Juventud, la fuerza de la Iglesia

8 de marzo de 1975, Conferencia General de Área en Buenos Aires
Juventud, la fuerza de la Iglesia
por el élder Mark E. Petersen
del Consejo de los Doce

Mark E. PetersenApreciamos el privilegio de reunirnos con vosotros en esta conferencia.

La juventud de la Iglesia es fuerte en la fe y estamos agradecidos por ella.

Siempre es motivo de inspiración reunirnos con los jóvenes mormones, y así recibimos una nueva seguridad de que el futuro de la Iglesia es ciertamente brillante.

Es grandioso poder congregarnos de esta forma. Quisiera que fuera posible poder reunimos con toda la juventud de la Iglesia en una gran congregación, para poder así ver con cuántos jóvenes contamos en la Iglesia.

Mirad alrededor de vosotros y ved cuántos sois. Pensad en aquellos que no han podido venir a esta reunión y sumad su número al de vosotros que os encontráis aquí. Probablemente haya cinco veces más de los que hoy nos encontramos reunidos, que no han podido venir. Pensemos luego en la cifra de jóvenes de vuestra edad que tenemos en toda la Iglesia.

¿Sabéis cuántos hay? Aproximadamente 400.000 en toda la Iglesia. Vosotros representáis a algunos países, pero hay grupos similares en otros países sudamericanos ya que tenemos ramas en muchos lugares de este gran continente.

A través del mundo tenemos congregaciones de santos en 62 diferentes naciones. Esto significa que hay grupos de jóvenes miembros de la Iglesia que creen en el evangelio restaurado, en 62 naciones del mundo.

¿Veis ahora cuán fuerte es la Iglesia?

¿Y sabéis cuán rápidamente está creciendo? Por ejemplo, tenemos ahora 115 misiones en varias partes del mundo. Hace diez años teníamos solamente 74. En los últimos diez años nuestra población total ha aumentado en un millón de miembros. Hace diez años era de 2.400.000 y hoy es de 3.400.000.

En la actualidad estamos llevando a cabo trabajo misional en 60 naciones; hace diez años solo estábamos en 39.

Ahora tenemos casi 700 estacas de la Iglesia en naciones de Sudamérica a Escandinavia, de Sud África a Alaska, de los Estados Unidos a Australia y en las islas de los Mares del Sur.

Hace diez años teníamos solamente 412 estacas.

Hoy tenemos 18.000 misioneros regulares laborando en todas partes del mundo. Hace diez años teníamos solamente 7.000.

Hasta hace poco, la gente del mundo pensaba que todos los misioneros debían proceder de los Estados Unidos, y que ellos serían quienes debían llevar el evangelio al resto del mundo.

Ahora, bajo nuestro nuevo presidente de la Iglesia, Spencer W. Kimball, hemos sido instruidos de que todos los jóvenes, sin importar la nacionalidad, deben ayudar en la obra misional, y que especialmente todo joven digno de la Iglesia, bien preparado, debe salir a cumplir una misión. Seguir leyendo

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Las responsabilidades de los padres

8 de marzo de 1975, Conferencia General de Área en Buenos Aires
Las responsabilidades de los padres
por el presidente N. Eldon Tanner
de la Primera Presidencia

N. Eldon TannerHa sido un privilegio para nosotros escuchar a los hermanos que nos han hablado y nos han aconsejado sabiamente e inspirado a llevar una vida mejor. Especialmente hemos sido muy afortunados en tener a nuestro Profeta con nosotros y saber que estos mensajes inspiradores han provenido realmente del Señor. Sólo ruego y espero que recordemos y pongamos en acción las enseñanzas que Él nos ha dado y continuará dándonos durante esta conferencia.

Esta noche hemos escuchado muchos consejos y advertencias que se nos han dado bajo la dirección del Espíritu del Señor y que nos ayudarán en forma práctica y real a cumplir con nuestros deberes de padres.

No se nos puede conferir mayor responsabilidad, privilegio ni bendición que el ser padres dignos. No importa cuán grandes puedan ser los logros fuera del hogar, nadie va a tener mayor recompensa en los cielos que aquel fiel y devoto padre que haya ayudado a sus hijos a conocer a Dios y a su hijo Jesucristo y a vivir de acuerdo con sus enseñanzas.

Siempre he sentido enorme gratitud hacia mi Padre Celestial por haberme permitido nacer de buenos padres y siempre ruego que pueda ser merecedor de las enseñanzas que recibí en el hogar y del ejemplo que ellos me dieron. Mis padres eran honesto, pudorosos, y rectos al extremo, y esperaban lo mismo de mí. No dudaba yo que ellos sabían que el evangelio es verdadero, y que deseaban y estaban determinados a vivir guardando los mandamientos de Dios. Ellos esperaban que yo hiciera exactamente lo mismo, que caminara rectamente ante mi Padre Celestial, y viviera de modo tal que mereciera la confianza de mis amigos y asociados, manteniéndome moralmente limpio; que guardara el día del Señor y la Palabra de Sabiduría estrictamente, que pagara mi diezmo y ofrendas, y orara diariamente sabiendo que mi Padre Celestial estaba allí para contestar mis oraciones y para fortalecerme y guiarme cuando yo lo necesitara.

La noche de hogar ofrece una gran oportunidad para que padres e hijos lleguen a comprenderse y conocerse mejor, y para discutir los problemas de la familia. Es imperativo que ellos se den cuenta, sientan y sepan sin ninguna duda que les tenéis completa confianza; que estáis interesados en los problemas que puedan tener, y que haréis todo lo posible para ayudarles a resolverlos; que ellos pueden depositar toda su confianza en vosotros. Es muy triste cuando un niño siente que no puede confiar en sus padres, en verdad es triste.

Me gustaría leer fragmentos de una carta que fue enviada al editor de la sección de la Iglesia del periódico Descreí News, de Salt Lake City, y voy a parafrasear algunas partes. El autor de la carta cuenta que él y su esposa habían ido a cenar a la cabaña de campo de unos amigos en un lugar retirado. En el camino de regreso él recordó que necesitaba hablar con su amigo nuevamente y buscó un teléfono público desde donde pudiera llamarlo.

Mientras él estaba hablando una joven atractiva se acercó a su esposa, que había quedado sentada en el auto estacionado en el costado del camino, y le preguntó si sería posible que la llevaran con ellos a la ciudad. Le explicó que había sido ofendida y asustada por su joven amigo en una zona retirada del camino, y por esto se había bajado del auto, caminando en la obscuridad a lo largo de la carretera en busca de un teléfono desde donde pudiera llamar a alguna amiga que fuera a recogerla.

«Estaba tan asustada que cuando vio a mi esposa en el auto se acercó a pedirle ayuda a pesar de que ésta era una completa desconocida.

Le dijo que temía llamar a sus padres porque ellos ‘morirían’ si supieran que su hija estaba en esa situación. Y agregó: ‘Somos muy religiosos; supongo que ustedes no son mormones ¿no es así?'»

Continúo leyendo la carta: «Cuando mi esposa le dijo que yo era un obispo, la joven exclamó con gran alivio, ‘¡oh, vine al lugar correcto ¿no es cierto?’

Me impresionó el hecho de que ella tenía miedo de llamar a sus padres; había tenido suficiente valor como para bajarse del auto de su amigo, caminar por el obscuro camino y acercarse a una desconocida a pedir ayuda, pero sin embargo le faltaba el valor de hacer saber a sus padres su necesidad y su peligro.»

El hombre terminaba la carta rogando al editor que escribiera una columna editorial exhortando a los padres a que les expresen a sus hijos cuánto los aman; que les digan que están listos para ayudarles en todas las circunstancias y bajo cualquier condición, y también a exhortar a los hijos a que confíen en los padres, que los llamen cuando los necesiten, sintiéndose seguros que sus padres los aman, y que siempre son sus mejores amigos.

Por cierto que se debe prevenir a la gente joven para que eviten encontrarse en tales situaciones en primer lugar. El editor entonces hace la siguiente declaración: «Las reglas rigurosas no establecen confianza ni seguridad. La comprensión y el amor mutuo entre padres e hijos son vitales en las relaciones familiares. Cuando los padres fallan en establecer esta confianza en la mente de sus hijos, fallan en un asunto de mucho mayor importancia que la apariencia de piedad angelical.»

Ahora, mis queridos hermanos, no puedo poner más énfasis en las cosas que les han sido dichas esta noche. Estemos completamente agradecidos por ser padres de esos espíritus que nos fueron enviados por Dios para que los preparemos a volver a su presencia. Que podamos tener el amor, el entendimiento y la confianza necesarios para enseñar a nuestros hijos lo que sea necesario para que ellos disfruten de la vida eterna. Que el Señor nos dé la fortaleza, el valor y el entendimiento para aceptar nuestra responsabilidad como padres, y que vivamos así, en forma tal que podamos llevar nuevamente a nuestra familia a la presencia de nuestro Padre Celestial; que podamos decir que hemos peleado la buena batalla, que hemos conservado la fe y así recibir la gloriosa respuesta: «Bien, buen siervo y fiel; entra en el gozo de tu Señor». Esto lo ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.

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El poder del amor paternal

8 de marzo de 1975, Conferencia General de Área en Buenos Aires
El poder del amor paternal
por el élder Delbert L. Stapley
del Consejo de los Doce

Delbert L. Stapley.Mis hermanos, hermanas y amigos: En estas asignaciones de la Conferencia de Área no se nos señala un tema específico para desarrollar. Me gustaría compartir con vosotros lo que he preparado para esta noche. Las escrituras nos enseñan que nuestro Dios es un Dios de amor. Su amor máximo por nosotros se manifestó cuando envió a su Hijo Unigénito al mundo, para que por medio de El pudiésemos vivir. (Véase 1 Juan 4:9.)

El amor que existe entre el Padre Eterno y su Hijo Unigénito ha existido y existe hasta cierto punto entre otros padres e hijos. No debemos sentir que ese tipo de amor es superior a nuestra habilidad para recibir y dar. No podremos igualar el amor perfecto que nos mostró el Salvador, porque Cristo es el epítome del amor perfecto; sin embargo, es una meta que todos debemos esforzarnos por lograr.

La necesidad más apremiante que el mundo tiene en la actualidad, para poder remediar sus necesidades y problemas, es que el hombre se vuelva a Dios con amor y obediencia a su voluntad. El remedio para todas las enfermedades y los errores, las preocupaciones, las angustias y los crímenes de la humanidad está comprendido en una sola palabra: amor.

El amor, si se utiliza en su contexto apropiado, conservará unidos a los pueblos de la tierra en comprensión, hermandad y paz.

Si el amor tierno, profundo y compasivo que Jesús practicó y recomendó se manifestara en todo corazón, se realizarían los ideales más nobles y gloriosos de la humanidad, y faltaría poco para que este mundo fuera un reino de los cielos. El amor es el cielo sobre la tierra; por cierto, el cielo que yace arriba no sería cielo sin amor.

El apóstol Pablo define el amor como el vínculo de la perfección y la paz. (Véase Colosenses 3:14.) Es el antiguo, el nuevo y el grande mandamiento; porque el amor es el cumplimiento de la ley.

El amor se manifiesta en la caridad del alma. Se expresa en un ejemplo semejante al de Cristo, en palabras, en hechos, en atenciones consideradas y en actos bondadosos. Es la purificación del corazón; fortalece el carácter; da un motivo más elevado y un fin positivo a todo acto de la vida. El poder para amar verdadera y devotamente es el don más noble con que se puede investir a un ser humano. El amor verdadero es eterno e infinito.

El amor comienza en el hogar cuando padres devotos imparten cariño y cuidado amoroso a sus hijos, los tratan con bondad y amor y comprensión, procurando ganarse su amor y confianza, y preocupándose por su bienestar y felicidad.

El apóstol Pablo dio este sabio consejo: Seguir leyendo

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Canal hacia el conocimiento y la perfección

8 de marzo de 1975, Conferencia General de Área en Buenos Aires
Canal hacia el conocimiento y la perfección
por el élder J. Thomas Fyans
Ayudante del Consejo de los Doce

J. Thomas FyansQueridos hermanos: Al volar sobre esta hermosa tierra de Sudamérica una y otra vez, me he sentido impresionado con la vista aérea de los ríos Amazonas y Río de la Plata. No solamente son estos los ríos más grandes del mundo, sino que muchos de sus afluentes también son grandes ríos, navegables por muchos kilómetros.

Un detalle interesante de estos ríos es la diferencia de sus colores. El Madeira, por ejemplo, es denominado río blanco a causa de que sus aguas transportan finas partículas de arcilla a lo largo de su curso. El color oscuro del río Negro es consecuencia de los desperdicios de materias orgánicas recogidas en los bosques a través de los cuales pasa. Y hay otros que fluyen sobre arenas blancas y a menudo se ven de un color verde esmeralda o azul turquesa.

Así como estos ríos adquieren diferentes colores por las sustancias que recogen en su fluir, así también la corriente de nuestros pensamientos adquiere el color de los materiales que se utilicen para canalizarlos. Las escrituras indican que como un hombre «piensa en su corazón, tal es él.» El material que leemos, por ejemplo, tiene un gran efecto en la naturaleza de nuestros pensamientos. Necesitamos, por lo tanto, preocuparnos no solamente de evitar la literatura trivial, sino además, de llenar nuestra mente con conocimiento del evangelio, con material que edifique nuestro testimonio; y debemos velar porque nuestros hijos hagan lo mismo. Es por eso que se nos ha mandado escudriñar las escrituras.

Cuando el Salvador fue tentado en el desierto, respondió declarando que «No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.» Y en Doctrinas y Convenios el Señor amplía este concepto declarando que sea su palabra hablada por su propia voz o por la voz de sus siervos, es lo mismo.

Hermanos y hermanas, es ésta una maravillosa oportunidad la de reunimos en esta conferencia de área. Es una gran recompensa saber que muchos habéis sacrificado tiempo y dinero para poder sentaros frente al Profeta y recibir instrucciones. Es posible que os haya invadido el pensamiento de: «Si tan sólo pudiera hacer esto más a menudo. . .» Padres, imaginaos sentados con vuestros hijos en la sesión del sacerdocio de la Conferencia General en Salt Lake City. Imaginad que escucháis al presidente Kimball hablar de David y Goliat y de cómo el joven David tuvo fe en el Señor; que oís al Profeta dando consejos firmes y prudentes a vuestros hijos, bendiciendo; a los jóvenes y dándoles su testimonio. ¿No sería maravilloso? ¿Qué no daríais por vivir esa experiencia?

Una buena forma en que los miembros de Argentina, Chile, Uruguay y Paraguay pueden recibir las palabras del Señor a través de la boca de sus siervos, es subscribiéndose y leyendo la revista Liahona. En sus páginas se hallan los mensajes de la Primera Presidencia así como también consejos dados por las Autoridades Generales. Además, esta revista contiene muchos otros materiales preparados para elevar, inspirar, y también informar a los miembros de la Iglesia. Seguir leyendo

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La Iglesia y el hogar

8 de marzo de 1975, Conferencia General de Área en Buenos Aires
La Iglesia y el hogar
por el élder Franklin D. Richards
Ayudante del Consejo de los Doce,

Franklin D. RichardsMis queridos hermanos y hermanas; Con gran humildad he aceptado la asignación de hablaros y estoy seguro que todos hemos sido inspirados y fortalecidos. Estoy seguro que después de haber escuchado los importantes mensajes de amonestación y consejo de nuestros profetas, será un estímulo para nosotros. Es un placer estar de vuelta en Sudamérica con vosotros, y ruego que el Señor nos bendiga con su Espíritu mientras os hablo.

Discutiendo asuntos relacionados a los padres, el hogar y la Iglesia, frecuentemente surge la pregunta «¿Qué está primero, el hogar o la Iglesia?»

El élder John A. Widtsoe dijo que «ninguno está primero. Son uno solo.» (Evidences and Reconciliaiions, p. 318) Ambos, el hogar y la Iglesia son parte del plan de salvación del evangelio.

Nuestro Padre Celestial nos ha permitido, como padres, colaborar con El en traer a sus hijos espirituales a esta tierra. ¡Qué bendecida relación!

El presidente J. Reuben Clark dijo;

«Somos responsables por el tabernáculo moral de ese espíritu; y. . . el niño virtualmente responde a la invitación de aquellos que lo engendran… Es vuestra la responsabilidad de ver que ese espíritu no pierda la oportunidad de probar su dignidad y rectitud al vivir en este segundo estado.

. . . Padres, no podéis privar de esa responsabilidad a nadie. . . La Iglesia no puede tomar la responsabilidad de enseñar a vuestros hijos, siendo que ésta es sólo vuestra. La Iglesia puede ayudar, y debería ser la ayuda más grande; y somos negligentes si como Santos de los Últimos Días a como organización de la Iglesia no proveemos esa ayuda.

Pero más que ésta. . . es la familia, y como padres tenemos la responsabilidad de cumplir con todas nuestras obligaciones al respecto.» (Church News, feb. 1a de 1975.)

Como padres, pienso que no solamente tenemos responsabilidades frente a nuestros hijos, sino frente a nosotros mismos. Somos responsables de salvar primeramente nuestra propia alma.

El Salvador enseñó que el gran mandamiento era amar a Dios y el siguiente amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. (Véase Mateo 22:36-39.)

Frente a nosotros tenemos la responsabilidad de desarrollar el máximo potencial, para vivir de tal manera que seamos dignos de volver a la presencia de nuestro Padre Celestial. Sin embargo, esta meta no puede alcanzarse a través de un egoísta interés personal, sino sólo por el servicio a nuestro Padre Celestial y a nuestros semejantes.

El matrimonio es instituido por Dios (D. y C. 49:15), para el progreso y la protección de la familia. Seguir leyendo

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La familia y el hogar

8 de marzo de 1975, Conferencia General de Área en Buenos Aire
La familia y el hogar
por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballEstimados hermanos: Es un verdadero gozo estar con vosotros en esta reunión especial para los padres. Lo que enseñéis a vuestros hijos hoy, se verá reflejado en su vida y en la vida de la Iglesia en el futuro. Estos son tiempos verdaderamente turbulentos; el mundo está lleno de violencia y día a día nos llegan noticias que lo confirman. Mosíah declaró:

«. . . si mi pueblo sembrare inmundicia, recogerá sus despojos en el torbellino. . .» (Mosíah 7:30).

La insubordinación reina entre la juventud. Exigen las mal llamadas libertades en el sexo y en la vida social. Para nosotros es extremadamente difícil hacerle frente a esta situación. El Señor hizo mención a esta situación cuando dijo:

«Porque he aquí, en aquel día él (Satanás) enfurecerá los corazones de los hijos de los hombres, y los agitará a la ira contra lo que es bueno. . . y así el diablo engaña sus almas, y los conduce astutamente al infierno.» (2 Nefi 28:20-21.)

¿Podemos detener este curso tan desfavorable? La respuesta es sí, siempre y cuando nos unamos para enfrentarlo. El pían es simple y a la vez sin costo alguno. Si cada hombre continúa efectuando la noche de hogar semanalmente y si existe amor y afecto total entre los cónyuges, estamos seguros de que los hijos podrán recapacitar.

El Señor dijo en otra oportunidad:

«Pero yo os he mandado criar a vuestros hijos conforme a la luz y la verdad.» (D. y C. 93:40.)

El espíritu de estos tiempos es mundano. El Señor ofreció un antiguo y buen programa, bajo una nueva fase. Siempre ha sido la norma de la Iglesia recalcar la importancia de la vida familiar. Nefi, en el comienzo del Libro de Mormón dijo:

«Yo, Nefi, nací de buenos padres y recibí, por tanto, alguna instrucción en toda la ciencia de mi padre;… sí, he gozado de un conocimiento grande de la bondad y los misterios de Dios, y es por esto que escribo la historia de los hechos de mi vida.» (1 Nefi 1:1.)

¡Si los padres tan sólo enseñaran a sus hijos tal como Lehi y Saríah educaron a Nefi y sus hermanos! Tiene un gran significado para mí la declaración, de Nefi: «. . .creí todas las palabras que mi padre había hablado. . .» (1 Nefi 2:16). Nuestros padres deberían criar de la misma manera a sus hijos, en amor, bondad y unidad. Indudablemente Saríah cooperó con Lehi para instruir a sus hijos, pero fue el padre quien los reunió y se encargó de la supervisión general. Volviendo al Libro de Mormón, tenemos a Enós que dice:

«… sé que mi padre fue un varón justo: pues me instruyó en su idioma. . . en el conocimiento y amonestación del Señor—y bendito sea el nombre de Dios por ello—» (Enós 1:1). Seguir leyendo

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Edificar el reino

8 de marzo de 1975, Conferencia General de Área en Buenos Aires
Edificar el reino
por el élder Franklin D. Richards
Ayudante del Consejo de los Doce

Franklin D. RichardsMis queridos hermanos y hermanas:

Es un gran placer para mí estar aquí entre vosotros y gozar de este espíritu tan bueno.

Es mi testimonio que Dios vive y que Jesucristo es su Hijo y nuestro Redentor y Salvador.

Tengo un testimonio sincero de que el evangelio fue restaurado en éstos, los últimos días, por medio del Profeta José Smith y que hoy día tenemos un profeta que dirige la Iglesia, el presidente Spencer W. Kimball.

Ruego a Dios que os sostenga y que recibáis bendiciones por medio de Él.

Ojalá que pudiera dar el resto de mi discurso en español. Me siento honrado de haber sido invitado a asistir a esta importante conferencia de área, y de poder hablaros. Muchos recordaréis que mi esposa y yo hemos tenido el privilegio de trabajar con el presidente Kimball y su esposa de 1965 a 196S en las misiones y estacas de Sudamérica. Durante estos años hemos aprendido a amaros y admiraros, maravillosa gente sudamericana, por la calidez y dedicación que tenéis para la Iglesia. Me hace feliz estar de regreso aquí con vosotros otra vez.

Fue aquí en Buenos Aires, el 20 de noviembre de 1966, que fue organizada la primera estaca en Argentina por el presidente Kimball con el hermano Abrea como Presidente. Más tarde, el 12 de noviembre de 1967, se organizó la Estaca de Montevideo. ¡Cómo ha crecido el reino de Dios en esta zona en pocos años! A través de vuestra dedicación y buena voluntad de ser misioneros, habéis hecho una tremenda contribución a ese crecimiento. Nunca olvidemos que esta es una Iglesia misionera.

En esta Iglesia nos llamamos el uno al otro hermano y hermana, por que reconocemos que somos todos hijos de nuestro Padre Celestial.

Qué tremendo efecto tiene este conocimiento en la vida de aquellos que aceptan esa doctrina. Sabemos que nuestro Padre Celestial nos ama y que está interesado en nuestro bienestar, progreso y desarrollo. El dijo: »Porque he aquí, ésta es mi obra y mi gloria, llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre» (Moisés 1:39).

Siendo hijos de nuestro Padre Celestial, somos bendecidos con muchos talentos y poseemos grandes potenciales.

En la parábola de los talentos, el Señor nos enseña la necesidad de desarrollar los que tengamos. Nos cuenta de un hombre que estaba a punto de partir para un largo viaje y entonces reunió a sus sirvientes y les confió sus bienes a ellos. A uno le dio cinco talentos, dio dos a otro, y uno al otro. Dio a cada hombre de acuerdo con sus habilidades.

Cuando el maestro estaba lejos, el que había recibido cinco talentos los usó y ganó otros cinco más. El que recibió dos talentos los usó también y ganó dos talentos más. Pero el que había recibido uno lo enterró. Seguir leyendo

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La verdad de Dios en cada nación

8 de marzo de 1975, Conferencia General de Área en Buenos Aires
La verdad de Dios en cada nación
por el presidente Hartman Rector Jr.
del Primer Consejo de los Setenta

Hartman Rector, JrEs un honor y un privilegio saludaros en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Estamos reunidos en su nombre, y es por El que estamos aquí. Todo lo bueno que hacemos en esta vida, proviene de Él.

Voy a apartarme del mensaje que tenía preparado esta tarde, para deciros que yo soy uno de vosotros. Soy un converso a la Iglesia como muchos de vosotros.

Soy el resultado de la obra de dos misioneros. Ellos golpearon a mi puerta un día en que yo no estaba en casa, pero mi señora estaba allí con nuestros dos hijos. Los invitó a entrar y ellos le dieron el folleto: “El testimonio de José Smith» y un ejemplar del Libro de Mormón.

Cuando llegué a casa, ella me contó la historia de José Smith. Cómo un jovencito, casi en nuestra época moderna, había tenido una visión del Padre y su Hijo. Pensé que se trataba del relato más absurdo que jamás había oído, y me reí. Al verme reír, ella rompió en llanto, y fue por sus lágrimas que con-sentí en leer algo del material que aquellos misioneros mormones habían dejado en nuestro hogar.

Leí la historia de José Smith. En realidad, no decía nada más de lo que mi esposa me había dicho. No creo que el poder de este testimonio se transmita a través de palabras escritas; es necesario tener a un élder o una hermana allí, que testifiquen acerca de lo que saben que es verdadero. Cuando así sucede, el Espíritu Santo lo confirma en el corazón de la persona, si ella es honesta y sincera, y lo sabrá con certeza.

Pero eso no me Sucedió a mí, de modo que comencé a leer el Libro de Mormón. No había terminado primer Nefi cuando me encontré deseando por sobre todas las cosas de este mundo, que ese libro fuera verdadero. Había ofrecido una simple oración. La había ofrecido una vez, lo había hecho mil veces. Era simple: “Querido Dios, por favor, muéstrame la verdad; por favor, condúceme a la verdad». Y he aquí que sin ningún esfuerzo de mi parte, me envió a aquellos dos jóvenes a mi hogar con la verdad.

Nuestros misioneros salen a proclamar la verdad sobre Dios a cada nación donde se les permita entrar. Y éste es el mensaje que llevan:

  1. Dios vive.
  2. Es una persona real de carne, huesos y espíritu.
  3. El ama a todos sus hijos.
  4. Escucha y contesta nuestras oraciones.
  5. Envió a su Unigénito en la carne para ser el Salvador y Redentor de sus hijos y mostrarles cómo deben vivir, a fin de asegurar para ellos y sus familias las bendiciones de los cielos.
  6. Testifican que Dios es el mismo de ayer, hoy y para siempre.
  7. Que El no hace acepción de personas y ha enviado profetas a la tierra, para que guíen y dirijan a sus hijos en toda época.
  8. En la misma forma en que hablaba a sus hijos en el pasado mediante los profetas, «los santos hombres de Dios» que «hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo», y sus palabras fueron escritura, así habla El ahora. En el año 1820 llamó a un jovencito, José Smith, le habló desde los cielos y le dio mandamientos.

«Y también les di mandamientos a otros para que proclamasen estas cosas al mundo; y todo esto para que se cumpliese lo que escribieron los profetas: Seguir leyendo

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Compartid vuestro tesoro

8 de marzo de 1975, Conferencia General de Área en Buenos Aires
«Compartid vuestro tesoro»
por el élder Alien E. Litster
Representante Regional de los Doce Apóstoles

Mis queridos hermanos y hermanas. Estoy sumamente agradecido por estar en esta conferencia. Considero que el poder testificaros de la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, es un sagrado privilegio, porque yo sí sé, que vive mi Señor.

Si yo fuera una persona adinerada —no lo soy, pero supongamos que tal fuera el caso— y desease obsequiaros a cada uno de vosotros una fortuna, ¿estaríais dispuestos a aceptarla para usarla como quisierais? Antes de contestar, permitidme explicaros las condiciones de la supuesta oferta. Primero, aunque podríais utilizar este tesoro en lo que gustaseis, os pediría que lo compartierais generosamente con los pobres y segundo, me comprometería a reponeros, con intereses, todo lo que compartierais con otros. De acuerdo con tales condiciones, ¿estaríais dispuestos a aceptar el tesoro?

Hermanos, el Señor ya nos dio un tesoro de valor inmensurable. Me refiero a la bendición de ser miembros de su Iglesia y conocer el plan de salvación. Lo que El exige es sencillo; pide que compartamos este tesoro con los que son pobres espiritualmente. El Señor mismo dijo:

«, . . Os doy el mandamiento de que todos los hombres, tanto los élderes, presbíteros y maestros, así como también los miembros, se dediquen con su fuerza… Y sea vuestra predicación la voz de amonestación, cada hombre a su vecino, con mansedumbre y humildad.» (D. y C. 38:40-41). En otra revelación, el Señor habló de la recompensa que espera a los que lo hacen, diciendo, «Así que, si sois fieles, seréis premiados con muchas gavillas y coronados con honor, gloria, inmortalidad y vida eterna.» Claro es que el Señor manda que compartamos el gran tesoro del evangelio con el prójimo, y que promete que los que cumplen serán recompensados. Tal vez, vosotros, al ver que vuestros vecinos no miembros son aparentemente felices, os preguntéis, «Si son tan felices, ¿por qué molestarlos con el evangelio? No les hace falta.» Pero fijaos en las maneras equivocadas en que ellos buscan la felicidad. El hecho es que la felicidad verdadera se encuentra solamente por medio de esta Iglesia. El tiempo me permite daros sólo dos ilustraciones.

Hace varios años trabajaba en una funeraria que servía a familias de diferentes religiones. Era notable la diferencia entre los de nuestra fe y los que no conocían la verdad, especialmente al llegar el momento de cerrar por última vez el ataúd. Para los que no conocían el evangelio, ese momento siempre iba acompañado de lloros de desesperación, mientras que los miembros de esta Iglesia lo aceptaban con calma y paz. Esto se manifestó en el caso del fallecimiento de una fiel hermana de unos setenta y cinco años. Unos momentos antes de que cerráramos el ataúd, su esposo de cincuenta años, acercándose al féretro, tomó la mano de su esposa, y con voz calma y tierna dijo, «Adiós por ahora, mamá, pero no te preocupes porque no tardaré en acompañarte. Saluda a mis hermanos Jaime y Roberto, y diles que los veré dentro de muy poco. Hasta luego.» ¿Por qué pudo este hermano enfrentar con tanta tranquilidad el momento que para muchos es desesperante? Porque por causa del evangelio restaurado comprendía el misericordioso plan de Dios. Comprendía cuál es el propósito de esta vida y comprendía cuál es el propósito de la muerte. Los del mundo no conocen estas hermosas verdades, ni las conocerán a menos que vosotros y yo compartamos el tesoro de nuestro testimonio con ellos. ¿Lo haremos, hermanos? Seguir leyendo

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Es Cristo nuestro hermano?

8 de marzo de 1975, Conferencia General de Área en Buenos Aires
¿Es Cristo nuestro hermano?
por el élder Rex D. Pinegar
del Primer Consejo de los Setenta

Rex d .PinegarMis queridos hermanos y hermanas, es un privilegio para mí el encontrarme hoy en esta Conferencia de Área de la Iglesia, Somos verdaderamente bendecidos por estar en presencia de un Profeta viviente de Dios y recibir sus inspirados mensajes. Ruego que lo que diga, también provenga del Señor y nos ayude a acercarnos más a Él, para llegar a conocer mejor a ese Dios que hemos optado por servir.

En un pueblito cercano a la ciudad de La Paz, en Bolivia, dos de nuestros misioneros conocieron a una anciana. Ella los invitó a que pasaran a su humilde hogar para oír el mensaje que ellos traían. Estos élderes procedieron a describirle al Salvador, y a medida que hablaban le mostraron una lámina que lo representaba. Entonces, ella tomó la lámina y dijo; «Hermanos, ¿es él mi hermano? Háblenme de Él. ¿Llegaré yo a verle?»

Tal vez vosotros hayáis buscado respuestas a estas mismas preguntas. Consideremos entonces esas preguntas tal como lo habrían hecho los misioneros que se encontraban enseñándole a la anciana en Bolivia.

¿Es Cristo nuestro hermano? Las escrituras se encuentran repletas de declaraciones de que todos somos los hijos de nuestro Padre Celestial. Podemos leer en ellas cómo el Señor le mostró a Abraham todos sus hijos espirituales que fueron organizados antes que el mundo fuera creado. Le dijo a Abraham que él también era uno de sus hijos grandes y nobles. El Señor le señaló a Abraham uno que se encontraba entre estos hijos espirituales, que era como El mismo. Abraham aprendió que este Hijo bajaría a la tierra y moriría entre los hombres en la carne y llegaría a ser su Redentor, ya que se encontraba Heno de gracia y verdad. (Abraham, Perla de Gran Precio.)

Tanto vosotros como yo y también la anciana boliviana, nos encontrábamos en el gran concilio de los hijos espirituales, hermanos y hermanas, los cuales el Señor mostró a Abraham. Allí nos encontrábamos con Moisés, Jacob y toda alma que vivió, vive o vivirá sobre esta tierra. Fuimos hermanos y hermanas de Cristo entonces, y somos aún sus hermanos y hermanas. Hemos sido creados a su imagen y semejanza; hijos e hijas de Dios. Tenemos un mismo Padre, y esto nos hace hermanos y hermanas, como dijo Pablo a los atenienses: «El Dios que hizo el mundo… de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres para que habiten sobre toda la faz de la tierra» (Hebreos 17:14, 16).

A la sincera solicitud de la anciana que dijo: «Háblenme de Él», responderíamos que el Salvador es nuestro Redentor, nuestro único ejemplo perfecto.

En un mensaje de Navidad, el presidente Kimball nos dejó una hermosa enseñanza acerca del Salvador. Dijo que no podemos pensar en el nacimiento del Salvador sin pensar también en su vida y ministerio. No podemos pensar en la vida que vivió Cristo sin recordar su muerte, y cuando pensamos en su muerte podemos considerar su resurrección y todo lo que estos acontecimientos significan en nuestra vida. Seguir leyendo

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Llevad mi yugo sobre vosotros

8 de marzo de 1975, Conferencia General de Área en Buenos Aires
«Llevad mi yugo sobre vosotros»
por el élder Mark E. Petersen
del Consejo de los Doce

Mark E. PetersenMis queridos hermanos, es en verdad un gran honor y privilegio estar aquí con vosotros en esta gran conferencia. Constituye un gran estímulo sentir vuestro hermoso espíritu y percibir vuestro gran amor por el evangelio.

Cuando aceptamos el evangelio, éste ejerce una maravillosa influencia en nuestra vida. Nos infunde un gran sentimiento de igualdad como hermanos que somos, saber que Dios no hace acepción de personas y que El ama a aquellos que le obedecen y guardan sus mandamientos.

Es particularmente un honor estar aquí en presencia del Presidente de la Iglesia, Spencer W. Kimball.

Él es ciertamente un Profeta, Vidente y Revelador, y nosotros le apoyamos de todo corazón.

¡Qué hombre maravilloso es él! Ha sido Apóstol del Señor durante más de 30 años; fue Presidente del Consejo de los Doce Apóstoles por varios años y ahora, como ya sabéis, está sirviendo como Presidente de la Iglesia. Aceptó esta alta posición con profunda humildad; pero aun cuando humilde y sin pretensiones, es no obstante una torre de fortaleza, un hombre de gran iniciativa y visión, activo en todo respecto.

Su dedicación no tiene límites; es un siervo completamente consagrado al Señor Jesucristo. Su salud fue restaurada milagrosamente para permitirle cumplir con este gran ministerio. La cura de aquella seria enfermedad, es una de las evidencias tangibles de la divinidad de su llamamiento. Esto fue sin duda alguna un hecho de Dios.

En el ejercicio de la poco común fortaleza con la cual el Señor le ha investido, él nunca olvida el origen de la misma y busca constantemente saber y hacer la voluntad del Maestro.

El presidente Kimball es un firme creyente en las palabras de Nefi, quien dijo: «. . . Iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que él nunca da ningún mandamiento a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que puedan cumplir lo que les ha mandado» (1 Nefi 3:7).

Esta es parte fundamental de su fe; es en realidad el secreto de su triunfo.

AI tener en la Iglesia la obligación de obedecer los mandamientos, recordemos que ninguno de ellos es imposible para nosotros, que ninguno es demasiado difícil de obedecer. Recordemos, tal como lo dijo Nefi: «. . . Que el Señor nunca da ningún mandamiento a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que puedan cumplir lo que Ies ha mandado.»

En la Biblia leemos este pasaje:

«El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre.» (Eclesiastés 12:13.)

Cuando el Señor reveló la Sección 84 de Doctrinas y Convenios, explicó cuál era nuestra obligación para con él, al decir:

«Porque viviréis con cada palabra que sale de la boca de Dios.» (D. y C. 84:44.)

Toda mi vida he estado prestando oído a los presidentes de la Iglesia, a los seis que he conocido, y el tema principal de todos ellos ha sido: «Guardad los mandamientos».

Ellos nos han dado este consejo como inspirados siervos del Señor, sabiendo que la salvación puede lograrse solamente mediante la obediencia al Señor, quien nos ha dado los mandamientos para indicar claramente el camino hacia la exaltación en Su presencia.

Por lo tanto, tal como Él lo ha dicho, «…viviréis con cada palabra que sale de la boca de Dios». Seguir leyendo

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Las leyes de Dios son bendiciones, no sentencias

8 de marzo de 1975, Conferencia General de Área en Buenos Aires
Las leyes de Dios son bendiciones, no sentencias
por el élder ElRay L. Christiansen
Ayudante del Consejo de los Doce

ElRay L ChristiansenMe paro ante vosotros con profunda humildad, mis hermanos y hermanas, y con un ruego en mi corazón de que lo que pueda decir sea de estímulo para todos nosotros. Desearía basar mis observaciones en una verdad divina que se encuentra en el Libro de los Proverbios. Dice lo siguiente:

«Porque el mandamiento es lámpara, y la enseñanza es luz, y camino de vida las reprensiones que te instruyen.»

El mandamiento es como una lámpara para enseñarnos la dirección apropiada y por cierto, la ley es la luz que define el curso que se ha de seguir en la vida.

Existen personas buenas en todo segmento de la vida, que han desarrollado una filosofía equivocada en el sentido de que las leyes de Dios, aun los Diez Mandamientos, fueron dados solamente para ciertas personas; para aquéllas a quienes ellos describen como extremadamente religiosas, o para los menos afortunados; y que si bien es esencial observar las leyes del país, poco o nada importa si uno observa las leyes de Dios.

Algunas de estas personas opinan que las leyes de Dios inhiben la libertad personal de un individuo y que aquellos que no tienen inclinaciones religiosas de alguna manera están automáticamente eximidos de las leyes y mandamientos del Señor; que mientras uno se preocupe de sus propios asuntos y viva su propia vida, por así decirlo, cuenta con religión suficiente para su propio bienestar y que la salvación y la dicha eterna les llegarán de alguna manera, aunque no crean en los mandamientos de Dios ni los observen.

Por cierto que éstos son puntos de vista poco juiciosos. De hecho, las leyes y mandamientos del Señor son los principios fundamentales sobre los que se edifican vidas de felicidad, éxito y paz. Las leyes han sido designadas para bendecir y beneficiar a toda la raza humana. El amor del Señor es universal, incluye a todos. Él ha dicho:

«Recordad que el valor de las almas es grande en la vista de Dios; porque, he aquí, el Señor vuestro Redentor padeció la muerte en la carne; por tanto, sufrió las penas de todos los hombres a fin de que todos los hombres se arrepintiesen y viniesen: a él.» (D. y C. 18:10-11.)

Como Iglesia, «Creemos que por la Expiación de Cristo todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del evangelio,» y que a causa de su gran amor por el hombre, el Señor nos ha garantizado a cada uno de nosotros la oportunidad de vivir en la carne, para que mediante la obediencia a las leyes del evangelio podamos encontrar felicidad y paz aquí, preparándonos para vivir en el más allá en «un estado de interminable felicidad,» como lo expresa el Libro de Mormón. Seguir leyendo

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Deleitaos en las palabras de Cristo

8 de marzo de 1975, Conferencia General de Área en Buenos Aires
«Deleitaos en las palabras de Cristo»
por el élder Gene R. Cook
Representante Regional

Gene R. CookMis hermanos: Amo al Señor y estoy muy agradecido por estar aquí presente y poder sentir otra vez vuestro amor y el espíritu que aquí ha reinado. Estoy seguro de que tanto vosotros como yo hemos sentido el poder del Espíritu Santo en los mensajes que se han dado, lo que me ha testificado nuevamente que las cosas que acontecen bajo la influencia del Espíritu Santo provienen de Dios.

Cuando yo era joven y mi fe estaba empezando a crecer, me preguntaba a veces de qué cosas hablarían las Autoridades Generales en sus reuniones o en privado. Pensaba en si acaso hablarían de los misterios del reino, o si tal vez leerían una gran variedad de libros además de las escrituras.

Mi fe fue fortalecida cuando empecé a trabajar con ellos y descubrí que los hermanos se concentraban para meditar sobre las escrituras.

Recuerdo bien que en el significativo sueño que tuvo Lehi, fue explicado que este gran «golfo de iniquidad» sólo se podía cruzar aferrándose a la barra de hierro, y como vosotros sabéis, esta barra de hierro es la palabra de Dios, o sea, las escrituras.

Escuchad a Nefi cuando dice: «Los ángeles hablan por el poder del Espíritu Santo; por tanto declaran la palabra de Cristo. Por esto os dije: Deleitaos en las palabras de Cristo; porque he aquí las palabras de Cristo os dirán todas las cosas que debéis hacer.»

Escuchad las palabras de Helamán en el capítulo 15 cuando dijo: «. . . las escrituras conducen a la fe en el Señor y al arrepentimiento, y esta fe y arrepentimiento efectúan un cambio en vuestros corazones.» En otras palabras, leer, orar y meditar las escrituras causa cambios en el corazón del hombre.

¿En qué otra forma nos afectan las escrituras? He encontrado que las escrituras aumentan nuestra capacidad de juicio, que nos dan la habilidad de gobernar y controlar las cosas en una manera efectiva. Las escrituras nos dan más luz y verdad y nos ayudan a «aprender no solamente por estudio sino también por fe».

Las escrituras nos guían a Cristo, nos ayudan a desarrollar la fe, nuestro intelecto, nuestra habilidad para discernir entre el bien y el mal. Nos ayudan a disminuir los vaivenes de la vida, porque a medida que crece nuestra fe comenzamos a concentrarnos más firmemente en las enseñanzas de Jesucristo. Seguir leyendo

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Dios, el centro de la vida familiar

8 de marzo de 1975, Conferencia General de Área en Buenos Aires
Dios, el centro de la vida familiar
por el élder Richard G. Scott
Representante Regional de los Doce

Elder Richard G. ScottTodos hemos sido profundamente conmovidos e inspirados por este poderoso mensaje del élder Kimball, nuestro Presidente. El anuncio del Templo es tan importante que tal vez no lleguemos aún a apreciarlo en toda su magnitud; sin embargo toda persona que se prepare y acuda al templo será eternamente bendecida. El élder Kimball ha interpretado específicamente la voluntad del Señor, con respecto a cada uno de nosotros. Yo testifico que él es el Profeta de nuestro Padre Celestial, prestémosle atento oído y obedezcamos su consejo de escoger servir al Señor. Hoy me siento sumamente conmovido, pues se encuentran aquí muchos de mis más íntimos amigos. Amo profundamente al pueblo sudamericano. Admiro vuestra calidez, sinceridad y exuberancia por la vida, respeto vuestro sincero amor por los niños, vuestras profundas raíces familiares y la tradición que ubica al padre como patriarca de la familia.

Ocurren verdaderos milagros cuando estos rasgos naturales se aumentan e intensifican mediante la aplicación del evangelio restaurado de Jesucristo. El progreso de la Iglesia es muy grande aquí; el poder de los líderes, impresionante, pero para mí, lo más hermoso es el número creciente de individuos y unidades familiares que irradian el amor de Dios. Con esta conferencia conmemoramos el quincuagésimo aniversario de la prédica del evangelio en Sudamérica y percibo que esto señala el comienzo de una nueva era de actividad, desarrollo y bendición. Esta conferencia influirá en vuestras vidas en proporción directa a la actitud espiritual que adoptéis y a vuestra fidelidad, y constante aplicación de las verdades aquí señaladas. Se nos enseña que la familia es la unidad básica de la Iglesia y la sociedad, el llamamiento más importante en esta vida y en la eternidad es el de padres y lo más importante de la obra del Señor es la que llevamos a cabo dentro de las paredes de nuestros propios hogares. Algunos podrán preguntarse con la seria situación económica, las inquietudes políticas y las malvadas influencias que nos rodean, ¿cómo podemos nosotros, los padres, proteger a nuestras familias? Consideremos esta analogía: Se diseña una nave espacial para cumplir una misión. La tripulación maneja la nave con la dirección del capitán y copiloto, la tripulación recibe instrucción de ellos y se establecen eslabones de comunicación entre ambas partes; el control central proporciona dirección constante y la ayuda necesaria en caso de emergencia.

El hogar es semejante a una nave espacial que viaja por la peligrosa jornada de la vida. Su capitán es el divinamente designado padre; el copiloto, la madre y los hijos son el resto de la tripulación. El destino es la exaltación junto al Padre Celestial. Sus miembros reciben el poder de controlar los importantes aspectos de la vida familiar, y existe un sistema de comunicaciones entre cada miembro de la familia y vuestro Padre Celestial. Se da a cada tripulante la oportunidad de ser entrenado mediante los padres y éstos, tienen a su disposición la totalidad de los recursos de la Iglesia, bajo la dirección del sacerdocio, para asistirles en su importantísima responsabilidad.

En la familia modelo del Señor, el padre posee el Sacerdocio de Melquisedec. Con el aliento y el apoyo de su esposa, él establece el buen ejemplo de fiel obediencia a los mandamientos del Señor y enseña principios correctos a cada miembro de la familia. Su voluntad y deseos personales se sujetan a las necesidades de la familia; reconoce que debe dedicar tiempo específico a su esposa y a sus hijos. Seguir leyendo

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Escogeos hoy a quién sirváis

8 de marzo de 1975, Conferencia General de Área en Buenos Aires
Escogeos hoy a quién sirváis
por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballMis queridos hermanos y hermanas:

Ya que no es posible que todos vosotros podáis concurrir a la Conferencia General que se realiza en Salt Lake City, en los meses de abril y octubre, estamos realizando esta conferencia entre vosotros para que os sintáis parte de esta gran Iglesia en constante desarrollo, y para que veáis la importancia de vuestras unidades de la Iglesia en ésta área del mundo.

En noviembre de 1966, hace menos de diez años, tuve el privilegio de venir aquí, a Buenos Aires, y con el hermano Richards organizamos la primera estaca en esta parte del mundo. Ya en mayo de 1966 habíamos organizado la estaca de Sao Paulo. Antes de esa fecha no teníamos estacas en Sudamérica y había muy pocas fuera de los límites del estado de Utah en los Estados Unidos. En la actualidad contamos con cinco estacas en Argentina y varias otras en los países limítrofes. Tenemos 21 estacas en Sudamérica y 133 misiones en el mundo, y estamos creciendo muy rápidamente. Hay pocas iglesias en el mundo, si es que hay alguna, que crezca tan rápidamente con respecto al porcentaje de sus miembros, como lo está haciendo la nuestra. Los apóstoles organizan nuevas estacas prácticamente todos los domingos. Cuando vinimos por primera vez a Sudamérica los miembros de la Iglesia eran pocos. Estamos muy agradecidos por tener en la actualidad aproximadamente 105,000 miembros de la Iglesia en Sudamérica, muchos de los cuales se encuentran en Argentina, Chile, Uruguay y Paraguay. Hay un millón más de miembros en la Iglesia desde que se creó esta estaca en Buenos Aires, lo cual nos brinda la gran satisfacción de comprender que la Iglesia aquí, se está desarrollando en forma evidente. Hay estacas en todos los países del mundo donde está organizada la Iglesia. Las tenemos en el oriente, en el occidente, en las islas del Pacífico, en las Filipinas, en Nueva Zelandia, en Australia, y ahora también las tenemos en el occidente de Europa y aun en Escandinavia.

Cuando yo nací, la Iglesia contaba con solamente 200.000 miembros en todo el mundo. Ahora, tenemos 17 veces esa cantidad. En aquella época había solamente 37 estacas, y ahora tenemos cerca de 700. Había entonces muy pocas misiones y ahora las tenemos alrededor de todo el mundo. Me pregunto si el Señor habrá comprendido con cuánta rapidez progresaría esta Iglesia, cuando llamó a sus once apóstoles en el Monte de los Olivos. Él les dijo: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura» (Marcos 16:15). Y esta es la responsabilidad que tenemos en la actualidad; vuestra y mía.

En los tiempos antiguos el Señor eligió al profeta Abraham. El padre de Abraham era un adúltero y el resto de sus hijos y nietos también lo eran. Pero el Señor inspiró a Abraham para que dejara la tierra en la que se encontraba, y que se estableciera en una zona donde pudiera criar a su familia. Todos conocemos la historia de los hijos de Israel. La gran posteridad de Abraham, Isaac, Jacob y sus 12 hijos, se encontraron finalmente en Egipto y estuvieron en esclavitud por 400 años. Recordaréis que el Señor le habló a Moisés, quien era uno de ellos. Le dijo entonces: Moisés tengo una misión para ti. Quiero que vuelvas a Egipto y liberes a mis hijos de su persecución y esclavitud. El Señor se presentó a Moisés en una zarza ardiente que no se consumía y le dijo: «… Quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es» (Éxodo 3:5). Seguir leyendo

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