Estuve en la cárcel, y vinisteis a mi

Conferencia General Octubre 1971

Estuve en la cárcel, y vinisteis a mi

Victor L. Brown

por el obispo Victor L. Brown
del Obispado Presidente


Mis hermanos: Es mi deseo y esperanza poder decir algo signifi­cativo para aquellos que se en­cuentran confusos, desalentados y perdidos en este mundo lleno de confusión; algo que les puede brindar a todos aliento y fe de que hay una manera de encon­trarse a sí mismos. La solución no se encuentra en fórmulas sofis­ticadas y difíciles, sino en las verdades sencillas y simples del evangelio de Jesucristo. Este es el único camino verídico y dura­dero hacia una paz y felicidad verdaderas en la vida.

Recientemente presencié la evi­dencia de esta verdad en una de las circunstancias más raras; per­mitidme compartirla con vosotros. Durante el mes de junio de este año, fui invitado a la ceremonia de graduación efectuada por el Instituto de Religión de los Santos de los Últimos Días y el Departa­mento de Servicios Sociales de la Iglesia, llevada a cabo en la prisión del estado de Utah. Diecisiete hombres recibieron certificados honorarios: nueve de ellos reci­bieron el certificado de primer año, cinco de segundo año y tres de tercero. Otros veinticuatro ha­bían participado en clases de reli­gión pero no llenaron los requisi­tos para ser merecedores de los certificados. Según recuerdo, sola­mente dos habían salido de la prisión y habían regresado esa noche para recibirlos. Todos los otros eran prisioneros; muchos de ellos no eran miembros de la Iglesia.

Uno no esperaría en un am­biente como el que prevalece en las prisiones, escuchar los himnos tan bellos y conmovedores “Te quiero sin cesar» y «Dulce grata oración.» Fueron cantados por dos coros integrados de pri­sioneros blancos y negros. Los hombres vestidos con los uni­formes de la prisión ofrecieron oraciones humildes y sinceras a Dios, expresándole gratitud por sus bendiciones y por el conoci­miento que ahora tienen de su evangelio. Varios de ellos pasaron al púlpito, testificaron que saben que Dios vive y expresaron grati­tud por su bondad hacia ellos. Permitidme contaros acerca de dos de estos hombres—hombres cuya vida estaba seriamente en descuerdo con la sociedad; hom­bres con problemas personales internos que realmente no difieren mucho de aquellos de muchas per­sonas que nunca han estado en prisión. No los identificaré por sus nombres verdaderos.

Al primero lo llamaré Jim. Jim es originario de un estado dis­tante; es un joven apuesto, de apariencia limpia y que toda­vía no tiene treinta años; era una de esas personas que se oponían al “establecimiento» y a la sociedad en general; provenía de un hogar destruido. En su vida no había sentido el amor de nadie; a los diecisiete años abandonó su casa y se enlistó en el ejército. Después de ser relevado del servicio mili­tar, anduvo errante por el país, sin meta ni propósito en la vida, encontrándose finalmente en la ciudad de Salt Lake. Se vio en­vuelto en un robo, fue arrestado, declarado culpable y enviado a la prisión. Un día se escapó pero fue capturado y puesto en la sec­ción de seguridad máxima. “Salí de la seguridad máxima y regresé a la seguridad media, y todavía no sabía qué hacer con mi vida», fueron sus palabras. Seguir leyendo

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Una noche de hogar para la familia

27 de agosto de 1971
Una noche de hogar para la familia
por Belle S. Spafford

Adaptado de un discurso pronunciado en la Conferencia General de Area en Manchester, Inglaterra, el 27 de agosto de 1971

Belle S. SpaffordGeneralmente hablando, creo que los padres Santos de los Últimos Días siempre se han preocu­pado por el bienestar de sus hogares y sus hijos. También creo que, por regla general, los hijos Santos de los Últimos Días res­petan las enseñanzas de sus pa­dres, así como las normas estable­cidas en sus hogares. De otro modo, no creo que tuviéramos en el campo misional año tras año a cientos de jóvenes maravi­llosos representando las enseñan­zas de la Iglesia y reflejando las enseñanzas en sus hogares.

Hoy día, sin embargo, las cir­cunstancias de la vida agudizan la preocupación paternal, y en la mayoría de los casos parecen incidir en las relaciones deseables de padre-hijo e hijo-hogar.

Esto ha ocasionado que se in­tensifique el esfuerzo por parte de la Iglesia para ayudar a recal­car las enseñanzas de la misma en cuanto al hogar, la familia y su destino divino. Se nos han dado nuevas normas en forma de programas; entre ellos, creo que el más importante es el pro­grama de la noche de hogar.

Quisiera contar una historia que para mí simboliza la belleza y el significado de una bien diri­gida noche de hogar y que clara­mente representa el papel de la madre. El relato es históricamente verídico.

Era una familia de agricultores; habían tropezado con vicisitudes debido al terreno seco e impro­ductivo y se habían visto obliga­dos a mudarse a un estado vecino: Sin embargo, el padre, un hombre trabajador y justo que amaba a su familia, no se sentía desalen­tado. Había solicitado el consejo de la madre y los hijos en la importante decisión de mudarse y todos habían tomado parte de la decisión. La madre era de naturaleza profundamente espiri­tual, de corazón sabio y compren­sivo; su amor por sus hijos la llevó a perseverar sin quejas pese a las amargas tribulaciones y aun los sufrimientos físicos.

Esta familia estaba compuesta de ocho hijos que trabajaban jun­tos para el bienestar de todos en un espíritu de lealtad y afecto mutuo; tan profundo era el afecto del hermano mayor hacia el menor que soportó persecuciones inter­minables, sufrimientos terribles y hasta el martirio. El compañe­rismo de estos dos hermanos ha sido comparado con el de David y Jonatán. Seguir leyendo

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Lo que aprendí cuando era un joven converso

Lo que aprendí cuando era un joven converso
Por el élder Jörg Klebingat
De los Setenta

Jörg Klebingat

Cuando era nuevo en la Iglesia, vi grandes ejemplos de sacrificio en otros jóvenes de mi barrio. Desde ese entonces, he aprendido muchas grandes lecciones.

Me uní a la Iglesia cuando tenía diecisiete años. Conocí la Iglesia por medio de unos soldados estadounidenses de una base militar que había en mi ciudad, en Alemania. No existía un barrio de habla alemana en esa zona, por lo que asistía a la Iglesia junto con los estadounidenses en una pequeña capilla multiconfesional que había en la base militar.

Un domingo, poco después de haberme bautizado, el obispo se puso de pie al concluir las reuniones y dijo: “¿Podrían quedarse todos los padres con sus hijos que asisten a seminario?”; y me pidió que me quedara con el grupo.

Cuando ya solo estábamos el obispo, esas familias y yo en la capilla, el obispo explicó que yo podía asistir a la clase de Seminario el próximo año. Sin embargo, yo iba a una escuela alemana que empezaba las clases una hora antes que la escuela estadounidense a la que asistían los jóvenes de la base militar. Para que yo pudiera tener suficiente tiempo de descender la colina y llegar a mis clases a tiempo, la clase de Seminario tendría que empezar a las seis de la mañana; es decir, más de una hora antes de su horario habitual.

El obispo pidió entonces que todos votaran en cuanto a si estaban dispuestos a hacer ese sacrificio para que yo pudiera asistir a Seminario. De inmediato, todos los padres y los jóvenes alzaron la mano y dijeron que sí.

Eso me impresionó mucho y me enseñó una lección sobre el sacrificio. Esos jóvenes alumnos de seminario estaban dispuestos a sacrificar su comodidad no solo por un día ni una semana, sino todo un año escolar, en beneficio de un nuevo converso que de otro modo no hubiera podido participar de Seminario.

Aún me siento agradecido por su sacrificio, y me doy cuenta de cuán importante fue para mi crecimiento en la Iglesia ese primer año de Seminario (estudiamos Doctrina y Convenios). Si no fuera por la clase de Seminario yo no hubiera tenido mucho contacto con la Iglesia, salvo los domingos. La clase diaria de Seminario fue una gran preparación para la misión. Me enseñó mucho acerca de la disciplina y, desde luego, me bendijo abundantemente con conocimiento del Evangelio y de las Escrituras. Pregúntenme todos los pasajes de dominio de las Escrituras de Doctrina y Convenios de aquella época, y verán que aún los recuerdo. Esas experiencias me ayudaron a acercarme más al Padre Celestial y a enfrentar los desafíos de ser el único miembro de habla alemana en mi ciudad. Seguir leyendo

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Tengan paz

Tengan paz
Por el élder D. Todd Christofferson
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

D. Todd Christofferson

Espero que tomen tiempo esta época navideña para sentarse unos momentos tranquilos y dejar que el Espíritu del Salvador los inunde de calidez y les reafirme el valor de su servicio, su ofrenda y su vida.

Para mí, siempre es alentador reflexionar en la ofrenda de servicio y de sacrificio que los Santos de los Últimos Días brindan a sus familias, a sus barrios y a su Padre Celestial. Es algo consagrado y sagrado. No creo que podamos recibir honor más grande que el hecho de que el Señor considere nuestra ofrenda digna y apropiada, y que la respete y la reciba.

Tal es el gran elogio del Padre al Hijo cuando se refiere a Él como “mi Hijo Amado, en quien me complazco” (3 Nefi 11:7; véanse también Mateo 3:17; Marcos 1:11; Lucas 9:35; D. y C. 93:15; José Smith—Historia 1:17). Qué bello título. ¿Qué mayor honor puede existir que el que Dios se refiera a ustedes diciéndoles “mi hijo amado” o “mi hija amada”, y reciban el elogio de que Él acepta la ofrenda de ustedes: “en quien me complazco”?

Ruego que esta época navideña puedan sentir cierto grado del aprecio del Señor por la ofrenda que ustedes brindan, que perciban de alguna manera lo valiosos que son para Él, que sepan el amado estatus que ocupan como hijos o hijas de Él. Ruego también que el conocimiento de ese estatus les dé gran consuelo, seguridad y confianza en que cuentan con Su aprobación.

El nacimiento del Salvador

Cuando hablamos del nacimiento de Jesucristo, reflexionamos adecuadamente en lo que le seguiría. Su nacimiento fue infinitamente importante por las cosas que iba a vivir y padecer para que pudiera socorrernos mejor, todo ello culminando en Su crucifixión y Su resurrección (véase Alma 7:11–12). Pero Su misión también incluyó la belleza de Su servicio, los milagros de Su ministerio, el alivio que dio a quienes padecían y el gozo que brindó —y todavía brinda— a los que lloran.

A mí también me gusta pensar en lo que viene después. Dos de mis versículos preferidos que hablan de esa época se hallan al final del capítulo siete del Apocalipsis:

“Ya no tendrán hambre ni sed, y el sol no caerá más sobre ellos ni calor alguno,

“porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará y los guiará a fuentes de aguas vivas; y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos” (Apocalipsis 7:16–17; véase también 21:4).

Para mí, ese pasaje capta la sagrada esperanza de lo que está por venir, de lo que será el gran Milenio y el subsiguiente reinado celestial de Cristo.

Sin embargo, aun con todo eso por venir, considero apropiado en esta época del año pensar solamente en ese bebé en el pesebre. No se agobien ni se ocupen demasiado con lo que ha de venir; tan solo piensen en aquel bebé. Dediquen un momento de paz y tranquilidad a meditar sobre el comienzo de Su vida, que es la culminación de la profecía celestial pero también el inicio de Su permanencia en la tierra.

Dediquen tiempo a relajarse, a estar en paz, y visualicen a ese niño pequeño en la mente. No se preocupen demasiado ni se agobien por lo que pasará en la vida de Él ni en la de ustedes; en vez de ello, dediquen un momento apacible a reflexionar en lo que tal vez sea el momento más sereno de la historia del mundo: cuando todo el cielo se regocijó con el mensaje “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (Lucas 2:14).

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El nuevo y sempiterno convenio

El nuevo y sempiterno convenio

Marcus B. Nash

Por el élder Marcus B. Nash
De los Setenta

Si comprendemos el nuevo y sempiterno convenio y vivimos de acuerdo con él, heredaremos la vida eterna.


El propósito de la vida

Todos los seres humanos somos hijos o hijas de padres celestiales1. El Plan de Salvación del Padre Celestial nos brinda a todos la oportunidad de recibir la vida eterna, la cual es el tipo de vida que lleva Dios2. No hay mayor don que ese3. Al conocer el Plan de Salvación, sabemos cuál es el propósito de la vida y, si así lo determinamos, podemos tomar decisiones desde una perspectiva eterna.

El plan y la relevancia que tiene se explican con poder en un artículo de la revista Liahona de octubre de 2015 en cuanto al tema, el cual fue escrito por el élder Robert D. Hales, del Cuórum de los Doce Apóstoles4. Como parte de Su plan, el Padre estableció el nuevo y sempiterno convenio con el objeto de hacer posible que Sus hijos e hijas pudieran regresar a Su presencia y heredar la vida eterna.

En el prefacio del libro de Doctrina y Convenios, el Señor dijo: “Por tanto, yo, el Señor, sabiendo las calamidades que sobrevendrían a los habitantes de la tierra, llamé a mi siervo José Smith, hijo, y le hablé desde los cielos…

“para que se establezca mi convenio sempiterno”5.

Ese convenio, al cual el Señor a menudo se refiere como el “nuevo y sempiterno convenio”, abarca la plenitud del evangelio de Jesucristo, lo que incluye todos los convenios y las ordenanzas necesarios para la salvación del género humano6. A pesar de que el establecimiento del nuevo y sempiterno convenio del Señor es uno de los principales propósitos de la Restauración, algunos Santos de los Últimos Días no comprenden la importancia del convenio y la promesa de las cosas buenas que vendrán a aquellos que lo guarden. Este artículo tiene como objeto ayudar a cada uno de nosotros a comprender mejor el nuevo y sempiterno convenio, y a vivir más conforme a él, a fin de que podamos heredar la vida eterna. En él también se explicará el lugar que uno de los convenios y las ordenanzas más importantes del Evangelio —el matrimonio eterno— ocupa dentro del nuevo y sempiterno convenio del Evangelio.

El significado y propósito del nuevo y sempiterno convenio

En la acepción del Evangelio, un convenio es un pacto, un contrato o un acuerdo entre Dios y una persona (o un grupo de personas) que recibe ordenanzas del sacerdocio efectuadas por alguien que posee la autoridad del sacerdocio, y que acepta acatar los términos y las condiciones de dicho convenio. Esos términos y condiciones los establece Dios7.

El nuevo y sempiterno convenio “es la suma total de todos los convenios y obligaciones del Evangelio”8 que se establecieron en la antigüedad9 y que nuevamente se han restaurado en la tierra en estos últimos días. Eso se explica en Doctrina y Convenios 66:2: “De cierto te digo, bendito eres por haber recibido mi convenio sempiterno, sí, la plenitud de mi evangelio, enviado a los hijos de los hombres para que tengan vida y lleguen a ser partícipes de las glorias que serán reveladas en los postreros días, como lo escribieron los profetas y los apóstoles en días antiguos”10. El convenio es “nuevo” debido a que ha sido restaurado en la última dispensación de los tiempos y es “sempiterno” porque abarca toda la eternidad11.

En las Escrituras, el Señor habla de “el” nuevo y sempiterno convenio y de “un” nuevo y sempiterno convenio. Por ejemplo, enDoctrina y Convenios 22:1, se refiere al bautismo como “unconvenio nuevo y sempiterno, el mismo que fue desde el principio”. En Doctrina y Convenios 132:4, se refiere de la misma forma al matrimonio eterno como a “un nuevo y sempiterno convenio”. Al hablar de “un” nuevo y sempiterno convenio, Él se refiere a uno de los muchos convenios que Su evangelio incluye.

Cada vez que el Señor habla en general de “el” nuevo y sempiterno convenio, se refiere a la plenitud del evangelio de Jesucristo, el cual comprende todos los convenios y las ordenanzas necesarios para la salvación y exaltación del género humano. El bautismo y el matrimonio por sí solos no son “el” nuevo y sempiterno convenio; cada uno de ellos es parte de un todo.

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Hacer las preguntas correctas de la manera correcta

Hacer las preguntas correctas de la manera correcta
Por Scott H. Knecht
Seminarios e Institutos
El autor vive en California, EE. UU.

El aprender a prepararse para las preguntas, a crearlas, a preguntarlas y a responderlas tiene mucho que ver con la forma en que una persona aprende y enseña el Evangelio.

Hay muchas cosas que forman parte de preparar una buena lección o establecer una buena conversación familiar. Las actividades, el estudiar en silencio y el trabajar en grupos son algunos de los medios que los maestros del Evangelio —ya sean aquellos que tienen llamamientos formales, maestros voluntarios de seminario o instituto, o padres— podrían utilizar para realzar su enseñanza.

Pero, entre las dos o tres aptitudes más importantes necesarias que todos los maestros deben poseer está la habilidad de trabajar bien con preguntas: al idearlas, al hacerlas y para fomentar respuestas significativas. El presidente Henry B. Eyring, Primer Consejero de la Primera Presidencia, dijo: “El formular y responder preguntas se encuentra en el corazón mismo del aprendizaje y de la enseñanza”1. Para ser un maestro eficiente, es imperativo adquirir esa aptitud. A continuación aparecen cinco sugerencias para lograrlo.

Procurar las respuestas más eficaces

El estar sentado en una clase en calidad de alumno y oír una buena pregunta nos hace recordar el poder de la enseñanza excelente; sin embargo, el crear y hacer preguntas eficaces es desafiante y tal vez intimide a muchos maestros. Afortunadamente, es una aptitud que cualquier maestro puede aprender.

Al crear preguntas, traten de determinar el tipo de respuesta que esa pregunta suscitará. Algunas preguntas buscan una clase de respuesta específica, una que corresponda exactamente a la pregunta que se hizo. Esas preguntas funcionan bien en una clase de matemáticas (“¿Cuál es el área de este cuadrado?”) o en una clase de ciencias (“¿A qué temperatura hierve el agua?”), ya que solo hay una respuesta posible y verificable. Son también útiles en el estudio del Evangelio como una forma de establecer los hechos para iniciar un análisis, pero no hacen mucho para incentivar el debate. Sin embargo, en general, esa clase de preguntas es la que más se utiliza porque son fáciles de preparar.

Hacemos preguntas tales como: “¿Qué estudiamos la última vez?” o “Díganme el nombre de…”. Con frecuencia, esas preguntas hacen que aquellos a los que enseñan se queden paralizados; creen que saben la respuesta pero no están seguros y por esa razón tienen miedo de adivinar. A menudo, el maestro interpreta ese silencio como una señal de que la pregunta era muy difícil, cuando en realidad es demasiado básica para provocar algo más significativo por parte de los alumnos que una respuesta rápida.

Para generar el debate en la clase, una pregunta mucho más útil es aquella que fomenta una variedad de respuestas bien pensadas. Cuando ustedes hacen esa clase de pregunta, durante el debate pueden descubrir lo que ellos están pensando en cuanto al tema o si están confundidos en cuanto a algo. Por ejemplo, el capítulo 1 de Moroni tiene cuatro versículos, todos ellos llenos de profundo sentimiento. Piensen en lo que ocurriría si ustedes leyeran los cuatro versículos a quienes enseñan y luego preguntaran: “¿Cuál de esos versículos despierta los sentimientos más profundos en su interior?”. Concédanles un minuto para empezar a hablar. Dado que no están pidiéndoles una respuesta específica, casi cualquier cosa que digan es aceptable. He utilizado ese mismo capítulo con esa pregunta particular y he recibido algunas respuestas increíbles que generaron un profundo debate.

Esa es la clase de preguntas que invitan a pensar y a sentir, en contraposición a las preguntas que requieren recordar algo o simplemente declarar hechos. Hay un tiempo y un lugar para recordar, pero el maestro puede decir gran parte de lo que se tiene que recordar, como: “¿Recuerdan la última vez que hablamos acerca de Moroni 1 y sobre cómo cada versículo contiene lecciones profundas…?”. El solo decir eso generará ideas, y es más probable que los alumnos participen y continúen el debate. No obstante, si digo: “¿De qué hablamos la última vez?”, generalmente me encontraré con silencio y hombros encogidos.

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José Smith y el libro de Apocalipsis

José Smith y el libro de Apocalipsis
Por David A. Edwards
Revistas de la Iglesia

El profeta José Smith ayudó a eliminar parte del misterio que rodea al libro de Apocalipsis y demostró su importancia en nuestros días.

El libro de Apocalipsis se escribió en el primer siglo d. C., pero fue el último libro del Nuevo Testamento que se aceptó como libro canónico (Escrituras autorizadas). Siglos más tarde, algunos eruditos cristianos tenían dudas en cuanto a quién lo había escrito, se opusieron a algunas de sus doctrinas (por ejemplo, sus enseñanzas acerca del Milenio o su enseñanza de que las personas serían juzgadas de acuerdo con sus obras) y pensaron que las referencias que hacía al Antiguo Testamento y la descripción de las visiones eran demasiado extrañas y muy diferentes de otros escritos del Nuevo Testamento.

Sin embargo, ciertos hechos innegables culminaron en la aceptación general del libro. Por ejemplo, muchos de los primeros autores cristianos mencionaron el libro de Apocalipsis, atribuyéndolo a Juan el Apóstol, y lo citaron en sus escritos de manera extensa y favorable. Varios de los otros libros que se aceptaban como Escritura carecían de ese tipo de evidencia.

Para principios del siglo XIX, cuando Dios llamó a José Smith como el Profeta de la Restauración, el libro de Apocalipsis estaba incluido en casi todas las versiones de la Biblia y se leía extensamente. Las imágenes de la visión de Juan avivaron la imaginación de la gente, lo cual resultó en muchas interpretaciones diferentes, tal como ocurre en la actualidad.

Como el Profeta de la dispensación del cumplimiento de los tiempos, José Smith se encontraba en la posición singular de poder aclarar la información del libro de Apocalipsis y ayudar a que fuera menos intimidatorio leerlo y comprenderlo. Hizo eso por lo menos en dos formas: (1) explicó partes específicas del libro de Apocalipsis y amplió su contexto en general; y (2) hizo que fuera menos misterioso.

Explicar y ampliar

El mejor ejemplo donde José Smith proporcionó una explicación del libro de Apocalipsis se encuentra en Doctrina y Convenios 77. Esta revelación, que se recibió en marzo de 1832, consiste en preguntas y respuestas sobre versículos específicos de los capítulos 4–11 de Apocalipsis. El Profeta dijo que esa explicación le fue revelada mientras llevaba a cabo la traducción inspirada de la Biblia (véase D. y C. 77, introducción de la sección).

Las preguntas son sumamente directas y básicamente preguntan: “¿Qué significa esto?” y “¿Cuándo ocurrirá eso?”. Las respuestas son igualmente directas, aunque no siempre contienen toda la información posible. Las respuestas que el profeta José Smith procuró y recibió invalidan diversas interpretaciones especulativas y, en general, nos ayudan a ver cómo la visión de Juan se relaciona con la obra de los últimos días.

Por ejemplo, esta revelación nos ayuda a ver que los siete sellos que Juan describe en el libro, empezando en el capítulo cinco de Apocalipsis, representan siete importantes períodos de la historia de la tierra, y que los últimos dos son los que tienen que ver con nuestros días y los que vendrán después (véase D. y C. 77:6–7), lo que nos ayuda a comprender por qué la visión de Juan dedica mucho más tiempo a los sellos sexto y séptimo. La revelación de José Smith continúa explicando la forma en que algunas de las cifras del sexto sello (los cuatro ángeles y los 144.000 siervos sellados de las tribus de Israel) se relacionan con la obra de la Restauración y el recogimiento en los últimos días (véase D. y C. 77:9–11).

Naturalmente, al traducir la Biblia, esa revelación explicatoria no fue la única contribución que el profeta José Smith hizo para que lográsemos un entendimiento del libro de Apocalipsis. A medida que trabajaba, a veces sentía la inspiración de simplemente volver a escribir el texto de forma más clara1; pero con frecuencia también era inspirado a agregar o revisar el texto a fin de establecer conexiones con otros pasajes para que se reforzaran el uno al otro2. Por consiguiente, parte del trabajo de José Smith en lo que se refiere a la Biblia parece haber sido el entretejer esas hebras comunes entre los diferentes libros de Escritura con el fin de presentar un tapiz unido de enseñanzas y profecías, lo cual también se aplica al libro de Apocalipsis.

También, por medio de otras revelaciones y traducciones, José Smith se explayó en el contenido del libro de Apocalipsis y demostró que sigue un modelo de visiones cargadas de información que se dieron a diversos profetas a través de las edades. En el Libro de Mormón y en la Perla de Gran Precio se nos enseña que Nefi, el hermano de Jared, Moisés y Enoc tuvieron visiones similares donde se mostraba toda la extensión de la historia humana, incluyendo el fin del mundo. Aprendemos también que a pesar de que a esos otros profetas se les mostró el fin del mundo, se les prohibió que lo dieran a conocer al mundo porque Juan fue preordenado para escribir acerca de ello (véase1 Nefi 14:25–26). De manera que, en el Libro de Mormón, que salió a la luz por medio del profeta José Smith, se nos enseña que se había dispuesto que tendríamos la descripción de Juan sobre los acontecimientos que culminarían en la segunda venida de Jesucristo, y que sería de valor que los estudiáramos.

Debido a esa luz adicional revelada por medio de José Smith, podemos apreciar mejor el tema general del libro de Apocalipsis: que “en esta tierra, al final, Dios triunfará sobre el diablo; habrá una victoria permanente del bien sobre el mal, de los santos sobre sus perseguidores, del reino de Dios sobre los reinos de los hombres y de Satanás… La victoria se logrará mediante Jesucristo”3. José Smith también hizo hincapié en que el mensaje del libro de Apocalipsis se centra en Jesucristo como el foco de nuestra esperanza, y nos enseña que si somos fieles a Él y a Su obra en los últimos días, podemos vencer el mundo.

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Un testigo del Salvador Jesucristo

Un testigo del Salvador Jesucristo
Por el presidente Boyd K. Packer (1924–2015)
Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles

President Boyd K. PackerDurante los cincuenta y cuatro años que prestó servicio como Autoridad General y los cuarenta y cinco años como Apóstol, el presidente Packer, un testigo especial “del nombre de Cristo en todo el mundo” (D. y C. 107:23), expresó su testimonio con humildad. Poco antes de su fallecimiento, el 3 de julio de 2015, el presidente Packer solicitó que los siguientes pasajes de su ministerio se publicaran en la revista Liahona. En el espíritu de la época navideña, estos ponen de relieve su testimonio del Salvador Jesucristo y su amor por Él.

Amo al Señor

“Me encanta la Navidad; hay un espíritu especial en esa época. Desciende sobre el mundo —no sólo en los miembros de la Iglesia, sino en todo el mundo— un testimonio y una confirmación de que Jesús es el Cristo… Como siervo del Señor, como uno de los Doce, sé que Jesús es el Cristo…

“Amo al Señor; amo Su obra. Amo La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y doy testimonio de Él, quien es nuestro Maestro y nuestro Amigo”1.

De Él soy un testigo

“Hay algunas cosas demasiado sagradas para discutir…

“No es que sean secretas, sino sagradas; no se deben discutir, sino resguardar, proteger y considerar con la más profunda reverencia.

“He llegado a saber lo que el profeta Alma quiso decir:

“‘A muchos les es concedido conocer los misterios de Dios; sin embargo, se les impone un mandamiento estricto de que no han de darlos a conocer sino de acuerdo con aquella porción de su palabra que él concede a los hijos de los hombres, conforme a la atención y la diligencia que le rinden.

“‘Y, por tanto, el que endurece su corazón recibe la menor porción de la palabra; y al que no endurece su corazón le es dada la mayor parte de la palabra, hasta que le es concedido conocer los misterios de Dios al grado de conocerlos por completo’ (Alma 12:9–10)…

“Ahora, me pregunto, junto con ustedes, por qué uno como yo ha sido llamado al Santo Apostolado. Carezco de muchas cualidades; mi esfuerzo por servir es tan escaso. Al meditar en ello, he llegado solamente a una conclusión sencilla: hay una cualidad que podría ser una causa, y es que tengo ese testimonio.

“Declaro que sé que Jesús es el Cristo; sé que Él vive; nació en el meridiano de los tiempos, enseñó Su evangelio, fue probado y crucificado. Se levantó al tercer día; fue las primicias de la resurrección. Tiene un cuerpo de carne y huesos. De esto testifico. De Él soy un testigo”2.

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Un regalo de vida y de amor

Un regalo de vida y de amor
Por Brad Allred
El autor vive en Utah, EE. UU.

El regalo de mi madre nos enseñó el verdadero significado de la Navidad.

El amor que mi tío Ed tenía por la vida era contagioso; lamentablemente, también tenía un par de riñones que no le funcionaban bien. Durante varios años, la diálisis había evitado que Ed sufriera un fallo renal. Los tratamientos eran dolorosos y frecuentes; cada uno de ellos lo dejaba agotado hasta el siguiente, y en el otoño de 1995 apenas parecía la sombra del vibrante ser que había sido una vez.

Finalmente, el doctor le dijo a Ed que si no conseguía pronto un riñón su cuerpo no resistiría mucho más tiempo. Aunque para sostener la vida solo hace falta un riñón, Ed no quería pedir a nadie que donara uno de los suyos, debido al riesgo inherente de la cirugía; pero no había otra opción. Varios amigos cercanos y miembros de la familia se hicieron pruebas para ver si sus riñones eran compatibles, y solo se encontró un donante perfecto: la hermana de Ed, Dottie, mi madre.

El 7 de diciembre, muchos amigos y familiares de Ed se unieron en ayuno y oración por él y por Dottie. Los cirujanos que realizaron la operación eran hermanos gemelos y, lo que era más interesante todavía, uno de ellos había donado un riñón al otro. Ed y mi madre se sintieron muy impresionados al saber que estos dos médicos, en cada operación, hacían todo lo que podían y luego inclinaban la cabeza y dejaban el resultado en las manos del Señor.

El día de la operación, un médico le sacó uno de los riñones a mi madre y, mientras cosía la incisión, su hermano implantó cuidadosamente el riñón donado en el abdomen de Ed.

La cirugía fue un éxito, pero quedaba por saber si el cuerpo de Ed aceptaría el nuevo riñón. Para aumentar las probabilidades, se suprimieron los anticuerpos en su sistema inmunológico, de modo que tuvieron que aislar a Ed en la unidad de cuidados intensivos para protegerlo de los virus. Incluso después de que le dieron el alta tuvo que permanecer aislado de todo el mundo, salvo de su familia inmediata. Sin embargo, el día de Nochebuena le dieron un permiso especial para asistir a la celebración anual de Navidad en casa de mis abuelos.

Con su mascarilla médica, Ed cruzó el umbral, fue directamente a Dottie y la envolvió en un enorme abrazo. Mientras se abrazaban, a todos los presentes se les llenaron los ojos de lágrimas; todos sintieron el amor que emanaba de ellos. Una hermana había sufrido para dar a su hermano el don de la vida. Fue un regalo de amor, un regalo de sacrificio, un regalo que él no podía darse a sí mismo.

Al observarlos, con lágrimas recorriendo mi rostro, me di cuenta de que así podía ser encontrarse con el Salvador frente a frente. Él hizo por nosotros algo que no podemos hacer por nosotros mismos. Solo Él, que era un Ser divino, fue capaz de soportar un sacrificio tan inmenso que pudiera satisfacer la ley de la justicia; y solo Él, siendo perfecto, era digno de expiar los pecados de toda la humanidad para que la ley de misericordia pudiera extenderse a todos los que lo aceptaran como su Salvador.

Mientras me deleitaba en esas reflexiones, me comprometí de nuevo a hacer todo lo posible para mostrar mi gratitud por el Salvador y por Su sacrificio. Me esforzaría por vivir como un discípulo para que algún día fuera digno de entrar en Su presencia, abrazarlo y darle las gracias personalmente por amarme lo suficiente como para hacer ese sacrificio.

2015-12-00-liahona-spa-16“Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna.

“Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él”.

Compartir regalos

¿Qué significa para ti el sacrificio de amor del Señor?

¿Quién podría beneficiarse del don del amor del Salvador?

¿Con quién podrías compartir el Evangelio, brindar un mensaje de esperanza o compartir el gozo de esta época del año?

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Los atributos divinos de Jesucristo: compasivo y bondadoso

Los atributos divinos de Jesucristo: compasivo y bondadoso

Sello de la Sociedad de SocorroEstudie este material con espíritu de oración y procure saber lo que debe compartir. ¿De qué manera el entender los atributos divinos del Salvador aumentará su fe en Él y bendecirá a las hermanas que están bajo su cuidado en el programa de maestras visitantes? Si desea más información, visite reliefsociety.lds.org.

Fe, Familia, Socorro
Este artículo es parte de una serie de mensajes de las maestras visitantes que presentan los atributos divinos del Salvador.

La hija de Jairo, por Wilson Ong.

“En las Escrituras, el vocablo compasión significa, literalmente, ‘sufrir con otro’. También significa mostrar comprensión, piedad y misericordia por otra persona”1.

“Jesús nos dio muchos ejemplos de interés compasivo”, dijo el presidente Thomas S. Monson; “el paralítico en el estanque de Betesda; la mujer adúltera; la mujer del pozo de Jacob; la hija de Jairo; Lázaro, el hermano de María y Marta. Cada uno representaba al herido en el camino a Jericó; cada uno necesitaba ayuda.

“Jesús dijo al paralítico de Betesda: ‘Levántate, toma tu lecho y anda’. La mujer pecadora recibió este consejo: ‘… vete, y no peques más’. Para ayudar a quien vino a sacar agua, Él proporcionó una ‘fuente de agua que brote para vida eterna’. A la hija muerta de Jairo, mandó: ‘… Muchacha, a ti te digo, levántate’. Y al Lázaro sepultado exclamó: ‘¡Lázaro, ven fuera!’.

“El Salvador siempre ha mostrado una capacidad ilimitada para demostrar compasión… abramos la puerta de nuestro corazón para que Él —el ejemplo viviente de la verdadera misericordia— pueda entrar”2.

De las Escrituras

“… mi esposo y yo nos arrodillamos al lado de nuestra hija de 17 años y suplicamos por su vida”, dijo Linda S. Reeves, Segunda Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro. “… la respuesta fue no, pero… [hemos] llegado a saber… que… [el Salvador] siente compasión por nosotros en nuestro sufrimiento y dolor”3.

“Uno de mis relatos preferidos de la vida del Salvador es el relato de Lázaro. Las Escrituras nos dicen que ‘amaba Jesús a Marta y a su hermana [María] y a [su hermano] Lázaro’”4. Cuando Lázaro enfermó, se le avisó a Jesús; pero cuando Él llegó, Lázaro ya había muerto. María fue corriendo hacia Jesús, cayó a Sus pies y lloró. Cuando Jesús vio a María llorando, “… se conmovió en espíritu, y… lloró” (Juan 11:33, 35).

“Esa es nuestra responsabilidad. Debemos sentir y ver por nosotras mismas, y luego ayudar a todos los hijos del Padre Celestial a sentir, ver y saber que nuestro Salvador ha tomado sobre Sí no solo todos nuestros pecados, sino también nuestros dolores y nuestro sufrimiento y aflicciones, para que Él pueda saber lo que sentimos y cómo consolarnos”5.

Considere lo siguiente

¿A quién podría bendecir usted mediante su compasión?

Notas

  1. Guía para el Estudio de las Escrituras, “Compasión”.
  2. Véase de Thomas S. Monson, “El don de la compasión”,Liahona, marzo de 2007, págs. 4, 8.
  3. Linda S. Reeves, “El Señor no te ha olvidado”, Liahona,noviembre de 2012, pág. 120.
  4. Linda S. Reeves, “El Señor no te ha olvidado”, pág. 118.
  5. Linda S. Reeves, “El Señor no te ha olvidado”, pág. 120.
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Hagan tiempo para el Salvador

Hagan tiempo para el Salvador
Por el presidente Thomas S. Monson

Thomas S. Monson

Otra Navidad ha llegado y con ella el amanecer de un nuevo año. Parece que fuese ayer que celebrábamos el nacimiento del Salvador y tomábamos resoluciones.

Entre las determinaciones que tomamos para este año, ¿decidimos hacer tiempo en nuestra vida y lugar en nuestro corazón para el Salvador? No importa cuánto éxito hayamos tenido hasta ahora en cuanto a esa resolución, estoy seguro de que todos quisiéramos mejorar. Esta época de Navidad es el momento perfecto para evaluar y renovar nuestros esfuerzos.

En nuestras ajetreadas vidas, con tantas cosas a las que dedicar nuestra atención, es esencial que hagamos un esfuerzo consciente y comprometido para hacer que Cristo sea parte de nuestra vida y de nuestro hogar; y es fundamental que, al igual que los magos de Oriente, mantengamos la mira fija en Su estrella y “… [vengamos] a adorarle”1.

A través de las generaciones del tiempo, el mensaje de Jesús ha sido el mismo. A orillas del mar de Galilea, a Pedro y Andrés les dijo: “Venid en pos de mí”2; a Felipe le llegó el llamado: “Sígueme”3; al levita que estaba sentado al banco de los tributos públicos le indicó: “Sígueme”4; y a ustedes y a mí, si tan solo escuchamos, nos llegará esa misma invitación: “Seguidme”5.

Al seguir Sus pasos en la actualidad y emular Su ejemplo, tendremos oportunidades de bendecir la vida de otras personas. Jesús nos invita a dar de nosotros mismos: “He aquí, el Señor requiere el corazón y una mente bien dispuesta”6.

¿Hay alguna persona a quien deberían prestar servicio esta Navidad? ¿Hay alguien que espera su visita?

Hace años, visité el hogar de una anciana viuda durante la época de Navidad; mientras estaba allí, sonó el timbre. Allí, en la puerta, se encontraba un prominente médico muy ocupado. No lo habían llamado; no obstante, sintió la impresión de visitar a una paciente que estaba sola.

Durante esta época del año, el corazón de los que están confinados implora y anhela una visita navideña. Una Navidad, mientras visitaba un asilo, me senté y hablé con cinco ancianas, la mayor de las cuales tenía ciento un años. Estaba ciega, pero reconoció mi voz.

“Obispo, ¡este año vino un poco tarde!”, dijo; “creí que ya no vendría”.

Pasamos un rato muy agradable. Sin embargo, un paciente miraba con nostalgia por la ventana y repetía una y otra vez: “Sé que mi hijo vendrá a verme hoy”. Me pregunté si lo haría, pues había habido otras Navidades en las que nunca llamó.

Este año todavía hay tiempo para extender una mano de ayuda, un corazón amoroso o un espíritu bien dispuesto; en otras palabras, para seguir el ejemplo que dio nuestro Salvador y prestar servicio como Él desea que lo hagamos. Al servirlo a Él, no perderemos nuestra oportunidad, como le pasó al mesonero de antaño7, de hacer tiempo en nuestra vida y lugar en nuestro corazón para Él.

¿Podemos comprender la gloriosa promesa que se encuentra en el mensaje que dio el ángel a los pastores que velaban en los campos?: “… os doy nuevas de gran gozo… que os ha nacido hoy… un Salvador, que es Cristo el Señor”8.

Que durante la Navidad, al intercambiar regalos, recordemos, apreciemos y recibamos el mayor de todos los dones, el don de nuestro Salvador y Redentor, para que tengamos vida eterna.

“Porque, ¿en qué se beneficia el hombre a quien se le confiere un don, si no lo recibe? He aquí, ni se regocija con lo que le es dado, ni se regocija en aquel que le dio la dádiva”9.

Ruego que lo sigamos, lo honremos y recibamos en nuestra vida los dones que Él tiene para nosotros, a fin de que podamos ser, en las palabras del padre Lehi, “… [envueltos] entre los brazos de su amor”10.

Cómo enseñar con este mensaje

El presidente Monson nos invita a que “hagamos un esfuerzo consciente y comprometido para hacer que Cristo sea parte de nuestra vida y de nuestro hogar”. Considere la posibilidad de analizar con las personas a quienes enseña la forma de hacer ese esfuerzo consciente individualmente y como familia. Si lo desea, pídales que piensen en una persona o en una familia específica a la que podrían visitar o prestar servicio esta Navidad. “Este año todavía hay tiempo para extender una mano de ayuda, un corazón amoroso o un espíritu bien dispuesto”.

Jóvenes

Maneras de prestar servicio durante la Navidad

El presidente Monson dedica tiempo a visitar a los ancianos y a las personas en asilos, sobre todo en la época de la Navidad. Él notó que hay quienes están felices porque han recibido visitas, mientras que otros anhelan visitas que nunca llegan. Hay personas que esperan a alguien; quizás esta Navidad puedes ser ese alguien.

La siguiente es solo una lista de algunas formas en las que te puedes asegurar de que nadie se sienta solo esta Navidad. También puedes pensar en otras maneras de tender una mano de ayuda en tu comunidad en esta época del año. “¿Hay alguien que espera que lo visites?”.

  • Haz tarjetas de Navidad para enviar a los misioneros y a los miembros mayores de tu barrio o rama que se encuentren solos.
  • Ofrécete como voluntario o voluntaria en una organización de tu comunidad.
  • Entrega ejemplares del Libro de Mormón como regalo de Navidad a tus amigos y vecinos.
  • Visita a los ancianos de tu barrio o de tu familia.
  • Prepara dulces para entregar a tus vecinos.

Si quieres ver más ideas de cómo puedes prestar servicio en tu comunidad, ve a lds.org/topics/humanitarian-service/help

Niños

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Comencemos por el hogar

Octubre 1971
Comencemos por el hogar
por el élder Boyd K. Packer
del Consejo de los Doce

Discurso presentado en la Conferencia General de la Sociedad de Socorro

Boyd K. PackerDeseo dirigir hoy mis palabras a aquellas hermanas de la Socie­dad de Socorro cuyos esposos no son en la actualidad activos en la Iglesia, o que todavía no sean miembros de la Iglesia. Al hacerlo, me doy cuenta de que me estoy dirigiendo a una vasta audiencia. A las que tienen la fortuna de que los esposos sean activos, hablaré a través de vosotras a las hermanas que necesitan al­guna ayuda. Tal vez os hayáis percatado de que no dije nada de los que no son miembros. Simplemente me referí a aquellas cuyos esposos todavía no son miembros.

Durante las conferencias de estaca a las que concurrimos, tenemos siempre la oportunidad de conocer directores de estacas que se unieron a la Iglesia des­pués de muchos años, a través del incansable aliento de una paciente, y a menudo sufrida esposa.

En muchas oportunidades he dicho que un hombre no puede resistirse a hacerse miembro de la Iglesia si su esposa en realidad quiere que lo sea, y especial­mente si sabe cómo alentarlo para que finalmente se decida. Muy frecuentemente nos damos por vencidos con respecto a este problema. Pero no podemos darnos por vencidos. No podéis daros por vencidas, hermanas, ni en esta vida ni en la venidera. Jamás podréis daros por venci­das.

Muchas personas se han unido a la Iglesia ya casi en el ocaso de su vida, o luego de prolongar por muchos años su decisión antes de dar el paso definitivo. Luego viene el arrepentimiento por los años desperdiciados y la pregunta: «¿Por qué no me habré dado cuenta antes? Ya es muy tarde para aprender el evangelio como debo o progresar en él.»

Creo que deberíamos encontrar gran consuelo en la parábola del amo que contrató obreros para trabajar en su viña en horas tempranas de la mañana, con­viniendo con ellos en pagarles un precio determinado. Luego, «halló a otros que estaban desocupados, y les dijo: ¿Por qué estáis aquí todo el día desocupados?

Le dijeron: Porque nadie nos ha contratado. Él les dijo: Id también vosotros a la viña, y recibiréis lo que sea justo» (Mateo 20:6-7).

Y así sucedió que aún a la hora undécima, El contrató a otros y los puso a trabajar. Y cuando llegó la noche les pagó a todos los obreros el mismo sa­lario. Aquellos que habían llegado temprano murmuraron, diciendo: «Estos postreros han trabajado una sola hora, y los has hecho iguales a nosotros, que hemos soportado la carga y el calor del día.

El, respondiendo, dijo a uno de ellos: Amigo, no te hago agravio, ¿no conviniste conmigo en un denario?

Toma lo que es tuyo, y vete; pero quiero dar a este postrero, como a ti.

¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? . . .» (Mateo 20:12-15).

El Señor en realidad no es­taba hablando de dinero. Seguir leyendo

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Mantén tu lugar como mujer

Octubre 1971
Mantén tu lugar como mujer
por el presidente Harold B. Lee
de la Primera Presidencia

Discurso pronunciado en la Conferencia General de la Sociedad de Socorro

harold-b-lee-mormonMartín Lutero1 pronunció una significativa declaración con respecto al lugar de la mujer, cuando escribió: «Cuando Eva fue llevada ante Adán, éste fue lleno del Espíritu Santo, y le dio a ella el más sagrado y glorioso de los nombres. La llamó Eva, o sea, la Madre de Todos. No le dio el título de esposa, sino simplemente madre, madre de todas las cria­turas vivientes. En esto consiste la gloria y el ornamento más precioso de la mujer.»

Ser lo que Dios intentó que fueseis las mujeres depende de la manera en que penséis, creáis, viváis, os vistáis y os comportéis como verdaderos ejemplos de las mujeres Santos de los Últimos Días, ejemplos de aquello para lo cual fuisteis creadas y hechas. Ser de este modo merece el más profundo respeto de vuestro es­poso. Toda mujer verdaderamente pura debe sentir una justa indigna­ción al ver en fotografías, en la pantalla y en las canciones una exhibición vulgar de la mujer, como algo que es apenas poco más que un símbolo sexual.

Muchas de vosotras habéis leído la justa defensa del lugar de la mujer en el mundo expresada por otra mujer, Jill Jackson Miller, de California. Bajo el título «Carta abierta a los hombres», escribe:

«Soy una mujer; soy tu esposa, tu novia, tu madre, tu hija, tu hermana… tu amiga.

«¡Necesito tu ayuda!

«Fui creada para darle al mundo dulzura, comprensión, serenidad, belleza y amor.

«Cada vez se me hace más difícil cumplir mi propósito.

«Muchas personas del mundo propagandístico, las películas, la televisión y la radio han ignorado mis cualidades internas y repetida­mente me han usado solamente como un símbolo sexual.

«Esto me humilla; destruye mi dignidad; me impide ser lo que tú quieres que sea: un ejemplo de belleza, inspiración y amor; amor por mis hijos, amor por mi esposo, amor por mi Dios y mi Patria.

«Necesito tu ayuda para volver a colocarme en mi verdadera posi­ción, y permitirme cumplir el propósito para el cual fui creada.

«Oh, hombre, sé que encon­trarás la manera.»

Eso, yo creo, es la súplica que se encuentra en el corazón de toda verdadera mujer en la actualidad. Parece claramente establecido que seguir las extremistas modas ac­tuales, es darle crédito a los es­fuerzos de algunas personas que harían caer a la humanidad del pedestal en el cual se encuentra en el plan divino del Creador. La mujer que se viste demasiado exagerada o inmodestamente, es muchas veces la representación de una persona que de esta manera está tratando de captar la aten­ción del sexo opuesto cuando, en su opinión, sus adornos naturales no son suficientes. Dios se com­padezca de cualquier mujer que trate de llamar la atención. Se dice que cuando la mujer adopta el modo de vestir del hombre, cuando los hombres adoptan las tendencias de las mujeres y éstas se vuelven hombrunas en sus deseos, se fomenta la ola de la perversión sexual.

Si una mujer preserva y man­tiene adecuadamente la identidad que le fue dada por Dios, puede, cautivar y poseer el amor verda­dero de su esposo y la admiración de aquellos que admiran su condi­ción de mujer natural, pura y bella. Entonces, lo que os digo primeramente a todas, hermanas, es que seáis lo que Dios quiere que seáis, verdaderas mujeres. Seguir leyendo

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Servios por amor los unos a los otro

Octubre de 1971
Servios por amor los unos a los otro
por el presidente S. Dilworth Young
del Primer Consejo de los Setenta

S. Dilworth YoungEs mi deseo que el Espíritu del Señor me dirija en lo que voy a decir. Los barrios y ramas de la Iglesia han sido organizados para dar actividad a un gran número de miembros, en realidad, la gran mayoría. Sin embargo, hay muchos que no ocupan ningún puesto oficial o ninguna responsabilidad específica que los llame a efectuar actos formales para la organización. Pertenecen a la Iglesia; pertenecen a la estaca; pertene­cen al barrio. Se les invita a asistir a las diversas clases y reuniones asignadas para su instrucción, pero al final de la reunión se van a su casa, sin tener algo en particular que los incite a una actividad de una organi­zación. Muchos de ellos sienten que están excluidos, que nadie requiere sus talentos. Otros no quieren acep­tar ningún llamamiento de responsabilidad.

Esto quizás se deba a que no comprenden la res­ponsabilidad que tienen para con la Iglesia de Jesu­cristo. Cada uno de nosotros tiene el mismo llamamiento general; cada uno de nosotros tiene la misma responsa­bilidad, como resultado de entrar en las aguas del bautismo y hacer el convenio. El Señor no nos encontrará inocentes si permitimos que la responsabilidad en al­guna organización, o la carencia de ella, interfiera con este llamamiento especial. En las palabras de los profetas, permitidme señalar algunas obligaciones necesarias.

A un pueblo que era rebelde y recalcitrante, el pro­feta Jeremías dijo: «. . . no engañéis ni robéis al ex­tranjero (quizás tuvo necesidad de decirlo en aquellos días), ni al huérfano ni a la viuda» (Jeremías 22:3).

Con aprobación dijo de un rey: «El juzgó la causa del afligido y del menesteroso, y entonces estuvo bien. ¿No es esto conocerme a mí? dice Jehová» (Jeremías 22:16).

Más tarde estos pensamientos fueron reiterados por el Señor por medio de Miqueas, cuando le dijo al pueblo que lo que se requería era «hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios» (Miqueas 6:8).

Pablo les dijo a los santos que fuesen benignos y misericordiosos entre sí, perdonándose unos a otros. (Véase Efesios 4:32.)

Alma fue un poco más específico; los exhortó a que clamaran al Señor por todas sus actividades y pose­siones, y por el bienestar de sí mismos y de aquellos que los rodeaban; su eterna actitud debía ser de ora­ción para el Señor por todo lo que tenían y por todo lo que eran. Entonces dijo: “. . . no creáis que esto es todo; porque si después de haber hecho todas estas cosas, despreciáis al indigente y al desnudo y no visitáis al enfermo y afligido, si no dais de vuestros bienes, si los tenéis, a los necesitados, os digo que si no hacéis ninguna de estas cosas, he aquí, vuestra oración será en vano y no os valdrá nada, mas seréis como los hipó­critas que niegan la fe. Seguir leyendo

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El sacrificio todavía trae bendiciones

Conferencia General Octubre 1971

El sacrificio todavía trae bendiciones

Hartman Rector, Jr

por el presidente Hartman Rector, Jr.
del Primer Consejo de los Setenta


El otoño pasado, el Señor anun­ció a través de su Profeta que la Iglesia efectuaría la noche de hogar los lunes por la noche. Es interesante notar que casi al mis­mo tiempo, los del otro ludo anun­ciaron que se verificarían juegos de fútbol profesional los lunes por la noche. Os sorprenderíais al saber cuántas familias trataron de efectuar sus noches de hogar du­rante el intermedio de los parti­dos. Naturalmente, no puede ser así. Parece ser que el pedido del Profeta implicaba un sacrificio muy grande.

En la sección cuatro de Doc­trinas y Convenios, el Señor establece las cualidades para las obras del ministerio; éstas son «fe, esperanza, caridad y amor con un deseo sincero de glorificar a Dios.» Sobre fe, esperanza, cari­dad y amor sabemos algo; son muy importantes. Pero el deseo sincero de glorificar a Dios es probablemente la más importante de estas cualidades. Hablando en términos generales, «un deseo sincero de glorificar a Dios» significa sacrificio. Significa que en lugar de hacer constantemente lo que queremos, debemos hacer lo que el Señor desea que hagamos. Esta, naturalmente, no es la inclinación natural del hombre.

Actualmente se habla mucho en el mundo de «hacer uno de las suyas.» Dudo que esta idea sea algo realmente nuevo, ya que pienso que ha existido desde el principio. Quizás solamente sea una manera un tanto diferente de decirlo. Ciertamente Lucifer hizo lo que le dio la gana, oponiéndose a la voluntad del Señor; Caín hizo lo que quiso oponiéndose directamente al consejo de su Padre Celestial. A ellos no les importaba lo que el Señor quería que hicieran, sino únicamente lo que ellos querían hacer. Natural­mente, esta manera de actuar nunca ha sido muy provechosa, en términos de felicidad, y la felicidad es el entero propósito de la existencia del hombre. Las pala­bras de Lehi de que «el hombre es para que tenga gozo» (2 Nefi 2:25) lo incluye todo.

Por otra parte, Dios le dijo a Abraham que sacrificara como ofrenda a su «único» hijo Isaac; me imagino que no podía haber recibido un mandamiento más desagradable de su Padre Celestial. No obstante, se puso inmediata­mente de pie, tomó la leña necesa­ria y llevando a su hijo, empren­dieron el camino hacia un lugar designado. Abraham no hubiera dejado de cumplir con lo que el Señor le había mandado de no haber sido que un ángel intervino para detener su mano. ¿Y cuál fue la recompensa por tal acción? Escuchad las palabras del Señor a Abraham: «. . . por cuánto has hecho esto, y no me has rehusado tu hijo, tu único hijo;

«de cierto te bendeciré, y mul­tiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar;. . . Seguir leyendo

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