El ejemplo de Abraham

Diciembre de 1975
El ejemplo de Abraham
por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballLa forma en que Abraham cumplió con su mayordomía en el hogar, hizo que el Señor dijera de él: «Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí que guarden el camino de Jehová» (Gén. 18:19).

El 21 de septiembre de 1823, el ángel Moroni se apareció al profeta José Smith en su hogar paterno en Manchester, New York. En el curso de su revelación, el ángel mencionó la profecía contenida en el capítulo 4 de Malaquías, con las siguientes palabras: «He aquí, yo os revelaré el sacerdocio por la mano de Bitas el profeta, antes de la venida del grande y terrible día del Señor.» (José Smith 2:38). Esta profecía efectuada casi2300 años antes, se cumplió durante el verano de 1829, cuando José Smith y Oliverio Cowdery recibieron el Sacerdocio de Melquisedec de manos de Pedro, Santiago y Juan, «los que os he mandado, por quienes os he ordenado y confirmado apóstoles y testigos especiales de mi nombre» (D. y C. 27:12).

La restauración del Sacerdocio de Melquisedec, llamado «el Santo Sacerdocio según el Orden del Hijo de Dios» (D. y C. 107:3), constituye un acontecimiento de suprema importancia para el hombre en esta dispensación. El sacerdocio es el poder y la autoridad de Dios delegados al hombre sobre la tierra para actuar en todas las cosas pertinentes a su salvación, y constituye el medio por el cual el Señor se sirve del hombre para salvar almas. Sin este poder del sacerdocio, el ser humano está perdido. Sólo mediante dicho poder, «tiene las llaves de todas las bendiciones espirituales de la Iglesia, las que le permiten recibir los misterios del reino de los cielos, ver manifestados los cielos» (véase D. y C. 107:18-19); y puede entrar en el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio y tener a su esposa e hijos sellados a él en una unión eterna; además, le permite ser un patriarca para su posteridad eterna así como recibir la plenitud de las bendiciones del Señor.

Queridos hermanos, reflexionad por un momento acerca de la enorme magnitud de las bendiciones prometidas a aquellos que sean valientes en sus llamamientos del sacerdocio:

«Porque los que son fieles hasta obtener estos dos sacerdocios de los que he hablado, y magnifican sus llamamientos, son santificados por el espíritu para la renovación de sus cuerpos.

Llegan a ser los hijos de Moisés y de Aarón y la simiente de Abraham, la iglesia y el reino, y los elegidos de Dios.» (D. y C. 84:33-34.)

¡Los elegidos de Dios! Un pequeño momento de reflexión debería convencernos de que no habría sacrificio suficientemente grande para una familia siempre que tuvieran la seguridad de que el hombre, la mujer y toda la familia pudieran llenar los requisitos para ser los elegidos de Dios. Estas promesas de grandes bendiciones se encuentran, no obstante, condicionadas. En realidad no conozco ninguna promesa, ni aun la de la resurrección, que no se encuentre condicionada, ya que cada uno de nosotros debe llenar los requisitos necesarios en la existencia premortal para recibir las bendiciones de un cuerpo inmortal.

Todas las bendiciones, por lo tanto, se encuentran condicionadas a nuestra fe. Somos ordenados al sacerdocio con una promesa condicionada; nos casamos y sellamos en el templo con la condición de que seamos fieles. Creo que en realidad no hay nada, ninguna bendición que no pueda recibirse mediante la fidelidad. Los fieles en el sacerdocio son aquellos que cumplen con el convenio, «magnifican sus llamamientos» y viven «con cada palabra que sale de la boca de Dios» (D. y C. 84:33, 44). Estos requisitos parecen implicar mucho más que una simple obediencia; más que la mera asistencia a unas pocas reuniones y el solo cumplimiento con las asignaciones. Implican también perfección de cuerpo y espíritu, e incluyen el tipo de servicio que va mucho más allá de la definición normal de la responsabilidad, «He aquí, muchos son los llamados, pero pocos los escogidos.» (D. y C. 121:34.) Seguir leyendo

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Alcanzar el éxito mediante el autodominio

Abril de 1975
Alcanzar el éxito mediante el autodominio
por el presidente N. Eldon Tanner
Primer Consejero en la Primera Presidencia
Conferencia General de abril de 1975, sesión del sacerdocio.

N. Eldon TannerCuando asistimos a las conferencias de área en Sudamérica dimos gracias al Señor al ver en Buenos Aires más de mil trescientos hermanos en la reunión de directores del Sacerdocio de Melquisedec, representantes de Argentina, Uruguay, Paraguay y Chile. En las sesiones de las conferencias generales hubo una asistencia de más de cinco mil quinientas personas en Brasil y más de diez mil en Argentina.

Es evidente que la obra del Señor está avanzando y que su reino se está edificando en todo el mundo. Los miembros de la Iglesia sudamericanos se mostraron vivamente emocionados, a la vez que sumamente entusiastas y agradecidos, cuando el Presidente anunció que se erigiría un templo en Sao Paulo, Brasil; tanto los hermanos de Brasil como de Argentina empeñaron su palabra de que brindarán todo su apoyo para este fin.

También, ver el cambio que se verifica en la vida de las personas que aceptan el evangelio y viven de acuerdo con sus enseñanzas, así como escuchar sus testimonios, constituye un poderoso incentivo para nosotros a la par que un testimonio concreto de la veracidad del evangelio.

Quisiera relataros una pequeña experiencia que tuve en Caracas, Venezuela. En este lugar asistimos una noche a una reunión en la que había miembros de la Iglesia e investigadores, con asistencia aproximada de unas quinientas personas. Cuando me correspondió hablar, pedí que se pusieran de pie aquellos que se habían bautizado en 1974 y 1975, luego, solicité lo mismo a los que se habían bautizado en 1973 y 1972, y en seguida, a los que lo habían hecho en 1971 y 1970. Después de esto, pedí que se pusieran de pie a los que habían estado en la Iglesia durante más de cinco años; sólo tres se pararon, y eran visitantes. Esto os dará una idea de cómo va adelantando la obra del Señor en esa región.

En esta ocasión, hermanos, quisiera hacer hincapié en el gran privilegio que es poseer el sacerdocio; quisiera poder lograr que todos os dieseis cuenta de esto y que este entendimiento nos sirviera a todos para que tomáramos la determinación de honrar el sacerdocio y magnificar nuestros llamamientos, a fin de ser una luz ante el mundo y ayudar a edificar el reino de Dios, preparándonos al mismo tiempo para la inmortalidad y la vida eterna. Ninguna meta que nos estableciéramos podría ser más elevada, como ningún progreso que lográramos podría ser más grande; ni podríamos llegar a experimentar un gozo y una satisfacción más grandes que los que sentiríamos al tomar la firme resolución de aceptar a Jesucristo como el Salvador del mundo y vivir sus enseñanzas.

No me cabe duda de que todos los que me escuchan desean más que nada prepararse para la vida eterna y la exaltación, como asimismo llegar a experimentar la certeza de que el Señor está complacido con sus acciones. No obstante, hay muchos que no siempre tienen esto presente, y algunos que no están preparados para desarrollar los esfuerzos necesarios a fin de ser dignos, de estas bendiciones. Teniendo esto en cuenta, me gustaría deciros algo en cuanto al autodominio, lo cual es sumamente importante que consideremos si hemos de alcanzar las metas que nos establezcamos y disfrutar de las bendiciones que tanto deseamos. Seguir leyendo

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Arrepentíos o pereceréis

Octubre de 1975
Arrepentíos o pereceréis
por el presidente Marion G. Romney
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

Marion G. Romney«Por tanto, yo, el Señor, sabiendo de las calamidades que vendrían sobre los habitantes de la tierra, llamé a mi siervo José Smith, hijo, le hablé desde los cielos y le di mandamientos; y… a otros, para que proclamasen estas cosas al mundo.» (D. y C. 1:17-18.)

«Arrepentíos o pereceréis. . .» Según mi opinión, no hay mensaje más importante que éste para el mundo de la actualidad.

Desde los días de Adán, tanto el Padre mismo como su Hijo Jesucristo y sus representantes autorizados, los profetas, han declarado repetida y solemnemente la amonestación: «Arrepentíos o pereceréis».

La certeza de este mensaje se ha demostrado tan regularmente como se ha declarado.

El Señor llamó al «arrepentimiento» a la primera generación de los hombres, y les dijo que «cuantos creyeran en el Hijo, y se arrepintieran de sus pecados, serían salvos; y cuantos no creyesen ni se arrepintiesen, serían condenados» (Moisés 5:15).

El Señor le dijo a Enoc que predicara a los antediluvianos: «diles que se arrepientan, no sea que venga yo y los azote con una maldición, y mueran» (Moisés 7:10).

Cuando Noé enseñaba las cosas de Dios a la gente de su tiempo, el Señor le dijo: «no contenderá mi Espíritu con el hombre para siempre. . . sin embargo, serán sus días ciento veinte años, y si los hombres no se arrepienten, mandaré las aguas sobre ellos» (Moisés 8:17).

Noé continuó impartiendo sus enseñanzas durante el tiempo asignado, mas sus contemporáneos no se arrepintieron; por consiguiente, fueron destruidos en el diluvio.

El libro de Eter contiene un relato de los jareditas, pueblo que constituyó una gran nación que prosperó en las tierras de América durante aproximadamente 2000 años, después de la confusión de lenguas en la Torre de Babel. Hasta ellos «llegaron muchos profetas que profetizaron cosas grandes y maravillosas; y proclamaron el arrepentimiento al pueblo, y que de no arrepentirse, el Señor Dios ejecutaría juicio contra ellos hasta su completa destrucción» (Eter 11:20).

Eter, el último Profeta de esta nación que se menciona en el registro, «empezó-a profetizar al pueblo, porque no se le podía restringir, debido al Espíritu del Señor que había en él. Porque clamaba desde la mañana hasta la puesta del sol, exhortando al pueblo a creer en Dios hasta arrepentirse, para que no fuesen destruidos….» (Eter 12:2-3).

Pero el pueblo, hostilmente, volvió la espalda a todas aquellas advertencias. Eter vivió para presenciar y llevar el registro de una guerra fratricida en la que, con excepción de él, murieron todos los miembros de la sociedad que habían llegado a formar. Tal como los antediluvianos, también ellos aprendieron de la manera más penosa la verdad palpable del mensaje «arrepentíos o pereceréis». Seguir leyendo

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Las raíces del mormonismo

Abril de 1975
Las raíces del mormonismo
por el élder Hartman Rector, Hijo
del Primer Consejo de los Setenta
Discurso pronunciado en la Conferencia General de abril de 1975

Hartman Rector, JrVivimos en un mundo en el cual hay muy pocos que estén seguros de sus conocimientos. Parece como si la gente se deleitara en saltar de una teoría a otra, mientras que lo que sólo ayer se había pensado que sería la esperanza del mundo, a menudo termina en convertirse en un mortal veneno. Una droga que se utilizó en un tiempo para tratar las incomodidades del embarazo y que había sido considerada poco menos que milagrosa, hoy se ha comprobado que es causa de la deformidad de muchos niños, la «guerra para terminar con las guerras» lo único que ha logrado hasta el momento, es incubar nuevos conflictos armados, Parecería que estuviéramos eternamente buscando respuestas a nuestros problemas en nuevos programas. Buscamos pociones secretas para prolongar la vida, mantener la juventud, terminar con el sufrimiento, eliminar la fatiga y abolir el trabajo.

Claro que si la verdad fuera comprendida, las cosas que precisamente estamos tratando de eliminar, tomarían para nosotros otra dimensión, porque esas son, precisamente cosas que debemos tener, y el sufrimiento es esencial para nuestro progreso. «Por lo que padeció aprendió la obediencia» (Hebreos 5:8). Y cuán maravilloso es poder cansarse lo suficiente como para dormir profundamente toda la noche. No hay palabras para ensalzar la gloria del trabajo. La satisfacción de una tarea difícil llevada a cabo con éxito, es una de las más grandes que podemos conocer en esta vida. Los logros y realizaciones de la vejez, mirando retrospectivamente hacia una vida plena, hacia la serenidad del entendimiento ganado por una larga experiencia, hace de ésta una época gloriosa en la vida.

Sí, nuestra sociedad se encuentra saltando de una fantasía a otra, tratando de alcanzar la felicidad, teniendo esperanzas contra toda esperanza, con la fe puesta en los resultados que puede dar tal o cual nuevo programa que se pone en ejecución. Pero lo cierto es que en éstos no hay ningún poder mágico; no importa qué clase de programas sean ni de dónde procedan.

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días está cosechando reconocimiento y admiración en todos lados. Revistas mundialmente famosas, como la «National Geographics» y «Selecciones del Readers Digest», han publicado artículos halagadores que hacen aparecer a la Iglesia casi tan buena como en realidad es. Así también, el más sincero de todos los halagos lo constituye el hecho de que otras iglesias estén copiando nuestros programas, el de la Noche de Hogar es uno de ellos, y lo han copiado de tal manera, que incluso han llegado a utilizar nuestro propio manual; tienen la idea de que pueden lograr los mismos resultados si usan el mismo programa; pero no va a ser así. La vitalidad de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días no se encuentra en los programas de la Iglesia, sino en su doctrina.

Tengo un buen amigo que fue ministro religioso de una iglesia protestante durante 26 años, y tenía una de las iglesias más grandes de Long Island, Nueva York. Llegó a conocer a los mormones en una visita que hizo a Salt Lake City, y más tarde recibiendo las visitas de los misioneros en su propio hogar. Así llegó a desarrollar una gran admiración por los programas de la Iglesia, principalmente por los frutos que la Iglesia producía. Pensó entonces en «pedir prestados» esos programas y adoptarlos en su propia iglesia, y así lo hizo. Pero para sorpresa suya, pudo comprobar que en su religión no daban los mismos resultados que los producidos en la Iglesia mormona. Fue entonces que me dijo lo siguiente: Seguir leyendo

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Al obedecer los mandamientos del Señor, recibimos bendiciones

Agosto de 1975
Al obedecer los mandamientos del Señor, recibimos bendiciones
por el presidente Hartman Rector, Jr.
del Primer Consejo de los Setenta

Hartman Rector, JrLos profetas de la actualidad han repetido clara y constantemente que la responsabilidad de dar a conocer el evangelio descansa sobre los hombros de todos los miembros de la Iglesia. Quisiera hacer notar al mismo tiempo que los profetas de nuestro tiempo rara vez declaran algo que el Señor no haya puesto ya de manifiesto.

El precepto «Cada miembro, un misionero», se limita simplemente a reafirmar la declaración del Señor que se encuentra en el versículo 81 de la sección 88 de Doctrinas y Convenios:

«He aquí, os envié para testificar y amonestar al pueblo, y le conviene a cada ser que ha sido amonestado, amonestar a su prójimo.»

Como sucede con todos los mandamientos del Señor con respecto a nosotros, tal parece que nunca llegamos a comprender cabalmente las consecuencias trascendentales de nuestros actos, cuando éstos son el producto del cumplimiento de los mandatos que el Señor nos da. Pues bien, la observancia de los mandamientos divinos siempre trae consigo grandes bendiciones porque el supremo propósito del Señor es «llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre» (Moisés 1:39): por tanto, no es sino natural que todos sus mandamientos sean para nuestra propia bendición.

En 1952 regresé a los Estados Unidos a la ciudad de San Diego, California, después de una campaña militar en Corea, durante la cual me había bautizado en la Casa de Misión de Tokio, Japón, Como nuevo converso, tenía la certeza de que todos, en todas partes, andaban en busca del evangelio de Jesucristo, que yo había encontrado; lo tenía, e iba a dárselo a todos, lo quisieran o no.

Yo vivía en un lugar llamado Chula Vista, en California, y trabajaba en otro sitio a cierta distancia de éste, en North Island. Cubría la distancia entre ambos sitios viajando diariamente en automóvil, vehículo que compartía a diario con otros cuatro militares, ninguno de los cuales era miembro de la Iglesia. Tres de ellos eran tenientes, (el mismo rango que yo poseía), y el cuarto era un ordenanza que se llamaba George Whitehead. Por mi parte, yo me sentía triunfante ante la perspectiva de convertir al evangelio a mis cuatro compañeros de viaje diario y no me cabía la menor duda de que sería cosa fácil; el trayecto de un punto al otro tomaba 45 minutos y en vista de que no podían salir del automóvil, no les quedaría más remedio que escucharme. Había pensado que convertiría aquellos cuatro y que una vez logrado este propósito, me uniría a otro grupo de personas diferentes con las cuales viajaría hasta donde trabajaba, y a las que iba también a convertir; después, intentaría hacer lo mismo con otro grupo más. Claro, ¿por qué no? podría convertir gente suficiente como para integrar un barrio entero, y esto, en un dos por tres.

Entonces puse manos a la obra comenzando a hablarles a mis cuatro compañeros de viaje; era evidente de modo palpable que los tres tenientes jamás pusieron atención a una sola de mis palabras, y si lo hicieron, habría sido imposible descubrirlo. Pero el otro, el soldado George Whitehead, no se arriesgó a ignorarme y hasta me pareció que se interesaba. Por lo tanto, cuando me correspondió a mí manejar el automóvil, me las arreglé para llevar primero a los tenientes a sus respectivas casas y después a George a la suya; pero antes de que éste saliese del auto, comencé a predicarle el evangelio y lo hice durante una hora sin dejarlo escapar. Seguir leyendo

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En defensa de la fe

Agosto de1975
En defensa de la fe
por el élder Theodore M. Burton
Ayudante del Consejo de los Doce

Theodore M. BurtonCuando yo era un parvulito, mi madre me enseñó a distinguir los colores y los nombres de éstos. Recuerdo que sosteniendo un objeto de color azul me decía que era azul y que repitiera dicha palabra. Después de un rato, levantaba otro objeto del mismo color y poniéndolo ante mis ojos me preguntaba de qué color era.

—¿Es verde?—le preguntaba yo.
—No, mi amor—me replicaba pacientemente—este color es el azul.
—¿Azul?—inquiría yo nuevamente.
—Sí, mi chiquitín; este color es el azul.

Al cabo de otro rato, levantaba ante mi vista otro objeto azul, haciéndome la misma pregunta anterior.

—¿Es amarillo?—preguntaba yo, dudoso.
—No, mi amor, no es amarillo—entonces, aún más pacientemente, me enseñaba—este objeto es azul.

Después de dejarme jugar durante unos minutos, volvía a mostrarme un objeto azul y preguntarme de qué color era.

—Azul—le respondía yo.
—¡Muy bien, correcto! ¡Qué ingenioso es mi niño!—me decía mamá, sintiéndose orgullosa, abrazándome y besándome.

De ese modo aprendí los colores; no tengo la menor idea de cuánto tiempo demoró mi paciente madre en enseñármelos. Yo no era más listo ni más lento que los otros muchachitos. Finalmente, aprendí a distinguir el azul de los otros y ahora, si veo un objeto azul, reconozco este color de inmediato, Si alguien me preguntara qué me hace pensar que tal color es azul, le respondería que sé que es azul porque puedo verlo; quienes estuvieran conmigo en dicha situación convendrían en mi opinión pues no tendrían más que comprobarlo por sus propios ojos. Sin embargo, decimos que el objeto es azul sólo porque todos nos hemos puesto de acuerdo en calificar tal color como azul. En otras palabras, lo que profesamos saber, lo sabemos porque nos ha sido enseñado y lo hemos asimilado mediante el aprendizaje. El conocimiento que poseemos proviene de las fuentes de las cuales lo hemos adquirido: de lo que hayamos leído, escuchado y experimentado.

Más adelante, cuando ingresé en la universidad, encontré que algunas de las cosas que yo creía, y que estaba seguro eran verdaderas, eran consideradas ridículas y pueriles por algunos de mis profesores que creían en conceptos totalmente extraños a las creencias que me habían sido enseñadas desde mi más tierna infancia. Llegaron al punto de ridiculizar mi creencia en Dios, considerándola lisa y llanamente una absurda superstición; se burlaban del Libro de Mormón y se reían del concepto de que José Smith es un Profeta de Dios. Rechazaban la sola idea de que la Biblia pudiese tener algún otro valor que no fuese el literario. Seguir leyendo

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El propósito de la vida

Agosto de 1975
El propósito de la vida
por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. Kimball«…cuanto más sirvamos a nuestro prójimo de la manera apropiada, mayor será el provecho y el resultado que logremos para nuestra alma.»

Una persona que tenga el conocimiento o la fe de que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es el reino de Dios sobre la tierra, se esforzará por lograr un mejor desempeño en su asignación, ya sea que se trate de cumplir con sus responsabilidades familiares, o que esté en el salón de clase de las Abejitas, en el quorum de diáconos, o en el concilio de Jóvenes Adultos o Miras Especiales. Pero cuando a alguien no le interesa Dios ni el hombre, no habrá suficiente entrenamiento ni técnicas que puedan ayudarle en manera alguna.

Es por medio del servicio que aprendemos a servir. Cuando nos encontramos involucrados en el servicio al prójimo, no sólo le asistimos con nuestros hechos, sino que también ponemos nuestros propios problemas en el marco de una nueva perspectiva. Cuanto más nos preocupamos por los demás, tanto menos tiempo hay para preocuparnos por nosotros mismos. En la misma médula del milagro del servicio, se encuentra la promesa hecha por Jesucristo de que «perdiéndonos» por la dedicación a los demás, sólo lograremos encontrar nuestro propio yo.

No sólo que nos encontramos en el hecho de que reconocemos una guía en nuestra vida, sino que cuanto más sirvamos a nuestro prójimo de la manera apropiada, mayor será el provecho y el resultado que logremos para nuestra alma. El servicio al prójimo le da más significado a nuestra personalidad. En realidad, nuestra importancia intrínseca aumenta cuando dedicamos nuestros esfuerzos al bien de nuestros semejantes.

George McDonald, novelista y poeta escocés del siglo pasado, destacó que: «es mediante el amor profesado hacia otra persona y, a su vez, por el amor de esa persona hacia uno, que podemos aproximarnos más a su alma.» Claro que todos necesitamos ser amados, pero debemos «dar» y no solamente «recibir», si es que deseamos tener plenitud en la vida y un reforzado sentimiento del propósito de nuestra existencia. A menudo la solución no es cambiar las circunstancias que nos rodean, sino cambiar nuestra actitud con respecto a esa circunstancia. Las dificultades que muchas veces tenemos que enfrentar, suelen ser verdaderas oportunidades de servicio.

Una de las Autoridades Generales destacó en una ocasión: «Si no tenemos cuidado, podemos llegar a ser heridos por la helada de la frustración; podemos congelarnos en un lugar, por el frío de las expectativas inalcanzadas. Para evitar esto, debemos hacer lo mismo que haríamos con el frío del ártico, debemos mantenernos en constante movimiento; servir al: prójimo constantemente, movernos para tratar de alcanzar a todos los que podamos, para que nuestra propia inmovilidad no se convierta en nuestro principal peligro.»

A aquellos a quienes tratamos de servir, debemos ayudarles a comprender por sí mismos que Dios no sólo les ama, sino que también les tiene presente en todo momento y conoce sus problemas y necesidades. Es seguro que nuestro Padre y su Hijo, Jesucristo, quienes se apersonaron a un joven en edad de Sacerdocio Aarónico, José Smith, para darle instrucciones relacionadas con toda la humanidad, no efectuaron una simple y esporádica visita a una sola persona en este planeta. Sino que, dice el Señor que esta aparición que había sido planea da con suma precisión, ocurrió porque: «Yo, el Señor, sabiendo de las calamidades que vendrían sobre los habitantes de la tierra, llamé a mi siervo José Smith, hijo, le hablé desde los cielos y le di mandamientos» (Doc. y Con. 1:17).

Dios nunca hace nada por casualidad sino por designio, como lo hace siempre un amoroso padre. Nosotros conocemos sus propósitos; también nosotros tenemos propósitos en la vida. Seguir leyendo

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Las conferencias: faros que orientan nuestra vida

Octubre de 1974
Las conferencias: faros que orientan nuestra vida.
por el élder J. Thomas Fyans
Ayudante del Consejo de los Doce

J. Thomas FyansLas conferencias de la Iglesia pueden cambiarnos; especialmente cuando de sus temas seleccionamos metas personales y familiares.

Mis amados hermanos y hermanas, el espíritu de la conferencia vibra en nosotros. Junto con todos vosotros doy gracias a nuestro Padre Celestial por ello, como asimismo por el Profeta que nos guía y por sus inspirados colaboradores que nos han elevado espiritualmente tanto en esta sesión como en las precedentes. También a la par con vosotros, ruego fervientemente que esta conferencia pueda constituir un acontecimiento prominente para la Iglesia así como un punto decisivo en la orientación de nuestra vida.

Durante los últimos cuatro años se ha verificado en la Iglesia un grande y maravilloso milagro en la forma de conferencias generales de área: la que se llevó a efecto en 1971 en Manchester, Inglaterra; otra, en la ciudad de México en 1972; la de Munich, Alemania, en 1973; y hace sólo unas pocas semanas, la que se efectuó en Estocolmo, Suecia. Podemos darnos cuenta de que estas conferencias caracterizan la administración del presidente Spencer W. Kimball.

Al observar el desarrollo de las conferencias de área, ha sido evidente cómo se derrama el Espíritu del Señor sobre los santos de las diversas naciones del mundo. Los directores locales de la Iglesia han efectuado las preparaciones necesarias en lo concerniente a la adquisición de lugares, equipo y medios de comunicación para la realización de las mismas, así como los medios de transporte para llegar al sitio de la conferencia; también del hospedaje y alimento para los asistentes y de los arreglos correspondientes a los programas culturales. Después de cuatro años de íntima asociación con estos santos, puedo deciros que el Señor ha inspirado dirigentes en todo el mundo.

Algunos de los santos que han asistido a estas conferencias han expresado opiniones que me gustaría repetir: «No sabía que nuestra gente fuese capaz de realizar tales cosas. Contamos con más personas que tienen habilidades directivas, de lo que sabemos.» «Esto es más de lo que cualquiera de nosotros hubiese podido llegar, a imaginar. . . todo tan bien organizado, tan bien preparado. . . ¡y pensar que lo hicimos nosotros mismos!» «Estas semanas de preparación han sido las más grandiosas desde que soy miembro de la Iglesia. No sabía yo que hubiese entre nosotros tantos talentos, tantas habilidades.».

He llegado a conocer el amor de estos santos por el Señor. He visto sus inmensos deseos de asistir a estas conferencias. Recuerdo los diez santos de la ciudad de Tijuana, México, quienes después de trabajar y ahorrar dinero durante cuatro meses obtuvieron finalmente lo necesario para comprar sus boletos en autobús a la ciudad de México, un viaje de 48 horas; cuando se les dijo que no había asientos desocupados para el largo viaje, ellos respondieron: «No importa. Nos contentaremos con ir de pie en el pasillo con tal de aprovechar la oportunidad de escuchar al Profeta.» Como podéis suponer, con el espíritu del evangelio, los viajeros se cedieron los asientos en forma rotativa, a fin de que todos pudiesen sentarse por algún tiempo durante el largo trayecto. Seguir leyendo

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Nuestro poder sobre Satanás

Conferencia General Octubre 1974

Nuestro poder sobre Satanás

ElRay L. Christiansen

por el élder ElRay L. Christiansen
Ayudante del Consejo de los Doce

Buscad la compañía del Espíritu Santo para resistir mejor el poder del adversario


Mis hermanos, me siento agradecido por la verdad que han revelado los profetas de Dios, tanto en las pasadas dispensaciones como en el presente. Tenemos la bendición de conocer perfectamente nuestro origen, y el propósito de nuestra vida mortal y destino.

Las escrituras nos enseñan que hemos vivido en el mundo espiritual antes de nacer a la mortalidad; o sea que vivimos en la presencia de Dios, que es literalmente el Padre de nuestro espíritu.

Cuando se llevó a cabo el gran concilio de los cielos, en el cual todos tomamos parte, el Padre presentó su plan para poblar la tierra y salvar al hombre. Entonces Lucifer quiso hacer un cambio: propuso destruir el albedrío del hombre y salvar a toda la humanidad, de modo que no se perdiera una sola alma. Lograría esto por medio de la fuerza y la coerción, negando a las personas el derecho de escoger.

Esta propuesta de compulsión fue rechazada por el Padre, y Satanás «se enojó, y no guardó su primer estado, y muchos le siguieron ese día» (Abrahan 3:28). Seguir leyendo

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La más vital de las informaciones

Conferencia General Octubre 1974

La más vital de las informaciones

Robert L. Simpson

por el élder Robert L. Simpson
Ayudante del Consejo de los Doce

El testimonio del evangelio se logra después de una investigación sincera; la salvación, después de vivir el evangelio


Mis amados hermanos, estoy sumamente agradecido por esta oportunidad que tengo y por el espíritu de los testimonios que hoy han sido aquí presentados.

Hace unas dos semanas estuve en el aeropuerto de Salt Lake, donde tuve la oportunidad de ponerme en contacto por unos escasos cinco minutos con un joven que me impresionó mucho. Durante nuestra breve conversación él se enteró de mi relación con la Iglesia, y de que mi carpeta amarilla estaba relacionada con la preparación de algunas ideas que estaba esbozando, para expresarlas durante esta sesión de la conferencia general.

Pude observar una gran ternura entre ese joven, su esposa y sus tres niños, y comprendí que él es una persona de una profunda sensibilidad espiritual. Habiendo contado sólo con unos tres o cuatro minutos para conversar mientras esperábamos subir al avión, no tuve en cuenta preguntarle su nombre ni su dirección. Pero quisiera que sepáis que mucho de lo que voy a decir esta mañana se debe a que sé que él está escuchando esta sesión de la conferencia.

Nos encontramos aquí reunidos esta mañana, con la esperanza de poder comunicarnos acerca del Señor Jesucristo, porque incorporadas a sus enseñanzas se encuentran las informaciones más urgentes, preciosas, importantes y vitales, relativas a la felicidad y el destino eterno del hombre.

Busco sinceramente su divina ayuda y guía, para que no sea mal interpretada la intención de mi corazón, y que así, tal vez nuestra comunicación pueda ser como la que se menciona en el libro de Isaías: «Venid luego, dice Jehová y arguyamos juntos», y esto para el solo propósito de que podamos ser más abundantemente bendecidos. Seguir leyendo

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Los buenos hábitos desarrollan un buen carácter

Conferencia General Octubre 1974

Los Buenos Hábitos
Desarrollan un Buen Carácter

por el Élder Delbert L. Stapley
del Consejo de los Doce

Nuestros pensamientos y comportamiento modelan nuestro carácter y deciden nuestro destino


Hablaré hoy sobre la importancia de los buenos hábitos en la edificación de un buen carácter.

Mis estimados hermanos y amigos: en la reciente conferencia de la juventud, efectuada en junio, el presidente Spencer W. Kimball aconsejó a los jóvenes, a sus líderes y a todos los miembros de la Iglesia que hicieran un cuidadoso inventario de sus hábitos, «El cambio», dijo «se realiza substituyendo los hábitos indeseables con otros buenos. Vosotros formáis vuestro carácter y futuro mediante buenos pensamientos y acciones.»

Uno de los dichos favoritos que frecuentemente citaba el fallecido presidente David O. McKay era «Sembramos pensamientos y cosechamos acciones; sembramos acciones y cosechamos hábitos; sembramos hábitos y cosechamos el carácter; sembramos el carácter y cosechamos nuestro destino.» (The Home Book of Quotations, por C, A. Hall, Nueva York; Dodd, Mead & Company, 1935, pág. 845.)

El futuro que buscamos como Santos de los Últimos Días es una vida motivada por buenos pensamientos, expresada en buenas obras y sostenida por paz interior y por la determinación de hacer lo correcto. El destino que deseamos es una parte en las mansiones celestiales, preparada por el Salvador para los hijos fieles de Dios.

No venimos a este mundo con hábitos formados, ni tampoco heredamos un buen carácter. En vez de ello, como hijos de Dios, se nos da el privilegio y la oportunidad de elegir el camino que seguiremos y los hábitos que formaremos.

Confucio dijo que la naturaleza de los hombres es siempre la misma; son sus hábitos lo que los diferencian.

Los buenos hábitos no se adquieren simplemente haciendo buenas resoluciones, a pesar de que el pensamiento precede a la acción, sino que se desarrollan en el taller de nuestra vida diaria. El carácter no se edifica en los grandes momentos de prueba y tribulación; ahí sólo se pone de manifiesto. Los hábitos que dirigen nuestra vida y forman nuestro carácter se forman en la a menudo tranquila y común rutina diaria y se adquieren por la práctica.

El sabio Salomón enseñó: «Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él» (Prov. 22:6).

Los buenos hábitos de la temprana instrucción del niño forman la base para su futuro y lo sostienen por el resto de su vida. Padres, recordad que por revelación el Señor ha asegurado que los niños son incapaces de cometer pecado, que viven en Cristo y que el demonio no tiene poder sobre ellos hasta que llegan a la edad de responsabilidad. Los primeros ocho años de la vida del niño son años valiosos que el Señor ha concedido a los padres, para instruirlos y enseñarles a formar buenos hábitos y desarrollar caracteres nobles. Seguir leyendo

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Las bendiciones del templo

9 de marzo de 1975, Conferencia General de Área en Buenos Aires
Las bendiciones del templo
por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballEsta ha sido una maravillosa conferencia, y si estáis agradecidos por ella, espero que expreséis vuestra gratitud al Señor aumentando vuestra actividad y fidelidad en la Iglesia. Esperamos que haya un aumento en la asistencia a las reuniones, en las oraciones familiares y en las noches de hogar.

Os han dirigido la palabra los once hermanos de las Autoridades Generales que vinieron de Salt Lake City y muchos otros han expresado sus inspirados sermones. Habéis escuchado al presidente Tanner, Consejero en la Primera Presidencia, y él os ha traído mucho de su experiencia y habilidad. Os ha brindado muchos años de servicio aun cuando os separa de él una gran distancia. El ha dado énfasis a la importancia de guardar el día de reposo, cumplir con la Palabra de Sabiduría en forma estricta y llevar una vida limpia y libre de toda inmoralidad.

El élder Mark E. Petersen se dirigió maravillosamente a los padres. Aconsejó a los hermanos a ser cariñosos con la esposa y los hijos.

El élder Delbert L. Stapley habló sobre cómo preparar el camino hacia la perfección y la importancia de la actividad del sacerdocio.

El élder L. Tom Perry nos ha hablado de nuestro Padre Celestial y su Hijo Jesucristo; testificó del trabajo en el templo y expresó su gratitud por estar sellado eternamente a su esposa, a quien lamentablemente perdió hace pocos meses.

El élder  Christiansen testificó de los profetas vivientes del Señor.

El élder Franklin D. Richards nos ha recordado los muchos talentos que nos ha dado el Señor y cómo El espera que los utilicemos.

El élder J. Thomas Fyans nos ha hablado acerca de la organización de esta conferencia. Él fue presidente de misión en Montevideo por tres años. Nos ha dicho que si nos mantenemos dignos, encontraremos al Mesías.

El élder A. Theodore Tuttle nos dirigió un emocionante discurso referente al trabajo misional y nos recordó la responsabilidad que tenemos de llevarlo a cabo aquí en Sudamérica.

El élder Hartman Rector, quien es también un converso a la Iglesia, nos dio un fuerte testimonio de la divinidad de la misma. Dijo que somos cristianos, que tenemos el mandamiento de predicar el evangelio, que todo joven debería cumplir una misión.

El élder Pinegar mencionó que espera que guardemos en nuestro corazón los testimonios que hemos escuchado y que, si vivimos los mandamientos, llegaremos a un mejor conocimiento de Dios y sus vías.

Otros hermanos, representantes regionales y líderes de misiones y estacas, también nos han dejado su fuerte testimonio.

Queridos hermanos estamos en una tierra de gran desarrollo y progreso. En tiempos pasados, era necesario reunirnos en grupos pequeños ya que reunimos en grupos grandes ponía en peligro nuestra seguridad personal. Ahora no somos una Iglesia japonesa ni finlandesa; no somos chilenos, argentinos, uruguayos ni paraguayos. Somos la Iglesia de Jesucristo que es una Iglesia universal. Seguir leyendo

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Un llamamiento divino

9 de marzo de 1975, Conferencia General de Área en Buenos Aires
Un llamamiento divino
por el élder William Jones
Representante Regional de los Doce

Mis queridos hermanos, ¡qué conferencia hemos experimentado hoy y ayer! En un sentido real, hemos gustado el don celestial de nuestro Padre Celestial, maná espiritual, como lo dijo Pedro en el Monte de la Transfiguración: «. . .  Bueno es para nosotros que estemos aquí. . . “(Mateo 17:4). Del mismo modo que sucedió con él, nosotros hemos sentido el ennoblecedor poder de Dios. Es también un gran privilegio compartir con vosotros esta primera conferencia general de habla hispana en Sudamérica.

Ya sucedió una vez hace 2.000 años, en la parte sur del continente de Sión, el caso de otros que se regocijaron tal como lo hacemos nosotros hoy.

«Y ésta es la bendición que se nos ha concedido, hemos sido hechos instrumentos en las manos de Dios para realizar esta gran obra.

He aquí, miles de ellos se regocijan, y han sido conducidos al redil de Dios.

He aquí, el campo estaba maduro, y benditos sois vosotros porque metisteis la hoz, y segasteis con todo ahínco; sí, trabajasteis todo el día; ¡y he aquí el número de vuestras gavillas! Serán recogidas en los graneros para que no se desperdicien.

Sí, las tormentas no los abatirán en el postrer día, ni los molestarán los torbellinos; mas cuando venga la borrasca, serán reunidos en su lugar para qué la tempestad no pueda llegar hasta donde estén ellos;. . .

Mas he aquí, se hallan en manos del Señor de la cosecha, y son de él, y los exaltará en el postrer día» (Alma 26:3-8).

Quisiera discutir con vosotros el gozo de ser instrumentos en las manos del Señor, de recibir un llamamiento en la Iglesia. Cuando somos llamados a ocupar el cargo de maestro, o líder, o secretario, deberíamos comprender que estamos recibiendo un llamamiento divino.

En primer término, cuando recibimos un llamamiento debemos ser obedientes al mismo y, en condiciones normales, debemos aceptarlo. Cuando ese llamamiento nos llega, debemos responder tal como lo hizo Samuel en la antigüedad: «Habla, Señor, porque tu siervo oye» (1 Samuel 3:9).

En nuestro barrio vivía un hombre de negocios que era muy rico, a quien le gustaba mucho la caza y la pesca. Este hombre tenía el llamamiento de ser miembro del sumo consejo de la estaca, pero había decidido pedir su relevo del mismo a los efectos de contar con más tiempo para dedicarlo a esos deportes. Pocos días antes de pedir su relevo, su hijo de 17 años, se vio involucrado en un accidente automovilístico en el cual sufrió lo que parecía ser una fractura de cráneo. Al ser llamado a la escena del accidente, el padre del muchacho quiso poner sus manos sobre la cabeza del mismo y bendecirle para curarlo mediante el poder del sacerdocio. El describió más adelante la experiencia, diciendo: «Al intentar poner las manos sobre la fracturada cabeza de mi hijo, no pude hacerlo. Sólo podía pensar en qué había pensado decirle ‘no’ al Señor en mi llamamiento. Entonces pedí a los que me rodeaban que me disculparan por un momento. Fui atrás de una casa y me arrodillé llorando, rogándole al Señor que me perdonara. Le prometí a mi Padre Celestial que si El me permitía curar a mi hijo, nunca volvería a decirle ‘no’. Entonces me inundó una dulce paz y me dirigí a bendecir a mi hijo, mandándole que se recuperara, que sirviera en una misión, que se casara en el templo y que llevara una vida normal. Durante toda una semana, la más larga de nuestra vida, estuvo inconsciente. Entonces, una noche, nuestro presidente de estaca, rogándome que lo perdonara por hablarme en circunstancias tan difíciles, me llamó para ser obispo». El miembro de nuestro barrio me contó después: «Saltando de mi silla y llorando de gozo, lo abracé y le agradecí la oportunidad de decir ‘sí’ a mi Señor y me fui a mi casa.» Mi esposa me -recibió en la puerta llorando de alegría, para decirme que habían llamado del hospital para avisarnos que nuestro hijo había recuperado el conocimiento y que llegaría a recuperarse completamente. Esto había sucedido mientras yo me encontraba con el presidente de la estaca diciéndole ‘sí’ a mi nuevo llamamiento. Desde ese momento en adelante, jamás dije ‘no’ a mi Señor.» Seguir leyendo

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Hemos hallado al Mesías

9 de marzo de 1975, Conferencia General de Área en Buenos Aires
Hemos hallado al Mesías
por el élder J. Thomas Fyans
Ayudante del Consejo de los Doce

J. Thomas Fyans«Hemos hallado al Mesías». (Juan 1:41). Así dijo Andrés a su hermano Pedro, según se encuentra registrado en el primer capítulo del evangelio de Juan. Cuán gloriosa y maravillosa la proclamación para escuchar, para meditar, para entender, para creer, para tener un testimonio tan cierto. Hallamos en este mismo capítulo de Juan el testimonio de el Bautista cuando manifestó, «Y yo le vi, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios» (Juan 1:34).

Este Salvador, el Señor Jesucristo, de quien estos hermanos dieron testimonio, es «la luz verdadera que ilumina a cada ser que vive en el mundo» (D. y C. 93:2).

El profeta José Smith nos desafió a que aprendiéramos a conocer al Salvador cuando dijo: «Escudriñad las escrituras; escudriñad las revelaciones que publicamos y pedid a vuestro Padre Celestial, en el nombre de su Hijo Jesucristo, que os manifieste la verdad; y si lo hacéis con el sólo fin de glorificarlo, no dudando nada, Él os responderá por el poder de su Santo Espíritu. Entonces podréis saber por vosotros mismos y no por otro. No tendréis entonces que depender del hombre para saber de Dios, ni habrá lugar para la especulación; no; porque cuando los hombres reciben su instrucción de Aquel que los hizo, saben cómo los salvará. Por lo que de nuevo os decimos: Escudriñad las escrituras; escudriñad las profecías.»

Nuestro Profeta actual, el presidente Spencer W. Kimball, es un gran estudioso de las escrituras y un ejemplo viviente para todos nosotros. Hablando en una ocasión a los maestros de seminarios e institutos, dijo: «Hallo que cuando mi relación con Dios es informal y cuando parece que no hay un oído divino escuchando, ni una voz divina hablando, me encuentro lejos, muy lejos. Si me sumerjo en las escrituras, la distancia se acorta y la espiritualidad vuelve. Me encuentro entonces amando más intensamente a aquellos a quienes debo amar con todo mi corazón y mente y fuerza. Y amándolos más, hallo que es más fácil ceñirme a su consejo».

El programa del Señor para enseñar y estimular a su pueblo a vivir el evangelio de Jesucristo, incluye las siguientes tres fases básicas:

Primero, revela el evangelio a sus profetas;

Segundo, requiere de los padres que enseñen el evangelio a sus hijos;

Tercero, deposita responsabilidad en la Iglesia para ayudar a la familia.

No es simple cumplir con el desafío de enseñar a nuestros jóvenes a transitar por los caminos de la verdad, y a prepararse para vencer las tentaciones y las pruebas de hoy en día. Si bien las organizaciones auxiliares y los quórumes del sacerdocio ofrecen una ayuda valiosa en este sentido, no pueden ser considerados como la fuente principal de la que el Señor espera que sus hijos aprendan. Estas pueden solamente ofrecer ayuda. Es sobre nosotros, como padres, que el Señor ha depositado toda su confianza.

Esa responsabilidad sagrada de enseñar a nuestros hijos, requiere un esfuerzo personal, siendo que primero debemos aprender los principios nosotros mismos y luego prepararnos para enseñarlos. Por lo tanto, podríamos preguntarnos, «¿Qué está haciendo la Iglesia a fin de ayudar a prepararnos para enseñar a nuestros hijos?»‘ Seguir leyendo

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La sal de la tierra

9 de marzo de 1975, Conferencia General de Área en Buenos Aires
La sal de la tierra
por el élder Delbert L. Stapley
del Consejo de los Doce

Delbert L. Stapley.Mis amados hermanos, hermanas y amigos: Me siento sumamente agradecido, pero al mismo tiempo humilde, por estar entre este pueblo devoto y escogido. En esta ocasión quisiera hablar acerca de nuestro deber de perfeccionarnos como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Después que Jesús comenzó su misión terrenal y logró reunir un fiel grupo de discípulos devotos, subió a un monte y allí enseñó muchos principios y verdades importantes que se refieren a diversos, pero vitales asuntos pertenecientes al bienestar y felicidad temporales y espirituales del hombre.

Deseo examinar con vosotros una amonestación que procede del bien conocido sermón de nuestro Señor sobre el monte. En él Jesús dijo a sus discípulos:

«Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres» (Mateo 5:13).

He oído a hombres explicar estas enseñanzas, diciendo que en tiempos antiguos, la sal, no tan refinada como la que usamos hoy, se compraba en su estado natural, se lavaba y se utilizaba para dar sabor a la comida. Cuando no quedaba más que los inservibles restos o residuos, se echaba a la calle para ser hollados bajo los pies de los hombres.

¿Con qué fin, pues, se refiere Cristo a sus apóstoles como a «la sal de la tierra»? Este pasaje de las escrituras no es una afirmación ociosa ni insignificante; al contrario, es profunda y significativa. Todos estamos familiarizados con el sabor que la sal surte en la condimentación de los alimentos para que resulten más agradables al gusto, y por consiguiente, deseables y apetitosos.

¿Estará sugiriendo el Salvador a sus discípulos en esta declaración que por guiarse íntegramente por el plan de vida y salvación del evangelio, pueden adquirir una influencia sazonadora espiritual para bien en las vidas de todos aquellos con quienes se asocien y obren?

El evangelio según San Marcos ha proporcionado este concepto adicional de Jesús: «Tened sal en vosotros mismos; y tened paz los unos con los otros» (Marcos 9:50)

Para los hebreos la sal era un símbolo de pureza y fidelidad; también un vínculo inquebrantable de amistad. Indudablemente fue con este conocimiento que Cristo empleó la metáfora para explicar un punto doctrinal que sus discípulos pudieran entender.

En sus escritos a los santos de Colosas, el apóstol Pablo aconsejó: «Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal para que sepáis cómo debéis responder a cada uno» (Colosenses 4:6).

El relato que el Libro de Mormón hace de la visita de Cristo a los nefitas confirma la palabra bíblica y contribuye este concepto: «Pero, si la sal perdiere su sabor, ¿con qué será salada la tierra?» (3 Nefi 12:13). Seguir leyendo

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