Torbellinos espirituales

Conferencia General 5 de abril de 2014

Torbellinos espirituales

Neil L. AndersenPor el élder Neil L. Andersen
Del Quórum de los Doce Apóstoles

No dejen que los torbellinos los derriben. Éstos son sus días para permanecer fuertes como discípulos del Señor Jesucristo.


Les doy la bienvenida esta mañana, en particular a los jóvenes, los que están aquí, en el Centro de Conferencias, y los que se han reunido por todo el mundo. La suya es una generación escogida con un destino particular, y me dirijo especialmente a ustedes.

Hace muchos años, durante una visita a nuestra familia en Florida, pasó un tornado no muy lejos de donde estábamos. Una mujer que vivía en una casa rodante corrió a refugiarse en el cuarto de baño mientras la casa empezaba a temblar. Pasaron unos momentos y oyó la voz de la vecina diciendo: “Estoy aquí, en la sala”. Salió del baño y, para su gran asombro, descubrió que el tornado había levantado y trasladado su casa por el aire y la había depositado encima de la casa rodante de su vecina.

Mis jóvenes amigos, el mundo no avanzará suavemente hacia la segunda venida del Salvador. Las Escrituras declaran que “todas las cosas estarán en conmoción”1. Brigham Young dijo: “En los comienzos de esta Iglesia, se me reveló que la Iglesia se propagaría, prosperaría, crecería y se extendería y que, en proporción a la expansión del Evangelio entre las naciones de la tierra, también aumentaría el poder de Satanás”2.

Más inquietantes que los terremotos y las guerras3 que se han profetizado, son los torbellinos espirituales que pueden desarraigarlos de sus cimientos espirituales y lanzar su espíritu a lugares que nunca imaginaron posibles; a veces, incluso, sin que siquiera se den cuenta de que se han movido.

Los peores torbellinos son las tentaciones del adversario. El pecado siempre ha formado parte del mundo, pero nunca ha sido tan accesible, tan insaciable y tan aceptable. Existe, desde luego, una poderosa fuerza que vencerá los torbellinos del pecado; se llama arrepentimiento.

No todos los torbellinos de esta vida son consecuencia de lo que ustedes hacen; algunos sobrevienen como resultado de las malas decisiones de otras personas, y otros, simplemente porque ésta es la vida mortal.

Cuando era niño, el presidente Boyd K. Packer sufrió la terrible enfermedad de polio. Cuando el élder Dallin H. Oaks tenía siete años, su padre murió súbitamente. Cuando la hermana Carol F. McConkie, de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes, era adolescente, sus padres se divorciaron. Ustedes tendrán dificultades, pero al confiar en Dios, éstas fortalecerán su fe. Seguir leyendo

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Cómo protegerse de la pornografía: Un hogar centrado en Cristo

Conferencia General abril 2014

Cómo protegerse de la pornografía:
Un hogar centrado en Cristo

Linda S. ReevesPor Linda S. Reeves
Segunda Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

El mejor filtro en este mundo… es el filtro personal interno que proviene de un testimonio profundo y duradero.


Queridos hermanos y hermanas, me siento bendecida de tener a mis 13 nietos mayores en la congregación. Esto ha hecho que me pregunte: “¿Qué deseo que sepan mis nietos?”. Esta mañana me gustaría hablarle con franqueza a mi familia y a la de ustedes.

Nosotros, como líderes, estamos cada vez más preocupados por la destrucción que la pornografía está causando en la vida de los miembros de la Iglesia y sus familias. Satanás está atacando con una furia sin precedentes.

Un motivo por el que estamos aquí en la tierra es para aprender a dominar las pasiones y los sentimientos de nuestros cuerpos mortales. Esos sentimientos que Dios nos dio nos ayudan a que deseemos casarnos y tener hijos. La relación matrimonial íntima entre un hombre y una mujer que permite traer hijos a esta vida mortal también existe para que sea una experiencia hermosa y amorosa que una a dos corazones devotos, que una tanto el espíritu como el cuerpo, y brinde una plenitud de gozo y felicidad al aprender a poner primero las necesidades del otro cónyuge. El presidente Spencer W. Kimball enseñó que en el matrimonio “el cónyuge… se vuelve preeminente en la vida de su compañero o compañera, y… [ni] otro interés [ni] persona [ni] cosa alguna puede tomar precedencia sobre éste…

“El matrimonio lleva implícitas una lealtad y una fidelidad totales”1.

Hace muchos años, una de nuestras hijas estaba notablemente angustiada. Fui a su cuarto donde ella expresó sus sentimientos y me explicó que había estado en la casa de una de nuestras amistades y, por accidente, había visto imágenes alarmantes y perturbadoras en la televisión entre un hombre y una mujer sin ropa. Ella empezó a llorar y a expresar lo mal que se sentía por lo que había visto y deseaba borrarlo de la mente. Yo estaba muy agradecida de que ella confiara en mí, dándome la oportunidad de calmar su inocente y dolorido corazón, y ayudarla a saber cómo obtener alivio mediante la expiación de nuestro Salvador. Recuerdo los sentimientos sagrados que experimentamos cuando nos arrodillamos juntas, como madre e hija, y solicitamos la ayuda de nuestro Padre Celestial.

Muchos niños, jóvenes y adultos se ven expuestos inocentemente a la pornografía; pero un creciente número de hombres y mujeres están eligiendo verla y vuelven a ella repetidamente hasta que se convierte en una adicción. Quizás esas personas desean con todo el corazón salir de esa trampa, pero, con frecuencia, no pueden vencerla por ellas mismas. Cuán agradecidos estamos cuando esos seres queridos eligen confiar en nosotros como padres o en un líder de la Iglesia. Sería prudente no reaccionar con conmoción, enojo o rechazo, lo cual puede causar nuevamente su silencio. Seguir leyendo

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Cristo, el Redentor

Conferencia General abril 2014

Cristo, el Redentor

Carlos H. AmadoÉlder Carlos H. Amado
De los Setenta

[El sacrificio del Redentor] bendijo a todos, desde Adán, el primero, hasta el último de los seres humanos.


Jesucristo, el Hijo de Dios, nació y murió en circunstancias únicas; vivió y creció en humildad, despojado de las cosas materiales. Declaró acerca de sí mismo: “Las zorras tienen guaridas, y las aves de los cielos nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza” (Lucas 9:58).

Nunca recibió honores, favores, reconocimiento, ni trato preferencial de los gobernantes de la tierra ni de los religiosos de Su época, ni se sentó en los primeros lugares de las sinagogas.

Su predicación fue sencilla y, aunque multitudes lo seguían, Su ministerio siempre consistió en bendecir a las personas una por una. Realizó un sinnúmero de milagros entre aquellos que lo aceptaron como el enviado de Dios.

Dio a Sus apóstoles esa misma autoridad y poder para hacer milagros “aún mayores” de los que Él hizo (Juan 14:12), pero nunca les delegó el privilegio de perdonar pecados. Sus enemigos se indignaron cuando lo escucharon decir: “…vete, y no peques más” (Juan 8:11); o: “…tus pecados te son perdonados” (Lucas 7:48); ese derecho le pertenece sólo a Él por ser el Hijo de Dios y porque pagaría por ellos con Su Expiación.

Su poder sobre la muerte

Su poder sobre la muerte también fue otro atributo divino. Jairo, un principal de la sinagoga, le rogó que “entrase en su casa pues su hija única se estaba muriendo” (Lucas 8:41–42). El Maestro escuchó su ruego y, mientras caminaban, un siervo alcanzó a Jairo y le dijo: “No molestes al Maestro, tu hija ha muerto” (Lucas 8:49). Al entrar a la casa, Jesús pidió a todos que salieran y, seguidamente, tomándole de la mano le dijo: “¡…levántate!” (Lucas 8:54).

En otra ocasión, mientras viajaba a la Ciudad de Naín, se encontró con un cortejo fúnebre, donde una viuda lloraba por la muerte de su único hijo. Lleno de misericordia, tocó el féretro y dijo: “Joven, a ti te digo, ¡levántate!” (Lucas 7:14). La gente, al ver el milagro, exclamó: “Un gran profeta se ha levantado entre nosotros y: …Dios ha visitado a su pueblo” (Lucas 7:16). Este milagro fue más notorio porque ya lo habían declarado legalmente muerto, tanto así que ya se dirigían a sepultarlo. Con dos jóvenes “vueltos a la vida”, la evidencia de Su autoridad y poder sobre la muerte asombró a los creyentes y atemorizó a Sus difamadores.

La tercera ocasión fue la más impresionante. Marta, María y Lázaro eran hermanos a quienes Cristo solía visitar. Cuando la gente le informó que Lázaro estaba enfermo, permaneció dos días más antes de partir para ir a visitar a la familia. Al consolar a Marta, después de la muerte de su hermano, le testificó categóricamente “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Juan 11:25).

Cuando el Salvador pidió que removieran la piedra del sepulcro, Marta tímidamente le susurró: “Señor, hiede ya, pues lleva cuatro días” (Juan 11:39).

Entonces Jesús le recordó con amor: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?” (Juan 11:40); y habiendo dicho esto clamó a gran voz:

“¡Lázaro, ven fuera!

“y el que había estado muerto, salió” (Juan 11:43–44).

Después de cuatro días en una tumba, la evidencia fue tan irrefutable, que ante la imposibilidad de ignorarla, disminuirla o distorsionarla, los enemigos del Hijo de Dios, insensata y maliciosamente, “…desde aquel día convinieron en matarle” (Juan 11:53).

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La alegre carga del discipulado

Conferencia General abril de 2014

La alegre carga del discipulado

Ronald A. RasbandPor el élder Ronald A. Rasband
De la Presidencia de los Setenta

El sostener a nuestros líderes es un privilegio; conlleva la responsabilidad personal de compartir su carga y de ser discípulos del Señor Jesucristo.


El 20 de mayo del año pasado, un violento tornado dañó severamente los suburbios de la ciudad de Oklahoma, en la parte central de EE.UU., dejando un rastro de más de 1.6 km de ancho y de 27 km de largo. Esta tormenta, un torrente de tornados devastadores, cambió el panorama y la vida de las personas en su camino.

Sólo una semana después de que el violento tornado azotara, fui asignado a visitar el área donde las casas y pertenencias estaban dispersadas por los vecindarios arrasados y asolados.

Antes de ir, hablé con nuestro amado profeta, el presidente Thomas S. Monson, quien se deleita en ese tipo de obra para el Señor. Con respeto, no sólo por su oficio, sino también por su bondad, pregunté: “¿Qué quiere que yo haga? ¿Qué quiere que yo diga?”.

Él tomó mi mano con ternura, como lo hubiera hecho con cada una de las víctimas y cada uno de los que ayudaba con la devastación si hubiera estado allí, y dijo:

“Primero, dígales que los quiero.

“Segundo, dígales que estoy orando por ellos.

“Tercero, por favor agradézcales a todos aquellos que estén ayudando”.

Como miembro de la Presidencia de los Setenta, sentí la importancia de esa responsabilidad de acuerdo con las palabras que el Señor le habló a Moisés:

“Reúneme a setenta hombres de entre los ancianos de Israel, que tú sabes que son ancianos del pueblo y sus principales …

“Y yo descenderé y hablaré allí contigo; y tomaré del espíritu que está en ti [Moisés] y lo pondré en ellos, y llevarán contigo la carga del pueblo, y no la llevarás tú solo”1.

Éstas son palabras de tiempos antiguos, pero la manera del Señor no ha cambiado.

Actualmente, en la Iglesia, el Señor ha llamado a 317 Setentas que sirven en 8 quórumes a fin de apoyar a los Doce Apóstoles para sobrellevar la carga que lleva la Primera Presidencia. Con gozo, yo siento esa responsabilidad muy dentro de mí, al igual que el resto de las Autoridades Generales. Sin embargo, no somos los únicos que ayudan en esta gloriosa obra. Como miembros de la Iglesia alrededor del mundo, todos tenemos la maravillosa oportunidad de bendecir la vida de los demás. Seguir leyendo

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El costo —y las bendiciones— del discipulado

5 de abril 2014

El costo —y las bendiciones— del discipulado

Por el élder Jeffrey R. Holland
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Sean fuertes; vivan el Evangelio fielmente aunque los que estén a su alrededor no lo vivan en absoluto.

Presidente Monson, lo amamos. Usted ha entregado su corazón y su salud a todo llamamiento que el Señor le ha extendido, y especialmente al sagrado oficio que actualmente posee. La Iglesia entera le agradece su servicio constante y su infalible devoción al deber.

Con admiración y ánimo por todos los que tendrán que permanecer firmes en estos últimos días, les digo a todos, y especialmente a los jóvenes de la Iglesia, que, si aún no les ha tocado, un día se encontrarán ante el llamado de defender su religión o quizás hasta soportar un poco de maltrato personal por el simple hecho de ser miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. En esos momentos se requerirá de parte de ustedes tanto valentía como cortesía.

Por ejemplo, hace poco una misionera me escribió: “Mi compañera y yo vimos a un hombre sentado en una banca de la plaza de la ciudad comiendo su almuerzo. Al acercarnos, alzó la vista y vio nuestras placas misionales. Con una terrible expresión en el rostro, se puso de pie rápidamente y levantó la mano para pegarme. Yo evadí el golpe justo a tiempo, pero él me escupió la comida encima y empezó a decirnos las más horribles palabrotas. Nos marchamos sin decir nada. Intenté limpiarme la comida de la cara cuando sentí que una bola de puré de papas me golpeó la cabeza. A veces es difícil ser misionera, porque en ese preciso momento tenía ganas de volver, agarrar a ese hombre y decirle: ‘¿QUÉ ES LO QUE LE PASA?’; pero no lo hice”.

A esa dedicada misionera le digo: “Estimada joven, usted, en forma humilde, ha pasado a formar parte de un grupo muy distinguido de hombres y mujeres que, tal como Jacob, el profeta del Libro de Mormón, dijo que ‘[contemplaron la] muerte [de Cristo], y [sufrieron] su cruz, y [soportaron] la vergüenza del mundo’”1.

De hecho, en cuanto a Jesús mismo, Nefi, el hermano de Jacob, escribió: “Y el mundo, a causa de su iniquidad, lo juzgará como cosa de ningún valor; por tanto, lo azotan, y él lo soporta; lo hieren y él lo soporta. Sí, escupen sobre él, y él lo soporta, por motivo de su amorosa bondad y su longanimidad para con los hijos de los hombres”2. Seguir leyendo

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Sé ejemplo

Conferencia General Octubre 2001

“Sé ejemplo”

Thomas S. MonsonPresidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

“Llenen la mente con la verdad; llenen de amor el corazón; llenen la vida con servicio al prójimo”.

Esta noche hemos sido inspirados por los conmovedores mensajes de la presidencia general de la Sociedad de Socorro de la Iglesia. Su petición de que todos seamos firmes e inmutables es un sabio consejo, para que podamos afrontar la confusión de nuestra época y seamos verdaderos baluartes de constancia en medio de un mundo de cambio.

Repasemos las sabias palabras que escribió el apóstol Pablo a su amado Timoteo: “Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios; por la hipocresía de mentirosos [que tendrán] cauterizada la conciencia” 1 .

Después llegó el llamado inspirador de Pablo a Timoteo, que se aplica por igual a cada uno de nosotros: “…sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza” 2 .

Mis queridas hermanas, estando reunidas aquí en el Centro de Conferencias y en las congregaciones de todo el mundo, quisiera darles una fórmula que consta de tres partes, y que nos servirá de guía constante para cumplir con el cometido que dio el apóstol Pablo:

1. Llenen la mente con la verdad;
2. Llenen de amor el corazón;
3. Llenen la vida con servicio al prójimo.

Primero, llenen la mente con la verdad. No encontramos la verdad al arrastrarnos en el error. La verdad se encuentra al buscar, estudiar y vivir la palabra revelada de Dios. Adoptamos el error cuando nos asociamos con él; aprendemos la verdad cuando nos relacionamos con ella.

El Salvador del mundo instruyó: “…buscad palabras de sabiduría de los mejores libros; buscad conocimiento, tanto por el estudio como por la fe”3 . Y agregó: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” 4 .

Él invita a cada uno de nosotros: “Aprende de mí y escucha mis palabras; camina en la mansedumbre de mi Espíritu, y en mí tendrás paz” 5 .

Alguien de la época de los pioneros que ejemplificó el cometido del que se ha hablado esta noche de ser firmes e inmutables, y que llenó su mente, su corazón y su alma con la verdad fue Catherine Curtis Spencer. Su marido, Orson Spencer, era un hombre sensible y muy educado. Ella se había criado en Boston, y era muy culta y refinada. Tuvo seis hijos, pero su delicada salud empeoró cuando se vio expuesta a la intemperie y a las penurias tras haber salido de Nauvoo. El élder Spencer escribió a los padres de ella, para preguntarles si ella podría regresar a vivir con ellos mientras él preparaba una vivienda para ella en el Oeste. Ellos respondieron: “Si ella renuncia a su degradante fe, puede volver, pero nunca hasta que lo haga”. Seguir leyendo

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No somos todas madres?

29 de septiembre de 2001
¿No somos todas madres?
Sheri L. Dew
Segunda Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Sheri L. Dew“La maternidad es más que dar a luz hijos. Se trata de la esencia de quiénes somos como mujeres”.

Este verano, cuatro sobrinas y yo compartimos una tensa tarde de domingo cuando nos dirigíamos desde un hotel, situado en el centro de la ciudad que estábamos visitando, hacia una capilla cercana donde yo tenía que hablar. Yo había realizado ese trayecto varias veces, pero aquella tarde nos encontramos repentinamente en medio de un nutrido grupo de personas bebidas que acababan de presenciar un desfile. Aquél no era el mejor lugar para cuatro jovencitas ni para la tía de éstas; pero con las calles cerradas al tránsito no teníamos más opción que seguir caminando. Por encima del griterío alcancé a decir a las chicas: “No se alejen de a mí”. Mientras nos abríamos paso entre el gentío, lo único que me preocupaba era la seguridad de mis sobrinas.

Por fin llegamos a la capilla, pero durante una hora, comprendí lo que deben sentir las madres que hacen a un lado su seguridad personal para proteger a un hijo. Mis hermanas me habían confiado a sus hijas, a las cuales amo, y habría hecho cualquier cosa para guiarlas a lugar seguro. De igual modo, nuestro Padre ha confiado Sus hijos a nosotras, las mujeres, y nos ha pedido que los amemos y los guiemos de regreso a casa, protegiéndolos de los peligros de la vida terrenal.

Amor y guía. Estas palabras resumen no sólo la extraordinaria tarea del Padre y del Hijo, sino la esencia de nuestra labor, que es la de ayudar al Señor en Su obra. ¿De qué manera podemos ayudar mejor al Señor en Su obra las mujeres piadosas de los últimos días?

Los profetas han dado respuesta a esa pregunta en repetidas ocasiones, como hizo la Primera Presidencia hace seis décadas, cuando llamó a la maternidad “el servicio más sublime y más sagrado… asumido por la humanidad” 1 . Seguir leyendo

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Permanezcan firmes

29 de septiembre de 2001
Permanezcan firmes
Virginia U. Jensen
Primera Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Virginia U. Jensen“Jamás olvidemos que estamos estableciendo un fundamento para nuestra familia sobre la roca de nuestro Redentor”.

Mi hija menor y su esposo pasaron varios años buscando desesperadamente las mejores indicaciones médicas y lo último en asistencia científica para tener un hijo. Ayunaron y oraron con esperanza y anhelo.

Al final lograron el tan ansiado resultado y ahora ella está esperando su primer hijo. Hace poco el médico programó un reconocimiento exhaustivo para determinar el estado del embarazo. Mi hija estaba muy preocupada por el examen médico y días antes de la cita supo que su esposo no podría acompañarla, por lo que me preguntó si podía ir yo con ella. Me dijo: “Mamá, después de todo lo que hemos pasado, si algo va mal, voy a necesitar a alguien a mi lado”.

Qué alegría fue ver en la imagen ultrasónica a ese ser al que voy a amar y atesorar por toda la eternidad. Quería asegurar a mi hija que todo estaba bien, pero en mi interior, también yo estaba preocupada.

Después de que el médico hubo revisado el video de la ecografía, comentó sus impresiones con nosotras. Sus primeras palabras fueron: “¡Cuánto quisiera que toda criatura estuviese así de robusta!”. Apenas podía contenerme. Al salir del coche ya no pude reprimir más las emociones y comencé a llorar; se desbordaron infinidad de sentimientos. Lloraba con el deseo de que toda madre embarazada pudiera oír esas mismas palabras. Lloré por toda mujer que quería tener un hijo, pero no podía. Derramé lágrimas por todas las mujeres que desean tener hijos, pero que no han encontrado marido. Finalmente, lloré agradecida con el gran deseo de que nuestra familia le diese un hogar digno al pequeño.

El poeta inglés Wordsworth expresó algunos de mis sentimientos con respecto a ese nieto y al hogar cuando nos recordó que:

Un sueño y un olvido sólo es el nacimiento…
pues al salir de Dios, que fue nuestra morada,
con destellos celestiales se ha vestido
(William Wordsworth, “Ode: Intimations of Immortality from Recollections of Early Childhood”).

Nuestros hogares son sagrados por motivo de su conexión con nuestro Padre Celestial y nuestro hogar en el cielo. La experiencia con mi hija me recordó una vez más la prioridad y la suma importancia del hogar y la familia. También me recordó que, como mujeres, nuestra tendencia natural es la de amar, criar y enseñar; somos llamadas a proteger y bendecir a todo integrante de nuestra familia. Al enviar niños a esta tierra, el Señor necesita, sean cuales que sean nuestras circunstancias, que permanezcamos firmes e inquebrantables, y que continuemos formando hogares inexpugnables contra la creciente marejada del mal. Es nuestra responsabilidad ser las defensoras del hogar y de la familia allí donde nos encontremos. Seguir leyendo

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Constantes e inmutables

29 de septiembre de 2001
Constantes e inmutables
Mary Ellen Smoot
Presidenta General de la Sociedad de Socorro

Mary Ellen Smoot“No podemos abandonar nuestra fe en cuanto aparezcan las dificultades. No nos volveremos, no retrocederemos y no nos desanimaremos”.

Algunas personas y acontecimientos pasan por nuestra vida, dejan huella en nuestro corazón y ya no seguimos siendo las mismas.

Esta noche, como presidencia, rogamos que las palabras que se pronuncien dejen huella en nuestros corazones y que nos mantengan firmes, constantes e inmutables como hijas de Dios.

Al viajar por el mundo, las fieles hermanas de la Sociedad de Socorro han dejado huella en mi corazón. He presenciado sus dedicados esfuerzos por ayudarse unas a otras tanto aquí como en todo el mundo. Nunca volveré a ser la misma.

Les ruego que oren por mí mientras les diga unas pocas cosas que espero penetren en sus corazones y las acerquen más a nuestro Salvador y Redentor.

Escogemos ser constantes e inmutables en nuestra fe a causa de las promesas de gloria eterna, aumento eterno y la continuación de las relaciones familiares en el reino celestial. Amamos a nuestros familiares y sabemos que nuestro mayor gozo y paz proceden de ver a cada miembro de la familia hacer frente a las pruebas de la vida y escoger hacer lo correcto para vencer al mundo.

De vez en cuando tomo entre mis manos el rostro de alguno de mis hijos o nietos cuando veo que están haciendo algo que les hará daño a corto o a largo plazo. Los miro fijamente a los ojos y les explico con detenimiento cuánto se les quiere y se les aprecia; y a continuación les describo el daño que puede desprenderse de las decisiones que han tomado.

Imagino al Salvador tomando nuestra faz entre Sus manos y suplicando a cada una que permanezca constante, inmutable y fiel al Dios que nos ha creado.

Hermanas, desearía poder tomar sus rostros entre mis manos, mirarlas fijamente a los ojos y transmitirles una visión clara de su importante función como amadas hijas de Dios, cuyas “[vidas tienen] significado, propósito y dirección”. Somos mujeres que “incrementamos nuestro testimonio de Jesucristo por medio de la oración y del estudio de las Escrituras”, que “procuramos adquirir fortaleza espiritual al seguir los susurros del Espíritu Santo”. “Estamos consagradas al fortalecimiento del matrimonio, de la familia y del hogar y consideramos que es noble ser madre y que es un gozo ser mujer” 1 . Somos mujeres de la organización de la Sociedad de Socorro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Seguir leyendo

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Para siempre Dios esté con vos

7 de octubre de 2001
“Para siempre Dios esté con vos”
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

“Nuestra seguridad yace en la virtud de nuestras vidas. Nuestra fortaleza yace en nuestra rectitud. Dios ha indicado claramente que si no le abandonamos a Él, Él no nos abandonará a nosotros”.

Mis queridos hermanos y hermanas, ha sido un placer tener con nosotros ayer y hoy a la hermana Inis Hunter, viuda del presidente Howard W. Hunter. Agradecemos muchísimo su presencia.

Hemos llegado al término de esta gran conferencia. El coro cantará “Para siempre Dios esté con vos” (Himnos, Nº 89). Me siento agradecido por ese himno, que dice:

Para siempre Dios esté con vos;
con Su voz Él os sostenga;
con Su pueblo os mantenga.
Cuando el temor os venga,
en Sus brazos Él os tenga.
Que os guíe Su bandera;
Que la muerte no os hiera.
Para siempre Dios esté con vos.

He cantado ese himno en inglés mientras los demás lo cantaban en varios otros idiomas. He cantado en voz alta esa bella y sencilla letra en ocasiones memorables en todos los continentes de la tierra. La he cantado en la despedida de misioneros con lágrimas en los ojos. La he cantado con hombres vestidos para la batalla durante la guerra de Vietnam. En miles de lugares y en diversas circunstancias a lo largo de casi innumerables años, he cantado en voz alta esa letra de despedida con muchas otras personas que se aman unas a otras.

No nos conocíamos cuando nos reunimos. Éramos hermanos y hermanas cuando nos despedimos.

La sencilla letra de ese himno ha sido una oración elevada al trono del cielo de labios de los unos por los otros.

Y con ese espíritu, nos despedimos al terminar lo que ha sido una conferencia de lo más notable e histórica.

Espero que, al haber oído hablar a los hermanos y a las hermanas, nuestros corazones se hayan conmovido y nuestras resoluciones se hayan intensificado. Confío en que todo hombre casado se haya dicho: “Seré más bondadoso y generoso con mi compañera y con mis hijos. Controlaré mi mal genio”. Espero que la bondad reemplace a la dureza en nuestras conversaciones.

Espero que toda esposa piense en su marido como en su querido compañero, la estrella de su vida, su apoyo, su protector, su compañero con quien anda de la mano “en yugo igual”. Espero que considere a sus hijos como hijos e hijas de Dios y como la aportación más importante que ella ha hecho al mundo, que su mayor interés se cifre en los logros de sus hijos y que los considere a ellos más valiosos que cualquier otra cosa que tenga o que podría desear tener.

Espero que los niños y las niñas salgan de esta conferencia con un mayor aprecio por sus padres, con un amor más ferviente en sus corazones por los que los han traído al mundo, por los que más los quieren y se preocupan más por ellos.

Espero que el ruido de nuestros hogares disminuya unos cuantos decibelios, que nuestras voces sean más tenues y que nos hablemos el uno al otro con mayor aprecio y respeto.

Espero que todos los que somos miembros de esta Iglesia seamos absolutamente leales a la Iglesia. La Iglesia necesita su apoyo leal y ustedes necesitan el apoyo leal de la Iglesia.

Confío en que la oración cobre renovado brillo en nuestras vidas. Ninguno de nosotros sabe lo que nos traerá el mañana. Podemos especular, pero no sabemos. La enfermedad podría sobrevenirnos. La desgracia podría salirnos al paso. Los temores podrían afligirnos. La muerte podría poner su fría y solemne mano sobre nosotros o sobre un ser querido.

Sea lo que fuere que nos suceda, ruego que la fe, inmutable y firme, brille sobre nosotros como la estrella polar.

Ahora, en el día de hoy, nos vemos ante problemas particulares, graves, arrolladores, difíciles y que nos producen honda preocupación. Sin duda, tenemos necesidad del Señor.

Cuando fui a casa a almorzar, encendí el televisor, vi las noticias durante un momento y parafraseé en mi mente las palabras del salmo: “¿Por qué se amotinan las gentes y las naciones?” (véase Salmos 2:1). He vivido durante todas las guerras del siglo XX. Mi hermano mayor está sepultado en la tierra de Francia, víctima de la Primera Guerra Mundial. He vivido durante la Segunda Guerra Mundial, la guerra de Corea, la guerra de Vietnam, la guerra del Golfo y conflictos bélicos menores. Hemos sido gentes muy pendencieras y difíciles en nuestros conflictos de los unos con los otros. Por tanto, debemos volvernos al Señor y acudir a Él. Pienso en las magnas palabras de Kipling:

Allá, muy lejos, nuestras armadas se van a desvanecer.
En dunas y cabos cae el fuego de los disparos.
¡Ah, toda nuestra pompa de ayer
como Nínive y Tiro se ha tornado!
Juez de las naciones, ¡líbranos del mal,
para que nunca jamás lleguemos a olvidar!
(Rudyard Kipling, “Recessional”, en Masterpieces of Religious Verse, editado por James Dalton Morrison, 1948, pág. 512. Traducción).

Nuestra seguridad yace en la virtud de nuestras vidas. Nuestra fortaleza yace en nuestra rectitud. Dios ha indicado claramente que si no le abandonamos a Él, Él no nos abandonará a nosotros. Él, que guarda a Israel, no se adormece ni duerme (véase Salmos 121:4).

Ahora, al terminar esta conferencia, aunque se ofrecerá una última oración, quisiera elevar una breve plegaria en medio de las circunstancias en que nos hallamos:

Oh Dios, nuestro Padre Eterno, Tú, gran Juez de las naciones, Tú, que eres el gobernador del universo, Tú, que eres nuestro Padre y nuestro Dios, cuyos hijos somos, acudimos a Ti con fe en esta aciaga y solemne ocasión. Por favor, amado Padre, bendícenos con fe, bendícenos con amor, bendícenos con caridad en nuestros corazones. Bendícenos con el espíritu de perseverancia a fin de arrancar de raíz las maldades atroces que hay en este mundo. Brinda protección y guía a los que participan activamente en la batalla. Bendícelos; protégeles la vida; guárdalos del mal y de la maldad. Oye las oraciones de sus seres queridos por su seguridad. Rogamos por las grandes democracias de la tierra, las cuales Tú has amparado en la creación de sus gobiernos, donde imperan la paz, la libertad y los procedimientos democráticos.

Oh, Padre, considera con misericordia ésta, nuestra propia nación, y sus amigos, en estos momentos de necesidad. Compadécete de nosotros y ayúdanos a andar siempre con fe en Ti y siempre con fe en Tu Hijo Amado, con cuya misericordia contamos y a quien consideramos nuestro Salvador y nuestro Señor. Bendice la causa de la paz y devuélvenosla pronto, Te suplicamos humildemente, implorándote que perdones nuestra arrogancia, que pases por alto nuestros pecados, que seas bondadoso y misericordioso con nosotros, y que hagas que nuestros corazones se vuelvan con amor hacia Ti. Te rogamos todo esto con humildad en el nombre de Él, que nos ama a todos, sí, el Señor Jesucristo, nuestro Redentor y nuestro Salvador. Amén.

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El poder de un firme testimonio

7 de octubre de 2001
El poder de un firme testimonio
Élder Richard G. Scott
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Richard G. Scott

“Tu seguridad personal y tu felicidad dependen de la fortaleza de tu testimonio, ya que éste guiará tus acciones en tiempos de prueba o incertidumbre”.

En este mundo incierto, hay cosas que nunca cambian: el amor perfecto de nuestro Padre Celestial por cada uno de nosotros; la seguridad de que Él existe y que nos escuchará siempre; la existencia de las verdades absolutas e inalterables; el hecho de que hay un plan de felicidad; la seguridad de que el éxito en la vida se obtiene por medio de la fe en Jesucristo y la obediencia a Sus enseñanzas, en virtud del poder redentor de Su expiación; la certeza de la vida después de la muerte; la realidad de que la condición que tengamos allá la establece la forma en que vivamos aquí. El que alguien acepte o no esas verdades, no altera su realidad. Estas verdades constituyen el cimiento esencial de un testimonio viviente. Un firme testimonio es el cimiento inquebrantable de una vida segura y significativa donde la paz, la confianza, la felicidad y el amor pueden florecer. Está cimentado en la convicción de que un Dios, que todo lo sabe, está al frente de Su obra. Él no fracasará. Él cumplirá Sus promesas.

Un firme testimonio es el poder sustentador de una vida de éxito. Está centrado en una comprensión de los divinos atributos de Dios, nuestro Padre, de Jesucristo y del Espíritu Santo; y se afirma por medio de una confianza voluntaria en Ellos. Un testimonio poderoso se funda en la seguridad personal de que el Espíritu Santo puede guiar e inspirar para bien nuestros hechos diarios.

Un testimonio se fortalece mediante impresiones espirituales que ratifican la validez de una enseñanza, de un hecho recto o de la advertencia de un peligro eminente. Con frecuencia, esa guía va acompañada de emociones poderosas que dificultan el habla y llenan los ojos de lágrimas. Pero un testimonio no es emoción, es la esencia misma del carácter entretejido con hebras que han resultado de incontables decisiones correctas. Esas elecciones se han hecho teniendo fe segura en las cosas que se creen y que, al menos al principio, no se ven 1 . Un firme testimonio brinda paz, consuelo y seguridad; genera la convicción de que, a medida que se obedecen las enseñanzas del Salvador de manera constante, la vida será hermosa, el futuro sólido y tendremos la capacidad para vencer las dificultades que atraviesen nuestro camino. Un testimonio crece de la comprensión de la verdad que destila de la oración y de la meditación de la doctrina de las Escrituras. Se nutre al vivir esas verdades, con fe y la segura confianza de que se lograrán los resultados prometidos.

Un testimonio firme ha sostenido a los profetas a través de las épocas y los ha fortalecido para que actúen con valentía y determinación en tiempos difíciles. Un testimonio poderoso puede hacer lo mismo por ti. Al fortalecer tu testimonio personal, tendrás poder para hacer las elecciones correctas, a fin de permanecer inmutable ante las presiones de un mundo cada vez más despiadado. Tu seguridad personal y tu felicidad dependen de la fortaleza de tu testimonio, ya que éste guiará tus acciones en tiempos de prueba o incertidumbre.

Haz una franca evaluación de tu vida personal. ¿Cuán firme es tu testimonio? ¿Es en verdad un poder sustentador en tu vida? o ¿es más como una esperanza de que lo que has aprendido es verdadero? ¿Se parece más a una creencia vaga de que los conceptos y las pautas de la vida que valen la pena parecen ser razonables y lógicos? Esa aceptación mental no te será de ayuda cuando tengas que afrontar los serios desafíos que inevitablemente se te presentarán. ¿Te guía tu testimonio a tomar decisiones correctas? Para que así sea, las verdades fundamentales deben convertirse en parte esencial de cada fibra de tu carácter. Deben ser una parte esencial de tu ser, más preciada aún que la vida misma. Si una evaluación honrada de tu testimonio te confirma que no es tan firme como debiera ser, ¿cómo puedes fortalecerlo?

Tu testimonio se fortalecerá a medida que ejerzas fe en Jesucristo, en Sus enseñanzas y en Su poder ilimitado para realizar lo que Él ha prometido 2. Las palabras claves son “ejerzas fe”. La fe verdadera tiene un poder enorme pero, existen principios que debemos seguir para desatar ese poder. Moroni enseñó: “la fe es las cosas que se esperan y no se ven; por tanto, no contendáis porque no veis, porque no recibís ningún testimonio sino hasta después de la prueba de vuestra fe 3 . Eso significa que debes poner en práctica la verdad o el principio en el cual tienes fe. Al vivirlo de forma constante, recibirás un testimonio de su veracidad por medio del Espíritu Santo. Por lo general, es un sentimiento de paz; podría ser una emoción interior; se podría manifestar mediante la revelación de otras verdades. Si buscas con paciencia una confirmación, la recibirás. Reconoce que el Señor te dará la capacidad para comprender y probar, por medio de la experiencia personal, la veracidad de Sus enseñanzas. Él te confirmará la certeza de que cuando Sus leyes se obedezcan con buena voluntad y constancia, los resultados serán los prometidos.

Un testimonio poderoso brota de tranquilos momentos de oración y meditación, al reconocer las impresiones que acompañan dicho esfuerzo. La oración humilde y confiable trae consigo consuelo, solaz, dirección y paz, algo que los indignos nunca conocerán.

Algunas verdades relacionadas con la oración pueden ayudarte. El Señor escuchará tus oraciones en tiempos de necesidad e invariablemente las contestará. Sin embargo, Su contestación por lo general no la recibirás mientras te encuentres de rodillas orando, a pesar de que supliques recibir una respuesta inmediata. Existe un modelo que debes seguir. Se te pide que busques una respuesta a tus oraciones y después confirmes que es correcta 4 . Obedece Su consejo de “estudiarlo en tu mente” 5 . Muchas veces pensarás en una solución; entonces, busca confirmación de que la respuesta es correcta. Esa ayuda se puede recibir por medio de la oración y la meditación de las Escrituras, en ocasiones por medio de la intervención de otros 6 , o por tu propia habilidad, mediante la guía del Espíritu Santo.

A veces el Señor deseará que actúes con confianza antes de que recibas una respuesta confirmativa. Sus respuestas se reciben por lo general como envíos de ayuda. Al seguir cada uno de ellos con fe, se unirán para darte la respuesta completa. Ese modelo requiere el ejercicio de la fe. Aunque a veces es muy difícil, da como resultado un significativo progreso personal. En ocasiones, el Señor te dará una respuesta antes de que la pidas. Eso ocurre cuando no eres consciente de un peligro o cuando haces algo que no está bien, pensando que es correcto.

Alma demostró cómo el ayuno y la oración pueden fortalecer tu testimonio. Él declaró:

“…os testifico que yo sé que estas cosas de que he hablado son verdaderas. Y ¿cómo suponéis que yo sé de su certeza?

“He aquí, he ayunado y orado muchos días para poder saber estas cosas por mí mismo. Y ahora sé por mí mismo que son verdaderas; porque el Señor Dios me las ha manifestado por su Santo Espíritu…” 7 .

Por medio de este ejemplo personal, el presidente Romney enseñó en cuanto al poder fortalecedor de las Escrituras en lo que respecta al testimonio:

“Les exhorto a que se familiaricen con [el Libro de Mormón]. Léanlo a sus hijos; ellos no son demasiado pequeños para entenderlo. Recuerdo que lo estaba leyendo con uno de mis hijos cuando él era muy pequeño… Yo me acostaba en la litera de abajo y él en la de arriba. Nos turnábamos para leer en voz alta los párrafos de esos últimos tres maravillosos capítulos de 2 Nefi. Oí que se le quebraba la voz y pensé que tenía un resfrío… Al terminar, dijo: ‘Papá, ¿lloras alguna vez al leer el Libro de Mormón?’

“‘Sí, hijito… a veces el Espíritu del Señor testifica de tal manera a mi corazón que el Libro de Mormón es verdadero que me hace llorar’.

“Papá, eso mismo me ha sucedido esta noche’” 8 .

Tu testimonio se fortalecerá mediante la obediencia voluntaria a la ley de los diezmos y por las ofrendas de ayuno, y el Señor te bendecirá abundantemente. Al fortalecerse tu testimonio, Satanás tratará con más ahínco de tentarte. Resiste sus empeños; te volverás más fuerte y la influencia que tenga en ti se debilitará 9 . El aumento de la influencia de Satanás en el mundo se permite con el fin de crear un ambiente en el cual seamos probados. Aunque él cause estragos y confusión hoy día, el destino final de Satanás quedó establecido por Jesucristo, merced a Su expiación y resurrección. Él no triunfará.

Aun ahora, Satanás debe actuar dentro de los límites establecidos por el Señor. Él no puede quitar ninguna bendición que se haya logrado, ni puede alterar el carácter que se ha formado entretejiendo decisiones correctas. Él no tiene poder para destruir los lazos eternos hechos en un santo templo entre marido, mujer e hijos. Él no puede apagar la fe verdadera; no puede quitarte tu testimonio. Es verdad que esas cosas se pueden perder si se sucumbe a sus tentaciones; pero él no tiene poder para destruirlas.

Esas y otras verdades son ciertas; sin embargo, tu convicción de su certeza debe provenir de tu comprensión de la verdad, de tu aplicación de la ley divina y de tu disposición para buscar el testimonio ratificador del Espíritu. Tu testimonio puede comenzar con el reconocimiento de que las enseñanzas del Señor parecen razonables, pero debe crecer por medio de la práctica de esas leyes. Entonces, tu propia experiencia te atestiguará de su validez y se producirán los resultados prometidos. Esa confirmación no se recibirá en su totalidad a la vez. Un firme testimonio se recibe línea por línea, precepto por precepto; requiere fe, tiempo, obediencia constante y la voluntad de sacrificar.

Un firme testimonio no se puede edificar sobre un cimiento débil; por eso, no pretendas creer en algo de lo cual no estés seguro. Busca recibir una confirmación ratificadora. Esfuérzate en ferviente oración, viviendo rectamente, y pide una confirmación espiritual. Lo bello de las enseñanzas del Señor es que son verdaderas y que puedes confirmarlas por ti mismo. Desarrolla tu susceptibilidad espiritual estando siempre alerta a la guía que se recibe por medio de esa voz apacible y delicada del Espíritu. Permite que tu Padre Celestial conozca tus sentimientos, tus necesidades, tus preocupaciones, tus esperanzas y aspiraciones. Dirígete a Él con total confianza, sabiendo que te escucha y te contesta. Después sigue con paciencia tu vida haciendo aquello que sabes es correcto, andando con esa confianza nacida de la fe y la rectitud, esperando pacientemente la respuesta que vendrá de la manera y en el momento en que el Señor considere más apropiado 10 .

¿Por qué pudo hacer José Smith aquello que estaba más allá de su capacidad personal? Lo hizo en virtud de su poderoso testimonio, el cual tuvo que ver con su obediencia, su fe en el Maestro y su inquebrantable determinación de hacer Su voluntad. Testifico que a medida que se fortalezca tu testimonio, podrás gozar de inspiración, cuando la necesites y la merezcas, a fin de saber lo que habrás de hacer y, cuando sea necesario, tengas el poder o la capacidad divinos para lograrlo 11 . José Smith perfeccionó la facultad de seguir la guía del Señor al llevar a la práctica la disciplina personal; no permitió que sus propios deseos, conveniencia o las persuasiones de los hombres interfirieran con esa sumisión. Sigue su ejemplo.

Para obtener paz y seguridad perdurables, en algún momento de tu vida, en instantes de quieta reflexión, debes llegar a saber con seguridad que hay un Dios en los cielos que te ama; que Él está al mando y te ayudará. Esa convicción es la médula de un firme testimonio.

Dentro de unos momentos, el presidente Gordon B. Hinckley impartirá el mensaje final de esta conferencia. Esta mañana lo escuchamos, como profeta del Señor, impartir consejos serios pero a la vez tranquilizadores en cuanto a los desafíos que enfrentamos. Nos suplicó que oráramos con humildad a nuestro Padre Celestial para recibir guía y fortaleza para combatir el mal. Nuestra seguridad se encuentra en Él y en Su Amado Hijo Jesucristo. Sé que el Salvador te ama. Él ratificará tus esfuerzos para fortalecer tu testimonio a fin de que se convierta en un poder consumado para bien en tu vida, un poder que te dará sustento en todos los tiempos de necesidad y te dará paz y seguridad en estos tiempos de incertidumbre.

Como uno de Sus apóstoles autorizado para dar testimonio de Él, testifico solemnemente que sé que el Salvador vive, que Él es un personaje resucitado y glorificado de amor perfecto Él es nuestra esperanza, nuestro. Mediador, nuestro Redentor. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Notas

1. Véase Éter 12:6; Hebreos 11:1.
2. Véase Alma 26:22; D. y C. 3:1–10; D. y C. 82:10.
3. Éter 12:6, cursiva agregada.
4. Véase D. y C. 6:23, 36; 8:2–3, 10; 9:9.
5. D. y C. 9:8.
6. Véase The Teachings of Spencer W. Kimball; editado por Edward L. Kimball, 1982, pág. 252.
7. Alma 5:45–46.
8. Véase J. Richard Clarke, “Escudriñad las Escrituras”, Liahona, enero de 1983, pág. 22.
9. Véase David O. McKay, “Let Virtue Garnish Thy Thoughts,” Improvement Era, junio de 1969; pág. 28.
10. Véase David O. McKay, “The Times Call for Courageous Youth and True Manhood,” Improvement Era, junio de 1969; pág. 117.
11. Véase D. y C. 43:16.

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Cuídense de murmurar

7 de octubre de 2001
Cuídense de murmurar
Élder H. Ross Workman
De los Setenta

H. Ross Workman“La obediencia es esencial para comprender las bendiciones del Señor”.

Cuando era misionero, mi compañero y yo testificábamos que Dios habla hoy en día por medio de profetas. Un hombre preguntó: “¿Y qué es lo que su profeta dijo esta semana?”. Al esforzarme por recordar el mensaje del profeta en el ejemplar de Improvement Era más reciente, la revista más importante de la Iglesia en ese entonces, llegué a entender de manera especial la importancia de conocer y obedecer las enseñanzas del profeta viviente.

Hoy, espero persuadirlos a seguir a los profetas vivientes y advertirles sobre el engaño que ha creado el adversario para evitar que los sigan. Las Escrituras se refieren a ese engaño como “murmuración”.

El Salvador enseñó una parábola para advertirnos sobre el traicionero camino a la desobediencia por medio de la “murmuración”. En la parábola aprendemos sobre un noble que tenía un terreno muy escogido; él les dijo a sus siervos que plantaran doce olivos y construyeran una torre para vigilar el olivar. El objetivo de la torre era permitir que un vigía se quedara allí para advertir la venida del enemigo y así el olivar estaría protegido.

Pero los siervos no construyeron la torre y el enemigo llegó y destruyó los olivos; la desobediencia de los siervos fue la causa del desastre en el olivar (véase D. y C. 101:43–62).

¿Por qué los siervos fracasaron en la edificación de la torre? La semilla del desastre se sembró en la murmuración.

De acuerdo con la parábola del Señor, la murmuración consiste en tres etapas, cada una derivando en la siguiente, en un camino descendiente a la desobediencia.

Primero, los siervos empezaron a cuestionar. Consideraron que podían ejercer su propio juicio con respecto a la instrucción que les había dado el amo. “¿Qué necesidad tiene mi señor de esta torre, siendo ésta una época de paz?”, cuestionaron (D. y C. 101:48). Primero se cuestionaron en su propia mente y después plantaron ese cuestionamiento en la mente de los demás. Lo primero fue el cuestionar.

Segundo, empezaron a racionalizar y a excusarse para no hacer lo que se les había instruido. Dijeron: “¿No se pudiera dar este dinero a los cambistas? Pues no hay necesidad de estas cosas” (D. y C. 101:49). De ese modo, excusaron su desobediencia. Seguir leyendo

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Nuestras acciones dan forma a nuestro carácter

7 de octubre de 2001
Nuestras acciones dan forma a nuestro carácter
Élder Wayne S. Peterson
De los Setenta

Wayne S. Peterson“En casi todos los incidentes que nos salen al paso, podemos determinar la clase de experiencia que vamos a tener por la forma en que respondamos a ellos”.

Hace muchos años, de vacaciones con mi familia, tuve una experiencia que me enseñó una gran lección. Un sábado, mi esposa y yo decidimos sacar a los niños a dar una vuelta en coche y comprar algunas cosas. Durante el paseo, los niños se quedaron dormidos y, como no queríamos despertarlos, me ofrecí para quedarme en el automóvil mientras mi esposa corría al supermercado.

Mientras esperaba, me fijé en el auto que se encontraba estacionado enfrente de mí; estaba lleno de niños que me miraban. De pronto, mi mirada se encontró con la de un pequeño de unos seis o siete años de edad. Al mirarnos, de inmediato me sacó la lengua.

Mi primera reacción fue sacarle la lengua yo también a él. Pensé: ¿Qué he hecho para merecer esto?. Felizmente, antes de reaccionar, recordé el principio que había enseñado la semana antes en la conferencia general el élder Marvin J. Ashton (véase Conference Report, octubre de 1970, págs. 36–38; o Improvement Era, diciembre de 1970, págs. 59–60). El élder Ashton enseñó acerca de lo importante que es actuar en lugar de reaccionar ante lo que nos suceda. Así que saludé al niñito con la mano. Él volvió a sacarme la lengua. Sonreí y volví a agitar la mano en gesto amistoso. Esa vez, él también me saludó con la mano.

En breve se le unieron en el entusiasta saludo un hermanito y una hermanita. Les respondí moviendo la mano de todos los modos imaginables hasta que se me cansó el brazo. Entonces me afirmé en el volante y seguí moviendo la mano de todas las formas que se me ocurrieron, esperando sin cesar que sus padres volviesen pronto o que mi esposa regresara en seguida.

Por fin llegaron los padres y, mientras se alejaban en el vehículo, mis nuevos amiguitos siguieron saludándome con la mano hasta que se perdieron de vista.

Si bien aquél fue un episodio sencillo, demostró que, en casi todos los incidentes que nos salen al paso, podemos determinar la clase de experiencia que vamos a tener por la forma en que respondamos a ellos. Me congratulé por haber resuelto actuar de un modo amistoso en lugar de reaccionar ante el infantil proceder de mi pequeño amigo. Con ello me evité experimentar los sentimientos negativos que me hubiesen invadido si hubiera seguido mi instinto natural. Seguir leyendo

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El primero y grande mandamiento

7 de octubre de 2001
“El primero y grande mandamiento”
Élder Robert F. Orton
Del Quórum de los Setenta

Robert F. Orton“Dado el objetivo de nuestra existencia, si no amamos a Dios ni a nuestros semejantes, todo lo demás que hagamos será de escasas consecuencias eternas”.

La atención de la gente en todo el mundo ha estado ligada durante estas pasadas cuatro semanas, a los premeditados, intencionales y destructivos actos de terrorismo y odio.

El odio es la antítesis del amor. Lucifer es su defensor y autor principal, y lo ha sido desde que su enfoque en el Plan de Salvación fue rechazado por el Padre. Él fue el que ejerció su influencia en Judas para que entregara a Jesús a los principales sacerdotes por treinta denarios de plata. Es él, el enemigo de toda rectitud y padre de la contención, el que “como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1 Pedro 5:8).

Por otro lado, fue ese mismo Jesús, a quien Judas entregó a los principales sacerdotes, quien dijo: “Amad a vuestros enemigos… y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (3 Nefi 12:44; véase también Mateo 5:44). Y fue Él el que abogó por los soldados que lo crucificaron, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

Durante muchos años, pensé que el amor era un atributo; pero es más que eso, es un mandamiento. En Su diálogo con el intérprete de la ley, un fariseo, Jesús dijo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas” (Mateo 22:37–40; véase también Gálatas 5:14). El presidente Hinckley ha dicho que “El amor es como la estrella polar, que en un mundo cambiante, es una constante. El amor es la esencia básica del Evangelio… Sin amor… queda poco o casi nada del Evangelio que pueda servirnos de modo de vida” (Teachings of Gordon B. Hinckley, 1997, págs. 319, 317). El apóstol Juan dijo: “Dios es amor” (1 Juan 4:8); por lo tanto, de Él, que es la personificación del amor, depende toda la ley y los profetas.

El apóstol Pablo enseñó que la fe, que es el primer principio del Evangelio, funciona por amor (véase Gálatas 5:6). ¡Qué doctrina más valiosa para entender! El amor es la fuerza impulsora de la fe. Al igual que el fuego del hogar irradia calor en una fría noche de invierno en nuestra casa, el amor a Dios y a nuestros semejantes nos brinda fe, con la que cualquier cosa es posible.

La mayoría de nosotros profesa amar a Dios, pero por lo que yo he observado, el desafío es amar a nuestros semejantes. El términosemejante incluye a la familia, a la gente con la que trabajamos, a los que vemos en la proximidad geográfica de nuestro hogar y en la Iglesia, e incluso al enemigo, aun cuando no aprobemos lo que éste haga. Si no amamos a todos esos, que son nuestros hermanos y hermanas, ¿podemos realmente decir que amamos a Dios? El apóstol Juan declaró: “El que ama a Dios, ame también a su hermano”, y agregó: “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso” (1 Juan 4:20–21). Por tanto, el amor a Dios y a los semejantes deben estar inseparablemente conectados. Seguir leyendo

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El séptimo mandamiento: un escudo

7 de octubre de 2001
El séptimo mandamiento: un escudo
Élder Neal A. Maxwell
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Neal A. Maxwell

“¡El guardar el séptimo mandamiento es un escudo de tanta importancia! Al bajar o perder ese escudo, se pierden las bendiciones del cielo que tanto se necesitan”.

Al igual que ustedes, mis hermanos y hermanas, he sentido un renovado aprecio por el ministerio profético del presidente Hinckley. Testifico que él fue preordenado desde hace mucho, mucho tiempo, por lo cual nos sentimos complacidos.

Comparto la renuencia que expresó Jacob al escribir en cuanto a los problemas de castidad e infidelidad, la violación de lo que algunos clasifican como el séptimo mandamiento. Preocupado porque su audiencia tenía sentimientos “sumamente tiernos, castos y delicados”, Jacob no deseaba “agravar las heridas de los que ya [estaban] heridos, en lugar de consolarlos y sanar sus heridas” (Jacob 2:7, 9); sin embargo, las palabras de Jacob sobre las duras consecuencias de la inmoralidad son determinantes, así como poéticas: “han perecido muchos corazones, traspasados de profundas heridas” (Jacob 2:35). Hoy día, andamos entre muchos de los que caminan heridos, y la lista de víctimas continúa creciendo.

Por ende, se podría hacer hincapié en los consoladores principios del Evangelio, como, por ejemplo, que las personas que se arrepientan verdaderamente, aunque sus “pecados fueren como la grana”, llegarán a ser blancos, “como la nieve” (Isaías 1:18). Pero los rigores y las ricas recompensas del arrepentimiento no son los objetivos de este discurso. Tampoco se da el merecido elogio a los muchos jóvenes y adultos valientes que practican la castidad y la fidelidad, incluso cuando sólo una pequeña minoría de la sociedad estadounidense hoy cree que sea incorrecto tener relaciones prematrimoniales. Por eso, se felicita a los que tienen fe para ser obedientes con respecto a los mandamientos, y enhorabuena a los que tienen “fe para arrepentimiento” cuando se violan los mandamientos (Alma 34:15; cursiva agregada).

Obviamente, la falta de castidad y la infidelidad conllevan serias consecuencias, tales como los efectos inquietantes y la reacción en cadena que resultan de la ilegitimidad y de la orfandad, junto con la enfermedad y la destrucción de la familia. Hay tantos matrimonios que penden de un hilo o que ya han fracasado. Esta crisis callada pero profunda coexiste con otras crisis desconcertantes de nuestra época, incluso la guerra. Jesús dijo que en los últimos días habría “angustias de las gentes, confundidas” y de cómo todo estaría en conmoción (Lucas 21:25; véase también D. y C. 88:91; 45:26).

Por consiguiente, ¡el guardar el séptimo mandamiento es un escudo de tanta importancia! Al bajar o perder ese escudo, se pierden las bendiciones del cielo que tanto se necesitan. Ninguna persona o nación puede prosperar por mucho tiempo sin esas bendiciones. Seguir leyendo

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