Si tú estás dispuesto…

Abril de 1976
“Si tú estás dispuesto…”
por el élder PauL H. Dunn

Paul H. DunnA la edad de tres años empecé a prepararme para ser jugador profesional de béisbol y por mucho tiempo no pude sacarme esa idea de la cabeza. Dicha meta fue uno de mis problemas, porque no pensaba que la escuela o la Iglesia tuvieran ninguna importancia para un jugador de béisbol.

Durante mis doce años de educación primaria y secundaria, jamás llevé un libro a mi casa para estudiar. No me siento orgulloso de ello sino que, por el contrario, me avergüenzo y he tratado de arrepentirme; pero pasaré el resto de mi vida pagando el precio por el vacío que creé en mi propio intelecto, con la lógica sin sentido que aplicaba a la clase de álgebra o a la de inglés: “¿Qué valor tiene la escuela para un gran jugador de béisbol? Puedo tirar la pelota tan bien sin conocimientos de álgebra o de inglés, como con ellos”. En mi casa solía decir: “Claro que estoy preparado para enfrentar la vida. Puedo tirar la pelota tan fuerte como el mejor y correr tan rápido como el que más. Déjenme tranquilo.” Ahora veo lo equivocado que estaba.

Cuando llegaba el momento de ir a la Iglesia el domingo, yo lo tomaba como una afrenta personal; porque, ¿cómo me iba a ayudar la Iglesia a ser mejor como jugador de béisbol?

Así era mi manera de pensar. No es que piense que ser un gran deportista, o abogado o médico no tiene importancia, porque si, la tiene y es algo conveniente para la salvación temporal; pero no es el motivo más importante por el cual fuimos enviados a la tierra. Lo que es de verdadero valor para nosotros es todo lo relacionado con la eternidad y la persona que es realmente inteligente y perspicaz, es la que llega a esa conclusión en una etapa temprana de su vida y hace algo al respecto.

Finalmente, llegó el momento de graduarme en la escuela secundaria y pronto cumpliría los dieciocho años. Hacia quince años que estaba preparándome para lo que deseaba ser y había ocho agentes de importantes ligas de béisbol que estaban interesados en mí; por fin, mis padres me permitieron firmar mi primer contrato, con lo que entonces era un excelente salario. ¿Os imagináis lo que significa eso para un jovencito? ; ¡Ojalá tuviera la habilidad de describirlo! Y cuando me presenté ante mi equipo y entré en el campo de juego con mi propio número en el uniforme. . . ¿sabéis la emoción que sentí?

Pero a los tres años no había pensado en la guerra, la Segunda Guerra Mundial no había entrado en mis planes. No sabía qué iba a ocurrir, ni sabía que cuando cumpliera los dieciocho años recibiría una carta comunicándome que, durante los tres años siguientes, mi carrera de béisbol se vería interrumpida por el servicio militar.

De pronto, me encontré recibiendo el entrenamiento preparatorio; era una vida terrible y, aun cuando yo carecía del fundamento que hubiera necesitado, para ese entonces empecé a comprender el valor de algunas cosas que había despreciado, como los estudios, la cultura, la preparación. Me daban las peores tareas porque no estaba preparado para hacer nada más.

Unos once meses después, me encontraba con las tropas a bordo de un barco en el Océano Pacifico; era una de las muchas naves que formaban parte de un convoy con destino a la isla de Guaní, en la cual nos enfrentaríamos por primera vez en un combate con el enemigo.

Todas las tardes, a las cinco, temamos un servicio religioso para Lodos, ya fuéramos católicos, judíos, gentiles o mormones. Cantábamos un himno, el capellán nos hablaba por cuatro o cinco minutos y después nos quedábamos a conversar por un rato: hablábamos de nuestro país, las chicas, nuestra familia y otros temas que son importantes a esa edad. El servicio, en total, duraba más o menos una hora. De entre tres mil hombres, asistían a él unos treinta y cinco o cuarenta. ¡Treinta y cinco o cuarenta hombres, de tres mil! Si miramos a nuestro alrededor, vemos que esto es una de las características de la vida, ¿no es verdad? Seguir leyendo

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La vispera de su muerte

Abril de 1976
La vispera de su muerte
por David H. Yara, Hijo

Era jueves, el quinto día de la semana de la Pasión, la semana del sufrimiento y del dolor de Jesús, la semana de su sacrificio expiatorio, el espantoso preludio de su gloriosa resurrección. Después de recibir sus instrucciones, Pedro y Juan fueron a Jerusalén y, luego de hablar con cierto hombre, hicieron los arreglos necesarios para utilizar un amplio cuarto ubicado en la planta alta de su casa, donde el Señor y sus discípulos pasarían el tiempo dedicado a la celebración de la Pascua.

Esa tarde, una vez que todos estuvieron reunidos, se produjo un pequeño altercado entre ellos, al igual que había sucedido en ocasiones anteriores, con respecto a cuál de ellos sería considerado mayor (Lucas 22:24), El Señor les dijo entonces a los apóstoles: “. . .sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige, como el que sirve” (Lucas 22:26). Cuando en otras oportunidades había surgido la misma disputa, Jesús utilizó el ejemplo de un niño para instruir a sus discípulos; en una de esas ocasiones puso a un pequeñito entre ellos y dijo:

“De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.

Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos.” (Mateo 18:3-4.)

Pero en aquella noche de la Pascua El brindó un ejemplo más dramático, a modo de magnífico prefacio de un ejemplo mucho mayor e incomparable que habría de dar pocas horas más tarde en su agonía en Getsemaní, cuando “. . . era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra” (Lucas 22:44), y su sufrimiento y humillación finalizaron con su crucifixión y muerte. El apóstol Juan relata:

“. . . se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido.” (Juan 13:4-5.)

“Así que, después que les hubo lavado los pies, tomó su manto, volvió a la mesa, y les dijo: ¿Sabéis lo que os he hecho?

Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy.

Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros.

Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis.” (Juan 13:12-15.)

Ese fue un ejemplo majestuoso y divino para contestar las querellas que tenían los discípulos acerca de la grandeza personal.

Poco más tarde fue cuando el Señor dijo: “De cierto, de cierto os digo, que uno de vosotros me va a entregar” (Juan 13:21). Pocos minutos después tomó el pan mojado y se lo dio a Judas Iscariote, diciéndole al mismo tiempo: “Lo que vas a hacer, hazlo más pronto” (Juan 13:27). Cuando Judas “hubo tomado el bocado, luego salió; y era ya de noche” (Juan 13:30). Seguir leyendo

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Autosuficiencia

Autosuficiencia

President Boyd K. Packerpor el élder Boyd K. Packer
del Consejo de los Doce

Discurso pronunciado en la Universidad de Brigham Young, el 2 de mayo de 1975.


En la educación universitaria existe un principio conocido como “Transferencia”, que quisiera utilizar para hablar de un conocido programa de la Iglesia y luego transferir el principio fundamental del mismo a otra parte o aspecto de nuestra vida. Primero, quisiera revisar con vosotros algunos de los principios básicos del Programa de Bienestar de la Iglesia. Este, sin embargo, no es el sujeto de mi discurso; voy a utilizarlo solamente para hacer una ilustración.

Hacía apenas dos años que la Iglesia había sido organizada, cuando el Señor reveló que: “. . . no habrá lugar en la Iglesia para el ocioso, a no ser que se arrepienta y enmiende sus costumbres” (D. y C. 75:29). El presidente Marión G.Romney explicó este principio durante la última Conferencia General, con su característica y simple objetividad: “La obligación de cada persona de mantenerse a sí misma, fue impuesta por el Señor sobre la raza humana en sus comienzos. El Señor dijo en el versículo 19 del capítulo 3 de Génesis: ‘Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra.’ ”

El manual del Plan de Bienestar instruye de la siguiente forma a los miembros de la Iglesia: “Debemos enseñar y urgir diligentemente a los miembros, a autoabastecerse hasta el máximo de su capacidad. Ningún Santo de los Últimos Días descargará voluntariamente de sus hombros el peso de su mantenimiento. Mientras pueda hacerlo, bajo la influencia del Todopoderoso y con el resultado de sus propias labores, él mismo se suplirá de las necesidades de la vida.” (1952, pág. 2)

Hemos tenido bastante éxito en inculcar a los Santos de los Últimos Días el hecho, de que deben abastecerse de sus propias necesidades materiales y luego contribuir al bienestar de aquellos que no pueden hacerlo en la misma forma. Si un miembro es incapaz de mantenerse, deberá recurrir a la Iglesia, haciéndolo en ese orden.

Cuando se anunció por primera vez el Programa de Bienestar de la Iglesia en el año 1936, la Primera Presidencia dio a conocer la siguiente declaración: “Nuestro principal propósito fue el de organizar, hasta donde fuere posible, un sistema por medio del cual pudiéramos librarnos de la maldición de la indolencia y la haraganería, abolir los perjuicios de la limosna y establecer una vez más entre nuestro pueblo la independencia, la industria, la economía y el autor respeto. La finalidad de la Iglesia es ayudarle a la gente a que se ayude a sí misma. El trabajo debe ser entronizado como el principio que rija la vida de los miembros de nuestra Iglesia.” (Informe de la conferencia de octubre de 1936, pág. 3)

El presidente Romney hizo el siguiente comentario durante la reunión de los Servicios de Bienestar llevada a cabo el 5 de octubre de 1974: “Cuidar de la gente de cualquier otra forma es hacerle más daño que beneficio. El propósito del Plan de Bienestar de la Iglesia no es absolver a sus miembros de su responsabilidad de mantenerse”

Yo acepto los principios del Programa de Bienestar y los apoyo; pero en muchos lugares y de diversas formas nos estamos alejando de dicho programa. El principio de la autoconfianza y la autosuficiencia, es fundamental para una vida feliz. Este mismo principio de la autoconfianza tiene su aplicación en los asuntos relacionados con lo emocional y lo espiritual. Muchas personas hay en la Iglesia que parecerían depender totalmente de otras personas en todo aquello que se encuentre relacionado con asuntos emocionales y espirituales; subsisten en base a una especie de sistema de bienestar espiritual y emocional; no tienen el deseo de mantenerse a sí mismos y han llegado a ser tan dependientes de la ayuda externa que constantemente necesitan ser consolados y alentados sin contribuir en forma alguna a su propio bienestar. Seguir leyendo

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Vive porque lo vimos

Abril de 1976
…Vive porque lo vimos
por Ivan J. Barrett

Las lecciones de agosto de este año de la clase Doctrina del Evangelio, versan sobre el Cristo resucitado, su ministerio de cuarenta días entre sus discípulos y la preparación de ellos como testigos de Él. En este artículo trataremos de las apariciones del Salvador en los últimos días, después de la restauración del evangelio, las que se verificaron conforme a su antigua promesa: “yo… me manifestaré a él… y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él” (Juan 14:21,23.)

Esta dispensación del evangelio comenzó con la aparición personal de Dios nuestro Eterno Padre y su amado Hijo Jesucristo, a un muchacho campesino que había de llegar a ser el más grande Profeta y Vidente, para bendición de la tierra. El niño profeta dio testimonio de su primera visión con las siguientes palabras:

“. .. vi una columna de luz, más brillante que el sol, directamente arriba de mi cabeza; y esta luz gradualmente descendió hasta descansar sobre mí. ..

Al reposar la luz sobre mí, vi a dos Personajes, cuyo brillo y gloria no admiten descripción, en el aire arriba de mí. Uno de ellos me habló, llamándome por nombre, y dijo, señalando al otro: ¡Este es mi Hijo Amado: Escúchalo!” (José Smith 2:16-17)

Esta visión del Padre y el Hijo, que mediante José Smith dio comienzo a la dispensación del cumplimiento de los tiempos, se ha calificado como la más grandiosa manifestación visible de Dios y su Hijo. Dicha visión hizo añicos los falsos conceptos de Dios que se habían enseñado a través de los siglos. En la época de José Smith se creía en Dios como en un Ser incorpóreo, que:

“Refulge en el sol, refresca en la brisa,
Brilla en las estrellas y florece en los árboles;
Vibra en toda vida, todo lo alcanza;
está en todas partes; no se agota jamás.”
(Alexander Pope, Essay On Man, primera epístola, lincas 271-74. Traducción libre.)

El ensayo literario de Pope es una hermosa descripción de algo que no corresponde al Dios a cuya imagen se hizo al hombre. (Véase Génesis 1:26-27.) José Smith vio a Dios y a Jesucristo como Seres inteligentes que en verdad existen y con quienes el hombre puede conversar. Y en esta última dispensación, más de una veintena de otras personas testifican haber visto al Salvador, y que en verdad vive.

Durante la primera conferencia que se realizó en esta dispensación, después de la organización de la Iglesia, Newel Knight vio los cielos abiertos y al Salvador sentado a la diestra del Padre. El profeta José escribió:

“Vio en visión la gran obra que habría de realizarse por mi intermedio. Vio los cielos abiertos y al Señor Jesucristo sentado a la diestra de la Majestad en lo alto y entendió claramente que llegado el tiempo sería admitido en su presencia para morar en su reino para siempre jamás.” (History of the Church 1:85.) Seguir leyendo

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El plan del Señor para el hombre y la mujer

Liahona Abril de 1976

El plan del Señor para el hombre y la mujer

Spencer W. Kimballpor el presidente Spencer W. Kimball


Nuestro Padre Celestial tiene un plan para el progreso eterno del hombre, que si bien no se traduce en un camino llano y fácil de seguir, puede abundar en grandes satisfacciones, según dispongamos nuestra actitud hacia él.

Escudriñemos ese plan de Dios. Cuando Moisés fue el Profeta del Señor, tuvo grandes visiones y revelaciones y le fue dado ver el principio de esta tierra y aun lo que ocurrió antes del principio de la misma. Abraham también gozó de ese privilegio. De este último leemos: “. . . yo soy el Señor tu Dios”, le dijo el Creador a Abraham, “. . . reino arriba en los cielos y abajo en la tierra, con toda sabiduría y prudencia, sobre todas las inteligencias que tus ojos han visto desde el principio” (Abraham 3:19, 21).

Y el Señor, en medio de los numerosos espíritus preexistentes, dijo: “Descenderemos, pues hay espacio allá, y tomaremos estos materiales, y haremos una tierra en donde éstos puedan morar;

Y así los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare” (Abraham 3:24-25).

“Y los Dioses vigilaron aquellas cosas que habían ordenado hasta que obedecieron.” (Abraham 4:18)

Entonces vinieron en sucesión las ballenas y los peces, las criaturas de ánima viviente que se mueven y las aves aladas.

“Y los Dioses vieron que se les obedecería, y que su plan era bueno.” (Abraham 4:21)

Y cuando se hubieron llenado de vida las aguas y el aire, los Dioses dijeron: “Los bendeciremos, y haremos que fructifiquen y se multipliquen” (Abraham 4:22).

Y fue la quinta “vez”, a la cual en términos generales se le llamadla.

En la etapa siguiente se preparó la tierra para que produjese criaturas de ánima viviente, según su especie, ganado y lo que se arrastra, y las bestias de la tierra según su especie: “Y los Dioses vieron que obedecerían” (Abraham 4:25).

Cuando la tierra se hubo organizado, los Dioses tomaron consejo entre sí, y dijeron: “Descendamos y formemos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y les daremos dominio. . .

Así que los Dioses descendieron para organizar al hombre. . . varón y hembra” (Abraham 4:26-27).

El plan había empezado a concretarse y tanto a vosotros como a mí, así como a nuestros innumerables hermanos, iba a dársenos la oportunidad de venir a la tierra de un modo natural y normal, a vivir las experiencias que son posibles en este planeta. Seguir leyendo

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Ese proceso llamado conversión

Ese proceso llamado conversión
por el élder Hartman Rector Jr.
del Primer Consejo de los Setenta

Hartman Rector, JrEl testimonio de los santos es la fuerza de la Iglesia, o mejor deberíamos decir, que aquellos que están convertidos son la fuerza de la Iglesia. El presidente Spencer W. Kimball pareció indicar esto cuando dijo que los conversos son la sangre de vida de la Iglesia y que «si no hubiera conversos, la Iglesia se marchitaría y moriría» (Ensign, octubre de 1974),

Esto señala directamente la necesidad de una conversión. La obra misional fue la primera responsabilidad legada a la Iglesia por el Señor en esta dispensación, así como también el último mandamiento del Maestro en el meridiano de los tiempos. Su última amonestación a los apóstoles fue «id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura» (Marcos 16:15),

No hay ninguna persona en la Iglesia hoy día que no sea el resultado directo o indirecto de la obra misional. Solamente un hombre (el profeta José Smith) recibió el mensaje de esta dispensación de parte «de otra persona que no fuera un misionero, y no estoy muy seguro de que Moroni acepte sin reparos esta afirmación; creo que él se consideraba un muy buen misionero, y por cierto que lo era. Todas las demás personas en la Iglesia han recibido el mensaje de la restauración por medio de misioneros, ya sea directa o indirectamente. Se espera que los misioneros busquen a aquellos que estén dispuestos a escuchar el mensaje y Ies enseñen el evangelio con claridad y sencillez, tal como se halla en los libros canónicos de la Iglesia. Asimismo, ellos «testificarán la verdad de la obra y las doctrinas reveladas en nuestra época» (José F. Smith, Ensign, julio de 1972).

El vehículo de la conversión es enseñar mediante el Espíritu. Antes de que el testimonio pueda entrar en el corazón y la conversión invada el alma, el individuo debe aprender la verdad sobre su relación con Dios. No solamente debe creer en la verdad sino actuar en armonía con ella. Creencia más acción es fe, sin la cual es imposible agradar a Dios «porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan» (Hebreos 11:6),

Esto requiere que alguien predique el evangelio pues la «fe es por el oír» la palabra de Dios (Romanos 10:17). Antes de que una persona pueda creer, debe recibir cierta información; sólo entonces podrá creerla o dudar de ella. Si la información es verídica y confía en que es así creerá que es verdad, y luego actuará de acuerdo con la información que recibió; de este modo estará ejerciendo la fe, sabrá que es verdad y se convertirá. Por otro lado, sin duda aun cuando sea verdad, nunca hallará la verdad, nunca recibirá un testimonio y nunca se convertirá, al menos, hasta que deje de dudar. La fe no consiste en tener un conocimiento perfecto, pues de seguro si se tuviera un conocimiento perfecto de la información, no se necesitaría la fe. Si se sabe algo por cierto, no se necesita creer en ello (Véase Alma 32:18),

La fe, entonces, le permite a uno actuar como si supiera que es verdad aun cuando todavía no lo sepa; como tal, se constituye en una fuerza para el investigador. El conocimiento nace precisamente de la acción; el conocimiento de un principio del evangelio es un testimonio y una acción, o sea que vivir de acuerdo con el testimonio es una evidencia de la conversión. Seguir leyendo

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El poder de la justicia

El poder de la justicia
por Harry J. Haldeman

En una conferencia de área de Jóvenes Adultos llevada a cabo en la Isla Catalina, los delegados de la región de Santa Bárbara tuvieron que reunirse durante una sesión en el salón del Tribunal de Justicia. Al final de la sesión, el hermano Haldeman, director del programa para jóvenes Adultos de la región, relató esta historia a la audiencia silenciosa de atentos jóvenes.

La historia que os voy a relatar es verídica, y la contaré tal como ocurrió en la realidad.

Por el año 1950, yo era obispo de un barrio de la Estaca Este de Los Angeles, que tenía un promedio aproximado de unos quinientos miembros; también teníamos misioneros regulares que iban predicando de puerta en puerta en nuestra calle. Un día llegaron a la casa de un hombre que los hizo entrar y ellos le explicaron su mensaje y le dieron la primera lección del evangelio. Por un extraño motivo que ni él mismo comprendía, este hombre a quien llamaré Bob, los invitó a volver.

En visitas subsiguientes le enseñaron el evangelio, encontrándose presentes también su esposa y su hijito, Al finalizar las lecciones, Bob decidió que deseaba ser miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días; pero su esposa estaba totalmente desinteresada y afirmaba que ya no quería a su marido, que hasta entonces había sido un bebedor empedernido, aunque siempre se las había arreglado para mantenerse sobrio durante la semana y conservar así un buen trabajo. Su afición por la bebida databa de muchos años y era tal, que había destruido todo su amor por él; a ella no le importaba un bledo lo que él hiciera; tampoco creía que se uniría a la Iglesia y pensaba que si lo hacía, no podría abstenerse del uso del alcohol. Por lo tanto le dijo:

—Si deseas unirte a esa iglesia, hazlo, Pero yo no tengo interés. Creo que la única razón por la cual sigo contigo es la seguridad económica que representas para mí y para nuestro hijo.

Y con esta perspectiva tan poco halagüeña, Bob entró a las aguas bautismales. Debido al compromiso que había contraído y para gran sorpresa de su esposa, desde aquel día se abstuvo totalmente del alcohol y del tabaco. Os imaginaréis que ella comenzó a observar los frutos de la conversión de su marido y la realidad de su nueva vida; su actitud hacia él empezó a sufrir un cambio y poco a poco fue interesándose en la Iglesia, hasta que ella y el hijo fueron bautizados.

En el año que siguió, Bob hizo excelentes progresos; lo llamé para servir como Maestro Scout de la tropa de escultismo del barrio, cargo que desempeñaba muy bien.

Por motivo de sus muchos años de afición a la bebida, tenía una larga lista de convicciones por manejar en estado de ebriedad y finalmente, le habían quitado su licencia para conducir. Por lo tanto, no podía manejar el auto y como él obedecía escrupulosamente esta pena, su esposa era quien lo hacía siempre. Vivían lo bastante cerca de la capilla como para ir caminando a las reuniones.

Pero un día dejó el empleo que tenía por otro mucho mejor en una compañía diferente. Como había sucedido hasta entonces, esperaba poder conseguir alguien con quien viajar todos los días hasta su trabajo, pero en el primer día no tenía a nadie que lo llevara. Así es que, con gran temor y nerviosismo, decidió que no le quedaba otra solución sino manejar él mismo.

En el camino, trató de conducir en forma cuidadosa y ordenada, obedeciendo todas las reglas de tránsito; pero cometió una pequeña infracción al cambiar de vía y un policía lo detuvo. Por supuesto, inmediatamente quedó al descubierto el hecho de que no tenía licencia de conducir y él sabía perfectamente cuál había de ser la consecuencia de su acción. Seguir leyendo

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Te damos, Señor, nuestras gracias

Te damos, Señor, nuestras gracias
por el presidente N. Eldon Tanner
Primer Consejero en la Primera Presidencia

N. Eldon TannerProbablemente nunca en nuestra historia estas palabras hayan sido tan apreciadas, ni tampoco hayamos necesitado tanto de ese mensaje como hoy. Los hombres luchan y buscan respuestas a sus propios problemas y a los del mundo, y hallan que sus intentos de solución son totalmente inadecuados; y por cierto, se están introduciendo más y más en situaciones de las cuales nunca podrán librarse. ¡Si tan sólo se volviesen al Profeta de Dios en busca de guía para estos últimos días! Cuán maravilloso seria vernos vivir en un mundo de paz, con todos los hombres contribuyendo para mejorar a su prójimo y nadie que buscara fortalecer o acrecentar su propio poder y riqueza, más cada uno comprometido en una vida de justicia, libertad y felicidad.

En repetidas oportunidades hemos hecho énfasis en que esto es lo que Dios desea para nosotros, sus hijos en el espíritu y que no existe ninguna otra forma de regresar a su presencia, que no sea a través de la obediencia a su palabra que nos llega mediante sus profetas.

El 28 de marzo es el octogésimo primer cumpleaños de nuestro actual Profeta y líder, el presidente Spencer W. Kimball. Cuán bendecidos somos y cuán agradecidos estamos por la grandeza de su vida, por su bondad, por su humildad, por su dedicación y devoción a la causa del Maestro, cuyo siervo él es. Por cierto que él ejemplifica el pensamiento del rey Benjamín: «Cuando os halláis en el servicio de vuestros semejantes, sólo estáis en el servicio de vuestro Dios» (Mosiah 2:17).

Al hacer una revisión de su vida y de las metas que ha alcanzado, nos damos cuenta de la gran influencia que ha tenido sobre incontables miles de personas al viajar alrededor del mundo y dejar su mensaje impreso en la memoria de esas personas y en las páginas de los periódicos, revistas, libros y folletos. Sus palabras han sido llevadas hasta todo segmento de la sociedad, jóvenes y viejos, ricos y pobres, educados y analfabetos; y estoy seguro de que los que lo han escuchado y han dado oído a su consejo, son más prósperos, más amados y respetados, y están mejor preparados para la gran meta de la vida eterna.

Parece apropiado en esta ocasión, repetir algunos de los grandes mensajes que nos ha dejado nuestro amado Presidente. En 1955 en una asamblea en la Universidad de Brigham Young el élder Spencer W; Kimball, en aquel entonces miembro del Consejo de los Doce Apóstoles, Habló sobre un tema que él intituló «Tragedia o destinó». Mencionó un número de accidentes trágicos, con víctimas que aparentemente murieron antes de su debido tiempo y los sobrevivientes se preguntaban por qué el Señor había permitido que sucediera eso tan terrible. Hizo algunas preguntas de esas que motivan a que pensemos, y luego agregó:

«Si decimos que la muerte prematura es una calamidad, desastre o tragedia, ¿no estaríamos diciendo que es preferible la mortalidad que entrar antes al mundo de los espíritus y a la posible salvación y exaltación? Si la mortalidad fuera el estado perfecto, entonces la muerte sería una frustración; pero el evangelio nos enseña que no hay tragedia en la muerte sino solamente en el pecado. Es muy poco lo que sabemos. Nuestro juicio es limitado. Juzgamos al Señor a menudo con menos sabiduría que la que utilizan nuestros hijos pequeños para juzgar nuestras decisiones. Seguir leyendo

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Los obreros fieles

Liahona Enero 1976

Los obreros fieles

Loren C. Dunnpor el élder Loren C. Dunn
del Primer Consejo de los Setenta

Un tributo para aquellos que se han sacrificado por compartir el evangelio… Y nosotros, ¿cuándo haremos nuestra parte?

Mis queridos hermanos, en los últimos meses el presidente Spencer W. Kimball nos ha vuelto a recomendar que, como cuerpo de la Iglesia nos alleguemos al resto de los hijos de nuestro Padre Celestial.

Se nos ha pedido que hagamos un esfuerzo mayor en dos aspectos generales. Primero, es necesario que cada miembro de la Iglesia haga que su luz brille de tal manera que los demás vean el evangelio de Jesucristo por medio de su ejemplo. En Doctrinas y Convenios el Señor nos dice:

«Y además, os digo que os doy el mandamiento de que todos los hombres, tanto los élderes, presbíteros y maestros, así como también los miembros se dediquen con su fuerza, con el trabajo de sus manos, a preparar y acabar las cosas que he mandado.

Y sea vuestra predicación la voz de amonestación, cada hombre a su vecino, con mansedumbre y humildad.» (D. y C. 38:40-41.)

Cada familia en la Iglesia ha recibido el encargo de relacionarse en un plan amigable con otra familia de personas que no sean miembros.

Segundo, a todo joven apto se le ha pedido que se prepare para servir en una misión regular. Y nuevamente leemos:

«Por lo tanto, trabaja con tu fuerza y llama obreros fieles a mi viña para que la poden por la última vez.

Y si se arrepienten y reciben la plenitud de mi evangelio, y se santifican, detendré mi juicio.

Sal, por lo tanto, diciendo en alta voz: El reino de los cielos se ha acercado. ¡Hosanna! ¡Bendito sea el nombre del Dios Altísimo!

Ve, bautizando con agua, preparando la vía delante de mi faz para la hora de mi venida.

Porque el tiempo está cerca; ningún hombre sabe ni el día ni la hora; mas de cierto llegará.» (D. y C. 39:17-21.)

Es sobre este último punto que quisiera hablar. Recientemente tuve el honor de recibir la asignación de visitar la Misión de Samoa-Apia y asistir a algunas conferencias de estaca en ese país. Encontré bien a todos los misioneros y la obra progresando. Una tarde, después de nuestra reunión el Presidente de la Misión, Patrick Peters, que es nativo de Samoa, me dijo: «Élder Dunn, hay algo que quisiera mostrarle». Recorrimos unos cuantos kilómetros desde la casa de la misión y subimos a la cima de una pequeña colina, a un lugar que estaba separado por palmeras y otras plantas, típicas de la vegetación tropical; de pronto comprendí que nos encontrábamos en un cementerio muy viejo. En el centro de aquel lugar había un lote rodeado por una pared de cemento lo suficientemente baja como para pasar por arriba. El presidente Peters y su esposa me explicaron que en aquel lugar es donde se encuentran sepultados algunos de los primeros misioneros. Seguir leyendo

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Cuán hermosos los pies de los que traen las buenas nuevas!

Enero de 1976
¡Cuán hermosos los pies de los que traen las buenas nuevas!
por Derek Dixon

“¡Cuán hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz, del que trae nuevas del bien, del que publica salvación…!» Isaías 52:7

Por lo tanto —me dijo el presidente de mi rama— lo hemos llamado para que sea el coordinador misional de la rama. Su tarea será no sólo coordinar entre los miembros y los misioneros, sino promover y encauzar el entusiasmo por la obra para la salvación de las almas. Esperamos que encabece esta gran tarea.

—No puede estar hablándome en serio —le respondí—. Soy de los que no se atreven a preguntar la hora a un desconocido. No he logrado mi salvación todavía, ¿cómo podré lograr la de mi prójimo?

—No creo que tenga dificultad —me contestó el presidente con su amabilidad acostumbrada: —. Lo único que le falta es la experiencia necesaria, y el tiempo se encargará de dársela. Para comenzar, quisiéramos que preparara una presentación especial de la obra misional para la reunión del sacerdocio que se realizará el próximo domingo por la mañana; algo que entusiasme a los hermanos y les proporcione algunas ideas para interesar a sus vecinos en el evangelio.

Aunque traté de sonreírle sólo escuché el palpitar acelerado de mi corazón y todos mis temores me obscurecieron la mente; sin embargo, inexplicablemente, me oí responderle:

—Bueno, presidente, si usted cree que puedo hacerlo, por lo menos lo intentaré.

Esa semana, cuando los demás dormían, yo empapaba la almohada con mis lágrimas mientras le imploraba a mi Padre Celestial que me librara de alguna manera milagrosa de la temida asignación. Pero el techo era tan impenetrable como si fuera de bronce, y un malestar indefinible comenzó a extenderse por todo mi ser. Por lo tanto, opté por pedir ayuda.

Recibí la respuesta a mi súplica tan pronto, que no puede haber sido otra cosa que una revelación. Las ideas se sucedían tan rápidamente que apenas tuve tiempo de tomar un lápiz y anotar algunas. Y cuando llegó el domingo por lo menos me encontraba preparado para decirles a los demás cómo podían interesar a sus vecinos y conocidos en el evangelio.

En la reunión de sacerdocio presenté seis principios a los hermanos:

Es necesario: Seguir leyendo

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Lo hare hoy…

Lo hare hoy…

N. Eldon Tannerpor el presidente N. Eldon Tanner
Primer Consejero en la Primera Presidencia
Liahona Enero 1976


Si hoy fuera en la tierra tu último día,
Del largo camino, el último trecho,
Después de tus luchas, ¿qué valor tendrías?
¿Qué cuentas darías a Dios de tus hechos?
Anónimo (Traducción libre)

Las palabras de este poema hacen un resumen del motivo de nuestra vida. Nacemos vivamos y morimos, ¿con qué: propósito? El conocimiento, y la comprensión del motivo de nuestra existencia y de cuál será nuestro destino eterno, deberían ayudarnos a determinar nuestra; forma de vida, a seleccionar las cosas que son verdaderamente importantes y luchar por ellas.

Estamos al comienzo de un nuevo año. Bien podría cada uno de nosotros decirse: «Hoy es el último día del resto de mi vida; empezaré ahora a prepararme para la vida eterna, a fin de recibir plenitud de gozo y felicidad desde hoy y para siempre». Después de todo, eso es lo que en realidad todos queremos, y es muy importante que dediquemos tiempo a aprender cómo podemos alcanzar esa meta y comencemos ahora a esforzarnos por ello día a día.

Para lograr ese propósito, debemos estudiar, y aprender, aumentando así nuestro conocimiento y comprensión del evangelio y después, aplicar este conocimiento diariamente a nuestra vida; en esa forma aumentarán nuestra fe y nuestro testimonio que son tan necesarios para alcanzar la salvación, y así también podremos influir en nuestros seres queridos, aquellos con quienes deseamos compartir la felicidad y las bendiciones.

Recordemos siempre que el evangelio ha sido preparado para enseñarnos a conducirnos correctamente, en beneficio de nuestros asuntos espirituales y temporales. No es suficiente con asistir a las reuniones de la Iglesia, participar del sacramento, tomar parte en discusiones religiosas etc., si después nos hacemos los distraídos ante las necesidades de nuestra familia, los vecinos o la comunidad, o somos deshonestos o inescrupulosos en nuestros negocios.

Tampoco es suficiente con ser buenos ciudadanos, contribuir a causas caritativas, tomar parte en los asuntos de la comunidad y llevar en general una vida cristiana. Aunque esto es loable, no basta para darnos el derecho a gozar de la plenitud de gozo y la vida eterna que nuestro Padre Celestial ha prometido a todos los que lo amen y guarden sus mandamientos.

Es bueno recordar el relato de las escrituras sobre aquel que fue adonde estaba el Señor y le dijo:

«Maestro bueno, ¿qué bien haré para tener la vida eterna?

Él le dijo:. . . si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos,» (Mat. 19:16-17.) Seguir leyendo

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Las escrituras: mi barra y mi fortaleza

Diciembre de 1985
Las escrituras: mi barra y mi fortaleza
por Lenet Hadley Read

Lenet Hadley ReadSe nos dice que nadie puede crear una cosa de la nada. Con qué segu­ridad comprendí esa verdad el día que recibí la visita de uno de los miembros de nuestra presidencia de estaca. Su llamado telefónico para decirme que vendría me dejó preocupada por saber de qué se trataría. Pero ninguna de mis conjeturas se acercó en magnitud a lo que vino a solicitarme. Me pidió que escribiera el libreto para una produc­ción teatral que presentaríamos en nuestra región. Me señaló que desea­ban calidad —una producción teatral que alcanzara el nivel profesional re­querido por los centros de espectáculos más grandes de nuestra ciudad— a la cual pudieran asistir personas que no fueran miembros de la Iglesia. Des­pués de indicarme lo que deseaba, se marchó.

Fue tan grande el peso que puso so­bre mis hombros. Las expectativas de los líderes del sacerdocio eran dema­siadas, y mi experiencia como escrito­ra era tan limitada, que me sobrevino mucha ansiedad. Estaba segura de que el malestar que sentía en el estómago y las piernas no se retiraría hasta después de que la obra se pusiera en escena, y eso me asustaba.

¿Cómo podría cumplir con las ex­pectativas de la presidencia de estaca? Jamás en mi vida había realizado tarea similar. Me sentí agobiada por un sen­timiento de dudas e impotencia. Por más que intentaba no me venía ningu­na idea a la mente. No era por falta de experiencia como escritora. Siempre había tenido ideas para compartir o elaborar, más ahora no se me ocurría nada. Cuando me fui a dormir esa no­che, tenía todavía la mente en blanco. No se me ocurría ninguna idea que pu­diera servirme como base para un argumento.

Pero al despertar a la mañana si­guiente, supe qué era lo que quería ex­presar. Desde lo profundo de mi mente me asaltaron pensamientos, los ladri­llos que utilizaría para construir mi obra.

¿De dónde emergieron las ideas? Provinieron de una fuente profunda y preciada—las Escrituras.

Precisamente antes de que comenza­ra el programa de estudio de las Escri­turas, yo había efectuado en la Iglesia en forma independiente lo que suponía que era un estudio intenso, acabado y altamente gratificante de todos los li­bros canónicos de la Iglesia—una investigación que había gastado las pági­nas de mi Biblia. Como resultado, las Escrituras me proporcionaban ahora los elementos básicos que me ayuda­rían a cumplir con mi asignación. Pero más importante aún, no pude menos que comprender cuánto más vitales re­sultan las Escrituras cuando las em­pleamos como ladrillos para edificar los muros de nuestros testimonios, ca­rácter y vida eterna.

Una semana después de haber reci­bido la asignación, les presenté a los líderes de la estaca un borrador de la primera mitad de la obra, la cual, una vez terminada, sobrepasó nuestras es­peranzas y fue una influencia positiva para muchos investigadores.

Desde el comienzo, esta experiencia reafirmó con mayor fuerza mí testimo­nio ya creciente en cuanto al valor de las Escrituras. Seguir leyendo

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Bebed de la fuente

Conferencia General 2 de octubre de 1974

Bebed de la fuente

élder Bruce R. McConkiepor el élder Bruce R. McConkie
(Discurso pronunciado el 2 de octubre de 1974 durante la Conferencia General de la Sociedad de Socorro.)

Tomo el texto de las palabras del Señor Jesús: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo so­bre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga”. (Mateo 11:28-30.) Quiero ha­cer hincapié en tres frases: primero, “Venid a mí”; segundo, “aprended de mí”; y tercero, “hallaréis descanso pa­ra vuestras almas”.

Nos gustaría que todos los Santos de los Últimos Días leyerais todos los li­bros canónicos, que meditarais en vuestros corazones las verdades eter­nas que allí se encuentran y que os pusierais de rodillas y le pidierais orientación al Señor, con toda sinceri­dad y teniendo fe, para que las enten­dáis y comprendáis. Instamos a cada uno de vosotros para que las leáis, y no simplemente que leáis las palabras, si­no que meditéis y oréis acerca de lo que estáis leyendo a fin de que nazca en vosotros el deseo de vivir en recti­tud, que es el fruto del estudio de la palabra pura y perfecta de Dios. De­seamos que la Iglesia empiece a beber de la fuente el mensaje puro y perfecto que el Señor ha dado por boca de sus profetas, el mensaje que se encuentra en los libros canónicos de la Iglesia.

Desde mi punto de vista, me parece formidable que estudiemos los cuatro Evangelios, ya que en éstos se encuen­tra la historia de la vida del Señor. Es ahí, más que en ningún otro lugar, donde podemos cumplir con la instruc­ción, “aprended de mí”. Son la fuente a donde nos dirigimos para llegar a amar al Señor, y aquellos que aman al Señor lo manifiestan viviendo de acuerdo con sus mandamientos; y aquellos que obedecen sus manda­mientos son los que pueden obtener vi­da eterna en su reino.

Nuestro deseo en esta vida es tener paz y gozo y heredar la vida eterna en el mundo venidero. Estas son las dos bendiciones más grandiosas que a la gente le es posible heredar. Podemos obtenerlas leyendo y aprendiendo las palabras de vida eterna, aquí y ahora, y obedeciendo los mandamientos que nos preparan para la gloria inmortal en el mundo venidero.

Ahora, permitidme hablar de estos maravillosos libros que conocemos co­mo los cuatro Evangelios. Estos con­tienen tesoros escondidos y desconocidos. Todavía no hemos captado la visión de lo que podemos extraer de ellos. ¿Os sorprendería si os dijera que en los cuatro Evangelios hay más co­nocimiento, más verdad que se ha re­velado concerniente a la naturaleza y a la clase de persona que es Dios, nues­tro Padre, que en el resto de los libros canónicos? Todo lo que necesitamos hacer es aprender la manera de adqui­rir ese conocimiento. Necesitamos di­rección y el Espíritu del Señor para que nos dirija a medida que estudia­mos.

Vosotros recordaréis que Felipe se encontró con un eunuco de la Corte de Candace. El eunuco leía las profecías mesiánicas en el libro de Isaías. Felipe le preguntó; “¿Entiendes lo que lees?

Él dijo: ¿Y cómo podré, si alguno no me enseñare?” (Hechos 8:26-31,) Ne­cesitamos que alguien nos enseñe la manera de estudiar los libros canóni­cos de la Iglesia, y después, si segui­mos las sencillas fórmulas que se pro­veen, tendremos una nueva visión de entendimiento doctrinal, y nacerán en nuestro corazón nuevos deseos de vivir rectamente.

Consideremos los Evangelios. Estos son la historia de la vida del Señor; los evangelios hablan de Él. Él es el Hijo de Dios. En Cristo, Dios estaba mos­trando al mundo la naturaleza y la cla­se de Ser que es. Es vida eterna cono­cer al Padre y al Hijo y poder llegar a ser como ellos son. Conocemos al Pa­dre por medio de llegar a entender al Hijo, El Hijo es el revelador de Dios. Nadie viene al Padre, sino por el Hijo o por su palabra. Deseamos conocer al padre y al Hijo, y su historia principal se encuentra en los Evangelios.

¿Os sorprendería si os dijera que hay más conocimiento y doctrina acer­ca del sacrificio expiatorio del Señor Jesús en los cuatro Evangelios que en ninguna otra parte de las Escrituras? Todo lo que necesitamos es la llave para abrir ese conocimiento. Podemos llegar a saber con absoluta certeza la forma en que El proclama que es el Hijo de Dios.

Por ejemplo, hay el relato en que sana a uno que estaba ciego de naci­miento. Lo hace sin que se le pida y lo hace con el propósito de reunir a una congregación. Por todo Jerusalén se da a conocer este incidente. La muche­dumbre se congrega para ver qué es lo que Él está haciendo. Después, a la congregación, les enseña: “Yo soy el buen pastor”, o en otras palabras, “Yo soy el Señor, Jehová”, En su sermón declara: “Yo y el Padre uno somos”. Predica un grandioso sermón para de­clarar que es el Hijo de Dios, sus pala­bras son verificadas porque abrió los ojos del hombre que había nacido cie­go, (Juan 9 y 10.)

La misma cosa se ilustra cuando le­vanta a Lázaro de los muertos. Jesús viene y predica un sermón en el cual dice: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá”. En otras palabras, dice: “La inmortalidad viene por mí; la vida eter­na es por mí y por medio de mí. Yo soy el Hijo de Dios y hago que estas cosas sean posibles”. Y para que no haya ninguna duda acerca de su doctri­na, les manda que quiten la piedra de la puerta de la tumba, y dice:

“¡Lázaro, ven fuera!”, y el cuerpo que ya había empezado a descomponerse se levanta y sale. El levantar a Lázaro de entre los muertos es otro testigo, para todo el mundo y por todas las eternidades, de que el Hombre que lo hizo es en realidad la resurrección y la vida; que la inmortalidad y vida eterna vienen por El; que Él es el Hijo del Dios Viviente. (Juan 11.)

Veamos otro ejemplo: Después de su resurrección, Jesús camina por el camino de Emaús y conversa con dos de sus discípulos. Se da a conocer cuando parte el pan. Poco después se aparece en el aposento alto a diez de los Apóstoles (Tomás no se encontraba presente) —cabe mencionar que era una congregación de los santos, en los cuales, sin lugar a dudas, se encontra­ban hermanas fieles de esos días—, y a todo el grupo, no sólo a los diez, les pregunta: “¿Tenéis aquí algo de co­mer?” Entonces le dan parte de un pez asado y un panal de miel. Él lo toma y come delante de ellos. Entonces pal­pan las marcas en sus manos y en sus pies y le meten la mano en el costado. Qué gran ocasión para la enseñanza. Ese pequeño episodio que sucedió en el camino a Emaús y culminó en el aposento alto es la ilustración más grandiosa, de todas las revelaciones ja­más dadas, en cuanto a la clase de per­sona que es un ser resucitado y la ma­nera en que nosotros, que fuimos creados a su imagen, podemos llegar a ser si somos fieles en todas las cosas. (Lucas 24.)

Os estoy sugiriendo que todos tene­mos una oportunidad maravillosa de llegar a amar al Señor y de obtener el deseo de obedecer sus mandamientos, y como resultado, ser herederos de paz en esta vida y la vida eterna en el mun­do venidero. No es sólo leer; es leer, meditar y orar para que el Espíritu del Todopoderoso sea partícipe en el estu­dio y nos dé entendimiento.

Hace algunos años decidí realizar un estudio profundo de los cuatro Evan­gelios como se encuentran en el Nuevo Testamento. Cuando terminé, utilizan­do las palabras de Juan como texto — “Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vi­da en su nombre” (Juan 20:31)-—, es­cribí lo siguiente:

“Y así terminan los evangelios—

“Esos sagrados escritos que hablan del nacimiento, ministerio, misión, sa­crificio expiatorio, resurrección y ascensión del Hijo de Dios;

“Esos registros revelados que ense­ñan con poder y convicción las verda­des eternas en las cuales los hombres deben creer para obtener la salvación en el reino de Dios;

“Esos relatos verídicos de la vida de Cristo que llevan al hombre a amar al Señor y obedecer sus mandamientos;

“Esos sagrados y solemnes testimo­nios que abren la puerta para recibir la paz en esta vida y la vida eterna en el mundo venidero.

“En estos sagrados escritos, en estos relatos del evangelio, en estos testimo­nios de la vida de nuestro Señor—

“Vemos a Jesús —el Todopoderoso, el Creador de todas las cosas desde el principio— recibir un tabernáculo de barro en el seno de María.

“Nos paramos cerca del Infante en el pesebre y escuchamos voces celes­tiales proclamar su nacimiento.

“Lo observamos enseñando en el templo y confundiendo a los hombres sabios cuando sólo tenía doce años de edad.

“Lo vemos en el río Jordán sumer­girse bajo las manos de Juan, mientras que los cielos se abren y el personaje del Espíritu Santo desciende como pa­loma; y escuchamos la voz del Padre hablar con palabras de aprobación.

“Vamos con El hasta el desierto a un lugar apartado donde el diablo lo tien­ta, lo trata de engañar y busca la mane­ra de extraviarlo de las sendas de Dios.

“Nos maravillan y sorprenden sus milagros; habla y los ciegos ven; toca y los sordos oyen; manda y los cojos caminan, los paralíticos se levantan de sus camas, los leprosos son limpiados y los espíritus malignos abandonan los lugares de los cuales se han apropiado,

“Nos regocijamos ante el milagro de ver almas enfermas de pecado recupe­rarse, de discípulos que dejan todo lo que tienen para seguirlo, de santos que vuelven a nacer.

“Nos maravillamos cuando los ele­mentos obedecen su voz: camina sobre el agua; las tormentas cesan; castiga a la higuera y ésta se marchita; convierte las aguas en vino; con unos cuantos pescados y un poco de pan alimenta a miles.

“En Betania nos sentamos con el Se­ñor de vida, como hombre, en la inti­midad del círculo familiar; lloramos con Él en la tumba de Lázaro; ayuna­mos y oramos a su lado cuando se co­munica con su Padre; comemos, dor­mimos y caminamos con El por las sendas y en las aldeas de Palestina; lo vemos hambriento, sediento, cansado, y nos maravillamos de que un Dios deseara pasar por tales experiencias te­rrenales.

“Bebemos profundamente de sus enseñanzas; escuchamos parábolas que jamás hombre alguno profirió; apren­demos lo que significa escuchar a uno con toda autoridad anunciar la doctrina de su Padre.

“Lo vemos:

“Lleno de pesar —llorando por sus amigos, lamentándose por la destruc­ción inminente de Jerusalén;

“Compasivo —perdonando los pe­cados, cuidando a su madre, sanando a los hombres física y espiritualmente;

“Enojado —limpiando la casa de su Padre, mostrando indignación justa por la profanación de la misma;

“Triunfante —al entrar en Jerusalén en medio de los gritos de hosanna al Hijo de David, transfigurado ante sus discípulos en el monte, parado en toda la gloria de la resurrección en una montaña en Galilea.

“Nos reclinamos con Él en un apo­sento alto, separados del mundo y es­cuchamos algunos de los sermones más grandiosos de todos los tiempos, mientras que participamos de los em­blemas de su cuerpo y su sangre.

“Oramos con Él en Getsemaní y temblamos bajo el peso de la carga que El lleva a medida que grandes gotas de sangre salen de cada uno de sus poros; bajamos la cabeza avergonzados cuan­do Judas le da el beso de la traición.

“Estamos a su lado ante Anás y Caifás; vamos con El ante Pilato y Here­des y otra vez Pilato; participamos del dolor, sentimos los insultos, tembla­mos ante la burla y sentimos repugnan­cia por la terrible injusticia e histeris­mo que lo lanzan inescapablemente hacia la cruz.

“Sentimos el pesar de su madre y otros en el Gólgota cuando los solda­dos romanos le traspasan con clavos sus manos y sus pies; temblamos cuan­do la espada le hiere el costado, y le acompañamos en el momento en que voluntariamente da su vida.

“Estamos en el jardín cuando el án­gel quita la piedra, cuando sale revesti­do de inmortalidad; caminamos con Él en el camino a Emaús; nos hincamos en el aposento alto y sentimos las mar­cas de los clavos en sus manos y en sus pies y metemos la mano en el costado, y con Tomás exclamamos: ‘¡Señor mío, y Dios mío!’

“Caminamos hacia Betania y allí, mientras ángeles ministran, presencia­mos su ascensión para estar con su Pa­dre; y nuestro gozo es completo por­que hemos visto a Dios con el hombre.

“Vemos a Dios en El —porque sa­bemos que Dios era en Cristo, mani­festándose al mundo a fin de que todos los hombres conocieran esos Seres Ce­lestiales, el conocimiento de los cuales es la vida eterna.

“Y, ahora, ¿qué más podemos decir acerca de Cristo? ¿De quién es Hijo? ¿Qué obras fueron las que realizó? ¿Quiénes pueden testificar hoy día de estas cosas?

“Y ahora, que quede escrito nueva­mente —y es el testimonio de todos los profetas de todos los tiempos— que Él es el Hijo de Dios, el Unigénito del Padre, el Mesías prometido, el Señor Dios de Israel, nuestro Redentor y Sal­vador; que vino al mundo para dar a conocer al Padre, para revelar nueva­mente el evangelio, para ser nuestro gran Ejemplo, para llevar a cabo la ex­piación eterna e infinita; y que pronto vendrá otra vez para reinar personal­mente sobre la tierra y para salvar y redimir a todos aquellos que lo aman y lo sirven.

“Que también quede escrito, tanto en la tierra como en los cielos, que yo también sé de la verdad de estas cosas de las cuales han testificado los profe­tas. Porque estas cosas me han sido reveladas por el Espíritu Santo, y por lo tanto testifico que Jesús es el Señor de todo, el Hijo de Dios, por cuyo nombre se logra la salvación.” (Bruce R. McConkie, Doctrinal New Testament Commentary, vol. 1, págs. 873-876.)

Ahora, lo maravilloso acerca del sistema de la religión revelada que Dios nos ha dado en estos días es, pri­meramente, que es verdad; segundo, que cada hombre, mujer y niño en la Iglesia puede llegar a tener el conoci­miento absoluto, nacido del Espíritu, la convicción firme y segura de que Jesús es el Señor, de que la salvación está en Cristo, y que si vamos a Él y aprendemos de Él y obedecemos sus mandamientos, tendremos paz, gozo y felicidad en esta vida y seremos here­deros de la vida eterna en el mundo venidero.

Instamos a todos en la Iglesia a be­ber de la fuente; a estudiar los libros canónicos de la Iglesia; a leer, meditar y orar; a pedirle a Dios comprensión; a obtener el poder del Espíritu Santo en sus vidas para que cada persona sepa, independientemente de otra, acerca de la verdad y la divinidad de estas cosas, porque de allí se deriva el gozo y la satisfacción y la paz que ofrece el evangelio.

Dios permita que así sea. Esta obra es verdadera y es del Señor. Su mano está en ella; Él ha decretado el éxito. Continuará progresando, y vosotros y yo, en esta vida y en la venidera, here­daremos estas gloriosas bendiciones si hacemos ahora aquellas cosas que es­toy seguro todos sabemos en nuestro corazón que debemos hacer.

En el nombre del Señor, Jesucristo. Amén.

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Obsequios de Navidad

Diciembre de 1984
Obsequios de Navidad
por el élder Mark E. Petersen
Miembro del Quorum de los Doce Apóstoles

Mark E. PetersenEn la pequeña villa de Nazaret, en Palestina, vivió hace ya casi 2000 años una joven llamada María.

Muy poco es lo que sabemos acerca de ella, excepto que estaba comprometida para casarse con José, un descendiente del rey David.

Un día, para su gran sorpresa, la visitó el ángel Gabriel, que venía de la presencia de Dios. La saludó con estas palabras: «¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres.

«Mas ella, cuando le vio, se turbó por sus palabras, y pensaba qué salutación sería ésta.» Entonces el ángel le dijo que ella había hallado gracia delante de Dios y que El, la había elegido para ser la madre de su Hijo Unigénito.

El ángel le explicó que el Santo Niño nacería por el poder del Espíritu Santo y que se llamaría Jesús, pues por medio de Él recibirían la salvación todas las almas que le aceptaran.

«Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo», le dijo el ángel Gabriel. Además, le informó que el Niño llegaría a ser Rey y que reinaría para siempre sobre la Casa de Israel y que sería el divino Redentor del mundo.

María no comprendió, y le preguntó:
«¿Cómo será esto?» El ángel le explicó que este milagro sucedería por el poder del Espíritu Santo. (Véase Lucas 1:26-35.)

El ángel también visitó a José, el futuro esposo de María. Este comprendió y aceptó el mensaje. De esta manera ella llegaría a ser la virgen madre de Jesucristo, el Mesías.

Por orden de su gobierno, José y María tuvieron que viajar a Belén, otra aldea de Palestina, antes del nacimiento de Jesús, pero muchas otras personas habían llegado allí antes que ellos y todas las posadas estaban completas. No había lugar donde pudiese nacer el Salvador del mundo.

La pareja se dirigió entonces a un establo, donde María dio a luz a un niño, y el Infante, sin cuna u otras comodidades, durmió en un pesebre. Seguir leyendo

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Y el Señor llamó Sión a su pueblo

Y el Señor llamó Sión a su pueblo
por el Presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballA causa de la tremenda importancia de este gran Plan de Bienestar, consideré apropiado volver a exponer las verdades fundamentales de esta obra y recalcar la manera en que debemos aplicarlas en esta época. Espero que, de ser posible, podamos intensificar la herencia espiritual que hemos recibido y, edificando en ese fundamento, alargar el paso en nuestros esfuerzos por poner el plan en práctica.

Desde la primera dispensación en esta tierra, el Señor ha requerido de su pueblo que cada uno ame a su prójimo como a sí mismo. En cuanto a la generación de Enoc se nos dice que «el Señor bendijo la tierra, y los de su pueblo fueron bendecidos sobre las montañas y en los lugares altos, y florecieron.

«Y el Señor llamó SIÓN a su pueblo, porque eran uno en corazón y voluntad, y vivían en justicia; y no había pobres entre ellos» (Moisés 7:17-18).

Por todo el Libro de Mormón encontramos líderes que enseñan esta verdad a las generaciones; uno de esos ejemplos son las palabras del benévolo rey Benjamín:

«Y ahora, por el bien de estas cosas que os he hablado, es decir, por el bien de retener la remisión de vuestros pecados de día en día, a fin de que andéis sin culpa ante Dios, quisiera que de vuestros bienes dieseis al pobre, cada cual según lo que tuviere, tal como aumentar al hambriento, vestir al desnudo, visitar al enfermo, y ministrar para su alivio, tanto espiritual como temporalmente, según sus necesidades» (Mosíah4:26).

En 4 Nefi, presenciarnos las bendiciones que recibieron los nefitas a medida que desterraron el egoísmo y prosperaron en perfecta rectitud durante cuatro generaciones. ¿Quién no se emociona al imaginar este cuadro del ideal de Sión?

«Y tenían en común todas las cosas; por tanto, no había ricos ni pobres, esclavos ni libres, sino que todos fueron hechos libres, y participantes del don celestial. . .

«Y no había envidias, ni contiendas, ni tumultos, ni fornicaciones, ni mentiras, ni asesinatos, ni lascivias de ninguna especie; y ciertamente no podía haber un pueblo más dichoso entre todos los que habían sido creados por la mano de Dios.» (4 Nefi 3, 16.)

Hace ya casi cuatro generaciones en ésta, la última dispensación, que el Señor expuso de nuevo sus preceptos para la Sión moderna cuando dijo:

«Y estime cada hombre a su hermano como a sí mismo, y ponga en práctica la virtud y la santidad delante de mí.

«Y de nuevo os digo, estime cada hombre a su hermano como a sí mismo.

«Porque, ¿quién de vosotros, si tiene doce hijos que le sirven obedientemente, y no hace acepción de ellos, dice a uno: Vístete de gala y siéntate aquí; y al otro: Vístete de harapos y siéntate allí, podrá luego mirarlos y decir soy justo? Seguir leyendo

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