El ex misionero

7 de octubre de 2001
El ex misionero
Élder L. Tom Perry
Del Quórum de los Doce Apóstoles

L. Tom Perry

“Lo que necesitamos es un ejército real de ex misioneros, alistados de nuevo en el servicio”.

En esta tarde deseo dirigir mis palabras a un grupo en particular. Durante los últimos años, cientos de miles de ustedes han regresado de haber servido en una misión regular y cada uno prestó oído al mismo llamado que el Señor dio a Sus discípulos:

“Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo;

“enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:19– 20).

Ustedes tuvieron el privilegio de ir a muchas partes del mundo con objeto de llevar el mensaje del Salvador: una invitación para venir a Él y gozar de los frutos de Su Evangelio; tuvieron el privilegio de vivir en diversas culturas y de aprender diferentes idiomas. También fue una época para edificar su testimonio personal de la misión de Jesucristo.

Con los años, siempre ha sido un honor para mí conversar con ustedes, ex misioneros; muchos añoran regresar y visitar a la gente a la que tuvieron el privilegio de servir; anhelan compartir momentos de sus experiencias en el campo misional; en sus invitaciones de bodas y en el currículum de trabajo escriben algo que los identifica como ex misioneros. A pesar de que ya no llevan una placa misional, parecen ansiosos de identificarse a sí mismos como alguien que ha servido al Señor como misionero; además, recuerdan eso con afecto puesto que descubrieron el gozo del servicio en el Evangelio.

También he aprendido por nuestras conversaciones que la adaptación después de salir del campo misional y el regreso al mundo que dejaron atrás a veces es difícil. Tal vez sea difícil mantener vivo el espíritu de la obra misional cuando se deja de ser misionero regular de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Permítanme ofrecerles algunas sugerencias:

Uno de los recuerdos más vívidos que tengo del ser misionero es lo mucho que me acerqué al Señor mediante la práctica regular de la oración. En aquel entonces, la casa de la misión estaba en la calle State, en Salt Lake City; era una casa espaciosa que se había convertido en el centro de capacitación misional. Tenía amplios dormitorios con más o menos 10 camas por habitación. Ingresé un domingo por la noche. Seguir leyendo

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Los tiempos en los que vivimos

Conferencia General Octubre 2001
Los tiempos en los que vivimos
Presidente Gordon B. Hinckley

“Nuestra seguridad yace en el arrepentimiento. Nuestra fortaleza proviene de la obediencia a los mandamientos de Dios”.

Mis queridos hermanos y hermanas, acepto esta oportunidad con humildad. Ruego tener la guía del Espíritu en lo que vaya a decir.

Me acaban de entregar un recado que dice que se ha iniciado el ataque de misiles por parte de los Estados Unidos. No es necesario recordarles que vivimos en tiempos peligrosos. Quisiera hablar en cuanto a estos tiempos y nuestras circunstancias como miembros de la Iglesia.

Tienen ustedes plena conciencia de los acontecimientos acaecidos el 11 de septiembre, hace menos de un mes. A raíz de ese despiadado y atroz ataque nos vemos precipitados a un estado de guerra. Es la primera guerra del siglo 21. El último siglo se ha descrito como el más arrasado por la guerra en la historia de la humanidad. Estamos a punto de entrar en otra peligrosa empresa, el desenlace y el final de la cual aún desconocemos. Por primera vez, desde que nos convertimos en una nación, Estados Unidos ha sido seriamente atacada en su masa territorial. Pero éste no fue un ataque tan sólo contra los Estados Unidos; fue un ataque sobre hombres y naciones de buena voluntad de todas partes. Estuvo bien planeado, se llevó a cabo con audacia, y los resultados fueron desastrosos. Se calcula que murieron más de 5.000 personas inocentes. Entre ellas se contaban muchas de otras naciones; fue un acto cruel y astuto, de absoluta maldad.

Recientemente, en compañía de varios líderes religiosos nacionales, fui invitado a la Casa Blanca para reunirnos con el presidente. Al hablarnos, fue franco y sincero.

Esa misma noche, se dirigió al Congreso y a la nación con palabras inequívocas en cuanto a la determinación de Estados Unidos y de sus aliados de ir en busca de los terroristas que fueron responsables del planeamiento de esa terrible tragedia y de cualquiera que les extendiera albergue.

Ahora nos preparamos para la guerra; se han movilizado grandes fuerzas y continuarán haciéndolo; se están forjando alianzas políticas. No sabemos cuánto tiempo durará ese conflicto; no sabemos lo que costará en vidas y en dinero; no sabemos la forma en que se llevará a cabo. Podría impactar la obra de la Iglesia de varias maneras.

Nuestra economía nacional ha sufrido un golpe a causa de ello; ya estaba teniendo dificultades, y esto ha venido a empeorar la situación. Muchas personas están perdiendo sus trabajos; entre nuestros miembros, esto podría afectar las necesidades del programa de Bienestar, así como los diezmos de la Iglesia. Podría afectar nuestro programa misional.

Somos ya una organización global; tenemos miembros en más de 150 naciones. Es posible que la administración de este vasto programa mundial se haga más difícil. Seguir leyendo

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Ponga en orden su casa

Conferencia General 7 de octubre de 2001

“Ponga en orden su casa”

Élder Russell M. Nelson
Del Quórum de los Doce Apóstoles

“Nuestra familia es el foco de nuestra obra y gozo más grandes en esta vida; y también lo será en la eternidad”.

Hace algunos años, cuando la hermana Nelson y yo teníamos varias hijas adolescentes, llevamos a la familia de vacaciones, lejos de los teléfonos y de los pretendientes. Fuimos en un viaje en balsa por el río Colorado, a través del Gran Cañón. Al empezar la jornada, no teníamos la menor idea de lo peligroso que resultaría.

El primer día fue hermoso, pero el segundo día, al acercarnos a los rápidos de Horn Creek y ver la caída en picada más adelante, me sentí aterrorizado. Nuestra querida familia, que flotaba en una balsa de caucho, ¡estaba a punto de caer por la catarata! Por instinto, coloqué un brazo alrededor de mi esposa y el otro alrededor de mi hija menor. Para protegerlas, traté de sostenerlas firmemente a mi lado, pero al llegar al precipicio, el ángulo que tomó la balsa me hizo salir disparado al aire, yendo a caer en las aguas turbulentas del río. Me fue difícil salir a la superficie; cada vez que trataba de salir para tomar aire, me topaba con el fondo de la balsa. Mi familia no me podía ver, pero podía escucharlas gritar: “¡Papá! ¿Dónde está papá?”.

Por fin encontré el lado de la balsa y salí a la superficie. Mi familia ayudó a sacar del agua mi cuerpo casi ahogado. Estábamos agradecidos de estar reunidos a salvo.

Los días siguientes fueron agradables y encantadores. Luego llegó el último día, en el que habríamos de ir por la caída de agua Lava Falls, conocida como la pendiente más peligrosa del viaje. Al ver lo que yacía más adelante, inmediatamente pedí que encalláramos la balsa para efectuar un consejo familiar de emergencia, conscientes de que si habríamos de sobrevivir esa experiencia, era necesario hacer planes con mucho cuidado. Dije a mi familia: “No importa lo que suceda, la balsa siempre se mantendrá a flote; si nos aferramos con todas nuestras fuerzas a las cuerdas que están aseguradas a la balsa, todo saldrá bien. Aun si la balsa se volcase, estaremos a salvo si nos aferramos fuertemente a las cuerdas”.

Me dirigí a mi hijita de siete años y dije: “Todos los demás se agarrarán fuertemente de una cuerda, pero tú tendrás que agarrarte de papi; siéntate detrás de mí, pon tus brazos a mi alrededor y sujétate fuerte mientras yo sostengo la cuerda”.

Fue lo que hicimos. Cruzamos esos empinados y abruptos rápidos —aferrándonos lo más fuerte posible— y todos salimos a salvo 1 . Seguir leyendo

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No tengas miedo, porque más son los que están con nosotros

7 de octubre de 2001
“No tengas miedo, porque más son los que están con nosotros”
Sharon G. Larsen
Segunda Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

Sharon G. Larsen

“No estamos solos en esta sagrada responsabilidad de ser padres, de amar a nuestros hijos y dirigirlos. No hay mayor regocijo que eso y merece todo sacrificio”.

Como padres y líderes de la juventud, podría resultarnos fácil perder la fe y retorcernos las manos de preocupación por ellos y por el mundo en que están viviendo.

Los sucesos actuales no son nuevos, pero tampoco carecen de esperanza. Cuando Enoc era el profeta, los cielos lloraron por la iniquidad del mundo (véase Moisés 7:28–37). No cabe la menor duda de que los cielos lloran hoy día.

El profeta Eliseo se vio rodeado por todo el ejército sirio que iba resuelto a matarlo, pero tranquilizó a su preocupado y único compañero que se sentía alarmado ante el numeroso enemigo al decirle que, cuando estamos del lado del Señor, sea cual sea el número o el poder del mundo, somos la mayoría. Testifico que las consoladoras palabras de Eliseo a su joven amigo siguen siendo ciertas hoy en día: “…más son los que están con nosotros que los que están con ellos” (2 Reyes 6:16). El Señor rodeará y protegerá a nuestros jóvenes con carros de fuego, como lo hizo para Eliseo, los cuales consisten en los padres, los abuelos, las tías, los tíos, los vecinos, los líderes y los amigos que los aman y los guiarán.

Los últimos cuatro años he estado sumergida en la obra de las Mujeres Jóvenes. Al viajar por todo el mundo y conversar con ellas, nos enteramos en cierto grado de sus esperanzas, sus sueños, sus temores y desilusiones. Hago eco a las palabras del presidente Hinckley: “…ésta es la mejor generación que ha tenido la Iglesia” (Church News, 15 de febrero de 1997, pág. 3). En general, estos jóvenes, con valentía y energía, defienden el bien y la decencia. Seguir leyendo

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Mantengámonos erguidos

7 de octubre de 2001
Mantengámonos erguidos
Obispo H. David Burton
Obispo Presidente

H. David Burton

“Jesucristo es nuestro ejemplo perfecto de alguien que siempre se ha mantenido erguido. Él es quien personifica la integridad, la fortaleza y la valentía”.

Con frecuencia, un hombre sabio ofrecía este simple consejo: “David, mantente erguido”. Mi padre no esperaba que yo agregara centímetros a mi estatura ni que me pusiera de puntillas, sino más bien quería decir que yo tenía que ser valiente en mi decisión, sin comprometer principios, sin vulnerar valores espirituales y sin echarme atrás ante la responsabilidad. Cuando he seguido su consejo, la vida ha sido buena. Cuando he fallado y no me he mantenido erguido, la vida ha sido generalmente desagradable. Hace poco pregunté a dos de mis nietos menores qué significaría para ellos si nuestro Padre Celestial les pidiera que se mantuvieran erguidos. Noté que sin querer uno de ellos se puso en punta de pie para verse más alto, y pronto contestaron al unísono: “Que Él quiere que hagamos lo que es correcto”.

De la gran angustia y confusión del 11 de septiembre han emergido muchos ejemplos de hombres, mujeres y países que se mantienen erguidos. Enemigos y amigos se han unido ante un enemigo común. Hechos poco conocidos de valentía se han hecho naturales. La respuesta humanitaria parece no conocer fronteras. Hombres y mujeres, sin importar raza o credo han hecho esfuerzos por ayudar a las víctimas y sus familiares. Se han ofrecido incontables oraciones. Las fuerzas del bien se han mantenido erguidas en contra de las fuerzas del terror y de la violencia sin sentido.

Se ha dicho que el que se sienta sobre una cerca, finalmente se ha de bajar de un lado o del otro. Si estamos sentados sobre la cerca de la vida, ahora es el momento de lograr la valentía para mantenernos erguidos en el lado de la rectitud y evitar las cadenas del pecado.

La vida, el ministerio y las enseñanzas de nuestro Salvador Jesucristo nos proporcionan un modelo con el cual realizar una introspección. Jesucristo es nuestro ejemplo perfecto de alguien que siempre se ha mantenido erguido. Él es quien personifica la integridad, la fortaleza y la valentía. Me gustaría usar tres ejemplos del ministerio del Salvador. Seguir leyendo

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El Libro de Mormón: Otro Testamento de Jesucristo

7 de octubre de 2001
El Libro de Mormón: Otro Testamento de Jesucristo
Presidente Boyd K. Packer
Presidente en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles

Boyd K. Packer

“El Libro de Mormón: Otro Testamento de Jesucristo tiene el poder nutritivo de sanar los espíritus hambrientos que haya en la tierra”.

Tengo en la mano un ejemplar de la primera edición del Libro de Mormón, impresa en 1830 en una imprenta manual de la compañía de E. B. Grandin, en el pueblo de Palmyra, estado de Nueva York.

En junio de 1829, José Smith, de 23 años, fue a ver al señor Grandin, de 23, en compañía de Martin Harris, un granjero del lugar. Hacía tres meses que Grandin había anunciado su intención de publicar libros. José Smith llevaba páginas de un documento manuscrito.

Si el contenido del libro no era suficiente para condenarlo a la oscuridad, el relato de su origen indudablemente lo sería. ¡Imaginen! ¡Un ángel que dirigió a un joven adolescente a un bosque donde encontró una bóveda de piedra y un juego de planchas de oro!

Los escritos de las planchas fueron traducidos por medio del Urim y Tumim, el cual se menciona varias veces en el Antiguo Testamento 1 y que los eruditos hebreos describen como un instrumento “por el que se daba revelación y se declaraba la verdad”. 2

Antes de que se terminara de imprimir el libro, robaron páginas y las publicaron en un periódico local, ridiculizando la obra. La oposición tenía por objeto excitar a la chusma para que matara al profeta José Smith y expulsara a los que le creían hacia lugares despoblados.

Desde aquel dudoso comienzo hasta este día se han impreso 108.936.922 ejemplares del Libro de Mormón: Otro Testamento de Jesucristo. Se ha publicado en sesenta y dos idiomas, selecciones del mismo en otros treinta y siete idiomas y hay otras veintidós traducciones en proceso.

Actualmente, sesenta mil misioneros regulares, en ciento sesenta y dos países, se pagan sus propios gastos y dedican dos años de su vida a testificar que el Libro de Mormón es verdadero.

A través de las generaciones, el libro ha inspirado a los que lo leen. Herbert Schreiter había leído lo siguiente en su traducción al alemán del Libro de Mormón: Seguir leyendo

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Ahora es el momento

7 de octubre de 2001
Ahora es el momento
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Thomas S. Monson

“Que vivamos de manera tal que, cuando escuchemos la llamada final, no tengamos serios remordimientos ni asuntos pendientes”.

Al estar frente a ustedes esta mañana, mis pensamientos se remontan al tiempo de mi juventud, cuando en la Escuela Dominical cantábamos a menudo el hermoso himno:

Bienvenido, día santo;
hoy podemos descansar.
Bienvenida tu aurora;
es el día de orar 1 .

Este día de reposo ruego contar con su fe y oraciones mientras respondo a la invitación de dirigirme a ustedes.

Todos nos hemos visto profundamente afectados por los trágicos acontecimientos de ese día funesto, el 11 de septiembre de 2001. Súbitamente, y sin advertencia, una destrucción devastadora sembró muerte a su paso, acabando con la vida de un enorme número de hombres, mujeres y niños. Desvanecidos quedaron los planes bien preparados para futuros agradables, quedando así en su lugar lágrimas de pesar y llanto de dolor de almas heridas.

Innumerables han sido los informes que hemos escuchado durante las últimas tres semanas y media de quienes fueron afectados de alguna manera —ya sea directa o indirectamente— por los acontecimientos de ese día. Me gustaría compartir con ustedes los comentarios de un miembro de la Iglesia, Rebecca Sindar, que se encontraba en un vuelo de Salt Lake City a Dallas, la mañana del martes, 11 de septiembre. El vuelo fue interrumpido, como todos los vuelos que se encontraban en el aire en el momento de las tragedias, y el avión aterrizó en Amarillo, Texas. La hermana Sindar informó: “Todos bajamos del avión, buscamos los televisores del aeropuerto y nos agrupamos frente a ellos para ver la transmisión de lo que había ocurrido. La gente formó filas para llamar a seres queridos y asegurarles que estaban a salvo en tierra. Siempre recordaré los más o menos doce misioneros que iban camino a su campo misional en nuestro vuelo. Ellos hicieron llamadas telefónicas y después los vimos agruparse en un círculo en un rincón del aeropuerto y arrodillarse juntos en oración. ¡Cómo hubiera deseado preservar ese momento para compartirlo con las madres y los padres de esos maravillosos jóvenes que sintieron la necesidad de orar inmediatamente”.

Mis hermanos y hermanas, al final, la muerte llega a toda la humanidad; llega a los ancianos que caminan con paso trémulo; su llamado lo escuchan los que apenas han llegado a alcanzar la mitad de la jornada de la vida, y muchas veces acalla la risa de los niños. La muerte es un hecho del que nadie puede escapar ni negar. Seguir leyendo

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Tender la mano para ayudar a los demás

6 de octubre de 2001
Tender la mano para ayudar a los demás
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

“Abramos nuestro corazón, tendamos la mano a los demás y levantémosles, abramos nuestra billetera, mostremos un amor mayor por nuestros semejantes”.

Mis queridos hermanos, al contemplar la gran asamblea de hombres en este salón y al reconocer que hay decenas de miles más diseminados en el mundo, todos de una mente y un corazón, y todos portando la autoridad del sacerdocio del Dios viviente, me siento calmo y humilde. Invoco la guía del Espíritu Santo.

Este grupo es único en el mundo; no hay nada como él. Ustedes constituyen las legiones del Señor, hombres preparados para la batalla contra el adversario de la verdad, hombres con el deseo de participar y hacer su parte, hombres que llevan el testimonio de la verdad, hombres que se han sacrificado y dado mucho por esta gran causa. Ruego que el Señor les bendiga, les sostenga y les magnifique. “Vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio” (1 Pedro 2:9).

Hermanos, seamos dignos del sacerdocio que poseemos. Vivamos más cerca del Señor. Seamos buenos esposos y padres.

Cualquier hombre que sea tirano en su hogar es indigno del sacerdocio; no puede ser instrumento apto en las manos del Señor cuando no muestra respeto, ni bondad, ni amor hacia la compañera de su elección.

De la misma forma, cualquier hombre que sea un mal ejemplo para sus hijos, que no pueda controlar su temperamento, o que se involucre en prácticas deshonestas o inmorales, verá anulado el poder de su sacerdocio.

Les recuerdo: “Que los derechos del sacerdocio están inseparablemente unidos a los poderes del cielo, y que éstos no pueden ser gobernados ni manejados sino conforme a los principios de la rectitud.

“Es cierto que se nos pueden conferir; pero cuando intentamos encubrir nuestros pecados, o satisfacer nuestro orgullo, nuestra vana ambición, o ejercer mando, dominio o compulsión sobre las almas de los hijos de los hombres, en cualquier grado de injusticia, he aquí, los cielos se retiran, el Espíritu del Señor es ofendido, y cuando se aparta, se acabó el sacerdocio o autoridad de tal hombre” (D. y C. 121:36–37).

Hermanos, seamos buenos hombres, como esos favorecidos del Señor, con una concesión de Su divino poder sobre nosotros.

Ahora pasemos a un tema diferente, pero relacionado.

En nuestra reunión del sacerdocio de abril pasado, anuncié un nuevo programa. Hablé de una gran cantidad de misioneros de Sudamérica, México y Filipinas, además de otras áreas; ellos responden al llamado y sirven con sus hermanos y hermanas de Norteamérica. Desarrollan fuertes testimonios; aprenden una nueva forma de vida. Son altamente eficaces porque hablan su idioma natal y conocen la cultura de sus propios países. Disfrutan de una temporada maravillosa de trabajo arduo y dedicado. Seguir leyendo

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El deber nos llama

6 de octubre de 2001
El deber nos llama
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Thomas S. Monson

“Todos tenemos el deber solemne de honrar el sacerdocio y esforzarnos por traer al Señor muchas y valiosas almas”.

Mis queridos hermanos, es una responsabilidad imponente y, al mismo tiempo un privilegio, cumplir con la asignación de dirigirles la palabra esta noche. El entusiasmo y la expectativa de la conferencia general, incluida la reunión general del sacerdocio, y el participar en ella ya sea personalmente, por satélite o por televisión, nos regocija el corazón.

El Señor ha indicado con claridad cuáles son nuestras responsabilidades y nos ha dado, en la sección 107 de Doctrina y Convenios, un mandato solemne: “Por tanto, aprenda todo varón su deber, así como a obrar con toda diligencia en el oficio al cual fuere nombrado” 1 .

A veces, el desempeño de un deber, el cumplimiento de un llamamiento divino o la reacción a una inspiración espiritual no nos intimidan. Pero en ocasiones, el cumplir un deber es del todo apabullante, y eso me ocurrió a mí antes de la conferencia general de abril de 1966. Aunque eso ocurrió hace treinta y cinco años, lo recuerdo vívidamente.

Había recibido la asignación de hablar en una de las sesiones de la conferencia, por lo que preparé y me aprendí de memoria el mensaje titulado “Cómo hacer frente a tu Goliat”, el cual se basaba en el relato del famoso enfrentamiento entre David y Goliat de la antigüedad.

Entonces me llamó por teléfono el presidente David O. McKay. La conversación fue más o menos así: “Hermano Monson, le habla el presidente McKay. ¿Cómo se encuentra usted?”.

Respiré profundamente y le contesté: “Estoy muy bien, Presidente, esperando la conferencia”.

“Por eso le llamo, hermano Monson. La sesión del sábado por la mañana se retransmitirá el domingo como el mensaje de Pascua de Resurrección al mundo. Yo hablaré de ese tema y quisiera que usted hablase también de ese mismo particular en esa importante sesión”.

“Naturalmente, Presidente. Lo haré con mucho gusto”.

En aquel instante, comprendí súbitamente la magnitud de lo que habíamos hablado, pues de pronto, “Cómo hacer frente a tu Goliat” ya no era en realidad apropiado para el mensaje referente a la Resurrección. Vi que tenía que comenzar a prepararme de nuevo y que disponía de muy poco tiempo. En efecto, mi “Goliat” estaba frente a mí. Seguir leyendo

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Alguna gran cosa

6 de octubre de 2001
“Alguna gran cosa”
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

James E. Faust“Que todos seamos fieles al hacer las cosas comunes y corrientes que prueban nuestra dignidad, ya que ellas nos guiarán hacia grandes cosas y nos harán merecedores de ellas”.

Mis queridos hermanos del sacerdocio de Dios de todo el mundo, me siento complacido de ser contado como uno de ustedes. Esta noche quisiera desafiar al sacerdocio de la Iglesia a estar más dedicados a hacer las cosas que edifican la fe, el carácter y la espiritualidad. Esas son las obligaciones rutinarias del sacerdocio que debemos hacer cada día, semana, mes, año tras año. La obra de la Iglesia depende de cosas fundamentales, tales como el pago de diezmos, el cuidado de los deberes familiares y del sacerdocio, el cuidado del pobre y del necesitado, el orar diariamente, el estudio de las Escrituras y la noche de hogar, la orientación familiar, la participación en la actividad del quórum y el asistir al templo. Si el Presidente de la Iglesia nos llamara, estaríamos listos, disponibles y dispuestos a hacer “alguna gran cosa”, tal como trabajar en el Templo de Nauvoo, pero muchos no se sienten tan entusiasmados de hacer algunas de esas cosas básicas.

Todos estamos familiarizados con el relato del Antiguo Testamento sobre Naamán, general del ejército sirio, quien era leproso. Una joven sierva israelita dijo a la esposa de Naamán que había un profeta en Israel que podía sanarlo. Naamán fue con sus caballos y su carro a la casa de Eliseo, el cual envió a un mensajero para decirle: “Vé y lávate siete veces en el Jordán, y tu carne se te restaurará, y serás limpio” 1 .

Jovencitos, ¡ustedes ya saben lo que es cuando muestran las manos a su madre y ella los mandan a lavárselas! Pero Naamán no era un jovencito. Él era general del ejército sirio y se sintió ofendido de que Eliseo lo mandara a lavarse en el Jordán. Por lo tanto, “se fue enojado” 2 . Uno de los siervos de Naamán, con sabiduría, lo reconvino, diciéndole: “si el profeta te mandara alguna cosa, ¿no lo harías? ¿Cuánto más, diciéndote: Lávate, y serás limpio?” 3 Naamán se arrepintió y siguió el consejo del profeta. La lepra desapareció y “su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio” 4 . En este caso, “alguna gran cosa” fue extraordinariamente sencilla y fácil de hacer.

En la historia moderna de la Iglesia tenemos ejemplos de marcados contrastes en hombres que fueron altamente favorecidos por el Señor. Uno de ellos, Hyrum Smith, permaneció totalmente fiel y dedicado, aun hasta al dar su propia vida, mientras que el otro, Oliver Cowdery, a pesar de haber sido testigo de “alguna gran cosa” de la historia de la Restauración, se dejó cegar por su ambición personal y perdió su lugar exaltado en el liderazgo de la Iglesia. Seguir leyendo

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El crear o continuar eslabones del sacerdocio

6 de octubre de 2001
El crear o continuar eslabones del sacerdocio
Élder Keith K. Hilbig
De los Setenta

Keith K. Hilbig

“Cuando servimos rectamente… fortalecemos nuestro eslabón del sacerdocio y lo afianzamos a aquellos que nos han precedido así como a los que vendrán después”.

En esta vasta congregación de poseedores del sacerdocio, reunidos aquí y por todo el mundo, se encuentran varias generaciones: decenas de millares de hijos, padres, abuelos e incluso bisabuelos, todos los cuales tienen fe en Cristo, se esfuerzan por guardar Sus mandamientos y desean servirle.

Algunos forman parte de una larga tradición de poseedores del sacerdocio, remontándose a una época pasada. Otros son los primeros en sus respectivas familias en poseer el sacerdocio de Dios. Pero todos tienen la oportunidad, y la responsabilidad, ya sea de crear o de continuar una cadena de hombres dignos que honren el sacerdocio y presten servicio en el Reino, y de ese modo unir familias de generación en generación. Sobre ese vínculo personal en esa cadena del sacerdocio quisiera hablar esta noche.

En cada dispensación, se ha dado el sacerdocio a hombres fieles con el fin de llevar a cabo los propósitos del Señor. En las Escrituras se cuenta cómo la autoridad del sacerdocio fue pasando de profeta a profeta, comenzando con Adán.

En sentido figurado, nosotros somos parte de esa cadena del sacerdocio que se remonta hasta el comienzo de esta tierra. Sin embargo, cada uno de nosotros está literalmente ocupado en la importante tarea de crear nuestro propio eslabón fuerte del sacerdocio para poder unirnos a nuestros antepasados y a nuestra propia posteridad.

Si alguien no obtiene el Sacerdocio de Melquisedec ni lo honra, su eslabón se perderá y no será posible obtener la vida eterna (véase D. y C. 76:79; 84:41–42). Por esa razón, nuestra Iglesia hace un gran esfuerzo para enseñar el mensaje de la Restauración a todos los que estén dispuestos a escuchar y para preparar a todos los que tengan el deseo de obtener las bendiciones del sacerdocio y del templo.

El privilegio que tenemos de poseer el sacerdocio de Dios esta noche tuvo sus comienzos en nuestra existencia preterrenal. El profeta Alma explicó que los hombres que han sido ordenados al Sacerdocio de Melquisedec en la tierra han sido “llamados y preparados desde la fundación del mundo de acuerdo con la presciencia de Dios, por causa de su fe excepcional y buenas obras, habiéndoseles concedido primeramente escoger el bien o el mal; por lo que, habiendo escogido el bien y ejercido una fe sumamente grande, son llamados con un santo llamamiento…” (Alma 13:3). Seguir leyendo

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Gratitud

6 de octubre de 2001
Gratitud
Élder Steven E. Snow
De los Setenta

Steven E. Snow

“La gratitud se puede aumentar al reflexionar constantemente en nuestras bendiciones y al dar gracias en nuestras oraciones diarias”.

Habiendo crecido en el Sur de Utah, algunos de nosotros solíamos buscar empleo en las muchas gasolineras que estaban a lo largo de la Ruta 91, la que pasa por el centro de la ciudad de Saint George. Mi hermano menor, Paul, que en aquel entonces tenía 18 años, trabajaba en el Servicentro Tom, una estación de servicio situada como a tres cuadras de nuestro hogar.

Un día de verano llegó un auto con placas de Nueva York y el conductor pidió que llenaran el tanque. (Hago notar a ustedes, hermanos menores de treinta años, que en esos días el dependiente llenaba el tanque, lavaba el parabrisas y revisaba el aceite). Mientras Paul limpiaba el parabrisas, el conductor le preguntó cuán lejos quedaba el Gran Cañón y Paul respondió que estaba a unos 240 kilómetros.

“He esperado toda mi vida para ver el Gran Cañón”, exclamó el hombre. “¿Cómo es ese lugar?”

“No sé”, dijo Paul, “nunca he estado allá”.

“¿Me vas a decir”, respondió el hombre, “que vives a dos horas y media de camino de una de las siete maravillas del mundo y nunca has estado allí?”

“Así es”, dijo Paul.

Luego de un momento, el hombre dijo: “Bueno, creo que puedo entender eso. Mi esposa y yo hemos vivido en Manhattan por más de veinte años y nunca hemos visitado la Estatua de la Libertad”.

“Yo he estado allí”, dijo Paul.

¿No es una ironía el que a menudo viajemos muchos kilómetros para ver las maravillas de la naturaleza o de la creación del hombre y, sin embargo, pasamos por alto la belleza que está a nuestro alrededor?

Supongo que es parte de la naturaleza humana el buscar la felicidad en otra parte. El logro de una carrera, la búsqueda de las riquezas y las recompensas materiales pueden nublar nuestra perspectiva y, a menudo, nos llevan a tener una falta de aprecio por las ricas bendiciones de nuestras circunstancias actuales.

Es precario pensar continuamente por qué no se nos ha dado más. Sin embargo, es beneficioso y humilde pensar continuamente en por qué se nos ha dado tanto.

Un antiguo proverbio dice: “La mayor riqueza está en conformarse con lo que se tiene”.

En su carta a los filipenses, Pablo escribió: “No lo digo porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme, cualquiera sea mi situación” (Filipenses 4:11). Seguir leyendo

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Nuestro deber a Dios

6 de octubre de 2001
Nuestro deber a Dios
Élder Cecil O. Samuelson Jr.
De la Presidencia de los Setenta

Cecil O. Samuelson Jr.“El que ustedes posean el sacerdocio y cumplan con su deber a Dios no es sólo una seria responsabilidad sino también un privilegio extraordinario”.

De joven me impresionó la historia de Samuel en el Antiguo Testamento, cuya vida había dedicado a Dios su agradecida madre Ana. Cuando todavía era un jovencito, se fue a vivir y a servir en el templo. Una noche, el Señor lo llamó tres veces, y cada vez contestó: “Heme aquí” 1 , pensando que lo llamaba su maestro, el sumo sacerdote Elí. El sabio Elí, sabiendo que el pequeño “Samuel no había conocido a Jehová, ni la palabra de Jehová le había sido revelada” 2 , entendió que el Señor había llamado al joven. Por lo tanto, enseñó a Samuel cómo responder y, cuando lo llamó la voz nuevamente, Samuel contestó: “Habla, porque tu siervo oye” 3 .

Al prestar atención a la vida de Samuel, vemos que cumplió su deber a Dios y que “Samuel creció, y Jehová estaba con él, y no dejó caer a tierra ninguna de sus palabras” 4 . A consecuencia de ello, Samuel llegó a ser un gran profeta y líder.

Espero que ustedes, jóvenes del Sacerdocio Aarónico, entiendan hoy que, al igual que Samuel, también tienen un deber sagrado para con Dios. Samuel tenía una buena madre, Ana, y un gran líder del sacerdocio, Elí. La mayoría de ustedes, jóvenes, también tienen padres maravillosos y líderes inspirados del sacerdocio que están al cuidado de ustedes y están listos para ayudarles tanto a ustedes como a sus padres en su tarea de cumplir su deber a Dios.

El presidente Gordon B. Hinckley ha dicho lo siguiente de ustedes y de su generación de jóvenes: “[Siento] gran amor por los jóvenes y las jovencitas de esta Iglesia… Les amamos mucho y oramos constantemente para tener la inteligencia para ayudarles. Su vida está llena de decisiones difíciles, de sueños, esperanzas y anhelos para encontrar aquello que les traerá paz y felicidad…

“Les hago la promesa de que Dios no los abandonará si caminan por Sus senderos con la guía de Sus mandamientos” 5 .

Con esa promesa del profeta en mente, permítanme recordarles, como lo mencionó el élder Hales y la carta de la Primera Presidencia, sobre los recursos que la Iglesia tiene disponibles para ayudarles a cumplir su deber a Dios. Los objetivos del Sacerdocio Aarónico les sirven para: Seguir leyendo

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El cumplir nuestro deber a Dios

6 de octubre de 2001
El cumplir nuestro deber a Dios
Élder Robert D. Hales
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Robert D. Hales

“Les prometo que el obtener el Premio Mi Deber a Dios les dará un testimonio viviente que los sostendrá a lo largo de toda su vida”.

¡Qué regocijo es estar ante el sacerdocio y dirigir la palabra al real ejército de Dios! Es importante saber quiénes somos: hijos de Dios que poseemos el Sacerdocio Aarónico y el Sacerdocio de Melquisedec, que han sido restaurados en esta dispensación. Es importante que sepamos lo que estamos procurando lograr en la vida, lo cual es volver a la presencia de nuestro Padre Celestial con nuestras familias. Porque somos muy bendecidos, también es importante que aprendamos y cumplamos nuestro deber a Dios.

Desde hace muchos años, la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce Apóstoles se han preocupado mucho por el bienestar de nuestros jóvenes en estos tiempos difíciles. El 28 de septiembre de 2001, la Primera Presidencia envió una carta a los líderes del sacerdocio de los Estados Unidos y de Canadá, la cual dice:

“En enero de 2000, introdujimos el programa de Logros del Sacerdocio Aarónico en las áreas fuera de los Estados Unidos y de Canadá donde el programa Scout no estaba disponible. La finalidad… es ayudar a los hombres jóvenes a prepararse para el Sacerdocio de Melquisedec, así como para la investidura del templo, la misión regular, el matrimonio y la paternidad… [Ese programa internacional sigue vigente y] ahora, se ha adaptado para utilizarse en los Estados Unidos y en Canadá a fin de incluir la importante función del programa Scout en el progreso de los hombres jóvenes… [y se conocerá como] Sacerdocio Aarónico: Cumplir nuestro deber a Dios.

“El programa se explica en tres guías: Sacerdocio Aarónico: Cumplir nuestro deber a Dios para diáconos, para maestros y para presbíteros. Los hombres jóvenes que cumplan con los requisitos que se explican en esas guías recibirán el Premio Mi Deber a Dios.

“También anunciamos el nuevo libro simplificado Progreso Personal de las Mujeres Jóvenes y el folleto revisado Para la fortaleza de la juventud. Esos materiales se han actualizado para ayudar a la juventud a cultivar mayor fe y valentía en el mundo de hoy. Además, anunciamos la Guía para padres y líderes de la juventud, que servirá tanto a los padres como a los líderes para fortalecer a nuestros jóvenes. En esta guía también se reseña la importante función de apoyo de la Mutual. Seguir leyendo

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Doctrina de la inclusión

6 de octubre de 2001
Doctrina de la inclusión
Élder M. Russell Ballard
Del Quórum de los Doce Apóstoles

M. Russell Ballard

“Si somos verdaderos discípulos del Señor Jesucristo, en todo momento tenderemos una mano de amor y comprensión a todo nuestro prójimo”.

Muy bien podría haber sido un hermoso y fresco día de otoño como hoy. El Señor estaba sentado enseñando a algunos de Sus discípulos, cuando un hombre, identificado solamente como “un intérprete de la ley”, se levantó y le preguntó: “Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?”.

Jesús conocía el corazón del hombre y comprendió que era un disimulado intento para hacerle decir algo que fuera contrario a la ley de Moisés.

El Salvador contestó con dos preguntas propias: “¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees?”.

Como es de esperar, el intérprete de la ley pudo recitar la ley: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo”.

“Bien has respondido”, dijo el Salvador. “Haz esto, y vivirás”.

Pero el intérprete de la ley no quedó satisfecho con eso. Ya que sabía que entre los judíos había creencias y reglamentos estrictos con respecto al asociarse con gente que no fuera de su religión, insistió que el Señor le diera más información, con la esperanza de enredarlo en una controversia: “¿Y quién es mi prójimo?”, preguntó.

Nuevamente, se presentaba un momento propicio para la enseñanza. Jesús utilizó una de Sus técnicas de enseñanza favoritas y más eficaces: una parábola, quizás una de las más queridas y más conocidas en todo el mundo cristiano.

Ustedes conocen la parábola, de cómo un hombre de Jerusalén en camino de Jericó cayó en manos de ladrones y fue dejado medio muerto. Cierto sacerdote pasó por el otro lado; ni siquiera un levita se detuvo a ayudarle. Entonces Jesús enseñó:

“Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia;

“Y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él”.

Entonces Jesús hizo otra pregunta al intérprete de la ley: “¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?”

Y el intérprete de la ley replicó: “El que usó de misericordia con él”.

Entonces Jesús dio la última instrucción al intérprete de la ley, y a todo el que haya leído la parábola del Buen Samaritano: “Ve, y haz tú lo mismo” (Lucas 10:25–37).

Cada vez que leo esta parábola me impresiona su poder y simplicidad. Pero, ¿se han preguntado alguna vez por qué en ese relato el Salvador eligió hacer héroe a un samaritano? En la época de Cristo había mucha antipatía entre judíos y samaritanos. Bajo circunstancias normales, ambos grupos evitaban asociarse unos con otros. Todavía habría sido una parábola buena e instructiva si el hombre que cayó en manos de ladrones hubiera sido rescatado por un hermano judío. Seguir leyendo

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