No lo digas a nadie

Diciembre de 1989
No lo digas a nadie
por el presidente Thomas S. Monson
de la Primera Presidencia

Thomas S. MonsonEl servicio caritativo dado en forma anónima tal vez pasará inadvertido para el hombre, mas la dádiva y quien la otorga serán
reconocidos por Dios.

Hace un tiempo, me acerqué al mostrador de información de un hospital para averiguar el número de habitación de un paciente a quien deseaba visitar. El edificio del hospital estaba siendo ampliado, y detrás del mostrador, contra la pared, colgaba una enorme placa en la que se leía una inscripción de agradecimiento a los benefactores que mediante sus contribuciones monetarias habían hecho posible esa ampliación. Los nombres de aque­llos que habían donado cien mil dólares figuraban en forma notoria en placas individuales de bronce, cada una sujeta a la placa principal con una elaborada cadena.

Los nombres eran bien conocidos. Renombradas figuras del comercio, magnates de la industria, cate­dráticos; todos ellos figuraban allí. Sentí agradeci­miento por su caridad. De pronto, mi vista se detuvo en una placa distinta, en la que no había ningún nombre grabado. Apenas una palabra; «anónimo». Sonreí interiormente y me pregunté quién sería el benefactor desconocido. De seguro que él o ella ha­bría experimentado una satisfacción totalmente dife­rente a la de los demás.

Entonces mis pensamientos se dirigieron hacia el pasado, hacia la Tierra Santa, hacia aquel a quien honramos en esta Navidad, aquel que en el monte enseñó a sus discípulos el verdadero espíritu de abne­gación cuando les dijo:

«Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos . . . mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu dere­cha.» (Mateo 6:1, 3.)

Entonces, como para dejar indeleblemente grabada en sus almas la aplicación práctica de tan sagrada verdad, descendió del monte seguido por una gran multitud:

«Y he aquí vino un leproso y se postró ante él, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme.
«Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo:
Quiero; sé limpio. Y al instante su lepra desapareció.
«Entonces Jesús le dijo: Mira, no lo digas a nadie.» (Mateo 8:2-4.)

La palabra anónimo tenía en ese en­tonces un valioso significado, y todavía lo tiene.

Cuando el soberbio buque de pasajeros Lusitania se hundió en las aguas del Atlántico, en 1915, llevó consigo muchas vidas. Numerosos y poco sabidos son muchos de los actos de valor puestos de manifiesto por aquellos que perecieron. Una de tales heroicas personas se ahogó en las profundidades del océano al dar su salvavidas a una mujer, aun cuando él mismo no sabía nadar. Ninguna importancia tenía el hecho de que fuera Alfred Vanderbilt, el famoso multimillonario estadounidense. No se trataba de la entrega de un tesoro mundano, sino de ofrecer su propia vida. Fue Emerson quien dijo: Seguir leyendo

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La navidad no se compra en la tienda

La navidad no se compra en la tienda

Jeffrey R. Hollandpor el élder Jeffrey R. Holland
del Quorum de los Doce Apóstoles

Parte del propósito de narrar el relato de la Navidad es para recordarnos que ésta no se com­pra en la tienda. Es más, no obstante cuán grande sea el deleite que nos brinde, aun de niños, cada año va cobrando mayor significado; y no importa cuántas veces leamos el relato bíblico de esa noche en Belén, al hacerlo, siempre acuden a nuestra mente uno o dos pen­samientos en los cuales no habíamos reparado antes.

Hay tantas lecciones que se pueden aprender del sagrado relato del nacimiento de Cristo, que siempre vacilamos al hacer hincapié en una en particular, sin considerar todas las demás. Perdónenme si hago exacta­mente eso.

Al principio los pastores tuvieron «gran temor» cuando los ángeles les proclamaron el nacimiento de Jesús; pero al regocijarse con las «nuevas de gran gozo», se convirtieron en los primeros testigos del «niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre» (véase Lucas 2:8-16).

Una impresión que siempre he tenido es que éste es un relato de intensa pobreza. Me pregunto si Lucas no quiso darle un significado especial cuando, en vez de escribir “no había lugar en el mesón”, escribió, en forma más específica “no había lugar para ellos en el mesón” (Lucas 2:7; cursiva agregada). No podemos estar segu­ros, pero pienso que en esa época, al igual que en la nuestra, con dinero se podían conseguir los favores que se quisieran. Creo que si José y María hubieran sido per­sonas influyentes o de dinero, habrían encontrado aloja­miento, aun en esa época tan ocupada del año.

Me pregunto si la Traducción de José Smith de Lucas 2:7 [este versículo no fue traducido al español] no sugiere también que ellos no conocían a ninguna per­sona influyente, al decir que no había nadie que les diera un cuarto en el mesón.

No estamos muy seguros de la intención del historia­dor, pero lo que sí sabemos es que estos dos seres eran sumamente pobres. Para la ofrenda de purificación que los padres hacían después del nacimiento de un niño, un par de tórtolas substituyeron al cordero, algo que el Señor había permitido en la ley de Moisés para aliviar la carga de los que eran muy pobres (véase Levítico 12:8).

Los Reyes Magos llegaron más tarde llevando consigo obsequios que le añadieron algo de esplendor y riqueza a la ocasión. Pero es importante destacar que ellos prove­nían de un lugar distante, probablemente de Persia, un viaje de varios cientos de kilómetros por lo menos. Y a no ser que lo hubieran comenzado mucho antes de que apareciera la estrella, no les hubiese sido posible llegar la misma noche del nacimiento del niño. En verdad, Mateo registró que cuando ellos llegaron, Jesús era un “niño” y la familia vivía en una “casa” (Mateo 2:11).

Quizás este hecho proporcione una importante dis­tinción que debemos recordar durante la época de festi­vidades navideñas. Tal vez todo lo de comprar regalos y el confeccionarlos, envolverlos y decorarlos debería separarse, aunque fuera un poco, de los momentos tran­quilos y personales en los cuales se reflexiona acerca del significado del Niño (y de Su nacimiento), quien nos inspira a dar esos obsequios.

El oro, el incienso y la mirra se ofrecieron humilde­mente y se recibieron con agradecimiento. Y de esa misma manera debemos hacerlo nosotros, todos los años y siempre. Mi esposa y mis hijos podrán decirles que nadie es más pueril cuando se trata de dar y recibir pre­sentes que yo; pero precisamente por esa razón, al igual que ustedes, necesito recordar la escena sencilla y de extrema pobreza de una noche sin oropeles ni presentes, desprovista de las cosas materiales de este mundo. Solamente cuando comprendamos a ese único, sagrado y sencillo objeto de nuestra devoción, el Niño de Belén, sabremos por qué es tan apropiado el dar regalos.

Como padre, he pensado muchas veces en José, ese hombre fuerte y silencioso, casi desconocido, que debió de haber sido el más digno de todos los mortales para ser el padre adoptivo del Hijo viviente de Dios. Fue José el elegido entre todos los hombres para enseñar a trabajar a Jesús; fue José quien le enseñó los libros de la Ley; fue José quien, en la soledad del taller, le ayudó a comenzar a comprender quién era Él y lo que llegaría a ser.

Cuando nació nuestro primer hijo, yo apenas había terminado mi primer año universitario en la Universidad Brigham Young. Éramos muy pobres, aunque no tanto como José y María. Mi esposa también asistía a la universidad y ambos trabajábamos, además de ser los encarga’ dos de un edificio de apartamentos cerca de la universidad, con el fin de solventar los gastos del alquiler. Teníamos un pequeño Volkswagen cuya batería estaba casi agotada, pero no teníamos dinero para comprar una nueva (ni un nuevo coche ni una nueva batería).

No obstante, cuando me di cuenta de que nuestra noche especial estaba por llegar, creo que hubiera hecho cualquier cosa honorable en este mundo y hubiera hipotecado cualquier futuro para asegurarme de que mi esposa tuviera sábanas limpias, instrumentos esteriliza- dos, enfermeras hábiles y doctores competentes que tra­jeran al mundo a nuestro primer hijo. Si tanto ella como mi hijo hubieran necesitado atención especial en la clí­nica privada más cara, creo que hubiese vendido hasta mi propia vida con tal de conseguirla.

Comparo esa forma de sentir (que he experimentado con el nacimiento de cada uno de nuestros hijos) con lo que José debió de haber sentido al caminar por las calles de una ciudad desconocida, sin amigos ni familiares cerca, sin nadie que estuviera dispuesto a tenderle una mano. En esas últimas y más dolorosas horas de su “con­finamiento”, María cabalgó o caminó aproximadamente ciento sesenta kilómetros, desde Nazaret en Galilea, hasta Belén en Judea. Con toda seguridad, José debió de haber llorado ante la valentía silenciosa de ella. Y solos, sin que nadie se perca­tara de su situación, rechazados por los seres humanos, tuvieron que ir a un establo, al lado de los animales, para dar a luz al Hijo de Dios.

Me pregunto cómo se ha de haber sentido José al limpiar el estiércol y la basura del lugar; me pregunto si se le llenaron los ojos de lágrimas al tratar apresuradamente de encontrar la paja más limpia y retirar a los animales hacia un lado. Me pregunto si él pensaría: “¿Habrá cir­cunstancias más insalubres, más propensas a las enferme­dades y más despreciables en las que pueda nacer un niño? ¿Es éste un lugar digno de un rey? ¿Se debe esperar que la madre del Hijo de Dios entre en el “valle de som­bra de muerte” (Salmos 23:4) en un lugar tan pestilente y extraño como ése? ¿Está mal desear que ella tenga un poco de comodidad? ¿Es correcto que El nazca aquí?” Pero estoy seguro de que José no murmuró ni María se quejó. Ellos tenían un gran conocimiento e hicieron lo mejor que pudieron bajo las circunstancias.

Esos padres tal vez supieran aun entonces que tanto en el principio de Su vida terrenal, al igual que hasta el final de la misma, ese pequeño niño que les había nacido tendría que descender hasta lo más profundo del sufri­miento y la desilusión humanos. Él lo haría con el fin de ayudar a aquellos que sintieran que también habían nacido sin ninguna oportunidad en la vida.

He pensado también en María, la mujer más favore­cida de todas en la historia del mundo, a quien, siendo todavía una jovencita, se le apareció un ángel que pro­nunció las palabras que cambiarían no solamente su pro­pia vida sino la de toda la humanidad: “!Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres” (Lucas 1:28). La naturaleza de su espíritu y la profundidad de su preparación se pusieron de manifiesto en su respuesta, la cual demuestra madurez e inocencia a la vez: “He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra” (Lucas 1:38).

Es aquí donde vacilo, donde trato de comprender lo que siente la madre que sabe que ha concebido un alma viviente, que siente que la vida comienza a crecer den­tro de su vientre, mientras espera el momento del alum­bramiento. En esos momentos, los padres se hacen a un lado y observan, pero las madres nunca se olvidan de lo que les ha pasado. Nuevamente, pienso en las palabras que con tanto cuidado escribió Lucas acerca de la sagrada noche en Belén:

“Y aconteció que… se cumplieron los días de su alumbramiento.

“Y dio a luz a su hijo primogénito, y [ella] lo envolvió en pañales, y [ella] lo acostó en un pesebre” (Lucas 2:6-7; cursiva agregada).

Esos sencillos pronombres resuenan en nuestros oídos, para hacernos saber que, solamente después del niño mismo, María es la figura principal, la majestuosa reina, la madre de madres, que ocupa el lugar más importante en éste, el más grandioso momento de toda la historia del mundo. Y esos mismos pronombres hacen resonar en nuestros oídos que, salvo por su amado esposo, ella se encontraba muy sola.

Me he preguntado si esta joven, en cierta forma una niña ella misma, al traer al mundo a su primer bebé, no hubiera deseado que su madre, una tía o una hermana hubieran estado a su lado durante el parto. No hay lugar a dudas de que el nacimiento de un hijo como éste mere­cía la atención y el auxilio de todas las parteras de Judea. Nuestro deseo habría sido que alguien le hubiera soste­nido la mano, le hubiera refrescado la frente y, cuando ese momento tan difícil hubiera pasado, que la hubieran hecho descansar entre sábanas limpias y frescas.

Pero no había de ser así. Sólo con la ayuda inexperta de José, ella sola trajo al mundo a su primer hijo, lo envolvió en pañales que prudentemente había llevado consigo en el viaje y quizás lo acostó en una almohada de heno.

Entonces, de ambos lados del velo, una multitud de huestes celestiales irrumpió: «¡Gloria a Dios en las altu­ras, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hom­bres!” (Lucas 2:14). Pero, con excepción de esos testigos celestiales, los tres se encontraban solos: José, María y el pequeño niño llamado Jesús.

En este punto crítico de la historia de la raza humana, un punto iluminado por una nueva estrella que había aparecido en los cielos especialmente para ese propósito, es muy probable que ningún otro mortal haya presen­ciado este suceso; nadie, sólo un pobre y joven carpin­tero, una hermosa madre virgen y unos silenciosos animales de campo que carecían del poder para expresar el carácter sagrado de lo que habían presenciado.

Pronto llegarían los pastores y, más adelante, los reyes magos desde el Oriente. Pero al principio y para siempre sólo hubo esa pequeña familia, sin juguetes, árboles u oropeles. Con un niño pequeño… así es como comenzó la Navidad.

Es por ese niño que debemos exclamar al unísono: “Escuchad el son triunfal de la hueste celestial… nació Cristo en Belén… De tu trono has bajado y la muerte conquistado para dar al ser mortal nacimiento celestial” (Himnos, No. 130).

Quizás al recordar las circunstancias de ese don, de Su propio nacimiento y de Su niñez, tal vez al recordar la pureza, la fe y la sincera humildad que se requerirán de toda alma celestial, Jesús habrá dicho muchas veces al mirar a los ojos de los niños que le amaban (ojos que siempre pudieron ver qué y quién era El en realidad): “…si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mateo 18:3).

La Navidad es, por lo tanto, para los niños “de todos las edades”. Supongo que ésa es la razón por la que mi villancico navideño favorito es una canción para los niños que canto con más emoción que ninguna otra:

Jesús en pesebre, sin cuna, nació;
Su tierna cabeza en heno durmió…
Te amamos, oh Cristo, y mírame, sí,
aquí en mi cuna, pensando en ti…
Te pido, Jesús, que me guardes a mí,
amándome siempre, como te amo a ti.
A todos los niños da tu bendición,
y haznos más dignos de tu gran mansión.
(Himnos, No, 125.)

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Regalos y bendiciones de la Navidad

Regalos y bendiciones de la Navidad

Thomas S. Monsonpor el presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

“¿Qué recibiste para la Navidad [o para el día de los Reyes]?” Esa es la pregunta universal que se hacen los niños durante los días subsiguientes al feriado más celebrado del año. Una pequeña quizás diga: “Una muñeca, un vestido nuevo y un juego”. Un niño quizás responda: “Una navajita, un tren y un camión con luces”. Los nuevos regalos se ponen a la vista y se admiran a) alborear la Navidad, luego se les pierde el interés.

Los Reyes Magos que llegaron de tierras muy lejanas para adorar al Niño Dios no ofrecieron presentes de mayor significado que los que nosotros podemos dar generosamente de corazón.

Los regalos que se han adquirido son efímeros. Las muñecas se rompen, los vestidos se gastan y los juegos se vuelven aburridos. Las navajas se pierden, los trenes no hacen nada más que dar vueltas y los camiones se dejan a un lado una vez que las pilas se gastan.

Si cambiamos una sola palabra de nuestra pregunta acerca de la Navidad, el efecto es completamente diferente. “¿Qué obsequiaste para la Navidad?” inspira pensamientos de satisfacción, despierta tiernos sentimientos y hace que el brillo de la memoria resplandezca aún más.

El dar, y no el recibir, es lo que hace florecer en su plenitud al espíritu de la Navidad: se perdona a los enemigos, se recuerda a los amigos y se obedece a Dios. El espíritu de la Navidad ilumina la ventana del alma y, al contemplar el ir y venir del mundo, nos interesamos más en la gente que en las cosas.

Siendo tan pobre,
¿qué puedo darle yo?
Le daría un cordero si fuera pastor.
Y si Rey Mago fuera, le daría otro don.
Mas yo ¿qué he de darle?
Le daré el corazón.
(Christina Georgina Rossetti, traducción libre.)

Siempre se recuerda la Navidad en la que el dar reemplaza al recibir. En mi vida, ese hecho ocurrió cuando tenía diez años. Se aproximaba la Navidad y yo anhelaba un tren eléctrico, pero con el deseo que sólo puede tener un niño. Sin embargo, lo que quería no era un tren barato y común de cuerda, sino uno eléctrico. Eran los tiempos de la depresión económica; pero mis padres, con gran sacrificio, estoy seguro, me presentaron en la mañana de la Navidad un hermoso tren eléctrico.

Pasé horas operando el transformador, mirando cómo la locomotora tiraba de los vagones y luego poniéndola para que fuera marcha atrás.

De pronto, mi madre entró en el cuarto y me dijo que había comprado un tren de cuerda para Marcos, el hijo de la viuda que vivía un poco más adelante, en la misma calle. Al enterarme, le pedí que me lo mostrara. La locomotora era corta y nada vistosa, muy distinta de la hermosa línea del tren que yo había recibido; sin embargo, vi que tenía un vagón de petróleo que el mío no tenía, y me llené de envidia. Tal fue el alboroto que hice cine mi madre sucumbió a mis suplicas y me entregó el vagón de petróleo, diciéndome:

—Si crees que lo necesitas más que Marcos, quédate con él.

Sin remordimiento, lo tomé y lo enganché a mi tren, quedando muy satisfecho con el resultado.

Más tarde, mamá y yo tomamos el resto del tren y lo llevamos a la casa de Marcos, que era uno o dos años mayor que yo; él jamás había esperado recibir un regalo similar, y no tenía palabras para expresar su agradecimiento. Le dio cuerda a la locomotora, que no era eléctrica como la mía, y se llenó de alegría al ver cómo el tren marchaba por la vía.

Sabiamente mamá me preguntó:

—¿Qué piensas del tren de Marcos, Tommy?

Entonces me invadió un sentimiento de culpabilidad y comprendí mi egoísmo; en seguida le dije a mamá:

—Espera un momento; en seguida vuelvo.

Corrí a casa tan rápido como mis piernas pudieron llevarme, tomé el tanque de petróleo y además otro vagón de mi propio tren, y corrí de regreso a la casa de los Hansen, donde le dije alegremente a Marcos:

—Nos olvidamos de traerte dos vagones que pertenecen a tu tren.

El chico agregó los dos vagones al tren, y yo observé mientras lo ponía en marcha por la vía; en ese momento sentí un gozo supremo, difícil de describir e imposible de olvidar. Mi alma se había llenado con el espíritu de la Navidad.

Esa experiencia hizo que me resultara más fácil tomar una difícil decisión precisamente un año más tarde. Otra vez había llegado la época navideña y nos encontrábamos preparando un enorme pavo para ponerlo en el horno [en los Estados Unidos es tradición comer pavo el día de la Navidad], saboreando de antemano el sabroso festín que nos esperaba. Un amigo del vecindario me hizo una extraña pregunta:

—¿Qué gusto tiene el pavo?

—Más o menos como la gallina —le contesté.

—Y, ¿qué gusto tiene la gallina? —volvió a preguntar.

Fue en ese momento que me di cuenta de que mi amigo no había comido nunca ni gallina ni pavo. Le pregunté entonces qué iba a comer su familia para las fiestas. No me contestó de inmediato, sólo bajó la mirada y murmuró:

—No tengo idea; no hay nada para comer en casa.

Me puse a pensar qué podía hacer, pero no se me ocurría nada. Yo no tenía pavos, ni gallinas, ni dinero. Entonces recordé que tenía dos conejos como mascotas. Inmediatamente tomé una determinación, puse los conejos en una caja y se los di a mi amigo. Al entregársela, le dije:

—Aquí tienes estos dos conejos; son muy sabrosos, tal como las gallinas.

Tomó la caja, pasó al otro lado de la valla y se dirigió a su casa con la cena de Navidad asegurada en las manos. Al cerrar la puerta del jaulón vacío de los conejos, se me empezaron a salir las lágrimas; sin embargo, no me sentía triste, ya que un tierno sentimiento de indescriptible gozo inundaba mi corazón. Fue una Navidad realmente memorable.

Recuerdo a un jovencito que, a la edad de 13 años, con gran éxito logró que su quorum de diáconos encontrara el espíritu de Navidad. Él y sus compañeros vivían en una vecindad donde residían muchas viudas ancianas cuyos medios económicos eran limitados. Durante todo el año los muchachos habían ahorrado y hecho planes para realizar una animada fiesta de Navidad, pero pensaban únicamente en sí mismos, hasta que el espíritu navideño los inspiró a pensar en otras personas. Franlc, siendo el líder del grupo, les sugirió a sus compañeros que los fondos que habían acumulado tan cuidadosamente no se utilizaran para la fiesta que habían planeado, sino que mejor se usaran para el beneficio de tres ancianitas que vivían juntas.

Los jóvenes hicieron planes, y lo único que tuve que hacer yo, como su obispo, fue prestarles mi apoyo. Con el entusiasmo de una nueva aventura, los jóvenes compraron la gallina más grande que pudieron encontrar, papas, verduras, fruta y todos los demás ingredientes que acompañan a un tradicional banquete navideño [en los Estados Unidos]. Se dirigieron a la casa de las viudas llevando consigo sus regalos de gran valor. Caminaron por entre la nieve hasta que llegaron al portal medio caído; llamaron a la puerta, escucharon el sonido de los pausados pasos y por fin estuvieron frente a las ancianas.

Con las desentonadas voces, características de los niños de trece años, entonaron “Noche de luz, noche de paz; reina ya gran solaz”. Después hicieron entrega de los regalos que habían llevado. Los ángeles de aquella noche gloriosa de hace tanto tiempo no cantaron más hermoso, ni los reyes magos dieron regalos de mayor significado. Contemplé el rostro de esas maravillosas mujeres y pensé: La madre de alguien. Luego miré el semblante de esos nobles muchachos y pensé: El hijo de alguien. Entonces pasaron por mi mente las palabras de un inmortal poema de Mary Dow Brine:

La mujer era vieja y de harapos vestía,
agobiada por el helado frío de ese día.
Mojaba la calle la nieve recién caída,
y bajo el peso de los años, andaba la mujer vencida.
En un cruce se detuvo y esperó cansada,
en medio de la multitud, sola y desamparada.
A pesar de las almas que a su lado pasaban,
nadie hizo caso de su ansiosa mirada.

Risas y gritos desde el final de la calle llegaban;
la escuela terminó, felices y libres anunciaban
los chicos que como rebaño de ovejas se acercaban,
mientras por la blanca y profunda nieve jugaban…

Uno de ellos a su lado se detiene y le murmura:
“Le ayudo a cruzar, si desea pasar con premura’…

“Saben, muchachos, es la madre de alguien.
A pesar de ser vieja, lenta y pobre ya lo ven,
y yo espero que también alguien su mano tienda
para ayudar a mi madre; quiero que entiendan
si alguna vez olla es pobre y vieja y harapienta
y su hijo estuviera lejos para atenderla”.
Y la “madre de alguien” esa noche con fervor oró:
“Sé bueno Dios, con el muchacho que tanto me ayudó
porque el hijo de alguien es, su orgullo y su alegría.
(“Somebody’s Mother”, traducción libre)

Ninguno de esos muchachos olvidó jamás esa peregrinación. Los regalos de la Navidad se convirtieron en bendiciones.

Los tiempos cambian, los años pasan rápidamente, pero la Navidad sigue siendo sagrada. Es por medio del hecho de dar y no de recibir que el Espíritu de Cristo llega a nuestra vida. Dios aún revela Su voluntad, nos inspira, nos guía, nos bendice y nos da.

Hace muchos años, el presidente Harold B. Lee me contó una experiencia relacionada con el presidente Ballantyne, quien se crió en la zona de Star Valley, estado de Wyoming. Ese es un lugar en donde las temperaturas son extremas; los veranos son cortos y fugaces, mientras que los inviernos se prolongan y son verdaderamente crudos. El presidente Ballantyne contó un relato de los días de su niñez acerca de una temporada de Navidad que fue muy especial. Él relató lo siguiente: “Éramos una familia numerosa y algunas veces, después de vender la cosecha y pagar los gastos, no nos quedaba mucho con que vivir. Por esa razón, papá tenía que ir a buscar trabajo en algunas de las grandes haciendas, por una paga de quizás un dólar al día. Él ganaba apenas un poco más que lo suficiente para mantenerse y le quedaba muy poco para mandar a casa a fin de sostener a mamá y a los niños. La situación comenzó a ponerse bastante difícil para nosotros.

“Solíamos ofrecer nuestras oraciones familiares alrededor de la mesa; y fue en una ocasión así, en la cual papá se encontraba trabajando fuera, que nos reunimos, y mamá dividió la leche que había en una jarra entre los niños, sin servirse nada para ella. Yo, al presentir que la leche de la jarra era lo único que teníamos, le acerqué mi vaso y le dije:

—Tenga, mamá; beba la mía.

—No, hijo, gracias; hoy no tengo hambre.

“Me preocupé mucho, pero bebimos la leche y nos fuimos a la cama. Yo no podía dormir y de puntillas bajé las escaleras y vi a mi madre, arrodillada en el piso orando. Ella 110 me oyó llegar, ya que bajé descalzo, pero al verla, me arrodillé yo también y la oí decir:

“‘Padre Celestial, no tenemos nada de comida en casa. Por favor, Padre, te ruego que conmuevas el corazón de alguien para que mis hijos no pasen hambre mañana’.

“Cuando terminó de orar, miró a su alrededor y al ver que yo había escuchado, me dijo un tanto avergonzada: —Ve a acostarte, hijito; todo saldrá bien.

“Me fui a la cama, confiando en la fe de mi madre. A la mañana siguiente, me despertó el ruido de los platos y las ollas en la cocina y el aroma de la comida. Bajé de inmediato y le dije:

—Mamá, creí que habías dicho que no teníamos comida.

Lo único que me dijo fue:

—¿Creíste, hijo, que el Señor no iba a contestar mi oración?

“Ésa fue toda la explicación que recibí.

“Pasaron los años y me fui a la universidad; luego me casé y volví para ver a los viejos amigos. El obispo Gardner, ya entrado en años, me relató lo siguiente: “‘Permíteme, hijo, que te cuente una experiencia que tuve con tu familia una Navidad. Un día, después de terminar las tareas y de cenar, me senté junto a la chimenea para leer el periódico. De pronto, escuché una voz que me decía: “La hermana Ballantyne no tiene nada de comida en casa”. Pensé que había sido mi esposa la que me hablaba, y le pregunté:

‘“¿Qué dijiste, querida?’ Ella se acercó a mí, secándose las manos en el delantal, y dijo:

‘“¿Me llamaste, cariño?’

‘“No, yo no te dije nada, pero escuché una voz que me hablaba’.

“‘¿Y qué te decía?’, me preguntó.

“‘Que la hermana Ballantyne no tenía nada de comida en casa’.

“‘Bueno, entonces es mejor que te pongas los zapatos y el abrigo y le lleves algo de comida’.

“‘Esa helada noche de invierno, uncí la yunta y coloqué en la carreta un saco de harina, una buena porción de carne de res, algunos frascos de fruta envasada y hogazas de pan recién horneado. La noche estaba fría pero mi alma se llenó con un cálido sentimiento cuando tu madre me recibió y yo le entregué la comida. Dios había escuchado la oración de una madre’”.

El Padre Celestial siempre está pendiente de aquellos que lo necesitan, que le buscan, que confían, que oran y que le prestan atención cuando habla. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). El don de Dios es nuestra bendición. Que nuestro corazón se abra plenamente para recibirlo, el día de la Navidad y siempre.

(Liahona Diciembre 1995)

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La vida plena

La vida plena

Spencer W. Kimballpor el presidente Spencer W. Kimball

“Dios nos ve, y vela por nosotros; pero, generalmente es por intermedio de otra persona que El atiende’ a nuestras necesidades.”

En Sus enseñanzas Jesús de Nazaret dijo lo siguiente:

«. . .yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.» (Juan 10:10.)

Es imposible hablar de la vida «en abundancia», o la vida plena, sin referirse a ella como algo que tiene continuidad.

Esta vida, esta pequeña esfera a la que llamamos mortalidad, en el breve espacio de tiempo que se nos permite permanecer en ella, no nos da a todos justicia perfecta, salud perfecta, u oportunidades perfectas. Sin embargo, la justicia perfecta nos llegará por medio de un plan divino, así como también la perfección en todas las demás condiciones, siempre que las merezcamos.

Es conveniente que comprendamos la forma en que las enseñanzas de Jesús de Nazaret pueden ser esenciales en nuestro diario vivir, en esta limitada porción de tiempo que se llama mortalidad.

Primeramente, el servicio a nuestros semejantes hace más profunda y dulce esta vida, mientras nos preparamos para vivir en un mundo mejor. Sirviendo, es como aprendemos a servir. Cuando nos encontramos embarcados en el servicio a nuestro prójimo, no solamente lo ayudamos por medio de nuestras acciones, sino que esto nos ayuda también a poner nuestros problemas en una perspectiva más clara. Cuando nos preocupamos por los demás, tenemos menos tiempo para preocuparnos por nosotros mismos, En medio del milagro del servicio encontramos la promesa de Jesucristo de que, al perdernos en dicho servicio (o sea, al sacrificarlo todo), nos encontraremos a nosotros mismos.

No solamente nos «encontramos» a nosotros mismos en el sentido de que reconocemos la guía divina en nuestra vida, sino que cuanto más sirvamos a nuestros semejantes en la forma adecuada, más se ennoblecerá nuestra alma. Ciertamente, es entonces mucho más fácil «encontrarnos», porque hay mucho más de nosotros mismos que podemos encontrar.

Alguien ha dicho que «es amando, y no recibiendo amor, como podemos acercarnos más a otra alma». Por supuesto, todos sentimos la necesidad de ser amados; pero si deseamos obtener la plenitud de vida y un nuevo sentido del propósito de la misma, debemos preocuparnos más por dar que por recibir. Seguir leyendo

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Oración dedicatoria del Templo de Provo

9 de febrero de 1972
Oración dedicatoria del Templo de Provo

Más de setenta mil personas escucharon los servicios dedicatorios del Templo de Provo. Las ceremonias se llevaron a cabo en el Cuarto Celestial y fueron transmitidas a todo color por televisión de circuito cerrado a otros lugares del Templo y diferentes localidades cerca de los terrenos de la Universidad de Brigham Young.

De acuerdo con sus deseos, la oración dedicatoria del presidente Joseph Fielding Smith fue leída por el presidente Harold B. Lee, Primer Consejero en la Primera Presidencia.


Oh Dios, el Eterno Padre, Crea­dor de los cielos y la tierra y de todas las cosas que en ellos hay; tú, Varón de Santidad, que nos has creado a nosotros, tus hijos, a tu propia imagen y semejanza, y nos has investido con poder y el libre albedrío para seguirte; tú que sabes todas las cosas y que tienes todo poder, toda fortaleza y todo dominio; tú que creaste el universo y lo gobiernas con justi­cia, equidad y misericordia sobre todas las obras de tus manos, ¡san­tificado sea tu grande y santo Nombre!

Venimos ante ti en el nombre de tu Hijo Unigénito, sí, el Hijo del Hombre, en cuyo sagrado Nombre has ordenado’ que poda­mos tener acceso a ti, el Señor; y rogamos que derrames tu Santo Espíritu sobre nosotros al elevar nuestras voces en alabanza y agra­decimiento, y procurar las ben­diciones de tus manos.

Sabemos que eres nuestro Padre y que somos la obra de tus manos, las ovejas de tus praderas, los santos de tu congregación; y te agradecemos la vida y el privile­gio de recibir nuestra probación terrenal en un día en que has dado a los hombres sobre la tierra la plenitud de tu evangelio eterno.

Nuestros corazones están llenos de gratitud porque éste, tu evange­lio, es el plan de salvación para todos los hombres, y porque es­cogiste a tu Amado y Elegido para ser el Redentor y Salvador y poner en pleno vigor los convenios de tu gran plan. Te agradecemos el sacrificio expiatorio de tu Hijo Amado; porque vino para morir en la cruz por los pecados del mundo;

porque nos ha rescatado de la muerte temporal y espiritual; porque por su llaga somos curados. Y te prometemos andar en la luz de la verdad revelada a fin de poder gozar de hermandad los unos con los otros y de que la sangre de Jesucristo, tu Hijo, pueda limpiarnos de todo pecado.

De manera que ahora, con la ayuda de tu grada, que podamos cantar alabanzas al Santo de Israel y decir: Oh Jehová, Dios de nues­tros padres, Abraham, Isaac y Jacob; tú que «fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación»; tú que nos harás «para nuestro Dios reyes y sacerdotes» para que podamos vivir contigo durante mil años, tú eres «digno de tomar el poder, lás riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza.»

Y que podamos, oh Dios, nues­tro Padre Celestial, ser contados eternamente con esa poderosa con­gregación de los justos que ex­claman: «Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sean la ala­banza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos.»

Nuestro Padre, no tenemos el poder de expresarte la gratitud de nuestros corazones por tu amor, tu misericordia y condescendencia para con tus hijos. Nos sentimos sumamente agradecidos por tu gracia y bondad en enviar a tu Hijo Unigénito, para que todo aquel que crea en El pueda tener vida eterna; y nos regocijamos y te ala­bamos por restaurar en esta dispensación, a través de tu siervo José Smith, hijo, la plenitud de tu evangelio eterno.

Agradecemos que aparecieras con tu Hijo Amado en la primavera de 1820 para introducir esta última dispensación del evangelio; que después enviaras a Moroni a re­velar el Libro de Mormón; que Juan el Bautista, y Pedro, Santiago y Juan ordenaran a José Smith y Oliverio Cowdery; que Moisés, Elias, Elias el Profeta, Gabriel y Rafael y otros ángeles vinieran de los tribunales de gloria, «decla­rando todos su dispensación, sus derechos, sus llaves, sus honores, su majestad y gloria, y el poder de su sacerdocio; dando línea tras línea, precepto tras precepto,» hasta que todo el plan de salvación, en toda su belleza y gloria, se encuentra nuevamente sobre la tierra.

Oh Señor, te agradecemos las verdades salvadoras reveladas en nuestros días, y los nobles y grandes espíritus enviados a la tierra para llevar adelante tu gran obra en estos últimos días. Nos regocijamos en la misión y ministerio del profeta José Smith y el patriarca Hyrum Smith, que poseían las llaves de esta última dispensación y que sellaron su testimonio con su sangre. Te agra­decemos la fe y devoción de todos aquellos que han llevado el manto profético, así como la de todos tus santos fieles, y pedimos fortaleza para ser así como ellos son.

Agradecemos que nos hayas revelado tu Sacerdocio, sí, el poder sellador, por la mano de Elias el Profeta, a fin de que en este Templo y todas tus otras santas casas, tus fieles santos puedan ser investidos con poder de lo alto y puedan entrar en esos convenios eternos que abren la puerta para recibir todas las bendiciones de Abraham, Isaac y Jacob, y todos los santos profetas. Seguir leyendo

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Un desafío al sacerdocio

Un desafío al sacerdocio

Vaughn J. Featherstonepor el obispo Vaughn J. Featherstone
del Obispado Presidente
Discurso pronunciado en la Conferencia General, el 9 de abril de 1972


La importancia de ayudar a los poseedores del Sacer­docio Aarónico a cumplir sus llamamientos

Mis queridos hermanos de la gran Iglesia de Jesucristo, quisiera deciros cuán humilde me siento por esta gran oportunidad. Me gusta la anécdota que cuenta un amigo mío. Su esposa, que es algo sorda, usa un aparato para oír; una noche mientras estaban senta­dos en la sala y ella estaba tejiendo, él dejó de leer el diario por unos momentos y le dijo: «Sabes, estoy enamorado de ti.» A lo que ella le respondió: «Y sabes, yo también estoy cansada de ti.»

Cuando el presidente Lee y el presidente Tanner, bajo la direc­ción del presidente José Fielding Smith, me hablaron por teléfono, yo no estaba seguro de haber oído bien.

Por más de veinte años he veni­do a la sesión del sacerdocio de la conferencia a aproximadamente las cuatro de la tarde. Las sesiones de la tarde las veo en casa por televisión hasta que faltan veinte minutos para las cuatro y luego venimos a esperar aquí afuera con mis hijos o con amigos. Entramos para la reunión del sacerdocio tan pronto como abren las puertas y nos sentamos por dos o tres horas antes de que empiece la reunión. Seguir leyendo

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Poniendo el ejemplo en el hogar

Conferencia General Abril 1972

Poniendo el ejemplo en el hogar

H. Burke Petersonpor el obispo H. Burke Peterson
del Obispado Presidente

Cómo pueden los padres fieles ayudar a un joven para el servicio a Dios


El jueves pasado cuando llegué a casa después del trabajo me esperaba una llamada de larga distancia. La voz del otro lado de la línea se presentó de la siguiente manera: »Habla la secretaria del presidente Lee. El y el presidente Tanner quieren hablar con usted, pero ellos no están ahora. ¿Podría decirme dónde podríamos comunicarnos con usted esta noche para que puedan llamarlo más tarde?»

De pronto, todo lo que tenía pensado hacer esa noche se vol­vió insignificante, y respondí: «Aquí estaré.» Después, durante los siguientes treinta minutos más largos de mi vida, hice muchas co­sas sin importancia, solamente para mantenerme ocupado.

La llamada llegó, y el presidente Lee y el presidente Tanner me di­jeron acerca de esta asignación del Señor. Debo pedirles disculpas por no hacer mi parte en seguir la conversación que continuó más tarde. Todo lo que podía decir era «gracias»; parecía que mi voz y mis lagrimales se habían dis­puesto a entrar en acción al mis­mo tiempo. Seguir leyendo

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El Sacerdocio Aarónico, un fundamento seguro

El Sacerdocio Aarónico,
un fundamento seguro

Victor L. Brownpor el obispo Victor L. Brown.
Obispo Presidente
Discurso pronunciado en la Conferencia General, el 9 de abril de 1972


Cómo el servicio en el Sacerdocio Aarónico puede preparar a los jóvenes para una mayor responsabilidad

Mis queridos hermanos: Mi espíritu está subyugado y mi cora­zón rebosante al estar esta noche ante este gran grupo del sacerdocio y, al contemplar las responsabili­dades que han sido puestas sobre mis hombros, me doy cuenta de que hay miles y miles en otras reuniones por toda la Iglesia.

Después de recibir mi llama­miento el otro día, el presidente Lee me preguntó si estaba asom­brado. Tuve dificultad en contes­tarle. «Asombrado» era una ex­presión muy moderada; podría decir que los asombros subsi­guientes han sido mucho más severos que el original. No obs­tante, tengo fe y miro con gran expectativa y entusiasmo hacia lo futuro.

Lo hago porque sé que Dios vive; sé que su Hijo, Jesucristo, el Salvador de la humanidad, es la cabeza de esta Iglesia y que está dirigiendo activamente los asuntos de ésta, su Iglesia en la actualidad, a través de su Profeta, el presidente José Fielding Smith, que acaba de darnos su testimonio en una ma­nera tan poderosa acerca de su llamamiento y del mío.

También sé que he sido llamado por el Señor mediante sus profe­tas, como lo anunció el presidente Smith, y que si me arrepiento de mis pecados, El me bendecirá y fortalecerá para las tareas futuras. Si no supiera que estas cosas son verídicas, no tendría el valor ni la temeridad de aceptar tal llama­miento. Aún teniendo este cono­cimiento, es temible tener que asu­mir un puesto tan sagrado. Seguir leyendo

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Tribunales de amor

Tribunales de amor

Robert L. Simpsonpor el élder Robert L. Simpson
Ayudante del Consejo de los Doce
Discurso pronunciado en la Conferencia General, el 9 de abril de 1972


Aclaraciones en cuanto a los propósitos y funciones del tribunal del obispo y consejo a los obispos

Mis queridos hermanos: estoy muy agradecido a mi Padre Celes­tial por el espíritu de este día, y especialmente porque he sido precedido por estas hermanas de la Primaria. La Primaria ha signifi­cado mucho para mí en mis respon­sabilidades de los últimos años, y su canto me ha brindado la paz y el sentimiento que necesito en este momento.

Qué experiencia tan maravillosa ha sido sentarme aquí hoy día y contemplar la creciente sección de líderes de allende el mar; y estoy seguro de que la palabra del Señor, tal como se encuentra en la sección 33 de Doctrinas y Convenios, se está cumpliendo:

“Y aun así juntaré a mis electos de los cuatro cabos de la tierra, aun a cuantos creyeren en mí y escucharen mi voz» (D. y C. 33:6).

Y cuán maravilloso es ver a estos líderes que han escuchado, que han obedecido, que han sido dignos y fieles y se encuentran dignos para ser contados como di­rectores en sus áreas respectivas. Seguir leyendo

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De dónde proviene nuestra paz?

Conferencia General Abril 1972

¿De dónde proviene nuestra paz?

John H. Vandenbergpor el élder John H. Vandenberg
Ayudante del Consejo de los Doce

La verdadera paz de Cristo se distingue de la paz falsa del mundo


Esta mañana mientras llegaba al Tabernáculo, uno de los hermanos se acercó y me dijo: «Obispo, estoy deseoso de oír su discurso esta tarde.» Y luego agregó: «Usted es el último.»

Supongo que se refería a que esta gran conferencia nos ha traído tantas cosas, tantas cosas buenas: los testimonios de los profetas, videntes y reveladores, nuevos cambios y los testimonios de los hermanos de que Dios vive y que Jesús es el Cristo . . . hasta el grado de que nuestra copa está rebosando.

Qué gran bendición es marcar una meta y trabajar diligentemente para lograrla. En esta última década he tenido el privilegio de trabajar con dos hombres maravillosos; habéis visto las buenas obras y escuchado las buenas palabras del élder Robert L. Simpson y el obispo Víctor L. Brown. Esta no es una despedida, pero siempre atesoraré la experiencia que he tenido al trabajar con estos dos hombres maravillosos de Dios. Dios los bendiga, y Dios bendiga a la Iglesia por su servicio.

Sé que somos dirigidos por revelación que recibimos por medio del Profeta de Dios, José Fielding Smith. He reflexionado considerablemente en esto, porque sé que él es un Profeta y que sus consejeros sirven a Dios al trabajar con el presidente Smith. Seguir leyendo

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Por qué conservarnos moralmente limpios?

Conferencia General Abril 1972

¿Por qué conservarnos
moralmente limpios?

President Boyd K. Packer

por Boyd K. Packer
del Consejo de los Doce


Indudablemente todos nosotros hemos estado cons­cientes del hecho de que esta mañana nos ha acompa­ñado un espíritu muy potente en esta sesión. Pocas han sido las veces, supongo, que he deseado tanto tener el poder sostenedor del Espíritu al hablar de un tema muy delicado y difícil.

Hay muchos jóvenes en nuestra congregación este día. Es a ellos, particularmente a los adolescentes, a quienes voy a dirigirme. El tema debería ser de profundo interés para vosotros: ¿Por qué conservarnos moral­mente limpios?

Emprendo el tema con la más profunda reverencia. Esto podrá causar sorpresa a algunos, porque es un tema del cual más se habla, más se canta y más bromas y chistes se improvisan. Casi siempre se habla inmodesta­mente al respecto,

Es mi propósito apoyar la modestia, no ofenderla, al aventurarme a tratar este tema tan delicado.

Jóvenes, mi mensaje es de una importancia suma­mente profunda para vosotros. Se relaciona con vuestra felicidad futura. Algunas de las cosas que yo diga quizás sean nuevas para vosotros, los que no habéis leído las Escrituras. Seguir leyendo

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Engañándote a ti mismo

Engañándote a ti mismo

Spencer W. Kimball2Presidente del Consejo de los Doce
por el élder Spenser W. Kimball
Liahona Enero de 1973


Hace algunos años leí una declaración hecha por Karl G. Maeser, primer presidente de lo que es actualmente la Universidad de Brigham Young, la cual me asombró sobremanera: «El que engaña a otros es un picaro, pero el que se engaña a sí mismo es un necio.»

Asimismo, el señor Conrad N. Hilton, de la cadena de hoteles Hilton, parafraseó la misma idea: «Se me ha enseñado que hay una persona en el mundo a la que nunca debemos engañar, y esa persona es uno mismo, ya que sería una vil estupidez.»

El señor Hilton habló acerca de la barra de hierro que valía aproxi­madamente cinco dólares; ese mismo hierro, convertido en herra­duras, costaría $10.50 dólares; si con él se fabricaran agujas, cos­taría $3.285 dólares; y si fuesen muelles para relojes, costaría más de $250.000 dólares.

Aparentemente, el valor del hierro bruto es solamente lo que cuesta para procesarlo; su mayor valor queda determinado por lo que se fabrica de él. Las personas son muy semejantes al hierro; voso­tros o yo podemos permanecer co­mo simple materia bruta; o pode­mos ser pulidos a un alto grado; nuestro valor quedará determinado según lo que hagamos de nosotros mismos. Seguir leyendo

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El Cuidador

Conferencia General2012-11-00-liahona
26 de septiembre de 2012
El Cuidador
Por el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Henry B. Eyring

Recibirán fuerza y a la vez serán inspiradas para conocer los límites y el alcance de su capacidad para servir.

Me siento agradecido de estar con ustedes esta noche. Las mujeres de la Iglesia de Jesucristo han avanzado para convertirse en la sociedad de hermanas que la madre del profeta José Smith, Lucy Mack Smith, describió con estas palabras: “Debemos atesorarnos unas a otras, velar unas por otras, consolarnos unas a otras y adquirir conocimiento a fin de que todas nos sentemos juntas en el cielo”1.

Hay tres partes de esta sobresaliente descripción de los requisitos necesarios para asociarnos en un estado de felicidad con Dios. Una es cuidar unos de otros; otra es instruirnos mutuamente; y la tercera es sentarnos juntos con Dios.

Mi intención esta noche es ayudarlas a sentir el reconocimiento y agradecimiento de Dios por lo que ustedes ya han hecho para ayudarse unas a otras a alcanzar esa meta elevada. Y en segundo lugar, es describir parte de lo que aún se espera de su servicio unificado.

Al igual que las primeras hermanas, ustedes han respondido al llamado del Señor de auxiliar a otras personas. En 1856, el profeta Brigham Young pidió a los santos que fueran a ayudar a los pioneros de los carros de mano que estaban atascados en la nieve de las montañas. Él dijo en aquel momento de necesidad a los miembros en una conferencia general: “Su fe, su religión y las declaraciones religiosas que hagan no salvarán ni una sola de sus almas en el Reino Celestial de nuestro Dios, a menos que pongan en práctica estos principios que les enseño ahora. Vayan y traigan a esa gente que se encuentra en las planicies y ocúpense estrictamente de aquellas cosas que llamamos temporales… si no, la fe de ustedes habrá sido en vano”2.

Las mujeres de Utah respondieron por centenares. En su pobreza llenaron carromatos con aquello de lo que podían desprenderse y con todo lo que recibieron de otras personas a fin de aliviar a los afligidos. Una de esas hermanas valientes escribió: “Jamás había sentido mayor satisfacción y placer, por decirlo así, en ninguna labor que haya realizado en mi vida, tal era el sentimiento de unanimidad que prevalecía”3. Seguir leyendo

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El Señor no te ha olvidado

Conferencia General2012-11-00-liahona
26 septiembre de 2012
El Señor no te ha olvidado
Por Linda S. Reeves
Segunda Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Linda S. Reeves

Nuestro Padre Celestial y nuestro Salvador Jesucristo nos conocen y nos aman… Podemos sentir Su amor y compasión en medio de nuestro sufrimiento.

Al reunirnos con hermanas de todo el mundo, nos asombra la fortaleza de sus testimonios. Muchas de ustedes son la primera o segunda generación de miembros de la Iglesia. Muchas hermanas sirven en múltiples llamamientos, viajan grandes distancias para asistir a la iglesia y se sacrifican para hacer y guardar los sagrados convenios del templo. Las honramos. ¡Ustedes son las pioneras modernas del Señor!

Recientemente, mi esposo Mel y yo conocimos a una guía turística voluntaria llamada Mollie Lenthal al visitar un museo en Australia. Nos enteramos de que Mollie, una mujer encantadora de setenta y pico de años, no tenía hijos y nunca se había casado. Ella es hija única y sus padres fallecieron hace muchos años. Sus parientes más cercanos son dos primos que viven en otro continente. De repente, me invadió el Espíritu y me testificó, casi como si el Padre Celestial estuviera hablando: “¡Mollie no está sola! ¡Mollie es Mi hija! ¡Yo soy su Padre! ¡Ella es una hija muy importante de Mifamilia y nunca está sola!”.

Uno de mis relatos preferidos de la vida del Salvador es el relato de Lázaro. Las Escrituras nos dicen que “amaba Jesús a Marta y a su hermana [María] y a [su hermano] Lázaro”1. Se le avisó a Jesús que Lázaro estaba muy enfermo, pero Jesús no fue de inmediato; se quedó lejos dos días más y dijo que “esta enfermedad… es… para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”2.

Al oír que venía Jesús, Marta “salió a encontrarle”3, y le dijo lo que había sucedido. Lázaro llevaba “ya cuatro días… en el sepulcro”4. Apenada, Marta fue a su casa para avisarle a María que el Señor había llegado5. María, abrumada por la tristeza, fue donde Jesús, se postró a Sus pies y lloró6.

Se nos dice que “cuando Jesús… vio [a María] llorando… se conmovió en espíritu, y se turbó” y preguntó dónde lo habían puesto.

“Le dijeron: Señor, ven y ve”7. Seguir leyendo

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Bien atentas a nuestros deberes

Conferencia General2012-11-00-liahona
26 de septiembre de 2012
Bien atentas a nuestros deberes
Por Carole M. Stephens
Primera Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Carole M. Stephens

Debemos estar atentas a nuestros deberes y a continuar con fe al hacer uso del poder consolador, fortalecedor, habilitador y sanador de la Expiación.

Después de ser llamada a la Presidencia General de la Sociedad de Socorro, sentí el deseo de saber más acerca de las mujeres que habían servido antes que yo. Quedé impactada con las enseñanzas de la hermana Zina D. Young, primera consejera en la segunda presidencia general de la Sociedad de Socorro. Ella dijo: “Hermanas, es nuestra responsabilidad estar bien atentas a nuestros deberes”1. Medité sobre las palabras atentas ydeberes, e hice una búsqueda más intensa en las Escrituras.

En el Nuevo Testamento, Pablo enseñó a los santos de su época:

“… es ya hora de levantarnos del sueño, porque ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación…

“La noche ha avanzado, y se acerca el día… vistámonos con las armas de la luz”2.

En el Libro de Mormón, Alma enseñó a su pueblo los deberes sagrados de quienes establecen un convenio con Dios:

“…ya que deseáis entrar en el redil de Dios y ser llamados su pueblo, y estáis dispuestos a llevar las cargas los unos de los otros para que sean ligeras;

“sí, y estáis dispuestos a llorar con los que lloran; sí, y a consolar a los que necesitan de consuelo, y ser testigos de Dios en todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar…

“os digo ahora, si éste es el deseo de vuestros corazones, ¿qué os impide ser bautizados en el nombre del Señor, como testimonio ante él de que habéis concertado un convenio con él de que lo serviréis y guardaréis sus mandamientos, para que él derrame su Espíritu más abundantemente sobre vosotros?

“Y ahora bien, cuando los del pueblo hubieron oído estas palabras, batieron sus manos de gozo y exclamaron: Ése es el deseo de nuestros corazones”3.

La declaración de la hermana Young y estos pasajes de Escritura me hicieron considerar los “deberes” a los que debemos estar atentos hoy en día. Seguir leyendo

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