Como una llama inextinguible
Élder M. Russell Ballard
del Quórum de los Doce Apóstoles
“Mas una cosa es indiscutible: los mandamientos no han cambiado … El bien es todavía el bien; el mal es todavía el mal, no importa cuán ingeniosamente se lo disimule en lo que es aceptable desde el punto de vista social o político”.
Hermanos y hermanas: Éstos han resultado ser dos días inspiradores y espero que mis palabras puedan contribuir a las enseñanzas y al espíritu de esta conferencia general.
En ocasiones, tengo el privilegio de oficiar en el templo cuando una pareja de jóvenes dignos van a casarse y a sellarse en la Casa del Señor. Tales momentos son siempre muy especiales para la familia y los amigos. En esas circunstancias se experimenta una dulce y placentera mezcla de felicidad terrenal y gozo eterno que se manifiesta en los ojos llenos de lágrimas de madres que tanto han orado en sus corazones para que llegara ese día. También se manifiesta en los ojos de los padres que, por primera vez en varios meses, piensan ahora en otras cosas además de cómo pagar los gastos de la boda. Pero más que nada se puede ver en los ojos de una novia y un novio virtuosos que han sabido vivir fieles a las enseñanzas del Evangelio, despreciando las tentaciones del mundo. Existe un sentimiento especial e innegable para toda persona que se ha mantenido limpia, virtuosa y pura.
Hay demasiados hombres y mujeres jóvenes que sucumben a las presiones impuestas por un mundo saturado de mensajes malignos y conducta inmoral. Lucifer está embarcado en una guerra desenfrenada para dominar el corazón y el alma de jóvenes y adultos, y el número de sus víctimas continúa en aumento. Las normas del mundo se han desplazado como las arenas de un desierto tormentoso. Lo que una vez era inusitado o inaceptable, es hoy en día común y corriente. El criterio del mundo ha sido tan terriblemente trastornado que a quienes prefieren guiarse por las normas tradicionales de moralidad se les percibe cual gente extraña, casi como que debiera justificar su deseo de guardar los mandamientos de Dios.
Mas una cosa es indiscutible: los mandamientos no han cambiado. Nadie debe siquiera suponerlo. El bien es todavía el bien; el mal es todavía el mal, no importa cuán ingeniosamente se lo disimule en lo que es aceptable desde el punto de vista social o político. Nosotros creemos en la castidad antes del matrimonio y en la fidelidad conyugal para siempre; ésta es una norma absoluta de la verdad; no está sujeta a encuestas de la opinión pública ni depende de la situación o de las circunstancias. No hay necesidad de polemizar sobre ésta o ninguna otra norma del Evangelio. Seguir leyendo











Presidente Gordon B. Hinckley
por el presidente Thomas S. Monson


























