La criba

Conferencia General Octubre 1971

La criba

ElRay L. Christiansen

por el élder ElRay L Christiansen
Ayudante del Consejo de los Doce


En este momento tengo en mi corazón una oración especial a fin de poder decir algo que brinde seguridad y aliento a aque­llos que lo necesiten, o sea, a to­dos nosotros.

¡Vivimos en un mundo mara­villoso! ¡Una era asombrosa! Hay tantas personas buenas, cosas tan hermosas y deseables. El solo vivir una vida normal y útil es una bendición de mucho valor.

Pero es también una época cuando ciertas normas y verdaderos principios dados por Dios, que por mucho tiempo han sido aceptados y respetados, son Recha­zados por un gran número de personas. Verdaderamente, es un día en que hay «angustia de las gentes, confundidas» (Lucas 21:25).

El Señor habla de un tiempo en el cual «el amor de los hom­bres se resfriará, y abundará la iniquidad» (D. y C. 45:27). ¿Ha llegado ese tiempo?

Enterarse de la degradación que existe en la actualidad es algo muy inquietante; el crimen y la contención son la dieta diaria del lector y el escuchante de noticias. Por todo el mundo surgen constantemente crisis y violencia, sin llegar a ninguna conclusión satis­factoria.

Las escrituras nos dicen que el diablo es «el origen de todas estas cosas; sí, el fundador del asesinato y obras tenebrosas . . .» (2 Nefi 26:22), y que él tiene «gran poder para incitarlos a cometer toda clase de iniquidades y a llenarse de orgullo, tentándolos para que ambicionaran el poder, la autori­dad, las riquezas y las cosas vanas del mundo» (3 Nefi 6:15).

Tales personas «no buscan al Señor para establecer su justicia sino que todo hombre anda por su propio camino, y conforme a la imagen de su propio Dios, cuya imagen es a semejanza del mun­do . . .» (D. y C. 1:16).

«Y negarán el poder de Dios, el Santo de Israel, y dirán al pue­blo: Escuchadnos y oíd nuestra doctrina; pues he aquí, hoy no hay Dios, porque el Señor y Redentor ha acabado su obra y ha dado su poder a los hombres» (2 Nefi 28:5).

Así fue como habló el profeta Nefi hace mucho tiempo, mirando hacia nuestros días. No obstante, el doctor James E. Talmage brinda una seguridad en estas palabras:

«Sin embargo, en ninguno de estos hechos malignos . . . (recor­demos que el adversario) puede propasarse de lo que las trans­gresiones de su víctima le per­miten, o la sabiduría de Dios consiente; y el poder superior puede contrarrestarlo a cualquier momento» (Artículos de Fe, página 69). Seguir leyendo

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Este es mi Hijo Amado

Conferencia General Octubre 1971

Este es mi Hijo Amado

Loren C. Dunn

por el presidente Loren C. Dunn


De la sección sesenta y ocho de Doctrinas y Convenios provienen estas conocidas palabras: «Y ade­más, si hubiere en Sión, o en cualquiera de sus estacas organi­zadas, padres que tuvieren hijos, y no les enseñaren a comprender la doctrina del arrepentimiento, de la fe en Cristo, el Hijo del Dios viviente, del bautismo y del don del Espíritu Santo por la imposi­ción de manos, cuando éstos tu­vieren ocho años de edad, el pecado recaerá sobre las cabezas de los padres.

«Porque ésta será una ley para los habitantes de Sión, o cual­quiera de sus estacas organizadas.
«Y sus hijos serán bautizados para la remisión de sus pecados cuando tengan ocho años de edad, y recibirán la imposición de manos.
«Y también han de enseñar a sus hijos a orar y a andar recta­mente delante del Señor» (D. y C. 68:25-28).

A fin de ayudarnos con estas responsabilidades sagradas, el Señor nos ha dado la revelación de la noche de hogar para la fami­lia. Pero en el fundamento de una venturosa noche familiar debe existir una adecuada relación entre los padres y los otros miem­bros de la familia.

Por ejemplo, no creo que exista en todo el mundo mejor relación que esa tan especial que puede existir entre un padre y sus hijos; una relación nacida del amor, y esos profundos sentimientos que al principio se encuentran ahí por instinto y más tarde son fo­mentados y desarrollados por medio del amor, la ternura y la consideración.

Menciono aquí la relación de un padre para con sus hijos, no para degradar en ninguna manera el tremendo papel de la madre, pero siendo que nunca he sido madre, no me siento capaz de ha­blar desde ese punto de vista. No sólo eso, sino que pienso firme­mente, hablando en términos ge­nerales, que las madres de la Iglesia necesitan un poco más de ayuda de los padres para edificar esos lazos especiales entre padres e hijos que tienen la tendencia de hacer de la organización familiar un pedacito de cielo en la tierra.

Me siento impresionado por el hecho de que el plan de redención y salvación para toda la humani­dad fue arreglado por un Padre y su Hijo, aun Dios el Padre y su Hijo Jesucristo.

Pienso que uno de los trozos significativos de la historia de José Smith fue cuando el ángel Moroni le dijo al joven José que fuera a su padre y le relatara todo lo que había acontecido.

Aun en la restauración del evangelio de Jesucristo, el Señor tuvo cuidado de reconocer la rela­ción de este joven con su padre, y se aseguró de que nada la dañara. Sí, la relación de un pa­dre con sus hijos puede y debe ser muy especial. Seguir leyendo

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La venida de Elias

La venida de Elías

por el presidente Joseph Fielding Smith

Malaquías, el último de los profetas del Antiguo Testamento, concluyó sus predicciones con estas palabras:

«He aquí, yo os envío el pro­feta Elias, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible.
«El hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los pa­dres, no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición» (Malaquías 4:5-6).

Parece sumamente apropiado que el último de los antiguos pro­fetas cerrara sus palabras con una promesa dirigida a las genera­ciones futuras, y que en esa pro­mesa predijera una época en don­de habría una unión de las dis­pensaciones pasadas con aquellas de tiempos posteriores. Para la mayoría de los comentadores, las palabras proféticas de Malaquías han probado ser un misterio in­superable. Esto sucede especial­mente respecto a su declaración de la venida de Elias.

La razón de este tropiezo se debe en gran parte a que los co­mentadores de la Biblia no han podido comprender que es posible y razonable que un profeta anti­guo, que vivió casi mil años antes del tiempo de Cristo, fuera en­viado con un poder tan extraor­dinario como el que fue descrito por Malaquías y que Elias po­seía. La interpretación popular ha sido que esta profecía se cum­plió con la venida de Juan el Bau­tista como un Elias, con poder de volver el corazón de los padres hacia los hijos y los hijos hacia los padres. Una razón para esta interpretación es la falta de com­prensión de las palabras del ángel a Zacarías, en relación a Juan, cuando dijo:

«E irá delante de él con el es­píritu y el poder de Elias, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y de los rebel­des a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto» (Lucas 1:2 7).

Es cierto que Juan vino con el espíritu y el poder de Elias, pero no para cumplir la promesa hecha por Malaquías, que en el contexto aparece como algo designado para llevarse a cabo en los últimos días y poco antes del día grande y terrible del Señor, cuando Cristo realice su segunda venida a la tierra. A la persona que tiene fe en las escrituras tampoco deberá parecerle irrazonable creer que un antiguo profeta pudiera ser enviado a la tierra en tiempos posteriores. Hay un relato bas­tante vivido registrado por los autores de los Evangelios respecto a la aparición de Moisés y Elias a Pedro, Santiago y Juan mientras se encontraban con Cristo en el Monte de la Transfiguración. Ahora bien, si Moisés y Elias pu­dieron aparecer a estos discípulos cientos de años después que vivieron en la tierra, ¿no es igual­mente razonable creer que po­drían ser enviados nuevamente en nuestros tiempos con un men­saje de salvación y con autoridad para los hombres sobre la tierra? Seguir leyendo

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Las verdades que más vale la pena conocer

6 de noviembre de 2011
Las verdades que más vale la pena conocer
Por el presidente Boyd K. Packer
Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles

De un discurso pronunciado en un devocional de la Universidad Brigham Young el 6 de noviembre de 2011. Para el texto completo en inglés vaya a speeches.byu.edu

Boyd K. Packer

Si han tropezado o se han extraviado por algún tiempo, pueden avanzar con fe y dejar de ir de aquí para allá en el mundo.

El coleccionar o ver pornografía es como llevar una serpiente de cascabel en la mochila.

Algunos jóvenes tienen dudas y están buscando guía; otros se preguntan cómo se alejaron del sendero del Evangelio y cómo pueden regresar. Aunque hablo a todos, me dirijo más intensamente a quienes están en la búsqueda.

Su cuenta espiritual

Todos tenemos una deuda espiritual que se sigue incrementando de una u otra forma. Si la saldan sobre la marcha, tienen poco de qué preocuparse; pronto comienzan a adquirir disciplina y saben que vendrá el día del ajuste de cuentas. Aprendan a pagar su cuenta espiritual a intervalos regulares, en vez de dejar que crezcan los intereses y las multas.

Debido a que esta vida es una prueba, se supone que cometerán errores. Imagino que habrán hecho cosas en la vida de las que se lamentan, de las que no pueden excusarse y menos aún, enmendar; por tanto, llevan una carga. Quizás se sientan inferiores en cuerpo y mente, y estén turbados o apesadumbrados por el peso de una cuenta espiritual que está “vencida”. Cuando se enfrentan a ustedes mismos en los momentos de tranquila meditación (que muchos de nosotros tratamos de evitar), ¿hay cuentas sin saldar que les preocupan?, ¿tienen algún remordimiento?, ¿continúan, de una forma u otra, siendo culpables de algo pequeño o grande?

Con demasiada frecuencia, recibimos cartas de personas que han cometido errores trágicos o llevan sobre sí cargas. Ellas se preguntan: “¿Podré ser perdonado? ¿Podré cambiar alguna vez?”. La respuesta es: ¡Sí! (véase 1 Corintios 10:13).

El arrepentimiento trae alivio

El Evangelio nos enseña que por medio del arrepentimiento nos podemos librar del tormento y del sentimiento de culpa. Salvo aquellos pocos —muy pocos— que después de haber conocido la plenitud optan por la perdición, no existe hábito ni adicción, no hay rebelión, transgresión ni ofensa, grande o pequeña, que esté excluida de la promesa del perdón total. Sea lo que sea que haya pasado en su vida, el Señor ha preparado una forma para que regresen, si escuchan las impresiones del Santo Espíritu.

Algunos sienten un apremio incontenible, una tentación recurrente, que quizás se convierta en hábito y luego en adicción. Tenemos la tendencia a cometer ciertas transgresiones y pecados, y también a justificarnos de que no somos culpables porque hemos nacido así. Quedamos atrapados, y de ahí provienen el dolor y el tormento que sólo el Salvador puede sanar. Ustedes tienen el poder para dejar esos hábitos y ser redimidos.

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Discurso en los funerales de King Fóllett

Discurso en los funerales de King Fóllett

José Smith

por José Smith (1805-1844)
Primer Presidente de La Iglesia de Jesu­cristo de los Santos de Los Ultimos Días.

Conceptos mormones clásicos

El discurso en los funerales de King Fóllett, una de las obras clásicas de la literatura de la Iglesia, fue pronunciado por el profeta José Smith, en la conferencia de la Iglesia efectuada en Nauvoo, Illinois, el 7 de abril de 1844, ante una congregación de aproximadamente veinte mil personas.
La relación del discurso hacía la observación de que era el discurso de los funerales del élder King Fóllett, amigo íntimo del Profeta, que había fallecido en un accidente el 9 de marzo. Las notas del discurso fueron tomadas por Willard Richards1, Wilford Woodruff2, Thomas Bulloc3 y William Clayton4. Esta reimpresión fue tomada de Documentary History of the Church, vol. 6, págs. 302-17. Dicho volumen aclara: “Este no era un informe estenográfico, sino que estaba preparado cuidadosa y hábilmente por estos hombres entrenados en informar y tomar notas. Evidentemente, existen algunas imperfecciones en el informe y algunos pensamientos expresados por el Profeta que no fueron pulidos y completados. . .»
Cabe mencionar que este discurso fue pronunciado dos meses antes de la muerte de José Smith. Durante este tiempo los enemigos de la Iglesia estaban sumamente activos, e indudablemente el Profeta anticipaba los inminentes acontecimientos.

Amados hermanos, quisiera que esta asamblea me pres­tara su atención mientras os hablo sobre el tema de los muertos. El fallecimiento de nuestro querido hermano, King Fóllett, que murió triturado en un pozo, al venírsele encima una tina llena de piedras, es lo que más me ha motivado a tratar este tema. Sus amigos y parientes me han rogado que tome la palabra, pero en vista de que muchos de los de esta congregación, que viven en esta ciu­dad y en otras partes, también han perdido algún amigo o pariente, desearía hablar sobre el tema en general y presentaros mis ideas, hasta donde pueda, y hasta don­de me inspire el Espíritu Santo para tratar este asunto.

Necesito vuestras oraciones y fe a fin de poder recibir la instruc­ción de Dios Todopoderoso y el don del Espíritu Santo, para que pueda declarar cosas que son ver­daderas y que fácilmente podáis comprender; y que el testimonio lleve a vuestro corazón y mente la convicción de la verdad de lo que diga. Rogad por que el Señor me fortalezca los pulmones y haga cesar el viento; y asciendan las oraciones de los santos a los oídos del Señor de los Ejércitos, porque las oraciones eficaces de los justos logran mucho. Hay poder en ellas, y verdaderamente creo que vuestras oraciones serán atendidas.

Antes de entrar de lleno en la investigación del tema que tengo por delante, deseo preparar el camino y presentar el asunto desde el principio, a fin de que podáis entenderlo. Expondré algunas cosas preliminares para que po­dáis entender el tema cuando lle­gue a él. No es mi intención hala­gar vuestros oídos con superflui­dad de palabras, ni oratoria, ni con mucha sabiduría, sino que deseo edificaros con las verdades sen­cillas del cielo.

La naturaleza de Dios
En primer lugar, deseo retroce­der hasta el principio, hasta la mañana de la creación. Allí está el punto de partida que debemos examinar, a fin de entender y conocer bien la mente, propósitos y decretos del Gran Elohim, que se sienta allá en los cielos, como lo hizo cuando fue creado este mundo. Se precisa que tengamos un entendimiento de Dios mismo en el principio. Si empezamos bien, es fácil seguir marchando bien; pero si empezamos mal, podemos desviarnos y será difícil volver a orientarnos.

No son sino pocos los seres en el mundo que entienden correcta­mente la naturaleza de Dios. La gran mayoría del género humano no comprende nada, ni lo que corresponde a lo futuro, en lo que respecta a su relación con Dios. No saben ni entienden la naturaleza de esa relación; y con­siguientemente, no saben sino poco más que el animal, o poco más que comer, beber y dormir. Esto es todo lo que el hombre sabe acerca de Dios y su exis­tencia, a menos que se dé el cono­cimiento por la inspiración del Omnipotente.

Si un hombre no aprende más que a comer, beber y dormir, y no entiende ninguno de los propó­sitos de Dios, el animal hace las mismas cosas: come, bebe, duerme y no sabe más acerca de Dios; sin embargo, sabe tanto como noso­tros, a menos que podamos com­prender la naturaleza divina mediante la inspiración del Dios Todopoderoso. Si los hombres no entienden el carácter de Dios, no se entienden a sí mismos. Quiero volver hasta el principio, y así elevar vuestras mentes a una es­fera más elevada y un entendi­miento más avanzado de lo que la mente humana generalmente anhela.

Deseo pedir a esta congrega­ción, a todo hombre, mujer y niño, que cada cual conteste en su corazón: ¿Qué clase de ser es Dios? Preguntaos; escudriñad vuestros corazones y decid si al­guno de vosotros lo ha visto, oído o se ha comunicado con Él. Es una pregunta que podéis meditar mucho tiempo. Vuelvo a repetir la pregunta: ¿Qué clase de ser es Dios? ¿Lo sabe algún hombre o mujer? ¿Lo ha visto j alguno de vosotros, o lo ha oído, o se ha comunicado con Él? He aquí la pregunta que quizás de hoy en adelante recibirá vuestra atención. Las Escrituras nos informan: «Es­ta empero es la vida eterna: que te conozcan el solo Dios verda­dero, y a Jesucristo al cual has enviado.»

Si un hombre no conoce a Dios, y tiene que preguntar qué dase de ser Él es—si busca dili­gentemente en su propio corazón para saber si la declaración de Jesús y los apóstoles es cierta, comprenderá que no tiene la vida eterna; porque no puede haber vida eterna sino de acuerdo con este principio.

Mi primer objeto les conocer el carácter del solo Dios sabio y verdadero, y qué clase de ser Él es; y si soy tan afortunado que llego a comprender a Dios, y ex­plico o hago llegar los principios a vuestros corazones, de tal mane­ra que el Espíritu los sella sobre vosotros, entonces de aquí en ade­lante todo hombre y mujer debe guardar silencio, taparse la boca con la mano y nunca jamás vol­ver a levantar la mano o la voz y decir algo contra el varón de Dios o los siervos de Dios. Mas si no lo hago, tengo la obligación de renunciar a toda pretensión de recibir revelaciones e inspira­ciones o de ser profeta; y sería falso maestro como el resto del mundo, entonces me recibirían como su amigo y nadie atentaría contra mi vida. Pero si todos los maestros religiosos tuviesen la sinceridad suficiente para renun­ciar a sus pretensiones de santi­dad, cuando se pone de mani­fiesto su ignorancia del conoci­miento de Dios, se hallarían en tan mala situación como yo, por lo menos; y bien pueden matar a otros maestros falsos, junto con­migo, si yo soy falso. Sí alguien cree y dice que soy maestro falso, entonces, de acuerdo con el mis­mo principio, tenemos razón para quitar la vida a todo maestro fal­so, ¿y dónde pararía el derrame de sangre? ¿Y quién no sufriría? Seguir leyendo

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Decisiones

Conferencia General Octubre 1971

Decisiones

Eldred G. Smith

por el élder Eldred G. Smith
Patriarca de la Iglesia


Remontemos nuestros pensa­mientos al tiempo antes de la creación de esta tierra, a la época del gran concilio en los cielos, cuando todos vosotros y yo reci­bimos instrucciones de nuestro Padre Celestial con respecto al propósito y oportunidades de esta vida terrenal,

«Y estaba entre ellos uno que era semejante a Dios, y dijo a los que se hallaban con él: Des­cenderemos, pues hay espacio allá, y tomaremos estos materiales, y haremos una tierra en donde éstos puedan morar;
«Y así los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare.
«Y a los que guardaren su primer estado les será añadido; y aquellos que no guardaren su primer estado recibirán gloria en el mismo reino con los que lo hayan guardado; y quienes guar­daren su segundo estado, recibirán aumento de gloria sobre sus cabe­zas para siempre jamás.
«Y el Señor dijo: ¿A quién enviaré? Y respondió uno seme­jante al Hijo del Hombre: Heme aquí: envíame a mí. Y el Señor dijo: Enviaré al primero.
«Y el segundo se enojó, y no guardó su primer estado; y mu­chos lo siguieron ese día» (Abraham 3:24-28).

Lucifer, que fue otro de nues­tros hermanos mayores, el Hijo de la Mañana, debe de haber he­cho una oferta bastante atractiva. Me lo puedo imaginar diciendo: «Síganme y les daré un nuevo plan, el otro está pasado de moda; no tienen por qué arriesgarse. Les garantizo que todos volverán; ninguno se perderá,» Fue un buen sicólogo; atrajo nuestros deseos para su seguridad, e hizo su plan tan atractivo que una tercera parte de las huestes de los cielos lo si­guieron.

Estos abandonaron su derecho al libre albedrío; no se daban cuenta de las grandes consecuen­cias de esa decisión. Perdieron su derecho a escoger, el de tomar sus propias decisiones. Después se de­sató una guerra en el cielo, y Lu­cifer y sus perseguidores fueron expulsados y puestos aquí en la tierra para probamos, y están ha­ciendo una buena labor.

El libre albedrío requiere que haya una elección; debe haber una fuerza opuesta. No hay crecimien­to, ni logro o progreso sin vencer a una fuerza opuesta.

Lucifer y sus agentes proveye­ron esta fuerza opuesta, que hizo posible el libre albedrío para noso­tros en esta vida. Seguir leyendo

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La única Iglesia verdadera y viviente

Conferencia General Octubre 1971

La única Iglesia verdadera y viviente

President Boyd K. Packer

por el élder Boyd K. Packer
del Consejo de los Doce


Durante los últimos treinta días he tenido el privilegio de reunirme con misioneros y miembros en Gran Bretaña, Sudamérica, África del Sur y aquí en Norteamérica, Siempre que nos reunimos nos topamos con una pregunta común. Los miembros de la Iglesia, especial­mente nuestros misioneros, a menudo escuchan esta queja: «Si con alguien me siento ofendido, es con los que dicen que ellos tienen razón y que todos los demás están errados.» Se oponen, por supuesto, a nuestra afirma­ción concerniente a la delegación exclusiva de autoridad en esta Iglesia.

Comprendo, desde luego, por qué se sienten así. No obstante, yo les diría: «Espere y piense un momento. Seguramente usted no puede creer que de entre la gran variedad confusa de creencias religiosas ninguna de ellas sea verdadera.»

Tal proposición engendra el ateísmo. Al pensar en los ateos me inclino a lo que la hermana Carol Lynn Pearson escribió en sus versos dedicados al ateo:

«Su rasgo de buen humor Dios ha de tener por cierto, ya que la tentación resiste de volverte las tornas cuando dices y aparentas que El no existe.» El otro concepto, más extensamente sostenido, es que todas las iglesias tienen razón, que todas son iguales. Si pudiéramos decir que hay una respuesta típica que se da a nuestros misioneros, tal vez sería ésta: «Yo tengo una iglesia. Una es igual que otra, y realmente no importa a cuál pertenezcamos, o si es necesario pertenecer a alguna. Al fin y al cabo todos llegaremos al mismo lugar.»

Seguramente nadie que verda­deramente piense sostendría esta posición. No obstante, muchísimas personas la aceptan cuando nunca pensarían aplicarla o relacionarla, ni por un momento, a cualquier otro aspecto de su vida. No sosten­drían la misma posición, por ejemplo, en cuanto a la educa­ción. Quien no sonreiría al escu­char a alguien afirmar que todas las escuelas son iguales, que una es tan buena como la otra, y que una persona se merece el mismo diploma, no importa a cuál escuela asista, qué curso estudie o por cuánto tiempo.

¿Estaríais vosotros de acuerdo en enviar a un grupo de alumnos a la universidad que sea, dejarlos que estudien cualquier variedad de cursos y entonces conferirles grados especializados —cualquier cosa que ellos pidan— en arqui­tectura, leyes o medicina? Semejante actitud daría a entender que un hombre puede llegar a ser tan buen cirujano, sin estudiar para serlo, como lo sería si se ciñera a los cursos prescritos. Ninguna persona que piense seriamente sostendría tal posición, y ni voso­tros ni yo nos someteríamos a una operación en la que fuera a intervenir un cirujano que hubiera adquirido su preparación, o tal vez sería mejor decir «falta de preparación», del modo descrito.

Es extraño, pues, ver cuántos pueden aplicar tal concepto a la religión. Esto es lo que proponen: Id a cualquier escuela; estudiad cualquier curso, y si no queréis ir a la escuela no vayáis; finalmente todos llegaremos al mismo lugar y recibiremos el mismo diploma celestial. Esto no es ni razonable ni verdadero. Seguir leyendo

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Todo hombre debe aspirar a cumplir una misión

Mayo de 1972
Todo hombre debe aspirar a cumplir una misión
por el élder LeGrand Richards
del Conseio de los Doce

LeGrand RichardsUna experiencia que tuve cuando era niño en el barrio del pueblito donde pasé mi niñez, ha tenido gran influencia sobre mi vida.

Dos jóvenes que habían regresado de sus misiones en los Estados del Sur, dieron su in­forme de las mismas en nuestra reunión sacra­mental. En aquellos días, los misioneros viajaban sin bolsa ni alforja y de esta manera se veían obligados a dormir afuera algunas veces, cuando no les era posible encontrar alguna familia que estuviese dispuesta a darles albergue por una noche.

En aquellos días los misioneros estaban sujetos a cierta persecución; bajo tales condiciones eran humillados y experimentaban muchas evidencias de cómo el Señor les proveía amigos que cui­daran de sus necesidades.

El espíritu de estos dos ex misioneros me impresionó de tal manera que fui a casa, me arrodillé y le pedí al Señor que me ayudara a vivir dignamente para ir a una misión cuando tu­viera la edad suficiente. Continué orando por este privilegio hasta que el tren se alejó de la estación de ferrocarril en Salt Lake City, y me encontraba en camino a Holanda. Mis últimas palabras a mis seres queridos fueron: «Este es el día más feliz de mi vida.»

Antes de salir a la misión, el presidente Anthon H. Lun, en aquel entonces consejero en la Primera Presidencia, nos habló a los misioneros, y dijo que la gente nos amaría. Luego agregó: “No os envanezcáis en el orgullo de vuestros corazones y penséis que es porque sois mejores que otras personas. Será por aquello que les llevéis.” Cuando pronunció estas palabras, casi no pude comprender lo que quería decir, pero antes de terminar la misión, lo supe.

Cuando visité a los hermanos en Amsterdam para despedirme de ellos, dándome cuenta de que quizás no volvería a ver a muchos de ellos en esta vida, vertí muchas lágrimas, más que cuando dejé a mis seres queridos para ir a Holan­da. Por ejemplo, fui a la casa de una familia donde mi compañero y yo habíamos sido los primeros misioneros en visitarlos, y la madre, una mujer pequeña, dijo con lágrimas que le

rodaban por las mejillas y le caían sobre el delan­tal: “Hermano Richards, fue muy difícil ver a mi hija irse a Sión hace algunos meses (en aque­llos días la Iglesia exhortaba a los Santos a que emigrasen a los Estados Unidos; ahora no lo hace más), pero es mucho más difícil verlo irse a usted.’’ Entonces sentí que podía comprender lo que el presidente Lund había querido decir con sus palabras: “La gente os amará a causa de lo que les llevéis.’’

Visité a un hermano que permaneció erguido en el uniforme de su país, y que tenía edad sufi­ciente como para ser mi padre. Se puso de rodillas, tomó mi mano entre las suyas, la acarició, la besó y la bañó con sus lágrimas. Nuevamente sentí que podía comprender las palabras del presidente Lund: “La gente os amará a causa de lo que les llevéis.” Seguir leyendo

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El propósito de la vida es ser probados

Conferencia General Octubre 1971

El proposito de la vida es ser probados

Franklin D. Richards

por el Élder Franklin D. Richards
Ayudante del Consejo de los Doce


Mis queridos hermanos y her­manas, me presento ante vosotros con un corazón humilde. Estoy agradecido por el privilegio de asistir a esta conferencia semestral, y he sido inspirado por las pala­bras de nuestros grandes direc­tores. Hemos recibido consejos que nos serán útiles para vivir con felicidad y con éxito en esta época particular de la historia del mun­do.

Cuando Adán fue expulsado del Jardín de Edén, le fue dicho que »con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado» (Génesis 3:19),

Se me ha dicho que sobre la entrada de uno de los grandes recintos universitarios de Europa se halla una inscripción que dice que «nada que valga la pena llega jamás a una persona sino con la angustia de su alma y el sudor de su rostro».

Ella Wheeler Wilcox en su bella composición intitulada «Getsemaní» lo expresó de esta manera:

«Tarde o temprano el que ha de viajar,
por la puerta del jardín ten­drá que entrar;
de rodillas a solas allí se pondrá
y con alguna ardiente con­goja luchará.
Dios se apiade de los que decir no puedan:
No como yo quiero, si no
como tú; y sólo ruegan;
Deja que pase esta copa de mí,
sin comprender el objeto del Getsemaní.»

Aunque no se acostumbra que uno busque las experiencias difí­ciles o desagradables, no puede negarse que las pruebas y tribu­laciones de la vida que estorban el crecimiento y desarrollo del hombre, llegan a ser escalones mediante los cuales asciende a alturas mayores, desde luego, si no permite que tales cosas lo desani­men.

La historia de la mayor parte de los hombres y mujeres que logran alguna medida de grandeza y realizaciones, generalmente resulta ser la historia de una per­sona que se sobrepuso a las des­ventajas. Parece que hay lecciones que sólo pueden aprenderse cuan­do los obstáculos son dominados.

Dos de las experiencias más interesantes y penosas de esta dispensación fueron las del Campo de Sión y la Cárcel de Liberty, porque no sólo influyeron ambas en las vidas de grandes hombres, sin que también surtieron un pro­fundo efecto en la historia de la Iglesia. Seguir leyendo

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Un tiempo de probación

Conferencia General Octubre 1971

Un tiempo de probación

Henry D. Taylor

por el élder Henry D. Taylor
Ayudante del Consejo de los Doce


El profeta Abraham fue favore­cido ante la vista del Señor. A él le fue dada la seguridad de que era una inteligencia grande y noble antes de venir a esta tierra; aprendió que la tierra fue creada como un lugar donde morarían las inteligencias después de su nacimiento como seres terrenales. Ahí serían probados para ver si harían todas las cosas que el Señor, Dios, les mandara hacer. De este modo, la vida terrenal se convertiría en un terreno pro­batorio.

No fue el propósito de que el camino terrenal estuviese libre de obstáculos, ni que el sendero fuese fácil. A Satanás, el padre de las mentiras y el engaño y a sus seguidores perversos, se les permitiría usar su astucia e influencia para cegar a los hombres con respecto a la verdad y para tratar de desviarlos del camino recto. Pero al hombre se le daría su libre albedrío, el derecho de escoger. Se planeó que Dios, mediante sus profetas, proveyera pautas conocidas como mandamientos, que sí se siguieran, brindarían gozo y felicidad. Sin embargo, el hombre tendría el privilegio y la responsabilidad de decidir entre lo bueno y lo malo; él mismo tendría que hacer las decisiones.

Todo esto formaba parte del plan del evangelio. José Smith, el Profeta, ha asegurado que todos estuvimos presentes como seres espirituales cuando se presentó el plan y le dimos nuestra aproba­ción.

Esta es una época gloriosa para vivir aquí sobre la tierra; el sacer­docio y el evangelio han sido res­taurados; la Iglesia ha sido nueva­mente establecida. Aunque Jesús el Cristo es la cabeza de la Iglesia que lleva su nombre, los hombres que apoyamos como Profetas, Videntes y Reveladores nos están guiando actualmente.

Al viajar por la vida sobre esta tierra, hay ocasiones en que debe­mos defender nuestras conviccio­nes, Estos son tiempos probatorios. ¿Estamos del lado del Señor, guardando sus mandamientos? ¿Sostenemos y apoyamos a nues­tros líderes? ¿Permanecemos firmes y valientes?

Lyman Wight, conocido como «El Montaraz», fue uno de los pri­meros apóstoles en esta dispensa­ción; era obstinado, determinado y un hombre sobre quien muy pocos podían influir. No obstante, amaba y respetaba al profeta José, y lo obedecía. En una oca­sión, después del martirio del Profeta, dijo: «El único hombre que puede controlarme se ha ido.» Acabó su asociación con Brigham Young y otros miembros del Con­sejo de los Doce y condujo a un grupo a Texas, donde finalmente cayó en la obscuridad y el olvido, mientras que Brigham Young y los fieles viajaron hacia el oeste y aumentaron en número y promi­nencia. Lyman Wight fue puesto a prueba y hallado falto. Seguir leyendo

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Más de lo que imaginamos

Abril de 1972
Más de lo que imaginamos
por el élder Marion D. Hanks
Ayudante del Consejo de los Doce

Marion D. HanksAnoche, mientras viajaba al hos­pital para visitar a mi hermana que estaba muy enferma, tenía en mi subconsciente la asignación que se me había dado de preparar este artículo y me di cuenta de que ya había llegado la fecha para entre­garlo.

En el hospital gocé de una hu­milde aventura espiritual que le agregó significado a lo que quisiera deciros. En una de las habitaciones encontré a una maravillosa familia reunida alrededor de la cama de la madre sumamente enferma, efectuan­do su noche de hogar. Uno de sus buenos hijos, que acababa de regresar de una misión, relataba los acontecimientos de la misma, y a la vez mostraba diapositivas utilizando la pared del cuarto como pantalla. Me sentí privilegiado al unirme a ellos.

Al llegar a casa, mi propia familia se reunió para efectuar la noche de hogar que habíamos pospuesto mientras me encontraba en el hos­pital. Hablamos, cantamos juntos y leimos las escrituras, y luego, ha­biendo ayunado para tal ocasión, nos arrodillamos uniendo nuestra fe para procurar las bendiciones del Señor para nuestro ser querido que tan desesperadamente necesitaba su ayuda.

Había tenido la intención de expresaros mis convicciones en cuanto al tema del matrimonio y las asociaciones que llevan al mis­mo, el carácter y las cualidades que son vitales para ¡levarlo a cabo, y el amor que debe existir para ha­cer de él lo que Dios y nosotros deseamos que sea. La experiencia que tuve en el cuarto del hospital y durante mi noche de hogar están tan íntimamente ligadas con esto que quisiera ofreceros mi testi­monio respecto a esos dos temas y su relación. Al hacerlo, me pre­gunto si al haber empezado a leer habréis empezado también a ver la conexión: ¿Qué tiene que ver la experiencia en el hospital y la noche de hogar con nuestro amor, o con nuestro matrimonio? Permi­tidme explicarlo.

Cuando los jóvenes empiezan a pensar o a sentir el amor que conduce al matrimonio, deben también pen­sar—y hacerlo detalladamente— en el hogar y la familia de su futuro. El matrimonio significa cierta clase de hogar y cierta clase de familia. Un buen matrimonio significa un buen hogar y una familia feliz. Seguir leyendo

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La vitalidad del amor

Conferencia General Octubre 1971

La vitalidad del amor

Milton R. Hunter

por el Élder Milton R. Hunter
Presidente del Primer Consejo de los Setenta


El diablo comanda sus fuerzas al máximo, para crear la discordia, el pecado y el dolor en la familia humana. Estas calamidades pueden sin embargo evitarse, en la medida en que la gente viva los principios del evangelio de Jesucristo, que es amor.

En una ocasión: «. . . un intérprete de la ley, preguntó (a Jesús) por tentarle, diciendo:

Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley? Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas» (Mateo 22:35-40).

En los días de nuestro Salvador, las escri­turas hebreas estaban separadas en divi­siones. Los cinco primeros libros se llamaban «de la Ley», otro grupo se llamó «los pro­fetas.» Al contestar al abogado, el Maestro mencionó Deuteronomio y Levítico, que eran dos de los libros de la ley hebrea. De esa forma, Jesucristo declaró que las dos grandes leyes del amor eran la base de todas las enseñanzas religiosas de las escrituras he­breas.

Desde el momento en que el primer gran mandamiento es amar al Señor nuestro Dios ¿cómo podemos demostrar nuestro amor por Él? Podemos hacerlo en nuestras oraciones al Padre, dadas en nombre del Hijo, así como por nuestra veneración hacia esos Seres divinos. Pero, para incluirlo todo, Jesús dijo:

«Si me amáis, guardad mis mandamientos» (Juan 14:15). O dicho de otra forma, debe­mos vivir: «. . .con cada palabra que sale de la boca de Dios» (Doc. y Con. 84:44).

Nuestro Padre Celestial y su Hijo Unigénito, sienten un amor intenso y comprensivo por nosotros; tienen inteligencias superiores y un entendimiento mayor que el nuestro, y es por eso que esos sentimientos de amor son superiores a nuestra capacidad de amar. El atributo del amor está tan desarrollado en estos Seres divinos, que la escritura declara: «Dios es amor» (1 Juan 4:76). En realidad el trascendente amor de la divinidad se encuen­tra por encima y más allá de nuestros senti­mientos y conceptos más profundos. En tiempos de grandes experiencias espirituales, cuando sentimos la plenitud del Espíritu, comprendemos mejor la magnitud del amor de Dios. Seguir leyendo

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La parábola del ganso silvestre

Julio de 1973
La parábola del ganso silvestre
por Michael D. Palmer

Había una vez un joven ganso que anualmente emigraba hacia el sur con su padre. La jornada era larga, y al principio el ganso se divertía admirando el paisaje o volando en círculos alrededor del viejo ánsar, quien a pesar de que se estaba poniendo más lento cada día, al final siempre superaba esa lentitud por la extraordinaria rectitud del curso que seguía. Pero con todo, el joven ganso gozaba de las jornadas.

Un año, poco después del largo viaje hacia el norte, mientras el padre se refregaba las doloridas alas, decidió que había llegado el momento de darle a su hijo algunas instrucciones finales. Era un ganso de pocas palabras, y cuando llamó a su hijo, empezó a hablarle lentamente.

La parábola del ganso silvestre—Pero ¿cómo encontraré mi camino? — inquirió el joven ganso, dándose cuenta por primera vez de que realmente nunca se había fijado mucho en la dirección que tomaban.

—Debes escuchar—le respondió su anciano padre, que parecía que iba a continuar hablándole, pero se detuvo.

La reacción inmediata del joven ganso fue preguntar qué era lo que debía escuchar y exactamente qué oiría. Pero la gran seriedad y solemnidad con que su padre había dicho esas palabras, lo pusieron a pensar y antes de que pudiera volver a hacer la pregunta, el viejo ganso expiró silenciosamente. Su fallecimiento fue lamentado en muchas partes, a pesar de que la rectitud del curso que siempre había seguido, atestiguaba el hecho de que había aprendido bien todo lo que los gansos necesitan saber y por lo tanto iría directamente a la gloria de los gansos.

El joven quedó un tanto solitario por la muerte de su padre y empezó la búsqueda de nuevos amigos; y ya que era un ganso joven y bien parecido, y que apenas le estaban saliendo sus plumas de ánsar, muy pronto llegó a ser el favorito del grupo. Sus alas largas y fuertes, aunque le daban la apariencia de ganso silvestre, causaban palpitaciones en el blanco pecho de muchas jóvenes gansas. El verano estuvo lleno de nuevas experiencias; entre ellas, aprendió aun los bailes de última moda. Seguir leyendo

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Fortaleza en medio de las dificultades

Marzo de 2002
Fortaleza en medio de las dificultades
por el élder L. Lionel Kendrick
de los Setenta

L. Lionel KendrickEl Señor puede asegurarnos que Él está cerca y que nos guiará en los días más negros de nuestra vida.

Vivir no siempre es fácil, pero la oportunidad de hacerlo es una bendición que escapa a nuestra comprensión. En el proceso de vivir, haremos frente a dificultades, muchas de las cuales nos harán sufrir y padecer dolor. Muchas personas tendrán dificultades personales, mientras que otras sufrirán al ver el dolor de sus seres queridos.

Para tener fortaleza en medio de nuestras dificultades, debemos tener una perspectiva positiva de los principios del plan de salvación. Debemos darnos cuenta de que tenemos un Salvador personal en quien podemos confiar y al que podemos acudir en los momentos de necesidad. A fin de recibir la fortaleza que precisamos en medio de nuestras penalidades, debemos también aprender y vivir los principios que el Señor nos ha dado.

Una Perspectiva Positiva
Esta tierra es el lugar para probar si somos dignos y para prepararnos para regresar a la presencia del Señor. Él explicó: “y con esto los probaremos para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare” (Abraham 3:25).

El Señor explicó la razón por la que debemos ser probados durante nuestra experiencia terrenal: “Es preciso que los de mi pueblo sean probados en todas las cosas, a fin de que estén preparados para recibir la gloria que tengo para ellos” (D. y C. 136:31).

Parte del plan es que “haya una oposición en todas las cosas” (2 Nefi 2:11), y se nos concede el albedrío para escoger entre alternativas opuestas, lo que forma parte del proceso de probación (véase 2 Nefi 2:27; D. y C. 29:35). En nuestra existencia preterrenal, entendimos y apoyamos el plan de salvación, el que incluye los principios de la oposición y el albedrío. Sabíamos que en esta vida tendríamos experiencias que nos llevarían a tener dificultades y, en ocasiones, a sufrir.

Algunas de nuestras penalidades tienen que ver con la toma de decisiones, mientras que otras son consecuencia de las decisiones que ya hayamos tomado. Una porción de esas penalidades se deriva de las decisiones que toman otras personas pero que afectan a nuestra vida. No siempre podemos controlar todo lo que nos sucede en esta vida, pero sí podemos controlar la forma en que habremos de reaccionar a ello. Muchas dificultades se presentan en forma de problemas y presiones que a veces causan dolor; otras adoptan la forma de tentaciones, pruebas y tribulaciones.

Aun así, las dificultades forman parte del sagrado proceso de santificación. No existen medios fáciles ni indolentes de santificarnos hasta el grado de que estemos preparados para vivir en la presencia del Salvador. Puede haber bendiciones en las cargas que soportamos, mas como consecuencia de esas aflicciones, nuestro carácter se vuelve más semejante al de Cristo.

Aun cuando esas experiencias puedan causar dolor, sufrimiento y pesar, tenemos esta certeza absoluta: “Ningún pesar que el hombre o la mujer padezcan en la tierra quedará sin sus efectos compensatorios si se sobrelleva con resignación y paciencia” ( The Teachings of Spencer W. Kimball, editado por Edward L. Kimball, 1982, pág. 168).

El Salvador consoló y aconsejó al profeta José Smith (1805–1844) cuando éste se hallaba sufriendo en la cárcel de Liberty, y le explicó los efectos y las bendiciones benéficos que se reciben si sobrellevamos bien nuestras cargas: “…todas estas cosas te servirán de experiencia, y serán para tu bien” (D. y C. 122:7). Y prosiguió: Seguir leyendo

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El grosellero

Julio de 1973
El grosellero
por el élder Hugh B. Brown (1883–1975)
del Quórum de los Doce Apóstoles

Hugh B. Brown

«¿Cómo pudiste hacerme esto? Estaba creciendo tan maravillosamente»

Algunas veces uno se pregunta si el Señor realmente sabe lo que debe hacer con nosotros; algunas veces uno se pregunta si sabe más que Él acerca de lo que uno debe hacer y debe llegar a ser. Me pregunto si podría contaros una anécdota que he relatado frecuentemente en la Iglesia. Es una historieta más vieja que vosotros; es una selección de mi propia vida y la he contado en muchas estacas y misiones; se trata de un incidente durante mi vida en el que Dios me mostró que Él sabe lo que es mejor.

Vivía yo en Canadá, donde había  comprado   una   granja que estaba un tanto deteriorada. Una mañana salí y vi un grosellero que había alcanzado aproximadamente dos metros de altura y estaba llegando a ser casi exclusivamente materia para leña. No había ningún retoño ni  grosellas.  Antes de ir a Canadá, fui criado en una granja frutal en Salt Lake City, y sabía lo que tenía que sucederle a ese grosellero, de manera que agarré unas tijeras podadoras, fui hasta el arbusto y lo corté, lo podé y volví a cortarlo hasta que no quedó nada excepto un montón de tocones. Cuando  terminé empezaba a amanecer; me pareció ver arriba de cada uno de estos tronquitos algo que parecía como una lágrima, y pensé que el grosellero estaba llorando. Era yo entonces un tanto ingenuo (y  todavía no he dejado de serlo completamente), lo miré, sonreí y dije:

Marzo de 2002 Liahona—¿Por qué estás llorando?— Saben, pensé haber oído hablar al grosellero, y creo que le oí decir esto: «¿Cómo pudiste hacerme esto? Estaba creciendo tan maravillosamente; estaba casi tan alto como el árbol de sombra y el árbol frutal que se encuentran dentro de la cerca, y ahora me has destrozado. Todas las plantas  del  huerto  me mirarán  con  desprecio  porque no llegué a ser lo que debí haber sido.  ¿Cómo  pudiste hacerme esto? Creí que tú eras el jardinero aquí.» Eso es lo que pensé que  había  dicho  el  grosellero y estaba tan convencido de haberlo oído que le respondí:

—Mira, pequeño  grosellero, yo soy el jardinero aquí, y sé lo que quiero que seas. No quería que fueras un  árbol  frutal  ni un árbol de sombra; quiero que seas un grosellero, y algún día, pequeño arbusto, cuando estés cargado de fruta, me dirás: «gracias, jardinero, por quererme lo suficiente como para derribarme, por interesarte suficientemente en mí como para herirme.  Gracias,  jardinero.» Seguir leyendo

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