…porque yo vivo, vosotros también viviréis

Conferencia General Octubre de 20122012-11-00-liahona
“…porque yo vivo, vosotros también viviréis”
Por el élder Shayne M. Bowen
De los Setenta

Shayne M. Bowen

Gracias a Él, nuestro Salvador Jesucristo, esos sentimientos de pesar, soledad y desesperación un día serán absorbidos en una plenitud de gozo.

Al prestar servicio como jóvenes misioneros en Chile, mi compañero y yo conocimos a una familia de siete integrantes en la rama. La madre asistía cada semana con sus hijos. Supusimos que eran miembros de la Iglesia de hacía mucho tiempo, pero después de varias semanas nos enteramos de que no se habían bautizado.

De inmediato nos pusimos en contacto con la familia y preguntamos si podíamos ir a su casa a enseñarles. Al padre no le interesaba aprender sobre el Evangelio, pero no se opuso a que enseñáramos a su familia.

La hermana Ramírez avanzó rápidamente por las lecciones. Estaba ansiosa por aprender toda la doctrina que le enseñábamos. Una tarde, al hablar sobre el bautismo de los niños, les enseñamos que los niños pequeños son inocentes y que no tienen necesidad de ser bautizados. Le pedimos que leyera en el libro de Moroni:

“He aquí, te digo que esto enseñarás: El arrepentimiento y el bautismo a los que son responsables y capaces de cometer pecado; sí, enseña a los padres que deben arrepentirse y ser bautizados, y humillarse como sus niños pequeños, y se salvarán todos ellos con sus pequeñitos.

“Y sus niños pequeños no necesitan el arrepentimiento, ni tampoco el bautismo. He aquí, el bautismo es para arrepentimiento a fin de cumplir los mandamientos para la remisión de pecados.

“Mas los niños pequeños viven en Cristo, aun desde la fundación del mundo; de no ser así, Dios es un Dios parcial, y también un Dios variable que hace acepción de personas; porque ¡cuántos son los pequeñitos que han muerto sin el bautismo!”1.

Tras leer ese pasaje, la hermana Ramírez comenzó a llorar. Mi compañero y yo estábamos confundidos y le preguntamos: “Hermana Ramírez, ¿hemos dicho o hecho algo que la ofendió?”.

Nos dijo: “No, no, élder. No han hecho nada mal. Hace seis años tuve un bebé varón y murió antes de que pudiéramos bautizarlo. Nuestro sacerdote nos dijo que como no había sido bautizado, estaría en limbo toda la eternidad. Por seis años he llevado ese dolor y esa culpa. Tras leer este pasaje, sé por el poder del Espíritu Santo que es verdad. Se me ha quitado un gran peso de encima, y las lágrimas son de gozo”. Seguir leyendo

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Un inefable don de Dios

Conferencia General Octubre de 20122012-11-00-liahona
Un inefable don de Dios
Por el élder Craig C. Christensen
De la Presidencia de los Setenta

Craig C. Christensen

El Espíritu Santo trabaja en perfecta armonía con nuestro Padre Celestial y con Jesucristo, y cumple muchas funciones importantes y responsabilidades definidas.

En 1994, el presidente Howard W. Hunter invitó a todos los miembros de la Iglesia a “establecer el templo… como el símbolo supremo de [nuestra condición] de miembros”1. Poco después, ese mismo año, se terminó de construir el Templo de Bountiful, Utah. Al igual que muchos, estábamos ansiosos por llevar a nuestra joven familia al programa de puertas abiertas previo a la dedicación. Trabajamos diligentemente a fin de preparar a nuestros hijos para entrar en el templo, orando con fervor para que tuvieran una experiencia espiritual y que el templo se convirtiera en el centro de sus vidas.

Al caminar con reverencia por el templo, yo admiraba su magnífica arquitectura, los elegantes acabados, la luz que se filtraba por las ventanas altísimas y muchos cuadros inspiradores. Cada aspecto de ese sagrado edificio era verdaderamente exquisito.

Al entrar en el cuarto celestial, de repente me di cuenta de que nuestro hijo menor, Ben, de seis años, estaba agarrado a mi pierna. Parecía ansioso y puede que hasta algo preocupado.

“¿Qué sucede, hijo?”, le susurré.

“Papá”, me respondió, “¿qué está pasando aquí? Nunca me había sentido así”.

Reconociendo que tal vez aquélla fuera la primera vez que nuestro hijo menor había sentido la influencia del Espíritu Santo con tanto poder, me arrodillé a su lado y, mientras los demás visitantes pasaban de largo, dedicamos varios minutos, uno al lado del otro, a aprender juntos acerca del Espíritu Santo. Me maravilló la facilidad con la que analizamos los sagrados sentimientos de Ben. Mientras conversábamos, se hizo evidente que lo que a Ben le resultaba más inspirador no era tanto lo que veía sino lo que sentía; no era la belleza física que nos rodeaba, sino la voz apacible del Espíritu de Dios dentro de su corazón. Compartí con él lo que yo había aprendido de mis propias experiencias, incluso el que su asombro infantil reavivara en mí un profundo agradecimiento por ese inefable don de Dios: el don del Espíritu Santo2.

¿Quién es el Espíritu Santo?

El Espíritu Santo es el tercer miembro de la Trinidad y, como tal, al igual que Dios el Padre y Jesucristo, conoce nuestros pensamientos y las intenciones de nuestro corazón3. El Espíritu Santo nos ama y desea que seamos felices. Dado que Él conoce los retos que enfrentamos, puede guiarnos y enseñarnos todas las cosas que debemos hacer para regresar a nuestro Padre Celestial y vivir nuevamente con Él4.

A diferencia de nuestro Padre Celestial y de Jesucristo, quienes poseen cuerpos glorificados de carne y huesos, el Espíritu Santo es un personaje de espíritu que se comunica con nuestro espíritu a través de sentimientos e impresiones5. Como un ser de espíritu, tiene la responsabilidad única de ser un agente por medio del cual se recibe revelación personal. En las Escrituras suele referirse al Espíritu Santo como el Santo Espíritu, el Espíritu del Señor, el Santo Espíritu de la promesa o, simplemente, el Espíritu6.

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Lo sé. Lo vivo. Me encanta.

Conferencia General Octubre de 20122012-11-00-liahona
Lo sé. Lo vivo. Me encanta.
Por Ann M. Dibb
Segunda Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

Ann M. Dibb

Seguimos a nuestro Salvador Jesucristo. Esta conversión y confianza es el resultado del esfuerzo diligente y deliberado. Es personal. Es un proceso que dura toda la vida.

Me inspiran los ejemplos de los miembros justos de la Iglesia, incluso los de la noble juventud. Valientemente ustedes siguen al Salvador; son fieles, obedientes y puros. Las bendiciones que reciben por su bondad afectan no sólo su vida, sino también la mía y la de muchísimas personas más de manera profunda y, a menudo, anónima.

Hace algunos años, estaba en la línea de un supermercado local para hacer una compra y delante de mí había una jovencita de unos 15 años. Se veía segura y feliz. Al notar su camiseta, no pude contenerme y le hablé. Empecé: “Eres de otro estado, ¿verdad?”.

Sorprendida por mi pregunta, contestó: “Sí, así es. Soy de Colorado. ¿Cómo lo supo?”.

“Por tu camiseta”, le expliqué. Llegué a mi acertada conclusión después de leer la leyenda de su camiseta: “Yo soy mormona, ¿y tú?”.

Proseguí: “Tengo que decirte que me llama la atención tu confianza para sobresalir y vestirte con una declaración tan audaz. Percibo una diferencia en ti y desearía que cada jovencita y cada miembro de la Iglesia tuviera tu misma convicción y confianza”. Terminamos nuestras compras, nos despedimos y partimos.

Durante varios días y semanas después de esa experiencia cotidiana, reflexioné seriamente en aquel encuentro. Me preguntaba cómo esa jovencita de Colorado había llegado a tener tanta confianza en su identidad como miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. No pude evitar preguntarme qué frase significativa escogería, en sentido figurado, para llevar impresa en mi camiseta, que reflejara mis creencias y testimonio. Imaginé varias leyendas posibles. Finalmente, se me ocurrió una declaración ideal que me enorgullecería portar: “Soy mormona. Lo sé. Lo vivo. Me encanta”.

Hoy quisiera centrar mis palabras en esta declaración audaz y optimista.

La primera parte de la declaración muestra seguridad y nada de qué avergonzarse: “Soy mormona”. Como la joven que conocí en la tienda, que no temía que el mundo supiera que era miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, espero que nunca tengamos miedo ni seamos reacios a dar a conocer que somos mormones. Debemos tener confianza, como el apóstol Pablo cuando dijo: “Porque no me avergüenzo del evangelio de Cristo; porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree”1. Como miembros, seguimos a nuestro Salvador Jesucristo. Esta conversión y confianza es el resultado del esfuerzo diligente y deliberado. Es personal. Es un proceso que dura toda la vida. Seguir leyendo

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Podéis sentir esto ahora?

Conferencia General Octubre de 20122012-11-00-liahona
¿Podéis sentir esto ahora?
Por el élder Quentin L. Cook
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Quentin L. Cook

Algunos en la Iglesia creen que no pueden responder a la pregunta de Alma con un rotundo “sí”; no “sienten eso ahora”.

Presidente Monson, ¡lo amamos, honramos y sostenemos! Este anuncio históricamente importante con respecto al servicio misional es inspirador. Recuerdo el entusiasmo que sentimos en 1960 cuando la edad para que los hombres jóvenes sirvieran se redujo de los 20 años a los 19. Cuando llegué a las Misión Británica como misionero nuevo tenía 20 años; el primer joven de 19 años en nuestra misión fue el élder Jeffrey R. Holland, una adición increíble; le faltaban pocos meses para cumplir los 20 años. Después, a lo largo del año, llegaron muchos más jóvenes de 19 años. Tengo la seguridad de que se logrará una cosecha aún mayor ahora a medida que misioneros rectos y dedicados cumplan con el mandamiento del Salvador de predicar Su evangelio.

Bajo mi punto de vista, ustedes, los de la nueva generación, están mejor preparados que cualquier otra generación anterior. Su conocimiento de las Escrituras es particularmente sorprendente. Sin embargo, los desafíos que su generación enfrenta al prepararse para servir son similares a los que enfrentan todos los miembros de la Iglesia. Todos somos conscientes de que la cultura en la mayor parte del mundo no conduce a la rectitud y al compromiso espiritual. A lo largo de la historia, los líderes de la Iglesia han advertido al pueblo y han enseñado el arrepentimiento. En el Libro de Mormón, Alma, hijo, estaba tan preocupado por la iniquidad y la falta de compromiso que renunció a su puesto como juez superior, o líder del pueblo de Nefi, y concentró todos sus esfuerzos en su llamamiento profético1.

En uno de los versículos más profundos de las Escrituras, Alma proclama: “Si habéis experimentado un cambio en el corazón, y si habéis sentido el deseo de cantar la canción del amor que redime, quisiera preguntaros: ¿Podéis sentir esto ahora?”2.

Los líderes locales de todo el mundo informan que, considerados en conjunto, los miembros de la Iglesia, en especial los jóvenes, jamás han sido más fuertes. Sin embargo, casi siempre plantean dos preocupaciones: primero, el desafío de la creciente iniquidad en el mundo; y segundo, la apatía y falta de compromiso de algunos miembros. Ellos procuran consejo sobre cómo ayudar a los miembros a seguir al Salvador y a lograr una conversión profunda y duradera.

La pregunta “¿Podéis sentir esto ahora?” resuena a través de los siglos. Con todo lo que hemos recibido en esta dispensación, incluso la restauración de la plenitud del evangelio de Jesucristo, el derramamiento de dones espirituales y las indiscutibles bendiciones del cielo, el reto de Alma jamás ha sido más importante. Seguir leyendo

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Justicia para los muertos

Octubre de 1972
Justicia para los muertos
por el presidente José Fielding Smith

Joseph Fielding SmithYa que el Todopoderoso gobierna el univer­so entero mediante leyes inmutables, el hecho de que el hombre, que representa a la más grande de todas sus creaciones, debe obedecer en forma especial dichas leyes, debería ser aceptado por toda la gente. El Señor declaró esta verdad en forma breve y convincente, en una revelación dada a la Iglesia:

«A todos los reinos se ha dado una ley;

«Y hay muchos reinos; porque no hay es­pacio en el cual no hay reino; ni hay reino en el cual no hay espacio, sea un reino mayor o menor.

“Y a cada reino se ha dado una ley; y cada ley tiene también ciertos límites y condiciones.

«‘Todos los seres que no se sujetan a esas condiciones no son justificados» (D. y C. 88:36-39).

Esta verdad es evidente. Es por lo tanto razonable que esperemos que el reino de Dios sea gobernado por la ley y que todos aquellos que deseen entrar a dicho reino, se adhieran y estén sujetos a dicha ley. «He aquí, mi casa es una casa de orden, dice Dios el Señor, y no de confusión» (D. y C. 132:8).

El Señor le ha dado al hombre un código de leyes que llamamos el evangelio de Jesucristo. Debido a la falta de inspiración y guía espiri­tual, los hombres pueden diferir con respecto a estas leyes y su aplicación, pero difícilmente puede existir ninguna disputa con respecto al hecho de que tales leyes existen en realidad, y que todo aquel que desee entrar en el reino de Dios, debe sujetarse a ellas.

Nosotros enseñamos como fundamentos, primero, fe en Dios el Padre, en su Hijo, y en el Espíritu Santo; segundo, arrepentimiento sincero de todo pecado; tercero, bautismo por inmersión para la remisión de los pecados; cuarto, la imposición de manos para conferir el don del Espíritu Santo. Ningún hombre puede entrar en el reino de Dios sin cumplir primero con todos estos requisitos. Esto es virtualmente lo que el Señor le declaró a Nicodemo cuando dijo: «De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios» (Juan. 3:5).

Este edicto tiene que ser aceptado como verdadero y definitivo por todos aquellos que profesen creer en nuestro Salvador. Sin em­bargo, en los siglos pasados y aún ahora, en muchas de las llamadas comunidades cris­tianas, las equivocadas aplicaciones de esta doctrina han guiado a la comisión de serios errores, e inadvertidamente, a la perpetuación de graves pecados. Me refiero a la doctrina que proclama que todo aquel que no haya profesado en la carne la creencia en nuestro Se­ñor, o haya oído hablar de El antes de que la muerte lo quitara de la tierra, son para siempre condenados sin tener medios de escape de los tormentos del infierno. Esta falsa idea y aplicación de la verdad del evangelio ha sido una enseñanza del llamado cristianismo, desde los primeros siglos de la fe hasta nuestra era, aun cuando nunca formó parte del evangelio de Jesucristo. Seguir leyendo

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Las Escrituras y su relación con la estabilidad familiar

Octubre de 1972
Las Escrituras y su relación con la estabilidad familiar
por el presidente Marion G. Romney

Marion G. RomneyEn la médula misma de la fatal enfermedad de la sociedad, se en­cuentra la inestabilidad de la familia. Siendo consciente y es­tando profundamente preocupado acerca de este problema, quisiera hablar acerca de las Escrituras y cómo se relacionan con la estabili­dad familiar.

Tal vez sea un buen ejemplo decir que las Escrituras se rela­cionan con la estabilidad familiar del mismo modo que un juego de pianos y especificaciones técnicas se relaciona con un edificio.

Apenas a media cuadra de la Manzana del Templo se está ter­minando de construir un edificio de treinta pisos. Antes de que se hicieran las excavaciones para construir la estructura de dicho edificio, se consideraron todos los detalles técnicos, desde el subsuelo hasta el pináculo de la torre, se calcularon y se dibujaron en los planos. Las especificaciones que abarcaban detalladamente todo el trabajo y los requisitos mate­riales, se presentaron por escrito. Recuerdo con cuanto cuidado se hicieron los estudios a fin de de­terminar la fortaleza que debía tener el acero para estar en condi­ciones de soportar los efectos de los temblores de tierra y las dife­rentes presiones de los vientos. Los planos y especificaciones comple­tas fueron tramitados y considera­dos por los contratistas, cuando los mismos se presentaron para la licitación del trabajo. Estos planos se siguieron meticulosamente du­rante la construcción del edificio. . .

En las Escrituras podemos leer que el Señor mismo, antes de crear la tierra planeó detalladamente todas las cosas relacionadas con ella.

«. . . Yo, el Señor, hice el cielo y la tierra, y toda planta del campo antes que se hallase sobre la tierra, y toda hierba del campo antes que creciese. Porque yo, Dios el Señor, crié espiritualmente todas las co­sas de que he hablado antes de que existiesen físicamente sobre la faz de la tierra . . .» (Moisés 3:4-5).

Las familias son en verdad, in­finitamente más valiosas que los edificios; son aún de más valor que la misma tierra. El Señor ha dicho que todas sus creaciones, incluyen­do la tierra, están calculadas para ayudar a realizar su gran obra: «Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre» (Moisés 1:39). Más adelante, El reveló el hecho de que ningún hombre puede lograr la vida eterna a menos que sea miembro de una familia buena y estable. Siendo así, es inconce­bible que Dios no tuviera un plan y especificaciones para la construc­ción de la familia, la más preciosa y perdurable de sus creaciones. El hecho es que El preparó tal plan y especificaciones, y ambos se en­cuentran en las Escrituras.

Entender y obedecer estos píanos y especificaciones es tan esencial para el desarrollo de uni­dades familiares estables y perdu­rables, como lo es el comprender y obedecer los píanos y especifica­ciones de los edificios materiales y de los planetas. El hecho de que aquéllos no sean entendidos y obedecidos, es uno de los principales motivos de la inestabilidad de la familia en la sociedad mo­derna.

Las Escrituras nos revelan que la familia es una institución divina; que no fue creada por el hombre. Especifican claramente que Dios es el Padre literal de la gran familia a la cual pertenecen todos los habitantes de la tierra; que los espí­ritus de los hombres son sus amados hijos. (D. y C. 76:24); que su obra y su gloria es lograr para sus hijos la perfección y la exaltación que El mismo disfruta. Las Escrituras explican que a fin de que puedan obtener tal perfección, debe proveérseles con tabernácu­los físicos de carne y huesos, para ser así probados mortalmente.

El plan de Dios para el cumpli­miento de este objetivo les propor­cionó a sus hijos espirituales cuerpos mortales, así como la oportunidad de ser unidos en cali­dad de esposos por el poder del Sagrado Sacerdocio; que así unidos ellos deberían, mientras se encon­traran en la mortalidad, multipli­car y henchir la tierra bajo el divino convenio, o sea, proveer cuerpos mortales a otros de los hijos espiri­tuales de Dios, ayudándole así a llevar a cabo su vida eterna. Seguir leyendo

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Miremos hacia el cielo

Conferencia General Octubre 1971

Miremos hacia el cielo

John H. Vandenberg

por John H. Vandenberg
Obispo-Presidente


En el Libro de Job leemos las palabras que el Señor le habló, cuando le dijo:

«Ahora ciñe como varón tus lo­mos; yo te preguntaré, y tú me contestarás.

«¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo: saber, si tienes inteligencia.

«¿Quién ordenó sus medidas, si lo sabes? ¿O quién extendió sobre ella cordel?

«¿Sobre qué están fundadas sus basas? ¿O quién puso su piedra angular, ‘

«Cuando alababan todas las es­trellas del alba, y se regocijaban todos los hijos de Dios?» (Job 38:3-7)

Nosotros creemos que esta por­ción de escritura hace referencia a nuestra preexistencia con Dios, cuando nosotros, en su presencia, nos regocijamos con su anuncio del plan de la creación de la tierra en la cual moraría la raza humanar Creemos que cuando el plan fue presentado, lo aceptamos y reci­bimos el privilegio de progresar en nuestra existencia eterna.

William Wordsworth debió haber considerado seriamente el misterio de la vida cuando fue ins­pirado a escribir su bien conocida «Oda» en la cual dice:

«Un sueño y un olvido sólo es el nacimiento
«El alma nuestra, la estrella de la vida,
En otra esfera ha sido constituida
Y procede de un lejano firma­mento.
No viene el alma en completo ol­vido
Ni de todas las cosas despojada,
Pues al salir de Dios, que fue nues­tra morada,
Con destellos celestiales se ha ves­tido.
La madre tierra se esfuerza afanosa
Porque el hombre, su criatura, su inquilino,
Olvide que nació en hogar divino
Y ha venido de una esfera más gloriosa.»

Henry Ward Beecher ha dicho: «Dios no le pregunta al hombre si aceptará la vida, porque éste no tiene alternativa. Debe tomarla. La única alternativa es cómo.» Yo diría que nosotros hicimos la de­cisión de venir a la tierra; Dios no obliga a sus hijos. Seguir leyendo

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Los Diez Mandamientos

Conferencia General octubre de 1971

Los Diez Mandamientos

por el élder Sterling W. Sill
del Consejo de los Doce

Sterling W. SillHace algún tiempo, oí a un gran hombre de negocios dar una interesante fórmula para el éxito. Dijo que al proyectar cualquier logro, uno de los primeros pasos que deberían tomarse sería decidir en forma definitiva respecto a aque­llas cosas que no deberían hacerse bajo ninguna circunstancia. O sea, si una persona se inicia en los negocios, existen ciertas prácticas deshonestas y procedimientos im­propios que deberían desecharse definitiva y permanentemente por adelantado. O al planear un ma­trimonio feliz, hay infidelidades y deslealtades que nunca deben tener lugar. Cuando la persona ha eliminado aquellas cosas que no hará, entonces puede concentrar todo su tiempo y energía en las cosas que debe hacer.

Pero siempre encontramos grandes dificultades cuando fra­casamos al no tomar decisiones firmes y duraderas que gobiernen asuntos importantes. Un siquiatra le dijo una vez a un paciente: «¿Tiene usted algún problema en tomar una decisión?» El paciente respondió: «Bueno, sí y no.» Una persona así, es débil. Una persona indecisa comete muchos más errores de los que debiera.

Recientemente, a un hombre que buscaba ayuda con respecto a un problema moral, se le hizo la pregunta: «¿Qué va a hacer cuando se sienta tentado la próxima vez?» A lo que él respondió: «¿Cómo puedo saberlo hasta que sepa cuál es la tentación?» Si este hombre no puede recapacitar favorablemente mientras está sufriendo las con­secuencias, ¿qué podrá hacer cuando sus deseos se vean de nuevo encendidos por su iniqui­dad? Por cierto nos perjudicamos seriamente cuando posponemos tomar definitivamente una deci­sión acerca de esas preguntas im­portantes respecto a la moralidad, la honradez, la integridad, la industriosidad y la religión.

Una de las mejores ilustraciones de este procedimiento de definir los fracasos anticipadamente, fue empleada por el Señor mismo cuando trató de convertir al Israel antiguo en la nación más grande de la tierra. Tres meses después de haber sido liberados de su cau­tiverio en Egipto, acamparon frente al Monte Sinaí. Entonces Dios les dio los Diez Mandamientos, que incluían una lista de las cosas que no debían hacer bajo ninguna circunstancia, ya que ni Dios mismo podría hacer una gran na­ción de un grupo de asesinos, mentirosos, ladrones, ateos, adúl­teros y violadores del día de reposo.

Aparentemente el Señor trató de hacer su presentación tan memorable como fuera posible; lo cual trae a la memoria la anéc­dota del jefe de ingenieros de cierta compañía, cuyos servicios con la misma habían cesado, y que le preguntó al presidente la razón por la que había sido despe­dido; éste contestó: «Usted nos permitió hacer un error que nos costó demasiado dinero.» El in­geniero replicó: «Pero seguramente usted debe recordar que yo les aconsejé específicamente no ha­cerlo,» El presidente contestó: «Sí, recuerdo que usted nos aconsejó que no lo hiciéramos, pero no golpeó la mesa cuando nos acon­sejó.»

La clase de énfasis que se da a una idea es algunas veces tan im­portante como la idea misma. Recientemente, un ministro religio­so dijo en un programa de radio que él ya no hablaba más sobre los Diez Mandamientos en su iglesia, porque eran demasiado anticuados. Dijo también que su lenguaje era demasiado áspero para las dé­biles sensibilidades de nuestra época. Este ministro pensaba que en lugar de usar términos tan fuertes como mandar y no harás, el Señor debió haber empleado pala­bras más suaves tales como yo recomiendo, yo sugiero o yo aconsejo. Pero frecuentemente, las palabras suaves producen actitudes suaves con significados débiles y viola­ciones intrínsecas. Seguir leyendo

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Amor incondicional

Conferencia General Octubre 1971

Amor incondicional

Marion D. Hanks

por el élder Marion D. Hanks
Ayudante del Consejo de los Doce


Desde el principio, Dios ha estado muy interesado en sus hi­jos, los que se encuentran Seguros en el redil, algunos que se han descarriado y los que todavía no se encuentran dentro del mismo.

Esta noche hablaremos princi­palmente de los que están adentro, o aquellos que no se encuentran tan adentro como quisieran estarlo y como nosotros quisiéramos que estuvieran. Nuevamente leo con gozo lo que Alma el Profeta escri­bió acerca de algunas personas que se encontraban alejadas del redil, y que una vez habían estado dentro del mismo. Con tres de los hijos de Mosíah, dos de sus pro­pios hijos y otros dos conversos, fueron a enseñar a los zoramitas, de quienes se dijo. que habían caído en gran error, «pues no se esforzaban en guardar los manda­mientos de Dios, ni sus estatutos … Ni tampoco observaban los ritos de la Iglesia, de perseverar en orar y suplicar a Dios diaria­mente, para no caer en tentación. En fin, habían pervertido las vías del Señor en muchos casos; por lo que Alma y sus hermanos fueron al país para predicarles la palabra» (Alma 31:9-11).

Cuando eso sucedió, Alma le ofreció al Señor la clase de ora­ción que se encuentra en nuestros corazones al escuchar a estos ilus­tres siervos de la juventud que nos dirijen la palabra esta noche. «¡Oh Señor, concédenos el éxito en traerlos nuevamente a ti en Cristo! ¡He aquí, sus almas son preciosas, oh Señor, y muchos de ellos son nuestros hermanos (en­tre paréntesis, podríamos suponer que estuviera pensando en muchos de ellos como las esposas e hijos de nuestros hermanos en la actuali­dad y en lo futuro); por tanto, danos, Señor, poder y sabiduría para que nuevamente podamos llevarlos a ti!» (Alma 31:34-35).

Recientemente, el hermano Joe Christensen me mostró un extracto de la Historia de la Iglesia que me gustaría compartir brevemente con vosotros. En Documentary Hisíory of the Church (volumen 5, pág. 320- 21) se encuentra «Un breve bos­quejo del nacimiento de la ‘Socie­dad de Socorro de Jóvenes y Señoritas’ del Times and Seasons». Como afirma el anotador, obser­varéis que esto se relaciona más con la juventud que con la Socie­dad de Socorro, pero así se lla­maba.

«A fines de enero de 1843, un número de jóvenes se reunió en la casa del élder Heber C. Kimball (el profeta José Smith escribió esto), quien los amonestó en con­tra de las diversas tentaciones a las que está expuesta la juventud, y fijó otra reunión expresamente para los jóvenes en la casa del élder Billings; a la semana siguien­te se efectuó otra reunión, en el salón de clase del hermano Farr, el cual estaba repleto de gente. El élder Kimball pronunció dis­cursos, exhortando a los jóvenes a estudiar las escrituras, y habili­tarse y estar listos para salir al estrado de la acción, cuando sus actuales instructores y líderes se encuentren entre bastidores; asi­mismo, andar en buena compañía y conservarse puros y limpios de las manchas del mundo.» Seguir leyendo

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Podéis llegar allí desde donde estáis

Conferencia General Octubre 1971

Podéis llegar allí desde donde estáis

Marvin J. Ashton1

por el élder Marvin J. Ashton
del Consejo de los Doce


Al contemplar este gran audi­torio de poseedores del sacerdocio, y meditar sobre lo que se encuen­tra en mi corazón y que quiero comunicaros en este día, mis pen­samientos se vuelven hacia el joven perdido y confuso en una gran ciudad. Se, había perdido, y en su desesperación, había deteni­do a un hombre en la calle para preguntarle: «¿Cómo puedo llegar a tal dirección?» Después de con­siderarlo por algún tiempo, to­mando en cuenta los rascacielos y el denso tránsito, las calles con­fusas, los sinuosos ríos, super- carreteras, puentes, túneles, etc., el hombre contestó: «Desde aquí no puede llegar hasta allá.»

Frecuentemente he meditado so­bre este consejo, al observar par­ticularmente a algunos de nuestros jóvenes en sus actuales situaciones en la vida; algunos se encuentran perdidos, desviados, confusos, temerosos, enfermos, inseguros y desalentados. Qué tragedia encontrarnos en estos aprietos y que se nos diga, en respuesta a las pre­guntas «¿Cómo puedo volver a donde estaba?» o «¿Cómo puedo llegar a donde quiero ir?», «No puede llegar a su destino desde donde está »

Los discípulos del diablo ense­ñan que no hay manera de volver: «goza de la vida, todo el mundo lo hace, únete al grupo ya que es mucho más divertido permanecer perdidos.» El diablo es un enemi­go de los caminos de Dios, y tienta a los hombres.

«Por consiguiente, toda cosa buena viene de Dios, y lo que es malo viene del diablo; porque el diablo es enemigo de Dios, y siempre está contendiendo con él, e invitando e incitando a pecar y a hacer lo que es malo sin cesar» (Moroni 7:12).

Qué día feliz será, cuando, en contraste a la experiencia que este joven tuvo en la gran ciudad, él u otros puedan encontrar a alguien que les diga: «Sí, desde aquí puedes llegar a tu destino. Ven, sígueme.»

Humildemente, pero con todo el poder que poseo, declaro a nues­tra juventud «perdida», jóvenes y señoritas de todo el mundo: po­déis volver al buen camino desde donde estáis. El gran programa de servicios sociales de la Iglesia, que funciona como un auxiliar del sacerdocio, les brinda una mano de ayuda a nuestros jóvenes que tienen problemas sociales y emo­cionales. Como el presidente Smith nos ha declarado esta noche, honrando nuestro sacerdocio podemos ayudarlos a encontrar su camino hacia el gozo y la estabilidad.

Jóvenes, no seáis engañados, Dios os ama, El se preocupa por vosotros, El os quiere ver en sus senderos, donde hay consuelo, compañerismo y propósito. Como líderes, debemos comunicar eficaz­mente a nuestros jóvenes que Dios los ama no obstante donde se encuentren. Necesitamos sacrifi­car nuestro tiempo y talentos en este propósito.

«Y de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios» (Hebreos 13:16).

Le ruego a Dios que en lo futuro podamos comunicarles a las per­sonas que nos rodean el aspecto positivo, feliz y pleno de la vida.

Me gustaría compartir con voso­tros brevemente unas cuantas ex­periencias de algunos de nuestros amigos, que están probando que podemos llegar a nuestro destino desde donde estamos. Seguir leyendo

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Bendiciones del sacerdocio

Conferencia General Octubre 1971

Bendiciones del sacerdocio

Joseph Fielding Smith

por el presidente Joseph Fielding Smith


Mis estimados hermanos del sacerdocio: Me siento agradecido de estar con vosotros en esta reunión, y deseo decir unas cuantas palabras acerca del uso del sacerdocio para beneficio de la humanidad.

Este sacerdocio gobierna el evangelio; es una delegación de autoridad del Señor mismo y nos ha sido dado a fin de que hagamos lo que sea necesario para salvarnos y exaltarnos a nosotros mismos y a nuestro prójimo en el reino celestial.

En una de sus primeras revelaciones al profeta José Smith, el Señor dijo: «Si hicieres lo bueno, sí, siendo fiel hasta el fin, serás salvo en el reino de Dios, que es el óptimo de todos los dones de Dios; porque no hay don más grande que el de la salvación»

La salvación, que es la más grande de las bendiciones que cualquier hombre puede recibir, se obtiene mediante la obediencia a las leyes del evangelio; y éste se administra por medio del poder del sacerdocio, el cual nos es dado para bendecirnos a nosotros y a los otros hijos de nuestro Padre.

Es mediante el poder y la autoridad del sacerdocio que se predica el evangelio, y ¿qué mayor bendición que recibirlo puede llegar a la vida de una persona? Es mediante el poder del sacerdocio que los hombres son bautizados para la remisión de pecados, y que reciben el poder santificador del Espíritu Santo en su vida.

Nosotros recibimos el Sacerdocio de Melquisedec haciendo un convenio; prometemos magnificar nuestros llamamientos y vivir «de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mateo 4:4). El Señor nos promete que si hacemos estas cosas, ganaremos la exaltación en la gloria más alta del mundo celestial.

El matrimonio por esta vida y por toda la eternidad es una «orden del sacerdocio,» en la cual se les promete a los contrayentes reinos y tronos, si son fieles y dignos a sus obligaciones.

Los poseedores del Santo Sacerdocio tienen la autoridad para administrar a los enfermos en la casa de fe, para que los fieles santos puedan volver a tener salud y vigor, si no «están señalados para morir».

Y así es en todo el reino de servicio en la Iglesia. Las bendiciones del Señor se ofrecen a los Santos y al mundo, a través de la ministración de aquellos que poseen su Santo Sacerdocio, que lo representan, que verdaderamente son sus siervos y agentes y que están dispuestos a servirle y guardar sus mandamientos.

Ahora, mi súplica para todos los hermanos del sacerdocio es que utilicen la autoridad que han recibido, para bendición, primeramente de sí mismos, y luego de su prójimo, actuando siempre en armonía con el orden establecido de la Iglesia.

Aquellos que puedan y sean dignos deben responder a los llamamientos de predicar el evangelio, en su patria así como en el extranjero; los esposos deben bendecir a sus esposas e hijos. Todos debemos hacernos merecedores de las bendiciones de la Casa del Señor, que son bendiciones del sacerdocio conferidas sobre nosotros.

Mis queridos hermanos, este asunto de poseer el sacerdocio no es una cosa ligera o insignificante. Estamos tratando con el poder y la autoridad del Señor, que El nos ha dado al abrir los cielos en esta época, a fin de que nuevamente pudiéramos recibir todas las bendiciones, como cuando el hombre fue puesto sobre la tierra.

Ruego que todos podamos aprender nuestros deberes; que podamos magnificar nuestros llamamientos y que utilicemos nuestro sacerdocio para bendecirnos, bendecir a nuestros hermanos y a todos aquellos que escuchen el mensaje de salvación que llevamos a todas partes del mundo.

En esta ocasión, quisiera dar mi bendición a todos aquellos que han recibido el sacerdocio, que han sido ordenados, que tienen un llamamiento y son fieles a él.

Tenemos la responsabilidad, no solamente de recibir este sacerdocio para nuestro propio beneficio, sino para bendecir y beneficiar a todos aquellos que anden extraviados sobre la faz de la tierra y que e3tén dispuestos a arrepentirse y a recibir el evangelio; y llevaremos este mensaje de salvación a todo el mundo. Esa responsabilidad tenemos.

Quisiera expresaros mi agradecimiento y el deseo de unirme a vosotros, mis buenos hermanos, y hacer todo lo posible por llevar la salvación a toda alma que esté dispuesta a arrepentirse; y lo digo en el nombre del Señor Jesucristo Amén.

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Así dijo Jehová

Conferencia General Octubre 1971

Así dijo Jehová

Theodore M. Burton

por el élder Theodore M. Burton
Ayudante del Consejo de los Doce


Hace aproximadamente un mes,, recibí de la Primera Presidencia la asignación de efectuar una serie de conferencias en Sudamérica. Francamente, no sabía qué esperar de esos países. Al ver esas tierras y su gente, mi asombro no habría po­dido ser mayor.

Vi grandes ciudades con edifi­cios enormes y ultramodernos, y  con facilidades modernas por todos lados; el tránsito era sumamente denso; había edificios de apar­tamentos, oficinas, ferrocarriles subterráneos, modernas carreteras e industrias encaminadas con ardiente diligencia de afrontar las necesidades de una economía creciente.

Francamente, me quedé ena­morado de la gente sudamericana. Cuando llegué, no conocía a nadie, pero fui recibido con tanto cariño y hospitalidad que cuando salí de ahí unas semanas más tarde, me en­contré rodeado de muchos amigos nuevos y especiales, dándoles un abrazo de hermandad o afecto mientras nos despedíamos.

Al hablar con los líderes de la Iglesia, encontré que los sud­americanos afrontan los mismos problemas que las personas en otras partes del mundo. Mis amigos en Sudamérica me contaron que las personas de allí están tan in­teresadas en satisfacer sus necesi­dades materiales que descuidan

sus necesidades espirituales. Las iglesias están perdiendo a sus miembros; las personas no están interesadas en las religiones ac­tuales, y la influencia de la iglesia está decayendo. Las personas no encuentran ni consuelo ni solaz en las enseñanzas y filosofías re­ligiosas.

Lo mismo ocurre en Europa y los Estados Unidos. Supongo que es así en todo el mundo. En muchas partes, las iglesias se están convirtiendo en centros de acti­vidad política. Los ministros y sacerdotes están a la cabeza de movimientos de protesta de origen político. Los pastores se están volviendo hacia la sicología, si­quiatría y la ciencia social en su intento de servir y satisfacer las necesidades emocionales y espiri­tuales de sus parroquianos. Cuando se dan sermones son obras maes­tras intelectuales de hombres doc­tos entrenados como oradores en escuelas teológicas, pero el cora­zón ha salido de sus palabras. Imparten mensajes llenos de la sabiduría del hombre pero no de la de Dios.

Los líderes de las iglesias pal­pan y saben esto; como resultado, están tratando de reformar sus iglesias. Se han propuesto grandes cambios en las doctrinas y los procedimientos de las iglesias, y algunos de estos cambios se han llevado a la práctica. Se efectúan conferencias y sínodos con el pro­pósito de tratar de definir puntos de doctrina, métodos de procedi­miento o la fraseología de las ordenanzas del evangelio, etc.

Me da la impresión de que los hombres están tratando de hablar por Dios en vez de dejar que Dios hable por sí mismo.

Se ha dicho que lo que más se necesita hoy día no es la voz del hombre, sino la voz de Dios. ¿Cuál generación ha necesitado más la voz de un profeta de Dios para guiarla, que la actual? En un tiempo de la historia cuando nos encontramos acosados por un cla­mor de voces que dice: “He aquí la verdad» o «no, he aquí la verdad,» ¿dónde podemos en­contrar una voz autoritaria que diga «así dijo Jehová»? ¿Dónde está un Moisés, un Isaías, un Pedro, o un Pablo que pueda hablar de su conocimiento personal de Dios? Seguir leyendo

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Honradez, un principio de salvación

Conferencia General Octubre 1971

Honradez, un principio de salvación

Mark E. Petersen

por el élder Mark E. Petersen
del Consejo de los Doce


Uno de los Artículos de Fe de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días incluye la expresión, «creemos en ser hon­rados» (Artículo de Fe No. 3).

Pero no creemos en la honra­dez como una política simple­mente; es mucho más importante que eso. La honradez es un prin­cipio de salvación en el reino de Dios, y sin ella no puede haber salvación. Así como no hay hom­bre ni mujer que pueda salvarse sin el bautismo, nadie puede sal­varse sin la honradez. Como no podemos progresar en el reino de los cielos sin una resurrección, tampoco podemos avanzar a reinos celestiales sin la honradez.

Así como Dios condena la in­moralidad, también denuncia la hipocresía, que es una de las peores formas de improbidad. Cuando El describe el infierno del mundo venidero, especifica que las personas fraudulentas irán ahí. Ninguna cosa impura puede entrar en la presencia del Señor; del mismo modo ningún men­tiroso, tramposo ni hipócrita puede morar en su reino.

La improbidad está directamen­te unida al egoísmo, que es su origen y fuente. El egoísmo se encuentra en la raíz de casi todos los desórdenes que nos afligen, y la inhumanidad del hombre para con el hombre continúa siendo causa de lamento para miles de personas.

Si toda la humanidad fuese honrada, podríamos tener el cielo aquí en la tierra; no habría necesi­dad de tener ejércitos ni marinas, ni aun un policía en la más pe­queña comunidad, ya que no ha­bría crimen, ni se invadirían los derechos ajenos, ni habría violen­cia de una persona contra otra. No habría causas para el divorcio, ni tampoco tendríamos esposos errantes ni esposas infieles; el conflicto entre padres e hijos desa­parecería, y la delincuencia juvenil llegaría a su fin.

Pero, ¿hay en nuestra sociedad una tendencia más propagada que la de mentir y engañar?

Es la mentira del vendedor de drogas la que tienta al joven a ceder, y la mentira del seductor la que persuade a la jovencita a entregar su virtud.

Es la mentira del vendedor sin escrúpulos la que atrapa a su víctima en ese trato fraudulento.

Es la mentira del estudiante la que lo convierte en un tramposo en la escuela.

Es la mentira del niño, y muy a menudo también la de los padres, lo que ocasiona la brecha en la comunicación entre las genera­ciones.

Es la mentira del reparador irresponsable lo que esconde una reparación defectuosa.

Es el vivir mentira sobre men­tira lo que hace de un hombre un hipócrita.

Es la mentira del esposo o la esposa lo que lleva a la infidelidad, y la del estafador lo que lo hace falsificar’ sus libros.

Es el deseo de mentir y enga­ñar lo que convierte a una madre en ladrona de tiendas, y al niño que la ayuda en un criminal en potencia.

Es la mentira que se encuentra en los labios de los vecinos chis­mosos lo que lleva difamación a muchas víctimas inocentes.

Es la persona falsa la que trata de aprovecharse, de humillar o de perjudicar deliberadamente a un semejante.

Es la mentira del clérigo que aboga por las relaciones sexuales premaritales como un tipo de matrimonio probatorio, lo que persuade a la jovencita a perder su virtud. Quizás ella sea ingenua o torpe en aceptar su palabra, pero él tendrá que pagar un precio en la barra del juicio de Dios por decir que no hay ningún pecado en este tipo de relaciones, cuando sabe perfectamente lo que el Todopoderoso ha exclamado des­de las cumbres del Monte Sinaí: «No cometerás adulterio» (Éxodo 20:14). Seguir leyendo

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La importancia y eficacia de la oración

Agosto de 1972
La importancia y eficacia de la oración
por el presidente N. Eldon Tanner
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

N. Eldon TannerAl comenzar este artículo, lo hago con toda humildad, y ruego humildemente que mi Padre Celestial me guíe en este esfuerzo.

Cuando era niño y asistía a la escuela, me sentí profundamente impresionado por estas palabras clásicas:

«Más cosas se realizan por medio de la fe que lo que este mundo se imagina»

Probablemente me sentí impresionado por­que yo vivía en un hogar en donde orábamos individualmente, así como en familia, noche y día, todos los días, y también porque en dife­rentes ocasiones mis oraciones habían sido contestadas. Era maravilloso el sentimiento de seguridad al saber que podía acudir al Señor, que Él era en realidad mi Padre Celestial, que estaba interesado en mí y que podía oír y con­testar mis oraciones. Este conocimiento siempre ha sido una gran fuente de consuelo para mí; me ha brindado confianza y fortaleza cuando más lo necesitaba, y la habilidad de escoger y tomar con confianza, decisiones que de otro modo no hubiera podido realizar. Habiendo tenido estas experiencias, y sintiendo la necesi­dad de ayuda divina, siempre ha sido mi gran deseo buscar sabiduría y ayuda en todos mis asuntos, y así lo he practicado.

Durante mis tiernos años, pensaba natural­mente que a causa de que orábamos en nuestro hogar, la gente de todo el mundo tenía la misma creencia y oraba a nuestro Padre Ce­lestial. Pero al ir madurando, me di cuenta de que muchas personas nunca oran para recibir ayuda, ni expresan su gratitud por las bendi­ciones que reciben, ni dan las gracias por la comida que comen. Fue aún más sorprendente darme cuenta de que hay aquellos que ni siquiera creen en Dios, y por tanto, no tienen fe en El y no comprenden que es un Dios personal, literalmente nuestro Padre Celestial, que somos sus hijos y que realmente escucha y contesta nuestras oraciones.

Nunca podré expresar suficiente gratitud hacia mis padres por enseñarme este impor­tante principio. Mi padre realmente sabía cómo comunicarse con el Señor, y lo hacía parecer ante nuestros ojos como real y cerca de nosotros. En las mañanas oraba: «Tus ben­diciones estén con nosotros al desempeñar nuestras tareas, que podamos hacer lo co­rrecto y regresemos esta noche a rendirte cuentas.»

Frecuentemente pienso en esto, ¡y qué gran ayuda ha sido para mí! Si todos recordaran esto durante el día, en todas sus actividades, te­niendo en cuenta que durante la noche ten­drían que rendirle cuentas al Señor por lo que hubieran hecho durante ese día, sería un gran elemento disuasivo en contra del mal, y una gran ayuda en lograr obras de justicia.

El Señor ha amonestado a los padres a enseñar a sus hijos a orar y andar rectamente ante El. (Véase D. y C. 68:28.) Esta es nues­tra más importante obligación hacia nuestros hijos: enseñarles que son hijos espirituales de su Padre Celestial, que Él es real, que siente un gran amor por sus hijos y desea que triunfen, que deben orar para expresarle su gratitud y suplicar su guía, dándose cuenta de que la fe en Él les brindará mayor fortaleza, éxito y felicidad que la que pueden recibir de cual­quier otra fuente. Seguir leyendo

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Hijas en el convenio

Conferencia General de Mujeres de marzo de 2014

Hijas en el convenio

Henry B. EyringPor el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia

El sendero que debemos tomar en nuestro viaje de regreso a nuestro Padre Celestial… está marcado por convenios sagrados que hacemos con Dios.


Esta noche se nos ha enseñado con poder espiritual; ruego que las palabras expresadas por estas grandes hermanas líderes penetren su corazón como han penetrado el mío.

Ésta es una reunión histórica; se ha invitado a todas las mujeres de la Iglesia, de ocho años en adelante, a que se reúnan con nosotros esta noche. Muchos hemos orado para que el Espíritu Santo estuviese con nosotros y se nos concedió esa bendición al escuchar a estas hermanas hablar y al oír la música inspiradora. Ruego que el Espíritu siga acompañándonos mientras expreso algunas palabras de aliento y testimonio como complemento a lo que ya se ha dicho, y particularmente para testificar que lo que se ha dicho aquí es lo que el Señor quería que escuchemos.

Hablaré esta noche sobre el sendero —descrito de formas tan hermosas hoy— que debemos tomar en nuestro viaje de regreso a nuestro Padre Celestial. Ese sendero está marcado por convenios sagrados que hacemos con Dios. Hablaré con ustedes sobre el gozo de hacer y de cumplir esos convenios, y de ayudar a otros a cumplirlos.

Algunas de ustedes se bautizaron recientemente y recibieron el don del Espíritu Santo por la imposición de manos; ese recuerdo aún está vivo en ustedes. Otras se bautizaron hace mucho tiempo, de modo que el recuerdo de lo que sintieron al realizar esos convenios puede ser menos claro; pero algunos de esos sentimientos regresan siempre que escuchan las oraciones de la Santa Cena.

No hay dos personas entre nosotros que tendrán los mismos recuerdos en cuanto a ese día en que hicimos el convenio bautismal y recibimos el don del Espíritu Santo; pero todos sentimos la aprobación de Dios y sentimos el deseo de perdonar y ser perdonados, así como una mayor determinación de hacer lo correcto.

La intensidad con la que llegaron esos sentimientos a su corazón estuvo determinada, en gran parte, por la forma en que personas amorosas las prepararon. Espero que aquellas de ustedes que se bautizaron hace poco tengan la bendición de estar sentadas junto a su madre; si es así, tal vez puedan agradecerle con una sonrisa, ahora mismo. Recuerdo el sentimiento de alegría y gratitud que tenía sentado en el auto detrás de mi madre cuando volvíamos a casa de mi bautismo en Filadelfia, Pensilvania.

Fue mi madre la que me preparó con esmero para realizar ese convenio y todos los que seguirían; ella había sido fiel a este mandato del Señor:

“Y además, si hay padres que tengan hijos en Sión o en cualquiera de sus estacas organizadas, y no les enseñen a comprender la doctrina del arrepentimiento, de la fe en Cristo, el Hijo del Dios viviente, del bautismo y del don del Espíritu Santo por la imposición de manos, al llegar a la edad de ocho años, el pecado será sobre la cabeza de los padres. Seguir leyendo

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