pasó por cinco embarazos y sus respectivos alumbramientos, era presidenta de la Sociedad de Socorro del barrio.

Nos mudamos a una región nueva, donde el agua se extraía de pozos, donde había tantas moscas que por la noche era casi imposible ver a través de las telas metálicas de una puerta; donde también prevalecían la fiebre tifoidea y muchas otras enfermedades; donde la ayuda médica era sumamente limitada ya que no había hospitales, enfermeras o personas entrenadas, excepto el doctor del distrito, quien ya tenía más trabajo del que podía atender.

No hace mucho leí en el diario de mi madre expresiones como la siguiente:

«Dejé a los niños con… y fui a casa de la hermana Smith, donde una de las mellizas acababa de morir y había otros niños gravemente enfermos de fiebre tifoidea.» «Hoy pasé el día con otras hermanas confeccionando mortajas para los niños fallecidos de la hermana Jones», y así continuaba.

Así conocí la Sociedad de Socorro, y estoy seguro de que hasta cierto grado continúa llevándose a cabo esa clase de trabajo, porque según lo interpreto, éste incluye no solamente el bienestar espiritual y moral de la gente del barrio, sino también el físico.

Cada vez que pienso en las maestras visitantes, considero que en muchas maneras vuestros deberes son semejantes a los maestros orientadores, quienes deben «velar siempre por los de la Iglesia» – no solamente veinte minutos al mes, sino siempre ~ «y fortalecerlos» – no sólo tocar la puerta, sino estar con ellos, alentarlos y fortificarlos, habilitarlos y fortalecerlos – «ver que no haya iniquidad … ni dureza … ni calumnias, ni mal decir» (D. y C. 20:53-54).

¡Qué gran oportunidad! Pero lamentablemente muchos prefieren hablar acerca de otras cosas como el tiempo, la política, de algo que acaba de tener lugar en el barrio, la división del mismo, la reorganización de un obispado, la reorganización de la presidencia de la Sociedad de Socorro, o cualquiera de las muchas cosas que pueden suceder en el barrio, dando lugar a la gente para dudar o criticar. Cuan privilegiadas son dos hermanas que van a un hogar, mantienen a un mínimo lo que podría ser perjudicial y además, edifican y apoyan a todas las autoridades de la Iglesia, a la Iglesia misma, sus doctrinas, sus programas y prácticas. Seguir leyendo

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Visión de la redención de los muertos

3 de octubre de 1918
Visión de la redención de los muertos
por el presidente Joseph F. Smith
Joseph F. Smith

Visión manifestada al presidente Joseph F. Smith en Salí Lake City, Utah, el 3 de octubre de 1918, la cual ilustra la visita del Señor Jesucristo al mundo de los espíritus y declara la doctrina de la redención de los muertos. El presidente Joseph F. Smith medita los escritos del apóstol Pedro y la visita de nuestro Señor al mundo de los espíritus. Ve a los espíritus de los justos reunidos en el paraíso, y el ministerio de Cristo entre ellos. Se organiza la predicación del evangelio entre los espíritus justos. Los justos que mueren en esta dispensación continúan sus obras en el mundo de los espíritus.

El día tres de octubre del año mil novecientos dieciocho, me hallaba en mi habitación meditando sobre las Escrituras, y reflexionaba sobre el gran sacrificio expiatorio que el Hijo de Dios realizó para redimir al mundo, así como el grande y maravilloso amor manifestado por el Padre y el Hijo en la venida de este último como Redentor del mundo, a fin de que el género humano pudiera salvarse mediante la expiación de Cristo y la obediencia a los principios del evangelio.

Mientras me ocupaba en esto, mis pensamientos se tornaron a los escritos del apóstol Pedro a los santos de la Iglesia primitiva esparcidos por el Ponto, Galacia, Capadocia y otras partes de Asia Menor, donde se había predicado el evangelio después de la crucifixión del Señor. Abrí la Biblia y leí el tercero y cuarto capítulos de la primera epístola de Pedro, y al leer me sentí sumamente impresionado, más que en cualquiera otra ocasión, por los siguientes pasajes:

“Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu; en el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados, los que en otro tiempo desobedecieron, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé, mientras se preparaba el arca, en la cual pocas personas, es decir, ocho, fueron salvadas por agua.” (1 Pe. 3:18-20.)

“Porque por esto también ha sido predicado el evangelio a los muertos, para que sean juzgados en carne según los hombres, pero vivan en espíritu según Dios.” (1 Pe. 4:6.)

Mientras meditaba estos escritos, fueron abiertos los ojos de mi entendimiento y el Espíritu del Señor descansó sobre mí, y vi las huestes de los muertos, pequeños así como grandes, Y, en un lugar, se hallaba reunida una compañía innumerable de los espíritus de los justos que habían sido fieles en el testimonio de Jesús, mientras vivieron en la carne, y quienes habían ofrecido un sacrificio a semejanza del gran sacrificio del Hijo de Dios y habían padecido tribulaciones en el nombre de su Redentor. Todos éstos habían partido de la vida terrenal, firmes en la esperanza de una gloriosa resurrección mediante la gracia de Dios el Padre y de su Hijo Unigénito, Jesucristo.

Vi que estaban llenos de gozo y de alegría y juntos se regocijaban porque estaba próximo el día de su liberación. Se hallaban reunidos esperando el advenimiento del Hijo de Dios al mundo de los espíritus para declararles que serían redimidos de las ligaduras de la muerte. Su cuerpo inerte, convertido en polvo, iba a ser restaurado a su forma perfecta, cada hueso con su hueso, y los nervios y la carne sobre ellos; el espíritu y el cuerpo iban a ser reunidos para nunca más ser separados, a fin de que pudieran recibir una plenitud de gozo. Seguir leyendo

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Con miras al templo

Con miras al templo
por el élder John A. Widtsoe

John A. WidtsoeEl templo es la Casa del Señor, y si el Señor visitara la tierra, vendría a su Templo. Nosotros somos la familia del Señor y somos sus hijos, engendrados en nuestra vida preexistente. Por consiguiente, así como el padre y la madre terrenales, se reúnen con su familia en el hogar, del mismo modo, los miembros dignos de la familia de Dios pueden reunirse, como lo hacemos, en la Casa del Señor.

El templo es un lugar de instrucción. Allí se repasan los principios del evangelio y se dan a conocer profundas verdades pertinentes al reino de Dios. Si vamos al templo con el debido espíritu y prestamos atención, saldremos de él con un mayor conocimiento del evangelio y con más sabiduría.

El templo es un lugar de paz; allí pueden dejarse de lado las preocupaciones y problemas del turbulento mundo exterior, allí, nuestra mente debe concentrarse en las realidades espirituales, puesto que en este recinto solamente interesan las cosas del espíritu.

El templo es un lugar donde se hacen convenios que nos ayudan a vivir virtuosamente. Allí declaramos que obedeceremos las leyes del Señor y prometemos emplear el precioso conocimiento que tenemos del evangelio, tanto para nuestro propio beneficio como para el bien de todas las personas. Las sencillas ceremonias nos ayudan a salir del templo con la firme determinación de llevar una vida digna de los dones del evangelio.

El templo es un lugar de bendición. Dentro de sus muros, se nos hacen promesas que se extienden de esta vida a la eternidad, con la única condición de que seamos fieles; esas promesas nos ayudarán a entender la cercanía de nuestros padres celestiales. El poder del Sacerdocio nos es dado allí en nuevas y grandes dimensiones.

El templo es un lugar donde se presentan ceremonias pertinentes al progreso eterno del hombre. Allí se aclaran los grandes misterios de la vida a los cuales el hombre no puede dar respuesta: “¿De dónde venimos?” “¿Por qué estamos aquí?” “¿A dónde iremos después de la muerte?” Y se ponen de manifiesto, en toda su magnitud e importancia, las necesidades del espíritu, de las cuales se derivan todas las demás cosas de la vida.

El templo es un lugar de revelación. Allí, el Señor puede dar revelación, y cada persona puede recibirla como guía para su vida. Todo conocimiento, toda ayuda proviene del Señor, ya sea directa o indirectamente.

Aun cuando Él pueda no estar allí en persona, siempre está presente por medio de su Santo Espíritu y por medio de los hombres mortales poseedores del Sacerdocio; es mediante ese Espíritu, que ellos guían la obra del Señor aquí en la tierra. Cada persona que entra en este lugar sagrado, con fe y oración, encontrará la ayuda que necesite para solucionar los problemas de su vida.

Es hermoso y agradable estar en el templo, la Casa del Señor, el lugar donde se recibe instrucción del Sacerdocio; un lugar de paz, de convenios, de bendiciones y de revelación. En nuestro corazón debiera rebosar la gratitud por este privilegio, así como el ardiente deseo de captar el espíritu de la ordenanza que se esté llevando a cabo. Seguir leyendo

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Por qué edificamos templos

Noviembre de 1978
Por qué edificamos templos
por el élder Mark E. Petersen
del Consejo de los Doce

Mark E. PetersenAl visitar los templos de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días o al contemplar fotografías de los mismos, ¿os habéis preguntado acaso por qué construimos estos edificios?

Esos templos son diferentes de cualquier otro que se edifique en el mundo. Naturalmente, hay muchos otros grupos que han edificado hermosas estructuras, a algunas de las cuales han llamado “templos”; pero ninguna de éstas ha cumplido ni cumple con el propósito y las funciones de los templos de los mormones.

¿Por qué edificamos estos templos los Santos de los Últimos Días? ¿Cómo los usamos? ¿Se hacen para llevar a cabo asambleas de adoración, o rituales? ¿Qué sucede dentro de un templo? ¿Qué ha llevado a los Santos de los Últimos Días a invertir su tiempo, esfuerzo y dinero para levantar estos edificios?

Durante más de un siglo, los santos han llevado a cabo la obra de construir templos; esta obra comenzó con el profeta José Smith, quien edificó dos y proyectó dos más en los Estados Unidos. AI emigrar hacia el Oeste, los santos la continuaron y en el período de unos años construyeron cuatro templos en el Estado de Utah. Desde entonces se han edificado muchos otros en distintas partes del mundo.

Los miembros de la Iglesia han levantado templos en buenos y malos tiempos, en medio de la pobreza y la aflicción, pero siempre con un espíritu de gratitud y devoción porque han considerado que estaban obedeciendo la voluntad del Señor.

Los Santos de los Últimos Días declaramos que por medio del profeta José Smith, se restauró a la tierra la plenitud del Evangelio de nuestro Señor Jesucristo. Al hablar de “plenitud”, nos referimos al evangelio completo, o sea, que todos los detalles del evangelio de la antigüedad, fueron dados al hombre de nuestra época por medio de esa restauración.

En los tiempos bíblicos, había edificios santos donde se administraban las sagradas ordenanzas pertinentes a la salvación espiritual del antiguo Israel; éstos no eran sinagogas ni ningún otro tipo de casa de adoración, sino que se construían especialmente con el propósito de llevar a cabo dichas ordenanzas. En las épocas en que el pueblo anduvo a través del desierto, usaba un tabernáculo portátil, al que llamaban “Templo del Señor”; a uno de éstos fue a orar la madre de Samuel para pedirle a Jehová que le concediera un hijo (1 Sam. 1:9). Cuando el pueblo de Israel dejó de andar errante y obtuvo un gobierno estable, edificó en Jerusalén un glorioso templo que substituyó a dicho tabernáculo.

Siguiendo la tradición de los tiempos bíblicos, en nuestra época el Señor nos ha provisto nuevamente con estas ordenanzas para la salvación de todos aquellos que creen, y nos dirige para que construyamos templos en los cuales se puedan llevar a cabo esos ritos sagrados.

Antiguamente, a fin de obtener la salvación, era necesario hacer dos cosas:

  1. Llevar la vida limpia que describen los mandamientos del Señor.
  2. Participar en las ordenanzas de salvación administradas por Sus siervos autorizados.

Aunque algunas de dichas ordenanzas podían llevarse a cabo en cualquier sitio, otras eran tan sagradas que el Señor requería que se realizaran en un lugar especialmente destinado para ese fin, como el tabernáculo o templo movible de los primeros tiempos, o el grandioso templo que lo reemplazó después. En dicho lugar, el Sacerdocio realizaba los solemnes ritos. Allí no podía entrar cualquiera, sino solamente aquellos que habían probado ser dignos; y los que entraban sin autorización, sufrían las consecuencias de la ira del Señor. Las solemnes ordenanzas no se daban a conocer al mundo porque eran demasiado sagradas, y solamente los elegidos y los fieles podían participar en ellas.

Al ser restaurado el evangelio en estos últimos días por medio del profeta José Smith, también fueron restauradas dichas ordenanzas y la obligación de construir templos. El Profeta enseñó a los Santos de los Últimos Días que podrían alcanzar la gloria celestial en el mundo eterno, pero que sólo lo lograrían obedeciendo la ley celestial.

Hablando a los santos en abril de 1844, el profeta José Smith les dijo que las ordenanzas del templo, tal como él se las presentaba, eran tan importantes, que “sin ellas no podremos alcanzar tronos celestiales. Pero debe haber un lugar especialmente preparado para ese propósito” (History of the Church, 6:318-320). Seguir leyendo

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Para qué son los templos?

Noviembre de 1978
¿Para qué son los templos?
por el élder Gordon B. Hinckley
del Consejo de los Doce

Gordon B. Hinckley¿Hay alguna persona que en un momento de serena introspección no haya reflexionado sobre el sagrado misterio de la vida? Que no se haya preguntado: “¿De dónde vengo? Por qué estoy aquí? ¿Adonde voy? ¿Me apartará la muerte de la amada compañía de los seres que me rodean? ¿Qué será de mi cónyuge y mis hijos? ¿Habrá otra existencia después de ésta? Y si así fuera, ¿nos reconoceremos allí?

Las respuestas a estas preguntas no se encuentran en la sabiduría del hombre, sino solamente en la palabra revelada de Dios, Los templos de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días son edificios sagrados en los cuales se contestan éstas y otras preguntas eternas. Cada uno de ellos es dedicado como la Casa del Señor, un lugar de santidad y paz, apartado del mundo, donde se enseñan verdades y se llevan a cabo ordenanzas que traen conocimiento de las cosas eternas, motivan al participante a vivir comprendiendo su herencia divina como un hijo de Dios y le hacen conocer su potencial como un ser eterno.

Estos edificios, diferentes de los miles de capillas de la Iglesia que hay diseminadas por todo el mundo, son distintos en propósito y función del común de los edificios religiosos. Y esto no es por su tamaño o por su belleza arquitectónica, sino por la obra que se lleva a cabo en ellos.

La designación de ciertos edificios para efectuar ordenanzas especiales, diferenciándolos de los lugares comunes de adoración, no es algo nuevo; esto se hacía en el antiguo Israel, donde el pueblo adoraba regularmente en las sinagogas. Sus lugares más sagrados fueron: primero, el tabernáculo que construyeron en el desierto con su Lugar Santísimo, y más adelante una sucesión de templos en los que se efectuaban ordenanzas especiales y donde sólo aquellos que reunían las condiciones requeridas, podían participar en ellas.

Así es en la actualidad. Antes de la dedicación de un templo, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días invita al público a visitar el edificio y las distintas dependencias; pero cuando éste se dedica se convierte en la Casa del Señor, y está investido con características tan sagradas, que sólo los miembros dignos pueden entrar a él. No es a causa de secreto, sino a causa de santidad.

La obra que se realiza allí explica el eterno propósito de Dios en relación con el hombre y la creación. La mayor parte está conectada con la familia, con cada uno de nosotros como miembros de la eterna familia de Dios, y con cada uno como miembro de una familia terrenal; está ligada también con la santidad y la naturaleza eterna del convenio del matrimonio y las relaciones familiares.

Esta afirma que cada hombre y mujer que nace en el mundo, es un hijo de Dios investido con algo de su naturaleza divina. La repetición de estas enseñanzas básicas y fundamentales, tiene un efecto benéfico sobre aquellos que las reciben, ya que mientras la doctrina se presenta en un lenguaje hermoso y solemne, el participante llega a darse cuenta de que si cada ser humano es hijo de un Padre Celestial, entonces es un miembro de una familia divina y en consecuencia cada uno de ellos es su hermano.

Cuando el escriba preguntó:

“¿Cuál es el primer mandamiento de todos?”

El Salvador contestó:

“Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente, y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento.

Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Marcos 12:28, 30-31.)

Las enseñanzas que se imparten en los templos actuales destacan poderosamente este concepto fundamental del deber del hombre hacia su Creador y hacia su prójimo. Las sagradas ordenanzas que se llevan a cabo amplían esta ennoblecedora filosofía de la familia de Dios, y enseñan que el espíritu que se alberga en nosotros es eterno, en contraste con nuestro cuerpo que es mortal. No sólo dan el entendimiento de estas grandes verdades, sino que también motivan al participante a amar a Dios y lo alientan a demostrar más sociabilidad hacia los otros hijos de nuestro Padre. Seguir leyendo

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El médico de José Smith

Octubre de 1978
El médico de José Smith
por LeRoy S. Wirthlin

Los miembros de la Iglesia se han sentido conmovidos por el relato de la valentía de José Smith cuando era niño, en la época en que el hueso de su pierna se infectó y la única solución posible parecía ser la amputación. Recordamos su buena voluntad para soportar el dolor de una operación, prefiriendo que su padre lo tuviera entre sus brazos en vez de tratar de aliviar el dolor con el alcohol. Como cirujano, siempre me he maravillado al pensar en la operación de José Smith, y especialmente en los médicos que la llevaron a cabo con éxito.

Debemos considerar que esto tuvo lugar en el año 1813, en la zona más rural de Nueva Hampshire. La infección que José tenía en el hueso (osteomielitis) le apareció a continuación de una epidemia de fiebre tifoidea que afectó a todos los niños de la familia Smith. En aquellos días y aún después, hasta que se descubrieron los antibióticos en este siglo, esta enfermedad era un problema devastador. Desde los días de Hipócrates en la antigua Grecia, el método más común que se utilizaba, era el de aplicar cataplasmas de distintos preparados sobre la parte inflamada. Pero esto tenía un efecto muy limitado: cuando ocurre una infección en el hueso, largos segmentos del diáfisis, o parte media del mismo, mueren, y el organismo, al formar nuevo tejido óseo, rodea la materia muerta con una capa de tejido vivo. Inevitablemente, el fragmento de hueso se separa y queda formando un acceso en el centro de la cavidad ósea, drenando continuamente o esparciendo la infección a otras partes del cuerpo; en este último caso, se producía la muerte. Generalmente, en las últimas etapas de la enfermedad, era necesario amputar la pierna.

Las técnicas para operar el hueso a fin de remover los fragmentos de materia muerta y permitir el drenaje, eran claramente descritas y ampliamente aceptadas en 1874. Esta operación, que se conoce como secuestrectomia, se convirtió en un procedimiento común después de la Primera Guerra Mundial. Pero eso ocurrió un siglo más tarde. Aquí tenemos parte de la descripción de la operación, escrita por la madre de José Smith:

“Los cirujanos comenzaron la operación perforando el hueso de la pierna, primeramente del lado afectado, y luego del otro lado; después lo rompieron con fórceps o pinzas, sacando así grandes trozos del hueso enfermo.”

Lo que describe con esas palabras Lucy M. Smith es una técnica que apenas se dio a conocer ¡en 1874! ¿Cómo pudo llevarse a cabo una hazaña quirúrgica semejante en una pequeña comunidad de Nueva Hampshire, sesenta años antes de que se conociera en el mundo de la medicina?

Los Santos de los Últimos Días difícilmente responderían que fue coincidencia. En una nota muy poco conocida, enviada por José para la Historia de la Iglesia, el Profeta escribió el nombre de sus médicos: Smith, Stone y Perkins, de la Escuela de Medicina de Dartmouth en Hanover, Nueva Hampshire, la cual se encontraba a 8 kilómetros de la casa de los Smith. Estos doctores no eran del tipo común, con el limitado conocimiento del médico rural corriente en aquella época. Seguir leyendo

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A imagen de Dios

Octubre de 1978
A imagen de Dios
por el presidente Marion G. Romney
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

Marion G. Romney“En el principio creó Dios los cielos y la tierra.

E hizo Dios animales de la tierra según su género, y ganado según su género, y todo animal que se arrastra sobre la tierra según su especie. Y vio Dios que era bueno.

Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra.

Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.

Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla. . .”(Génesis 1:1, 25-28; cursiva agregada.)

Esta es la forma en que el Señor estableció el enlace entre el primer hombre y la primera mujer, varón y hembra hechos a su imagen. Los unió para que fueran uno, para que cada uno formara parte del otro; los instruyó juntos y el lenguaje en que les habló se aplicaba a ambos por igual: En el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón.

Ni el marido ni la mujer deben olvidar jamás estos principios básicos; siempre deben recordar el propósito de su unión; deben ser uno en armonía, respeto y aprecio mutuos. No deben hacer sus planes separadamente, ni ir cada uno por su lado, sino consultarse, orar y decidir mutuamente.

Con respecto al hogar y la familia, los esposos deben aconsejarse uno al otro, haciéndolo con bondad, amor, paciencia y comprensión.

La creciente corrupción de las normas morales y las perversas prácticas que actualmente se observan en nuestra sociedad, no deben penetrar en nuestro hogar ni cambiar nuestras normas de vida o relaciones con nuestros semejantes. No debemos permitir que el egoísmo o las fatuas aspiraciones personales disminuyan nuestra unidad familiar.

Recordad que ni la esposa ni el esposo son esclavos el uno del otro, sino que por el contrario son “socios”, con los mismos derechos y particularmente, son cónyuges Santos de los Últimos Días y como tales deben tratarse, mostrándose consideración mutua en esta vida, para que sea de la misma forma en la vida eterna. Seguir leyendo

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Antecedentes históricos de Doctrinas y Convenios

Septiembre de 1978
Antecedentes históricos de Doctrinas y Convenios
por William E. Berrett

Uno de los aspectos: que distinguen a la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, es la afirmación de la continua revelación del Señor. Para los: Santos de los Últimos Días la revelación es un principio que, si es cultiva adecuadamente, ayuda a obtener con la Deidad la misma relación que ha existido en la tierra en otras épocas. De allí que la revelación no es algo que pertenece al pasado, ni finalizo con los últimos escritos bíblicos. Esta afirmación de la continuidad de la revelación no es una mera teoría; en la literatura de los Santos de los Últimos Días existe un libro, la mayor parte de cuyo contenido es presentado como revelación recibida en estos últimos días, y que se titula Doctrinas y Convenios. No se puede llegar a comprender el mormonismo sin saber lo que contiene este libro y la forma en que se dio a conocer; en sus páginas se encuentra la clave para llegar a la comprensión de los fundamentos de la Iglesia, la naturaleza de su organización y funcionamiento, y la motivación que existe en su peculiar historia y programa.

La historia del origen del libro de Doctrinas y Convenios se centra en el profeta José Smith. El comenzó a recibir revelaciones antes de los quince años de edad, y continuó recibiéndolas a intervalos irregulares por el resto de su vida.

Es difícil asegurar el tiempo o el momento preciso en el que José comenzó a recibir las revelaciones más importantes. Muchas de las revelaciones menores o menos importantes, no fueron registradas durante su vida. Sin embargo, podemos asegurar que para la primavera de 1830 el Profeta escribió muchas relacionadas con el Libro de Mormón, la restauración del Sacerdocio y el establecimiento de la Iglesia.

El 6 de abril de 1830, mientras se encontraba organizando la Iglesia, el Profeta recibió una revelación por la que se mandaba a la Iglesia guardar un registro fiel de todos los acontecimientos. (Véase Doctrinas y Convenios 21.) Así fue que Oliverio Cowdery fue apartado como “historiador de la Iglesia”. Durante la conferencia de la Iglesia realizada el 9 de junio de 1830 fue relevado, como consecuencia de otras obligaciones, sosteniéndose en dicha posición a John Whitmer. Lamentablemente, los registros llevados por estos hombres como historiadores son breves e incompletos. Desde la fundación de la Iglesia, el profeta José guardó fielmente un diario y recolectó varias cartas y documentos que llegaron a ser invalorables para la compilación y redacción que se hizo en el año 1838 de su “historia de la Iglesia”. Seguir leyendo

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El prefacio del Señor: Lo que encontramos en Doctrinas y Convenios

Septiembre de 1978
El prefacio del Señor: Lo que encontramos en Doctrinas y Convenios
por Roy W. Doxey

Cuando uno estudia Doctrinas y Convenios, debe recordar que está estudiando el mensaje del Señor Jesucristo dirigido a la gente perteneciente a la última y más grande dispensación del Evangelio: la plenitud de los tiempos. En la sección 1 de Doctrinas y Convenios, tenemos un estudio de lo que el Señor ha dicho concerniente a su mensaje. Esta revelación fue dada en la conferencia de la Iglesia que se llevó a cabo en Híram, Ohio, el 1 de noviembre de 1831, cuando el Sacerdocio reunido adoptó el “Book of Commandments” (Libro de los mandamientos).

Apropiadamente, el Señor presenta la sección 1 con el anuncio de que es El quien se dirige al “pueblo de mi iglesia…” (D. y C. 1:1). Pero su mensaje no es solamente para los miembros de la Iglesia sino “a todo hombre y no hay quien escape…” (D. y C. 1:2). Inmediatamente uno se da cuenta de que el mensaje de esta dispensación es para todos, ya que aclara:

“… la voz de amonestación irá a todo pueblo por las bocas de mis discípulos, a quienes he escogido en estos últimos días.” (D. y C. 1:4.)

Y las revelaciones son “…para publicaros, oh habitantes de la tierra” (D. y C. 1:6).

Para cumplir con sus responsabilidades, los siervos del Señor deben poseer el poder para sellar en la tierra y en los cielos. No solamente los que son dignos deben ser sellados a la vida eterna por medio de este poder, sino también aquellos que rechazan el evangelio y se rebelan en contra de los siervos del Señor después de haber aceptado su mensaje, son sellados para condenación. (Ver D. y C. 1:8-9.) Cuando el Señor venga lo hará para “recompensar a cada hombre según sus obras, y a repartirle a cada hombre conforme a la medida con la que él haya repartido a su prójimo” (D. y C. 1:10).

¿Por qué dirigió el Señor este mensaje de advertencia a las personas de esta generación o dispensación? La respuesta a esta pregunta se encuentra en la sección 1, versículos 11 al 16:

“Por tanto, la voz del Señor llega hasta los extremos de la tierra, para que oigan todos los que quieran oír.

Preparaos, preparaos para lo que viene, porque el Señor está cerca;

Y está encendida la ira del Señor, y su espada se embriaga en el cielo, y caerá sobre los habitantes de la tierra.

Y será revelado el brazo del Señor; y viene el día en que aquellos que no oyeren la voz del Señor, ni la voz de sus siervos, ni hicieren caso de las palabras de los profetas y apóstoles, serán desarraigados de entre el pueblo;

Porque se han desviado de mis ordenanzas, y han violado mi convenio sempiterno.

No buscan al Señor para establecer su justicia sino que todo hombre anda por su propio camino, y conforme a la imagen de su propio Dios, cuya imagen es a semejanza del mundo, y cuya sustancia es la de un ídolo, que se envejece y que perecerá en Babilonia, aun la grande Babilonia que caerá.” Seguir leyendo

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El tiempo de la restauración

Septiembre de 1978
El tiempo de la restauración
por Glen M. Leonard

Los relatos de la restauración del evangelio y de la Iglesia verdadera usualmente comienzan con la primera visión de José Smith, tal como la conocen muy bien los Santos de los Últimos Días. Pero como un prólogo a esta serie de artículos en la historia de la Iglesia, es importantísimo que observemos cuidadosamente el escenario en el cual se llevó a cabo la restauración. Tal como lo escribió el presidente José Fielding Smith: “El amanecer de un nuevo y mejor día comenzó a derramar su luz sobre las naciones”. (Essentials in Church History)

El extenso desarrollo histórico que culminó con la libertad religiosa en los Estados Unidos se remonta a cientos de años. Los bien conocidos desafíos de Martin Lutero a la iglesia medieval, ayudaron a inaugurar la reforma. Pero en lo que concierne a José Smith y las costumbres de su era en Nueva Inglaterra, hubo un reformador cristiano aún mucho más importante, el teólogo suizo Juan Calvino. Fueron las enseñanzas de Calvino las que influenciaron a algunos de los puritanos ingleses a disentir de la iglesia establecida y buscar refugio en las colonias de Norteamérica. Estos, a su vez, ayudaron a establecer conceptos que modelaron las actitudes religiosas en los Estados Unidos. Los puritanos, por ejemplo, se vieron a sí mismos como un pueblo escogido por Dios para levantar en el nuevo mundo una comunidad cristiana ejemplar, una ciudad de Sión.

La religión de los puritanos, a pesar de ser una religión dominante y de gran influencia en las colonias inglesas, no era la única de gran significancia; muchas otras sectas cristianas establecieron congregaciones allí para ayudar a caracterizar a América como una tierra de diversidad religiosa. La revolución de 1776 ayudó a alcanzar la libertad religiosa, al crear un clima político ideal que llevó a la separación formal de la Iglesia y el estado.

Al cundir el movimiento de separación entre la Iglesia y el estado en esta nueva nación, de tiempo en tiempo las cruzadas evangélicas arrollaron al país en grandes movimientos, comenzando en el año 1790 y continuando hasta después de finalizada la guerra entre Inglaterra y los Estados Unidos en el año 1812.

Una de estas cruzadas culminó entre los años 1820 y 1830 en el oeste del Estado de Nueva York, donde vivían muchos ex residentes de Nueva Inglaterra quienes se habían trasladado al oeste en busca de una mejor forma de vida, y se volvieron entonces a la religión tratando de encontrar un verdadero significado en su vida. Algunos procedieron con su propia autoridad a tratar de restaurar el evangelio antiguo; estos son conocidos en la historia religiosa de los Estados Unidos como “restauradores”. Muy a menudo actuaron bajo la ferviente creencia de que la segunda venida del Salvador era inminente.

Uno de estos grupos más activos, quienes se llamaban a sí mismos “los discípulos de Cristo”, (conocidos como los “campbellitas”) tomaron su nombre de sus fundadores, Thomas Campbell y su hijo Alexander. Sidney Rigdon, quien tiempo después llegó a ser un buen amigo del profeta José Smith, era uno de sus predicadores más populares, y había sido bautista antes de unirse a los campbellitas. La Iglesia de los discípulos de Cristo también atrajo a muchos otros que buscaban la verdad, algunos de los cuales llegaron a ser prominentes Santos de los Últimos Días; entre éstos se encontraba Parley P. Pratt. Uno de los temas que más les atraía, era el énfasis que ponía su iglesia en la necesidad de la restauración de los principios básicos del Nuevo Testamento tales como la fe, el arrepentimiento, el bautismo, y el don del Espíritu Santo. Pero algunos de los nuevos conversos se preguntaban si los campbellitas tenían la debida autoridad para administrar las ordenanzas de salvación. Seguir leyendo

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Administración de la Iglesia restaurada

8 de enero de 1978. Discurso pronunciado, ante los alumnos de las estacas de la Universidad de Brigham Young.
Administración de la Iglesia restaurada
por el presidente N. Eldon Tanner

N. Eldon TannerMi deseo es poder ayudarles a comprender y a saber que pertenecen a la Iglesia de Jesucristo, la cual fue instituida por revelación y se encuentra actualmente dirigida por un Profeta de Dios guiado por Jesucristo; y hacerles saber la manera en que la misma opera. Ya que éste es un tema muy extenso, será necesario que sea breve.

Me gustaría recordarles que es por medio de la revelación que sabemos que esta tierra fue creada para nosotros. Veamos lo que esto significa: la tierra fue creada para que moráramos aquí y nos preparáramos por medio de la obediencia para regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial. En el concilio de los cielos, Jesucristo fue elegido para que fuera el Salvador del mundo. El vino a esta tierra y dio su vida gustosamente por nosotros a fin de que pudiéramos gozar de la vida eterna. La Iglesia, tal como se encuentra establecida en la actualidad, es el resultado de la aparición del Padre y su Hijo Jesucristo a un joven llamado José Smith; y desde ese entonces ha sido guiada por revelación. Tenemos El Libro de Mormón que fue traducido por revelación y cuyo relato ya conocéis.

Pedro, Santiago y Juan restauraron el Sacerdocio Aarónico y el Sacerdocio de Melquisedec. Concerniente al establecimiento de la Iglesia leemos lo siguiente:

“El origen de la Iglesia de Cristo en los últimos días… por la voluntad y los mandamientos de Dios…

los cuales mandamientos fueron dados a José Smith, hijo, quien fue llamado de Dios y ordenado apóstol de Jesucristo, para ser el primer élder de esta iglesia.” (D. y C. 20:1-2.)

Más adelante, leemos:

“He aquí, se llevará entre vosotros una historia; y en ella tú serás llamado vidente, traductor, profeta, apóstol de Jesucristo, élder de la iglesia por la voluntad de Dios el Padre, y la gracia de tu Señor Jesucristo.” (D. y C. 21:1.)

Frecuentemente escuchamos decir que la Iglesia es gobernada por la gente, cuando en realidad la Iglesia es gobernada por Dios por medio de sus representantes los cuales Él ha elegido, tal como lo dice uno de nuestros Artículos de Fe:

“Creemos que el hombre debe ser llamado de Dios, por profecía y la imposición de manos, por aquellos que tienen la autoridad para predicar el evangelio y administrar sus ordenanzas.” (Artículos de Fe 5.)

Esta es la manera en que fue escogido José Smith como presidente de la Iglesia y apartado por aquellos que tenían la autoridad para hacerlo.

Siempre ha sido un testimonio para mí leer la Sección 107 de Doctrinas y Convenios, y ver que nos fueron dados todos los oficios del Sacerdocio y cada una de sus responsabilidades. Me gustaría leer un poco más al respecto;

“Tres Sumos Sacerdotes Administradores, del Sacerdocio de Melquisedec, escogidos por el cuerpo, nombrados a ese oficio y ordenados, y sostenidos por la confianza, fe y oraciones de la Iglesia, forman el Quorum de la Presidencia de la Iglesia.

Además, el deber del Presidente del Sumo Sacerdocio es presidir a toda la iglesia, y ser semejante a Moisés—

…sí, ser un vidente, un revelador, un traductor y un profeta, teniendo todos los dones que Dios confiere sobre la cabeza de la iglesia.” (D. y C. 107:22, 91-92.)

Y de nuevo:

“Los doce consejeros viajantes son llamados para ser los Doce Apóstoles, o testigos especiales del nombre de Cristo en todo el mundo—así se distinguen de los otros oficiales de la iglesia en los deberes de su llamamiento—

Y constituyen un quorum con igual autoridad y poder que el de los tres presidentes ya mencionados.” (D. y C. 107:23-24.)

Lo siguiente se encuentra registrado en Enseñanzas del Profeta José Smith:

“En seguida el presidente Smith se puso a explicar el deber de los Doce, así como su autoridad, que sigue a la de la presidencia actual… Los Doce no tienen que responder a nadie sino a la Primera Presidencia, ‘a saber —dijo el Profeta— a mí, a Sidney Rigdon y a Federico G. Williams, que ahora son mis consejeros; y donde yo no estuviere, (quería decir el Presidente de la Iglesia), no habrá Primera Presidencia sobre los Doce’.” (Enseñanzas del Profeta José Smith, págs. 122-23.) Seguir leyendo

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El alma de la Iglesia

Julio de 1978
El alma de la Iglesia
por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballTestificar no es algo extraño o excéntrico sino que es una parte fundamental de la Iglesia. . . Recuerdo que daba mi testimonio cuando era sólo un niño que asistía a la Primaria y a la Escuela Dominical; es básico, es importante. Algunos críticos dicen que es absurdo que los niños pequeños testifiquen, ya que no pueden saber si esto es verídico. Indudablemente su conocimiento es limitado, pero pueden tener sentimientos, y los testimonios son sentimientos y no simplemente la acumulación de hechos.

Los testimonios provienen del corazón y de este modo se convierten en algo básico… En toda la iglesia tenemos testimonios. Cuando nos reunimos con un grupo de presidentes de misión, expresamos nuestro testimonio, y en cualquier parte que los miembros se reúnan en grupos pequeños, expresan sus testimonios formal o informalmente.

Nosotros, los de los Doce, también expresamos nuestro testimonio en el hogar.

Durante los dieciocho años y medio que he formado parte del Consejo de los Doce, hemos efectuado una reunión trimestral de testimonios. Por la mañana temprano los Doce asistimos juntos al templo, ya que el mismo no está lejos de las oficinas generales, y vamos a nuestra propia sala ubicada en el cuarto piso. Esta es una sala en la que se encuentran doce sillas tapizadas con cuero; son muy antiguas y están dispuestas en semicírculo. Creo que han sido ocupadas por apóstoles durante por lo menos medio siglo. El cuero está muy desgastado pero aún continúan siendo muy cómodas; nos acompaña nuestro secretario; el presidente Smith se sienta en un extremo y el miembro más nuevo en el otro. Tomamos nuestros puestos y cantamos; el hermano Lee toca el órgano, o él dirige la música y yo toco el órgano. Oramos muy fervientemente para que el Espíritu del Señor nos acompañe y luego escuchamos las minutas de nuestra última reunión con todos los detalles. La lectura de éstas requiere quince o veinte minutos y es emocionante porque oímos nuevamente los testimonios que dieron los hermanos hace tres meses,

Luego el presidente Smith, que es el presidente de los Doce, por lo general se pone de pie con sus libros en la mano y nos ayuda a obtener una nueva comprensión de las Escrituras, me imagino que en forma muy semejante a como lo hizo el Señor cuando se encontró con los dos hombres en el camino a Emaús. . .

Estamos ayunando; dos de nosotros bendecimos la Santa Cena y la repartimos a cada uno de los presentes; luego comienzan los testimonios. Pasamos tres o cuatro horas testificando; os menciono esto para que sepáis que dar el testimonio es una parte básica e importante del programa de la Iglesia. Si los Doce Apóstoles tienen la necesidad de expresar los suyos cuando se reúnen y demostrar su gratitud al Señor, entonces quizás los misioneros también lo necesiten para sostenerse, elevarse e inspirarse, y para mantener el fuego vivo. Cantamos de nuevo, oramos y luego volvemos a nuestros deberes regulares.

Tenemos también otra reunión de testimonios cada seis meses, el jueves que precede a la Conferencia General. Todas las Autoridades Generales se reúnen en la sala de la Presidencia y el Consejo de los Doce, que se encuentra en el templo. A la cabecera se encuentra una silla que ocupa el Presidente. En esa silla jamás se sienta otra persona que no sea el Profeta del Señor. Aunque sus consejeros dirijan la reunión durante su ausencia, ellos siempre ocupan sus propios asientos.

Estamos haciendo ayuno y dos de los hermanos administran el sacramento, éstos son generalmente miembros de los Doce. Luego seguimos con nuestros testimonios; el Patriarca, un miembro del Obispado Presidente, uno de los Setenta, uno o más de los Apóstoles, y los tres miembros de la Primera Presidencia, expresan su testimonio. Es una gloriosa experiencia concluir la reunión escuchando el testimonio del Profeta del Señor; verlo ponerse de pie y decir: “Sé que el evangelio es verdadero; sé que el Señor está respondiendo y nos está revelando su voluntad”.

Os repito, esa es una experiencia inolvidable.

Menciono esto a fin de que no tengáis la creencia de que las reuniones de testimonios son algo superficial que se aplica únicamente a la misión. Este es el programa de la Iglesia; es eficaz y poderoso. … es el alma de la organización y de la Iglesia.” (Enero de 1962.)

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La Santa Cena y los convenios

Julio de 1978
La Santa Cena y los convenios
Adaptado de un artículo escrito por W. Colé Durham, Jr.

W. Colé Durham, Jr.Me parece que la Santa Cena significa mucho más que el simple acto de sentarse en silencio y pensar en Cristo mientras participamos de los emblemas que simbolizan su expiación, ya que la misma constituye uno de los elementos vitales del proceso del arrepentimiento.

“Ofrecerás un sacrificio al Señor tu Dios en justicia, aun el de un corazón quebrantado y un espíritu contrito. . . irás a la casa de oración y ofrecerás tus sacramentos en mi día santo.” (D. y C. 59:8, 9.)

Si consideramos la. Santa Cena como una oportunidad de hacer una ofrenda específica y personal, como por ejemplo, la humilde promesa de superar una debilidad que nos esté separando del Salvador, este sacramento adquirirá un mayor significado en nuestra vida.

Todo lo que respecta a la Santa Cena, tiene por objeto ayudarnos a aumentar nuestro entendimiento de la expiación del Salvador; cuando El la instituyó, mandó a los hombres participar de ella para recordar su supremo sacrificio. “Haced esto en memoria de mí”, les dijo Jesucristo a los Doce en el aposento alto (Lucas 22:19).

Los presbíteros que cada semana bendicen la Santa Cena en nuestros barrios y ramas, oran diciendo: “Para que lo coman en memoria del cuerpo de tu Hijo” y “para que lo hagan en memoria de la sangre de tu Hijo que fue vertida para ellos; para que den testimonio ante ti, oh Dios, Padre Eter no, de que siempre se acuerdan de Él” (D. y C. 20:77,70).

Pero, ¿de qué manera podemos recordar verdaderamente a Cristo? ¿Qué oportunidades nos proporciona él referido sacramento para acercarnos más al Salvador? Por una parte, el concepto de tomar sobre nosotros el nombre de Cristo, como se menciona en la oración sacramental, nos ayuda a estar conscientes de nuestra relación personal con el Redentor. Tomamos sobre nosotros su Santo Nombre cuando nos unimos a su Iglesia, por lo que entonces se nos denomina miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días; pero el tomar sobre nosotros su nombre implica mucho más que eso. A causa del convenio que hicimos en el bautismo, nos hemos convertido en “progenie de Cristo”, “engendrados espiritualmente” por El (Mosíah 5:7). Su nombre es el único “por el cual viene la salvación” (Mosíah 5:8), y cuando vivimos dignos de llevar ese nombre, desarrollamos en forma progresiva la comprensión y el testimonio del poder de la expiación de Cristo.

Cuando con nuestras acciones observamos el cometido sacramental de guardar los mandamientos, recibimos fortaleza espiritual; y una vez que empezamos a comprender la importancia de renovar nuestros convenios de ese modo, nos damos cuenta de que aprender a participar de la Santa Cena en todo sentido de la palabra, requiere más que el asistir a la capilla durante dos períodos sacramentales cada domingo; es una tarea que involucra todos los aspectos de nuestra vida. Seguir leyendo

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