Conferencia General Octubre de 2012
“…porque yo vivo, vosotros también viviréis”
Por el élder Shayne M. Bowen
De los Setenta
Gracias a Él, nuestro Salvador Jesucristo, esos sentimientos de pesar, soledad y desesperación un día serán absorbidos en una plenitud de gozo.
Al prestar servicio como jóvenes misioneros en Chile, mi compañero y yo conocimos a una familia de siete integrantes en la rama. La madre asistía cada semana con sus hijos. Supusimos que eran miembros de la Iglesia de hacía mucho tiempo, pero después de varias semanas nos enteramos de que no se habían bautizado.
De inmediato nos pusimos en contacto con la familia y preguntamos si podíamos ir a su casa a enseñarles. Al padre no le interesaba aprender sobre el Evangelio, pero no se opuso a que enseñáramos a su familia.
La hermana Ramírez avanzó rápidamente por las lecciones. Estaba ansiosa por aprender toda la doctrina que le enseñábamos. Una tarde, al hablar sobre el bautismo de los niños, les enseñamos que los niños pequeños son inocentes y que no tienen necesidad de ser bautizados. Le pedimos que leyera en el libro de Moroni:
“He aquí, te digo que esto enseñarás: El arrepentimiento y el bautismo a los que son responsables y capaces de cometer pecado; sí, enseña a los padres que deben arrepentirse y ser bautizados, y humillarse como sus niños pequeños, y se salvarán todos ellos con sus pequeñitos.
“Y sus niños pequeños no necesitan el arrepentimiento, ni tampoco el bautismo. He aquí, el bautismo es para arrepentimiento a fin de cumplir los mandamientos para la remisión de pecados.
“Mas los niños pequeños viven en Cristo, aun desde la fundación del mundo; de no ser así, Dios es un Dios parcial, y también un Dios variable que hace acepción de personas; porque ¡cuántos son los pequeñitos que han muerto sin el bautismo!”1.
Tras leer ese pasaje, la hermana Ramírez comenzó a llorar. Mi compañero y yo estábamos confundidos y le preguntamos: “Hermana Ramírez, ¿hemos dicho o hecho algo que la ofendió?”.
Nos dijo: “No, no, élder. No han hecho nada mal. Hace seis años tuve un bebé varón y murió antes de que pudiéramos bautizarlo. Nuestro sacerdote nos dijo que como no había sido bautizado, estaría en limbo toda la eternidad. Por seis años he llevado ese dolor y esa culpa. Tras leer este pasaje, sé por el poder del Espíritu Santo que es verdad. Se me ha quitado un gran peso de encima, y las lágrimas son de gozo”. Seguir leyendo








































