La Navidad es amor

Devocional de Navidad de la Primera Presidencia de 2012

La Navidad es amor

Presidente Thomas S. Monson



Hermanos y hermanas, qué hermoso es verlos. Es un privilegio empezar cada año la época de Navidad con ustedes, en el Devocional de Navidad de la Primera Presidencia. Les expreso mi amor a todos ustedes, ya sea que estén presentes aquí en este edificio o escuchando esta reunión por otros medios.

La época navideña, con su significado y belleza especiales, a menudo provoca lágrimas, inspira un nuevo compromiso con Dios y proporciona —tomando prestadas las palabras de la bonita canción “El Calvario”— “descanso para el fatigado y paz para el alma”.

No obstante, es fácil vernos envueltos en la presión de la época y quizá perdamos el mismo Espíritu que intentamos obtener. En esta época del año es muy común que muchos se excedan. Las causas podrían ser demasiadas actividades navideñas a las que asistir, mucha comida, muchos gastos económicos, expectativas muy altas y muchísima tensión. A menudo, por nuestros esfuerzos en la época navideña, nos sentimos estresados, sin energías y agotados durante una época en que deberíamos sentir el gozo sencillo de conmemorar el nacimiento de nuestro Salvador.

El verdadero gozo de la Navidad no viene con las corridas ni la prisa para lograr hacer más cosas, ni se halla al comprar regalos. Hallamos verdadero gozo cuando ponemos al Salvador en el centro de esta época. Podemos tenerlo en nuestros pensamientos y en nuestra vida al realizar la obra que Él desearía que hiciéramos aquí en la tierra. En esta época en particular, sigamos Su ejemplo al amar y servir a nuestro prójimo.

Parte de nuestra sociedad ansía desesperadamente una expresión de amor; son aquéllos que envejecen, especialmente cuando sufren de punzadas de soledad. El viento helado de las esperanzas que mueren y los sueños que se desvanecen silba a través de las filas de ancianos y de los que se acercan al declive de la cima de la vida.

Años atrás, el élder Richard L. Evans escribió: “Lo que ellos necesitan en la soledad de los años de la vejez es, en parte, lo que necesitamos en los años inciertos de la juventud: el sentimiento de pertenencia, la seguridad del sabernos queridos y la bondadosa atención de corazones y manos cariñosos, no simplemente la formalidad del deber, ni la escueta habitación en un edificio, sino un lugar en el corazón y la vida de alguien…

No podemos devolverles el amanecer de los años de la juventud, pero podemos ayudarlos a vivir en el tibio resplandor del atardecer en forma más hermosa con nuestra consideración, nuestro cuidado y nuestro amor sincero y activo”1.

Mis hermanos y hermanas, el amor verdadero es un reflejo del amor del Salvador. Cada diciembre lo llamamos el espíritu de la Navidad. Se escucha; se ve; se siente.

Hace poco recordé una experiencia de mi niñez, una experiencia que he contado en una o dos ocasiones. Tenía sólo 11 años. Nuestra presidenta de la Primaria, Melissa, era una cariñosa señora mayor de cabello canoso. Un día, en la Primaria, me pidió que me quedara a conversar con ella. Los dos nos sentamos en la capilla solitaria. Ella me pasó el brazo por los hombros y comenzó a llorar. Sorprendido, le pregunté por qué lloraba.

Ella me contestó: “No logro que los niños de tu clase se mantengan reverentes durante los ejercicios de apertura de la Primaria. ¿Quisieras ayudarme, Tommy?”.

Le prometí que lo haría. Para mi sorpresa, pero no la de ella, eso terminó todos los problemas de reverencia en la Primaria. Había acudido al origen del problema: a mí. La solución había sido el amor. Seguir leyendo

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El símbolo de Cristo

El símbolo de Cristo

Gordon_B._Hinckleypor el élder Gordon B. Hinckley
del Consejo de los Doce
Liahona, Diciembre de 1976

En el mes de marzo de 1975 y después de una completa renovación del edificio, abrimos al público el Templo de Arizona, y cerca de 250.000 personas vieron su hermoso interior poco antes de la dedicación. Durante el primer día en que el Templo estuvo abierto para la vista del público, entre los visitantes había cientos de clérigos pertenecientes a otras religiones que eran invitados de honor. Tuve entonces el privilegio de dirigirles la palabra y contestar las preguntas que tuvieran al final de cada recorrido. Les dije en esa oportunidad que tendríamos mucho placer en contestar cualquier pregunta que pudieran tener, y por supuesto, muchas fueron las preguntas formuladas. Entre ellas se encontraba la de un ministro protestante, quien dijo: “He visitado todo este edificio, un templo que lleva en su fachada el nombre de Jesucristo, sin haber podido encontrar ninguna representación de la cruz, que es el símbolo del cristianismo. He observado también sus edificios en otras partes, y del mismo modo que en éste, encuentro una total ausencia del símbolo de la cruz. ¿Por qué es así, cuando ustedes profesan creer en Jesucristo?”

A esto respondí: “No quisiera ofender a ninguno de mis hermanos cristianos que utilizan la cruz en las agujas o campanarios de sus catedrales y en los altares de sus capillas, que la llevan como parte de su vestimenta e imprimen su imagen en los libros, al igual que en otro tipo de material impreso. Pero para nosotros la cruz es el símbolo del Cristo muerto, mientras que nuestro mensaje es una declaración del Cristo viviente.”

Mi interlocutor volvió a preguntar: “Si ustedes no utilizan la cruz, ¿cuál es entonces el símbolo de su religión?”

Contesté que la vida de nuestros miembros debe en realidad, llegar a ser la única expresión significativa de nuestra fe y, por lo tanto, el símbolo de nuestra adoración. Espero que por mi respuesta el ministro no haya pensado que yo era presumido o que me las daba de perfecto. Tenía razón en su observación de que no utilizamos la cruz, excepto en el caso de nuestros capellanes militares que la utilizan en su uniforme a los efectos de que los identifiquen fácilmente como tales. Nuestra posición podría parecer en un principio, una contradicción de nuestra creencia de que Jesucristo es la figura principal de nuestra fe. El nombre oficial de la Iglesia es La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días; nosotros adoramos a Jesucristo como nuestro Señor y Salvador; la Biblia es nuestra Escritura; creemos que los profetas del Antiguo Testamento que predijeron la venida del Mesías, hablaron bajo inspiración divina; nos gloriamos en los relatos de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, que presentan los acontecimientos del nacimiento, ministerio, muerte y resurrección del Hijo de Dios, el Unigénito del Padre en la carne y, al igual que el antiguo apóstol Pablo, nosotros no nos avergonzamos “del evangelio, porque es poder de Dios para todo aquel que cree” (Romanos 1:16). Del mismo modo, al igual que Pedro, afirmamos que Jesús es el Cristo, el único nombre “bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (véase Hechos 4:12). El Libro de Mormón, al cual consideramos como el Testamento del Nuevo Mundo que presenta las enseñanzas de los profetas que vivieron antiguamente en este hemisferio occidental, testifica de Aquel que nació en Belén de Judea y murió en el Monte del Calvario, y constituye otro poderoso testigo de la divinidad del Señor a un mundo de fe tambaleante. Su prefacio, escrito por un Profeta que vivió en las Américas hace mil quinientos años, declara categóricamente que el libro se escribió para “. . . convencer al judío y al gentil, de que Jesús es el Cristo, el eterno Dios, que se manifiesta a sí mismo a todas las naciones”. En nuestro libro de revelaciones modernas, Doctrinas y Convenios, el Señor declara en las siguientes persuasivas palabras: “Soy Alfa y Omega, Cristo el Señor; sí, yo soy él, aun el principio y el fin, el Redentor del mundo” (D. y C. 19:1).

A la luz de estas declaraciones y en vista de tal testimonio, bien pueden muchos preguntar, como lo hizo aquel ministro protestante en Arizona: “Si ustedes profesan creer en Jesucristo, ¿por qué no utilizan el símbolo de su muerte, la cruz del calvario? A esto debo contestar, primero, que ningún miembro de esta Iglesia debe olvidar jamás el terrible precio pagado por nuestro Redentor, quien dio su vida para que el género humano pudiera vivir; la agonía de Getsemaní, las amargas burlas de su juicio, la maligna corona de espinas que desgarró su carne, el grito de sangre del populacho delante de Pilato, el solitario sufrimiento de la torturante caminata a lo largo del camino del Calvario, el espantoso dolor cuando los grandes clavos le perforaron las manos y los pies, le febril tortura de su cuerpo al encontrarse colgado ese trágico día, el Hijo de Dios, exclamando: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

Esto es la cruz, el instrumento de su tortura, el terrible aparato diseñado para destruir al Hombre de Paz, la maligna recompensa por sus milagrosas horas de curas de enfermos y ciegos, de resurrección de muertos. Eso es la cruz sobre la que colgó y murió en la solitaria cumbre del Gólgota.

No podemos olvidarlo. No debemos olvidarlo jamás, ya que fue allí donde nuestro Salvador y Redentor, el Hijo de Dios, se brindó a sí mismo en un sacrificio vicario por cada uno de nosotros. La lobreguez de esa oscura tarde que precedió al sábado judío, cuando su inerte cuerpo fue bajado y apresuradamente depositado en una tumba prestada, drenó las esperanzas aun de sus más ardientes y conocedores discípulos. Estos permanecieron desolados, sin comprender lo que Él les había enseñado antes. Muerto se encontraba el Mesías en quien ellos habían creído; el Maestro, en quien habían puesto todo su anhelo, su fe, su esperanza, se había ido; el que había hablado de vida eterna y había resucitado de la muerte a Lázaro, había muerto del mismo modo que todos los hombres que existieron antes que EL Así había llegado al fin de su pesarosa y breve vida, una vida que había sido tal como Isaías lo predijera muchos siglos antes: Seguir leyendo

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Lealtad al Señor

Diciembre de 1976
Lealtad al Señor
por el élder Rex D. Pinegar
del Primer Consejo de los Setenta

Rex d .PinegarEn aquellos tiempos en que los misioneros viajaban a pie, sin bolsa ni alforja, y en que para suplir sus necesidades confiaban en el Espíritu del Señor y en la hospitalidad de la gente, en las vecindades del poblado de Smithville, en el Estado de Tennesse, Estados Unidos, una cálida y húmeda tarde de mayo de 1895, dos misioneros, después de haber sufrido el rechazo de las gentes del pueblo, dirigieron sus pasos hacia los boscosos cerros del lugar con la esperanza de lograr conversos entre los montañeses que vivían allí del producto del escaso terreno cultivable que las circunstancias les permitían.

En aquella comarca vivía mi abuelo, Harvey Anderson Pinegar, con su esposa y sus pequeños hijos. Habiendo él asistido a una reunión en la que escuchó predicar a los misioneros, invitó a éstos a su humilde cabaña ofreciéndoles alimentos y un techo bajo el cual pasar la noche, lo que ellos aceptaron inmediatamente y llenos de gratitud. Los élderes llegaron a la vivienda al anochecer; después de cenar, la familia les facilitó para dormir la única cama de que disponían, durmiendo los niños en el desván y mis abuelos en un jergón en el suelo. Al calor de aquel modesto hogar enclavado en las montañas, los misioneros enseñaron a mi abuelo y su familia el verdadero evangelio de Jesucristo.

El abuelo escribió lo siguiente en su diario de vida:

“Después de estudiar la doctrina que nos enseñaron los misioneros, llegué al convencimiento de que eran de la única Iglesia verdadera sobre la faz de la tierra. Por lo tanto, el 14 de mayo de 1895… el élder Owen M. Sanderson nos bautizó a mi esposa y a mí en las aguas del arroyo Sink . .. con gran disgusto de mis parientes, a pesar del cual seguí haciendo la voluntad de mi Padre Celestial, pues sabía a ciencia cierta que la doctrina era de Dios y no de los hombres.”

Unas cien personas presenciaron el bautismo de Harvey y Josie Pinegar.

La aversión de la gente de esos contornos hacia la “religión mormona” era considerable. La felicidad de mi abuelo al convertirse en miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, no fue en absoluto compartida por sus padres, sus hermanos, ni sus vecinos, y no tardó en descubrir que sería objeto de la más abierta oposición de parte de todos éstos. En aquel tiempo él ocupaba el cargo de alguacil, el cual subvencionaban varios varones de la localidad, quienes al enterarse de que se había unido a la Iglesia, se negaron a seguir apoyándolo económicamente, siendo uno de ellos su propio primo.

En numerosas ocasiones la cabaña de Harvey Pinegar sirvió de refugio a los misioneros, oportunidades en que los élderes ayudaban a mi abuelo a reforzar puertas y ventanas con travesaños de madera a fin de protegerse de las turbas de malhechores que los amenazaban con embrearlos y emplumarlos. Seguir leyendo

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Seamos firmes en nuestras decisiones

Noviembre de 1976
Seamos firmes en nuestras decisiones
por Kieth Merrill

Kieth MerrillTener que tomar decisiones es algo desagradable, ¿verdad? Parece como si cada cinco minutos tuviéramos que tomar una; a cada momento se nos presentan alternativas y elecciones. Tenemos que decidir lo que vamos a hacer mañana y el día siguiente, y lo que haremos con nuestra vida. Las decisiones son el puente entre nuestro conocimiento y nuestras acciones.

¿Os habéis detenido a pensar alguna vez en qué pensarían vuestros padres si presenciaran una película de todo lo que hacéis? Es interesante comparar  nuestra vida con una película cinematográfica, porque la producción de una película es en realidad un asunto de selección. Durante la filmación de “The Great American Cowboy”, utilizamos 160.000 pies de cinta para película; si se viera toda la cinta que hicimos y no usamos, requeriría aproximadamente 80 horas. La película final es de 90 minutos, lo cual significa que desechamos más de 14 metros de película por cada 30 cm. que utilizamos, o sea que por cada 15 metros de cinta, usamos solamente 30 cms.

Así es la vida; la mayoría de las decisiones que tenemos que tomar tal vez presenten 15 alternativas; de esas 15 elegimos una, y esa se convierte en una parte permanente del registro eterno de Tenemos la habilidad de seleccionar, el poder de elegir; eso es lo que nuestro Padre Celestial nos dio con el maravilloso principio del libre albedrío.

“¡Cobarde!”

Cuando era joven, vivía en una pequeña comunidad cercana a las montañas; trabajaba como salvavidas y nadaba bastante.

Un día fuimos a nadar a un lugar muy hermoso, donde hay una represa con un bello lago artificial; la presa se encuentra en la angosta garganta de un cañón, entre enormes paredes de roca, a las cuales nos subíamos y desde allí nos lanzábamos al agua.

Después de haber estado ahí varias veces y conociendo muy bien las rocas, los acantilados y la profundidad del agua, algunos de nosotros nos desafiamos a una competencia de valor. Uno de los muchachos ascendió al lugar desde donde siempre nos zambullíamos y exclamó:

— ¡Oigan! ¡Apuesto a que puedo tirarme desde más altura que cualquiera de ustedes!

De modo que ascendió a la cima de la presa, aproximadamente a 15 metros de altura sobre el agua, desde allá se lanzó, y como si fuésemos un montón de ovejas, todos subimos por las rocas hasta la presa, y nos zambullimos también.

Pero eso no satisfizo a nuestro amigo, de manera que dijo:

—Está bien. ¡Ahora iré más arriba!

Ascendió hasta los 18 metros por el costado del acantilado y yo, no deseando quedarme atrás, subí junto con él, pues estaba seguro de que todos esperaban que yo hiciera lo .mismo. El tragó saliva, ocultó su temor y con rodillas temblorosas arqueó la espalda y se lanzó a través de los 18 metros de aire, cayendo al agua; yo me armé de valor y ejecuté mi zambullida. Para entonces los demás se habían echado atrás; pero no mi amigo, que esa vez ascendió hasta cerca de 21 metros de altura y una vez más se preparó para lanzarse al agua. Desde abajo yo casi ni podía distinguirlo. Luego saltó y cuando emergió a la superficie riéndose y frotándose los hombros y los ojos, me dijo: Seguir leyendo

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Diez claves para comprender a Isaías

Noviembre de 1976
Diez claves para comprender a Isaías
por el élder Bruce R. McConkie
del Consejo de los Doce.

élder Bruce R. McConkiePara Laman y Lemuel, las palabras de Isaías eran como de libro sellado; no las podían comprender. Los hermanos’ del joven Nefi, que llegó a entender a la perfección al antiguo Profeta, podían leer las palabras e interpretar el lenguaje escrito por el gran vidente de Israel, pero no entendían su verdadero significado profético; era como si estuvieran leyendo en un idioma desconocido

El Señor resucitado mandó a los nefitas y a toda la Casa de Israel, incluyéndonos a nosotros, y también a los gentiles:

Y . . .os doy el mandamiento de escudriñar estas cosas diligentemente, porque grandes son las palabras de Isaías.

Porque él ciertamente habló de todas las cosas concernientes a mi pueblo que pertenece a la casa de Israel; por tanto, es preciso que él hable también a los gentiles.

Y todas las cosas que habló se han cumplido, y se cumplirán, de conformidad con las palabras que habló.” (3 Nefi 23:1-3.)

Laman y Lemuel eran prototipos del cristiano moderno; les era casi imposible comprender la difícil doctrina que predicó este gran Profeta, y por su falta de discernimiento espiritual se encontraron en el camino hacia su destrucción. Nefi, en cambio, dijo: . . . mi alma se deleita en las palabras de Isaías…” (2 Nefi 25:5). Y después de todo, quizás nuestra salvación dependa de la habilidad que tengamos para entender los escritos de Isaías tan perfectamente como Nefi.

Tenemos que reconocer que hay en el mundo mucha gente que no los comprende. Aun en la Iglesia verdadera, entre aquellos que deberían tener la inspiración del Espíritu Santo, hay muchos que evitan los capítulos que se refieren a Isaías en el Libro de Mormón, como si se tratara de una parte sellada; quizás para ellos lo sea. Si bien tal vez sea cierto que este Profeta es uno de los más difíciles de entender, también debemos saber que sus palabras son de extrema importancia para nosotros y que debemos hacer un esfuerzo por meditar sobre ellas.

Pero las proféticas visiones de Isaías no tienen por qué ser incomprensibles para los santos, sino que deberían irradiar desde el corazón de cada miembro de la Iglesia. Para aquellos que deseen verdaderamente ampliar y perfeccionar su conocimiento del plan de salvación y de los tratos del Señor con su pueblo en los últimos días, quiero ofrecer aquí una llave que abre la puerta al torrente de luz que procede de la pluma de este gran testigo de Cristo, quien, en muchos aspectos, fue el Profeta más grande de Israel. A continuación cito las diez claves que podemos aplicar a fin de comprenderlo mejor:

  1. Adquirid un conocimiento general del plan de salvación y de los tratos de Dios con sus hijos en la tierra.

El libro de Isaías no explica detalladamente la doctrina de la salvación, como lo hacen el segundo libro de Nefi y el de Moroni, en el Libro de Mormón. Más bien, son escritos dirigidos a los que ya saben que Jesús es el Cristo, que mediante su sangre expiatoria recibimos la salvación, que la fe, el arrepentimiento, el bautismo, el don del Espíritu Santo y ¡as obras justas, son un requisito esencial para obtener nuestra herencia en el reino del Padre. Por ejemplo, es necesario tener conocimiento de la preexistencia y la batalla en los cielos, a fin de reconocer la historia de Lucifer y sus ángeles que se encuentra en el capítulo 14 de Isaías.

  1. Aprended la posición y el destino de la Casa de Israel en el plan eterno del Señor.

El amor y el interés de Isaías se centran en el pueblo escogido del Señor; sus profecías más extensas y detalladas describen el triunfo y la gloría de la simiente de Jacob en los últimos días. Por sobre todos, él es el Profeta de la restauración. Seguir leyendo

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Cómo obtener un testimonio

Liahona Noviembre de 1976

Cómo obtener un testimonio

Marion G. Romneypor el presidente Marion G. Romney
Segundo Consejero en la Primera Presidencia


Un testimonio firme es la posesión más preciada que cualquiera puede tener.

Hay muchas ciases de testimonios, y testimonios acerca de muchas cosas. El que yo poseo es una convicción permanente, viviente y conmovedora de las verdades reveladas en el evangelio de Jesucristo. Uno de los aspectos de dicho testimonio es una firme convicción de que existe un Dios personal—“un hombre exaltado”, fue la frase que el profeta José utilizó al describirlo—, y que Él es nuestro Padre Celestial; otro aspecto del mismo es mi creencia en el pían de salvación de Dios, con Jesucristo como la figura central.

Un factor esencial de mi testimonio es que creo firmemente en el relato de la primera visión del Profeta; que en ella vio a Dios, nuestro Padre Eterno y a Jesucristo, su Hijo; que estuvieron delante de él y conversaron con él, y que él conversó con ellos.

Otro requisito es la aceptación del hecho de que el Libro de Mormón salió a luz en la forma que el profeta José lo relató, que Moroni le entregó las planchas de oro sobre las que estaba escrito el antiguo registro, y que el Profeta efectuó la traducción mediante el don y el poder de Dios. Uno también debe estar convencido de que el Profeta recibió de seres celestiales, todos los principios, las ordenanzas y el poder del sacerdocio que se requerían a fin de permitir que el ser humano obtuviese exaltación en la presencia celestial de Dios; y de que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es depositaría de esos principios y ordenanzas del evangelio y del poder del sacerdocio.

Testimonio de los profetas vivientes
Una persona que posee ese testimonio, acepta la verdad de que las llaves del reino de Dios han estado en manos de cada hombre que ha presidido en la Iglesia, desde el profeta José, hasta nuestro Profeta actual, Spencer W. Kimball. Uno de los factores más importantes de un testimonio semejante— y uno de los más difíciles de obtener—, es la convicción de que nuestro Profeta actual es un Profeta de Dios, tal como lo fue José Smith, el primer Profeta de esta dispensación. Para algunos, es mucho más fácil aceptar a los profetas antiguos que a los actuales. Así fue en los días de Jesús. Recordaréis que El acusó a los escribas y fariseos de ser hipócritas porque adornaban los sepulcros de los profetas muertos y mataban a los profetas vivientes. (Véase Mateo 23:29-34.)

Algunas personas que afirman creer en ellos se confunden con la declaración del profeta José Smith de que “un profeta era profeta solamente cuando obraba como tal” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 341). Recientemente, una jovencita me solicitó una entrevista pues deseaba averiguar en qué forma podría saber cuándo un profeta habla como tal. Unos días más tarde, un confuso joven declaró que dudaba de la reciente declaración de la Primera Presidencia de la Iglesia, con respecto a quiénes pueden recibir el sacerdocio.

Este no es el lugar apropiado para repetir lo que les respondí; baste decir que una persona con un firme testimonio nunca se confunde con esa clase de dudas, sino que cree que todo lo que se diga o haga bajo la inspiración del Espíritu Santo lleva consigo “el testimonio de su autenticidad”. Esta declaración no es mía, sino que fue hecha por el hermano Brigham Young. (Véase Journal of Discourses 9:149.) Seguir leyendo

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La oración y el profeta José

La oración y el profeta José
por Truman G. Madsen

Truman G. MadsenMuchos me han preguntado “¿Cómo es que el profeta José Smith, a los catorce años de edad pudo ir a la arboleda y sin haber orado vocalmente (implicando que bahía orado en silencio), recibir en la primera oración tan grandes y maravillosas bendiciones? ¿Significa que simplemente tenía más fe y dignidad que cualquiera de nosotros?

Una explicación es que las visitas recibidas por el profeta José Smith no fueron solamente en respuesta a su propia oración sino a las de millones de personas, quizás incluso las de aquellos que están al otro lado del velo, quienes han procurado la restauración del evangelio durante generaciones; restauración que es el cumplimiento de la petición hecha por billones de almas: “Venga tu reino» (Mateo 6:10). Este es un importante punto de vista. Nosotros no rezamos solos, sino que nuestras oraciones son parte de un movimiento general, y obtienen poder en el mismo proceso. Sí nos preocupamos por ser instrumentos del Señor, por lo menos lo suficiente como para prepararnos, recibiremos privilegios exclusivos entre los cuales figuran la autoridad, los dones y las bendiciones del Espíritu Santo y del sacerdocio.

El punto relevante de la vida de oración de José Smith, es su intimidad con el Padre. “Él dijo a los hermanos que esa era la clase de fe que necesitaban: la fe de un niño pequeño que va en humildad a su padre y le pide el deseo de su corazón.” (Vida de Heber C. Kimball, Salt Lake City: Slevens and Wallis 1945, págs. 69-70.) Muchos se imaginan que a Dios le agrada que se dirijan a Él o hablen de 171 como un ser distante completamente diferente, totalmente incomprensible. Su imagen de Dios, si es queda tienen, es la de un alto principio, una “pura inteligencia” o una inmutable luz. Para José, el primer principio de religión (y también el primer principio de la oración), era conocer con certeza el carácter paternal de Dios. Saber que Dios no solamente tiene una relación personal con nosotros y nosotros con Él, sino que es una persona, la más elevada y la más completa, y que nosotros podemos conversar con El cómo Moisés lo hizo, “como un hombre conversa con otro”. Daniel Taylor registró en ejemplo demostrando la relación cercana que el Profeta tenía con Dios:

“He oído orar a hombres y mujeres, desde los más ignorantes y pobres de intelecto hasta los más doctos y elocuentes, pero hasta que escuché la oración del profeta José nunca había oído a un hombre dirigirse a su Creador como si El estuviera presente escuchando, como un padre cariñoso escucharía las penas de un hijo obediente. En aquella época José tenía poca cultura, pero en aquella oración pidió por los que le acusaban de haberse desviado y caído en pecado, para que el Señor les perdonara y abriera sus ojos para que pudieran ver. En aquella oración, a mi humilde entender, participó de las enseñanzas y elocuencias del cielo. No hubo en ella ostentación, ni voz elevada por el entusiasmo, sino fue expresada en un tono sencillo, como un hombre hablaría a un amigo que está presente. Me pareció que si el velo se corriera podría ver al Señor frente al más humilde de sus siervos.” («Recolections of Daniel Taylor”, Juuenile instructor, 27:127.)

Ahora hagámonos algunas preguntas elementales sobre las oraciones del Profeta, para ver en qué modo sus experiencias pueden ser similares a las nuestras y ayudar a que éstas sean más intensas. Seguir leyendo

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El motivo de la oración

Octubre de 1976
El motivo de la oración
por el Élder Bruce R. McConkie
del Cornejo de los Doce

élder Bruce R. McConkieEn una de las paredes de la Sala de Concilios de los Doce Apóstoles del templo de Salt Lake City, hay un cuadro que ilustra al Señor Jesús orando a su Padre en el Getsemaní.

En aquella ocasión, experimentando el más intenso sufrimiento físico y espiritual, un padecimiento sin comparación que es incomprensible para la mentalidad del hombre, un dolor que redujo a la insignificancia la tortura física que había de padecer en la cruz, nuestro Señor le suplicó a su Padre que le infundiera fortaleza para llevar a cabo la eterna expiación. Entre todas las oraciones pronunciadas, ya en el tiempo ya en la eternidad, por dioses, ángeles y mortales, ésta se destaca como la suprema y única en su género.

En el Jardín de Getsemaní, fuera de las paredes que rodeaban la ciudad de Jerusalén, el más grandioso hombre de la raza de Adán, Aquel que era perfecto en pensamiento y palabra, le suplicó a su Padre que pudiera salir triunfante de la más atormentadora prueba a que pudiera someterse persona alguna.

Allá, en la tierra de Judea, en la quietud de la noche y mientras Pedro, Santiago y Juan dormían, con una oración en sus labios el Hijo de Dios tomó sobre sí los pecados de todos los hombres bajo la condición, del arrepentimiento; sí, allí, entre los olivos, con el espíritu de la adoración pura y de la perfecta oración, el hijito de María se debatió bajo la carga más abrumadora que un hombre pudiera soportar. .

En ese momento, el gran Elohim depositó sobre su sufriente Siervo el peso de todos los pecados de todos los hombres de todas las épocas, que crean en Cristo y procuren conocerlo. Y el Hijo, que era a la imagen del Padre, le suplicó a su divino Progenitor que le diera las fuerzas que necesitaba para cumplir con el propósito principal por el cual había venido a la tierra.

En aquella hora toda la eternidad se detuvo en suspenso. La agonía ocasionada por los pecados de los hombres que padeció Aquel que no conocía el pecado fue tan inmensa, que hizo que echara sangre por cada poro y que aun El «deseara no tener que beber la amarga copa» (D. y C. 19:18). Desde el alba de la creación hasta aquella suprema hora, y desde esa noche de la expiación a través de todas las etapas de la eternidad, no ha habido ni habrá para nadie prueba semejante a ésta.

«El Señor Omnipotente, que reina, que era y que es desde todas las eternidades», que descendió «del cielo entre los hijos de los hombres» (Mosíah 3:5), el Creador, Sostenedor y Preservador de todas las cosas desde el principio y que había nacido en el mundo siendo la única persona que tenía a Dios como su Padre en la carne—el Hijo de Dios mismo, en cierto modo incomprensible para la mente mortal—, llevó a cabo en ese momento la expiación, gracias a la cual todos los hombres han de levantarse en inmortalidad, al mismo tiempo que los que crean y obedezcan han de levantarse además para heredar la vida eterna Dios el Redentor, los redimió de la muerte temporal, y espiritual que sobrevino sobre el género humano con la caída de Adán.

Y fue en aquella hora en que El pagó nuestro rescate con su misma sangre, que elevó la más ferviente y conmovedora oración personal que habría de brotar de labios mortales. Dios, el Hijo, rogó a Dios el Padre que la voluntad del Uno se rindiera a la del Otro y que pudiera cumplir la promesa que El mismo había hecho cuando fue escogido para ser el Redentor; «Padre, hágase tu vomitad, y Sea tuya la gloria para siempre» (Moisés 4:2). Seguir leyendo

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La oración es la llave

Liahona Octubre de 1976

La oración es la llave

Marion G. Romneypor el presidente Marion G. Romney


Oremos por nuestros rebaños, por nuestras familias y por el reino, a fin de que Aquel que es perfecto, nos ayude en nuestro esfuerzo por alcanzar la perfección.

A veces las personas se preguntan: ¿Por qué liemos de orar? Debemos orar porque la oración es indispensable para cumplir con el verdadero propósito de nuestra vida. Somos hijos de Dios y como tales, tenemos la posibilidad de alcanzar su perfección. El mismo Salvador nos inspiró a ello, cuando dijo:

‘»Por tanto, quisiera que fueseis perfectos como yo, o como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto,” (3 Nefi 12:48.)

Nadie podrá alcanzar tal perfección a menos que Aquel que es perfecto lo guie; esa guía se consigue sólo por medio de la oración. Esta experiencia mortal que estamos pasando es un paso necesario en nuestro ascenso: a fui de obtener la perfección tuvimos que dejar  nuestro hogar preterrenal  y venir a la tierra, y durante esa transición, se colocó un velo sobre nuestros ojos espirituales y se nos borró la memoria de nuestras experiencias anteriores. En el Jardín de Edén, Dios dotó a sus hijos con libertad moral y podría decirse que los dejó solos entre las fuerzas del bien y del mal con el fin de ser probados y ver si andando por la fe alcanzarían su elevado potencial al hacer «todas las cosas que el Señor su Dios les mandare» (Abraham 3:25).

La primera instrucción que el Señor dio a Adán y Eva después de su expulsión del Edén fue la de orar. (Véase Moisés 5:5.)

Durante su ministerio terrenal. Jesucristo enseñó “sobre la necesidad de orar siempre” (Lucas 18:1).

A la multitud nefita dijo: “Siempre debéis orar al Padre en mi nombre” (3 Nefi 18:19).

Y también en esta última dispensación dos años antes de organizar la Iglesia, el Señor dijo en una revelación al profeta José Smith:

«Ora siempre para que salgas vencedor; sí, para que venzas a Satanás, y para que te escapes de las manos de los siervos de Satanás, quienes apoyan su obra.”(D. y C. 10:5.)

Posteriormente añadió:

“Lo que digo a uno lo digo a todos; orad a lodo tiempo, no sea que aquel inicuo tenga poder en vosotros y os quite de vuestra posición.’’ (D. y C. 93:49.)

La experiencia que tuvo el hermano de Jared pone de relieve la gravedad de la desobediencia a este mandamiento. El Señor condujo a la colonia jaredita desde la torre de Babel hasta la orilla del mar donde «vivieron en tiendas. . . por el término de cuatro años. Y. . . a la conclusión de los cuatro años, el Señor vino otra vez al hermano de Jared, y habló con él desde una nube. Y por el espacio de tres horas habló el Señor con el hermano de Jared, y lo reprendió porque no se había acordado de invocar el nombre del Señor a favor de sus hermanos que estaban con él. Y el Señor le contestó; Os perdonaré vuestros pecados a ti y a tus hermanos; pero no habéis de pecar más, porque debéis recordar que mi Espíritu no siempre contenderá con el hombre; por tanto, si pecáis hasta llegar al colmo, seréis desechados de Ja presencia del Señor” (Eter 2:13-15).

El pecado que ocasioné) esta reprensión fue el de no haber orado.

Los pasajes citados dan abundantes razones por las que debemos orar, y parece no haber limitación acerca de cuándo, dónde y sobre qué debemos orar.

“. .  .sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias.” (Fil. 4:6.) » Seguir leyendo

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Escudriñad las Escrituras

Escudriñad las Escrituras

Spencer W. Kimballpor el presidente Spencer W. Kimball
Liahona Septiembre de 1976


Mis amados hermanos, mi propósito al preparar este mensaje es el de alentaros a que estudiéis las Escrituras. “Escudriñad las escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mi’.” (Juan 5:39.)

Tal vez os hayáis percatado de que hace muchos años las Autoridades Generales han estado exhortando con insistente frecuencia a los miembros a adoptar un programa de estudio diario del evangelio, tanto en forma individual como familiar. Asimismo, los libros canónicos han reemplazado a los demás como texto en el programa de estudio para los adultos de la Iglesia, y pocas son las reuniones que finalicen sin la inspirada amonestación de los líderes del sacerdocio, para que los miembros lean y estudien las Escrituras.

Creemos que ha habido un aumento y una mejora notables. Muchos son los miembros de la Iglesia que llevan las Escrituras a las reuniones yendo así preparados, tanto para aprender como para discutir los temas del evangelio. De acuerdo con la inspiración divina, muchos padres están usando las obras canónicas para enseñarles a sus hijos las doctrinas del reino. Consideramos con placer y gran satisfacción estas cosas, sabiendo que muchas serán las bendiciones obtenidas como consecuencia de esa actitud.

Sin embargo, nos entristece saber, a medida que viajamos por las estacas y misiones de la Iglesia, que todavía hay muchos santos que no leen ni meditan las Escrituras en forma regular, y que asimismo tienen poco conocimiento de las instrucciones del Señor para los hijos de los hombres. Muchos han sido bautizados y han fracasado en dar el paso adelante para “deleitarse en la palabra de Cristo perseverando hasta el fin” (2 Nefi 21:19-20).

Solamente los fieles recibirán la recompensa que el Señor prometió, o sea, la vida eterna, ya que nadie puede recibirla sin llegar a ser “hacedor de la palabra” (Sant, 1:22), valeroso y obediente a los mandamientos del Señor;

Y nadie puede ser hacedor de la palabra sin llegar primero a ser oidor. Y no se llega a ser oidor permaneciendo ociosamente a la espera de migajas de información y conocimiento que puedan recibirse por casualidad; hay que investigar, estudiar, orar y comprender. El Señor dijo: “Y aquel que no recibe mi voz, no conoce mi voz, y no es mió” (D. y C. 84:52).

Además del constante aliento y las exhortaciones que recibimos de nuestros actuales líderes de la Iglesia, los profetas antiguos parecen gritarnos desde casi cada una de las páginas de las Escrituras, instándonos a que estudiemos la palabra del Señor que se encuentra en ellas. . .las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús.” (2 Tim. 3:15.) Pero no siempre oímos y sería conveniente que nos preguntásemos porqué.

Muchas veces parecería que las tomáramos con ligereza, ya que no apreciamos completamente el raro privilegio que tenemos de poseerlas, y lo bendecidos que somos porque tenemos la oportunidad de leerlas. Parece que nos hemos conformado tan cómodamente a nuestras experiencias mundanas y hemos llegado a acostumbrarnos de tal forma a oír el evangelio, que nos es difícil imaginar que pudiera ser de otra forma.

Pero debemos comprender que hace solamente 15.6 años que el mundo emergió de la larga noche de oscuridad espiritual que llamamos la gran apostasía. Debemos comprender algo de la profundidad de esas tinieblas que prevalecieron antes del día primaveral de 1820, cuando el Padre y el Hijo aparecieron a José Smith; esa oscuridad había sido prevista por el profeta Nefi y él la describe como “ese horrible estado de ceguedad” que sobrevino cuando le fue quitado al hombre el evangelio. (Véase 1 Nefi 13:32.)

Cuando el Libro de Mormón fue publicado en 1830, los restos de los pueblos cuya historia relata, habían permanecido en el continente americano por más de catorce siglos sin ninguna guía divina. El sagrado registro de sus pueblos había sido sellado para aparecer en esta dispensación del evangelio. Me conmuevo profundamente cuando leo el relato del gran profeta Mormón parado en medio de los últimos momentos de la carnicería y destrucción de su pueblo, los nefitas, en una terrible escena de sangre y matanza; y porque aun cuando sabia, al igual que sucedió con todos los profetas del Libro de Mormón, que la oscura edad de la apostasía debía tener lugar tal como se había profetizado, declaró con angustia en su alma:

“Pues he aquí, el Espíritu del Señor ha dejado de contender con sus padres; y están sin Cristo y sin Dios en el mundo; y son arrojados de un lado para otro como paja que lleva el viento. … Mas ahora, he aquí, Satanás los arrastra como el tamo que se lleva el viento; o como el barco que sin vela, ancla o timón con qué dirigirlo, es juguete de las olas; y así como la nave son ellos.” (Mormón 5:16-18.)

También en el Viejo Mundo la gente se encontraba virtualmente sin ancla, ya que la Iglesia primitiva se había sumido en la apostasía con la muerte de los apóstoles, y aun cuando existían los manuscritos de la Biblia, los mismos se encontraban en manos de unos pocos hombres que carecían de inspiración divina. Fue durante estos tiempos que muchas de las partes más preciosas de la Biblia se perdieron. (Véase 2 Nefi 13:28,32.)

Somos peregrinos sobre esta tierra, enviados aquí con la misión de llevar a cabo una gran obra, para la cual necesitamos la guía del Señor. El hecho de que yo no naciera en los tiempos de la oscuridad espiritual en los cuales los cielos estaban silentes y el espíritu retirado, llena mi alma de gratitud. En verdad, el estar sin la palabra del Señor que nos dirija, es como ser vagabundo en un vasto desierto sin contar con señales que nos guíen, o como si nos encontráramos en una oscura caverna sin la luz necesaria para conducirnos al camino de salida.

Durante la guerra de Vietnam, algunos miembros de la Iglesia fueron hechos prisioneros y mantenidos en casi total aislamiento. No disponían de ningún libro de Escrituras, y más adelante dijeron cuán hambrientos de palabras de verdad estuvieron durante aquellos tiempos; más hambrientos que de alimentos y aun que de la libertad misma. ¡Qué no habrían dado por disponer de unos pocos fragmentos de la Biblia o del Libro de Mormón, que mientras tanto se encontraban acumulando polvo en nuestros estantes! Ellos aprendieron por dura experiencia algo de los sentimientos expresados por Nefi cuando dijo: “Porque mi alma se deleita en las escrituras, y las medito en el corazón y las escribo para la instrucción y beneficio de mis hijos.

He aquí, mi alma se deleita en las cosas del Señor, y mi corazón medita sin cesar lo que he visto y oído.” (2 Nefi 4:15-16.)

En un pasaje de las Escrituras, cuando el profeta Isaías se refiere a la gran apostasía, dice: “Porque Jehová derramó sobre vosotros espíritu de sueño y cerró los ojos de vuestros profetas, y puso velo sobre las cabezas de vuestros videntes.” (Isaías 29:10.)

Sin embargo, inmediatamente Isaías hace referencia directa al fin del oscurantismo y a la aparición del Libro de Mormón:

“Y os será toda visión como palabras de libro sellado, el cual si dieren al que sabe leer, y le dijeres: Lee ahora esto; él dirá no puedo, porque está sellado.” (Isaías 29:11.)

Y fue así que comenzó la obra maravillosa, una obra maravillosa y un prodigio que el Señor prometió que llevaría a cabo. (Véase Isaías 29:14.)

Desde los comienzos de la restauración del evangelio a través del profeta José Smith, más de dieciséis millones de copias del Libro de Mormón se han impreso y distribuido en veintiséis idiomas; y en la actualidad se están preparando más de quince traducciones a otros idiomas; se han imprimido un sinnúmero de Biblias sobrepasando en cantidad a cualquier otra obra; tenemos también Doctrinas y Convenios y la Perla de Gran Precio. Además de tener acceso a esas preciosas obras de escritura, tenemos la oportunidad llevada a un extremo totalmente desconocido en otros tiempos de la historia del mundo, de recibir educación y habilidad para utilizarlas, si es que lo deseamos.

Los antiguos profetas sabían que después de la oscuridad vendría la luz. Nosotros vivimos ahora en esa luz, ¿pero acaso la comprendemos en su plenitud? Teniendo las doctrinas de salvación a nuestro alcance, me temo que hay muchos que todavía se encuentran dominados por un estupor, teniendo ojos que no ven y oídos que no oyen (Romanos 11:8).

A fin de que no fracasemos en el intento de pensar seriamente en lo que he dicho, quisiera hacer una pausa para destacar un error muy común en la mente humana: cuando alguien habla de fidelidad o éxito tenemos la tendencia a pensar inmediatamente en “nosotros”, y cuando se habla de fracaso o negligencia, desasociarnos mentalmente de la situación pensando en “ellos”, pero pido a todos que honestamente evaluemos nuestra actuación personal en el estudio de las Escrituras. Es bastante común ver casos de personas que dominan varios de sus pasajes, de tal forma que se hacen la ilusión de saber mucho acerca del evangelio. En este sentido, el tener un poco de conocimiento puede presentar en realidad un gran problema. Estoy convencido que cada uno de nosotros en algún período de nuestra vida, tiene que descubrir las Escrituras por sí mismo, y no solamente una vez sino redescubrirlas muchas veces.

Respecto a esto, la historia del rey Josías en el Antiguo Testamento, es una de las más apropiadas y creo que una de las mejores que podemos encontrar, Josias tenía sólo ocho años cuando comenzó a reinar en Judá y aún cuando sus progenitores eran extremadamente inicuos, las Escrituras nos dicen que él “hizo lo recto ante los ojos de Jehová y anduvo todo el camino de David, su padre, sin apartarse a derecha ni izquierda” (2 Reyes 22:2), Esto es aún más sorprendente cuando nos enteramos que por esa época (solo dos generaciones antes de la destrucción de Jerusalén, en el 587 A. de J.) se había perdido la ley escrita de Moisés, que era virtualmente desconocida aun entre los sacerdotes del templo.

Pero en el año decimoctavo de su reinado, Josias dio órdenes para la reconstrucción del templo; en ese tiempo, Hilcías, el sumo sacerdote, encontró el libro de la ley que Moisés había colocado en el arca del convenio y se lo llevó al rey.

Cuando se le leyó el libro de la ley, Josias “desgarró sus ropas” y se lamentó delante del Señor:

“.. .porque grande es la ira de Jehová que se ha encendido contra nosotros, por cuanto nuestros padres no escucharon las palabras de este libro para hacer conforme a todo lo que nos fue escrito.” (2 Reyes 22:13.)

El rey leyó entonces el libro delante de todo el pueblo y en ese momento hicieron el convenio de obedecer todos los mandamientos del Señor, “con todo el corazón y con toda el alma, y que cumplirían las palabras del pacto que estaban escritas en aquel libro” (2 Reyes 23:13). Entonces el rey Josias procedió a limpiar el reino de Judá quitando todos los ídolos, destruyendo los bosques sagrados, los altares y todas las abominaciones que se habían acumulado durante los reinados de sus padres, y con los que se habían prostituido su país y su pueblo. Después de esto, observó una solemne pascua, cosa que no se había hecho desde los tiempos de Israel y de los reyes de Judá (2 Reyes 23:22) todo esto para que él “. . .cumpliera las palabras de la ley que estaban escritas en el libro que el sacerdote Hilcías había hallado en la casa de Jehová. No hubo otro rey antes de él, que se convirtiese a Jehová de todo su corazón, de toda su alma y de todas sus fuerzas, conforme a toda la ley de Moisés; ni después de él nació otro igual” (2 Reyes 23:24-25).

Creo firmemente que al igual que lo hizo el rey Josias, todos debemos retornar a las Escrituras y permitir que sus enseñanzas obren poderosamente dentro de nosotros, compeliéndonos a una inquebrantable determinación de servir al Señor.

Josias tenía a su disposición solamente la ley de Moisés; en cambio nosotros, contamos con el evangelio de Jesucristo en su plenitud; y cualquier cosa justa que en parte sea buena, en su totalidad produce un gozo perfecto.

El Señor no bromea cuando nos da estas cosas, porque “a quien se le haya dado mucho, mucho se le demandará” (Lucas 12:48). Disfrutar de sus bendiciones pone sobre nuestros hombros una gran responsabilidad. Debemos estudiar las Escrituras de acuerdo con el mandamiento del Señor (véase 3 Nefi 23:1-5), y permitir que sus enseñanzas, gobiernen nuestra vida y la vida de nuestros hijos al poseerlas, debemos asegurarnos de cumplir con la responsabilidad de volver nuestros corazones a nuestros amados antepasados, muchos de los cuales soportaron la larga noche de oscuridad para que nosotros pudiéramos existir, y ahora tal vez con más ansias, aún esperan con impaciencia nuestros esfuerzos en beneficio de ellos.

Las enseñanzas del Señor han sido siempre para aquellos que tienen ojos para ver y oídos para oír. La voz es clara e inequívoca, y seguro es el testimonio en contra de aquellos que son negligentes en aprovechar completamente esta gran oportunidad.

Por eso pido a todos hoy, que comencéis a estudiar diligentemente las Escrituras si es que todavía no lo habéis hecho. Tal vez la forma más fácil y eficaz de hacerlo sea participar en el programa de estudio de la Iglesia.

En el programa de estudios para los adultos de la Iglesia, los quórumes del sacerdocio de Melquisedec y las clases de doctrina del evangelio de la Escuela Dominical, se estudian los libros canónicos en forma rotativa. Durante un lapso de ocho años, se estudia completamente el Antiguo Testamento, la Perla de Gran Precio, el Nuevo Testamento, el Libro de Mormón y Doctrinas y Convenios. Esperamos que todos apoyéis este estudio de las Escrituras para darle un mayor énfasis y asegurar que este bien correlacionado programa de la Iglesia no se vea disminuido con lecturas o asignaciones de estudios que provoquen desconcierto. Cada una de las obras, canónicas debe estudiarse intensamente en el año que le corresponde.

Este mes comenzamos a estudiar el Libro de Mormón; la Escuela Dominical lo presenta en su contenido histórico y cronológico y los quórumes del sacerdocio consideran las mayores obligaciones doctrinales y sacerdotales. Para el mes de agosto ya estudiaremos desde primer Nefi hasta Alma 29, y el resto del libro se estudiará en el período correspondiente a 1977-78.

Os invitamos a uniros a nosotros en esta excelente oportunidad, porque bien lo dijo el profeta José Smith: “El Libro de Mormón es el libro más correcto que se encuentra sobre la tierra y la piedra angular de nuestra religión, y cualquier hombre puede acercarse más a Dios por sus preceptos que por los de ningún otro libro”.

Os aseguro que seréis bendecidos y enriquecidos por su contenido, ya que fue escrito para nuestra época para “los la-manitas, quienes son un resto de la casa de Israel, y también a los judíos y a los gentiles.” Este es un hecho puesto de manifiesto en varias ocasiones por sus autores principales: Nefi, Mormón y Moroni. Aun cuando variadas son las formas en que podemos beneficiarnos con este libro, su principal mensaje y el más valioso que podamos recibir aparte de la historia de guerra y de paz, tal vez continúe siendo el de que Jesús es el Cristo, el Redentor del mundo.

Que con un profundo espíritu de oración podamos leer todos el Libro de Mormón, estudiarlo cuidadosamente, y recibir el testimonio de su divinidad, porque el Salvador mismo dijo de él: “. . . como vive vuestro Señor y vuestro Dios, es verdadero” (D. y C. 17:6).

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Presupuesto y administración personal

5 de abril de 1975
Presupuesto y administración personal
por el élder Marvin J. Ashton
del Consejo de los Doce Apóstoles

Marvin J. Ashton1

Si deseamos vivir plena y abundantemente, y con felicidad en el mundo actual, es esencial que llevemos a cabo una adecuada administración del dinero con que contamos. Creo firmemente que las siguientes ideas podrán ayudarnos a todos a mejorar la administración financiera, tanto personal como familiar.

  1. Enseñad a los miembros de la familia, tan pronto como sea posible, la importancia del trabajo y de ganarse el sustento propio. “Con el sudor de tu rostro comerás el pan” (Gen. 3:19), no constituye de ninguna forma un mandamiento pasado de moda, sino que por lo contrario, es fundamental para el bienestar personal.

Uno de los favores más grandes que los padres pueden hacer a sus hijos, es el de enseñarles a trabajar e inculcarles clamor por la labor honesta. Mucho es lo que se ha hablado del tema de las asignaciones monetarias para los hijos; las opiniones así como las recomendaciones, varían grandemente al respecto. En lo que me es personal, creo que los niños deben ganarse el dinero que reciben mediante la realización de servicios y adecuadas obligaciones; considero que es una desgracia para el niño, crecer en un hogar donde por las prácticas existentes, desarrolle el concepto de que existe un árbol familiar de donde se saca el dinero, y que de tanto en tanto —ya sea semanal o mensualmente— deja caer automáticamente todo el que se necesita.

  1. Enseñadles a tomar decisiones relacionadas con la administración del dinero. Los niños deben aprender estas lecciones a un nivel de razonamiento que puedan comprender sin problemas. “Ahorra dinero” constituye una declaración o pedido sin significado tangible por parte de los padres hacia el hijo; pero si en lugar de hacerlo de modo tan abstracto, le dijéramos: “Ahorra dinero para una misión; para comprarte una bicicleta; un vestido o unos pantalones”, le ayudaríamos a comprender la razón y el motivo del ahorro.

Uno de los orígenes de la unidad familiar podría ser determinado por el esfuerzo del ahorro común, llevado a cabo con un propósito conjunto. El esfuerzo que en nuestro hogar ha realizado un niño para cumplir con un objetivo determinado, ha constituido siempre un elemento unificador de la familia; en esas ocasiones, cuando el niño lograba la suma estipulada, nosotros los padres, agregábamos un porcentaje estipulado, sistema similar al de la Iglesia en los asuntos financieros relacionados con la construcción de capillas para los barrios y estacas. Seguir leyendo

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La decisión matrimonial

Liahona Julio de 1974.

La decisión matrimonial

Spencer W. Kimballpor el presidente Spencer W. Kimball

Tomado del discurso pronunciado durante la Conferencia de Área en Estocolmo, Suecia, llevada a cabo en el mes de agosto de 1974.


Al allegarnos a vosotros en esta oportunidad y encontrarnos en pleno desarrollo tanto físico como espiritual, aspiramos para vosotros, no el oro del mundo, ni tierras, ni casas de indescriptible hermosura, ni ninguno de los otros tesoros de la tierra, sino lo que el gran padre David deseó para su hijo; y lo que es más importante aún, lo que el sabio hijo deseó para sí mismo al acercarse al día de su mayor oportunidad. El padre, el rey David, oró al Señor de la siguiente manera:

“Asimismo da a mi hijo Salomón corazón perfecto, para que guarde tus mandamientos, tus testimonios y tus estatutos, y para que haga todas las cosas…” (1 Crónicas 29:19.)

¿Podríamos hablar hoy del matrimonio y de vuestra vida en general? Quisiera comenzar diciendo que el matrimonio es una parte vital de la existencia humana. El Señor ha dicho: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Génesis 2:24), continuando con la siguiente expresión: “. . . Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra y sojuzgadla. . .” (Génesis 1:18). De ese modo quedó establecido el futuro de cada hombre y mujer normales. El Señor espera por lo tanto, que cada persona normal encuentre un compañero con el cual se una en matrimonio y que esta unión les proporcione los hijos para que con ellos vivan en amor y felicidad.

Hace poco conocí a un joven de 35 años de edad que había sido misionero catorce años atrás, y que a pesar del tiempo transcurrido, continuaba impertérrito con respecto a la idea del casamiento, llegando aun a reírse del asunto. Pena es lo que voy a sentir por ese joven cuando llegue el día en que tenga que enfrentarse con el Gran Juez, y cuando el Señor le pregunte: “¿Dónde está tu esposa?” Todas las excusas que les dio a las personas en la tierra, le parecerán entonces ínfimas y sin valor. “Estaba muy ocupado con otros asuntos”, o “consideré que primero tenía que prepararme con una carrera o un oficio”, o “no pude encontrar la joven que pudiera ser mi esposa”; todas serán respuestas huecas y sin valor de apelación. Él sabe que debe encontrar una esposa, que debe casarse y hacer feliz a la compañera de su vida. Sabe que tiene la responsabilidad de ser padre y de proveer para sus hijos el mejor hogar y las mejores experiencias de la vida, de acuerdo a sus posibilidades, a medida que la familia y el hogar se vayan desarrollando. Sabe todo eso, pero aun así, pospuso el cumplimiento de su responsabilidad. Por lo cual os decimos a todos vosotros, sin importar el país en el que tenéis vuestro hogar o las costumbres que en el mismo prevalezcan, que vuestro Padre Celestial espera que os caséis por la eternidad y que crieis una familia buena y fuerte.

El plan del Señor ha sido siempre que el hombre y la mujer se encuentren y formen una unidad familiar feliz, que sean fieles el uno con el otro y se mantengan siempre limpios y dignos.

El Señor podría haber organizado su mundo sin tener que recurrir a este programa de propagación; podría haber llenado el mundo de cuerpos humanos físicos de alguna otra forma que la establecida, recurriendo tal vez a algún proceso de incubación; pero es evidente que él solo proceso de llenar la tierra de seres humanos no constituyó en modo alguno el gran objetivo del Señor. Comprendemos, por lo tanto, que El planeó que toda criatura naciera en un ambiente donde encontrara un padre y una madre, que deberían amar y enseñar al hijo en justicia y pureza, preparándole para que llegue a ser como el Padre Celestial. El Señor nunca tuvo la intención de que el ser humano dedicara gran parte de su vida a un estado de neutralidad social y biológica, manifestado en el celibato. En un momento razonable especificado por la evolución personal de cada individuo, decidió que todo joven y jovencita encontrara el cónyuge correspondiente de acuerdo a su personalidad, y que llegaran a convertirse en los mejores compañeros. El Señor no aprueba, por lo tanto, las largas esperas para llegar al matrimonio.

Aun cuando la mayor parte de los jóvenes no disponen en este momento de templos en sus propias comunidades, los mismos se encuentran, generalmente, a distancias razonables. Durante los tiempos de mi juventud, los santos debían viajar entre 1000 y 1200 kilómetros para sellar sus casamientos en el templo.

Sinceramente espero que cuando hayáis cumplido con vuestro cortejo, podáis planear vuestra luna de miel de tal forma que os alleguéis al templo más cercano de la Iglesia donde podáis sellaros por la eternidad, para que de esa forma vuestros hijos os pertenezcan para siempre y vosotros seáis sus padres eternos, unidos todos por el convenio del matrimonio eterno. Seguir leyendo

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El convenio sacramental

Junio de 1976
El convenio sacramental
por élder Melvin J. Ballard
miembro del Consejo de los Doce

Melvin J. Ballard“A asistir a la reunión sacramental progresamos espiritualmente.” El Señor mismo reveló a los Santos de los Últimos Días el sagrado convenio del sacramento con sus concomitantes bendiciones, el que renovamos cada vez que consagramos los emblemas del cuerpo herido y la sangre derramada de Jesucristo por nosotros. Por mi parte, aprecio hasta donde me es posible entenderlo, la naturaleza sagrada del convenio que nosotros, como miembros de la Iglesia, renovamos al participar de estos santos emblemas. Al participar de la Santa Cena, tengo presente que al hacerlo, manifestamos ante el Padre que recordamos a su Hijo y que hacemos el convenio de guardar sus mandamientos.

Nuestro Padre Celestial ha dispuesto que nos reunamos, no sólo de vez en cuando sino frecuentemente, con el objeto de renovar nuestro convenio, de guardar sus mandamientos y volver a tomar el nombre de Jesucristo sobre nosotros; siempre he considerado este bendito privilegio como un medio de progreso espiritual, pues pienso que no hay nada tan fructífero para alcanzar este fin como participar dignamente de la Santa Cena del Señor.

Ingerimos alimentos para vigorizar nuestro cuerpo físico, y si no lo hiciéramos nos debilitaríamos hasta llegar a enfermarnos; es igualmente necesario para nuestro cuerpo espiritual que obtengamos del sacramento el alimento espiritual necesario para nuestra alma.

Si se nos diera el alimento físico únicamente en ciertas y determinadas ocasiones y en lugares específicos, todos acudiríamos allí puntualmente. Hemos oído que durante 1as grandes guerras, en muchos sitios hubo que alimentar a la gente mediante el sistema de distribución de tarjetas de racionamiento para obtener los artículos de primera necesidad, las que se otorgaban por previa solicitud en determinados lugares; en esas ocasiones, la gente debía esperar en largas filas para llegar a obtener los alimentos necesarios, y todos acudían sin falta a la hora y el lugar señalados. Si nos diésemos cuenta en forma cabal de la necesidad del alimento espiritual para el alma y llegásemos a experimentarla, acudiríamos sin falta a buscarlo.

No obstante, debemos llegar hasta la mesa sacramental con verdadera hambre. SÍ fuésemos sin ningún apetito a un banquete donde se sirvieran los más exquisitos manjares de la tierra, los mismos no tendrían ningún atractivo para nosotros; por lo tanto, al acudir a la mesa de la Santa Cena, debemos ir con verdadera hambre y sed de justicia y de progreso espiritual.

Ahora bien, ¿cómo podemos llegar a experimentar hambre espiritual? ¿Quién de nosotros no lesiona en alguna forma su espíritu por medio de la palabra, el pensamiento o la acción, de domingo a domingo? Cierto es que hacemos cosas que lamentamos y por las cuales deseamos ser perdonados, tal como ofender a otras personas. Si sentimos pesar en el corazón por el error cometido, si sentimos en el alma que deseamos ser perdonados, entonces, el medio para obtener el perdón no es repetir el convenio del bautismo ni la confesión al hombre, sino arrepentimos de nuestros pecados e ir a aquellos a quienes hayamos ofendido y obtener su perdón; después, debemos acudir a la mesa sacramental donde, si hemos seguido con toda sinceridad los pasos del arrepentimiento, seremos perdonados y la cura espiritual se verificará en nuestra alma. Es un sentimiento que invade todo nuestro ser. Yo doy testimonio de que hay un espíritu que acompaña el servicio de la Santa Cena y que infunde un sentimiento de calidez al alma toda, de la cabeza a los pies; se experimenta entonces el alivio de las cargas al sentirse que se sanan las heridas del alma. El consuelo y la felicidad empapan el alma digna y deseosa de participar de este alimento espiritual. ¿Por qué razón no vamos tocios hasta la mesa sacramental? ¿Por qué no vamos regularmente al servicio de la Santa Cena a participar de sus emblemas y adorar en esta forma a nuestro Padre, en el nombre de su Hijo amado? Sencillamente porque no sabemos apreciarlo, porque no sentimos la necesidad de esta bendición o quizá, porque no nos sentimos dignos de participar de estos emblemas. Seguir leyendo

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Una iglesia de conversos

Liahona Junio de 1976

Una iglesia de conversos

Spencer W. Kimballpor el presidente Spencer W. Kimball


Son pocas las cosas en que puedo pensar que sean de más utilidad para todos los miembros adultos de la Iglesia, que la firme resolución de leer y estudiar profundamente las Escrituras.

Esto causaría un gran impacto en nuestra vida, nuestro hogar, el matrimonio, nuestros hijos, nuestros llamamientos y trabajos en la Iglesia. En nuestras reuniones y clases se sentirla un espíritu de testimonio mucho más fuerte, y nuestra comprensión de las doctrinas y principios del evangelio también lo serían. Al tener un mejor entendimiento de estas doctrinas, trataríamos de aplicar sus principios eternos y de salvación en nuestra vida.

A través de los años, he aprendido que, si decididamente perseguimos esta digna meta personal en una forma determinada y consciente, de hecho encontraremos respuestas a nuestros problemas y tendremos paz en nuestro corazón. Podremos ver cómo el Espíritu Santo aumenta nuestro entendimiento; cómo nos ayuda a encontrar un nuevo significado, y nos muestra una nueva perspectiva de las Escrituras. De este modo la doctrina del Señor tendrá mucho más significado del que jamás hubiéramos podido pensar, y como consecuencia tendremos mayor sabiduría, con la cual podremos guiarnos nosotros mismos y dirigir a nuestra familia, para que podamos servir como una luz y fuente de fortaleza a los amigos que no son miembros de la Iglesia, y con quienes tenemos la obligación de compartir el evangelio.

‘’Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí’” (Juan 5:39.)

Recuerdo que cuando era joven quedaba muy impresionado al leer las conmovedoras narraciones de los antiguos apóstoles y de otros hermanos. Cuando era tan sólo un niño y aún no era diácono, solía subir las escaleras que conducían al desván de nuestra casa. Allí, en aquel oscuro y tosco cuarto, noche tras noche, leía la Biblia a la luz de una lámpara de queroseno; recuerdo cómo se emocionaba mi alma al leer las epístolas de Pedro, ese poderoso y selecto líder, ese hombre de fe, conocimiento, integridad, sentido de compasión y comprensión humanas tales, que sobresale como uno de los más admirables líderes y profetas de todos los tiempos.

Al leer estas antiguas narraciones, ¿os habéis imaginado a vosotros mismos allí, con Pedro y Juan, cuando cierto día iban a entrar en el templo?

Había allí “un hombre cojo de nacimiento, a quien ponían cada día a la puerta del templo que se llama la Hermosa, para que pidiese limosna de los que entraban en el templo”. Cuando éste vio a Pedro y a Juan, les pidió una limosna, pero Pedro, “fijando en él los ojos, le dijo: Míranos.

Entonces él les estuvo atento, esperando recibir de ellos algo.

Mas Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.

Y tomándole por la mano derecha le levantó; y al momento se le afirmaron los pies y los tobillos” (Véase Hechos 3:1-7)

“Lo que tengo.” Todos nosotros debemos considerar cuidadosamente estas palabras. ¿Tenemos nosotros también algo que necesitamos compartir? ¡Sí! Tenemos el evangelio de Jesucristo, el evangelio de paz, el evangelio de gozo. Tenemos verdades que pueden hacer mejor a cualquier persona, más feliz y amoroso a cualquier matrimonio, verdades que pueden hacer que cualquier hogar sea más celestial. Tenemos el poder del Sacerdocio de Dios para bendecir nuestro hogar, nuestra vida y la vida de otras personas. Sí, es a nosotros mismos, nuestros hogares, nuestros quórumes, nuestras clases, nuestras asignaciones en la Iglesia, que debemos llevar con más fuerza aquellas cosas que hemos recibido. Y ahora se nos pide que digamos a nuestro prójimo que no sea miembro de la Iglesia: “Lo que tengo te doy”. El Señor nos ha dado este mandamiento y debemos esforzarnos por cumplirlo. Seguir leyendo

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Como una madre

Mayo de 1976
Como una madre
por Ardeth G. Kapp

Ardeth G. Kapp.El presidente de la estaca me envió para que hablara con usted. Dijo que usted podría comprender mi problema ya que tampoco tiene hijos.” El tono de su voz denotaba cierto resentimiento, mientras permanecía hablando en la puerta de mi casa. Aun cuando en ese momento éramos dos perfectas desconocidas, reconocí inmediatamente que ese resentimiento era una especie de cortina de humo para ocultar un corazón desesperado. Durante las horas que siguieron a esa presentación, ella me expresó sus sentimientos más íntimos; lloró, mientras hablaba de las bendiciones que le habían sido negadas por la imposibilidad de tener hijos.

Aunque había llegado a mi casa como una completa extraña, nos convertimos en hermanas, compartiendo nuestras profundas preocupaciones personales; me sentí enormemente agradecida de que el presidente de la estaca hubiera tenido la inspiración de dirigir hacia mi hogar a esa sensible jovencita. Cuando se retiraba, se volvió para mirarme y después de un breve momento de silencio, dijo en un tono de gratitud: “El presidente de la estaca tenía razón; usted comprende. Gracias”.

Me sentí feliz de haber sido capaz de aliviar los dolores y problemas ajenos, ya que comprendía perfectamente la aflicción de esa joven. Al verla partir y desaparecer a lo largo de la calle, recordé un pensamiento que oí una de vez de labios del élder Neal A. Maxwell, Ayudante del Consejo de los Doce:

“Cada vez que navegamos seguros por este angosto camino, hay otras naves que se encuentran pérdidas o casi perdidas, pero que pueden encontrar el camino con la ayuda de nuestra luz.” (Discurso presentado durante una charla en la Universidad de Brigham Young.)

No siempre conté yo con esta comprensión, esta luz; en realidad, en varias oportunidades existió en mi vida la bruma de la oscuridad. Pero aun esas brumas son parte necesaria de nuestra vida.

“Existen condiciones de inseguridad, dificultades, tentaciones e incertidumbre y aun así, éstos son ingredientes que le dan su profundo significado a la mortalidad. Porque sólo bajo esas condiciones, es posible que el hombre pueda alcanzar sus logros, investigar, y anhelar lo suficiente como para desarrollarse espiritualmente.” (Bruce C. Hafen, profesor adjunto de Derecho en la Universidad de Brigham Young.) Podemos lograrlo, es posible, pero hubo épocas durante los años pasados, cuando en realidad dudé de que así fuera.

Un momento típico de confusión tuvo lugar un domingo por la mañana de hace algunos años. La Escuela Dominical era para mí una ocasión de regocijo, excepto en el Día de la Madre. En esas oportunidades me sentía profundamente triste porque no podía ser madre. Pero ese año en especial, me propuse que todo sería diferente.

Durante la reunión se les pidió a todas las madres que se pararan, y a cada una de ellas se le entregó una flor. La música del órgano podía oírse suavemente a medida que las jovencitas se movían con agilidad entre los bancos de la capilla, pasando las flores a lo largo de las filas, para las madres que aún permanecían paradas. Ese año me había prometido ser más valiente que los anteriores, pero a medida que cada madre recibía su pequeño regalo y las jovencitas se aproximaban a mi fila, volvieron a mí los sentimientos que tan bien conocía. Nuevamente deseé no haber ido a la Escuela Dominical, por lo menos en esa oportunidad. Seguir leyendo

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