La ley de sacrificio

13 de agosto de 1996
La ley de sacrificio
por el élder M. Russell Ballard
del Quórum de los Doce Apóstoles

Discurso pronunciado ante los educadores del Sistema Educativo de la Iglesia en la Universidad Brigham Young el 13 de agosto de 1996.

M. Russell Ballard

Los dos propósitos principales de la ley de sacrificio son probarnos, demostrando así nuestra valía, y ayudarnos a venir a Cristo.

Hace pocos años, mi familia y yo visitamos Palmyra, Nueva York; Kirtland, Ohio; y Nauvoo, Illinois. En aquel viaje repasamos la historia de los comienzos de la Iglesia y recordamos los inimaginables sacrificios que hicieron los fundadores de la Iglesia para establecer el reino de Dios en esta última dispensación.

Al reflexionar en su humilde obediencia, concentré mis pensamientos en la naturaleza eterna de la ley de sacrificio, una parte vital del Evangelio de Jesucristo. Se practicó en tiempos del Antiguo y del Nuevo Testamentos y del Libro de Mormón; y aunque la práctica cambió durante el período del Nuevo Testamento, sus objetivos siguieron en pie aún después de que la expiación de Jesucristo cumpliera con la ley de Moisés.

Por lo general, lo primero que acude a la mente de las personas cuando oyen hablar de la “ley de Moisés” es el sacrificio de animales. La naturaleza un tanto horripilante del sacrificio de sangre ha llevado a algunos a preguntar: “¿Cómo puede semejante actividad tener algo que ver con el Evangelio de amor?”. Podemos comprender mejor la respuesta a esta pregunta cuando entendemos los dos propósitos principales de la ley de sacrificio, los cuales se aplicaron a Adán, a Abraham, a Moisés y a los apóstoles del Nuevo Testamento, y se aplican a nosotros hoy día cuando aceptamos y vivimos la ley de sacrificio. Sus dos propósitos principales son probarnos, demostrando así nuestra valía, y ayudarnos a venir a Cristo.

marzo2002“…he decretado en mi corazón probaros en todas las cosas, dice el Señor, para ver si permanecéis en mi convenio aun hasta la muerte, a fin de que seáis hallados dignos.

“Porque si no permanecéis en mi convenio, no sois dignos de mí” (D. y C. 98:14–15; cursiva agregada).

La ley de sacrificio nos proporciona una oportunidad de demostrarle al Señor que le amamos más que ninguna otra cosa. Debido a ello, en ocasiones el curso se torna difícil puesto que se trata del proceso de perfección que nos prepara para el reino celestial y para “[morar] en la presencia de Dios y de su Cristo para siempre jamás” (D. y C. 76:62).

El presidente Ezra Taft Benson (1899–1994) explicó que “la sagrada misión de la Iglesia… [es] ‘invitar a todos a venir a Cristo’ (D. y C. 20:59)” (“‘Venid a Cristo y perfeccionaos en Él’”, Liahona, julio de 1988, pág. 84).Vista así, la ley de sacrificio ha sido siempre un medio para que los hijos de Dios vengan al Señor Jesucristo. Seguir leyendo

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Comunión con el Espíritu Santo

Marzo de 2002
Comunión con el Espíritu Santo
por el presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

James E. FaustEn una conferencia de prensa celebrada hace años, se le hizo la siguiente pregunta al presidente Gordon B. Hinckley: “¿Cuál es el mayor problema que enfrenta su Iglesia hoy día?”. Él contestó que era su rápido crecimiento.

Han pasado más de 170 años desde que fue organizada La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. ¿Por qué la Iglesia continúa prosperando y creciendo tan rápidamente? ¿En qué se diferencia de todas las demás? Como respuesta, podríamos decir que hay muchas características que son particulares de nuestra fe.

Entre ellas está su organización, con profetas y apóstoles, de quienes Pablo dijo que son el fundamento de la Iglesia (véase Efesios 2:20); los Quórumes de los Setenta; el liderazgo laico del sacerdocio; el sistema misional; el programa de bienestar; los templos; la obra genealógica y muchos otros aspectos que la distinguen.

Sin embargo, hay otra razón de nuestro crecimiento que sobrepasa todas las demás. De una entrevista que tuvieron en 1839 el profeta José Smith y Martín Van Buren, en aquel entonces Presidente de los Estados Unidos, se registra lo siguiente: “En nuestra entrevista con el Presidente, él nos preguntó en qué punto nuestra religión se diferenciaba de las demás de esos días. El hermano José dijo que éramos distintos en la forma de bautizar y en la de otorgar el don del Espíritu Santo por la imposición de manos; y que todos los demás aspectos están incluidos en el don del Espíritu Santo” ( History of the Church, 4:42).

200231Uno de los motivos por los cuales la respuesta del Profeta fue tan inspirada se debe a que a todo miembro de esta Iglesia se le confiere, poco después del bautismo, el derecho de gozar de los dones maravillosos del Espíritu Santo. Esto es en cumplimiento de la promesa del Salvador: “Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre” (Juan 14:16). Seguir leyendo

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El estudio y la enseñanza del Antiguo Testamento

El estudio y la enseñanza del Antiguo Testamento

Henry B. Eyringpor el élder Henry B. Eyring
del Quórum de los Doce Apóstoles

Discurso pronunciado ante educadores del Sistema Educativo de la Iglesia en la Universidad Brigham Young el 10 de agosto de 1999.

Todos precisamos una mejor comprensión del plan eterno de felicidad y el Antiguo Testamento tiene mucho que ofrecernos como maestro.

Lo que toda persona quiere es la felicidad, y lo que nosotros querremos por el resto de la vida y por la eternidad es la felicidad. Puede que muchos de nosotros no sepamos qué es la felicidad ni cómo se obtiene, o que no entendamos mucho sobre la desdicha y sus causas; pero sí hemos probado un poco de ambas condiciones; conocemos la diferencia que existe entre ellas y preferimos la felicidad.

El gran plan de felicidad de Dios nos aleja de la desdicha y no se nos tiene que convencer que un plan de felicidad es algo bueno; no obstante, todos debemos comprender mejor lo que se requiere para seguir el plan, y la mayoría precisa más confianza en que podemos hacerlo. Dado que todos deseamos la felicidad hoy y siempre, cuando sintamos que se satisface esa necesidad, querremos recordar aquellas experiencias y comenzaremos a practicar lo que nos dará la habilidad de perseverar hasta el fin.

Tal vez se preguntan si el Antiguo Testamento es un texto que nos podrá ayudar a encontrar el camino hacia la felicidad. ¿Por qué dedicamos tanto tiempo a libros que parecen estar tan alejados de las circunstancias y los retos a los que hacemos frente? Un gran maestro me dio una respuesta a esa interrogante.

Leamos 2 Nefi 25–33

El presidente Marion G. Romney (1897–1988), Consejero de la Primera Presidencia, habló de ese tema hace veintitrés años y tituló su discurso: “The Message of the Old Testament” [“El mensaje del Antiguo Testamento”]. Lo he leído muchas veces y sé que sus palabras son verdaderas. Él dijo: “No creo que haya una explicación más sencilla, clara ni relevante del mensaje del Antiguo Testamento que la que encontramos en los capítulos 25 al 33 de 2 Nefi. Considero que un estudio detenido de estos capítulos, orando al respecto, resultaría menester para cualquier persona que desee comprender y enseñar el mensaje del Antiguo Testamento. En estos capítulos, Nefi separó lo importante de lo que no lo era y también explicó por qué son importantes estas enseñanzas para los que vivimos en los últimos días” (véase “Anales de gran valor”, Liahona, diciembre de 1985, pág. 28).

Entonces el presidente Romney leyó los siguientes versículos del capítulo 25 de 2 Nefi:

Febrero de 2002 Liahona“Porque nosotros trabajamos diligentemente para escribir, a fin de persuadir a nuestros hijos, así como a nuestros hermanos, a creer en Cristo y a reconciliarse con Dios; pues sabemos que es por la gracia por la que nos salvamos, después de hacer cuanto podamos;

“y a pesar de que creemos en Cristo, observamos la ley de Moisés, y esperamos anhelosamente y con firmeza en Cristo, hasta que la ley sea cumplida.

“Pues para este fin se dio la ley; por tanto, para nosotros la ley ha muerto, y somos vivificados en Cristo a causa de nuestra fe; guardamos, empero, la ley, a causa de los mandamientos (2 Nefi 25:23–25).

Si estudian esos nueve breves capítulos de 2 Nefi tal y como les sugirió el presidente Romney —y mi deseo y mi ruego es que lo hagan—, hallarán en ellos un lamento por los que escojan no recibir las palabras que Dios nos ofrece por medio de Sus profetas. Son dos los motivos que tengo para que lean dichos lamentos. El primero es que les servirán de consuelo en esos días en que los que están a su alrededor parezcan no recibir las palabras que Dios les ofrece por medio de ustedes. Es de utilidad el saber que grandes profetas como Nefi e Isaías experimentaron días semejantes, y muchos de ellos. El segundo es que Nefi explica el motivo por el que no se recibirían sus palabras. En su descripción del fracaso, nos enseña también el camino que conduce al éxito. Eso suele ocurrir en los relatos de tragedias de las Escrituras que escriben los profetas. De este modo, los ciclos continuos de decadencia y recuperación espiritual del Antiguo Testamento pueden resultar esperanzadores e instructivos.

Por ejemplo, en el capítulo 27, versículo 5, Nefi se lamenta por aquellos cuya dureza de corazón él prevé en el día de los gentiles:

“Porque he aquí, el Señor ha derramado sobre vosotros el espíritu de un profundo sueño; pues he aquí que habéis cerrado vuestros ojos y rechazado a los profetas; y a vuestros gobernantes y a los videntes él ha cubierto a causa de vuestra iniquidad”.

Luego, en el capítulo 29, versículo 8, prevé incluso a los que rechazarán las palabras de él, las cuales sabe que le fueron dadas por el Salvador, y les da la misma reprimenda que sabe que les dará el Señor en ese día, palabras que sólo un vidente podría conocer:

“¿Por qué murmuráis por tener que recibir más de mi palabra? ¿No sabéis que el testimonio de dos naciones os es un testigo de que yo soy Dios, que me acuerdo tanto de una nación como de otra? Por tanto, hablo las mismas palabras, así a una como a otra nación. Y cuando las dos naciones se junten, el testimonio de las dos se juntará también”.

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Venzamos a los Goliats de nuestra vida

Liahona de Febrero 2002

Venzamos a los Goliats de nuestra vida

por el presidente Gordon B. Hinckley


Hace unos años hablé a los hombres jóvenes de la Iglesia sobre el vencer a los Goliats de sus vidas, y ahora me gustaría aplicar ese mismo tema a todos nosotros, pues muy pocos son los que sólo tienen un Goliat contra quien luchar. Al estudiar este año el Antiguo Testamento, nos daremos cuenta de que el relato de David y Goliat es un magnífico ejemplo de lo que se puede aprender de las páginas de ese gran libro de Escrituras. Contaré sólo parte de la historia ya que estoy seguro de que ya están familiarizados con ella. Se trata de la historia de David, hijo de Isaí.

Como recordarán, el ejército de Israel, bajo la dirección del rey Saúl, se batía en guerra a muerte con el ejército de los filisteos. Un ejército estaba destacado en una colina; y el otro, en la colina opuesta, con un valle de por medio. Los filisteos tenían entre los suyos un gigante que se llamaba Goliat de Gat, que medía seis codos y un palmo. Si no me equivoco en mis cálculos, medía aproximadamente tres metros. Hubiera sido espléndido como jugador de básquetbol.

Revestido con su armadura, bajó al valle y dio voces al ejército de Israel, diciendo:

“…Escoged de entre vosotros un hombre que venga contra mí.

“Si él pudiere pelear conmigo, y me venciere, nosotros seremos vuestros siervos; y si yo pudiere más que él, y lo venciere, vosotros seréis nuestros siervos y nos serviréis.

“…Hoy yo he desafiado al campamento de Israel; dadme un hombre que pelee conmigo” (1 Samuel 17:8–10).

Al ver Saúl y todo el ejército de Israel a aquel gigante y escuchar su escalofriante reto, se llenaron de temor porque ninguno de ellos se le igualaba en estatura.

Mientras eso sucedía, Isaí, padre de David, pidió a éste, su hijo menor, que llevara alimentos a sus tres hermanos en el campamento. Cuando llegó al campo de batalla, Goliat los enfrentó otra vez, repitiendo el mismo reto, y David lo oyó. Los del ejército de Israel tuvieron gran temor. David, que no era más que un muchacho, dijo al rey (parafrasearé sus palabras): “¿Por qué temes a ese gigante? Yo iré a pelear con él”.

Saúl replicó: “No podrás tú ir contra aquel filisteo, para pelear con él; porque tú eres muchacho, y él un hombre de guerra desde su juventud” (1 Samuel 17:33).

David Armado con la Fe

Pero David persuadió a Saúl a que le dejase ir. Contó al rey que había peleado con un león y un oso para salvar los corderos de su padre, y concluyó diciéndole que el Señor también lo libraría de la mano de aquel filisteo. Saúl, pensando tal vez que una vida más que se perdiera no sería tan grave tras las grandes pérdidas que ya habían sufrido, dijo a David: “…Ve, y Jehová esté contigo” (1 Samuel 17:37).

Saúl entonces puso a David tanta armadura que éste apenas podía caminar y dijo al rey: “…Yo no puedo andar con esto”, y se la quitó.

200202Entonces “tomó su cayado en su mano, y escogió cinco piedras lisas del arroyo, y las puso en el saco pastoril… y tomó su honda en su mano” (1 Samuel 17:40).

El muchacho, armado sólo con honda y cinco piedras, y sin más armadura que la de su fe, bajó al valle a enfrentarse a Goliat.

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La atracción entre personas del mismo sexo

La atracción entre personas del mismo sexo

Por el élder Dallin H. Oaks
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Dios nos creó, varones y hembras; la diferenciación de los sexos fue una característica esencial de nuestra existencia premortal.
El Creador instituyó la atracción entre el hombre y la mujer para asegurar la perpetuación de la vida mortal así como el acercamiento entre marido y mujer en el marco familiar que El prescribió para el logro de Sus propósitos, incluso la crianza de los hijos.

Todo Santo de tos Últimos Días sabe que Dios ha prohibido todas las relaciones sexuales fuera de los vínculos del matrimonio. Asimismo, la mayoría de nosotros estamos familiarizados con la ense­ñanza del Salvador de que un hombre peca cuando mira a una mujer para codiciarla (véase Mateo 5:28; D. y C. 42:23; 63:16).

El Creador instituyó la atracción entre el hombre y la mujer para asegurar la perpetuación de la vida mortal así como la unión entre marido y mujer en el marco familiar que El prescribió para el logro de Sus propósitos, incluso la crianza de los hijos. Por el contrario, el desviarse de los mandamientos de Dios en lo que respecta al uso de los poderes procreadores es un grave pecado. El presi­dente Joseph F. Smith enseñó:

“La unión sexual es lícita en el matrimonio, y si se participa en ella con recta intención, es honorable y santificadora; pero fuera de los vínculos del matrimonio, el acto sexual es un pecado degradante, abominable a la vista de Dios”.1

Algunos Santos de los Últimos Días tienen que hacer frente a la confusión y al dolor que son el resultado del que un hombre o una mujer tome parte en un acto sexual con una persona del mismo sexo, o incluso del que una persona tenga sentimientos eróticos que podrían llevar hacia cal comportamiento. ¿En qué forma deben reaccionar los líderes de la Iglesia, los padres y los demás miembros de la Iglesia cuando se encuentren frente a frente con los retos religiosos, emocionales y familiares que acompañan a tal comportamiento o senti­mientos? ¿Qué le decimos al joven o a la señorita que nos revela que se siente atraído [a] o que tiene pensa­mientos o sentimientos eróticos hacia personas del mismo sexo? ¿En qué forma debemos responder cuando una persona nos dice que es homosexual o lesbiana y que la evidencia científica “prueba” que él o ella “nacie­ron así”? ¿Cómo debemos reaccionar cuando personas que no tienen nuestras mismas creencias religiosas nos acusan de ser intolerantes o despiadados porque afirma­mos que los sentimientos eróticos hacia una persona del mismo sexo son anormales y que cualquier conducta sexual de esa naturaleza es pecado? Seguir leyendo

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Las bendiciones de la adversidad

Mayo de 1998
Las bendiciones de la adversidad
por el presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

James E. FaustHace muchos años, cuando practicaba la abogacía, organicé una compañía para un vendedor de autos nuevos en una sección de la ciudad; durante muchos años fui su asesor legal y uno de los oficiales de la corporación. Posteriormente, uno de mis hijos se hizo cargo de mis responsabilidades de asesor legal. Más tarde, cuando ambos nos encontrábamos en la agencia de ese vendedor, me fijé en las hileras de costosos automóviles nuevos, hermosos, brillantes y relucientes. Preocupado, le mencioné al propietario que si no vendía esos autos, el costo de financiamiento sería exorbitante y acabaría con las ganancias. Mi hijo replicó: «No lo veas desde ese punto de vista, papá; considera las ganancias que se lograrán con todos esos autos».

Aunque creo que él estaba más acertado que yo, de pronto se me ocurrió que mi hijo nunca había pasado por una depresión económica; veíamos las hileras de autos con ojos diferentes porque yo me había criado durante los años de la Gran Depresión. No puedo olvidar cuan despiadadas y tiranas son las deudas.

Durante varios años, fuimos vecinos de un mecánico muy diestro; él y su esposa tomaron la determinación de que nunca se endeudarían. Esa decisión tenía sus raíces en un amargo recuerdo. Siendo recientemente casados, con una familia pequeña, azotó la Gran Depresión y, no obstante todas las habilidades que él poseía, no pudo encontrar trabajo; perdieron la hipoteca de la casa y durante ese periodo vivieron en un gallinero, el cual resultó ser razonablemente cómodo gracias a las habilidades mecánicas que él poseía.

Muchas personas de la generación actual no han llegado a conocer o a apreciar en su totalidad las bendiciones purificadoras de la adversidad. Muchos nunca han sabido lo que es tener hambre por necesidad; sin embargo, me inclino a pensar que la adversidad encierra un proceso necesario de refinamiento, el cual aumenta nuestro entendimiento, realza nuestra sensibilidad y nos hace más como Cristo. Lord Byron dijo: «La adversidad es el primer sendero que conduce hacia la verdad» (Don Juan, canto 12, estrofa 50). La vida del Salvador y la vida de Sus Profetas nos enseñan con claridad y sencillez cuan necesaria es la adversidad a fin de lograr un nivel de grandeza.

Edmund Burke definió acertadamente el papel de la adversidad cuando dijo: «La dificultad es un instructor severo, impuesto por [aquel] que nos conoce mejor de lo que nosotros nos conocemos y que también nos ama más… Aquel que lucha contra nosotros, involuntariamente nos fortalece y mejora nuestras habilidades. Nuestro oponente es nuestro ayudante. Este… conflicto con la dificultad [nos familiariza] con nuestro objetivo y nos obliga a considerarlo en todas sus relaciones. No tolerará que permanezcamos en un bajo nivel de desarrollo» («Reflections on the Revolution in France», en Edmund Burke, Harvard Classics, 50 tomos, 1909, 24:299-300).

Muchos santos de todo el mundo se encuentran en situaciones económicas bastante precarias; de hecho, podría decirse que su situación es muy dolorosa. Desde el punto de vista de esas personas, sería un tanto cruel decir que esa experiencia podría ser buena y que incluso en tiempos más favorables se la podría recordar con afecto o aun con cierta añoranza. Un primo mío que llegó a ser bastante próspero pasó la mayor parte del tiempo de sus estudios de abogacía a la luz de una vela porque él y su esposa no podían pagar la electricidad para alumbrar las habitaciones de la casa. Seguir leyendo

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Venid y Ved

Agosto de 1998

Venid y Ved

por el élder Jeffrey R. Holland
del Quorum de los Doce

Jeffrey R. HollandCuando dos de los discípulos de Jesucristo lo escucharon hablar por primera vez, se sintieron tan conmovidos que lo siguieron mientras Él se alejaba de la multitud. Sintiendo que lo seguían, Cristo volteó y preguntó: «¿Qué buscáis?». Ellos le respondieron: «¿Dónde moras?». Y Cristo les dijo: «Venid y ved» (Juan 1:38-39).

Parece ser que la esencia de nuestra vida se destila a esta escena inicial del ministerio mortal del Salvador. En primer término tenemos la pregunta del Salvador a cada uno de nosotros: «¿Qué buscáis?». En segundo lugar tenemos Su respuesta sobre cómo obtener lo que buscamos. Quienquiera que seamos o cualesquiera que sean nuestros problemas, Su respuesta es siempre la misma: «Venid a mí» (Mateo 11:28). Venid a ver lo que Yo hago y qué hago con mi tiempo. Aprended de mí, seguidme, y en el proceso os daré la respuesta a vuestras oraciones y daré descanso a vuestras almas.

No conozco ninguna otra manera de poder llevar las cargas o encontrar lo que Jacob llamó «esa felicidad que está preparada para los santos» (2 Nefi 9:43). Es por esto que hacemos convenios solemnes basados en el sacrificio expiatorio de Cristo, por lo que tomamos Su nombre sobre nosotros. De tantas maneras como sea posible, tanto en forma figurada como literal, tratamos de tomar sobre nosotros Su identidad.

Mi deseo para ustedes es que tengan más experiencias directas con la vida y las enseñanzas del Salvador. Quizás en ocasiones venimos a Cristo en una forma demasiado indirecta, enfocándonos en la estructura o en los métodos o en los elementos de la administración de la Iglesia. Éstos son importantes, pero no sin la atención a los asuntos más importantes del Reino, el primero y principal de los cuales es una relación espiritual personal con la Deidad, incluso con el Salvador, cuyo Reino éste es. El profeta José Smith enseñó que es necesario conocer los atributos divinos del Padre y del Hijo a fin de tener fe en Ellos. Específicamente, dijo que a menos que creamos que Cristo es «misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia» y lleno de bondad, nunca tendríamos la fe necesaria para reclamar las bendiciones del cielo. Si no pudiéramos contar con «la excelencia de… carácter» que mantiene el Salvador y Su disposición y capacidad de «perdonar la iniquidad, la transgresión y el pecado», estaríamos, escribió José Smith, «en duda constante sobre nuestra salvación». Pero debido a que el Padre y el Hijo son inmutablemente «llenos de bondad», entonces, en las palabras del Profeta, tal conocimiento «hace desaparecer la duda y hace que la fe se haga extremadamente fuerte» (Lectures on Faith, 1985, págs. 41-42). Seguir leyendo

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Los pacíficos discípulos de Cristo

19 de febrero de 1998.
«Los pacíficos discípulos de Cristo»
por el presidente Boyd K. Packer
Presidente en Funciones del Quorum de los Doce Apóstoles

Discurso pronunciado en una charla fogonera del Sistema Educativo de la Iglesia en la Universidad Brígham Young, el 19 de febrero de 1998.

President Boyd K. PackerDebido a la naturaleza del mensaje que tengo que presentar, agradecería mucho su fe y sus oraciones a medida que se desarrolle la reunión.

En su último sermón, el profeta Moroni dijo: «…quisiera hablaros a vosotros que sois de la iglesia, que sois ¡os pacíficos discípulos de Cristo», y entonces se refirió a nuestra

«conducta pacífica para con los hijos de los hombres»1.

El prepararme para esta asignación no ha sido fácil; me he propuesto hacer algo que rara vez he hecho antes: presentar un mensaje dirigido a alguien que no se encuentra hoy entre nosotros.

Mi mensaje es para todos aquellos que enseñan, escriben y producen películas que alegan que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días no es una Iglesia cristiana y que nosotros, los miembros, no somos cristianos.

Al hacer frente a esa cuestión, me siento un tanto en desventaja, acorralado, frente a un desafío; creo que ustedes, jóvenes, estarían en mejor posición que yo para dar respuesta a esa pregunta. Me resulta difícil responder sin decir que tales personas están mal informadas y son injustas al no armonizar con el espíritu de la hermandad cristiana. Pero la confrontación no es la manera de razonar ante una cuestión como ésta. El método más conveniente es enseñar y continuar siendo «pacíficos discípulos de Cristo».

Si afirmaran que no encajamos en el molde cristiano que han diseñado para sí mismos, o que no nos ajustamos a la definición particular de ellos de lo que es ser cristiano, sería más fácil que razonáramos juntos.

No es necesario justificar lo que creemos, sino sólo enseñarlo y explicarlo. Los demás pueden, según les plazca, aceptarlo o rechazarlo porque tienen su albedrío.

El determinar quién es cristiano y quién no lo es requiere más que el sólo escribir una definición de lo que es un cristiano, y entonces repudiar a todo aquel que no se adapte a dicha definición.

Si nosotros en realidad no somos cristianos, entonces ellos tendrán que explicar algunas cosas.

Por ejemplo: Supongamos que una persona que nunca haya oído hablar de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días encontrara uno de nuestros himnarios y preguntara: «¿Quién lo publicó? ¿En qué creen ellos? ¿Qué clase de personas son?».

Tal persona se daría cuenta de que contiene himnos y cánticos que testifican de Cristo, muchos de los cuales son venerados por cristianos en todo el mundo: «iOh Jesús, mi gran amor!», «Tan sólo con pensar en ti», «Jehová mi pastor es», y muchos más.

Dicha persona encontraría más de cien himnos escritos por Santos de los Últimos Días que enseñan en cuanto a Cristo. Con espíritu de adoración, estos himnos enseñan en cuanto al ministerio de nuestro Señor, nuestro Redentor. Con reverencia cantamos acerca de Su crucifixión, de Su sacrificio por nuestros pecados, de Su resurrección, así como de Su expiación y Su ascensión. Seguir leyendo

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Prudencia y orden

Diciembre de 2001
Prudencia y orden
por el élder Neal A. Maxwell
del Quórum de los Doce Apóstoles

Neal A. MaxwellCon objeto de servir a más personas y de hacerlo por más tiempo, los Santos de los Últimos Días —como los elementos especiales y valiosos que son del reino de Dios— deben reconocer la sabiduría que reside en preservar tanto la salud como la fuerza. La “fatiga humana” puede vencernos si no somos prudentes.

Muchas personas, al hacer frente a las presiones de la vida, han adquirido su propia manera de tratar la tensión y la “fatiga humana”. Desde aquí les hago llegar mi apoyo y ánimo para que sigan controlando su tiempo. Aquellos que han resuelto esos asuntos de manera favorable son más propensos a vivir de acuerdo con el consejo que ofrecen las Escrituras.

Cada uno tiene habilidades diferentes y enfrenta circunstancias diversas en la vida, todo lo cual exige ciertos ajustes de carácter sumamente personal. Hay muchas cosas en la vida que nos afectan y sobre las cuales no tenemos control alguno, pero hay un sector —de diferente tamaño según cada persona— en la que podemos actuar por nosotros mismos en vez que de que se actúe sobre nosotros (véase 2 Nefi 2:26). Por ejemplo, este sector podría incluir el disponer de cierta cantidad de ingresos netos. Somos nosotros los que decidimos qué hacer en dicho sector.

EMPLEEMOS LAS ESCRITURAS COMO NUESTRA GUÍA
Los pasajes básicos de las Escrituras pueden servirnos de guía en nuestra búsqueda de administrarnos con prudencia. El rey Benjamín aconsejó: “Y mirad que se hagan todas estas cosas con prudencia y orden; porque no se exige que un hombre corra más aprisa de lo que sus fuerzas le permiten” (Mosíah 4:27).

El profeta José Smith recibió una revelación en un momento en el que debió haber estado extremadamente ansioso por terminar la importante y urgente traducción del Libro de Mormón: “No corras más aprisa, ni trabajes más de lo que tus fuerzas y los medios proporcionados te permitan traducir; mas sé diligente hasta el fin” (D. y C. 10:4).

Publicación oficial de La Iglesia de Jesucristo de losSantos de los Últimos Días, en el idioma español.

De este modo, el Señor nos ha dado lo que se podría denominar como pruebas de “prudencia y orden” y de “fuerzas y medios”. Imprudentemente, extendemos tantos cheques de nuestra cuenta de tiempo como nunca se nos ocurriría hacerlo con nuestra cuenta bancaria. En ocasiones tenemos tantos compromisos que éstos se convierten en las ramas de la alegoría de Jacob, las cuales amenazaban con “sobrepujar a las raíces”, entre las que se incluyen las raíces de las relaciones familiares, las amistades y la relación con Dios (véase Jacob 5:37, 48). Seguir leyendo

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Ordenanzas y convenios

27 de octubre de 2000.
Ordenanzas  y convenios
por el élder Dennis B. Neuenschwander
De la Presidencia de los Setenta

Discurso pronunciado en una charla fogonera en la Universidad Brigham Young el 27 de octubre de 2000.

Dennis B. NeuenschwanderLas ordenanzas y los convenios sagrados proporcionan a nuestra vida una investidura de poder divino.

Todos somos conscientes de que la misión de la Iglesia consiste en “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre al invitar a todos a venir a Cristo y [ser perfeccionados] en Él”1. Una de las enseñanzas más importantes que el Salvador dio a los apóstoles justo antes de Su arresto, es la que aparece registrada en Juan: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”2. El rey Benjamín enseñó esa misma doctrina con las siguientes palabras: “No se dará otro nombre, ni otra senda ni medio, por el cual la salvación llegue a los hijos de los hombres, sino en el nombre de Cristo, el Señor Omnipotente”3.

Éstos y muchos otros pasajes de las Escrituras, tanto antiguas como modernas, confirman la doctrina fundamental de que Jesucristo y Su sacrificio expiatorio constituyen la esencia misma del plan de salvación. Para un Santo de los Últimos Días, la doctrina de la salvación en el nombre de Cristo y por medio de Él, y la misión de la Iglesia de invitar a todos a venir a Él, abarca a todos los que han vivido o vivirán sobre esta tierra. Dicha doctrina es inclusiva por naturaleza, y no excluye a nadie. En respuesta a la pregunta de cómo cumple la Iglesia esta misión de invitar a todos a venir a Cristo, nos aprestamos a responder: “al proclamar el Evangelio, perfeccionar a los santos y redimir a los muertos”. Naturalmente, no estaríamos errados, pero con tan rápida respuesta pasaríamos por alto partes importantes de información. La respuesta exacta a dicha pregunta incluye lo siguiente:

Proclamar el Evangelio del Señor Jesucristo a toda nación, tribu, lengua o pueblo, y prepararlos para recibir las ordenanzas y los convenios del Evangelio.

Perfeccionar a los santos al prepararlos para recibir las ordenanzas y los convenios del Evangelio y, mediante la instrucción y la disciplina, recibir la exaltación.

Redimir a los muertos al realizar ordenanzas vicarias del Evangelio a favor de aquellos que vivieron en la tierra.

La participación en las ordenanzas sagradas, tanto vicarias como por los vivos, y la fidelidad o la obediencia a los convenios relacionados con esas ordenanzas son esenciales en el Evangelio del Jesucristo y en el proceso de venir a Él y ser perfeccionados en Él. Quisiera enfocar la atención en esta función fundamental de las ordenanzas y los convenios.

En un sentido muy amplio, se puede denominar ordenanza todo lo que ha sido ordenado y establecido por la autoridad de Dios con la intención de que se ponga en práctica en la vida de Sus hijos. En consecuencia, los mandamientos, estatutos, decretos y requisitos de Dios se definen de forma apropiada como ordenanzas de Dios. En un sentido un tanto más estrecho, se entiende que las ordenanzas también son actos solemnes o ceremonias que tienen propósitos, trascendencia y significado sagrados y santos bastante específicos. La referencia que hago en cuanto a las ordenanzas encaja en esta aplicación más estrecha. Seguir leyendo

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La pornografía: Ese propagador mortal

Liahona Noviembre de 2001

La pornografía: Ese propagador mortal

Thomas S. Monsonpor el presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Recuerdo haber leído sobre unos leñadores que hundieron sus pesadas hachas y sus sierras mecánicas en los otrora majestuosos olmos que embellecían los paseos que rodean el aeropuerto de Heathrow en Londres, Inglaterra.

Se decía que algunos de esos majestuosos monarcas sobrepasaban los cien años de edad, y uno llega a preguntarse cuántas personas habrían admirado su belleza, cuántos habrían disfrutado un almuerzo campestre bajo su sombra acogedora, cuántas generaciones de pájaros de dulce trinar habrían llenado el aire con su música, al tiempo que revoloteaban alegremente entre las ramas extendidas y exuberantes.

Pero a pesar de todo, los patriarcales olmos estaban muertos. Su fatal destino no fue el producto de su avanzada edad, ni de las sequías ni los fuertes vientos que ocasionalmente azotan el área; su verdugo resulta mucho más inofensivo en apariencia de lo que los funestos resultados muestran. Al culpable se le conoce con el nombre de “escarabajo de la corteza”, portador de la grafiosis del olmo. Ese insecto ha exterminado bosques enteros de dichos árboles a lo largo de Europa y América; su marcha destructora continúa; todos los recursos para controlarla hasta el momento han fracasado.

La grafiosis del olmo por lo general comienza con el marchitamiento de las hojas más nuevas de la parte superior del árbol y continúa propagándose hacia las ramas inferiores. Al promediar el verano, la mayoría de las hojas se tornan amarillentas, se arrugan y caen. La vida se va acabando, la muerte se aproxima y el bosque es consumido. El escarabajo de la corteza ha cobrado un terrible precio.

Thomas S. Monson 1120011¡Cuán parecido al olmo es el hombre! Desde una diminuta semilla, y de acuerdo con un plan divino, crecemos, somos nutridos y maduramos. Tanto la brillante luz de los cielos como las ricas bendiciones de la tierra son nuestras. En nuestro bosque privado de familiares y amigos, la vida es sumamente remuneradora y abundantemente hermosa. De pronto, aparece ante nosotros en esta generación un siniestro y diabólico enemigo: la pornografía. Al igual que el escarabajo de la corteza, ésta es portadora de una enfermedad mortal a la cual llamaré “permisividad perniciosa.”

Al principio ni nos damos cuenta de que hemos contraído la enfermedad; reímos y hacemos comentarios frívolos con respecto a un cuento subido de tono o a la tira cómica graciosa. Con afán excesivo protegemos los supuestos “derechos” de quienes contaminan y destruyen con su basura todo lo que es bello y sagrado. La plaga de la pornografía está llevando a cabo su mortal tarea, menoscabando nuestra voluntad, destruyendo nuestra inmunidad y paralizando nuestro potencial interior.

¿Es posible que eso sea real? Por cierto que este asunto de la permisividad perniciosa no puede ser tan serio. ¿Cuál es la evidencia? ¡Veamos! ¡Escuchemos! ¡Y luego actuemos!

LA PORNOGRAFÍA Y EL CRIMEN
La pornografía, o sea el propagador, es un negocio muy lucrativo. Es maligna, es contagiosa y crea adicción. Se considera que en los últimos años los estadounidenses gastaron entre ocho y diez mil millones de dólares anuales en la pornografía más explícita1. ¡Toda una fortuna que pudo haberse usado en causas nobles, malgastada en propósitos diabólicos!

La apatía que se demuestra hacia la pornografía emana primordialmente de una actitud generalizada de que se trata de un crimen sin víctimas y de que las fuerzas del orden pueden prestar mejor servicio en otras áreas. Muchas de nuestras leyes y disposiciones civiles son ineficaces; las sentencias son leves y las enormes recompensas económicas que se reciben superan astronómicamente los riesgos que se corren.

Un estudio señala que la pornografía puede estar íntimamente ligada a los delitos de carácter sexual. En ese estudio se indica que el 87 por ciento de las personas que acosaron sexualmente a jovencitas y el 77 por ciento de los que hicieron lo mismo con jovencitos, admiten el uso de la pornografía como catalizador de sus crímenes sexuales2.

Algunos editores e impresores prostituyen sus imprentas a diario mediante la publicación de millones de ejemplares de material pornográfico sin tener en cuenta el costo de producción; se combina el uso del papel más caro con la mejor gama de colores a fin de concebir un producto que con seguridad habrá de leerse una y otra vez. Ni el productor cinematográfico ni el creador de sitios web, ni el director de programas de televisión ni el artista famoso se encuentran libres de esa contaminación. Las restricciones de antaño han desaparecido de nuestro medio, y lo único que se persigue es el llamado “realismo”.

Un artista famoso comentó recientemente: “Los límites de la permisividad se han extendido al máximo. La última película que rodé es una verdadera basura; comprendí que era así cuando leí el libreto, y sigo pensando que es una basura; sin embargo, el estudio cinematográfico llevó a cabo un preestreno y el público dio su aprobación al filme”. Otra estrella del cine declaró: “Los productores cinematográficos, al igual que los editores, están en el negocio para hacer dinero, y hacen dinero dándole al público lo que quiere”.

Muchas personas se esfuerzan por diferenciar entre lo que califican como pornografía “blanda” y pornografía “dura”. En realidad, una conduce a la otra. Cuán apropiada es la clásica prosa de Alexander Pope titulada Ensayo sobre el hombre, cuando dice:

El vicio es un monstruo
de horrible parecer,
pues no hay más que verlo
para detestarlo;
sin embargo, de tanto contemplarlo
puede suceder,
que tras tolerarlo y compadecerlo,
lleguemos a abrazarlo”3 .

Thomas S. Monson 1120012La constante y consumidora marcha de la plaga de la pornografía contamina vecindarios de la misma forma que contamina vidas humanas. Ya casi ha destruido algunas zonas. Avanza implacable hacia sus ciudades, sus vecindarios y sus familias. La pornografía es hoy más accesible que nunca. Con tan sólo pulsar un botón podemos verla en nuestro hogar a través del televisor o de la computadora, en los hoteles y cines, y hasta en nuestros lugares de trabajo, donde suele haber acceso a Internet.

UNA ADVERTENCIA
Laurence M. Gould, ex presidente de una institución universitaria, expresó verbalmente una nefasta aunque realista advertencia cuando dijo: “No creo que la amenaza más grande que aceche nuestro futuro provenga de bombas o de cohetes teledirigidos. Pienso que nuestra civilización no acabará así; terminará cuando nos despreocupemos de ella. Arnold Toynbee señaló que de veintiuna civilizaciones, diecinueve han muerto por su propia destrucción y no a consecuencias de ataques de fuerzas externas. Durante la caída de esas civilizaciones no se oyó la música de bandas que tocaban sones de victoria ni se vieron banderas ondeantes. Todo sucedió lentamente, en el silencio y en la obscuridad, cuando nadie lo sospechaba siquiera”4.

Recuerdo haber leído una reseña sobre una nueva película. La primera actriz le dijo al reportero que al principio había objetado el contenido del guión y el papel que ella tenía que protagonizar, en el que hacía de compañera de aventuras sexuales de un jovencito de catorce años. Ella dijo: “Al principio les dije que de ninguna forma me prestaría para dicha escena; pero luego se me aseguró que la madre del joven estaría presente durante todas las escenas de carácter íntimo, así que accedí”.

Pregunto: ¿Permanecería una madre impávida si a su hijo le estuviera estrangulando una enorme boa? ¿Lo obligaría a probar arsénico o estricnina? Madres, ¿harían eso? Padres, ¿lo haríamos?

Del distante pasado nos llega el eco de unas palabras que tanto significado tienen en la actualidad:

“¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste!
“He aquí, vuestra casa os es dejada desierta”5.

Hoy tenemos el renacimiento de Sodoma y Gomorra. De las páginas raras veces leídas de Biblias polvorientas nos llegan los nombres de aquellas ciudades reales de un mundo real, sufriendo una enfermedad real: la permisividad perniciosa.

NUESTRO PLAN DE BATALLA
Tenemos la capacidad y la responsabilidad de levantar un baluarte entre todo lo que nosotros valoramos y la fatal contaminación de la plaga de la pornografía. Quisiera sugerir tres pasos específicos para nuestro plan de batalla:

Thomas S. Monson 1120013Primero: el retorno a la rectitud. El entender quiénes somos y qué es lo que Dios espera de nosotros nos impulsará a orar, individualmente y con nuestra familia. Tal retorno revela la inalterable verdad de que “la maldad nunca fue felicidad”6. No permitamos que el maligno nos haga desistir; en nosotros está el que nos dejemos conducir por esa voz apacible y delicada, cuya guía es inequívoca y cuya influencia es todopoderosa.

Segundo: el esfuerzo por llevar una buena vida. No me refiero a una vida de diversión, una vida mundana, una vida popular; más bien, les exhorto a que busquen la vida eterna, una vida imperecedera junto a padres, hermanos, hermanas, esposo, esposa, hijos e hijas, para estar juntos para siempre.

Tercero: la promesa de luchar y triunfar en contra de la permisividad perniciosa. Al enfrentarnos a ese perverso propagador, la plaga de la pornografía, tomemos como lema de nuestra batalla y del de nuestras comunidades uno que se destacó durante la revolución norteamericana: “Anda con cautela”7.

Unámonos en la ferviente declaración de Josué: “Escogeos hoy a quién sirváis… pero yo y mi casa serviremos a Jehová”8. Sean nuestros corazones puros, sean nuestras vidas limpias, hagamos resonar nuestra voz y hagamos sentir nuestras acciones.

Entonces, podremos detener la plaga de la pornografía en su mortífero curso; la permisividad perniciosa será vencida y nosotros, al igual que Josué, cruzaremos seguros nuestro Jordán para llegar a la tierra prometida, sí, a la vida eterna en el reino celestial de nuestro Dios.

NOTAS

  1. Véase U.S. News and World Report, 10 de febrero de 1997, pág. 43.
  2. Véase William Marshall, “A Report of the Use of Pornography by Sexual Offenders”, 1983, Ottawa, Canadá.
  3. En John Bartlett, Familiar Quotations, 16 edición, 1992, pág. 301.
  4. Anuncio del Instituto de Seguros de Vida en Scientific American, mayo de 1968, pág. 56.
  5. Lucas 13:34–35.
  6. Alma 41:10.
  7. En Familiar Quotations, 779.
  8. Josué 24:15.
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Distintivos de un hogar feliz

Liahona Octubre 2001

Distintivos de un hogar feliz

Thomas S. Monsonpor el presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Si en verdad nos esforzamos, nuestro hogar puede ser un pedacito de cielo en la tierra.

“La felicidad es el objeto y propósito de nuestra existencia; y también será el fin de ella, si seguimos el camino que nos conduce a la felicidad; y este camino es virtud, justicia, fidelidad, santidad y obediencia a todos los mandamientos de Dios”1.

Esa descripción de una meta tan universal es del profeta José Smith. Venía al caso entonces y viene al caso ahora. Cabe preguntarse por qué habiendo un sendero tan bien delineado, hay tantas personas desdichadas. Con frecuencia, el enojo abunda más que las sonrisas y la desesperación apaga la alegría. Vivimos a un nivel muy inferior al de nuestras posibilidades divinas. Algunos se confunden con el materialismo, se enmarañan en el pecado y se pierden entre la muchedumbre del género humano. Otros claman con las palabras de Felipe de antaño: “¿Cómo podré [hallar el camino], si alguno no me enseñare?”2.

La felicidad no consiste en la abundancia del lujo, el concepto del mundo de “pasarlo bien”; ni debemos buscarla en lugares lejanos y exóticos. La felicidad se encuentra en el hogar.

Todos recordamos el hogar de nuestra infancia. Es interesante que nuestros pensamientos no reparen en si la casa era grande o pequeña, en si el vecindario era elegante o pobre, sino que nos regocijamos con las vivencias de lo que pasamos en familia. El hogar es el laboratorio de nuestra vida y lo que aprendamos en él determinará en gran medida lo que hagamos cuando abandonemos el techo paterno.

La señora Margaret Thatcher, que fue la primera ministra de Gran Bretaña, expresó esta profunda filosofía: “La familia es el material con el que se edifica la sociedad; es una guardería, una escuela, un hospital, un centro recreativo, un lugar de refugio y de descanso; abarca toda la sociedad; moldea nuestras creencias; es la preparación para el resto de nuestra vida”3.

“El hogar es donde está el corazón”. “Hay que vivir en una casa largo tiempo para hacer de ésta un hogar”4. “¡Hogar, dulce hogar!… Aunque sea humilde, no hay como el hogar”5. Dejamos de pensar en tan agradables recuerdos, y meditamos en nuestros padres ya fallecidos, en los hermanos ya grandes, en la infancia desaparecida. Lenta pero ciertamente enfrentamos la certeza de que somos responsables del hogar que edificamos; tenemos que edificarlo con prudencia puesto que la eternidad no es un viaje corto. Habrá calma y viento, sol y sombra, alegría y dolor; pero si en verdad nos esforzamos, nuestro hogar puede ser un pedacito de cielo en la tierra. Lo que pensamos, lo que hacemos, la forma en que vivimos influye no sólo en el éxito de nuestra jornada terrenal, sino que traza el camino a nuestras metas eternas.

En 1995, la Primera Presidencia y el Consejo de los Doce Apóstoles hizo pública una proclamación al mundo concerniente a la familia. Esta proclamación declara: “Hay más posibilidades de lograr la felicidad en la vida familiar cuando se basa en las enseñanzas del Señor Jesucristo. Los matrimonios y las familias que logran tener éxito se establecen y mantienen sobre los principios de la fe, la oración, el arrepentimiento, el perdón, el respeto, el amor, la compasión, el trabajo y las actividades recreativas edificantes”6.

Los hogares felices tienen variados aspectos. En algunos figuran familias grandes: el padre, la madre y los hijos que viven juntos con el espíritu de amor. Otros constan de sólo uno de los padres con uno o dos hijos, en tanto que otros tienen tan sólo un integrante. Sin embargo, hay ciertas características que definen un hogar feliz, sea cual fuere el número o la descripción de los miembros de la familia. Me refiero a ellas como a los “distintivos de un hogar feliz”, los cuales son:

  1. La costumbre de orar.
  2. Una fuente de aprendizaje.
  3. Una tradición de amor.
  4. Un tesoro de testimonio.

LA COSTUMBRE DE ORAR
“La oración del alma es el medio de solaz”7. Tan universal es su aplicación, tan provechoso su resultado, que la oración reúne los requisitos para ser el distintivo número uno de un hogar feliz. Al escuchar los padres la oración de un hijo, ellos también se acercan a Dios. Los pequeños, que hace tan poco tiempo han estado con el Padre Celestial, no tienen inhibiciones para expresarle sus sentimientos, sus deseos, su agradecimiento.

[Cuando] estemos considerando cómo traer el cielo más cerca de nuestro hogar, podemos aprender del Señor. Él es el Arquitecto Maestro, nos ha enseñado cómo construir.

La oración familiar es el freno número uno del pecado y, por eso, es el más benéfico proveedor de alegría y felicidad. La vieja máxima sigue vigente: “La familia que ora unida, permanece unida”.

Nuestro profeta, el presidente Gordon B. Hinckley, ha dicho: “Afortunado es el niño o la niña, incluso los adolescentes, en cuyos hogares se practica la oración por la mañana y por la noche”8.

Echemos un vistazo a una típica familia Santo de los Últimos Días que ofrece oraciones a Dios. El padre, la madre y cada uno de los hijos se arrodillan, inclinan la cabeza y cierran los ojos. Un dulce espíritu de amor, unidad y paz embarga el hogar. Cuando el padre escucha a su pequeño hijo orar que él haga lo correcto, ¿creen ustedes que tal padre creerá que es difícil actuar de acuerdo con la oración de este preciado niño? Cuando la hija adolescente escucha a su madre rogar para que reciba inspiración para escoger a sus amigos, que pueda prepararse para casarse en el templo, ¿no creen ustedes que esta hija se esforzará por actuar de acuerdo con esta humilde petición de su madre a quien tanto ama? Cuando el padre, la madre y cada uno de los niños oran fervientemente para que los hijos de la familia vivan dignos de ser embajadores del Señor en el campo misional de la Iglesia, ¿no vemos cómo es que estos hijos crecen hasta convertirse en hombres con un fuerte deseo de servir como misioneros?

Cuando ofrezcamos nuestras oraciones familiares y personales, hagámoslo con fe y confianza en Él. Si alguno de nosotros se ha demorado en seguir el consejo de orar siempre, no hay mejor momento para comenzar que ahora. Quienes creen que la oración denota debilidad física, deben recordar que un hombre nunca es más alto que cuando está de rodillas.

Mi esposa Frances y yo llevamos 53 años casados. Nuestro casamiento se llevó a cabo en el Templo de Salt Lake. El oficiante, Benjamin Bowring, nos dijo: “Quisiera darles una fórmula infalible para que ningún desacuerdo que surja entre ustedes dure más de un día. Todas las noches, arrodíllense al lado de la cama. Una noche, usted, hermano Monson, ofrezca la oración en voz alta, de rodillas. La noche siguiente, usted, hermana Monson, ofrezca la oración en voz alta, de rodillas. Y yo les aseguro que cualquier malentendido que haya surgido durante el día se desvanecerá al orar ustedes. Simplemente no podrán orar juntos sin experimentar los mejores sentimientos el uno hacia el otro”.

Cuando fui llamado al Consejo de los Doce Apóstoles hace 38 años, el presidente David O. McKay, noveno Presidente de la Iglesia, me preguntó sobre mi familia. Le hablé de nuestra fórmula de oración por la que nos guiábamos y afirmé su validez. Desde el asiento en que se encontraba, sonriendo, me dijo: “Esa misma fórmula también ha sido una bendición para mi esposa y mi familia durante todos los años de nuestro matrimonio”.

La oración es el pasaporte al poder espiritual.

UNA FUENTE DE APRENDIZAJE
El segundo distintivo de un hogar feliz se descubre cuando el hogar es una fuente de aprendizaje. Sea que nos estemos preparando para establecer nuestra propia familia o simplemente estemos considerando cómo traer el cielo más cerca de nuestro hogar actual, podemos aprender del Señor. Él es el Arquitecto Maestro y nos ha enseñado cómo construir.

Cuando Jesús caminó por los polvorientos caminos de pueblos y villas que ahora reverentemente llamamos “Tierra Santa”, y les enseñó a Sus discípulos junto a la hermosa Galilea, a menudo habló en parábolas, en un lenguaje que la gente podía comprender. Con frecuencia se refirió al desarrollo del hogar en relación con la vida de los oyentes.

Él declaró: “Toda… casa dividida contra sí misma, no permanecerá”9. Más adelante advirtió: “He aquí, mi casa es una casa de orden, dice Dios el Señor, y no de confusión”10.

En una revelación dada por medio del profeta José Smith en Kirtland, Ohio, el 27 de diciembre de 1832, el Maestro aconsejó: “Organizaos; preparad todo lo que fuere necesario; y estableced una casa, sí, una casa de oración, una casa de ayuno, una casa de fe, una casa de instrucción, una casa de gloria, una casa de orden, una casa de Dios”11.

¿Dónde podríamos encontrar un mejor plano para construir apropiada y sabiamente? Una casa como ésa cumpliría con el código de construcción descrito en Mateo, una casa “fundada sobre la roca”12, una casa capaz de soportar las lluvias de la adversidad, las inundaciones de la oposición y los vientos de la duda presentes en todas partes en este mundo de desafíos.

Habrá quienes pongan esto en duda, diciendo: “Pero esa revelación se dio para proveer guía para la construcción de un templo. ¿Es relevante hoy?”

Yo respondería: “Acaso el apóstol Pablo no declaró: ‘¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?’ ”13.

Que el Señor sea el guía de la familia —del hogar— que construyamos.

Parte esencial de nuestra fuente de aprendizaje son los buenos libros.

¡Ah libros, libros, tesoros del saber!
¡Con qué fuerza podéis el alma edificar!
Vuestra lectura fuente es de gran placer.
Libros amigos, os leyera siempre, sin cesar14.

La lectura es uno de los grandes placeres de la vida. En esta era de la información en la que tanto de lo que encontramos está abreviado, adaptado, cambiado y adulterado, es consolador y edificante alejarse a leer un buen libro.

Los niños pequeños también disfrutan de la lectura de los libros y les encanta que los padres les lean.

Octubre de 2001 Liahona

¿Son los ejemplos que damos dignos de imitarse? ¿Vivimos de tal manera que nuestros hijos digan: “Quiero ser como papá” o “Quiero ser como mamá”?

El Señor nos ha exhortado: “Buscad palabras de sabiduría de los mejores libros; buscad conocimiento, tanto por el estudio como por la fe”15. Los libros canónicos son esa fuente de aprendizaje tanto para nosotros como para nuestros hijos.

Hace algunos años, llevamos a nuestros nietos a un recorrido por los talleres de la imprenta de la Iglesia. Allí vimos la edición misional del Libro de Mormón que salía de las maquinarias impresa y encuadernada, lista para ser leída. Les dije a mis nietos: “El técnico dice que pueden tomar un ejemplar del Libro de Mormón, que lo escojan y será de ustedes”.

Cada uno de ellos tomó un ejemplar y expresó su amor por el Libro de Mormón.

En realidad no recuerdo nada más de aquel día, pero nunca olvidaré las expresiones sinceras de amor por el Libro de Mormón procedentes del corazón de esos niños.

Los padres debemos tener presente que nuestra vida podrá ser el libro de la biblioteca familiar más preciado por nuestros hijos. ¿Son los ejemplos que damos dignos de imitarse? ¿Vivimos de tal manera que nuestros hijos digan: “Quiero ser como papá” o “Quiero ser como mamá”? A diferencia de los libros que yacen en la biblioteca, los cuales están cerrados, nuestra vida no puede cerrarse. Padres, lo cierto es que somos un libro abierto.

UNA TRADICIÓN DE AMOR
El tercer distintivo de un hogar feliz es una tradición de amor.

Recuerdo que, de niño, me encantaba ir a casa de la abuela que vivía en la Avenida Bueno, en Salt Lake City. La abuela se alegraba mucho al vernos, nos abrazaba, nos sentaba en su regazo y nos leía.

Su hijo menor, mi tío Ray, y su esposa, han vivido en la casa de la abuela desde que ella murió. En una de las visitas que le hice a mi tío el año pasado, justo antes de que él muriera, me di cuenta de que el grifo de la acera de enfrente de la casa me pareció pequeño en comparación con el tamaño impresionante que recuerdo cuando me subía en él hace tantos años. La entrada estaba igual, tranquila como siempre. En una de las paredes de la cocina cuelga un cuadro bordado por mi tía con el pensamiento de práctica aplicación que dice: “Elige a quien amar, ama tu elección”.

Muy a menudo esto requerirá concesiones, perdón, tal vez pedir disculpas. Debemos estar totalmente dedicados al éxito de nuestro matrimonio.

Las que parecen pequeñas lecciones de amor no pasan inadvertidas para los niños que, en silencio, absorben los ejemplos de sus padres. Mi propio padre, que era impresor gráfico, trabajó largas y duras horas prácticamente todos los días de su vida, y no dudo de que le hubiera gustado quedarse en casa los domingos, pero se dedicaba a visitar a los familiares ancianos y a alegrarles la vida.

Uno de ellos era su tío que estaba inválido por la artritis y en tal forma que no podía caminar ni cuidar de sí mismo. Los domingos por la tarde, mi padre me decía: “Ven conmigo, Tommy; llevemos al tío Elías a dar un paseo”. Subíamos a su viejo Oldsmobile modelo 1928 y nos dirigíamos a casa del tío; una vez allí, yo esperaba en el coche mientras papá entraba en la casa. No tardaba en salir llevando en sus brazos, como una muñeca de porcelana, a su tullido tío. Entonces, yo abría la puerta y observaba la ternura y el cariño con que mi papá sentaba al tío Elías en el asiento delantero para que viera mejor mientras yo me sentaba atrás.

El paseo era breve y la conversación limitada, pero, ¡ah, qué tradición de amor! Mi padre nunca me leyó en la Biblia el relato del buen samaritano, sino que me llevó con él y el tío Elías en aquel viejo coche por el camino a Jericó.

Si en nuestros hogares se observa esa tradición de amor, nunca recibiremos la reprimenda de Jacob que se encuentra en el Libro de Mormón: “Habéis quebrantado los corazones de vuestras tiernas esposas y perdido la confianza de vuestros hijos por causa de los malos ejemplos que les habéis dado; y los sollozos de sus corazones ascienden a Dios contra vosotros”16.

Ruego que nuestros hogares puedan reflejar una tradición de amor.

UN TESORO DE TESTIMONIO
El cuarto distintivo de un hogar feliz es un tesoro de testimonio. “La primera y principal oportunidad de enseñar en la Iglesia yace en el hogar”17, dijo el presidente David O. McKay. “El verdadero hogar mormón es aquel en el que, si Cristo entrara, se sentiría complacido de quedarse y descansar” 18.

¿Qué estamos haciendo para lograr que nuestros hogares se acomoden a esa descripción? No basta que únicamente los padres tengan un testimonio firme, puesto que los hijos no podrán depender para siempre de la convicción de los padres.

El amor por el Salvador, la reverencia por Su nombre y el sincero respeto de unos por otros constituirán el fértil suelo para que crezca un testimonio.

El aprender del Evangelio, dar testimonio y guiar a una familia, no son tareas fáciles. La jornada de la vida se caracteriza por los obstáculos que encontramos en el camino y la turbulencia de nuestros tiempos.

Octubre de 2001 Liahona

Abramos de par en par las puertas de nuestro corazón para que cada miembro de la familia se sienta bienvenido y “en casa”.

Hace unos años, cuando visitaba a los miembros y a los misioneros de Australia, fui testigo de un ejemplo sublime de cómo un tesoro de testimonio puede bendecir y santificar un hogar. El presidente de misión, Horace D. Ensign, y yo, volamos desde Sydney a la distante ciudad de Darwin donde yo había de proceder a la primera palada de la nueva capilla de esa ciudad. El avión hizo escala en un pueblo minero llamado Mount Isa. Al acceder al pequeño aeropuerto del lugar, una madre y sus dos hijos se acercaron a nosotros y ella nos dijo: “Soy Judith Louden; soy miembro de la Iglesia y éstos son mis dos hijos. Como supimos que ustedes vendrían en este vuelo, hemos venido a verlos durante su breve escala”. Nos explicó que su marido no era miembro de la Iglesia y que ella y sus hijos eran los únicos miembros de toda la región. Charlamos y nos dimos nuestros testimonios.

Pasó el tiempo, y al prepararnos para subir de nuevo a bordo, la hermana Louden se veía triste, tan sola. Nos dijo: “No se vayan todavía; he echado tanto de menos la Iglesia”. De pronto, avisaron por el parlante que el avión saldría treinta minutos más tarde a causa de un desperfecto mecánico. La hermana Louden susurró: “Mi oración ha sido contestada”. Entonces nos preguntó qué podría hacer para interesar a su marido en el Evangelio. Le aconsejamos que lo hiciera participar en la lección semanal de la Primaria que celebraban en su hogar y que fuera para él un testimonio viviente del Evangelio. Le dije que le enviaríamos una subscripción a la revista para los niños y otras ayudas para enseñar a la familia, y la instamos a que nunca se diera por vencida con su esposo.

Partimos de Mount Isa, una ciudad a la que no he vuelto nunca más. Sin embargo, conservaré siempre en la memoria el grato recuerdo de aquella encantadora madre y aquellos lindos niños que se despidieron de nosotros con los ojos llenos de lágrimas y de gratitud.

Varios años después, mientras hablaba en una reunión de liderazgo del sacerdocio en Brisbane, Australia, y recalcaba la importancia de enseñar el Evangelio en el hogar, así como de vivir el Evangelio y de ser ejemplos de la verdad, les conté a los varones allí reunidos el relato de la hermana Louden y el impacto que la fe y la determinación de ella me habían producido. Al terminar dije: “Supongo que nunca llegaré a saber si el esposo de la hermana Louden se ha unido a la Iglesia, pero él no habrá podido encontrar un ejemplo mejor a seguir”.

Entonces, uno de los líderes alzó la mano y poniéndose de pie, dijo: “Hermano Monson, soy Richard Louden. La mujer que usted acaba de mencionar es mi esposa. Aquellos niños [se le quebró la voz] son nuestros hijos. Ahora somos una familia eterna, gracias, en parte, a la paciencia y perseverancia de mi amada esposa. Todo es obra de ella”. Nadie dijo palabra. Rompían el silencio sólo los sollozos de los presentes y las muchas lágrimas de los allí presentes.

Hermanos y hermanas, resolvamos, no importa cuáles sean nuestras circunstancias, hacer de nuestra casa un hogar feliz.

Abramos de par en par las puertas de nuestro corazón para que cada miembro de la familia se sienta bienvenido y “en casa”. Abramos también las puertas del alma misma para que entre en ella nuestro amado Cristo. Recordemos Su promesa: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo”19.

Cuán bienvenido se sentirá Él, cuán feliz será nuestra vida, cuando “los distintivos de un hogar feliz” lo reciban, a saber:

La costumbre de orar.
Una fuente de aprendizaje.
Una tradición de amor.
Un tesoro de testimonio.

Que nuestro Padre Celestial nos bendiga a todos en nuestro esfuerzo por lograr un hogar feliz y una familia eterna.

NOTAS

  1. José Smith, Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 312.
  2. Hechos 8:31.
  3. Nicholas Wood, “Thatcher Champions the Family”, London Times, 26 de mayo de 1988.
  4. Edgar A. Guest, “Home”, en The Family Book of Best Loved Poems, editado por David L. George (1952), págs. 151–152.
  5. John Howard Payne, “Mid Pleasures and Palaces”, Hymns, 1948, Nº 107.
  6. Liahona, octubre de 1998, pág. 24.
  7. James Montgomery, “La oración del alma es”, Himnos, Nº 79.
  8. “The Environment of Our Homes,” Tambuli, octubre-noviembre de 1985, pág. 5.
  9. Mateo 12:25.
  10. D. y C. 132:8.
  11. D. y C. 88:119.
  12. Mateo 7:25.
  13. 1 Corintios 3:16.
  14. Emilie Poulsson.
  15. D. y C. 88:118.
  16. Jacob 2:35.
  17. Priesthood Home Teaching Handbook, edición revisada, 1967, págs. ii–iii.
  18. En Conference Report, octubre de 1947, pág. 120; o Gospel Ideals: Selections from the Discourses of David O. McKay, 1953, pág. 169.
  19. Apocalipsis 3:20.

 

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La obra misional y la Expiación

20 de junio de 2000

La obra misional y la Expiación

Jeffrey R. Hollandpor el élder Jeffrey R. Holland
del Quórum de los Doce Apóstoles

Discurso pronunciado en el Centro de Capacitación Misional en Provo, Utah, el 20 de junio de 2000


El profeta José Smith declaró una vez que todas las cosas “que pertenecen a nuestra religión son únicamente dependencias” de la expiación de Jesucristo1.

De manera similar y por las mismas razones, toda verdad que un misionero o un maestro enseña, es sólo una dependencia del mensaje central de todos los tiempos: que Jesús es el Cristo, el Salvador y Redentor del mundo.

Nuestro mensaje básico es que con la ofrenda completa de Su cuerpo, Su sangre y la angustia de Su espíritu, Cristo expió la transgresión inicial de Adán y Eva en el Jardín de Edén y también los pecados de todas las demás personas que vivirían en este mundo desde Adán hasta el final de los tiempos.

Algunas de esas bendiciones son incondicionales, como el don de la resurrección. Otras son muy condicionales, y requieren que se guarden los mandamientos, se realicen ordenanzas y se viva la vida de un discípulo de Cristo.

En ambos casos, el mensaje esencial del Evangelio es el que el mismo Maestro declara: “Yo soy el camino, y la verdad y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”2. Es así como la expiación de Cristo, que hace posible el regreso al Padre, es el hecho central, el fundamento crucial y la doctrina principal del gran y eterno plan de salvación que se nos ha llamado a enseñar.

REQUISITOS ESENCIALES PARA EL BAUTISMO

Tal vez haya unos cuantos misioneros, si es que hay alguno, que desconozcan lo importante de esta doctrina. Pero me ha sorprendido el hecho de descubrir que esto no es algo de lo que se hable espontáneamente en conversaciones sobre la obra misional.

Por ejemplo, en conferencias de zona les he preguntado a los misioneros qué es lo que quieren que los investigadores hagan como resultado de oír las charlas.

“¡Que se bauticen!”, es lo que exclaman al unísono.

“Sí”, les digo, “pero, ¿qué tiene que preceder al bautismo?”

Ahí comienzan a tener más cuidado con sus respuestas. Ah, piensan. Ésta es una prueba. Es una prueba sobre la primera charla. “¡Leer el Libro de Mormón!”, exclama alguien. “¡Orar!”, grita un élder. “¡Ir a la iglesia!”, declara una de las hermanas. “¡Escuchar todas las charlas!”, dice alguien más.

“Bueno, casi han cubierto todas las metas de la primera charla”, les digo, “pero, ¿qué más quieren que hagan sus investigadores?”

“¡Que se bauticen!”, dice el coro por segunda vez. “Élderes y hermanas”, les suplico yo, “¡ya me dijeron lo del bautismo, y todavía les pregunto lo mismo!” Bueno, ahora sí se sienten totalmente confundidos. Seguir leyendo

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El vivir de acuerdo con nuestras convicciones

El vivir de acuerdo con nuestras convicciones

Gordon B. Hinckleypor el presidente Gordon B. Hinckley
Liahona Septiembre 2001

No hay imagen más conmovedora en toda la historia que la de Jesús en Getsemaní y en la cruz, solo: el Redentor de la humanidad, el Salvador del mundo, llevando a cabo la Expiación.


Como miembros de la Iglesia, hemos llegado a ser como una ciudad que se asienta sobre una colina y que no se puede ocultar (véase 3 Nefi 12:14) Nos guste o no, cada uno de nosotros es apartado del mundo. Somos partícipes de la verdad, lo cual conlleva una responsabilidad.Nuestras responsabilidades son personales porque el testimonio es una cuestión personal.

En esta dispensación, cuando el Señor declaró que ésta es “la única iglesia verdadera y viviente sobre la faz de toda la tierra” (D. y C. 1:30), de inmediato se nos situó en una posición ante la que no podemos retroceder y la cual debemos enfrentar todos con humildad y valor. Todo verdadero miembro de la Iglesia del Señor que vive y respira el espíritu del Evangelio del Maestro conoce algo de ese sentimiento al relacionarse con otras personas. Pero una vez que hemos obtenido un testimonio, debemos vivir de conformidad con él; debemos vivir con nuestra conciencia; debemos vivir con nuestro Dios.

No son sólo los conversos los que a veces pasan por momentos de dificultad o los que conocen el desánimo y el pesar cuando explican a sus familiares y a sus amigos que son miembros de la Iglesia. En un sentido general, ésa es la experiencia de todos los que buscan aferrarse a la barra de hierro a medida que caminan por los vapores de tinieblas del mundo; siempre ha sido así. El precio del discipulado es la valentía personal; el precio de aferrarse a la conciencia es la valentía personal.

LA VALENTÍA EN TODAS LAS DISPENSACIONES

No hay imagen más conmovedora en toda la historia que la de Jesús en Getsemaní, en la cruz, solo: el Redentor de la humanidad, el Salvador del mundo, llevando a cabo la Expiación.

Recuerdo haber estado con el presidente Harold B. Lee (1899–1973) en el Jardín de Getsemaní, en Jerusalén. Podíamos percibir, aunque a un grado mucho menor, la terrible lucha que tuvo lugar allí, una lucha tan intensa mientras Jesús sufría solo en el espíritu, que la sangre le brotó de cada poro (véase Lucas 22:44; D. y C. 19:18). Recordamos la entrega por parte de uno que había sido llamado a una posición de confianza. Recordamos que hombres malvados pusieron sus crueles manos sobre el Hijo de Dios. Recordamos esa figura solitaria en la cruz, suplicando angustiada: “…Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46). Aún así, y de forma valerosa, el Salvador del mundo siguió adelante a fin de efectuar la Expiación en favor nuestro. Seguir leyendo

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Las riquezas de la restauración

Las riquezas de la restauración

Neal A. Maxwellpor el élder Neal A. Maxwell
del Quórum de los Doce Apóstoles
Discurso pronunciado en el Salón de Asambleas de Salt Lake City, Utah,
el 3 de febrero de 1995.

El Evangelio restaurado disipa la duda y el desánimo, dándonos certeza en cuanto a la inmortalidad y el gran plan de felicidad de Dios.


Para comenzar destaco algunos indicadores de los tiempos desconcertantes en los que vivimos. Merece la pena meditar en este contexto, aunque sea brevemente, puesto que se trata del escenario, día tras día, en el que ustedes y yo hacemos nuestra labor en esta última dispensación.

DUDA Y DESÁNIMO

Los muchos siglos que han pasado desde el mesiazgo de Jesús en la vida terrenal parecen haber obrado en contra de la fe de muchos en los últimos días. La profecía de Pedro sobre la actitud de los que se burlan en los últimos días se está cumpliendo a un ritmo constante: “…¿Dónde está la promesa [del] advenimiento [de Cristo]?… todas las cosas permanecen así como desde el principio de la creación” (2 Pedro 3:4). De ahí que, para muchos, el que se repitan las cosas constituye la ausencia de cualquier propósito divino y discernible.

La indiferencia resultante contribuye a la iniquidad, la cual trae su inevitable cosecha de amarga desesperación (véase Moroni 10:22; D. y C. 45:27; José Smith—Mateo 1:30). Es más, cuando el amor de muchos se enfría, tiene lugar un fracaso masivo respecto a guardar tanto el primero como el segundo gran mandamiento (véase Mateo 22:36–40; 24:12).

No es de extrañarse que quienes padecen de este desánimo cuestionen el sentido de la vida diciendo: “¿En esto consiste la vida?”. Hasta sus conquistas y logros parecen estar vacíos al final. A modo de ejemplo, Louis B. Mayer, director de cine para la Metro Goldwyn Mayer y que una vez fuera el poderoso “rey” de Hollywood, dijo desesperadamente hacia el fin de sus días desde la cama de un hospital: “Nada tiene importancia. Nada tiene importancia”1. Seguir leyendo

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