Los mejores dones

Diciembre de 1984
Los mejores dones
por el élder Robert D. Hales
del Primer Quorum de los Setenta

Robert D. HalesCuando era joven vivíamos en Long island, a unos cincuenta kilómetros de la ciudad de Nueva York. Estábamos rodeados por bosques y disfrutábamos de la natura­leza. Mi padre tenía un terreno grande con arbustos, jardines, una pecera, una huerta, césped y árboles. Todo esto re­quería un trabajo constante para conservarlo en buen estado y siempre ha­bía tareas que hacer, tales como cortar el césped en el verano y recoger las ho­jas caídas en el otoño. Aunque trabajá­bamos bastante duro en el cuidado de nuestro jardín, lo que hacíamos no se comparaba en lo más mínimo con lo que mi padre había tenido que hacer cuando era niño en la granja de remola­chas en Burton, Idaho.

Un día mi padre me dijo, «Nunca vas a aprender a trabajar hasta que vayas a trabajar en la hacienda con tu tío Frank.» De modo que ese verano lo pasé en el Valle Skull cerca de Tooele, Utah, apren­diendo a trabajar.

Fue difícil para mí creer el contraste que había entre el hermoso verdor de mi hogar en Long Island y el ambiente de­sértico y polvoso del Valle Skull. Esto me hizo apreciar la primera impresión que han de haber tenido aquellos pioneros originarios de Europa y de la parte orien­tal de los Estados Unidos, cuando Brigham Young les dijo: «Este es el lugar».

Me había criado cerca de una ciudad grande, y la vida en una hacienda fue una verdadera educación para mí. Me impresionó ver el ganado y los caballos y lo duro que se tenía que trabajar para obtener la cosecha. Recuerdo los senti­mientos que experimenté cuando comprendí por primera vez que era necesa­rio hacer unos preparativos enormes antes de poder cosechar. Teníamos que arar, gradar, sembrar, cultivar, deshierbar, irrigar y después seguir cultivando, deshierbando e irrigando interminablemente, me parecía. Ese verano aprendí una gran lección, la cual forma parte en­trañable de mi legado, pues fue allí, en ese lugar desolado y remoto de la tierra, en donde aprendí la ley de la cosecha.

La ley de la cosecha es simplemente que en la vida no se recibe algo por nada. Las Escrituras nos dicen que así como sembramos, segaremos (cose­charemos). «No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará» (Gálatas 6:7).

Desde ese entonces he aprendido que los mismos principios de la ley de la cosecha se utilizan para resolver productivamente los problemas de la vida. Cuando vamos a la tienda, solamente vemos el resultado final de la facultad creadora de un agricultor o granjero; ve­mos hermosas verduras, frutas y pro­ductos lácteos, pero, a menos que hayamos participado en el proceso de su creación, no podemos comprender la cantidad de tiempo, trabajo arduo, desi­lusión y preocupación que formaron parte de estos productos terminados. Lo mismo sucede cuando escuchamos a alguien tocar el piano o cantar, o cuando leemos lo que alguien ha escrito o contemplamos un hermoso cuadro. Seguir leyendo

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La revelación

La revelación

Dallin H. OaksPor Dallin H. Oaks
Este discurso fue dado en un devocional de la Universidad Brigham Young el 29 de septiembre de 1981.
Liahona Diciembre 1983


La revelación es la comunicación que existe entre Dios y el hombre. Puede recibirse de diferentes maneras; por ejemplo, algunos profetas, como Moisés y José Smith, han hablado con Dios cara a cara. Hay personas que han tenido una comunicación directa con ángeles; otras han recibido revelación, como lo especifica el élder James E. Talmage: «Ora por sueños cuando uno duerme, ora por visiones cuando las facultades están despiertas» (James E. Talmage, Artículos de Fe, pág. 254).

La forma más conocida es cuando la revelación o inspiración llega a nuestra mente por medio de la comunicación de palabras o pensamientos (véase D. y C. 8:2-3; Enós 1:10); igualmente por la iluminación repentina de nuestra mente (véase D. y C. 6:14-15); por medio de sentimientos negativos o positivos sobre determinadas acciones que se ha pensado llevar a cabo, o aun por inspiración artística, como en el caso de las obras maestras. Como el élder Boyd K. Packer ha declarado, “la inspiración se manifiesta más como un sentimiento que como un sonido» (Liahona, enero de 1980, pág. 29).
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Los «palos» en la profecía de Ezequiel

Los «palos» en la profecía de Ezequiel

Keith H. MeservyPor Keith H. Meservy
Liahona Diciembre 1983

Generaciones enteras de misioneros han citado este pasaje de las Escrituras:

“Hijo de hombre, toma ahora un palo, y escribe en él: Para Judá, y para los hijos de Israel sus compañeros. Toma después otro palo, y escribe en él: Para José, palo de Efraín, y para toda la casa de Israel sus compañeros.
“Júntalos luego el uno con el otro, para que sean uno solo, y serán uno solo en tu mano.» (Ezequiel 37:16-17.)

Para todo Santo de os Últimos Días, este pasaje indica que Ezequiel sabía que el palo de José, el Libro de Mormón, sería unido en los últimos días al palo de Judá, la Biblia, para ayudar al Señor a lograr la restauración de Israel. Es cierto que dentro de la Iglesia los intérpretes bíblicos no han podido concordar a qué clase de “palos» se estaba refiriendo Ezequiel, ya sea que fuera un palo con muescas, un rollo de pergamino o un cetro. A pesar de esto, la Iglesia, con la ayuda de D. y C. 27:5, ha mantenido su convicción de que cada palo representa un volumen de Escritura.

Sin embargo, esta interpretación no se ha visto libre de oposición, pues los eruditos bíblicos fuera de la Iglesia mantienen que la interpretación tradicional cristiana del “palo» como vara o cetro concuerda mejor con lo que dice Ezequiel. También indican que inmediatamente después de que surgió la profecía del palo, el Señor dijo: “Yo tomo a los hijos de Israel de entre las naciones… y los traeré a su tierra; y los haré una nación… y un rey será a todos ellos por rey; y nunca más serán dos naciones, y nunca más serán dividí- dos en dos reinos” (Ezequiel 37:21-22).

Y en forma bien clara concluyen que al unir los cetros de estas dos tribus, vívidamente se está simbolizando la reunificación de tas tribus divididas.

La interpretación que le dio el profeta José Smith ha parecido extraña y fuera de armonía, pues los críticos afirman que lo que José Smith hizo fue interpretar un pasaje de Escritura fuera de su contexto para probar un punto.

En vista de esta clase de crítica, el élder Harold B. Lee, en el año 1968, hablando a profesores de Seminarios e Institutos reunidos en la Universidad Brigham Young, reafirmó nuevamente la interpretación que la Iglesia le ha dado a ese pasaje en las siguientes palabras:

“Según informes recibidos, algunos enseñan que el palo de José no se está refiriendo al Libro de Mormón y que la sección 27, versículo 5 de Doctrina y Convenios, que declara que efectivamente es así, no debe considerarse literalmente. ¡Que Dios no permita que ninguno de ustedes, maestros, enseñen doctrina semejante o permitan que se enseñe sin hacer de su parte una objeción, pues ustedes conocen la verdad y tienen un testimonio!” (“Viewpoint of a Gianf, BYU, 18 de julio de 1968, pág. 6; publicado por el Departamento de Seminarios e Institutos de Religión.)

El bajo relieve representa a un hombre llevando unas tablillas con apariencia de libro. En el “lomo” de los “libros» es donde en realidad se encontraban las bisagras de las tablillas.

Descubrimientos recientes confirman ahora que la interpretación dada por José Smith es correcta y lo prueban de una manera que era imposible de probar en 1830. Sin embargo, antes de analizar estos nuevos descubrimientos, examinemos rápidamente algunos puntos de carácter lingüístico. La palabra hebrea usada en este lugar en Ezequiel es etz, cuyo significado básico es madera.

El término etz aparece aproximada­mente 300 veces en el texto hebreo.

Cuando miramos la versión griega del Antiguo Testamento que fue traducida por tos judíos para su uso en el tercer siglo antes de Cristo, vemos que el término etz se traduce como madera (ksylon) 249 veces y como árbol (dendron), únicamente 15 veces. Estos traductores sabían el idioma hebreo y lo comprendían intuitivamente. Así que es obvio que para ellos la palabra madera fuera significado fundamental del término etz.

Por eso es aún más sorprendente descubrir que estos traductores de la versión griega y del Antiguo Testamento no usaron la palabra madera en el crucial capítulo 37, sino que usaron la palabra vara (rabdos). Lo que es especialmente singular es que éste es el único ejemplo en toda la Biblia en griego en que etz se traduce como rabdos.

¿Por qué lo hicieron? La respuesta es vital ya que esta traducción singular es la que la mayoría de nuestros intérpretes modernos utilizan para descifrar el significado de este pasaje. Los eruditos han expresado la hipótesis de que el relato de Números 17:2-3 haya influido en la decisión del, traductor. En esos pasajes el Señor le requirió a cada líder de las tribus que escribiera su propio nombre sobre una vara (rabdos) y la dejara por la noche en el tabernáculo. La conexión que existe entre el pasaje en el capítulo 37 y los nombres de las tribus es obvio; además está aquella profecía al final del capítulo que dice que los reinos de Israel (Efraín) y Judá volverán a estar unidos.

ensignlp.nfo-o-27caEstas tablillas para escribir todavía contienen algo del relleno de cera y sulfuro de arsénico. Esta última substancia hizo que la cera se mantuviera suave y le dio un color amarillo brillante.

El único problema de esta explicación es que la palabra traducida como vara en Números no es etz, sino matteh, la cual es una buena palabra hebrea, que literalmente significa vara, de manera que si eso fuera lo que Ezequiel quiso dar a entender, ¿por qué no usó también el término matteh? Con estos antecedentes, los descubrimientos de los arqueólogos y los lingüistas en Irak cobran un nuevo significado.

La nación moderna de Irak incluye casi toda la Mesopotamia, la tierra de los antiguos reinos de Asiria y Babilonia. En el año 593 antes de Cristo, cuando Ezequiel fue llamado para ser profeta, vivía desterrado en Babilonia entre los judíos que habían sido llevados allí por el rey Nabucodonosor. Mientras caminaba por las calles, debió haber visto a un escriba común grabando en las húmedas tablillas de barro con un estilete o punzón en forma de cuña, para hacer aquellos escritos complejos que conocemos como la escritura cuneiforme. Hoy día los eruditos saben que en aquella época en la Mesopotamia también se hacían otras clases de registros: Papiros, pergaminos y tablillas de madera. A pesar de que las tablillas de barro son las únicas que se han conservado a través de los milenios, las personas que las escribieron se refirieron en ellas a los otros materiales que empleaban para guardar registros.

Los arqueólogos modernos saben lo que son los papiros y los pergaminos, pero ¿en qué consistían esas tablillas de madera? ¿Cómo pudo registrarse la escritura cuneiforme en la madera? Los eruditos concluyeron especulativamente que los moradores de la Mesopotamia debieron haber pintado los caracteres cuneiformes en la madera.

Sin embargo, esa conclusión fue rechazada hace algunos años cuando San Nicolo descubrió dos tablillas de barro en los archivos del templo de Eanna en Uruk (Erech), al sur de Babilonia, siendo una de ellas del año 596 a. C. y la otra del año 582 de la misma época. Los dos escritores mencionaron que habían obtenido cera de abejas (y alguna otra sustancia desconocida para San Nicolo) del tablillas de madera. ¿Un relleno? San Nicolo recordó que los romanos y los griegos habían hecho tablillas de madera con el propósito de llevar registros. Las tablas que utilizaban tenían la superficie ahuecada hasta cierta profundidad, la que luego rellenaban con una capa delgada de cera. Los escribas entonces escribían sobre esa cera. En las tablas dejaban las orillas más altas para proteger la superficie grabada, y de esa forma poder colocar dos planchas juntas.

¿Acaso los babilonios hicieron la misma cosa? San Nicolo llegó a la conclusión de que para un escritor de caracteres cuneiformes, el escribir sobre cera con un estilete o punzón tiene que haber sido como escribir sobre barro, mientras que el haber pintado en las tablas de madera hubiera ocasionado un proceso completamente diferente. El concluyó que las planchas de madera con escritos babilonios consistían en una tabla con cera donde se grababan los diferentes caracteres. Así que en 1948 publicó al mundo de eruditos sus conclusiones. Una de sus hipótesis fue que la razón por la que las tablas con cera nunca se habían encontrado era porque debían de haber sido sumamente perecederas. Sin embargo, cinco años más tarde, un descubrimiento realizado en el territorio que había constituido la Siria antigua llenó de gran asombro a los arqueólogos copartícipes de esta teoría, y confirmó que dicha teoría no estaba equivocada.

El descubrimiento, dirigido por el arqueólogo Max Mallowan, se efectuó en una capa de sedimento en la profundidad de un pozo en Nimrud, ciudad conocida en la Biblia como Cala (Gén. 10:11-12). Lo primero que se encontró fue la mitad de una tabla de marfil llana de aproximadamente 150 centímetros de largo por 150 de ancho y doce centímetros de espesor. Al finalizar ese día los hombres que trabajaban en esta excavación encontraron la otra mitad de esta tabla quebrada. Para el momento en que finalizaron su trabajo, habían encontrado fragmentos de dos juegos completos de tablillas, uno de marfil y otro de nogal, y cada juego se componía de 16 tablas. Ambos juegos habían sido hechos con tablas del mismo tamaño: Trescientos treinta centímetros de largo por 152 de ancho y 12 de espesor.

Toda la parte plana o la superficie de las tablas había sido ahuecada para que tuviera una profundidad de dos centímetros y medio, dejando intactas las orillas de las tablas en todo su derredor. La parte de las tablas que había sido ahuecada se llenaba con cera, de la cual se encontraron algunos fragmentos parecidos a galletas, los cuales estaban adheridos a las tablas o entre el barro del pozo.

El barro había borrado casi todo lo escrito; sin embargo, la evidencia quedaba, porque uno de los fragmentos todavía contenía escritos cuneiformes legibles. Las tablas que servían como cubierta, y cuya superficie externa no tenía cera, conservaban en ambos lados marcas de bisagras, lo cual daba la impresión de que las 16 tablas de cada juego en alguna ocasión habían estado unidas en forma de biombo. El descubrimiento total proporcionó un registro extenso, y Mallowan pudo anunciar que su descubrimiento consistía en el ejemplo más antiguo conocido de lo que hoy llamamos un libro.

Los análisis de laboratorio proporcionaron detalles adicionales en cuanto al relleno. El 20 por ciento era de sulfuro de arsénico y el ochenta por ciento era de cera. El sulfuro de arsénico debe haber sido la otra sustancia que San Nicolo no pudo identificar cuando leyó las planchas de barro. Se usaba para conservar la cera lo suficientemente suave como para que el instrumento puntiagudo que se utilizaba pudiera grabar claramente los caracteres y también para darle a la superficie un color amarillo brillante. Los pequeños escritos hechos en forma muy pulcra y preservados sobre aquel – fragmento de cera son tan compactos que los treinta lados de un juego en los que se podía escribir, podrían muy bien haber contenido aproximadamente 7.500 líneas de texto.

En la cubierta de uno de los libros de madera se encuentra la siguiente inscripción: “Palacio de Sargón [véase Isaías 20:1], Rey del mundo, Rey de Asiría. El hizo que el texto que comienza con las palabras Enuma Anu Enlil se grabara en una plancha de marfil y se colocara en su palacio de Dur- Sharrukin.» Cuando Sargón murió en el año 705 a. C., el palacio fue saqueado y las tablas fueron arrancadas de las bisagras, las cuales posiblemente eran de oro; luego, pensando que las tablas no tenían ningún valor, las tiraron en el pozo. Este descubrimiento confirmó la hipótesis de San Nicolo. Los eruditos sabían que las tablas de madera habían sido usadas en el reino del antiguo Babilonia desde el año 1700 a. C., porque se hace referencia a la palabra is le ‘u (tabla de madera) en las escrituras cuneiformes. Estas tablas se continuaron usando mil años después en Asiria para escribir textos religiosos, ritos, informes, pedidos reales, para registrar los nombres de individuos y para registrar los detalles de una herencia, las cartas de porte y los registros de distribución de aceite.

Una vez que fue identificado uno de estos juegos, los eruditos reconocieron que los bajo relieves de los asirios proporcionaban una evidencia visual de su uso, Estos también se encontraron en monumentos antiguos entre los arameos del norte de la Mesopotamia. Hasta ahora no se han encontrado ejemplos de los heteos; sin embargo, San Nicolo mencionó que los heteos, quienes también usaban la escritura cuneiforme, habían mencionado haber escrito algunos de sus registros sobre madera y empleaban un nombre especial para el escriba encargado de hacerlo. Los eruditos clásicos han sabido que los griegos y los romanos emplearon tablas con cera. Zacarías escribió el nombre de su hijo, Juan el Bautista, en una de estas tablas (Lucas 1:63). En Europa su uso continuó hasta por lo menos el siglo XIV después de Jesucristo. En resumen, el uso de las tablillas con cera para escribir fue una práctica antigua bastante común que se extendió por miles de años (1700 a, C, hasta 1400 de nuestra era) y en muchas culturas.

¿En qué forma nos ayuda este conocimiento a entender este versículo de Ezequiel 37? Todos los que han tenido que ver con su interpretación han llegado a la conclusión de que cualquier interpretación de este pasaje debe ser consistente con lo que se conoce del idioma y también debe estar en armonía con lo que se conoce del contexto de la profecía, ya que el contexto determina el significado.

El contexto de Ezequiel se refiere al mundo de Babilonia con sus costumbres y sus prácticas; su idioma es el hebreo, un idioma hermano del idioma de Babilonia. El término babilonio is es semejante al término hebreo etz, los cuales significan madera. El hecho de que en una escritura babilónica a la tablilla de marfil se le llame is le ‘u hecha de shin piri (“tablilla de madera hecha de marfil de elefante»), lo cual parece un contradicción absurda, indica que el término is le ’u no significa más «tablilla de madera», sino que su significado es “tablilla para escribir”, cualquiera que sea el material con que se haya hecho. Asimismo, el término latino para libro, líber, originalmente significaba «corteza de árbol». Sin embargo, hoy día a un bibliotecario no se le conoce como especialista en corteza de árboles.

Teniendo presentes estos antecedentes, podemos ver cómo es que podríamos traducir los versículos 15 al 17 del capítulo 37 de Ezequiel.

«Estas fueron las palabras que el Señor me dijo: Hombre, toma una tablilla de madera y escribe en ella, ‘Judá y sus asociados de Israel’, Luego toma otra tablilla y escribe en ella, ‘José, la tablilla de madera de Efraín y todos sus asociados de Israel’.

“Luego júntalas para formar una sola tablilla, y entonces serán una tablilla plegadiza en tu mano.»

Esta traducción es fiel a lo que por ahora conocemos del idioma y de la cultura de Ezequiel. De hecho, la traducción aparece así en la Nueva Biblia Inglesa (New English Bible), cuya traducción fue patrocinada por las principales iglesias protestantes y sociedades bíblicas de las Islas Británicas,

Por lo tanto, no necesitamos ponernos a la defensiva cuando se habla de los palos como si fueran “registros». De hecho, ahora se trata de lo opuesto: Aquellos que hasta ahora los han interpretado como cetros, o lo que sea, deben explicar cómo pueden mantener a Ezequiel en su verdadero medio ambiente mientras dan esa clase de interpretación.

Poco después de que las excavaciones hechas por Mallowan en el pozo antiguo sacaron a luz las tablillas de madera, las paredes del pozo se desplomaron, casi sepultando al anciano que por medio de cuerdas había descendido hasta la parte más profunda. Además de reconocer su gran fortuna al poder sacar del pozo tanto las tablillas como a los hombres que trabajaban en él antes de que se desplomara totalmente, Mallowan registró su sentimiento de que habían tenido más que suerte al encontrar las tablillas.

Estas fueron sus palabras: “El que esta materia orgánica se haya conservado en el fondo de un pozo… parece ser casi un milagro, sin embargo, el hecho se puede explicar debido a las propiedades especiales del sedimento,

«Esta buena suerte tan sorprendente nos ha permitido rescatar del abandono y del olvido una clase de documento que, aunque en una época debe de haber existido por lo menos en otras cien ciudades del Asia Oriental, únicamente sobrevivió en una. Aquí es donde tenemos la evidencia del material más antiguo que hasta ahora conocemos, y que entonces debió haber sido una forma común de llevar registros,»

¿Fue acaso una suerte sin igual? ¿o un milagro? No es mayor que el hecho de que el profeta José Smith, en un remoto lugar de Nueva York a comienzos del siglo XIX, interpretara un pasaje bíblico de una forma contraria a la interpretación lógica y acostumbrada que se le daba a ese pasaje, únicamente para ser corroborada por medio de ¡os descubrimientos efectuados en el siglo, Es maravilloso tener detalles como éste, que hacen que la totalidad del evangelio restaurado sobresalga aún más claramente, mostrando de nuevo cuán infinita fue la inspiración que recibió José Smith durante su corto ministerio.

Keith H. Meservy, profesor asistente de escritura antigua en la Universidad Brigham Young, es un miembro de la Estaca Sharon East de Provo, Utah,

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Personajes del Libro de Mormón que José Smith conoció

Diciembre de 1983
Personajes del Libro de Mormón que José Smith conoció
Por Robert J. Woodford

Cada vez que la familia de José Smith, padre, lo veía palpar su chaleco en busca de sus anteojos, sabía que era hora de la reunión espiritual de la tarde, la que por costumbre terminaba el día con himno, oración y lectura de la Biblia, El padre dirigía dicha reunión, leía de la Biblia y oraba. Sin embargo, poco después de las primeras visitas que Moroni hizo al joven profeta José Smith en septiembre del año 1823, estas reuniones familiares adquirieron, según la madre del Profeta, una naturaleza excepcional. Sobre el particular escribe: “José continuó recibiendo instrucciones del Señor y nosotros continuamos reuniendo a los niños todas la noches con el propósito de escucharlo mientras nos daba una relación de lo mismo. Supongo que nuestra familia presentaba un aspecto tan singular como ninguna que haya vivido sobre la faz de la tierra, todos sentados en un círculo: padre, madre, nos e hijas, poniendo la más profunda atención a un muchacho de dieciocho años.

«Por las tardes, mientras conversábamos, José ocasionalmente nos relataba algunas de las narraciones más entretenidas que se puedan imaginar. Describía a los antiguos moradores de este continente, su vestuario, manera de viajar y los animales sobre los que viajaban; sus ciudades y edificaos con lujo de detalles, sus métodos de guerra; y también su adoración religiosa, Esto lo hacía con tal facilidad que aparecía como si hubiera pasado toda su vida entre ellos.»

Estas descripciones detalladas se dieron durante los cuatro años que transcurrieron entre la primera aparición del ángel Moroni y el momento en que se le permitió a José Smith sacar las planchas de oro. ¿De dónde provenía esta información? Desafortunadamente, todo lo que se registra es lo siguiente:

“Acudía al fin de cada año, y en esa ocasión encontraba allí al mismo mensajero, y en cada una de nuestras entrevistas recibía de él instrucciones y conocimiento concernientes a lo que el Señor iba a hacer, y cómo y en qué manera se conduciría su reino en los últimos días.” (José Smith—Historia 54.)

Más tarde, rara vez daría muchas explicaciones sobre los acontecimientos de esos días; sin embargo, aparece una rara excepción en una carta que envió a John Wentworth:

“También se me informó sobre los habitantes indígenas de esta tierra, quiénes eran y de dónde provenían; se me dio a conocer un pequeño resumen de su origen, progreso, civilización, leyes, gobierno, y sobre su rectitud y sus iniquidades, y cómo las bendiciones de Dios finalmente se les negaron como pueblo. También se me dijo dónde se encontraban depositadas unas planchas en las que se encontraban grabadas unas recopilaciones de registros de profetas antiguos que existieron en este continente. El ángel se me apareció tres veces durante la misma noche y me manifestó las mismas cosas. Después de haber recibido muchas visitas de ángeles de Dios manifestando la majestad y gloria de los acontecimientos que sucederían en los últimos días, en la mañana del 22 de septiembre de 1827 de nuestra era, el ángel del Señor me hizo entrega de los registros.” (Times and Seasons, el 1° de marzo de 1842; cursiva agregada.) Seguir leyendo

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En verdad, el Hijo de Dios

En verdad, el Hijo de Dios

Spencer W. Kimballpor el presidente Spencer W. Kimball

Estamos otra vez en Navidad, una fecha en que la mente de muchas personas se concentra en nuestro Señor Jesucristo. Quisiera hablar una vez más de su gloriosa misión.

Los senderos que Jesús recorrió
En otra Navidad, hace algunos años, recorrimos los mismos senderos por los que anduvo Jesús. Pasamos unas horas preciosas en lo que, según dicen, es el Jardín, de Getsemaní, y tratamos de imaginar los sufrimientos por los que El pasó antes de su crucifixión y resurrección. Estuvimos en las proximidades de los lugares donde El oró, donde lo hicieron prisionero, donde fue juzgado y condenado.

Más allá de los muros de la ciudad subimos la rocosa colina, marcada acá y allá por pequeñas cuevas que dan a uno de los lados el aspecto de una calavera; se nos dijo que allí era el Gólgota, el lugar donde el Salvador fue crucificado. Bajamos por el otro lado de la colina hasta los escarpados riscos, y allí entramos por la pequeña abertura que conduce a una cueva toscamente labrada en la roca, donde se dice que yació su cuerpo.

Pasamos también algunas horas en el jardincito que rodea la tumba, y nos empapamos de la historia bíblica de su sepultura y resurrección, que allí tuvieron lugar. Con meditación y oración leímos sobre la visita de las mujeres al sepulcro, el ángel que quitó la piedra que cubría la entrada, y el asombro de los asustados guardias. Casi podíamos imaginar que veíamos a los dos ángeles con refulgentes vestiduras, que hablaron a María, diciéndole:

«¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?

«No está aquí, sino que ha resucitado.» (Lucas 24:5-6.)

La misión se había cumplido
El Señor había predicho:

«Es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de hombres pecadores, y que sea crucificado, y resucite al tercer día.» (Lucas 24:7.)

Recordamos también el diálogo que se desarrolló entre María, los ángeles y el Señor:

«Mujer, ¿por qué lloras? Les dijo: Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto.

«Cuando había dicho esto, se volvió, y vio a Jesús que estaba allí; mas no sabía que era Jesús.

«Jesús le dijo: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré.

«Jesús le dijo: ¡María! Volviéndose ella, le dijo: ¡Raboni! (que quiere decir, Maestro).

«Jesús le dijo: No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; mas vé a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios.» (Juan 20:13-17.)

El Monte de los Olivos
Después, nos dirigimos caminando trabajosamente por la empinada cuesta del Monte de los Olivos, posiblemente muy cerca del mismo camino que El recorrió como preludio a su Ascensión, luego de haber pasado cuarenta días en la tierra después de la Resurrección y, por medio de pruebas indisputables, llevado la certeza a cientos de personas que por fin habían comprendido que su resurrección era una realidad. Allí, en la cumbre del Monte de los Olivos, les dijo a aquellos hombres atribulados a quienes tanto amaba:

«Y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría, y hasta lo último de la tierra» (Hechos 1:8).

Sentados allí, al pie de un antiguo olivo, leímos estos pasajes y podíamos fácilmente imaginar al Señor, de pie cerca de ese mismo lugar, en medio del grupo de los preocupados y perplejos discípulos que tanto lo amaban. Luego, los envolvió la niebla, la nube cubrió la cumbre del monte, y El ya no estaba entre ellos. Casi podíamos oír a los ángeles con blancas vestiduras diciendo:

«Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo.» (Hechos 1:11.)

Buscamos entonces los escritos de Pablo a los efesios:

«Por lo cual dice: Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad. . .

«El que descendió, es el mismo que también subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo.» (Efesios 4:8, 10.)

El significado de la Navidad
A veces, nuestras celebraciones de acontecimientos notables parecen tomar un colorido mundano, y no comprendemos cabalmente la importancia de la verdadera razón por la que los celebramos. Esto se aplica a la Navidad, cuando muy a menudo celebramos más la festividad que el profundo significado del nacimiento y la resurrección del Señor. Desafortunados aquellos que desconocen la condición divina de Cristo, su naturaleza de Hijo de Dios. Ciertamente, compadecemos a los que consideran el milagro de la resurrección como una experiencia subjetiva de los discípulos, algo que ellos vieron de acuerdo con sus emociones, y no un acontecimiento histórico real. Pero nosotros en verdad sabemos que es real. Cristo le habló de sí mismo a Nicodemo, diciendo:

«De cierto, de cierto te digo, que lo que sabemos hablamos, y lo que hemos visto, testificamos; y no recibís nuestro testimonio.»(Juan 3:11.)

También Pedro testificó lo siguiente:

«Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo.» (Hechos 2:36.)

«Mas vosotros negasteis al Santo y al Justo. . .

«y matasteis al Autor de la vida, a quien Dios ha resucitado de los muertos, de los cual nosotros somos testigos.» (Hechos3:14-15.)

Pedro y Juan, ante el concilio, declararon valientemente:

«Sea notorio a todos vosotros, y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de los muertos, por él este hombre [que antes era cojo] está en vuestra presencia sano.

«Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.» (Hechos4:10-12.)

Cuando el concilio reprendió a los dos Apóstoles y les mandó que no hablaran de esas cosas ni las enseñaran en el nombre de Jesús, ellos contestaron con estas palabras;

«Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios;

«porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.» (Hechos 4:19-20.}

«Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos.» (Hechos 4:33.)

El testimonio de Pedro
Nosotros también sabemos que la resurrección es algo real. Pedro dijo a los del concilio que lo perseguían:

«El Dios de nuestros padres levantó a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándole en un madero.

«Y nosotros somos testigos suyos de estas cosas, y también el Espíritu Santo, el cual ha dado Dios a los que le obedecen.» (Hechos 5:30, 32.)

Nos sentimos maravillados ante el gran Pedro, quien había adquirido una absoluta certeza en su conversión, y que con tan buena voluntad tomó sobre sí las responsabilidades del liderazgo, el manto de autoridad y el valor de los inspirados y seguros. Qué gran fortaleza llegó a tener al conducir a los santos y enfrentar al mundo con todos sus perseguidores, sus incrédulos y sus dificultades. Y ante sus muchos testimonios de que tenía un conocimiento absoluto, nos gloriamos en su valor al enfrentarse con populachos, con prelados y con oficiales gubernamentales que podían quitarle la vida, y al proclamar intrépidamente al Señor resucitado, el Príncipe de Paz, el Santo de los justos, el Autor de la vida, el Príncipe y Salvador. Ciertamente, Pedro estaba seguro de sí, era indestructible y tenía la firme determinación de no volver a vacilar. Su certeza debería servirnos para extraer de ella gran seguridad.

Es también notable leer las palabras y el testimonio de Esteban, el santo mártir que dio la vida por su fe.

«Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios.

«y dijo: He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios.» (Hechos 7:55-56.)

Esteban fue un mártir y es heredero de la vida eterna. Su testimonio revela que Cristo no está muerto, porque él lo vio vivo y en un estado exaltado y glorificado con su Padre.

El testimonio de Pablo
El testimonio de Pablo es sumamente convincente. El oyó la voz del Cristo resucitado diciéndole: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» A fin de asegurarse de la Identidad de quien le hablaba, él preguntó: «¿Quién eres, Señor?» y recibió la certeza:

«Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón.» (Hechos 9:4-5.)

Y ese mismo Pablo, que había recuperado la fortaleza, que había recibido una bendición del sacerdocio que le restauró la vista, visitó las sinagogas y confundió a los judíos de Damasco «demostrando que Jesús era el Cristo» (Hechos 9:22).

Más tarde, Pablo se presentó a los Apóstoles en Jerusalén, y Bernabé «les contó cómo Saulo había visto en el camino al Señor, el cual le había hablado, y cómo en Damasco había hablado valerosamente en el nombre de Jesús» (Hechos 9:27}.

Después, Pablo mismo les dijo:

«Y habiendo cumplido todas las cosas que de él estaban escritas, quitándolo del madero, lo pusieron en el sepulcro.

«Mas Dios lo levantó de los muertos.

«Y él se apareció durante muchos días a los que habían subido juntamente con él de Galilea a Jerusalén, los cuales ahora son sus testigos ante el pueblo.

. . .Dios ha cumplido a los hijos de ellos, a nosotros, resucitando a Jesús. . .

«Y en cuanto a que le levantó de los muertos para nunca más volver a corrupción. . .» (Hechos 13:29-31, 33-34.)

Pablo en el Areópago
Su testimonio en el Areópago, en Atenas, era poderoso. Los griegos aceptaban a cualquier dios que se les propusiera, y en un altar habían inscrito las palabras: «Al Dios no conocido». Pablo utilizó esa expresión en aquella oportunidad para decirles que, a pesar de todos sus dioses de piedra y madera, ellos no conocían al Dios verdadero:

«El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas,

«. . . pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas.

«. . .y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación;

«. . .dando fe a todos con haberle levantado de los muertos.» (Hechos 17:24-26,31.)

Pablo repitió más adelante la historia de su conversión, de que había oído la voz de Cristo que le decía: «Yo soy Jesús de Nazaret», y que Ananías le había prometido: «Porque serás testigo suyo a todos los hombres, de lo que has visto y oído.»(Hechos.22:8, 15.)

Después le hizo esta pregunta al rey Agripa:

«¿Se juzga entre vosotros cosa increíble que Dios resucite a los muertos?» (Hechos 26:8.)

Y a los corintios dio este testimonio:

«¿No soy apóstol? ¿No soy libre? ¿No he visto a Jesús el Señor nuestro? ¿No sois vosotros mi obra en el Señor?

«. . . porque el sello de mi apostolado sois vosotros en el Señor.» (1 Corintios 9:1-2.)

También les testificó que el Cristo resucitado «apareció a más de quinientos hermanos a la vez. . .

«Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles;

«Y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí.» (1 Corintios 15:6-8.)

A continuación, Pablo pronunció una hermosa disertación sobre la resurrección de los muertos.

Siento gran admiración y afecto por nuestro hermano Pablo, nuestro compañero Apóstol. Fue tan dedicado, tan humilde, tan inocente y sincero; tan entusiasta y consagrado a la obra. A pesar de sus problemas, debe de haber tenido una personalidad muy agradable, porque a la gente le gustaba estar con él y se entristecía cuando él tenía que alejarse.

Quiero a Pablo, porque él proclamó la verdad y se interesó en el bienestar de los demás; lo quiero por su constancia, inalterable aun frente al martirio y la muerte, y me fascinan sus relatos de los peligros que enfrentó a fin de predicar el evangelio a los miembros de la Iglesia y a los que no lo eran.

El testimonio de testigos oculares
Uno de los últimos testimonios de Pedro quizás se haya dirigido a todas las personas, tanto a los que se habían convertido al evangelio como a aquellos en quienes sus palabras pudieran influir, y es un monumento a su memoria, digno de recordarse en toda época.

Al enfrentarse con la muerte y saber que no pasaría mucho tiempo hasta que tuviera que dejar su tabernáculo de carne y pasar al otro mundo, este gran Profeta decidió escribir su mensaje testificante a fin de que todas las generaciones futuras conocieran su testimonio. Millones de personas lo han leído y oído.

«Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad.

«Pues cuando él recibió de Dios Padre honra y gloria, le fue enviada desde la magnífica gloria una voz que decía: Este es mi Hijo Amado, en el cual tengo complacencia.

«Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos con él en el monte santo.» (2 Pedro 1:16-18.)

El testimonio de José Smith
El testimonio del Profeta de nuestros días, José Smith, nos eleva el espíritu al darnos la segundad de la resurrección. El élder George A. Smith citó el último discurso del Profeta en junio de 1844, pocos días antes de ser cruelmente asesinado:

«Estoy listo para ser ofrecido en sacrificio por este pueblo, porque, ¿qué pueden hacer nuestros enemigos? Sólo pueden matar el cuerpo, y ahí se termina su poder. Manteneos firmes, amigos míos; no retrocedáis. No procuréis salvar la vida, porque aquel que tema morir por la verdad perderá la vida eterna. Perseverad hasta el fin, y resucitaremos y seremos como dioses, reinando en reinos y principados celestiales y en dominios eternos.» (History of the Church, 6:500.)

La seguridad de la resurrección
Innumerables personas en el mundo cristiano tienen la certeza de la resurrección. El poeta y escritor francés, Víctor Hugo, escribió:

«Siento dentro de mí la vida futura. Cuanto más cerca del fin estoy, más claramente escucho a mí alrededor las inmortales sinfonías. Cuando descienda a la tumba podré decir, como muchos: ‘Ha terminado mi labor del día, pero no podré decir ‘Ha terminado mi vida’. Mi día de trabajo volverá a comenzar al día siguiente. El sepulcro no es un callejón sin salida, sino un amplio camino; se cierra con el ocaso, pero se abre al amanecer.» (Del poema «A Villequier».)

Un escritor anónimo expresó en un poema este sentimiento natural de inexplicable anhelo por la inmortalidad.

Este anhelo por la inmortalidad,
¿de dónde viene esta esperanza dulce,
este íntimo deseo?
¿De dónde este secreto espanto,
este profundo horror
de caer en la nada ?
¿Por qué se encoge el alma
y se aterra ante la destrucción ?
Es la divina chispa
que se agita en nosotros,
el cielo mismo
que señala el Más Allá
e insinúa al hombre la eternidad.

La pregunta y la respuesta de Job
La pregunta que Job hizo la han hecho también millones de personas que han tenido que enfrentar la muerte de un ser querido: «Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?» (Job 14:14.}

La pregunta ha recibido una respuesta aceptable para muchas de esas personas, al sentir que una dulce paz cae sobre ellas como rocío del cielo; e innumerables veces aquellos que se habían debilitado en un sufrimiento agonizante han sentido el beso de esa paz que sobrepasa todo entendimiento. Y cuando una profunda serenidad del alma ha llevado nueva certeza a los que han estado turbados y desgarrados, éstos podrían repetir con el admirable Job:

«Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo;

«Y después de desecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios;

«Al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro, aunque mi corazón desfallece dentro de mí.» (Job 19:25-27.)

Job había expresado el deseo de que su testimonio pudiera escribirse en un libro y esculpirse en piedra para que las generaciones futuras lo leyeran. Su deseo le fue concedido, pues muchas almas han encontrado la paz al leer ese extraordinario testimonio.

La visión de Juan
Para terminar, quisiera citar la visión de Juan el Revelador:

«Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras.

«Y el mar entregó los muertos que había en él; y la muerte y el Hades entregaron los muertos que había en ellos; y fueron juzgados cada uno según sus obras.» (Apocalipsis 20:12-13.)

Así como la fresca renovación de la primavera sigue a lo gris y moribundo del invierno, toda la naturaleza proclama la divinidad del Señor resucitado. En esta Navidad, recordemos que Él fue el Creador, que Él es el Salvador del mundo, que es, en verdad, el Hijo de Dios.

Diciembre de 1983

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Jesús de Nazaret

Diciembre de 1981
Jesús de Nazaret
por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballEn este mes celebramos el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo. Hace algunos años, por esta misma época, mi esposa y yo nos encontrábamos en la Tierra Santa con el élder Howard W. Hunter y su esposa. En Nochebuena nos mezclamos con miles de personas religiosas y de curiosos que habían ido allí de todas partes del mundo. Tuvimos que inclinarnos para pasar por la pequeña abertura que conduce a la Iglesia de la Natividad, y gradualmente fuimos abriéndonos paso hasta llegar a la cripta en la cual varias religiones aseguran que se encuentra el sagrado lugar del pesebre en donde nació el Salvador.

Mientras mirábamos la estrella de metal que hay en el suelo, ésta pareció desvanecerse y fue como si viéramos allí la escena del tosco establo abierto en la roca y a una encantadora joven de hermoso rostro y dulce espíritu, en contemplación amorosa de un niño recién nacido, envuelto en pañales a la usanza hebrea de la época. Con toda seguridad, ya lo habrían lavado y frotado con sal, y lo habrían envuelto en un trozo cuadrado de tela con la pequeña cabeza sobre una de las puntas y los piececitos sobre la punta diagonalmente opuesta; luego lo envolverían y atarían las puntas del pañal alrededor del precioso cuerpecito. También le sujetarían las manos a los costados-del cuerpo, aunque ocasionalmente se las soltarían y frotarían con aceite de oliva; quizás a veces también lo empolvaran con polvos de hojas de arrayán. Envuelto en esa forma, estaría más cómodo durante el viaje a Egipto, y hasta podrían sujetarlo a la espalda de su madre.

Cuando considero lo agradecidos que nos sentimos por el nacimiento de Jesús, pienso en si no estaremos haciendo más hincapié en su venida al mundo que en las experiencias que Él tuvo. ¿Es acaso el nacimiento lo más importante de nuestra vida? Podríamos preguntarnos la razón por la cual hemos nacido, el propósito de nuestra venida al mundo.

Recordemos que han nacido miles de millones de personas desde la creación del mundo.

Caín nació, pero terminó en la oscuridad. ¿Qué fue de esa vida?

Nerón nació, pero su forma de vivir no justificó su nacimiento.

Adolfo Hitler nació. ¿Qué hizo de su vida? Por causa de él millones de personas murieron de hambre o fueron exterminadas por otros medios en distintos lugares de tortura.

Sí, el hombre nació para morir. . . a todo ser humano le llegará la muerte. Millones de seres han muerto en el anonimato, sin que nadie se enterara siquiera de su existencia. La pregunta que cabe hacerse es: ¿Han cumplido «la medida de su creación»? Ciertamente, lo que tiene real importancia no es si mueren ni cuándo mueren, sino que no mueran en el pecado. Muchos perecieron en la ignominia de sus pecados durante el diluvio. Seguir leyendo

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Atendamos los asuntos de nuestro Padre

Atendamos los asuntos de nuestro Padre

N. Eldon Tannerpor el presidente N. Eldon Tanner
Liahona Diciembre de 1980

Ciertamente, es un gran placer compartir con vosotros y vuestros seres queridos el gozo de la sagrada festividad que se acerca.

Me viene a la memoria la respuesta que el Salvador dio a sus padres, José y María, cuando lo encontraron enseñando en el templo a la edad de doce años. Después de haberlo buscado durante tres días, su madre estaba preocupada, como lo indica su pregunta que aparece en las Escrituras: «Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con angustia» (Lucas 2:48). Entonces Él les respondió respetuosamente: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?» (Lucas 2:49.)

¿Acaso existe algún otro trabajo que nos pueda brindar un sentimiento mayor de satisfacción personal y tranquilidad que el saber que ciertamente estamos embarcados en los asuntos de nuestro Padre? Seguir leyendo

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Somos los tres Reyes

Somos los tres Reyes
Por Wendy Kenney

Los Reyes Magos se destacan de forma prominente en el tradicional escenario navideño, pero, ¿qué sabemos de ellos en realidad?

Al contemplar de cerca un Nacimiento, ¿se han preguntado quiénes serían esos tres hombres con ropajes exóticos portando regalos para el niño Jesús? Por supuesto, sabemos que representan a los magos de oriente, pero, ¿quiénes eran ellos? ¿Por qué fueron a visitar a Jesús, y por qué le llevaron aquellos regalos tan peculiares?

Somos los tres ReyesEl relato del nacimiento del Salvador que se menciona en las Escrituras revela muy poco sobre los magos (véase Mateo 2), pero debido a que su visita fue un hecho tan importante, a través de los siglos los eruditos han tratado de hallar información sobre sus antecedentes y sobre el propósito que tenían al visitar al niño Jesús. A pesar de que algunos detalles han surgido por medio de esas investigaciones, puede ser que mucho de lo que el mundo cristiano ha creído tradicionalmente sobre los Reyes Magos esté basado más en mitos y especulaciones que en la historia.

Esto es lo que sabemos:

¿Cuántos eran?

Cuenta la tradición que fueron tres los hombres que visitaron al niño Jesús, una creencia que proviene del hecho de que fueron tres los regalos que le dieron: oro, incienso y mirra; según se supone, cada uno de los hombres portaba un regalo. Sin embargo, algunos eruditos piensan que los magos podrían haber sido más, quizás hasta doce 1 . En el diccionario bíblico en inglés se indica que, puesto que los magos eran fundamentalmente testigos de que el Salvador había nacido, tendría que haber habido por lo menos dos o tres (véase Deuteronomio 19:15; 2 Corintios 13:1; D. y C. 6:28) 2 .

La creencia de que los magos eran reyes tiene su origen en pasajes del Antiguo Testamento en los que se predice que habría reyes que visitarían al Señor. EnIsaías 49:7, dice: “Verán reyes, y se levantarán…”; y enIsaías 60:10 se registra esto: “…y sus reyes te servirán” (véase también Salmos 72:10).

Los estudiosos han encontrado otros registros que se refieren a los magos con el título de reyes. Los escritos de Marco Polo, del siglo 13, contienen una mención proveniente del pueblo persa de Saba sobre tres reyes que llevaron consigo oro, incienso y mirra en una larga jornada para visitar a un profeta recién nacido. De acuerdo con el registro de Marco Polo, los nombres de estos hombres eran Gaspar, Melchor y Baltasar, nombres por los que se conoce a los Reyes Magos en la actualidad 3 .

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En el hogar para Navidad

En el hogar para Navidad

Henry B. EyringPor el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Gracias al Salvador, ustedes pueden tener la seguridad de volver al hogar no sólo en Navidad sino también para vivir eternamente con una familia a la que aman y cuyos miembros se aman entre sí.

Hay una canción que oí por primera vez cuando era niño, una canción sobre la Navidad y el hogar. Aquellos eran tiempos de guerra en los que muchas personas se hallaban lejos de su hogar y su familia, días negros para los que temían no volver a reunirse en esta vida con sus seres amados. Recuerdo lo que sentí poco antes de Navidad al pasar por una casa en camino a la escuela y ver en la ventana una pequeña bandera con una estrella dorada; allí vivía una niña a la que conocía de la escuela y cuyo hermano, no muchos años mayor que yo, había muerto en la guerra. Conocía también a los padres y, en parte, percibía lo que ellos sentían. En el regreso a casa después de las clases, me sentía agradecido por la expectativa de la alegre bienvenida que me esperaba en mi hogar.

natividad-navidad-del-parson-adoracion-pastores2El Salvador es nuestro magnífico ejemplo, y en Navidad volvemos a reflexionar en quién es Él y en la generosidad que Él nos extendió al venir al mundo para ser nuestro Salvador.

Cuando encendía la radio en nuestra sala durante la época navideña, escuchaba palabras y música que todavía conservo en la memoria. Unos versos de aquella canción me tocaban el corazón por el anhelo que expresaban de estar con familia. En ese tiempo vivía con mis padres y hermanos en un hogar feliz, así que presentía que ese anhelo era algo más que el estar en una casa o con la vida familiar que disfrutaba entonces; se relacionaba con un lugar y una vida del futuro, aún mejores de lo que conocía o podía siquiera imaginar.

La parte de la canción que recuerdo más es: “Estaré en mi hogar para Navidad, aunque sólo sea en mis sueños”1 . La casa en la que adornaba el árbol de Navidad con mi madre y mi padre en aquellos días felices de mi infancia todavía existe y no ha cambiado mucho. Hace unos años volví a ella y llamé a la puerta; los que me recibieron eran desconocidos para mí, pero me dejaron entrar en los cuartos donde había estado la radio y donde nuestra familia se reunía alrededor del árbol de Navidad.

Me di cuenta entonces de que el deseo de mi corazón no se relacionaba con el estar en una casa, sino que era el deseo de estar con mi familia, de sentirme envuelto en el amor y en la luz de Cristo, aun más de lo que nuestro pequeño grupo familiar había sentido en el hogar de mi infancia.

El anhelo de un amor eterno

Lo que todos nosotros anhelamos profundamente, en la época navideña y siempre, es sentirnos ligados por el amor con la dulce certeza de que esa unión durará eternamente. Tal es la promesa de la vida eterna, de la cual Dios ha dicho que es Su don más grandioso para Sus hijos (véase D. y C. 14:7), y se hace posible gracias a los dones de Su Hijo Amado: el nacimiento, la expiación y la resurrección del Salvador. Es por medio de la vida y la misión de Él que tenemos la seguridad de que podremos seguir unidos en amor y vivir con nuestra familia eternamente.

Ese sentimiento de anhelo por el hogar es innato en nosotros. Es un sueño maravilloso que no puede hacerse realidad sin tener gran fe, lo suficiente como para que el Espíritu Santo nos guíe al arrepentimiento, al bautismo y a hacer y mantener convenios sagrados con Dios. Esa fe exige que soportemos valerosamente las pruebas de la vida terrenal; y luego, en la vida venidera, recibir de nuestro Padre Celestial y de Su Hijo Amado una bienvenida a aquel hogar de nuestros sueños.

Incluso en esta vida podemos tener la certeza de que llegará ese día y sentir algunos de los gozos que experimentaremos cuando por fin lleguemos al hogar. La celebración del nacimiento del Salvador en Navidad nos ofrece oportunidades especiales de disfrutar de ellos en esta vida.

Cómo encontrar el gozo prometido

Muchos de nosotros hemos perdido a seres queridos por la muerte. Tal vez estemos rodeados de personas que tratan de destruir nuestra fe en el Evangelio y las promesas de vida eterna que nos ha hecho el Señor; algunos estaremos afligidos por enfermedades y por la pobreza; otros quizás enfrenten contención en su familia o no tengan ningún familiar. Aun así, podemos pedir que la luz de Cristo nos ilumine y nos permita ver y sentir algunos de los prometidos gozos que nos esperan.

Por ejemplo, al reunirnos en ese hogar celestial, estaremos rodeados por los que hayan sido perdonados de todo pecado y, a su vez, se hayan perdonado los unos a los otros; podemos disfrutar algo de ese gozo ahora, especialmente al recordar y celebrar los dones que el Salvador nos ha dado. Él vino al mundo para ser el Cordero de Dios, para pagar el precio de todos los pecados de los hijos de Su Padre en la vida terrenal, a fin de que todos reciban el perdón. En la época de Navidad, sentimos un deseo más grande de recordar al Salvador y meditar sobre Sus palabras; Él nos advierte que no se nos puede perdonar a menos que perdonemos a los demás (véase Mateo 6:14–15), lo cual muchas veces es difícil; por eso, deben orar para pedir ayuda. Muchas veces recibirán esa ayuda para perdonar si se les permite ver que ustedes han causado tanto o mayor dolor del que han recibido de otros.

Si actúan conforme a la respuesta que reciban a su oración de pedir fortaleza para perdonar, sentirán que se ha levantado un peso de sus hombros. El resentimiento es una carga muy pesada; pero al perdonar, sentirán el gozo de ser perdonados. En esta época navideña pueden ofrecer y recibir el regalo del perdón; la felicidad que sentirán entonces será una vislumbre de lo que sentiremos juntos en ese hogar eterno que anhelamos.

Sintamos el gozo de dar

Hay otra vislumbre de ese futuro hogar gozoso que podemos percibir mejor en Navidad: es el sentimiento de dar con un corazón generoso, y lo experimentamos al pensar más en las necesidades de los demás que en las nuestras y al comprender lo generoso que ha sido Dios con nosotros.

Nos alienta el ver la bondad de otras personas en la época navideña. ¿Cuántas veces han ido a dejar un regalo en el umbral de una puerta, esperando que nadie los viera, y se han encontrado con regalos que otro ya había dejado allí? O, habiendo tenido la impresión de ayudar a alguien, como me ha pasado a mí, se han enterado después de que tuvieron la inspiración de dar exactamente lo que esa persona necesitaba en aquel preciso momento. Eso nos da la maravillosa seguridad de que Dios conoce todas nuestras necesidades y cuenta con nosotros para atender a las de los que nos rodean.

Él nos envía esos mensajes durante los días de Navidad con mayor confianza, sabiendo que responderemos porque nuestro corazón está más receptivo al ejemplo del Salvador y a las palabras de Sus siervos. Es la época en la que es más probable que hayamos leído recientemente lo que dijo el rey Benjamín y nos hayamos conmovido con sus palabras. Él enseñó a su pueblo, así como a nosotros, que el asombroso regalo del perdón que recibimos debe hacernos sentir llenos de generosidad hacia los demás:

“Y he aquí, ahora mismo habéis estado invocando su nombre, suplicando la remisión de vuestros pecados. ¿Y ha permitido él que hayáis pedido en vano? No; él ha derramado su Espíritu sobre vosotros, y ha hecho que vuestros corazones se llenaran de alegría, y ha hecho callar vuestras bocas de modo que no pudisteis expresaros, tan extremadamente grande fue vuestro gozo.

“Y ahora bien, si Dios, que os ha creado, de quien dependéis por vuestras vidas y por todo lo que tenéis y sois, os concede cuanta cosa justa le pedís con fe, creyendo que recibiréis, ¡oh cómo debéis entonces impartiros el uno al otro de vuestros bienes!

“Y si juzgáis al hombre que os pide de vuestros bienes para no perecer, y lo condenáis, cuánto más justa será vuestra condenación por haberle negado vuestros bienes, los cuales no os pertenecen a vosotros sino a Dios, a quien también vuestra vida pertenece; y con todo, ninguna petición hacéis, ni os arrepentís de lo que habéis hecho.

“Os digo: ¡Ay de tal hombre, porque sus bienes perecerán con él! Y digo estas cosas a los que son ricos en lo que toca a las cosas de este mundo” (Mosíah 4:20–23).

Ustedes ya han sentido el gozo de dar y de recibir generosamente; ese gozo en esta vida es un atisbo de lo que sentiremos en la vida venidera si somos generosos aquí motivados por nuestra fe en Dios. El Salvador es nuestro magnífico ejemplo, y en Navidad volvemos a reflexionar en quién es Él y en la generosidad que Él nos extendió al venir al mundo para ser nuestro Salvador.

Por ser el Hijo de Dios, nacido de María, Él tuvo el poder de resistir toda tentación al pecado; y vivió una vida perfecta a fin de ser la ofrenda de sacrificio infinito, el Cordero sin mancha prometido desde el principio del mundo (véase Apocalipsis 13:8). Él sufrió el tormento de la culpa de nuestros pecados y de todos los de los hijos del Padre Celestial, para que podamos ser perdonados y volver limpios al hogar.

Nos otorgó esa dádiva a un precio que no podemos siquiera concebir; fue un don que a Él no le hacía falta pues no tenía necesidad de ser perdonado. El gozo y la gratitud que sentimos ahora por Su dádiva serán magnificados y perdurarán eternamente cuando lo honremos y lo adoremos en nuestro hogar celestial.

La época de la Navidad nos anima a recordarlo y a pensar en Su generosidad infinita; el recordar esa generosidad contribuirá a que sintamos la inspiración de que hay alguien que necesita nuestra ayuda y respondamos a ella, y nos permitirá ver la mano de Dios que se extiende hasta nosotros cuando Él nos envía a una persona que nos auxilie, como lo hace tantas veces. Hay gozo en dar y en recibir la generosidad que Dios inspira, especialmente en Navidad.

Somos bendecidos con Su Luz

Hay otro vislumbre del cielo que se aprecia con más facilidad en la Navidad: es la luz. El Padre Celestial hizo uso de la luz para anunciar el nacimiento de Su Hijo, nuestro Salvador (véase Mateo 2; 3 Nefi 1), con una estrella nueva que fue visible tanto en el hemisferio oriental como en el occidental y que condujo a los Reyes Magos hasta donde estaba el Niño en Belén. Incluso el malvado rey Herodes reconoció la señal y tuvo miedo, porque era inicuo. Los magos se regocijaron por el nacimiento del Cristo, que es la Luz y la Vida del mundo. Y Dios dio como señal a los descendientes de Lehi tres días de luz, sin oscuridad, para anunciarles el nacimiento de Su Hijo.

En la Navidad recordamos no sólo la luz que anunció que Cristo había nacido en el mundo sino también la que proviene de Él. Muchos son los testigos que la han confirmado. Pablo testificó que la vio en su camino a Damasco:

“…vi una luz del cielo que sobrepasaba el resplandor del sol, la cual me rodeó a mí y a los que iban conmigo.

“Y habiendo caído todos nosotros en tierra, oí una voz que me hablaba, y decía en lengua hebrea: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dura cosa te es dar coces contra el aguijón.

“Yo entonces dije: ¿Quién eres, Señor? Y el Señor dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues” (Hechos 26:13–15).

José Smith, siendo muchacho, testificó que había visto una luz maravillosa en una arboleda de Palmyra, Nueva York, al principio de la Restauración:

“…precisamente en este momento de tan grande alarma vi una columna de luz, más brillante que el sol, directamente arriba de mi cabeza; y esta luz gradualmente descendió hasta quedar sobre mí.

“No bien se apareció, me sentí libre del enemigo que me había sujetado. Al reposar sobre mí la luz, vi en el aire arriba de mí a dos Personajes, cuyo fulgor y gloria no admiten descripción. Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al otro:Éste es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!” (José Smith—Historia 1:16–17).

Esa luz será visible en nuestro hogar celestial y nos brindará gozo. Sin embargo, por medio de la Luz de Cristo, incluso en esta vida ustedes han sido bendecidos con una porción de esa magnífica experiencia. Toda persona que nace en el mundo recibe esa luz como un don (véase Moroni 7:16). Piensen en las veces en las que les ha ocurrido algo que los hace testigos de que la Luz de Cristo es real y preciosa. En este pasaje de las Escrituras, que nos ofrece una seguridad maravillosa, reconocerán que han sido guiados por esa luz:

“Y lo que no edifica no es de Dios, y es tinieblas.

“Lo que es de Dios es luz; y el que recibe luz y persevera en Dios, recibe más luz, y esa luz se hace más y más resplandeciente hasta el día perfecto.

“Y… lo digo para que sepáis la verdad, a fin de que desechéis las tinieblas de entre vosotros” (D. y C. 50:23–25).

En un mundo que está oscureciéndose con imágenes depravadas y mensajes deshonestos, ustedes han sido bendecidos para reconocer más fácilmente los destellos de la luz y la verdad. Han aprendido por experiencia propia que la luz resplandece con mayor fulgor cuando la reciben con alegría; y se volverá cada vez más brillante hasta el día perfecto en que estemos en presencia de la Fuente de esa luz.

Es más fácil reconocerla en los días de la Navidad, cuando estamos más motivados a orar para saber lo que Dios quiere que hagamos y cuando estamos más inclinados a leer las Escrituras y, por lo tanto, más propensos a dedicarnos a la obra del Señor. Cuando perdonamos y recibimos perdón, cuando levantamos las manos caídas (véase D. y C. 81:5), nosotros mismos somos elevados al encaminarnos hacia la Fuente de la luz.

Recordarán que en el Libro de Mormón se describe una circunstancia gloriosa cuando en los fieles discípulos del Salvador se reflejó Su luz, para que otras personas la vieran (véase 3 Nefi 19:24–25). Nosotros utilizamos luces para celebrar la Navidad. La forma en que adoramos al Salvador y el servicio que le rendimos brindan luz a nuestra vida y a la de aquellos que nos rodean.

Podemos establecernos con confianza la meta de hacer que esta Navidad sea más resplandeciente que la última, y que cada año que siga lo sea más y más. Las pruebas de la vida terrenal podrán aumentar en intensidad, pero la oscuridad no tiene porqué aumentar para nosotros si enfocamos la vista más particularmente en la luz que nos ilumina al seguir al Maestro. Él nos guiará y nos auxiliará a lo largo del sendero que conduce hacia aquel hogar que anhelamos.

Ha habido momentos, muchas veces en Navidad, en los que hemos percibido parte de lo que experimentaremos cuando por fin lleguemos al hogar, al Padre que nos ama y contesta nuestras oraciones y al Salvador que ha iluminado nuestra vida y nos ha ennoblecido.

Testifico que, gracias a Él, ustedes pueden tener la seguridad de volver al hogar no sólo en Navidad sino también para vivir eternamente con una familia a la que aman y cuyos miembros se aman entre sí.

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El Generoso

6 de diciembre de 2015
El Generoso
Presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

 

¿No es un privilegio maravilloso disfrutar de esta hermosa velada en la presencia de nuestro querido profeta, el presidente Thomas S. Monson?

La Navidad es la más singular de las temporadas, una en la que vemos a los demás con nuevos ojos, abrimos nuestro corazón un poco más a la belleza que nos rodea y tratamos a los demás con un poco más de bondad y compasión.

Como adultos, si tenemos suerte, de vez en cuando podemos captar un destello de lo que se siente ser un niño otra vez.

La idea de que alguien a quien amamos esté haciendo algo especial por nosotros, y nuestro entusiasmo sobre la cosa especial que planeamos hacer para ellos, brinda calidez a nuestro corazón y nos llena de amor y expectativa. Agreguemos a eso las luces resplandecientes, las decoraciones hermosas y las escenas sublimes del nacimiento de Cristo, y no es de extrañar que la Navidad sea una época tan querida del año.

Y luego, por supuesto, está la música. Nada pone más de relieve el profundo significado y el tierno espíritu de la temporada que un villancico navideño. Ya sea que las melodías sean alegres, de reflexión o nostálgicas, hay algo sobre la Navidad que inspira música gloriosa. Esas maravillosas armonías navideñas elevan nuestro espíritu y nos recuerdan la razón de nuestro regocijo.

Hoy somos muy afortunados de tener la oportunidad de oír la música celestial que interpretan la Orquesta de la Manzana del Templo y el Coro del Tabernáculo Mormón.

La música que interpreta este grupo es tan sublime que me gusta imaginar que los ángeles del cielo se asoman de vez en cuando para escuchar, e incluso para cantar con ellos.

El Villancico de las campanas

El coro acaba de entonar una de las más bellas melodías de Navidad que se haya escrito, el ameno “Villancico de las campanas”, que se interpretó por primera vez en los Estados Unidos en 1921.

Originalmente, no era un villancico. Se basó en una canción popular ucraniana de hace siglos conocida como “Shchedryk”, que a menudo se ha traducido como “El Generoso”.

Las familias ucranianas solían cantar esa canción al comienzo del nuevo año. La letra original habla de una golondrina que entra volando a la casa de una familia y predice la buena fortuna que les espera durante el próximo año1.

Me gusta el sentimiento de esa historia.

Me encanta su mensaje de esperanza y optimismo.

¿No es ese el mensaje de la Navidad? Aun cuando el mundo pueda parecer muy oscuro —cuando las cosas no marchen bien, cuando nuestro corazón esté lleno de decepción y preocupación, incluso en medio de la tristeza y del dolor— cantamos “gloria a Dios” y “buena voluntad para con los hombres”2 a causa de Cristo, que vino “para dar luz a los que habitan en tinieblas”3.

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La luz y la vida del mundo

6 de diciembre de 2015

La luz y la vida del mundo

Por el élder David A. Bednar
Del Cuórum de los Doce Apóstoles



3 Nefi 11:11

El relato más familiar y más preciado del nacimiento del Salvador se encuentra en el segundo capítulo de Lucas en el Nuevo Testamento. Me lleno de gratitud cada vez que leo sobre José y María en viaje a Belén, el modesto pesebre, el humilde nacimiento del Señor Jesucristo y los ángeles que proclamaban “nuevas de gran gozo… a todo el pueblo” (Lucas 2:10).

La restauración del Evangelio en los últimos días ofrece un importante relato adicional del nacimiento del Salvador en el Libro de Mormón. Mi mensaje resalta esa descripción adicional de la primera Navidad. Al repasar juntos este episodio, los invito, hermanos y hermanas, a imaginarse a ustedes mismos en estos acontecimientos, no solo a escuchar las palabras.

Ruego que el Espíritu Santo les ayude a aplicar estas Escrituras a ustedes y a su familia (véase 1 Nefi 19:23) y que llene su corazón con el verdadero espíritu de Navidad.

Samuel el Lamanita

Nuestro relato comienza en la tierra de Zarahembla, unos años antes del nacimiento del Salvador. Samuel el Lamanita fue entre el pueblo a predicar el arrepentimiento y profetizar de Cristo. Ahora, traten de imaginar que tienen diez años y que están entre la multitud que escucha a un profeta de Dios predecir acontecimientos futuros.

Samuel declaró: “He aquí, os doy una señal; porque han de pasar cinco años más y, he aquí, entonces viene el Hijo de Dios para redimir a todos los que crean en su nombre.

“Y he aquí, esto os daré por señal al tiempo de su venida: porque he aquí, habrá grandes luces en el cielo, de modo que no habrá obscuridad en la noche anterior a su venida, al grado de que a los hombres les parecerá que es de día.

“Por tanto, habrá un día y una noche y un día, como si fuera un solo día y no hubiera noche; y esto os será por señal…

“Y he aquí, aparecerá una estrella nueva… y esto también os será por señal” (Helamán 14:2–5).

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Venid, adorémoslo a Él… y el Plan!

6 de diciembre de 2015
¡Venid, adorémoslo a Él… y el Plan!
Por Linda K. Burton
Presidenta General de la Sociedad de Socorro

Al igual que muchos de ustedes, a mi adorable esposo, Craig, y a mí nos encanta la música sagrada de Navidad. Si hiciera una lista, entre las predilectas estaría “Venid, adoremos”. La letra, “con alegre canto” nos invita a “venir”, a “ver” y a “adorar” a nuestro Salvador, Jesucristo, “el Rey de los ángeles”1. Estoy segura de que, como espíritus premortales, al conocer el Plan de Salvación, no solo vimos y adoramos, sino que clamamos de gozo cuando, de manera voluntaria y humilde, Él se ofreció a Sí mismo como el Salvador del mundo2. En cinco de las palabras más profundas, Él dijo mansamente: “Heme aquí; envíame a mí”3.

Al igual que el apóstol Pedro, el presidente Monson con frecuencia nos ha amonestado a estar “siempre preparados para [dar]… [una] razón de la esperanza que hay en [nosotros]”4. Al compartir un par de recuerdos navideños personales, espero que vean por qué tengo esperanza en el Salvador, en “Dios [nuestro Padre Eterno, quien] de tal manera amó… al mundo, que ha dado a su Hijo Unigénito”5 y en el perfecto y glorioso plan de felicidad del Padre.

Recuerdo navideño número 1

Cuando tenía 14 años, nuestra familia vivía en Nueva Zelanda. Mi padre era un hombre joven de unos treinta años cuando fue llamado a servir allí como presidente de misión.

Llegó la Navidad, y mis cinco hermanos y yo todavía estábamos tratando de adaptarnos a nuestro nuevo hogar lejos de casa. Fue un reto para mí —una adolescente inmadura— estar lejos de casa, de los amigos y de la familia. Andaba malhumorada, sin apreciar las decoraciones, los sonidos y las celebraciones de la Navidad: la música, las luces, el árbol, la nieve y, en especial, la familia. Echaba de menos a los primos, tías y tíos que pronto se reunirían en casa del abuelo Kjar en Salt Lake City para la fiesta anual de Navidad de la familia Kjar.

Era la víspera de la Navidad en 1966. Me uní a regañadientes a mi familia y a los misioneros para una noche de hogar en la casa de la misión, convencida de que la reunión sería, como mucho, un muy pobre sustituto a la fiesta de los Kjar, por la cual sentía tanta nostalgia. No recuerdo en qué momento sonó el teléfono, pero esa llamada cambió de inmediato mi corazón de adolescente, sintiendo compasión por mi querido papá, y remordimiento por haber sido tan egoísta.

La llamada era de mi tío Joe informándonos que nuestro amado, abnegado, trabajador y fiel a sus convenios abuelo Kjar, acababa de sufrir un derrame cerebral y yacía inconsciente en el hospital. Por mi mente pasaron recuerdos de ese patriarca que amaba sacar fotos, la música y la diversión, y a quien todos queríamos tanto. Papá estaba visiblemente conmovido tras la llamada, pero recuperó la compostura, cuadró los hombros y dio su ferviente testimonio del plan del Padre y de su fe en la vital función del Salvador en él. Su testimonio tocó mi corazón adolorido.

Lamentablemente, el abuelo no se recuperó y falleció al día siguiente. Era el día de Navidad en Nueva Zelanda, pero era la víspera de Navidad, el día favorito del abuelo, en Salt Lake City. Su muerte fue mi primera experiencia de perder a alguien tan cercano y tan querido. A pesar de llorar su pérdida, el conocimiento que tenía del glorioso plan de felicidad me bendijo y me consoló. Tuve la seguridad de que vería al abuelo de nuevo si vivía como él lo había hecho. En ese momento, no creo que entendía del todo la parte vital que el Salvador y Su sacrificio expiatorio tenían en hacer posible que me reuniera con seres queridos algún día; pero sabía lo suficiente como para regocijarme en el plan; lo suficiente para adorar a Aquel cuyo nacimiento celebrábamos.

Desde aquella Navidad de hace muchos años, he aprendido más de nuestro Salvador, Jesucristo. El presidente Harold B. Lee enseñó: “El hijo de Dios… vino aquí como el Hijo Unigénito para cumplir una misión, para ser el Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo, para traer la salvación a todo el género humano. Al dar Su vida, Él abrió la puerta…y enseñó el camino por el cual podemos obtener la vida eterna… Eso era lo que Jesús fue en toda Su grandiosidad”6.

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No temáis

Devocional de Navidad 2015

No temáis

Por el élder L. Whitney Clayton
De la Presidencia de los Setenta


Queridos hermanos y hermanas, nos hemos reunido esta noche debido al amor que compartimos por la Navidad y la época navideña. ¿Hay algo mejor que la hermosa música y villancicos de Navidad, las reuniones navideñas de familiares y amigos, los rostros sonrientes y la exuberancia del gozo de los niños? La Navidad tiene la capacidad divina de reunirnos como familia, amigos y comunidades. Esperamos el intercambio de regalos y gozar de una cena navideña.

En Un cuento de Navidad, del escritor inglés Charles Dickens, el sobrino de Scrooge capta la magia de esta sagrada época del año al pensar: “Siempre he pensado de la Navidad, al llegar… como una época buena; un época agradable de amabilidad, de perdón, de caridad; el único momento que conozco en todo el año en que los hombres y las mujeres, de común acuerdo, parecen abrir su corazón libremente y considerar a [otras] personas… Y por tanto… aunque nunca ha puesto en mi bolsillo un gramo de oro ni de plata, creo que me hahecho bien y que me hará bien; por eso digo: ¡Dios la bendiga!” !” (A Christmas Carol, 1858, págs. 5–6).

Como padre, y ahora como abuelo, he recordado la magia de la Navidad al ver a mis hijos, y ahora a sus hijos, celebrar el nacimiento del Salvador y gozar de la compañía unos de otros al reunirnos en familia. Estoy seguro de que ustedes habrán visto, como yo, el gozo y la inocencia con la que los niños esperan y disfrutan estas fiestas especiales. Al ver su gozo nos recuerda Navidades pasadas felices. Fue Dickens quien dijo: “Es bueno en ocasiones ser niños, y nunca mejor que en Navidad, cuando su poderoso Fundador era niño también” (A Christmas Carol, pág. 67).

Crecí cerca de Los Ángeles, donde nuestro hogar estaba rodeado por huertos de naranjas. Una noche, cada Navidad, mis padres invitaban a la familia, amigos y vecinos a casa a cantar villancicos y disfrutar de refrescos. Era una maravillosa tradición para todos, y parecía que los cantos se prolongaban por horas. Los niños cantábamos hasta cuando creíamos necesario y luego nos escabullíamos hacia el naranjal a jugar.

Mi esposa Kathy y yo también criamos a nuestra familia en el Sur de California, relativamente cerca de la costa. La Navidad allí se caracteriza por las palmeras meciéndose con la brisa. Cada año nuestros niños esperaban bajar a la bahía para ver el desfile anual de Navidad de botes. Cientos de hermosos yates, brillando con luces de todos colores rodeaban la bahía mientras mirábamos embelesados.

Ahora que vivimos en Salt Lake, Kathy y yo hemos hecho una tradición de llevar a nuestros hijos y nietos a ver la puesta en escena de Un cuento de Navidad. Cada año, al ver a Ebenezer Scrooge realizar su milagrosa transformación de ermitaño a ser un vecino feliz lleno de gozo por la Navidad, sentimos el deseo de deshacernos del Scrooge dentro de nosotros. Nos sentimos motivados a ser un poco mejores al seguir el ejemplo del Salvador de ser caritativos con todos. Seguir leyendo

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El espíritu de la Navidad

El espíritu de la Navidad.

Thomas S. Monsonpor el élder Thomas S. Monson
del Consejo de los Doce Apóstoles


Como joven élder fui al viejo Hospital de la Primaria para dar bendiciones de salud a los niños enfermos. Al entrar, notamos las brillantes y características decoraciones de Navidad; atravesamos los corredores acompañados por las sonrisas de los niños que nos miraban al pasar. Parecía que la Navidad les había hecho olvidar que tenían yeso sobre los brazos o piernas, o que padecían de enfermedades no siempre fáciles de curar.

Me dirigí hacia la cama de un pequeño niño. «¿Cómo se llama, señor?» me preguntó. Le dije mi nombre e hizo otra pregunta. «¿Me dará una bendición?» Le dimos una bendición y mientras nos alejábamos de su cama él dijo: «Muchas gracias».

Caminamos un poco más y oí su voz, llamándome «Hermano Monson.» Me di vuelta para mirarlo y entonces me dijo:

«¡Feliz Navidad!» Y una dulce y fresca sonrisa afloró a su semblante. Ese niño tenía un verdadero espíritu de Navidad.

Espero que todo joven tenga en su corazón y en su vida un verdadero espíritu de Navidad, no solamente en esta época del año sino en todo momento. Cuando guardamos el espíritu de la Navidad, guardamos el Espíritu de Cristo.

sndt4365-1Un autor que tenía un sentimiento muy especial hacia la Navidad escribió:

«Yo soy el espíritu de la Navidad. Entro a las casas de los pobres y hago sonreír las inocentes y sorprendidas caritas pálidas de los niños. Alivio el peso de la pobreza, dándole un toque de brillo vivificador.

Hago que los ancianos recuerden su juventud y recobren parte de las alegrías pasadas. Traigo aventura para los niños y pongo brillo en sus sueños entrelazados de magia.

Yo soy quien eleva los sentimientos humanos a las mayores alturas de magnanimidad, dejando tras de sí miradas sorprendidas por la generosidad del mundo.

Yo hago que el dilapidador se detenga en su disipado camino y entregue conmovedora dádiva a los ansiosos de amor, mitigando así su sufrimiento.

Yo entro a las oscuras celdas, y hago ver a los condenados lo que pudo haber sido, haciéndoles vislumbrar un futuro mejor.

Entro a los tristes hospitales donde reina el dolor y hago que labios que no pueden moverse para hablar, tiemblen en silenciosa y elocuente gratitud.

Yo hago, en miles de distintas formas, que este cansado mundo dirija la mirada a Dios y por unos pocos momentos olvide todo lo bajo y miserable. Como podéis ver, yo soy el Espíritu de la Navidad.» (Anónimo)

Oro para que todos tengamos este espíritu, porque cuando lo tenemos recordamos a Cristo cuyo nacimiento conmemoramos en esta época del año.

Recordamos aquella primera Navidad, día que había sido anunciado por los profetas de la antigüedad. Recordemos las palabras de Isaías: «He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel» (Isaías 7:14). Y más adelante: «Porque un niño nos es nacido. . . y se llamará su nombre. . . Príncipe de paz» (Isaías 9:6).

Y uno de los profetas del continente americano declaró:

«Porque he aquí que viene el tiempo, y no está muy distante, en que con poder, el Señor Omnipotente. . . morará en un tabernáculo terrenal. . .

. . . sufrirá tentaciones, y dolor. . .

Y se llamará Jesucristo, el Hijo de Dios.» (Mosíah 3:5, 7-8.)

Y así liego aquella noche, cuando los pastores estaban en sus campos y un ángel del Señor apareció entre ellos, anunciando:

«No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo,. . . que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor.» (Lucas 2:10-11.)

Los pastores fueron de prisa al pesebre a rendir honores a Jesucristo, el Señor.

Los tres reyes viajaron desde el este a Jerusalén, preguntando al llegar:

«¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle.

Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo. Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra.» (Mateo 2:2, 10-11.)

Desde ese momento, al celebrar la Navidad, el deseo de ofrecer regalos ha estado presente en cada cristiano. Pienso que a cada uno de nosotros le beneficiaría preguntarse: «¿qué regalo desearía el Señor que yo le hiciera, a Él o a otros en esta preciosa época del año?»

Permitidme contestar esa pregunta declarando con toda solemnidad que nuestro Padre Celestial desea que cada uno de sus hijos le rinda un regalo de obediencia, para que todos amemos al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, mente y fuerza. Tampoco me cabe la menor duda de que El espera que amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

Si el Señor estuviera aquí hoy, no me extrañaría que nos enseñara a dar generosamente de nosotros mismos y a no ser egoístas ni codiciosos, ni contenciosos ni pendencieros, recordando sus palabras registradas en 2 Nefi cuando dice:

«Y no habrá disputas entre vosotros. . .

Porque en verdad, en verdad os digo. . . contención no es mía, sino del diablo que irrita los corazones de los hombres, para que contiendan unos contra otros con ira.

He aquí, no es mi doctrina agitar con ira el corazón de los hombres, uno contra el otro; sino ésta es mi doctrina: que tales cosas cesen.» (3 Nefi 11:28-30.)

Os suplico que os liberéis de cualquier espíritu de contención, de cualquier espíritu que os haga pugnar los unos con los otros por los despojos de la vida, y que en vez de esto, trabajéis en armonía con vuestros hermanos para lograr los frutos del evangelio de Jesucristo.

Espero que en la Navidad no olvidemos el espíritu de gratitud que debemos tener en nuestro corazón y el deseo anhelante de poder expresarlo. Espero que ninguno de nosotros, no solamente no olvide a sus padres, sino que sepa honrarlos como ellos merecen. ¿Qué mejor regalo podrían ellos recibir que ver que sus hijos los honran obedeciendo a Dios y cumpliendo con sus mandamientos?

Una vez, un orgulloso padre se acercó a mí y me deslizó en la mano una carta de su hijo que estaba cumpliendo una misión en Australia. Me gustaría compartir esta carta con vosotros ya que puede daros una idea para demostrar gratitud a vuestros padres de un modo muy especial y por medio de un regalo de Navidad imperecedero; dice así:

«Queridos papá y mamá:

Quiero agradecerles desde lo más profundo de mi corazón todo lo que han hecho por mí. Quiero agradecerles por haber escuchado el mensaje que los misioneros llevaban cuando golpearon a nuestra puerta, y por la manera en que ustedes aceptaron el evangelio, convirtiéndolo en un molde por el cual dieron forma a su vida y a la de sus hijos. Los quiero mucho a los dos,

Gracias por las enseñanzas que me dieron, por el amor que me expresaron en tantas diferentes, formas; gracias por guiarme por la senda correcta, por demostrar interés en que me esforzara por seguir adelante. Estoy agradecido por su testimonio y por el comprensivo y paciente amor que me ayudó a lograr el mío; las experiencias que he tenido aquí me han ayudado a fortalecerlo. Sé que el evangelio es verdadero. Espero vivir de acuerdo a lo que ustedes esperan de mí y que el Señor me ayude a lograrlo.

Mamá, papá, gracias otra vez.

Los quiere mucho, David.»

¿Qué obsequio mejor puede un hijo dar a sus padres que un regalo de gratitud?

Espero que no brindéis este regalo solamente a vuestros padres, sino a todos vuestros seres queridos, vuestros hermanos, parientes, amigos, todos aquellos con quienes os relacionáis de un modo u otro. Ellos pueden beneficiarse si hacéis un esfuerzo para ayudarles a ver la verdad y a evitar las trampas mortales de la vida. Quizás sólo vosotros podáis encender en la vida de otros, una chispa de luz y amor que les ayude a ver las posibilidades que tienen en lugar de los problemas que los acosan día a día.

Dar de sí es siempre importante; siempre hay algún espíritu que alegrar y bendiciones que podemos brindar a nuestro prójimo. El verdadero significado del espíritu de la Navidad se encierra en las palabras del Maestro:

«De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.» (Mateo 25:40).

Liahona Diciembre 1995

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El papel de Cristo como Redentor

Diciembre de 2000
El papel de Cristo como Redentor
por Richard D. Draper

El Libro de Mormón enseña que el acto redentor del Señor se llevó a cabo debido a Su amor por nosotros y a Su entendimiento de lo que somos y de que enfrentamos

Durante un discurso pronunciado a su pueblo en las Américas, aproximadamente en el año 124 a. de C., el rey Benjamín profetizó algo que a algunos de los que le escuchaban debió dejar maravillados. El testificó: “…viene el tiempo, y no está muy distante, en que con poder, el Señor Omnipotente que reina, que era y que es de eternidad en eternidad, descen­derá del cielo entre los hijos de los hombres; y morará en un tabernáculo de barro” (Mosíah 3:5). Aun hoy, la idea de que el gran Dios Jehová llegó a ser mortal es sorpren­dente, en especial cuando consideramos que, al venir a la tierra, retuvo tanto Su naturaleza eterna como Su poder divino. Por tanto, fue diferente de cualquier otro ser nacido en la mortalidad.

El rey Benjamín no fue el único profeta del Libro de Mormón que sabía en cuanto a la naturaleza del Mesías que vendría y de Su ministerio. Aun así, ninguno de esos profetas llegaría a conocer al Señor mortal. Ese privilegio se reservó a quienes ministraron con Él en Palestina. Así, todo lo que la gente del Libro de Mormón sabía sobre el Cristo mortal provenía de la revelación; en otras pala­bras, el Salvador decidió lo que ellos debían saber. Parecería, entonces, que el entendimiento que El dio a la gente del Libro de Mormón se concentraría en aquellos aspectos que El consideraba que era más importante que ellos y nosotros supiéramos.

«EL ETERNO DIOS, QUE SE MANIFIESTA A SÍ MISMO A TODAS LAS NACIONES»
En el Libro de Mormón, desde un principio se nos enseña sobre el Salvador. En la portada, Moroni testifica que “Jesús es el Cristo, el Eterno Dios, que se manifiesta a sí mismo a todas las naciones”. Hay dos cosas impor­tantes que surgen de esta declaración: el Salvador es y fue “el Eterno Dios” y sabemos que no sólo se ha manifestado a los judíos y a los nefitas, sino a otros pueblos también.

El rey Benjamín testificó que el Dios Eterno moraría en un tabernáculo de barro, pero, sin embargo, es impor­tante destacar que ese barro no ganó dominio sobre la divinidad eterna del Señor ni sobre Su omnipotencia. Amúlele entendió que al hacerse mortal, Jesús no se quedaría desprovisto de Sus poderes eternos. Cuando el abogado Zeezrom le preguntó: “¿Quién es el que vendrá? ¿Es el Hijo de Dios?”, la respuesta de Amulek fue un sí rotundo. Cuando Zeezrom volvió a preguntar: “¿Es el Hijo de Dios el mismo Padre Eterno?”, Amulek replicó: “Sí, él es el Padre Eterno mismo del cielo y de la tierra… y vendrá al mundo para redimir a su pueblo” (Alma 11:32-33, 38-40). En Su vida preterrenal, Jesús fue Jehová, el Creador. Aun así, aceptó venir al mundo como el Hijo Unigénito de Su Padre para redimir a todos los que aceptaran Su gran don.

La naturaleza eterna del Señor jugó un papel central en Su labor como Redentor, pero, además, lo hizo único entre todos los nacidos de mujer. Amulek compaginó ambas ideas cuando le habló a su pueblo sobre el grande y postrer sacrificio que algún día se tendría que realizar. Explicó que no sería “un sacrificio de hombre, ni de bestia, ni de ningún género de ave; pues no será un sacrificio humano” (Alma 34:10). Seguir leyendo

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