El espíritu misional

Noviembre de 1977
El espíritu misional
por el élder Jacob de Jager
del Primer Quórum de los Setenta

Jacob de JagerRecuerdo que en una ocasión, durante una conferencia de distrito en Holanda, en la que explicamos la responsabilidad de ser “cada miembro un misionero”, vino a verme una hermana y con los ojos llenos de lágrimas, se lamentó: “Yo no sé cómo enseñar a los investigadores”. Nosotros no habíamos explicado claramente y ella no había entendido que todo lo que tenía que hacer era servir de enlace entre los investigadores y los misioneros, o sea concertar un encuentro. No era extraño que estuviera atemorizada.

Creo que muchos miembros sienten el mismo temor. El Señor no quiere que estemos atemorizados, sino que seamos felices y compartamos nuestra felicidad con otros. El espíritu misional está inspirado por el Espíritu del Señor.

He conversado con muchos miembros sinceros a quienes les gustaría hacer la obra misional, pero no saben cómo. ¿Cómo podemos obtener ese espíritu? Creo que para lograrlo tenemos cuatro pasos:

  1. Convertirnos al evangelio. No podemos “fortalecer” a nuestros hermanos a menos que cumplamos con el mandamiento del Señor de convertirnos primero nosotros mismos. (Véase Lucas 22:32.) Para ello debemos adoptar el mismo sistema que tienen que seguir los investigadores: estudiar, orar, e ir a la Iglesia para compartir el espíritu que reina allí.
  2. Cuando logramos un testimonio, el próximo paso es obedecer las leyes de la Iglesia; el Señor no puede dar el espíritu misional a alguien que es desobediente. Esto no significa que debemos ser perfectos, sino que debemos ser lo suficientemente dignos como para obtener una recomendación para el templo. A veces me han dicho algunas personas que al retirarse de una reunión en la que se les ha alentado a hacer la obra misional, han experimentado un sentimiento que les hizo pensar: “No puedo ser un misionero y dar mi testimonio a otros, porque fumo y no sería honesto conmigo mismo”; o puede suceder que el problema sea causado por no pagar el diezmo o por ser áspero con los miembros de la familia.
  3. Debemos orar cada día para obtener el espíritu de la obra misional. Es necesario recalcar mucho este punto puesto que es imposible ganar un testimonio de la obra misional sin antes orar para lograrlo; también es imposible hacer la obra misional sin la ayuda del Espíritu.
  4. Luego, a medida que desarrollamos nuestras actividades diarias, debemos estar atentos al espíritu de discernimiento que nos indicará a quién debemos dirigirnos, qué clase de persona es y cómo debemos abordarla. A causa de que tengo que viajar bastante por negocios y ahora por la Iglesia, he adoptado la filosofía de “enseñar en el momento propicio”. Se puede presentar la ocasión mientras estamos en la oficina de correos, esperando para comprar estampillas, mientras esperamos el ómnibus o en cualquier otro negocio. El programa para hermanar familias nos permite otras formas de acercamiento debido a que tenemos más tiempo para desarrollar una amistad más profunda con los demás; pero “enseñar en el momento propicio” es una forma de ser misionero para los desconocidos.

Sabemos que “donde hay muchas personas, hay muchas maneras de pensar”, y que para alcanzar eficazmente a cada una de ellas, debemos conocer la forma de pensar de cada individuo. Os doy mi testimonio de que la mejor manera de saber cómo abordar a cada persona es orando para recibir ayuda y escuchando cuidadosamente porque el Espíritu Santo ya conoce todas estas cosas. A continuación cito algunas formas de hablar acerca del evangelio, que hemos aprendido por experiencia. Seguir leyendo

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Cómo testificar

Noviembre de 1977
Cómo testificar
por Stephen R. Covey

Stephen R. Covey¿Qué es un testimonio?
Algunas veces quedo asombrado por el poder de un testimonio. Después de todo, es más o menos la misma cantidad de palabras que por lo general le decimos a cualquier persona en una conversación corriente. Pero, ¡cuán grande es el poder de esas palabras!

Por ejemplo, me encontraba hablando ante los misioneros en la Misión de Capacitación de Idiomas, cuando repentinamente me sentí impulsado a testificar respecto al valor intrínseco de cada persona presente, de que no había necesidad de compararnos con nadie más, que el Señor nos conoce y nos ama individualmente y en esa forma nos proporciona ayuda y poder especiales para seguir adelante. Al concluir, varios me pidieron que expresara nuevamente mi testimonio y que lo explicara más detalladamente, como mostrándose ansiosos por creerlo. Uno de ellos sucumbió a la emoción por el sentimiento de alivio y gozo que mis palabras le produjeron.

Recuerdo que en muchas ocasiones después de enseñar el evangelio a investigadores en el campo de la misión, a miembros en las reuniones de la Iglesia, a consejeros en mi oficina o a extraños durante viajes, me sentí motivado a testificar de la realidad y poder del Salvador, y cuando lo hice, tuve la sensación de ser como un conducto de luz, amor y poder. A pesar de que parecía tan común y normal en el momento, muchas veces me sentí asombrado por el efecto casi milagroso de que una persona expresara testimonio a otra mediante el Espíritu. Los testimonios de los demás surten un efecto similar en mí.

¿Por qué tiene tanta influencia y es tan necesaria la expresión del testimonio? Se me ocurren por lo menos tres razones:

Primero, testificar es la forma más pura de comunicación humana. El significado más hondo, la convicción más profunda del alma de una persona se está entregando a otra mediante el Espíritu Santo.

“De manera que, el que la predica y el que la recibe se comprenden entre sí, y ambos son edificados, y se regocijan juntamente.” (D. y C. 50:22.)

El Señor desea que sus hijos escuchen y reciban verdades divinas a fin de que vivan mediante ellas y puedan recibir más.

Segundo, expresar el testimonio nos ayuda a sentirnos más confiados. Indudablemente, antes de venir aquí sabíamos muchas verdades eternas, y el “testimonio puro” hace el velo lo suficientemente tenue como para recordarnos el conocimiento premortal. Hasta cierto grado nos sentimos como “en casa”.

El presidente Joseph F, Smith enseñó: “Toda verdad sobresaliente que llega con toda fuerza al corazón y la mente del hombre, es tan sólo el despertar de un recuerdo que permanece latente en el espíritu”. Luego preguntó: “¿Podríamos saber aquí cualquier cosa que no supiéramos antes de venir?”

Tercero, la gente añora algo fijo y evidente en el universo, algo en lo que pueda creer profundamente y de lo cual pueda depender. Quizás esto sea así ahora más que nunca, ya que casi todo está cambiando en el mundo, Incluyendo la rapidez de los mismos cambios; esa velocidad está aumentando constantemente. Se necesita algo inmutable que sea verdadero. De otro modo, tenemos la tendencia a recurrir a defensas tales como el prejuicio y el cinismo, que nos ayuden a ser invulnerables a todas las fuerzas inconstantes que acosan nuestra vida. Seguir leyendo

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Me seréis testigos

Noviembre de 1977
“Me seréis testigos”
por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballNinguna persona que se haya convertido al evangelio debe evadir su responsabilidad de enseñar la verdad a otras personas. Ese es nuestro privilegio, nuestro deber; y es un mandamiento del Señor. El presidente Heber J. Grant dijo:

“El primer gran mandamiento es amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, poder, mente y fuerza; y el segundo es semejante: amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Y la mejor manera de demostrar nuestro amor por nuestro prójimo es ir por todas partes y proclamar el Evangelio del Señor Jesucristo, del cual Él nos ha dado conocimiento absoluto concerniente a su divinidad.” (Conference Repon, april de J927, pág. 176.)

Hace algunos años me preguntaron: “¿Debe todo joven miembro de la Iglesia salir a cumplir una misión?” Yo respondí con la respuesta que el Señor ha dado: “Sí, todo joven digno debe salir de misionero”. El Señor así lo espera, y si no es digno de salir de misionero, entonces de inmediato debe comenzar a hacerse digno. El Señor nos ha instruido:

“Enviad los élderes de mi Iglesia a las naciones que se encuentran lejos; a las islas del mar; enviadlos a los países extranjeros; llamad a todas las naciones, primeramente a los gentiles y después a los judíos.” (D. y C. 133:8.)

De modo que los jóvenes de la Iglesia que están en edad de ser ordenados élderes, deben estar preparados y ansiosos para salir al mundo como misioneros. En la actualidad, sólo una tercera parte de los jóvenes elegibles de la Iglesia han salido a una misión. ¡Una tercera parte no es “todo joven”!

Alguien quizás también pregunte: “¿Debe cada mujer joven, cada padre y madre, cada miembro de la Iglesia, salir como misionero? Nuevamente, el Señor ha provisto la respuesta: Sí, cada varón, mujer, y niño; cada joven y cada pequeñuelo debe ser misionero. Esto no significa que deban ir al extranjero ni ser apartados como misioneros regulares. Significa que cada uno de nosotros tiene la responsabilidad de dar testimonio de las verdades del evangelio que se nos han dado. Todos tenemos parientes, vecinos, amigos y compañeros de trabajo, y es nuestra responsabilidad enseñarles las verdades del evangelio, tanto por precepto como por ejemplo. Las Escrituras indican claramente que todos los miembros de la Iglesia son responsables de realizar la obra misional:

“…y le conviene a cada ser que ha sido amonestado, amonestar a su prójimo.” (I), y C. 88:81.) Seguir leyendo

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Las leyendas de América

Las leyendas de América

por Franklm S. Harria III

Los sacerdotes es­pañoles del siglo dieciséis compusie­ron una impre­sionante colección de historias sobre el origen de los indios americanos.

El explorador de la cultura maya, John Llóyd Stephens, dio a conocer por primera vez las maravillas de la antigua ci­vilización americana en 1841 en su libro Incidente of Trauel in Central América, Chiapas, and Yucatán, (Incidentes de un via­je por Centroamérica, Chiapas y Yucatán). Cuando José Smith encontró uno de estos ejemplares su entusiasmo fue mayúsculo: “Es maravilloso contar con la ayuda del mundo para lograr tantas pruebas… ¡Quién hubiera soñado que do­ce años servirían para desarrollar un testimonio tan incontro­vertible del Libro de Mormón!” (Times and Seasns, 15 de septiembre de 1842, págs. 914-15).

Lo que el Profeta aparentemente no sabía era que tres si­glos atrás, los españoles que llegaron al nuevo mundo busca­ron una respuesta al misterio del origen de los indios americanos no en los restos de las antiguas ciudades sino en las tra­diciones de los aborígenes. La evaluación de, esta obra primi­tiva es interesante a la luz de lo que enseña el Libro de Mormón.

El español encontró en el hemisferio occidental un pueblo completamente diferente, y se mostró naturalmente curioso acerca de su cultura, historia y antepasados. Varios soldados y misioneros católicos investigaron la historia de la antigua América examinando manuscritos nativos e interrogando a los mismos indios. Por más de dos siglos la mayoría de sus obras permanecieron sin ser publicadas, juntando polvo en los archivos europeos. Ninguna de éstas estaba a disposición en inglés durante la traducción del Libro de Mormón y muy pocos de sus escritos fueron impresos en español.

¿Qué aprendieron los españoles del siglo XVI de las tradi­ciones de los primeros americanos? Las fuentes de informa­ción más fidedignas y aquellas que datan de muchos siglos antes de la conquista, contienen leyendas que indican que las tierras que están más allá de los mares, son lugar de origen dé los progenitores de los habitantes del Nuevo Mundo. Seguir leyendo

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El Libro de Mormón

El Libro de Mormón

N. Eldon Tannerpor el presidente N. Eldon Tanner
Primer Consejero en la Primera Presidencia

En mi opinión, el Libro de Mormón es uno de los estudios más profundos del hombre y su naturaleza.

En él se encuentran contenidos los dos extremos de la naturaleza humana: por una parte, las personas espiritualmente grandes y esencialmente buenas; y por otra, aquellas que son diabólicas, impías, crueles y entregadas a la avaricia por el poder. Naturalmente, están los que se encuentran en un término medio, o sea entre estos dos extremos; pero en su mayor parte, el registro nefita se relaciona con aquellos que sirven al Señor y reciben ricas bendiciones y recompensas por su rectitud, y los que siguen los caminos de la maldad bebiendo, como dijo el rey Benjamín “condenación para sus… almas” (Mosíah 3:18).

Acepto plenamente el énfasis que se le da al Libro de Mormón como un testigo adicional de que Jesucristo es el Redentor y Salvador de la humanidad. En realidad, no existe mayor testigo de Cristo, su crucifixión y resurrección, que el relato que se encuentra en el Libro de Mormón acerca de su aparición en este hemisferio entre los descendientes de Lehi, Ahí también yace una de las verdaderamente grandiosas lecciones que podemos aprender en este libro.

No podía haber dudas en la mente de las multitudes congregadas en esta Tierra Prometida, de que Aquel que apareció ante ellos era el Señor resucitado. Su aparición fue anunciada desde los cielos por la voz del Padre, que dijo: “He aquí a mi Hijo Amado,… en quien he glorificado mi nombre: a él oíd” (3 Nefi 11:7).

Más adelante, el Salvador continuó está declaración con sus propias palabras, diciendo: “He aquí, soy Jesucristo, de quien los profetas testificaron que vendría al mundo” (3 Nefi 11:10).

Como prueba adicional de que él era su Señor, dijo a la, multitud que se encontraba postrada ante El:

“Levantaos y venid a mí, para que podáis meter vuestras manos en mi costado, y palpar las marcas de los clavos en mis manos y en mis pies, a fin de que sepáis que soy el Dios de Israel, y el Dios de toda la tierra, y que he muerto por los pecados del mundo.”..

El relato, que se encuentra en 3 Nefi, continúa de la siguiente manera:

“Y aconteció que la multitud se acercó; y metieron sus manos en su costado, y palparon tas marcas de los clavos en sus manos y en sus pies…

Y cuando todos se hubieron acercado y visto por sí mismos, clamaron a una voz;

¡Hosanna! ¡Bendito sea el nombre del Más Alto Dios! Y cayeron a los pies de Jesús, y lo adoraron.” (3 Nefi 11:14-17.)

¡Cuán gloriosa debió haber sido esa ocasión! La escena descrita es una de las más sublimes que se encuentran en las Sagradas Escrituras. Verdaderamente, cuán afortunados fueron los que se encontraban entre aquella multitud al presenciar el descenso desde los cielos y la manifestación del Señor resucitado. Ésta experiencia espiritual no tiene parangón en los anales de la relación del hombre con Dios. Seguir leyendo

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El partido que jugamos en la vida

Agosto de 1977
El partido que jugamos en la vida
por el élder Paul H. Dunn
del Primer Consejo de los Setenta

Paul H. DunnQuizás no os sorprenda saber que en todas las obras canónicas de la Iglesia hay escrituras que tienen que ver con el atletismo. Un profesor de la Universidad de Brigham Young, Robert Matthews, nos llama la atención sobre ciertos términos deportivos que usó el apóstol Pablo en varias de sus epístolas, y como prefacio a su obra, dice:

“En Corinto (y, por supuesto, en otras ciudades de Grecia), cada dos años se llevaban a cabo competencias deportivas donde tenían lugar todos los juegos que los griegos preferían, tales como carreras, saltos, lucha, lanzamiento de disco y jabalina, etc. El premio consistía solamente en una corona hecha de ramas de pino o de hiedra; pero el vencedor era recibido en su ciudad natal con grandes honores. A fin de que una persona fuera considerada digna de participar, debía someterse a largas horas de práctica y riguroso entrenamiento. Debía dedicarse a ello como algo más que un pasatiempo, y disciplinarse con un esfuerzo constante y severo, a fin de tener la posibilidad de ganar.

Al proclamar el mensaje del evangelio, Pablo hace diversas menciones a aquellos eventos deportivos. Nos habla de luchadores y corredores, y del curso que éstos seguían; de gladiadores, luchando contra las bestias salvajes; de una corona para el vencedor; de metas, recompensas, duro entrenamiento y preparación adecuada; y, sobre todo, nos habla del deseo de salir vencedor.

Sin duda, los primeros conversos cristianos estaban familiarizados con todos esos juegos y, por lo tanto, Pablo usó el vocabulario del atleta para estimular a los seguidores de Cristo a aplicar en su vida las enseñanzas del evangelio, y particularmente para hacerles comprender la importancia de la autodisciplina y el sacrificio.” (Adaptado de Speeches of the year, BYU Press, 1974, págs. 3-16.)

El hermano Matthews continúa diciendo que probablemente Pablo haya concurrido a uno de los grandes estadios griegos de su época, y allí haya observado a los corredores de maratón, cuando al prepararse para la carrera se quitaban la armadura y la dejaban a un lado; acostumbraban practicar con sus armaduras puestas, pero se las quitaban cuando llegaba el momento de la carrera. Cuando el árbitro daba la señal de partida, comenzaban a correr; la distancia que recorrían era de 42 km. e iban, hasta la población vecina y luego de regreso al estadio. Al final de la competencia el juez entregaba el trofeo al ganador. Probablemente Pablo, al observar estas carreras, viera en ellas una gran lección para la vida; de ahí, que pronunciara la siguiente declaración:

“…nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojemos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante,

puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe…” (Heb. 12:1-2.)

Pablo percibió en los deportes uno de los mayores beneficios que puede ofrecer el entrenamiento: el deseo de salir vencedor. Observando cómo coronaban a aquellos grandes campeones y viendo la guirnalda que recibían como recompensa, imaginó el día en que él habría de recibir la corona más preciosa de todas: la de la vida eterna.

Pablo sabía la forma en que aquellos hombres se habían preparado y esforzado para obtener la victoria, el celo y el entusiasmo con que habían participado en la carrera, y los comparó con la forma en que los cristianos abrazaban Su fe. Seguir leyendo

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Un nuevo mandamiento: Sálvate y salva a los tuyos

Agosto de 1977
Un nuevo mandamiento: Sálvate y salva a los tuyos
por el élder Bruce R. McConkie
del Consejo de los Doce

élder Bruce R. McConkiePara gran regocijo de aquellos que aman al Señor y su santa palabra, y desean ser guiados desde los cielos, durante la Conferencia General de abril de 1976, se agregaron a los libros canónicos tíos revelaciones enviadas de los cielos, ambas conocidas dentro de la Iglesia por un periodo de tiempo suficiente como para que sean escritura.

En una solemne sesión del Templo Santo, el 25 de marzo de 1976, bajo la influencia del Espíritu Santo del Señor, la Primera Presidencia y el Consejo de los Doce votaron por unanimidad agregar a la Perla de Gran Precio lo siguiente:

Una visión del reino celestial dada al profeta José Smith en el Templo de Kirtland el 21 de enero de 1836, relacionada con la salvación de aquellos que murieron sin un conocimiento del evangelio y también con la de los niños pequeños.

Una visión dada al presidente Joseph F, Smith en Salt Lake City, Utah, el 3 de octubre, de 1918, acerca de la visita del Señor Jesucristo al mundo espiritual para dar a conocer la doctrina de la redención de los muertos.

Basándose en la deliberación y la prudencia, conociendo perfectamente la importancia y el efecto de la propuesta que teman para considerar, las manos de los quince hombres que la Iglesia sostiene como profetas, videntes y reveladores, se levantaron para certificar su acuerdo personal con respecto a la moción que se encontraban tratando.

En la Iglesia verdadera, donde hay apóstoles y profetas, no hay nada mejor conocido o más grandemente apreciado que el hecho de que él canon de Escrituras no está ni estará nunca completo. El Señor habla y su pueblo le escucha. Sus palabras y su obra no tienen fin, porque jamás cesarán (Moisés 1:4, 38).

Porque El no hace acepción de personas y es su deseo honrar y bendecir a todos aquellos que le aman y le sirven, el Señor derrama bendiciones y da gloriosas visiones a todos aquellos que obedecen las leyes sobre la cual se basan estos dones espirituales. Estos no están limitados a profetas y apóstoles, ya que, cuando se trata de dones, todos somos iguales ante Dios, y lo que los élderes hablaren cuando fueren inspirados por el Espíritu Santo, será escritura, será la voluntad, la intención, la palabra y la voz del Señor, (véase D. y C. 68:1-4).

Desde los días de la primera dispensación, ha sido costumbre del pueblo del Señor seleccionar las declaraciones espirituales de aquellos que son señalados para dirigir la Iglesia, y publicar dichas selecciones como escritura oficial. Todo lo que se diga y se escriba por inspiración, es verdad y debe ser aceptado y creído por todos los que se llamen santos. Pero las revelaciones, visiones, profecías y narraciones seleccionadas y publicadas para uso oficial, se ligan a la gente en un sentido particular y especial; éstas llegan a ser parte de los libros canónicos de la Iglesia, se convierten en las normas por las cuales se determinan la doctrina y los procedimientos.

Al agregarse a los libros canónicos la visión del Profeta acerca del reino celestial y la del presidente Joseph F. Smith sobre la redención de los muertos, éstas adquieren un nuevo significado. Ambas contienen verdades del evangelio que no sé encuentran en los libros canónicos, y dé ahora en adelante, se conocerán y se citarán más, y se utilizarán como referencia de los libros canónicos de acuerdo con lo que el tema requiere.

Es obvio que habrá otras revelaciones a las cuales apropiadamente se les dará calidad de escritura y formal aprobación.

No había nada nuevo en estas dos revelaciones sobre la salvación de los muertos. El contenido de las mismas ha sido conocido, sus normas se han estado cumpliendo, sus principios, han sido enseñados extensamente. Pero ahora, en este momento, al agregarlas a las Escrituras oficiales de los santos, se convierten en un nuevo mandamiento, un nuevo pronunciamiento divino tanto para decir como para hacer todo lo requerido en la doctrina de la salvación de los muertos.

A continuación aparece un resumen cronológico de cómo se reveló esta doctrina del desarrollo del alma. Seguir leyendo

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Los dioses falsos

Agosto de 1977
Los dioses falsos
por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballTengo entendido que el sentido que se relaciona más cercanamente con la memoria, es el del olfato. Si así fuera, entonces tal vez explicara muchos de los hermosos sentimientos que de mí se apoderaron en varias oportunidades en que por la mañana salí por unos momentos, y logré sumergirme en los cálidos recuerdos de mi niñez y juventud, al llenar mi pecho con los dulces aromas consustanciados con el suelo y la vegetación de la buena tierra.

En diversos momentos, y algunas veces en oportunidades muy especiales, algún aroma particular, tal vez sólo el del pasto verde o el peculiar olor de la salvia que desde la distancia trae la brisa, me transporta a aquellos lejanos días de mi juventud en el estado de Arizona. La tierra era árida, pero aun así, fructífera al influjo de manos determinadas y laboriosas.

Trabajábamos la tierra y criábamos ganado, en toda clase de condiciones climatéricas. En aquellos tiempos se viajaba a caballo, en carreta o a lo sumo en calesas. Con mis hermanos solíamos correr como el viento por los huertos, por los polvorientos caminos, por las filas de maíz, de rojos tomates, de cebollas y calabazas. Supongo que es natural pensar que en aquellos días teníamos una vida más elemental, más cercana a la naturaleza.

Hace un tiempo tuve la oportunidad de ver, en el preciso momento de salir hacia la calle, el cielo cubierto por enormes y oscuras nubes de una precipitada tormenta de verano. Cuando las grandes y pesadas gotas de lluvia comenzaron a repiquetear en el polvoriento suelo con creciente rapidez, no pude menos que recordar las esporádicas tardes de verano de mi niñez, en las que se formaban tremendas tormentas que llevaban repentinamente la tan deseada lluvia que ansiosamente esperaba el sediento suelo del valle. Nosotros los niños, corríamos inmediatamente en busca de protección, y mientras los relámpagos llevaban a cabo su refulgente danza, nos sentábamos a mirar embelesados, aquella maravilla natural y la creciente acumulación del agua que, como un milagro, provenía de aquel maravilloso espectáculo. Cuando la paz y la calma calmaban el ambiente después de la tormenta, casi podíamos “ver” el límpido y fresco aire repleto de dulces aromas del suelo, de los árboles y de las plantas de los huertos.

Había tardes en aquellos lejanos tiempos cuando, mientras volvía del campo con las vacas, al atardecer, me detenía recostándome en una vieja y gastada cerca, donde a menudo permanecía silencioso acompañado sólo por la penumbra del crepúsculo y la fragancia de los girasoles, y me preguntaba: “Si fueras a crear un mundo, ¿cómo lo harías?” Hoy, después de algunos años y algunas experiencias, la respuesta se hace clara y natural: “idéntico a éste”.

Parece extraño, entonces, que ese día especial en que cargado de hermosos recuerdos, me detuve a observar la repentina tormenta de verano sentí, tal como lo siento ahora, que la tierra en la que vivimos es un mundo maravilloso.

No obstante, en aquella ocasión en que tantos gratos recuerdos llenaron mi corazón, hubo también otra impresión que asaltó mis pensamientos. Las oscuras y amenazantes nubes que parecían colgar tan bajas sobre el valle, parecían forzar mis pensamientos al tema que ha preocupado a las Autoridades Generales de la Iglesia durante tantos años y que en realidad fue también de especial preocupación para los profetas escogidos del Señor desde la creación del mundo. Me refiero al estado general de maldad en que se encuentra el mundo en estos peligrosos, aun cuando cruciales momentos de la historia; y pensando sobre esto no puedo menos que recordar aquel gran principio general que establece que donde mucho es dado, mucho es también requerido. (Véase Lucas 12:2:48.) Seguir leyendo

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Y por qué peligramos?

¿Y por qué peligramos?

Spencer W. Kimballpor el presidente Spencer W. Kimball

Con el transcurso de los años, a medida que mis pensamientos y mi corazón se han tornado hacia la vida de mis nobles antepasados, he aprendido a apreciarlos más; esto no solamente me ha acercado a ellos en sentimiento, sino que me ha ayudado a ver la eternidad más claramente. Mi propia vida está arraigada no sólo en el presente, sino también en la vida de mis antepasados.

Recuerdo haber leído un mensaje que uno de mis abuelos escribió a sus hijos, en el cual decía:

“Sólo me preocupo por los asuntos de la eternidad. Cuando admiro los grandiosos hechos de Dios y la gloria que les espera a los justos, y cuando me doy cuenta, de lo recto que es el camino, a pesar de lo cual pocos lo encuentran, siento la necesidad de rogarle al Señor que bendiga y salve a mis hijos. Estoy agradecido a Dios porque vivó en una época en que algunos encontrarán ese camino y llegarán a ser dioses.” (Life of Heber C. Kimball por Orson F. Whitney. Bookeraft, 1945; pág. 513.)

Si vivimos teniendo siempre presente la idea de la eternidad, tomaremos mejores decisiones. Quizás esta sea la razón por la que el presidente Brigham Young dijo en una ocasión que si él pudiera hacer tan sólo una cosa para bendecir a los santos, lo que haría sería darles ojos con los cuales pudieran ver las cosas tal como son ” (Journal of Discourses, pág. 513). Es interesante notar cómo esas últimas palabras reflejan las de las Escrituras, en las cuales se describe la verdad como “conocimiento de las cosas como son, homo eran y como han de ser” (D. y C. 93:24). Asimismo, Jacob nos recuerda que el Espíritu “habla la verdad… de las cosas como realmente son, y como realmente serán…” (Jacob 4:13).

Cuanto más claramente vemos la eternidad, más obvio se hace que la obra del Señor en la cual estamos ocupados, es vasta y grandiosa y tiene marcadas semejanzas a ambos lados del velo que nos separa del más allá.

Tenemos grandes obras que efectuar en esta tierra y supongo que el programa entero de la Iglesia podría caber en una de estas tres categorías: obra misional, obra del templo, y la de hermanamiento, o sea la de mantener a los miembros de la Iglesia activos y fieles. Nunca se recalcará demasiado el valore; importancia de cualquiera de estas actividades. Nuestro grandioso y creciente programa misional entre los mortales, se encuentra en el punto más extenso en que jamás lo haya estado en esta dispensación, ya que estamos predicando, enseñando y bautizando a miles de nuestros prójimos. Sin embargo, esta obra no se limita a proclamar el evangelio a toda nación, tribu, lengua y pueblo que actualmente se encuentren viviendo sobre la tierra; la obra misional también continúa más allá del velo entre los millones y billones de los hijos de nuestro Padre Celestial que han muerto, ya sea sin haber escuchado el evangelio, ya sin haberlo aceptado mientras moraron en la tierra; nuestra participación importante en dicho aspecto de esta obra, es efectuar en esta tierra las ordenanzas requeridas para aquellos que acepten el evangelio en el otro lado. El mundo espiritual está lleno de espíritus que ansiosamente esperan que nosotros efectuemos estas ordenanzas terrenales por ellos. Anhelo ver el día en que disolvamos la imaginaria línea divisoria que tan frecuentemente suponemos existe entre la obra misional y la obra genealógica del templo, porque es toda la misma gran obra redentora.

A través de las épocas ha habido periodos en que el Señor ha reunido a su pueblo y establecido el evangelio y ciertas ordenanzas de salvación entre ellos. A éstas les llamamos dispensaciones del evangelio; cada una de ellas ha sido dirigida por profetas que poseyeron el Santo Sacerdocio, y las llaves que les daba el poder para ejercerlo. A esos grandes hombres, los honramos por sus nobles e inspiradas obras de justicia. Notamos que en cada dispensación previa a la nuestra, se han introducido ciertos aspectos de la obra de salvación para toda la familia de Dios, y una parte de la obra ha sido terminada. Seguir leyendo

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Los dones del Señor

Los dones del Señor

Ezra Taft Bensonpor el élder Ezra Taft Benson
Presidente del Consejo de los Doce

Durante el año hay diferentes oportunidades que se celebran dando o recibiendo regalos. Pero sería bueno que constantemente recordáramos algunos de los muchos regalos, o dones, que hemos recibido de nuestro Señor Jesucristo, y que pensáramos qué podemos hacer, a nuestra vez, para retribuir su amor.

El Maestro nos proporcionó el modelo perfecto para que imitemos: su vida misma. Él dijo que “nadie tiene mayor amor que éste, que ponga alguno su vida por sus amigos” (Juan 15:13). Y no sólo nos dejó el ejemplo perfecto para nuestra vida terrenal, sino que también dio la suya por nosotros voluntariamente, sufriendo una agonía espiritual y física que nuestra mente no puede siquiera concebir, a fin de obsequiarnos con la gloriosa bendición de la expiación y la resurrección. (Véase D. y C. 19:15-19.)

Algunas personas serían capaces de morir por su fe, pero no de vivir plenamente por ella. Jesucristo vivió y murió por nosotros. Por medio de su expiación y si seguimos sus pasos, podremos obtener el don más precioso de todos: la vida eterna, que es la que vive el Altísimo, nuestro Padre Celestial.

Cristo preguntó en una oportunidad qué clase de personas debemos ser, y El mismo la respondió diciendo que debemos ser así como es El. (Véase 3 Nefi 27:27.) La persona cuya vida se ajusta más al modelo que Cristo nos dejó, es indudablemente la mejor, la más bendecida y la más feliz; esto nada tiene que ver con las posesiones terrenales, el poder o el prestigio. La única prueba de grandeza, magnanimidad y gozo que puede dar un ser humano, es su semejanza con el Maestro. Él es el único camino, la Verdad Pura y la vida plena.

La pregunta que siempre debemos tener presente y hacer constantemente, la que debe guiarnos en todos nuestros pensamientos y acciones, es: “¿Señor, qué quieres que haga?” (He. 9:6). La respuesta sólo nos puede llegar por medio de la luz de Cristo y el Espíritu Santo, La labor que tenemos que llevar a cabo es seguir al maestro, y os testifico que el pago que Él nos dará por esta labor es el mejor y más alto que podemos lograr en éste o en cualquier otro mundo.

Además de ofrendarnos el modelo de su vida, Cristo nos da también el regalo de un Profeta que nos guíe. De entre todos los mortales, nuestra mirada debe estar fija en éste, el capitán del barco, el Profeta, Vidente y Revelador, e) Presidente de la Iglesia de Jesucristo de tos Santos de los Últimos Días. Este es el hombre que está más cerca de la fuente de “aguas vivas”, y hay algunas instrucciones celestiales que sólo podemos recibir por su intermedio. Una buena manera de determinar nuestra posición ante el Señor, es observar el efecto que tienen en nuestros sentimientos y acciones las inspiradas palabras de su representante terrenal, nuestro Profeta y Presidente; con éstas no podemos jugar. Todos tenemos el derecho a recibir inspiración, y cada uno puede recibirla para cumplir con su particular obligación; pero sólo hay un hombre que puede reclamar el derecho de ser el vocero del Señor para la Iglesia y el mundo, y éste es nuestro Profeta. De acuerdo con sus palabras, se han de medir y juzgar las de todos los demás hombres de la tierra.

Aunque su Profeta es un hombre mortal, Dios no permitirá nunca que él conduzca a la Iglesia por caminos errados. (Véase Discourses of Wilford Woodruff, págs. 212-213.) Dios tiene el conocimiento de todas las cosas, desde el principio hasta el fin, y no es por mera casualidad que un hombre pasa a ocupar el cargo de Presidente de la Iglesia de Jesucristo, ni es por azar que se va de este mundo.

El Profeta que tiene para nosotros más importancia es, sin lugar a dudas, el que vive en nuestros días, porque él es quien recibe las instrucciones que el Padre quiera darnos en el presente. Las revelaciones de Dios a Adán no incluyeron instrucciones para Noé a fin de que pudiera construir el arca. Todas las generaciones han tenido y tienen necesidad de la Escritura antigua, pero también de la revelación que reciben por medio de su profeta, en su propia época; por lo tanto, la meditación más importante y crucial en nuestra vida, es aquella que haya sido motivada por las inspiradas palabras del Profeta del Señor. Por esto, es esencial que tengamos acceso a las publicaciones de la Iglesia, en las que podamos leer todo lo que él ha dicho. Sí, “te damos, Señor, nuestras gracias” por el Profeta que nos conduce en estos últimos días. Seguir leyendo

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Nefi, un hombre universal

Abril de 1977
Nefi, un hombre universal
por Alien E. Bergin

Nefi fue una rara combinación de gran Profeta y fundador de una nación. Como Profeta, sucedió a su padre Lehi como guía espiritual en la América antigua y puso los cimientos para el grado de rectitud que lograron los nefitas más tarde. Como gobernante de una nueva nación, su pueblo lo amaba tanto que cuando “ungió a un hombre para que fuera rey y director de su pueblo” el pueblo insistió en llamar a sus sucesores con el nombre de “Nefi segundo, Nefi tercero, etc.” (Jacob 1:9-11). Su influencia fue tan grande que por mil años el pueblo se llamó “nefita”. Casi al final de ese lapso, Mormón mismo se enorgulleció en declararse descendiente de Nefi (Mormón 1:5).

Al igual que Enoc, Moisés, José Smith y Brigham Young, Nefi condujo a su pueblo al bienestar material, lo organizó en una nueva sociedad y estuvo a la cabeza de una singular época en la historia de las Escrituras. Al igual que Enoc, Moisés y José Smith, recibió visiones extraordinarias y grandes poderes espirituales, incluyendo una visita del Señor. (1 Nefi 2:16; 2 Nefi 11:2-3.) También como José, el hijo de Israel, su rectitud provocó a que sus hermanos trataran de matarlo. (Véase Gén. 37:18-20; 1 Ne. 7:16; 16:38; 2 Nefi 5:4,) Sin embargo, como lodos los profetas de Dios, Nefi llevó a cabo valientemente la voluntad del Señor, haciendo lo que se le había ordenado.

Carácter y personalidad
Aun cuando estamos familiarizados con su estatura espiritual, algunas veces fallamos en reconocer que Nefi fue uno de los “hombres universales” de la historia de este mundo, una persona de muchos talentos y habilidades. El dirigió el establecimiento de una gran civilización en el “nuevo” mundo (2 Nefi 5:6, 10-11, 13); poseía el intelecto, las habilidades, la comprensión y capacidad directiva que lo clasifican como uno de los grandes colonizadores de todos los tiempos. Generalmente no le adjudicamos el término “pionero”, aunque deberíamos hacerlo; verdaderamente, tanto de esa manera como de otras, parece identificarse con Moisés en varias partes de sus escritos. (1 Nefi 4:2, 17:23-47.) Esta analogía es especialmente adecuada, porque ambos hombres fueron no sólo grandes colonizadores, sino también hombres de una gran capacidad espiritual; ambos tuvieron visiones y ambos escribieron anales que tuvieron grandes consecuencias, tanto en su propia civilización como en otras.

Nefi  no sólo refino personalmente el oro, diseñó la forma e hizo las planchas de metal en donde escribió, sino que también fue un hábil artesano en muchos otros aspectos (1 Nefi 19:1); cuando su arco de acero se rompió, hizo uno de madera (1 Nefi 16:23); fundió minerales, hizo herramientas de metal y construyó un barco con una maestría “admirable en extremo” (1 Nefi 17:16, 18:1-4), bajo la dirección del Señor. En la tierra prometida estableció una ciudad, construyó un templo “según el modelo de Salomón”, y enseñó a su pueblo a construir edificios, a trabajar toda clase de madera y a laborar en hierro, cobre, bronce, acero, oro, plata y metales preciosos (2 Nefi 5:15-16); para la defensa de su pueblo hizo espadas, tomando como modelo la de Labán (2 Nefi 5:14); en una tierra donde los lamanitas se convirtieron en un “pueblo ocioso” que subsistía con la caza, Nefi hizo que su pueblo fuese industrioso y trabajase esforzadamente; (2 Nefi 5:17, 24) y llevó a cabo todo esto en el desierto, sin la ayuda de ninguna otra civilización.

No disponemos de fotografías de Nefi, pero sabemos que era grande y poderoso (1 Nefi 4:31), un cazador excelente (1 Nefi 16:31-32), y que no se quejaba a pesar del dolor y las dificultades; era también un guerrero muy hábil y había sido “un gran protector” para su pueblo, empuñando “la espada de Labán” para defenderlo (Jacob 1:10).

Así como la rectitud de Abel provocó el odio de Caín, también la rectitud de Nefi dio lugar al odio de Lamán y Lemuel, sus hermanos. Seguir leyendo

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Lehi, Profeta y patriarca

Abril de 1977
Lehi, Profeta y patriarca
por Marshall R. Craig

El Libro de Mormón comienza con Lehi, su visión acerca de la destrucción de Jerusalén, los viajes | de su familia a través del desierto y su viaje a América. Pero debido a que su hijo Nefi escribió la narración, frecuentemente no comprendemos el predominante papel que desempeñó Lehi como Profeta y patriarca en aquel éxodo divinamente dirigido. Nefi nos presenta un relato de sus propios hechos y de su “reinado y ministerio” (1 Nefi 10:1). Por lo tanto Lehi, el hombre cuyos hechos dieron comienzo a la magnífica epopeya del pueblo del Libro de Mormón, permanece a la sombra, y su personalidad se encuentra mucho menos definida que la de Nefi, Jacob u otras de las principales figuras de las Escrituras.

Lehi fue un gran Profeta, y las experiencias que tuvo al cumplir la misión que Dios le encomendó, corren paralelas a las de los otros profetas de renombre. Demostró su devoción y disposición para cumplir con la voluntad del Señor, así como la gran determinación de seguir las direcciones del Señor, que deseamos encontrar en un profeta ideal. Como respuesta a su ferviente oración, Lehi fue llamado conmovedoramente a profetizar por medio de la visión de un pilar de fuego. Al igual que Sofonías y Jeremías, sus profecías fueron de condenación para su pueblo, y al igual que muchos otros profetas del Antiguo Testamento, también predijo la venida del Mesías. Fue rechazado por todos aquellos que lo escuchaban, su vida estuvo en peligro y del mismo modo que sucedió con Abraham y Moisés, se alejó de su tierra natal para establecer una nueva nación.

Pero Lehi fue más que un profeta común y corriente, y aun cuando no disponemos de mucha información acerca de él, sabemos que fue un hombre cuya personalidad podemos llegar a descubrir, por lo menos en parte. Lehi mismo nos da una clave con respecto a su carácter. Cuando Saríah, suponiendo que sus hijos iban a “perecer en el desierto”, lo acusó de ser un “hombre visionario”, Lehi respondió: “Sé que soy hombre visionario, porque si no hubiera visto las cosas de Dios en una visión, no habría conocido la bondad del Señor, y hubiera permanecido en Jerusalén con mis hermanos para perecer allí con ellos” (1 Nefi 5:2, 4). Los sueños y visiones predominaron en la vida de Lehi; fue llamado por el Señor en una visión en la cual vio a Cristo y los Doce Apóstoles. (Véase 1 Nefi 1:6-14.) En otra profecía predijo el cautiverio en Babilonia, el ministerio del Mesías, y la predicación del evangelio entre los gentiles (1 Nefi 10:3-14). Aun el mandamiento de viajar al desierto fue recibido en un sueño (1 Nefi 2:1-13). En otro, Lehi recibió el mandamiento de enviar a sus hijos a Jerusalén para que obtuvieran las planchas, y posteriormente, para que persuadieran a Ismael y sus hijas a que se les unieran (1 Nefi 3:2-4, 7:1-2). Lehi no establece diferencias entre los sueños y las visiones, pues comienza su informe concerniente al árbol de la vida diciendo: “He aquí, he tenido un sueño, o mejor dicho, he visto una visión” (1 Nefi 8:2), Verdaderamente, era un “hombre visionario”.

Lehi no fue el único Profeta de su tiempo cuyo nombre no se menciona en el Antiguo Testamento. Nefi dice que anteriormente al llamamiento de su padre, “llegaron muchos profetas. . . profetizando al pueblo que se arrepintiera, o la gran ciudad de Jerusalén sería destruida” (1 Nefi 1:4). Estos fueron algunos de los mensajeros de Dios de los cuales la Biblia nos dice que la gente su burlaba de sus mensajes, eran “menospreciados” y hacían “escarnio” de ellos. (Véase 2 Crónicas 36:15-16.) Ningún profeta que sea capaz de ver más allá de la situación inmediata a la caída de una nación, es bien visto por sus habitantes; más aún, la mayoría de las veces es ignorado.

De los muchos profetas que en aquel tiempo hablaron por el Señor, la mayoría acompañó a los judíos en el cautiverio o hicieron algún arreglo con los babilonios. Lehi sin embargo, fue detenido por el Señor en la mitad de su carrera profética en Jerusalén, y se le dijo que saliera. Aparentemente él nunca vaciló; confió en el Señor y pasó de una importante tarea a otra mucho más importante y peligrosa. Ya no volvería a tratar de cambiar a una nación, sino que crearía una, levantaría un pueblo justo para el Señor. Seguir leyendo

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La antigua práctica de la crucifixión

La antigua práctica de la crucifixión

por Richard Lloyd Anderson
profesor de Historia y Escritura Antigua en la Univerisdad de Brigham Young.

Recientes descubrimientos arqueológicos tuvieron como resultado el hallazgo del esqueleto de un hombre llamado Jehohanan, quien se cree fue crucificado durante el tiempo de Jesucristo. Los resultados deducidos como consecuencia de estas excavaciones, crean serias dudas con respecto a lo que realmente sabemos acerca de la crucifixión. Los cuatro evangelios relatan la ejecución de Jesús en forma evidentemente escueta, seguramente porque los lectores antiguos estaban bien familiarizados con los crueles procedimientos de la muerte en la cruz. Los lectores modernos por su parte, deben investigar la literatura antigua para formarse una idea con respecto a lo que se dio por entendido, y no fue escrito por los autores del Nuevo Testamento. Mediante una cuidadosa revisión de lo mencionado en los cuatro evangelios acerca de la crucifixión, podemos lograr una comprensión más profunda del Salvador, especialmente a la luz de la nueva evidencia física provista por la arqueología.

El Señor había vivido en territorio romano, donde la crucifixión era un sistema de ejecución bien conocido. Este castigo extremo era uno de los métodos utilizados por Roma para la sojuzgación, tal como lo demuestra en forma repetida el escritor Josefo en sus relatos históricos de la antigua Palestina. Cuando se produjo la rebelión en Jerusalén después de la muerte de Herodes el Grande, el gobernador de Siria marchó sobre Jerusalén con sus legiones a través de Galilea y ordenó la crucifixión de 2.000 rebeldes. (Antigüedades de los Judíos, 17:295.)

En una oportunidad posterior, en la que los judíos amenazaron con un levantamiento y guerra contra el imperio, en el año 66 D. de J., el procurador Gessius Floras tomó violenta represalia asesinando en forma indiscriminada al pueblo en las calles de Jerusalén, y arrestando a muchos ciudadanos que fueron primero azotados y luego crucificados. (Guerra de los Judíos, 2:306.) El momento culminante de esa guerra tuvo lugar durante el salvaje sitio acaecido en el año 70 D. de J., oportunidad en la cual Jerusalén fue aislada por las fuerzas del general romano Tito, que más tarde llegó a ser emperador; el hambre forzó a hordas de las clases más pobres, a salir de la fortificación en busca de alimentos; entonces, en el típico estilo romano de táctica del terror, cientos de esas personas fueron tomadas prisioneras y ejemplarmente torturadas y más tarde crucificadas, al alcance de la vista de los que habían quedado dentro de la ciudad y fueron testigos de lo que sucedió. (Guerra de los Judíos, 5:449.)

La severidad de la sentencia de la crucifixión tenía el fin de servir como lección, tanto a los delincuentes comunes como a los rebeldes. Por lo tanto, el Señor vino a la tierra y soportó lo peor que en ese entonces podían infligir los hombres. Los escritores antiguos hablaban con horror de la crucifixión; la historia escrita por Cicerón revela un común sentimiento de repugnancia hacia la muerte en la cruz; se trataba en verdad del castigo más severo que podía ser aplicado a los esclavos, la más cruel y repugnante de las penas. Josefo la llamó: “la más lastimosa de las muertes”. (Guerra de los Judíos, 7:203.) Jesús mismo antes de su muerte, comparó las dificultades que se pasan por el evangelio con sacrificios similares a “llevar una cruz”, (Véase Mateo 16:24.) Seguir leyendo

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La organización comienza en el hogar

Abril de 1977
La organización comienza en el hogar
por Lyman De Platt

Para aquellos padres preocupados por involucrar a su familia en la obra misional, la genealogía, el Plan de Bienestar y la educación hogareña, he aquí una forma para comenzar.

Padres, ¿os habéis encontrado alguna vez diciendo cosas como las siguientes?:

“Tenemos la buena intención de hacerlo, pero todavía hay muchas cosas que no hemos hecho en conjunto, como por ejemplo arrodillarnos de mañana y de noche para tener juntos la oración familiar.”

“Nuestros vecinos se mudaron ayer; ¡y parece que hubiera pasado tan poco tiempo desde que llegaron a nuestro vecindario! Realmente temamos la intención de tratar de conocerlos, y llegar tal vez a interesarlos en el evangelio. Pero por algún motivo nunca lo hicimos.”

“No es mucho el tiempo que falta para las misiones de los muchachos; y sin embargo no hemos logrado juntar el dinero necesario, a pesar de todas nuestras buenas intenciones,” “Parece que nunca llega el momento en que podamos hacer el huerto.”

“Abuelita siempre nos contaba maravillosas anécdotas de los tiempos en que ella era jovencita. ¡Ojalá las hubiéramos escrito mientras ella estaba viva!”

“No me siento muy bien. Parecería que siempre alguno de nosotros estuviera enfermo, ¿Por qué no podemos adoptar algún programa de preparación física que involucre a toda la familia?”

“Laura, nuestra hija de doce años, no parece tener ningún interés en la Iglesia. No sé por qué; y me siento culpable porque no he seguido de cerca su desarrollo espiritual.”

“José va a terminar los estudios de enseñanza secundaria el año que viene y acabo de darme cuenta de que ni siquiera hemos considerado qué puede hacer después que se gradúe, la clase de trabajo a la cual se puede dedicar o los estudios que pueda seguir,”

“Me maravilla ver cuán rápido están creciendo los niños; pero es una pena que no hayamos estado leyendo juntos las Escrituras como debíamos de haberlo hecho.”

“Sabemos que nuestro trabajo genealógico es importante; pero de pronto nos dimos cuenta de que este año no hemos hecho ni siquiera lo mismo que hicimos el año pasado.”

“Como padre, comprendo que hay algo con lo que no estoy cumpliendo en el ejercicio de mi sacerdocio. En realidad, no lo ejercito nunca, no me encuentro en el comando del barco que representa mi hogar. Las cosas parecen derivar en forma natural, y no me encuentro satisfecho porque parece que se me escapan de las manos.”

¿Resultan familiares estas expresiones? Si usted es como muchos de los padres de la Iglesia, es indudable que podrá reconocer muchas de ellas. Tal vez se haya detenido en alguna oportunidad para evaluar su actuación, así como el progreso de su familia, comparándolos con las esperanzas puestas sobre usted como padre en el reino de Dios. Tal vez esas mismas esperanzas le causen un sentimiento de perplejidad. ¿Por qué? Generalmente no se traía del hecho de creer o del deseo de hacer lo que es correcto. En la mayor parte de los casos, se trata solamente de organizar a la familia.

Consideremos el ejemplo de nuestro padre Adán.

Tres años antes de su muerte, Adán llamó a sus hijos dignos a una reunión en el valle de Adán-ondi-Amán. El Señor Jesucristo estuvo presente en esa reunión familiar y le declaró a Adán palabras que deberían hacer eco en la mente de todo padre: Seguir leyendo

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Debemos ser reverentes

Debemos ser reverentes

Spencer W. Kimballpor el presidente Spencer W. Kimball

Es indudable que somos una gente sumamente bendecida, ya que el Señor nos lo ha dado todo: el evangelio de Jesucristo, la luz, el sacerdocio, el poder, las promesas, los convenios, los templos, nuestras familias, la verdad.

Tendríamos que ser la gente más feliz sobre la faz de la tierra, al igual que la más reverente. Pero creo que en este aspecto cada individuo y cada familia deberían examinarse a sí mismos. ¿Somos gente reverente? ¿Muestran nuestros hechos, tanto en el hogar como en la Iglesia, reverencia por nuestro Creador?

Algunas veces me pregunto si así es. Asistimos a reuniones sacramentales y conferencias donde los niños andan desenfrenadamente por los pasillos; durante los servicios notamos a adultos conversando con sus vecinos, gente dormitando y jóvenes reunidos a la entrada de la capilla.

Vemos familias que llegan tarde, y ocupan ruidosamente sus asientos, y grupos entretenidos en rumorosa conversación en la capilla después de la reunión.

Nos preocupa el efecto que esto tiene en investigadores, amigos y en aquellos cuyos testimonios son frágiles y están en estado de desarrollo. ¿Son nuestras reuniones los poderosos instrumentos misionales que podrían ser, donde el Espíritu del Señor reina y penetra los corazones? ¿O a fin de sentir el Espíritu debemos primero quitar de nuestro camino una infinidad de vanas distracciones?

“Y así vimos la gloria de lo celestial que sobrepuja todas las cosas—donde Dios, aun el Padre, reina sobre su trono para siempre jamás;

Los que moran en su presencia son la Iglesia del Primogénito; y ven como

Examinemos la reverencia, pero no sólo su significado e importancia en la vida de los Santos de los Últimos Días, sino también algunas maneras en las que podríamos enseñarla a nuestros hijos y mejorar nuestra propia conducta.

El significado e importancia de la reverencia
La reverencia se ha definido como un “sentimiento o actitud de profundo respeto, amor y asombro, como por algo sagrado”. Otra manera de expresar el significado de la reverencia es describiéndola como devoción a Dios.

Muchos de nuestros líderes en el mundo han expresado su opinión en cuanto a la reverencia, como una de las cualidades más sublimes del alma, indicando que requiere una verdadera fe en Dios y en su justicia, una elevada cultura y gran amor por las cosas más bellas de la vida.

Reverencia a Dios
En las revelaciones modernas, el Señor nos ha ayudado a comprender el significado y la importancia de la reverencia.

En esa oportunidad, parecería indicar que la reverencia hacia el Padre y el Hijo es una cualidad o característica esencial de aquellos que logran el Reino Celestial. En la Sección 76 de Doctrinas y Convenios, conocida como “La Visión”, dada a José Smith y Sidney Rigdon en febrero de 1832, encontramos: son vistos, y conocen como son conocidos, habiendo recibido de su plenitud y de su gracia; Seguir leyendo

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