Conferencia General Octubre 1971
Estuve en la cárcel, y vinisteis a mi

por el obispo Victor L. Brown
del Obispado Presidente
Mis hermanos: Es mi deseo y esperanza poder decir algo significativo para aquellos que se encuentran confusos, desalentados y perdidos en este mundo lleno de confusión; algo que les puede brindar a todos aliento y fe de que hay una manera de encontrarse a sí mismos. La solución no se encuentra en fórmulas sofisticadas y difíciles, sino en las verdades sencillas y simples del evangelio de Jesucristo. Este es el único camino verídico y duradero hacia una paz y felicidad verdaderas en la vida.
Recientemente presencié la evidencia de esta verdad en una de las circunstancias más raras; permitidme compartirla con vosotros. Durante el mes de junio de este año, fui invitado a la ceremonia de graduación efectuada por el Instituto de Religión de los Santos de los Últimos Días y el Departamento de Servicios Sociales de la Iglesia, llevada a cabo en la prisión del estado de Utah. Diecisiete hombres recibieron certificados honorarios: nueve de ellos recibieron el certificado de primer año, cinco de segundo año y tres de tercero. Otros veinticuatro habían participado en clases de religión pero no llenaron los requisitos para ser merecedores de los certificados. Según recuerdo, solamente dos habían salido de la prisión y habían regresado esa noche para recibirlos. Todos los otros eran prisioneros; muchos de ellos no eran miembros de la Iglesia.
Uno no esperaría en un ambiente como el que prevalece en las prisiones, escuchar los himnos tan bellos y conmovedores “Te quiero sin cesar» y «Dulce grata oración.» Fueron cantados por dos coros integrados de prisioneros blancos y negros. Los hombres vestidos con los uniformes de la prisión ofrecieron oraciones humildes y sinceras a Dios, expresándole gratitud por sus bendiciones y por el conocimiento que ahora tienen de su evangelio. Varios de ellos pasaron al púlpito, testificaron que saben que Dios vive y expresaron gratitud por su bondad hacia ellos. Permitidme contaros acerca de dos de estos hombres—hombres cuya vida estaba seriamente en descuerdo con la sociedad; hombres con problemas personales internos que realmente no difieren mucho de aquellos de muchas personas que nunca han estado en prisión. No los identificaré por sus nombres verdaderos.
Al primero lo llamaré Jim. Jim es originario de un estado distante; es un joven apuesto, de apariencia limpia y que todavía no tiene treinta años; era una de esas personas que se oponían al “establecimiento» y a la sociedad en general; provenía de un hogar destruido. En su vida no había sentido el amor de nadie; a los diecisiete años abandonó su casa y se enlistó en el ejército. Después de ser relevado del servicio militar, anduvo errante por el país, sin meta ni propósito en la vida, encontrándose finalmente en la ciudad de Salt Lake. Se vio envuelto en un robo, fue arrestado, declarado culpable y enviado a la prisión. Un día se escapó pero fue capturado y puesto en la sección de seguridad máxima. “Salí de la seguridad máxima y regresé a la seguridad media, y todavía no sabía qué hacer con mi vida», fueron sus palabras. Seguir leyendo


Cuando ya solo estábamos el obispo, esas familias y yo en la capilla, el obispo explicó que yo podía asistir a la clase de Seminario el próximo año. Sin embargo, yo iba a una escuela alemana que empezaba las clases una hora antes que la escuela estadounidense a la que asistían los jóvenes de la base militar. Para que yo pudiera tener suficiente tiempo de descender la colina y llegar a mis clases a tiempo, la clase de Seminario tendría que empezar a las seis de la mañana; es decir, más de una hora antes de su horario habitual.
Tal es el gran elogio del Padre al Hijo cuando se refiere a Él como “mi Hijo Amado, en quien me complazco” (










Estudie este material con espíritu de oración y procure saber lo que debe compartir. ¿De qué manera el entender los atributos divinos del Salvador aumentará su fe en Él y bendecirá a las hermanas que están bajo su cuidado en el programa de maestras visitantes? Si desea más información, visite 

En nuestras ajetreadas vidas, con tantas cosas a las que dedicar nuestra atención, es esencial que hagamos un esfuerzo consciente y comprometido para hacer que Cristo sea parte de nuestra vida y de nuestro hogar; y es fundamental que, al igual que los magos de Oriente, mantengamos la mira fija en Su estrella y “… [vengamos] a adorarle”1.





























