Como una llama inextinguible

Como una llama inextinguibleLiahona Julio 1999
Élder M. Russell Ballard
del Quórum de los Doce Apóstoles

M. Russell Ballard“Mas una cosa es indiscutible: los mandamientos no han cambiado … El bien es todavía el bien; el mal es todavía el mal, no importa cuán ingeniosamente se lo disimule en lo que es aceptable desde el punto de vista social o político”.

Hermanos y hermanas: Éstos han resultado ser dos días inspiradores y espero que mis palabras puedan contribuir a las enseñanzas y al espíritu de esta conferencia general.

En ocasiones, tengo el privilegio de oficiar en el templo cuando una pareja de jóvenes dignos van a casarse y a sellarse en la Casa del Señor. Tales momentos son siempre muy especiales para la familia y los amigos. En esas circunstancias se experimenta una dulce y placentera mezcla de felicidad terrenal y gozo eterno que se manifiesta en los ojos llenos de lágrimas de madres que tanto han orado en sus corazones para que llegara ese día. También se manifiesta en los ojos de los padres que, por primera vez en varios meses, piensan ahora en otras cosas además de cómo pagar los gastos de la boda. Pero más que nada se puede ver en los ojos de una novia y un novio virtuosos que han sabido vivir fieles a las enseñanzas del Evangelio, despreciando las tentaciones del mundo. Existe un sentimiento especial e innegable para toda persona que se ha mantenido limpia, virtuosa y pura.

Hay demasiados hombres y mujeres jóvenes que sucumben a las presiones impuestas por un mundo saturado de mensajes malignos y conducta inmoral. Lucifer está embarcado en una guerra desenfrenada para dominar el corazón y el alma de jóvenes y adultos, y el número de sus víctimas continúa en aumento. Las normas del mundo se han desplazado como las arenas de un desierto tormentoso. Lo que una vez era inusitado o inaceptable, es hoy en día común y corriente. El criterio del mundo ha sido tan terriblemente trastornado que a quienes prefieren guiarse por las normas tradicionales de moralidad se les percibe cual gente extraña, casi como que debiera justificar su deseo de guardar los mandamientos de Dios.

Mas una cosa es indiscutible: los mandamientos no han cambiado. Nadie debe siquiera suponerlo. El bien es todavía el bien; el mal es todavía el mal, no importa cuán ingeniosamente se lo disimule en lo que es aceptable desde el punto de vista social o político. Nosotros creemos en la castidad antes del matrimonio y en la fidelidad conyugal para siempre; ésta es una norma absoluta de la verdad; no está sujeta a encuestas de la opinión pública ni depende de la situación o de las circunstancias. No hay necesidad de polemizar sobre ésta o ninguna otra norma del Evangelio. Seguir leyendo

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Los puentes y los recuerdos eternos

Los puentes y los recuerdos eternosLiahona Julio 1999
Elder Dennis B. Neuenschwander
de los Setenta

Dennis B. Neuenschwander“La genealogía, las historias familiares, los relatos históricos y las tradiciones … forman un puente entre el posado y el futuro y crean vínculos entre las generaciones como ninguna otra reminiscencia puede hacerlo”.

Hermanos y hermanas: todas las familias guardan recuerdos. Hay familias que coleccionan muebles, libros, objetos de porcelana y otras cosas de valor que luego pasan a su posteridad. Esos hermosos recuerdos nos hacen evocar a nuestros seres queridos que ya se han ido y pensar en los que todavía están por nacer; ellos forman un puente entre el pasado y el futuro de una familia.

Cada familia tiene también otros recuerdos de mucho más valor, entre los que se encuentran la genealogía, las historias familiares, los relatos históricos y las tradiciones. Estos recuerdos eternos forman también un puente entre el pasado y el futuro y crean vínculos entre las generaciones como ninguna otra reminiscencia puede hacerlo.

Quisiera expresar algunas ideas acerca de la historia familiar, de los puentes y de los recuerdos eternos. La historia familiar crea puentes entre las generaciones de nuestras familias, puentes que llevan a la actividad dentro de la Iglesia y puentes que conducen al templo.

Primeramente, la historia familiar crea puentes entre las generaciones de nuestras familias. Los puentes entre las generaciones no se forman por accidente. Todo miembro de la Iglesia tiene la responsabilidad personal de ser el arquitecto eterno de ese puente de unión para su propia familia. Durante una de las reuniones familiares que tuvimos esta Navidad pasada, observé a mi padre, que tiene 89 años, y a Ashlin, nuestro nieto mayor que tiene cuatro años y medio, hablar, reír y disfrutar de estar juntos. Ese fue para mí un momento dulce y amargo a la vez, ya que me di cuenta de que, aun cuando Ashlin guardaría algunos fugaces recuerdos gratos de mi padre, no tendría ningún recuerdo de mi madre, quien falleció antes de que él naciera. Ninguno de mis hijos recuerda absolutamente nada de mis abuelos. Si deseo que mis hijos y mis nietos conozcan a quienes todavía conservo en la memoria, entonces debo crear un puente de unión entre ellos. Yo soy el único vínculo que une a esas generaciones que están hacia un lado y hacia el otro de mí. Es mi responsabilidad unirlas de tal forma que sus corazones se entrelacen por medio del amor y del respeto, aun cuando quizás jamás se hayan conocido personalmente. Mis nietos no tendrán ningún conocimiento de su historia familiar si yo no hago nada para preservarla para ellos. Lo que yo no registre de alguna forma, se perderá después de mi muerte; y todo aquello que yo no les deje a mis hijos y a mis nietos, jamás lo tendrán. La obra de reunir y compartir recuerdos familiares eternos es una responsabilidad personal que no se puede dejar de lado ni delegarse a los demás.

La vida que no se documenta es una vida que, pasada una generación o dos, se perderá en el olvido. ¡Qué gran tragedia puede ser eso en la historia de una familia! El conocimiento de nuestros antepasados nos forja y nos inculca valores intrínsecos que orientan y dan sentido a nuestra vida. Hace algunos años conocí al director de un monasterio ortodoxo ruso, quien me mostró varios tomos de la investigación de su familia. Su obra era extensa y minuciosa. Me dijo que uno de los beneficios de la genealogía, quizás el de más importancia, era el de establecer una tradición familiar y el de transmitirla a las generaciones futuras. “El conocimiento de esas tradiciones y de la historia familiar”, me dijo, “une sólidamente a las generaciones”. Luego agregó: “Si uno sabe que proviene de antepasados honrados, su deber y su honor lo obligan a ser honrado. Nadie puede ser deshonesto sin decepcionar a cada uno de los miembros de su familia” 1 . Seguir leyendo

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Su nombre está a salvo en nuestra casa

Su nombre está a salvo en nuestra casaLiahona Julio 1999
Elder Cree-L Kofford
de los Setenta

Cree-L Kofford“Hay entre nosotros quienes retrocederían con horror ante el solo pensamiento de robar el dinero o lo que pertenezca a otra persona, pero que no se detendrían a pensar antes de quitar o difamar el buen nombre o la reputación de otra persona”.

Me pregunto si tienen idea de lo fácil que es quererlos y de lo mucho que los quiero. Antes de que comenzara esta sesión, algunos de nuestros nietos fueron a visitarnos a nuestra habitación del hotel. Evidentemente habían estado conversando acerca del discurso que el élder Marlin Jensen dio esta mañana. Uno de ellos me preguntó: “¿Tienes miedo, abuelo?”. Yo le mentí al decirle: “No mucho”. Otro de mis nietos me dijo: “No te preocupes, abuelo, si te despistas, te vamos a seguir queriendo igual”. Sin embargo, la realidad volvió a hacerse muy patente cuando otro de mis nietos me dijo: “Pero, abuelo, eso te haría sentir muy incómodo”. Por lo tanto, voy a hacer cuanto pueda por no despistarme.

El 26 de junio de 1858, lo que creo era el ejército permanente más grande de la historia de los Estados Unidos hasta esa fecha, inició su predeterminada entrada en el Valle del Lago Salado. Vinieron con el fin de sofocar una rebelión que no existía. Cualquiera de los que tengan una vaga noción de la historia de la Iglesia les dirá que llegaron relativamente en silencio hasta unos pocos metros del lugar donde hoy se encuentra este edificio, a través de una ciudad que un escritor describió como “desierta” y acamparon un tanto hacia el poniente. Lo que siguió se conoce mucho menos aún. Con el tiempo, el ejército se trasladó aproximadamente a unos 65 kilómetros al sur de Salt Lake City, al poblado de Fairfield, una pequeña comunidad agrícola asentada en el valle Cedar, que contaba con lo que se calcula deben haber sido menos de doscientos habitantes. Su líder espiritual local era John Carson, mi bisabuelo.

Imaginen lo que deben haber sentido los de esa pequeña congregación. Después de todo, ¿cómo será despertar una mañana y hallar que varios millares de soldados con 3.000 carromatos, 10.000 bueyes y 12.000 mulas se han instalado en su barrio? Los desafíos fueron inmediatos. Por nuestra historia familiar transmitida oralmente, la cual está sujeta a la idealización y a las ambigüedades de tales relatos, sabemos que el obispo Carson se sintió sumamente preocupado por el bienestar de la gente a la que presidía. Todas las dificultades que acompañaban los campamentos del ejército de aquella época cayeron sobre Fairfield prácticamente de la noche a la mañana.

Con el fin de proteger a los miembros de la congregación cuanto fuese posible, el obispo Carson se reunió con el comandante del fuerte, quien solía ir a comer a su hotel y con el que había cultivado una relación cordial basada en el respeto mutuo. Los dos líderes examinaron la situación y en seguida, de común acuerdo, trazaron una línea de demarcación. Ningún miembro del ejército atravesaría al terreno civil sin la aprobación especial de sus superiores. Ningún miembro de la congregación atravesaría al fuerte sin la aprobación especial del obispo Carson. La línea demarcadora trazada en el terreno representaba el mandato tácito: “No traspasar esta línea”. Seguir leyendo

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Bienvenidos a casa

Bienvenidos a casaLiahona Julio 1999
Obispo Keith B. McMullin
Segundo Consejero del Obispado Presidente

Keith B. McMullin“Tengan fe en Cristo, confíen en Él, vengan a Él, síganle … Paso a paso, el camino se irá desplegando ante ustedes hasta que … vuelvan al lugar donde deben estar”.

Mis queridos hermanos y hermanas, al acercarse esta conferencia a su fin, mis pensamientos se dirigen a los que se sienten solos, temerosos o que han perdido el camino. Si ustedes o alguien que conozcan “se encuentra entre las sombras” (Gordon B. Hinckley, “Los conversos y los hombres jóvenes”, Liahona, julio de 1997, pág. 55), ¡por favor, escuchen!

La vida terrenal se puede comparar al trayecto del viajero que se dirige de regreso a su casa. La distancia le parece larga, los minutos lentos y los sucesos del día prolongados y tediosos. Sin embargo, al fin comienzan a divisarse lugares conocidos. Pueden ser colinas o valles, paisajes campestres o elevados edificios, una atestada autopista o la tranquila calle de un vecindario. Sea cual sea ese lugar, el ambiente conocido hace acelerar el paso del viajero, vigoriza su cansada alma y le hace experimentar de nuevo agradables sentimientos de expectativa y de paz. Por fin ha vuelto a casa.

En nuestro ocupado y bullicioso mundo, el trayecto de regreso a casa se repite a diario en la vida de millones de personas. Si miramos con detención, podemos aprender mucho acerca de la vida terrenal de ese hecho cotidiano. Una cosa es segura: cometeremos un error colosal si emprendemos este viaje terrenal sin seriedad y si tomamos cualquier camino sin pensar adónde conducirá. Como dijo un amado Apóstol:

“En verdad, de todos los errores que los mortales podamos cometer, el más grande es el de no comprender o no seguir el plan de salvación de Dios. ¡No hay error más grande ni consecuencias más trascendentales!” (Neal A. Maxwell, “El gran plan del Dios eterno”, Liahona, julio de 1984, pág. 31).

El viajero que llegará a salvo a su destino comprende correctamente y acata cuatro cosas, a saber: la eternidad de la existencia, la naturaleza del pecado, la belleza del arrepentimiento y el poder de la Expiación.

La vida es más que materialismo. Antes de venir a esta tierra, vivimos en la presencia de Dios. Su cielo era nuestro hogar. Cada uno de nosotros es hijo o hija espiritual de Él y Él es nuestro Padre Celestial (véase Abraham 3:23-25; Job 38:4-7; Jeremías 1:5). Gracias a la restauración del Evangelio de Jesucristo, sabemos que el nacimiento ha sido señalado por Dios y que es un paso esencial de nuestra trayectoria eterna. Como dijo el Profeta del Señor, el presidente Gordon B. Hinckley: Seguir leyendo

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El programa inspirado de bienestar de la Iglesia

Conferencia General Abril 1999
El programa inspirado de bienestar de la Iglesia
Elder Joseph B. Wirthlin
del Quórum de los Doce Apóstoles

“El Salvador, quien ha establecido el modelo que debemos seguir, está complacido con aquellos que recuerdan ‘en todas las cosas a los pobres y a los necesitados, a los enfermos y a los afligidos’ (D. y C. 52:40)”.

Mis amados hermanos y hermanas, qué hermoso ha sido este día de la Pascua. Al meditar acerca de la vida del Salvador y Su resurrección, por cierto que acuden a mi mente las muchas imágenes de aquellos que fueron a pedirle ayuda. Resulta fácil imaginar las piernas deformes del hombre inválido de nacimiento o las lágrimas en el rostro de la viuda que sigue el cadáver de su único hijo al ser llevado a la tumba. Veo la mirada vacía del hambriento, las manos trémulas de los enfermos, la voz suplicante de los condenados, la mirada desconsolada de los marginados. Todos ellos acuden al hombre solitario, al hombre sin riquezas, sin hogar, sin posición social.

Veo a este hombre, al Hijo del Dios viviente, mirar a cada uno de ellos con infinita compasión. Con el toque de Su santa mano, lleva consuelo al abatido, salud al enfermo, liberación al condenado. Con una palabra, el hombre muerto se levanta del féretro y la viuda abraza al hijo que ha vuelto a la vida.

Éstos y otros actos milagrosos de misericordia y bondad, algunos bastante conocidos, y otros callados y tiernos, definen para mí una de las características notables del Salvador: Su amor y compasión por el oprimido, el abatido, el débil, el que sufre. En verdad, estos actos de compasión son sinónimos de Su nombre.

Aunque han pasado casi dos mil años desde el ministerio terrenal del Hijo de Dios, Su amoroso ejemplo y Sus enseñanzas continúan formando parte integral de lo que somos como personas y lo que somos como iglesia. Hoy en día, mediante su inspirado programa de bienestar, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días y sus miembros se esfuerzan por emular Su ejemplo al tratar de aliviar el sufrimiento y fomentar la autosuficiencia.

El Alcance Del Programa De Bienestar De La Iglesia
El programa de bienestar de la Iglesia es bien conocido en todo el mundo. La gente de todas las condiciones sociales viajan a la sede de la Iglesia para ver por sí mismos la forma en que la Iglesia cuida de los pobres y de los necesitados sin crear sujeción por parte de los que reciben o resentimiento por parte de los que dan. El presidente de un país, después de visitar la Manzana de Bienestar, canceló el resto de los compromisos que tenía para ese día. “Aquí hay algo que es más importante que lo que pueda tener en mi calendario”, dijo. “Debo quedarme aquí y aprender más”. Seguir leyendo

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El poder del enseñar la doctrina

El poder del enseñar la doctrinaLiahona Julio 1999
Elder Henry B. Eyring
del Quórum de los Doce Apóstoles

Henry B. Eyring“Podemos enseñar aun a un niño a comprender la doctrina de Jesucristo. Por lo tanto, es posible que, con la ayuda de Dios, enseñemos la doctrina salvadora con simplicidad”.

Ha habido una guerra entre la luz y las tinieblas, entre el bien y el mal, desde antes que el mundo fuese hecho. Esa guerra todavía sigue y las víctimas parecen ir en aumento. Todos tenemos familiares a los que queremos y que están siendo abofeteados por las fuerzas del destructor que desea que todos los hijos de Dios sean miserables. Muchos de nosotros hemos pasado noches en desvelo [debido a eso]. Hemos intentado añadir todas las fuerzas del bien que hemos podido a los poderes que se arremolinan alrededor de las personas que corren peligro; personas a las que queremos. Les hemos dado el mejor ejemplo de que hemos sido capaces. Hemos rogado en oración por ellos. Un sabio profeta, hace ya mucho tiempo, nos dio un consejo acerca de otra fuerza que acaso subestimemos a veces, por lo cual la empleamos muy poco.

Alma era el líder de un pueblo que enfrentaba el peligro de ser destruido por enemigos despiadados. Al verse ante ese peligro, tuvo que escoger qué debía hacer entre varias posibilidades. Podía haber edificado fortificaciones o creado armamentos o adiestrado ejércitos. Pero SU única esperanza de lograr la victoria era conseguir la ayuda de Dios y, para obtenerla, sabía que el pueblo debía arrepentirse. Por eso, decidió poner a prueba primero esto:

“Y como la predicación de la palabra tenía gran propensión a impulsar a la gente a hacer lo que era justo-sí, había surtido un efecto más potente en la mente del pueblo que la espada o cualquier otra cosa que les había acontecido-por tanto, Alma consideró prudente que pusieran a prueba la virtud de la palabra de Dios” (Alma 31:5).

La palabra de Dios es la doctrina que enseñaron Jesucristo y Sus profetas. Alma sabía que las palabras de la doctrina tenían gran poder, que pueden abrir la mente de las personas para que vean las cosas espirituales, lo que no se ve con los ojos naturales. Y pueden abrir el corazón a los sentimientos del amor de Dios y del amor a la verdad. El Salvador se basó en esas dos fuentes de poder, en la sección dieciocho de Doctrina y Convenios, al enseñar Su doctrina a los que Él deseaba que le sirvieran como misioneros. Al escuchar, piensen en ese joven de su familia que se encuentra indeciso en cuanto a prepararse para ir a la misión. Veamos cómo enseñó el Maestro a dos de Sus siervos y cómo podrían ustedes enseñar Su doctrina a ese joven que aman: Seguir leyendo

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No está aquí, sino que ha resucitado

«No está aquí, sino que ha resucitado»Liahona Julio 1999
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley“Esas sencillas palabras: ‘No está aquí, sino que ha resucitado’, se han convertido en las palabras más profundas de toda la literatura … son el cumplimiento de todo lo que Él había hablado concerniente a levantarse de nuevo”.

Mis hermanos y hermanas, estoy tan profundamente agradecido de estar ante ustedes. De entre todos los hombres, me siento muy bendecido. Soy bendecido por el amor que me brindan; a dondequiera que voy, todos son tan amables conmigo. Soy bendecido por la fe que demuestran. Su formidable servicio, devoción y lealtad se convierten en parte de mi propia fe. Son en verdad maravillosos. Es claramente obvio que el Evangelio, cuando se vive, hace que las personas sean mejores de lo que lo serían sin él.

Cuán generosos son con su tiempo y recursos. A lo largo de este extenso mundo ustedes prestan ser. vicio para edificar el reino de nuestro Padre y para llevar adelante Su obra.

La semana pasada hice una llamada telefónica a un hermano jubilado. Él ha servido como presidente de misión y actualmente él y su esposa prestan servicio como misioneros. Le pregunté si estaría dispuesto a ir a presidir un templo nuevo. Le embargó la emoción; no pudo contener las lágrimas ni articular palabra. Él y su esposa dejarán a sus hijos y nietos por un largo período de tiempo para servir al Señor en otro llamamiento. ¿Extrañarán a sus nietos? Claro que sí, pero irán y servirán fielmente.

Cuán agradecido estoy por la devoción y la lealtad de los miembros de la Iglesia de toda la tierra quienes responden a todo llamamiento, sin importar los inconvenientes ni las comodidades de las que se tengan que privar.

Pero de todas las cosas por las que me siento agradecido, lo que más agradezco esta mañana de Pascua es el don de mi Señor y mi Redentor. Es el día de Pascua, tiempo en que, junto con todo el mundo cristiano, conmemoramos la resurrección de Jesucristo.

Esto no fue una cosa común y corriente; fue el acontecimiento más grandioso en la historia de la humanidad, y no vacilo en afirmarlo.

“Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?”, preguntó Job (Job 14:14). Ninguna pregunta es más importante que esa. Seguir leyendo

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Amor y servicio

Amor y servicioLiahona Julio 1999
Elder David B. Haight
del Quórum de los Doce Apóstoles

David B. Haight“Permítanme recordarles, a todos ustedes, en cuanto a la gran necesidad que tenemos, a medida que avanza el programa misional, de tener matrimonios misioneros que ayuden a fortalecer las ramas y las estacas en todo el mundo, al aumentar el número de conversos en la Iglesia”.

Mis queridos hermanos y hermanas: ¡qué hermoso día! ¡Qué día tan maravilloso es éste! ¡Qué maravilloso es el estar vivos en este tiempo y qué maravillosa época para ser miembros de la Iglesia!

Aunque mi vista ya no es tan buena como antes, a medida que envejezco voy descubriendo que mi visión se mejora, que con el transcurso del tiempo puedo percibir un panorama más amplio. Contemplo a mi [esposa] Ruby, bendita sea, allí sentada-este año celebraremos nuestro 69 aniversario de bodas-y mi corazón rebosa de gratitud por las bendiciones que he recibido y por la influencia que la Iglesia ha ejercido en mí y en mi vida teniendo a Ruby a mi lado, y por los hijos que hemos criado, Bruce y Robert, y nuestra hija, Karen, y sus respectivas familias. También en estos momentos puedo ver con los ojos de la imaginación, no sólo aquí en Utah sino en California, en Texas, en Carolina del Norte y en Boston, a mis biznietos frente al televisor. Y quizás estén diciendo: “Ese anciano es el Abuelo; parece que ya se está poniendo viejo, ¿no? Pero es nuestro abuelo”. Y a todos ellos les expreso mi gratitud.

Al envejecerme y contemplar el mundo y la vida que he vivido, presiento que nuestra gran recompensa está realmente en el amor que compartimos y en el servicio que prestamos.

Hace algunos años, hallándome en un avión casi al terminar un viaje después de cumplir cierta asignación, se me acercó la azafata para preguntarme si deseaba algo de tomar, quizás una bebida. Le pedí que me trajera una gaseosa o un refresco de limón.

Al servirme la bebida, ella se fijó en el alfiler de mi corbata. En ese alfiler, que ahora tengo en la mano, el cual usábamos hace años en la Misión Escocesa, se apreciaba el emblema de la familia real inglesa, pero en el centro del escudo habíamos grabado el Templo de Londres. Así que este alfiler tenía el templo encima del escudo y la azafata, al servirme la gaseosa, me dijo: “¡Qué prendedor tan raro! ¿Qué es lo que tiene encima?”.

Le respondí: “Es un templo”. Seguir leyendo

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Nuestra única oportunidad

Nuestra única oportunidadLiahona Julio 1999
Sheri L. Dew
Segunda Consejera de la Presidencia de la Sociedad de Socorro

Sheri L. Dew“Él sabe cómo socorrernos a todos; pero somos nosotros los que activamos el poder de la Expiación en nuestra vida … al acudir a Él”.

En el último discurso que dirigió a Sus discípulos antes de Getsemaní y del Calvario, el Salvador declaró que Él era “el camino, y la verdad, y la vida” (Juan 14:6). En esta hermosa mañana de Pascua de resurrección, testifico, al igual que el profeta Alma “que no hay otro … medio por el cual el hombre pueda ser salvo, sino en Cristo y por medio de él” (Alma 38:9).

¡La expiación del Salvador es extraordinaria porque incluye a todos! “Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Corintios 15:22; cursiva agregada). Venga cada uno, vengan todos, ha declarado el Señor. El Evangelio de Jesucristo es para todo hombre, mujer, niño y niña. Él no altera las reglas para el rico o para el pobre, para los casados o los solteros, los portugueses o los chinos. El Evangelio es para cada uno de nosotros, y los requisitos y las recompensas espirituales son para todo el mundo. En los asuntos que atañen a la salvación, “todos son iguales ante Dios” (2 Nefi 26:33; cursiva agregada). Las intenciones del Señor son totalmente contrarias a las de Lucifer, quien está obsesionado en hacernos sentir menos de lo que somos como hijos e hijas de Dios. Lucifer aborrece a un pueblo consagrado y se deleita en opacar nuestra visión y alejarnos del sendero que nos lleva de nuevo a nuestro hogar celestial.

Cuando era joven y estudiaba en la Universidad Brigham Young, aprendí algo acerca de permanecer en el camino correcto cuando viajaba a casa. Durante la víspera de la Navidad, mi hermano y yo salimos en camino a nuestro hogar en Kansas. Al iniciar el viaje, nos enteramos de que en el trayecto se desataría una severa tormenta de nieve, de modo que consultamos el mapa para buscar una desviación que nos librara de la tormenta, y nos dirigimos hacia caminos desconocidos. Nuestro intento para encontrar una buena ruta nos puso en gran peligro, ya que aún así, nos encontramos con la terrible tormenta. Para empeorar las cosas, a altas horas de esa noche, al viajar lentamente entre la copiosa nieve en una obscura carretera, nuestro auto se averió. No podíamos ir a ninguna parte, y no teníamos ni la menor idea de dónde nos encontrábamos.

Por fin alguien nos recogió y nos llevó hasta el pueblo siguiente, en donde nos enteramos que todavía nos faltaban horas para llegar a casa y estábamos abandonados en un pueblo llamado Ultima Oportunidad, Colorado. A esas alturas, sólo había una cosa que hacer. Llamamos a casa para pedir ayuda. A medianoche, nuestro padre salió para ir a rescatarnos. Para la tarde del día siguiente ya nos encontrábamos a salvo en casa. Seguir leyendo

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La amistad: un principio del Evangelio

La amistad: un principio del Evangelio

Marlin K. JensenÉlder Marlin K. Jensen
de la Presidencia de los Setenta

“Si en verdad deseamos ser instrumentos en las manos de nuestro Padre Celestial para llevar a cabo Sus propósitos eternos, debemos ton sólo ser un amigo”.

Buenos días, hermanos y hermanas.

Aunque uno nunca está totalmente cómodo con una asignación como ésta, agradezco sinceramente la oportunidad de dirigirme a todos ustedes en esta hermosa mañana de Pascua.

Mi sabio padre una vez me dijo que si escuchaba atentamente lo que las personas decían desde el púlpito, sabría cuáles principios del Evangelio les preocupaban y con cuáles estaban teniendo dificultades. A través de los años, las observaciones de mi padre me han servido para tener mucho cuidado con la selección de los temas de mis discursos. Sin embargo, debo admitir algo. Desde que el presidente Gordon B. Hinckley nos expresó las tres necesidades fundamentales de todo miembro nuevo de la Iglesia: de tener un amigo, una responsabilidad y el ser nutrido por la buena palabra de Dios, me he sentido personalmente preocupado en mi papel de amigo.

El profeta José Smith enseñó que “la amistad es uno de los grandes principios fundamentales del ‘mormonismo” 1 . Ese pensamiento debe inspirarnos y motivarnos porque creo que la amistad es una necesidad fundamental de nuestro mundo. Pienso que todos añoramos profundamente la amistad, la satisfacción y la seguridad que sólo brindan las relaciones estrechas y duraderas. Quizás una de las razones por las que las Escrituras mencionan muy poco el principio de la amistad específicamente es porque se debe manifestar en forma muy natural a medida que vivimos el Evangelio. De hecho, si el sublime atributo cristiano de la caridad tiene una prima hermana, es la amistad. Parafraseando un poco al apóstol Pablo, la amistad “es sufrid[a], es benign[a]; [la amistad] no tiene envidia … no se envanece … no busca lo suyo, no se irrita … no guarda rencor … [la amistad] nunca deja de ser” 2 .

Al igual que mucho de lo que vale la pena en la vida, la necesidad que tenemos de amistad a menudo se satisface mejor en el hogar. Si nuestros hijos sienten amistad dentro de la familia, entre ellos mismos y con los padres, no sentirán tanta desesperación de ser aceptados fuera de ella. Pienso que uno de los logros más satisfactorios para mi esposa y para mí es el haber vivido lo suficiente para ver a nuestros hijos convertirse en buenos amigos. Definitivamente es un milagro que los miembros de nuestra familia, que en su tierna edad a veces se amenazaban el uno al otro con hacerse graves daños físicos, ahora se buscan y disfrutan de su mutua amistad. En forma similar, creo que no hay mejor cumplido que los padres puedan recibir que el que sus hijos digan que los consideran sus mejores amigos. Seguir leyendo

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El obispo y sus consejeros

El obispo y sus consejerosLiahona Julio 1999
Presidente Boyd K. Packer
Presidente en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles

President Boyd K. Packer“La Iglesia no es más grande que un barrio … Todo lo necesario para nuestra redención, con excepción del templo, se encuentra en el barrio. Y ahora estamos teniendo templos cada vez más cercanos”.

Anoche en la sesión del sacerdocio, el presidente Hinckley rindió tributo a nuestros obispos, los aconsejó y les dio una bendición. Según la regla de los dos testigos que nos explicó el élder Oaks ayer, yo soy un segundo testigo.

Hace algunos años serví con Emery Wight en un sumo consejo de estaca. Durante 10 años, Emery había servido como obispo del Barrio Harper, en una zona rural. Lucille, su esposa, fue nuestra presidenta de la Sociedad de Socorro de estaca.

Lucille me contó que una mañana de primavera fue a su casa un vecino que quería hablar con Emery. Ella le dijo que su esposo se encontraba arando. El vecino entonces le confió su preocupación. Más temprano esa mañana, al pasar por el campo notó que, en un surco a medio terminar, la yunta de caballos de Emery estaba inmóvil y con las riendas recogidas sobre el arado. Pero Emery no se encontraba allí. El vecino no pensó que ocurriera nada malo hasta que, más tarde, cuando volvió a pasar por el campo, vio que la yunta no se había movido de allí. Él saltó la cerca y cruzó el campo hasta donde se hallaban los caballos, pero Emery no estaba por ningún lado; entonces corrió de inmediato a hablar con Lucille.

Con mucha calma, Lucille le respondió: “Ah, no se preocupe; sin duda alguien ha tenido algún problema y vino a buscar al obispo”.

La sola imagen de aquella yunta de caballos parada en medio del campo durante horas simboliza la devoción de los obispos de la Iglesia y de los consejeros que les ayudan. Bien podría decirse, en sentido figurado, que todo obispo y todo consejero deja su yunta en un surco a medio terminar cuando alguien necesita su ayuda.

A través de los años, he pasado muchas veces por ese campo. Es un recordatorio del sacrificio y del servicio de aquellos que son llamados a servir en los obispados de barrio, y también de sus esposas y familiares sin cuyo sostén no podrían servir.

Recientemente, un domingo de mañana muy temprano, estuve en aquel mismo campo. Miré hacia el hogar en el que Emery y Lucille criaron a sus hijos y hacia las colinas al fondo del mismo. Cuando era muchacho, salí de la casa del obispo Wight con otros Scouts; caminábamos hasta las montañas y Emery iba enseñándonos a cada paso de la jornada.

Pablo escribió: “Es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar”.

Esas palabras, apto para enseñar, tienen un significado especial. Apto quiere decir “hábil, bien dispuesto, preparado”. Seguir leyendo

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Porque yo era ciego, pero ahora puedo ver

Porque yo era ciego, pero ahora puedo verLiahona Julio 1999
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Thomas S. Monson“Si desea dar su luz, uno tiene que resplandecer”.

Cuando Jesús andaba y enseñaba entre los hombres, hablaba con un lenguaje fácil de entender. Ya sea que estuviera viajando a lo largo del polvoriento camino de Perea a Jerusalén, dirigiéndose a las multitudes a orillas del Mar de Galilea o deteniéndose junto al pozo de Jacob en Samaria, enseñaba con parábolas. Jesús habló con frecuencia acerca de tener un corazón que pudiera saber y sentir, oídos capaces de oír y ojos que realmente pudieran ver.

Uno que no tenía la bendición de poder ver era un ciego que, tratando de mantenerse por su cuenta, se sentaba todos los días en su acostumbrado lugar al borde de una acera muy transitada en una de nuestras grandes ciudades. En una mano tenía un viejo sombrero de paño lleno de lápices. Con la otra sostenía una taza de lata. Su simple solicitud a los transeúntes era breve y directa. Tenía una cierta inflexión concluyente, casi desesperante. El mensaje escrito en una pequeña placa colgada de su cuello decía: “Soy ciego”.

La mayoría de la gente no se detenía a comprarle lápices o a ponerle una moneda en la taza de metal. Todos parecían muy ocupados, muy ocupados con sus propios problemas. Aquella taza de metal nunca estuvo llena, ni siquiera a medio llenar. Pero cierto día hermoso de primavera, un hombre se detuvo y, usando un lápiz marcador, le agregó varias palabras al deteriorado cartelito. Ya no decía solamente “Soy ciego”. Ahora el mensaje era: “Es primavera y soy ciego”. Poco después, la taza de metal quedó repleta [de monedas]. Quizás aquella gente tan atareada recordó esta exclamación de Charles L. O’Donnell: “Nunca he podido evitar que mis ojos se sorprendan ante el azul del cielo primaveral”. Sin embargo, para cada uno de ellos, las monedas no fueron sino una pobre substitución del deseo de poder restaurarle la vista.

Todos conocemos personas que no pueden ver. También conocemos a muchos otros que, aunque tienen el sentido de la vista, andan en tinieblas en pleno mediodía. Éstos quizás nunca usen el acostumbrado bastón blanco ni marquen su andar con el consabido repiqueteo. Quizás no lleven a su lado un perro fiel que los guíe ni tengan colgado del cuello un letrero que diga, “Soy ciego”, pero por seguro que lo son. A algunos los ha enceguecido el enojo, a otros la indiferencia, la venganza, el odio, el prejuicio, la ignorancia o el abandono de preciosas oportunidades. De los tales ha dicho el Señor: “Con los oídos oyen pesadamente, y han cerrado sus ojos; para que no vean con los ojos, y oigan con los oídos, y con el corazón entiendan, y se conviertan, y yo los sane” 1 . Seguir leyendo

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Los pastores del rebaño

Los pastores del rebaño

Gordon B. HinckleyPresidente Gordon B. Hinckley

“Siento un profundo aprecio por nuestros obispos. Me siento hondamente agradecido por la revelación del Todopoderoso por la cual este oficio se creó y funciona”.

Mis queridos hermanos, es un gran honor y una gran responsabilidad dirigirles la palabra. Ruego que el Señor me bendiga.

¡Qué excepcional hermandad es ésta, compuesta de cientos de miles de hombres y de muchachos que han sido ordenados al sacerdocio de Dios! ¡Qué imponente agrupación sería ésta si estuviésemos todos congregados en una sola y gran reunión! Asombraría al mundo. No hay nada que se le iguale que yo sepa.

Ustedes constituyen el eje de la Iglesia, mis hermanos. De entre ustedes vienen los obispos y los presidentes de rama, los presidentes de distrito y de estaca, los Setenta Autoridades de Area y todas las Autoridades Generales.

Ustedes, los hombres jóvenes, son lo esencial del gran programa misional cuya influencia se hace sentir en todo el mundo. En conjunto, ustedes son hombres y muchachos que se han vestido de toda la armadura de Dios para sacar adelante Su obra en la tierra.Cada vez que nos juntamos en una de estas reuniones, lamento que no podamos dar cabida a todos los que desean venir. Desde el momento en que se abrieron las puertas del Tabernáculo esta noche, entró una multitud de hombres jóvenes con sus padres. Es de esperar que el nuevo salón de asambleas se termine en un año a partir de ahora y entonces podremos dar cabida a todos los que deseen venir.

Y deseo decir a ustedes, hermanos, a los que llegamos por transmisión de radio y vía satélite, que nos sentimos unidos con ustedes.

Pienso, mis hermanos, que nuestro Padre Celestial está contento con nosotros. Creo que debe ser un gran consuelo para El contemplar a los cientos de miles de hombres y de muchachos que le aman, que llevan un testimonio de Él y de Su hijo Amado en el corazón, que brindan dirección a Su Iglesia, que están a la cabeza de sus familias en las que hay rectitud y donde se enseña y se ejemplifica la verdad.

Tenemos un numeroso grupo de hombres, jóvenes y mayores. No hay casi nada que no podamos realizar si trabajamos juntos y unidos con una sola voluntad, con un solo propósito y con un solo corazón. Seguir leyendo

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He ahí tu madre

“He ahí tu madre”

Thomas S. Monsonpor el presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Un día de verano me encontraba a solas en el tranquilo “American War Memorial Cemetery” (Cementerio en memoria de los caídos de la Guerra Norteamericana), situado en las Filipinas, donde un espíritu de reverencia llenaba la cálida brisa tropical. En medio de las muchas hectáreas de césped cuidadosamente cortado había en cada sepultura una inscripción con el nombre de los hombres, la mayoría jóvenes, que dieron su vida en los campos de batalla. Al recorrer con la vista la inmensa cantidad de nombres a lo largo de las hileras de inscripciones que se habían levantado para honrar a esos hombres, las lágrimas empezaron a brotar libremente; mientras los ojos se me llenaban de lágrimas, el corazón se me henchía de orgullo. Medité en el alto precio de la libertad y el costoso sacrificio que muchos habían sido llamados a pagar.

Mis pensamientos se apartaron de aquellos que sirvieron con valentía y murieron con nobleza; me puse a pensar en la madre angustiada de cada uno de esos hombres caídos, al tener entre las manos la noticia del supremo sacrificio que había realizado su hijo querido. ¿Quién puede medir el dolor de una madre? ¿Quién puede determinar el límite del amor que siente una madre? ¿Quién puede comprender en toda su extensión la excelsa función de una madre? Con perfecta confianza en Dios, ella anda de la mano con El, en valle de sombra de muerte, para que ustedes y yo podamos salir a la luz.

jesus-mary-johnLas palabras más santas que se puedan pronunciar,
los pensamientos más nobles que se puedan albergar,
indignas son de pronunciar el nombre
más preciado que todos los demás.
Un niño, cuando su primer amor le da,
al igual que cuando llega a hombre,
con reverencia susurra su nombre,
el bendito nombre de mamá.

Con ese mismo espíritu, tomemos en cuenta a la madre. Acuden a mi mente cuatro clases de madres: la primera, la madre olvidada; la segunda, la madre recordada; la tercera, la madre bendecida; y finalmente, la madre amada.

LA MADRE OLVIDADA
Con demasiada frecuencia, se pueden ver “madres olvidadas”. Las casas y los hospicios para ancianos están atiborrados, las camas de los hospitales están llenas, los días vienen y van —muchas veces las semanas y los meses pasan— sin que la madre reciba una visita. ¿Podemos darnos cuenta de la angustiosa soledad, del anhelo que encierra el corazón de una madre, abandonada en su vejez, que hora tras hora mira a través de la ventana en espera del ser querido que no la visita, de la carta que el cartero no trae? Ella espera oír el llamado a la puerta que no llega, el timbre del teléfono que no suena, la voz que no escucha. ¿Cómo se siente esa madre cuando su vecina recibe complacida la sonrisa de un hijo, el abrazo de una hija, la alegre exclamación de un pequeño o una pequeña que dice: “¡Hola, abuelita!”?

Hay también otras formas de olvidar a la madre. Siempre que cometemos errores, siempre que hacemos menos de lo que debemos, en un sentido verdaderamente real, nos olvidamos de nuestra madre. Seguir leyendo

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El sacerdocio: poderoso ejército del Señor

El sacerdocio: poderoso ejército del SeñorLiahona Julio 1999
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de lo Primero Presidencia

Thomas S. Monson“Una de las protecciones más grandes que tenemos en la Iglesia es un núcleo de poseedores del Sacerdocio de Melquisedec que es fuerte, firme, entregado, dedicado y que testifica”.

Es un honor estar esta noche con el enorme ejército de poseedores del sacerdocio que a diario responden a los llamados a servir, que enseñan diligentemente como el Señor ha mandado y que trabajan con fuerza para trazar el rumbo correcto para un desafío específico que la Iglesia debe afrontar, que es el vivir en el mundo sin ser parte de él.

Hoy en día, las aguas torrenciales de la inmoralidad, la irresponsabilidad y la falta de honradez azotan contra el amarradero mismo de nuestra propia vida. Si no protegemos ese amarradero, si no contamos con cimientos firmemente establecidos que resistan esas influencias erosivas, tendremos dificultades.

Una de las protecciones más grandes que tenemos en la Iglesia es un núcleo de poseedores del Sacerdocio de Melquisedec que es fuerte, firme, entregado, dedicado, y que testifica.

En mi oficina tengo dos pequeños recipientes de cerámica; uno está lleno de agua que saqué del Mar Muerto. El otro contiene agua del Mar de Galilea. En ocasiones, agito uno de los frascos para asegurar que el agua no haya disminuido. Cuando hago esto, me hace pensar en esas dos diferentes masas de agua. El Mar Muerto carece de vida; el Mar de Galilea está lleno de vida y de los recuerdos de la misión del Señor Jesucristo.

Hay otra masa de agua que se encuentra en la Iglesia hoy en día. Me refiero a la reserva de futuros élderes de cada barrio y estaca. Imagínense un torrente de agua que fluye caudalosamente hacia la reserva. Luego consideren un hilo de agua que sale de esa reserva estancada, un hilo que representa a los que siguen adelante para recibir el Sacerdocio de Melquisedec. La reserva de futuros élderes se está haciendo más grande, más extensa y más profunda, con más rapidez de lo que cualquiera de nosotros se pueda imaginar.

Es esencial, e incluso crítico, que estudiemos el sendero del Sacerdocio Aarónico, ya que demasiados jóvenes titubean, tropiezan y luego caen sin avanzar a los quórumes del Sacerdocio de Melquisedec, menoscabando así el núcleo activo del sacerdocio de la Iglesia y disminuyendo la actividad de esposas amorosas e hijos preciosos.

¿Qué podemos hacer, como líderes, para contrarrestar esa tendencia? El lugar en donde se debe empezar es en el manantial de la fuente del Sacerdocio Aarónico. Hay un antiguo proverbio que afirma determinar correctamente la sensatez de una persona. A la persona se le muestra una fuente de agua que fluye a una laguna estancada; se le da un balde y se le pide que empiece a vaciar la laguna. Si primero toma las medidas para contener eficazmente la entrada de agua a la laguna, se le considera cuerdo; si, por otro lado, pasa por alto la entrada del agua e intenta vaciar la laguna balde por balde, se le considera loco.

El obispo, por revelación, es el presidente del Sacerdocio Aarónico y es el presidente del quórum de presbíteros del barrio. Él no puede delegar esas responsabilidades que Dios le ha dado. Sin embargo, puede hacer responsables a aquellos que han sido llamados como asesores de quórum, hombres que pueden influir en la vida de los jóvenes. Seguir leyendo

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