Palabras para vivir

Conferencia General Abril 2003
Palabras para vivir
Élder James M. Dunn
De los Setenta

Somos bendecidos en esta vida y en la venidera al enfrentar con éxito los desafíos de la vida y mantener la mira en los verdaderos propósitos de la misma.

El mundo está lleno de palabras, muchas de ellas estridentes, acusadoras y sarcásticas; juntas son sólo ruido y confusión y no les prestamos atención ni les damos importancia. Pero, de vez en cuando, emergen palabras de valor, como en esta conferencia, palabras para vivir.

El presidente Thomas S. Monson, en la conferencia general de abril de 1988, dijo:

“Apreciamos este inspirado pensamiento:
“Dios es un padre,
el hombre, un hermano.
La vida es una misión
y no una profesión”.
(Véase “Una invitación a la exaltación”, Liahona, julio de 1988, pág. 53).

Ésas son palabras para vivir.

Dios es nuestro Padre Celestial; somos Sus hijos espiritualmente engendrados. El saber cuál es nuestra relación con Dios nos ayuda a entender mejor de dónde vinimos y cuáles son nuestras posibilidades eternas. Al conocer a nuestro Padre Celestial, aprendemos la mejor manera de acercarnos a Él y cómo debemos vivir para complacerle. Nuestra jornada terrenal es parte de un plan divino de felicidad diseñado por Él, que nos llama a vivir por la fe, a obtener experiencias terrenales y a reunir los requisitos, mediante la obediencia y el poder de la Expiación, para regresar a Su presencia para siempre.

Vivimos en un mundo de marcadas diferencias: tierras, culturas, razas y lenguas diferentes. Por lo menos hasta cierto grado, debemos creer que ésa es la manera que Dios lo dispuso. El Evangelio nos enseña que a pesar de tales diferencias, todos somos hijos del mismo Padre Celestial. La raza humana es una familia y, por lo tanto, todos somos hermanos y hermanas. Seguir leyendo

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Buscad, y hallaréis

Conferencia General Abril 2003
Buscad, y hallaréis
Élder Craig C. Christensen
De los Setenta

Al aplicar nuestra fe y dedicar todas nuestras energías para acercarnos más a Jesucristo, empezamos a entender más cabalmente quién es Él en realidad.

Mis queridos hermanos y hermanas, ruego ser guiado por el Espíritu del Señor al compartir con ustedes mis sentimientos personales y mi testimonio.

Una de las invitaciones más persuasivas y a la vez una de las promesas más profundas del Salvador se encuentra en la sencilla frase: “buscad, y hallaréis” 1.

Aunque el proceso de buscar comprende la oración y la súplica, es mucho más profundo que eso; es más bien un viaje que un suceso aislado, y lo comparo con unas largas vacaciones a través del país. Aunque conozcamos el destino final, las ricas experiencias y el verdadero aprendizaje se darán día a día a medida que avancemos hacia la meta.

Al buscar las cosas de Dios, debemos humillarnos ante Él y recordar que es por Su gracia que las recibimos, y enfocar los pensamientos y las oraciones, la fe y los deseos, aun toda la energía del corazón para recibir luz y entendimiento directamente de nuestro amoroso Padre Celestial.

El modelo para buscar las respuestas de Dios es sencillo de explicar, pero es mucho más personal cuando lo aplicamos. Para empezar, se nos invita a estudiar en la mente y meditar en el corazón lo que más deseamos de Él 2. Ese proceso de meditación da claridad e inspiración al alma. Luego se nos exhorta a presentar nuestros pensamientos y deseos directamente al Padre Celestial, en humilde oración, con la promesa de que, si le preguntamos en el nombre de Cristo si lo que buscamos es correcto, y si lo hacemos “con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo, él [nos] manifestará la verdad de ellas por el poder del Espíritu Santo”, porque “por el poder del Espíritu Santo”, podemos “conocer la verdad de todas las cosas” 3. Seguir leyendo

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Religión y gobierno

RELIGIÓN Y GOBIERNOlogo 4
Por el élder Wilford W. Andersen
De los Setenta

Wilford W. AndersenLa religión y el gobierno recorren vías diferentes pero paralelas; tienen más éxito y son más eficaces cuando se protegen y se apoyan mutuamente.

La religión y el gobierno son como un matrimonio que a veces tiene gran dificultad para vivir juntos pero que, por otra parte, encuentran que no pueden vivir separados. Tanto la religión como el gobierno necesitan independencia a fin de prosperar; no obstante, la historia ha demostrado que un divorcio completo no es bueno para ninguno de los dos; recorren vías diferentes pero paralelas; tienen más éxito y son más eficaces cuando se protegen y se apoyan mutuamente.

Los gobiernos tienen un papel esencial en la protección y conservación de la libertad religiosa y en fomentar el papel que tienen las religiones en la sociedad. Afortunadamente, en la actualidad, la mayoría de los gobiernos del mundo reconocen al menos algo de libertad religiosa y conceden a sus ciudadanos el derecho de adorar y de practicar su religión de acuerdo con los dictados de su conciencia. Pero no siempre ha sido así.

Muchas generaciones han visto la opresiva pérdida de libertad que resulta cuando el gobierno impone una religión del estado; otras han experimentado el deterioro moral que sobreviene cuando el gobierno prohíbe por completo la religión. Estamos agradecidos de que la mayoría de las constituciones de los países en el mundo de hoy contemplen una sociedad en la que la creencia y la observancia religiosas, aunque separadas del gobierno, deban protegerse y defenderse contra la persecución1.

El gobierno inspirado por los cielos que se describe en el Libro de Mormón permitía a su pueblo esa libertad de creencias y prácticas religiosas:

“De modo que si un hombre deseaba servir a Dios, tenía el privilegio; o más bien, si creía en Dios, tenía el privilegio de servirlo; pero si no creía en él, no había ley que lo castigara…

“Porque había una ley de que todos los hombres debían ser juzgados según sus crímenes. Sin embargo, no había ninguna ley contra la creencia de un hombre…” (Alma 30:9, 11).

Como personas de fe, debemos sentir gratitud por las protecciones gubernamentales que nos permiten adoptar y practicar nuestras creencias religiosas de acuerdo con nuestros deseos. Seguir leyendo

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Prepararse para entrar en la Casa del Señor

PREPARARSE PARA ENTRAR EN LA CASA DEL SEÑORlogo 4
Por el élder Kent F. Richards
De los Setenta, y Director Ejecutivo del Departamento de Templos

Kent F. RichardsSonríe cuando pienses en el templo; es un lugar de poder y bendiciones.

Durante el programa de puertas abiertas de un templo noté a unas niñas que caminaban detrás de sus padres por el interior del templo. Sonrieron al verse reflejadas en los espejos del cuarto de las novias. “Recuerden”, les susurró su abuela, “lo especiales que ustedes son y lo mucho que las ama el Padre Celestial”. Cada niña imaginó la ocasión en que volvería al templo como una mujer de fe, con una hermosura y una capacidad ya maduras, listas para cumplir con su misión en la Tierra. Los niños que asistieron al programa de puertas abiertas también pudieron vislumbrar sus bendiciones y responsabilidades futuras.

Lo que esos niños sintieron en el templo era correcto. El Padre Celestial desea bendecirte; Sus mayores bendiciones se reciben al entrar en el templo para efectuar ordenanzas sagradas, hacer convenios sagrados y cumplir con ellos. Tú eres responsable de prepararte y de estar listo o lista.

El templo es importante en la vida, especialmente cuando eres joven: “El jovencito necesita su lugar en el templo aun más que su padre y su abuelo, quienes se mantienen estables gracias a una vida de experiencias; y la jovencita que se inicia en la vida precisa el espíritu, la influencia y la dirección que se reciben al participar en las ordenanzas del templo”1. Comienza ahora mismo a preparar la mente y el corazón para ser capaz de recibir y entender plenamente esas bendiciones (véanse Mateo 13:23; Marcos 4:20).

Recibir la plenitud del Evangelio

Si te preparas para entrar en el templo, estarás “dispuesto a recibir la plenitud de [Su] evangelio” en el templo (D. y C. 35:12; cursiva agregada). El templo es un lugar de poder y de bendiciones. El Señor indicó al profeta José Smith y a los primeros santos que se congregaran en Kirtland, Ohio, EE. UU., donde, con el tiempo, edificarían un templo. “…y allí seréis investidos con poder de lo alto” (D. y C. 38:32; cursiva agregada). Seguir leyendo

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Oh, está todo bien

OH, ESTÁ TODO BIENlogo 4
Por el presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Cuando pienso en nuestra herencia pionera, una de las cosas más conmovedoras que me vienen a la mente es el himno “¡Oh, está todo bien!” (Himnos, Nº 17). Aquellos que hicieron el largo viaje al Valle del Lago Salado a menudo cantaban ese himno durante el trayecto.

Soy muy consciente de que no todo estaba bien con los santos; los acosaban la enfermedad, el calor, la fatiga, el frío, el miedo, el hambre, el dolor, la duda e incluso la muerte.

Los pioneros, por Robert T. Barrett, cortesía del Museo de Historia de la Iglesia.

Pero, a pesar de tener buenas razones para gritar “nada está bien”, ellos cultivaron una actitud que hoy en día no podemos dejar de admirar. Miraban más allá de sus problemas hacia las bendiciones eternas; y sentían gratitud en sus circunstancias. A pesar de la evidencia de lo contrario, cantaban con toda la convicción de su alma: “¡Oh, está todo bien!”.

Nuestro elogio a los pioneros es en vano si no conlleva una introspección por nuestra parte. Al contemplar su sacrificio y compromiso, éstos son algunos de sus atributos que me inspiran:

Compasión

Los pioneros velaban unos por otros independientemente de sus antecedentes sociales, económicos o políticos. Aun cuando ello los retrasara, causara molestias o significara sacrificio personal y trabajo arduo, se ayudaban los unos a los otros.

En este mundo tendencioso y orientado hacia la ambición, los objetivos personales o partidistas pueden anteponerse a velar por los demás o a fortalecer el reino de Dios. En la sociedad actual, parece que alcanzar ciertos objetivos ideológicos determina la medida de nuestra valía. Seguir leyendo

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Los pioneros: Un ancla para la actualidad

LOS PIONEROS: UN ANCLA PARA LA ACTUALIDADlogo 4
Por el élder Marcus B. Nash
De los Setenta

 Marcus B. NashDel discurso: “Pioneers—Anchors for the Future”, pronunciado en Salt Lake City, en el servicio matutino de adoración de los Hijos de los Pioneros de Utah, el 24 de julio de 2013.

Recuerden a los pioneros, sus historias y el poder de Dios para sostener, salvar y liberar que recibieron como resultado de su fe y su esperanza.

Convencida de la veracidad del Libro de Mormón, Weltha Bradford Hatch pidió que la bautizaran en un río congelado en vez de esperar hasta el verano.

En 1832, Weltha Bradford Hatch —un antepasado de mi esposa, Shelley— y su esposo, Ira, residían en la pequeña comunidad de Farmersville, Nueva York, EE. UU., cerca del lago Seneca. Cuando los misioneros Oliver Cowdery y Parley P. Pratt tocaron a la puerta de la casa de los Hatch, Weltha compró un Libro de Mormón y lo leyó de inmediato. Convencida de su veracidad, pidió que la bautizaran; sin embargo, su esposo le aconsejó que esperara debido al aumento de la persecución y a la llegada inminente de un hijo. Poco después del alumbramiento, Weltha se bautizó, ¡pero sólo después de que hicieron una abertura en el hielo del río en el que se realizó la ordenanza!1.

Ira sentía curiosidad por el mensaje del Evangelio; deseaba saber más, y también sintió la impresión de hacer una contribución para la edificación del Templo de Kirtland. De modo que él y Weltha viajaron en calesa a Kirtland, Ohio, EE. UU., para conocer al profeta José Smith. Al llegar, les dijeron que podrían encontrar al Profeta con un grupo de hombres que estaban cortando árboles en una arboleda cercana.

Después de llegar a la arboleda, uno de los hombres hundió el hacha en uno de los árboles, se acercó a ellos, y dijo: “Hermano Hatch, lo he estado esperando durante tres días; el dinero que usted ha traído se utilizará para construir el púlpito del templo”.

Ese hombre era José Smith. No hace falta decir que Ira se bautizó, y él y Weltha regresaron a su hogar, reunieron sus pertenencias y se unieron a los santos en Kirtland2. Seguir leyendo

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Los atributos divinos de Jesucristo: compasivo y misericordioso

MENSAJE DE LAS MAESTRAS VISITANTESlogo 4
LOS ATRIBUTOS DIVINOS DE JESUCRISTO:
COMPASIVO Y MISERICORDIOSO

Con espíritu de oración, estudie este material y procure saber lo que debe compartir. ¿De qué manera el entender la vida y las funciones del Salvador aumentará su fe en Él y bendecirá a las hermanas que están bajo su cuidado en el programa de maestras visitantes? Si desea más información, visite reliefsociety.lds.org.

Este artículo es parte de una serie de mensajes de las maestras visitantes que presentan atributos divinos del Salvador.

Comprender que Jesucristo ha sido compasivo y misericordioso con nosotros nos puede ayudar a perdonar y a extender misericordia a otras personas. “Jesucristo es nuestro Ejemplo”, dijo el presidente Thomas S. Monson. “Su vida fue un legado de amor: sanó al enfermo; elevó al oprimido y salvó al pecador. Al final, la multitud enfurecida le quitó la vida; y sin embargo, desde la colina del Gólgota resuenan las palabras: ‘Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen’, la expresión máxima de compasión y amor en la Tierra”1.

Si nosotros perdonamos a otras personas sus faltas, nuestro Padre Celestial también nos perdonará. Jesús nos pide: “Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso” (Lucas 6:36). “El perdón de nuestros pecados tiene condiciones”, dijo el presidente Dieter F. Uchtdorf, Segundo Consejero de la Primera Presidencia; “debemos arrepentirnos… ¿No nos hemos todos acercado sumisamente al trono de misericordia, en un momento u otro, para suplicar gracia? ¿No hemos anhelado con toda la energía de nuestra alma recibir misericordia y ser perdonados por los errores y pecados que hemos cometido?… Permitan que la expiación de Cristo los cambie y les sane el corazón. Ámense el uno al otro; perdónense el uno al otro”2.

Escrituras adicionales

Mateo 6:14–15; Lucas 6:36–37; Alma 34:14–16

De las Escrituras

“…debemos perdonar así como somos perdonados”, dijo el élder Jeffrey R. Holland, del Quórum de los Doce Apóstoles3. La historia del hijo pródigo nos muestra ambas caras del perdón: un hijo que es perdonado y otro que tiene dificultades para perdonar.

El hijo más joven tomó su herencia; la gastó rápido y, cuando sobrevino una gran hambruna, trabajó alimentando cerdos. En las Escrituras leemos que, “volviendo en sí”, regresó a su casa y le dijo al padre que no era digno de ser su hijo. No obstante, su padre lo perdonó e hizo matar un becerro gordo para hacer un banquete. El hijo mayor volvió de trabajar en el campo y se enojó; le recordó a su padre que él había servido muchos años, nunca había desobedecido los mandamientos y, sin embargo, “nunca me has dado ni un cabrito para alegrarme con mis amigos”. El padre respondió: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. Pero era menester hacer fiesta y regocijarnos, porque éste, tu hermano, muerto era y ha revivido; se había perdido y ha sido hallado” (véase Lucas 15:11–32).

Considere lo siguiente

¿Cómo puede el perdón beneficiar al que perdona?

Notas

  1. Thomas S. Monson, “El amor: La esencia del Evangelio”, Liahona, mayo de 2014, pág. 91.
  2. Dieter F. Uchtdorf, “Los misericordiosos obtienen misericordia”, Liahona, mayo de 2012, págs. 70, 75, 77; cursiva en el original.
  3. Jeffrey R. Holland, “Las cosas apacibles del reino”, Liahona, enero de 1997, pág. 94.
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Lleno de vida y de energía

LLENO DE VIDA Y DE ENERGÍAlogo 4
Por Randal A. Wright

¿Qué práctica, si se sigue de forma constante y con disciplina, te ayudaría a tener mejor salud, energía e inspiración?

Imagina por un momento que un amigo se te acerca y te pide consejo en cuanto a maneras de recibir revelación personal. Si pudieras darle sólo una idea, ¿cuál sería?

Cuando recién se lo había llamado como Autoridad General, el élder Marion G. Romney (1897–1988) se sentía incompetente para cumplir con su importante llamamiento, por lo que pidió consejo a su amigo, el élder Harold B. Lee (1899–1973), del Quórum de los Doce Apóstoles. El consejo que el élder Romney recibió ese día lo sorprendió y también lo motivó. El élder Lee dijo: “Para tener éxito como Autoridad General, necesitarás ser inspirado; precisarás recibir revelación. Te voy a dar un solo consejo: Acuéstate temprano y levántate temprano. Si lo haces, tu cuerpo y tu mente estarán descansados, y entonces, en las calladas y tempranas horas de la mañana, recibirás más destellos de inspiración y entendimiento que en cualquier otro momento del día”.

Años más tarde, al reflexionar sobre esa experiencia, el entonces presidente Romney dijo: “Desde ese día en adelante llevé ese consejo a la práctica, y sé que funciona. Cuando tengo un problema grave, o alguna asignación de carácter creativo para los que espero recibir la influencia del Espíritu, siempre recibo más ayuda en las primeras horas de la mañana que en cualquier otro momento del día”1.

La primera vez que leí ese relato, a mí también me sorprendió el consejo que el élder Lee le dio. Nunca hubiera relacionado el acostarse y levantarse temprano con la revelación. Sin embargo, ahora sé que hay una correlación directa. También he aprendido que los actos que tradicionalmente se relacionan con recibir revelación, tales como la oración, el estudio de las Escrituras, el ayuno, la asistencia al templo y el servicio, mejoran considerablemente cuando me acuesto y me levanto temprano. Seguir leyendo

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La salida a luz del libro de Mormón

LA SALIDA A LUZ DEL LIBRO DE MORMÓNlogo 4
Por Matthew S. Holland

Este artículo es el segundo de una serie de dos partes sobre el profeta José Smith. El primer artículo: “El sendero a Palmyra”, apareció en el ejemplar de la revista Liahona de junio de 2015.

Al igual que José Smith, uno no tiene que llevar una vida perfecta a fin de ser un poderoso instrumento en las manos de Dios.

Del mismo modo que el sendero de José Smith a Palmyra estuvo sembrado de tribulaciones, angustia y pruebas, así también lo estuvo su empeño por sacar a luz el Libro de Mormón, un proceso que, en un momento dado, lo llevó a uno de sus valles más profundos de la desesperación.

La noche del 21 de septiembre de 1823 José se encontraba inquieto; habían transcurrido tres años desde su magnífica visión en la que vio a Dios el Padre y a Su Hijo Jesucristo frente a frente en respuesta a su ferviente súplica para saber qué iglesia era la verdadera. Desde aquel día, “frecuentemente [había cometido] muchas imprudencias y manifestaba las debilidades de la juventud y las flaquezas de la naturaleza humana” (José Smith—Historia 1:28).

Consciente de esas faltas, José, que tenía 17 años, suplicó el “perdón de todos [sus] pecados e imprudencias” (José Smith—Historia 1:29). Como respuesta a ello, José afirmó que un ángel apareció al lado de su cama, “y dijo que el Señor había perdonado mis pecados”1.

El ángel, que dijo llamarse Moroni, manifestó a José que un libro “escrito sobre planchas de oro”, y que contenía “la plenitud del evangelio eterno”, se había depositado en una colina cerca de su casa en Palmyra, Nueva York. Junto con ese libro había “dos piedras, en aros de plata, las cuales, aseguradas a un pectoral, formaban lo que se llamaba el Urim y Tumim”, el cual “Dios… había preparado para la traducción del libro” (José Smith—Historia 1:34, 35).

Esa noche, Moroni visitó dos veces más al joven cada vez más asombrado, repitiendo minuciosamente lo que había dicho anteriormente. En cada ocasión, agregaba una advertencia, “diciéndome”, dijo José, “que Satanás procuraría tentarme (a causa de la situación indigente de la familia de mi padre) a que obtuviera las planchas con el fin de hacerme rico. Esto él me lo prohibió, y dijo que, al obtener las planchas, no debía tener presente más objeto que el de glorificar a Dios; y que ningún otro motivo había de influir en mí sino el de edificar su reino; de lo contrario, no podría obtenerlas” (José Smith—Historia 1:46).

Cuando José se dirigía a casa a descansar de las faenas de la granja, Moroni lo visitó por cuarta vez.

Al día siguiente, José estaba exhausto por las experiencias que había tenido la noche anterior. Su padre lo eximió de realizar las faenas de la granja, y cuando José se dirigía a su casa para descansar, Moroni lo visitó por cuarta vez. El ángel le mandó que fuera y le dijera a su padre acerca de la visión, lo cual José hizo; y después, se dirigió a la colina cercana (véase José Smith—Historia 1:49–50).

Al llegar a la colina, con la ayuda de una palanca, José abrió una caja de piedra que estaba enterrada, en la que se encontraban las planchas, y se dispuso a sacarlas; al hacerlo, sintió una fuerte sacudida que lo lanzó hacia atrás y lo dejó sin fuerzas. Cuando exclamó por qué no podía obtener las planchas, Moroni le dijo: “Porque no has guardado los mandamientos del Señor”2.

A pesar de la advertencia explícita del ángel, José albergaba sentimientos de que quizás las planchas pudiesen resolver las dificultades económicas de la familia3; por consiguiente, Moroni estableció un periodo de prueba de cuatro años para que José madurara y preparara su corazón y su mente a fin de abordar su llamamiento con la pureza de propósito necesaria para semejante obra sagrada.

Obstáculos para la traducción

Cuatro años más tarde, José por fin estuvo listo; sin embargo, los obstáculos que se le presentaban para traducir las planchas eran enormes. Puesto que había contraído matrimonio hacía poco, José necesitaba trabajar para proveer de lo necesario para Emma y para él, así como para su familia inmediata, que aún dependía considerablemente de su aporte económico. Quizás algo incluso más perturbador es la extensa oposición y avaricia que José enfrentó por parte de la comunidad, lo cual ocasionaba el riesgo de que se expusieran y se perdieran las planchas.

Cuando una chusma de Palmyra exigió que José les mostrara las planchas o se arriesgara a que lo cubrieran de brea y de plumas, entendió que tenía que irse de allí4. De modo que, a finales de 1827, José colocó las planchas en un barril lleno de frijoles (judías, alubias), empacó algunas de sus pertenencias, pidió prestados cincuenta dólares a su amigo y uno de los primeros creyentes, Martin Harris, y llevó a su esposa embarazada, Emma, a más de 161 km al sur, a Harmony, Pensilvania, a vivir con los padres de ella. Tenía la esperanza de que el cambio aminorara sus labores cotidianas y los librara del hervidero de codicia y hostilidad que cundía en Palmyra.

Aquel invierno, las condiciones mejoraron lo suficiente para permitir que José tradujese algunos caracteres del Libro de Mormón. En abril, Martin Harris se trasladó a Harmony para ayudar a José en calidad de escribiente, y la obra de traducción comenzó seriamente. Para mediados de junio —aproximadamente cinco años desde el día trascendental en que por primera vez se le había indicado a José que fuera al cerro Cumorah a obtener las planchas— habían producido 116 páginas de la traducción del manuscrito5.

En ese momento, Martin le suplicó a José que le permitiera llevar el manuscrito a Palmyra para mostrárselo a su esposa, Lucy, quien, como era comprensible, deseaba ver alguna evidencia de lo que consumía tanto tiempo y dinero de su marido. No obstante, después de preguntar al Señor, se le dijo a José en dos ocasiones que no permitiera que Martin se llevara el manuscrito6.

Desesperado por aplacar el escepticismo y las exigencias cada vez más severas de su esposa, Martin importunó a José una vez más. En agonía, José se dirigió al Señor por tercera vez. Como respuesta, el Señor le dijo a José que Martin se podía llevar el manuscrito si lo mostraba únicamente a cinco personas designadas y luego lo devolvía de inmediato. Con renuencia, José le dio el manuscrito, pero sólo después de que Martin firmó un convenio por escrito de hacer lo que el Señor había mandado7.

Eso dio comienzo a una serie de acontecimientos que llevarían a José a la mayor depresión que jamás le ocurriría. Poco tiempo después de que Martin se fuera, Emma dio a luz a un hijo. Ella y José nombraron a su primer hijo Alvin, un reconfortante tributo al amado hermano de José que había muerto cinco años antes. Trágicamente, en lugar de llenar un vacío, el pequeño Alvin lo intensificó cuando falleció el día de su nacimiento, el 15 de junio 1828.

Como si eso no fuera suficiente para soportar, entre el agotamiento de un parto largo e intenso y el sufrimiento emocional de perder a su hijo, Emma misma llegó a estar peligrosamente cerca de la muerte. Durante dos semanas, José estuvo preocupado por Emma, cuidándola para que se restableciera, al mismo tiempo que trataba de superar su propio dolor por el pequeño Alvin. Cuando por fin Emma dio señales de que su salud se había estabilizado, José volvió a pensar en Martin y en el manuscrito8.

Al percibir la ansiedad de José, Emma lo animó a que regresara a Palmyra para ver a Martin e indagar sobre el manuscrito. Con obvia pesadumbre, él tomó una diligencia hacia el norte. Sin poder comer ni dormir durante el trayecto, José logró llegar a la casa de sus padres —tras una caminata de unos 30 km, por la densa oscuridad de la noche, desde el punto donde había bajado de la diligencia— sólo gracias al apoyo de la mano firme de un preocupado compañero de viaje (un “extraño”) que se compadeció de él9.

Después de que José llegó y que finalmente comió un poco, mandó a llamar a Martin. Se suponía que acompañaría a los Smith para desayunar, pero no llegó hasta el mediodía. Caminando lentamente, se detuvo frente al portón de la casa, se sentó en la verja, se tapó los ojos con el sombrero, y se quedó allí sentado10.

 “¡Todo está perdido!”

Finalmente, Martin se dirigió a la casa; sin decir una palabra, tomó los utensilios para comer, pero antes de probar bocado, exclamó: “¡He perdido mi alma!”11.

Al oírlo, José saltó y clamó: “Martin, ¿has perdido el manuscrito? ¿Has quebrantado el juramento, acarreando condenación sobre mi cabeza, así como sobre la tuya?”.

Martin respondió apesadumbrado: “Sí, ha desaparecido, y no sé dónde”12. (Martin había mostrado las páginas del manuscrito a otras personas además de las cinco designadas, “y por estratagema”, contó José más tarde, “fue despojado de ellas”13).

José estalló en sollozos y exclamó: “¡Todo está perdido! ¡Todo está perdido! ¿Qué haré? He pecado; fui yo quien provocó la ira de Dios”. Con esto, “sollozos, gemidos y las más amargas lamentaciones llenaron la casa”, siendo José quien demostraba la mayor angustia de todos14.

La obra de traducción cesó por un tiempo, y a José le fueron quitadas las planchas y los intérpretes hasta el 22 de septiembre, como un doloroso recordatorio de su anterior período de probación. Sufrió, además, esta severa reprimenda del Señor:

“Y he aquí, con cuánta frecuencia has transgredido los mandamientos y las leyes de Dios, y has seguido las persuasiones de los hombres.

“Pues he aquí, no debiste haber temido al hombre más que a Dios. Aunque los hombres desdeñan los consejos de Dios y desprecian sus palabras,

“sin embargo, tú debiste haber sido fiel; y con su brazo extendido, él te hubiera defendido de todos los dardos encendidos del adversario; y habría estado contigo en todo momento de dificultad” (D. y C. 3:6–8).

Imaginen lo difícil que habrá sido recibir una revelación como ésa. José acababa de perder a su primer hijo; había estado a punto de perder a su esposa; y su decisión de dar el manuscrito a Martin fue motivada por un deseo sincero de ayudar a un amigo que lo estaba asistiendo en una obra sagrada. Sí, pese a lo consternado que se encontraba José, y a lo mucho que pensara que dependía de Martin Harris, había pasado por alto algo que Dios espera plenamente de Sus discípulos: siempre confiar en el brazo del Señor y no en el brazo de la carne. Para el mérito eterno de José, él aprendió esa lección de manera tan intensa y profunda que nunca volvió a cometer ese error y, poco después de recibir las planchas y los intérpretes una vez más, dio inicio a un ritmo de aportación religiosa jamás vista desde el ministerio personal de Jesucristo. Empezando en la primavera de 1829, ahora con Oliver Cowdery a su lado, José tradujo la cantidad asombrosa de 588 páginas del Libro de Mormón en lo que fueron, como máximo, 65 días de trabajo15. Eso es en verdad una velocidad vertiginosa cuando se la compara con sus esfuerzos previos. Vale la pena destacar que a 47 eruditos competentes les tomó siete años terminar la traducción de la versión del Rey Santiago de la Biblia, trabajando en idiomas que ya sabían16.

Más aún, en medio de esa producción monumental, José y Oliver también predicaron sermones, recibieron y registraron revelaciones, participaron en la restauración del Sacerdocio Aarónico y el de Melquisedec, fueron bautizados, atendieron sus deberes en el hogar y se trasladaron a Fayette, Nueva York, a fin de publicar el manuscrito. Sin embargo, el milagro más grande de todo esto no radica en la rapidez con la que se lograron las cosas, sino en la complejidad de lo que se produjo en ese marco de tiempo sumamente exigente.

Un libro extraordinario y complejo

De acuerdo con un resumen académico reciente, esto es lo que, en esencia, José produjo en esos 65 días de trabajar en la traducción: “No sólo hay más de mil años de historia [en el Libro de Mormón] en donde se mencionan por nombre a unas doscientas personas y casi cien lugares distintos, sino que la narración misma se presenta como la obra de tres editores/historiadores principales: Nefi, Mormón y Moroni. Esos personajes, a su vez, afirman haber basado sus relatos en decenas de registros preexistentes. El resultado es una mezcla compleja que incorpora múltiples géneros literarios que van desde simples narraciones, sermones y epístolas que se han incluido al texto, hasta poesías y comentarios de las Escrituras. Se requiere considerable paciencia para hacer coincidir todos los detalles de cronología, geografía, genealogía y fuentes de registros, pero el Libro de Mormón es sumamente coherente en todo ello. La cronología se maneja prácticamente sin fallos, a pesar de varias narraciones en retrospectiva y superpuestas provisionalmente… y los narradores mantienen en orden la secuencia así como los lazos familiares entre las veintiséis personas nefitas que llevaban los registros y los cuarenta y un reyes jareditas (incluyendo las líneas genealógicas rivales). La complejidad es tal que uno asumiría que el autor trabajó valiéndose de gráficos y mapas, aunque la esposa de José Smith… negó explícitamente que él hubiera escrito algo de antemano que hubiese memorizado o consultado a medida que traducía; y, de hecho, ella afirmó que José iniciaba las sesiones de dictado sin mirar el manuscrito ni pedir que se le leyera el último pasaje”17.

Todo eso sin mencionar la presencia de estructuras literarias sumamente complejas y de sorprendentes semejanzas con antiguas costumbres y formas de comunicación, entre otras cosas, que están relacionadas con el libro y su traducción18.

Ante todo ello, uno simplemente tiene que preguntarse: ¿Cómo un hombre —especialmente uno que prácticamente carecía de instrucción formal— pudo lograr semejante hazaña? Al menos en mi opinión, José Smith no inventó el Libro de Mormón porque no podría haberlo hecho. Sin embargo, esa lógica, por convincente que parezca, no es, al fin de cuentas, prueba decisiva de la veracidad del libro; ni constituye el fundamento de mi testimonio. Lo que sí hace es dar más peso a lo que el Espíritu me enseñó no hace tanto tiempo como misionero de tiempo completo. En los pasillos sagrados del Centro de Capacitación Misional y en las verdes colinas y valles de Escocia, recibí un testimonio espiritual tras otro de que José Smith fue llamado por Dios, que él fue Su instrumento en estos últimos días, y que sacó a luz un libro que existió mucho antes de que él naciera, un libro que es verdadero y sin par: la incomparable piedra clave de una vida devota llena de felicidad.

Declaro también que la vida de José Smith es un ardiente testimonio de lo que puede ser el mensaje unificador del libro mismo. Al inicio del Libro de Mormón, Nefi declara: “Pero he aquí, yo, Nefi, os mostraré que las entrañables misericordias del Señor se extienden sobre todos aquellos que, a causa de su fe, él ha escogido” (1 Nefi 1:20; cursiva agregada). Al final del libro, Moroni hace esta súplica: “He aquí, quisiera exhortaros a que, cuando leáis estas cosas… recordéis cuán misericordioso ha sido el Señor con los hijos de los hombres, desde la creación de Adán hasta el tiempo en que recibáis estas cosas” (Moroni 10:3; cursiva agregada)19.

Desde el principio hasta el fin, el testimonio y la historia del Libro de Mormón demuestran que Dios está ampliamente dispuesto a trabajar, sanar y bendecir a aquellos que, a pesar de sus pecados e imperfecciones, se vuelven a Él con verdadera contrición y fe.

Pongan su confianza en Dios

Al igual que José Smith, uno no tiene que llevar una vida perfecta a fin de ser un poderoso instrumento en las manos de Dios. Los errores, el fracaso y la confusión fueron parte de la vida y de la misión de José, y también serán parte de la de ustedes; pero no se desesperen, no se sientan tentados a pensar que “todo está perdido”. No todo está perdido y nunca estará perdido para aquellos que contemplen al Dios de misericordia y vivan.

Ustedes tienen un Hermano que vela por ustedes, que está listo para rescatarlos y promover el servicio que presten con brazos mucho más fuertes que los de ustedes; de hecho, más fuertes que todos los otros brazos de la carne combinados. Esos brazos están a su alcance para sostenerlos y bendecirlos “en todo momento de dificultad” (D. y C. 3:8), no importa cuán solos y desalentados se sientan. Por lo tanto, al avanzar en la vida, confíen en esos brazos; “esforzaos y cobrad ánimo; no temáis ni tengáis miedo… porque Jehová tu Dios es el que va contigo; no te dejará ni te desamparará” (Deuteronomio 31:6).

José descubrió eso y cambió el mundo. Ustedes también pueden hacerlo.

Notas

  1. En Histories, Tomo 1, 1832–1844, tomo 1 de la serie de historias de Los documentos de José Smith, 2012, pág. 14; véase también josephsmithpapers.org.
  2. En Histories, Tomo 1, 1832–1844, pág. 83.
  3. Véase de Oliver Cowdery, “A Remarkable Vision”, The Latter-day Saints Millennial Star 7 (noviembre de 1840), pág. 175.
  4. Véase de Martin Harris, en Tiffany’s Monthly, junio de 1859, pág. 170.
  5. Véase Histories, Tomo 1, 1832–1844, pág. 244; véase también Gospel Topics, “Book of Mormon Translation”, lds.org/topics.
  6. Véase Histories, Tomo 1, 1832–1844, pág. 245.
  7. Véase Histories, Tomo 1, 1832–1844, págs. 245–246.
  8. Véase de Lucy Mack Smith, Biographical Sketches of Joseph Smith, the Prophet, and His Progenitors for Many Generations, 1853, pág. 118.
  9. Véase de Lucy Mack Smith, Biographical Sketches, págs. 119–120.
  10. Véase de Lucy Mack Smith, Biographical Sketches, pág. 120.
  11. En Lucy Mack Smith, Biographical Sketches, pág. 121.
  12. En Lucy Mack Smith, Biographical Sketches, pág. 121.
  13. En Histories, Tomo 1, 1832–1844, pág. 247.
  14. En Lucy Mack Smith, Biographical Sketches, págs. 121–122.
  15. Véase de John W. Welch, “How Long Did It Take Joseph Smith to Translate the Book of Mormon?”, Ensign, enero de 1988, pág. 47.
  16. Véase “King James I of England”, kingjamesbibleonline.org/King-James.php.
  17. De Grant Hardy, Understanding the Book of Mormon: A Reader’s Guide, 2010, págs. 6–7.
  18. Véase de Terryl L. Givens, By the Hand of Mormon: The American Scripture that Launched a New World Religion, 2002, pág. 156.
  19. De Grant Hardy, Understanding the Book of Mormon, pág. 8.
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Cosechar las recompensas de la rectitud

Cosechar las recompensas de la rectitud

Por el élder Quentin L. Cook
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Tomado del discurso “The Rewards of Righteousness”, pronunciado durante la Conferencia de la mujer en la Universidad Brigham Young, el 2 de mayo de 2014.


Nada bueno se les negará a los que anden rectamente.

El mundo está, literalmente, en conmoción (D. y C. 45:26); y muchos de los desafíos que enfrentamos son del ámbito espiritual. Hay problemas sociales que nosotros, como individuos, no podemos resolver; no obstante, hay recompensas prácticas que podemos lograr individualmente, incluso en una época en que la rectitud está en decadencia por todo el mundo.

La idea de las “recompensas de la rectitud” es un concepto que está bajo ataque en el mundo de hoy, pero el convencer a la gente de que opte por la rectitud ha sido un desafío desde tiempo inmemorial. “…el hombre natural es enemigo de Dios” (Mosíah 3:19); y siempre ha habido “una oposición en todas las cosas” (2 Nefi 2:11).

La diferencia que existe en nuestros días es que los escépticos del “grande y espacioso edificio” (1 Nefi 8:31) son más vociferadores, más contenciosos y menos tolerantes que en ninguna otra época de mi vida. Demuestran su falta de fe cuando, en muchos asuntos, les inquieta más la idea de que a lo largo de la historia no se los considere populares que la de estar del lado contrario de Dios. Hubo un tiempo en que la gran mayoría de las personas comprendían que iban a ser juzgadas de acuerdo con los mandamientos de Dios y no según los puntos de vista preponderantes ni las filosofías predominantes del momento. Ahora, algunos están más preocupados de que otras personas se burlen de ellos que por el hecho de que Dios los juzgará.

La batalla entre el bien y el mal no es algo nuevo, pero, en la actualidad, hay un porcentaje mucho más alto de personas que erróneamente llegan a la conclusión de que no existe una norma moral y de rectitud a la que todos deban adherirse.

Sin embargo, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días nunca ha tenido miembros más fieles. Los miembros de la Iglesia, junto con otras personas que poseen valores morales similares, representan una isla de fe en un mar de dudas e incredulidad. Sabemos, como lo dijo el profeta Alma, “que la maldad nunca fue felicidad” (Alma 41:10) y que el plan del Padre para Sus hijos es un “plan de felicidad” (Alma 42:8, 16).

Deseo presentar algunas ideas que contribuirán a que ustedes, individualmente y como familia en conjunto, comprendan mejor las recompensas de la rectitud y las reciban. Seguir leyendo

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Adhiérete a los convenios

ADHIÉRETE A LOS CONVENIOSlogo 4
Barbara Thompson
Segunda Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

A medida que tengamos fe en Cristo y nos adhiramos a nuestros convenios, recibiremos el gozo del que se habla en las santas Escrituras y el que nos han prometido nuestros profetas de los últimos días.

“Eleva tu corazón y regocíjate, y adhiérete a los convenios que has hecho”1 No puedo leer este pasaje de Escrituras sin sentir gozo. Mi corazón se regocija al pensar en las promesas y las muchas bendiciones que han formado parte de mi vida a medida que he procurado adherirme a los convenios que he hecho con mi Padre Celestial.

Debido a que mis padres han fallecido, este año tuvimos que limpiar su casa y prepararla para la venta. Durante estos últimos meses en los que mis hermanos y yo la hemos limpiado y clasificado las pertenencias, encontramos historias familiares y muchos papeles y documentos importantes. Ha sido fascinante leer historias personales y las bendiciones patriarcales de mis padres y abuelos. Me ha recordado los convenios que hicieron y guardaron.

Mi abuela Ellen Hanks Rymer era una joven madre en 1912 cuando recibió su bendición patriarcal. Cuando leí su bendición, estas líneas saltaron de la página y se grabaron en mi mente: “Fuiste escogida desde antes de la fundación de la tierra, y un espíritu escogido para venir en esta época… Tu testimonio se magnificará y serás capaz de testificar… El Destructor ha tratado de destruirte, pero si te adhieres a tu Dios, él [el destructor] no tendrá el poder para hacerte daño. Mediante tu fidelidad, tendrás gran poder y el destructor huirá de delante de ti a causa de tu rectitud… Cuando te sobrevenga la hora del temor y de las pruebas, si te retiras a tu cámara secreta en oración, tu corazón será consolado y los obstáculos serán quitados”2.

A mi abuela se le hizo la promesa de que si guardaba sus convenios y permanecía cerca de Dios, Satanás no tendría poder sobre ella, y que encontraría consuelo y ayuda en sus tribulaciones; esas promesas se cumplieron en su vida.

Hoy quisiera hablar sobre (1) la importancia de adherirse a los convenios y (2) del gozo y de la protección que provienen del guardar nuestros convenios.

Algunos de los ejemplos que utilizaré provienen de Hijas en Mi reino: La historia y la obra de la Sociedad de Socorro. El libro está repleto de ejemplos de mujeres que han encontrado gran gozo al guardar convenios. Seguir leyendo

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Cómo recibir un testimonio de luz y verdad

CÓMO RECIBIR UN TESTIMONIO DE LUZ Y VERDADlogo 4
Por El Presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Su testimonio personal de luz y verdad no sólo los bendecirá a ustedes y a su posteridad aquí en la vida terrenal, sino que también los acompañará por toda la eternidad.

Como piloto de aerolíneas, volé muchas horas a través de continentes y océanos durante la oscuridad de la noche. Al mirar el cielo nocturno desde la ventana de mi cabina, en especial la Vía Láctea, a menudo me maravillaba de la inmensidad y la profundidad de las creaciones de Dios, lo que en las Escrituras se describe como “incontables mundos”1.

Hace menos de un siglo que la mayoría de los astrónomos suponían que nuestra galaxia, la Vía Láctea, era la única galaxia en el universo2. Ellos suponían que todo lo que había más allá de nuestra galaxia era un inmenso vacío, un hueco infinito —vacío, frío y carente de estrellas, de luz y de vida.

Cuando los telescopios se volvieron más sofisticados —entre ellos los telescopios que se podían lanzar al espacio— los astrónomos comenzaron a comprender una verdad espectacular, casi incomprensible: el universo es mucho más increíblemente grande de lo que cualquiera había creído antes, y los cielos están llenos de innumerables galaxias inmensamente lejos de nosotros, y cada una de ellas contiene cientos de billones de estrellas3.

En un corto período, nuestro entendimiento del universo cambió para siempre.
Hoy en día podemos ver algunas de esas galaxias lejanas4.
Sabemos que están ahí.
Hay estado allí por mucho tiempo.

Pero antes de que la humanidad tuviera instrumentos lo suficientemente poderosos para acumular luz celestial y hacer posible el ver estas galaxias, no creíamos que tal cosa era posible.

La inmensidad del universo no cambió de repente, sino nuestra habilidad para ver y entender esta verdad cambió radicalmente; y con esa luz mayor, se introdujo a la humanidad a panoramas gloriosos que nunca antes nos habíamos imaginado.

Es difícil para nosotros creer lo que no podemos ver

Supongamos que pudiesen viajar en el tiempo y mantener una conversación con personas que vivieron hace mil o incluso cien años. Imagínense tratando de describirles algunas de las tecnologías modernas que ustedes y yo consideramos normales hoy. Por ejemplo, ¿qué pensarían esas personas de nosotros si les contáramos historias de aviones Jumbo, hornos de microondas, dispositivos manuales que contienen vastas bibliotecas digitales y videos de nuestros nietos que instantáneamente compartimos con millones de personas en todo el mundo?

Algunas personas quizás nos creerían; la mayoría nos ridiculizaría, se opondrían o incluso quizás buscarían hacernos callar o hacernos daño. Algunas podrían intentar aplicar la lógica, el razonamiento y los hechos como los conocen para demostrar que estamos equivocados, que somos insensatos o incluso peligrosos. Podrían condenarnos por intentar confundir a los demás.

Pero por supuesto, estas personas estarían completamente equivocadas. Podrían tener buenas intenciones y ser sinceras; quizás tengan la absoluta certeza de que su opinión es correcta; pero simplemente no podrían ver con claridad porque no han recibido todavía la luz de verdad más completa.

La promesa de luz

Parece ser un rasgo humano el suponer que estamos en lo correcto incluso cuando estamos equivocados. Y, si ése es el caso, ¿qué esperanza hay para nosotros? ¿Estamos destinados a naufragar sin rumbo en un océano de información contradictoria, varados en una balsa que tan débilmente hemos construido con nuestras propias tendencias?

¿Es posible encontrar la verdad?

El propósito de mis palabras es proclamar el mensaje de gozo que Dios mismo —Jehová de los ejércitos, que conoce toda la verdad— ha dado a Sus hijos la promesa de que pueden conocer la verdad por sí mismos.

Por favor, consideren la importancia de esta promesa:

El Dios Sempiterno y Omnipotente, el Creador de este vasto universo, hablará a quienes se acerquen a Él con un corazón sincero y verdadera intención.

Él les hablará a ellos en sueños, visiones, pensamientos y sentimientos.

Él hablará de una manera que es inconfundible y que trasciende la experiencia humana. Él les dará guía divina y respuestas para su vida personal.

Por supuesto, habrá quienes se burlen y digan que tal cosa es imposible, que si hubiera un Dios, Él tendría mejores cosas que hacer que escuchar y responder la oración de una persona.

Pero yo les digo lo siguiente: Dios se interesa por ustedes. Él escuchará y responderá sus preguntas personales. Las respuestas a sus oraciones vendrán a la manera de Él y en Su propio tiempo y, por lo tanto, necesitan aprender a escuchar Su voz. Dios desea que encuentren el camino de regreso a Él; y el Salvador es el camino5. Dios quiere que ustedes aprendan acerca de Su Hijo Jesucristo, y que sientan la paz y el gozo profundos que vienen de seguir el camino del discipulado divino.

Mis queridos amigos, hay un experimento bastante sencillo, con una garantía de Dios, que se encuentra en un antiguo pasaje de Escrituras disponible a cada hombre, mujer y niño que desee ponerla a prueba:

Primero: Deben buscar la palabra de Dios. Eso significa leer las Escrituras y estudiar las palabras de los profetas antiguos como de los modernos con respecto al evangelio restaurado del Jesucristo, no con la intención de dudar o criticar, sino con un deseo sincero de descubrir la verdad. Mediten sobre las cosas que sientan y preparen sus mentes para recibir la verdad6; “aunque no sea más que un deseo de creer, dejad que este deseo obre en vosotros… hasta… que deis cabida a una porción de [las palabras de Dios]”7.

Segundo: Deben considerar, meditar y esforzarse valientemente por creer8, y estar agradecidos por lo misericordioso que ha sido el Señor con Sus hijos desde los tiempos de Adán hasta nuestros días al proporcionarnos profetas, videntes y reveladores que dirigen Su Iglesia y nos ayudan a encontrar el camino de regreso a Él.

Tercero: Deben pedir al Padre Celestial, en el nombre de Su Hijo Jesucristo, que les manifieste la verdad de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Pidan con un corazón sincero y con verdadera intención, teniendo fe en Cristo9.

También hay un cuarto paso, que el Salvador mismo nos indicó: “El que quiera hacer la voluntad de [Dios] conocerá si la doctrina es de Dios o si yo hablo por mí mismo”10. En otras palabras, cuando traten de comprobar la verdad de principios del Evangelio, primero deben vivirlos. Pongan a prueba en su propia vida la doctrina del Evangelio y las enseñanzas de la Iglesia. Háganlo con verdadera intención y fe perdurable en Dios.

Si hacen estas cosas, tienen la promesa de Dios —que está obligado por Su palabra11— de que Él les manifestará la verdad por el poder del Espíritu Santo. Él les otorgará mayor luz que les permitirá ver a través de la oscuridad y ser testigos de panoramas inimaginablemente gloriosos e incomprensibles a la vista humana.

Algunos pueden decir que los pasos son muy difíciles o que no valen la pena el esfuerzo; pero yo diría que este testimonio personal del Evangelio y de la Iglesia es más importante que cualquier cosa que puedan obtener en esta vida; no sólo los bendecirá y guiará durante su vida terrenal, sino que también tendrá un impacto en su vida por toda la eternidad.

Las cosas del Espíritu sólo se pueden entender mediante el Espíritu

Los científicos tuvieron dificultad para entender la amplitud del universo hasta que los instrumentos se volvieron lo suficientemente sofisticados como para recoger más luz a fin de que ellos pudieran entender una verdad más completa.

El apóstol Pablo enseñó un principio paralelo con respecto al conocimiento spiritual. “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios”, escribió a los corintios, “porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente”12.

En otras palabras, si quieren reconocer una verdad spiritual, deben usar los instrumentos correctos. No pueden llegar a un entendimiento de una verdad espiritual con instrumentos que no la pueden detectar.

El Salvador nos ha dicho en nuestros días: “Lo que es de Dios es luz; y el que recibe luz y persevera en Dios, recibe más luz, y esa luz se hace más y más resplandeciente hasta el día perfecto”13.

Cuanto más volcamos nuestro corazón y mente hacia Dios, más luz celestial se destila sobre nuestra alma; y cada vez que voluntaria y sinceramente procuramos esa luz, indicamos a Dios nuestra disposición para recibir más luz. Gradualmente, las cosas que antes parecían confusas, oscuras y lejanas se vuelven claras, brillantes y conocidas para nosotros.

De la misma manera, si nos privamos de la luz del Evangelio, nuestra propia luz comienza a atenuarse —no en un día ni en una semana, sino gradualmente, a través del tiempo— hasta que miramos hacia atrás y no podemos entender por qué alguna vez creímos que el Evangelio era verdadero. Es posible que nuestro conocimiento previo parezca insensato porque lo que alguna vez era tan claro, nuevamente se volvió borroso, confuso y lejano.

Es por eso que Pablo insistía tanto en que el mensaje del Evangelio es locura para quienes están pereciendo, “pero [para quienes] se salvan… es poder de Dios”14.

No hay una prueba decisiva

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es un lugar para personas con toda clase de testimonios. Hay algunos miembros de la Iglesia cuyo testimonio es seguro y arde fuertemente dentro de ellos. Otros aún están esforzándose por saber por sí mismos. La Iglesia es un hogar para que vengan todos, sin importar la profundidad ni la estatura de nuestro testimonio. En las puertas de nuestros centros de reuniones no hay carteles que digan: “Su testimonio debe ser así de fuerte para poder entrar”.

La Iglesia no es sólo para personas perfectas sino que es para que todos “vengan a Cristo y sean perfectos en él”15. La Iglesia es para personas como ustedes y yo. La Iglesia es un lugar de bienvenida y de instrucción, no un lugar de separación ni de crítica. Es un lugar donde tendemos la mano para alentar, elevar y sostenernos el uno al otro al seguir nuestra búsqueda personal de la verdad divina.

Al final, todos somos peregrinos buscando la luz de Dios al viajar por el sendero del discipulado. No condenamos a los demás por la cantidad de luz que puedan tener o no tener; más bien, nutrimos e incentivamos toda luz hasta que sea clara, brillante y verdadera.

Una promesa para todos

Reconozcamos que la mayoría de las veces el obtener un testimonio no es una tarea que toma un minuto, una hora o un día. No es algo que se logra una vez y ya está. El proceso de reunir luz espiritual es una búsqueda de toda la vida.

Su testimonio del Hijo de Dios viviente y Su Iglesia restaurada, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, puede que no llegue tan pronto como lo desean, pero les prometo esto: si hacen su parte, llegará.

Y será glorioso.

Les expreso mi testimonio personal de que la verdad espiritual llenará su corazón y traerá luz a su espíritu; les revelará inteligencia pura acompañada de un gozo maravilloso y una paz celestial. He experimentado esto por mí mismo por el poder del Espíritu Santo.

Como se promete en las Escrituras antiguas, la innegable presencia del Espíritu de Dios hará que canten la canción del amor que redime16, que eleven sus ojos al cielo en alabanzas al Hijo del Dios Altísimo, su Refugio, su Esperanza, su Protector, su Padre. El Salvador prometió que si buscan, encontrarán17.

Testifico que esto es verdad. Si buscan la verdad de Dios, aquella que ahora puede parecer tenue, borrosa y distante, gradualmente se revelará y aclarará, y llegará a ser algo preciado para ustedes mediante la luz de la gracia de Dios; y se les revelarán panoramas espirituales gloriosos, inimaginables al ojo humano.

Es mi testimonio que esta luz espiritual está al alcance de cada hijo de Dios. Iluminará su mente, traerá sanación a su corazón y gozo a sus días. Mis queridos amigos, por favor no demoren el momento de procurar y fortalecer su testimonio personal de la obra divina de Dios, aun la obra de luz y verdad.

Su testimonio personal de luz y verdad no sólo los bendecirá a ustedes y a su posteridad aquí en la vida terrenal, sino que también los acompañará por toda la eternidad, entre los mundos sin fin. De esto testifico y les dejo mi bendición, en el nombre de Jesucristo. Amén.

REFERENCIAS

  1. Moisés 1:33.
  2. Véase Marcia Bartusiak, The Day We Found the Universe, 2009, XII. Siempre me sorprende que podemos estar tan seguros de nuestras conclusiones. A veces nuestra seguridad es tan grande que suponemos que conocemos toda la verdad que existe. Por ejemplo: “Simon Newcomb, el decano de la astronomía estadounidense de finales del siglo XIX, comentó en la dedicación de un observatorio en 1887 que ‘en lo que concierne a la astronomía… parece que rápidamente nos acercamos a los límites de nuestro conocimiento… El resultado es que la labor que realmente ocupa la atención del astrónomo es menos el descubrimiento de cosas nuevas que la elaboración de aquellas que ya se conocen” (Bartusiak, pág. XV).
  3. Es interesante considerar Moisés 1:33, 35 bajo la luz de este descubrimiento “reciente”. El libro de Moisés en La Perla de Gran Precio fue revelado al profeta José Smith en junio de 1830, casi un siglo antes de que Edwin Hubble anunciara su descubrimiento de galaxias lejanas.
  4. Véase, por ejemplo, Hubble Heritage Image Gallery en heritage.stsci.edu/gallery/gallery.html.
  5. Juan 14:6.
  6. 3 Nefi 17:3.
  7. 32:27.
  8. Doctrina y Convenios 67:3.
  9. Moroni 10:3–5.
  10. Juan 7:17; véanse también Salmos 25:14; Juan 3:21.
  11. Doctrina y Convenios 82:10.
  12. 1 Corintios 2:14.
  13. Doctrina y Convenios 50:24.
  14. 1 Corintios 1:18.
  15. Moroni 10:32; véase también Doctrina y Convenios 20:59.
  16. Alma 5:26.
  17. Doctrina y Convenios 88:63.
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La felicidad es su legado

LA FELICIDAD ES SU LEGADOlogo 4
Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Nuestro derecho inalienable, y el propósito de nuestro gran trayecto en esta tierra, es buscar y sentir felicidad eterna.

Mis queridas hermanas: Agradezco ésta, la primera oportunidad que tengo de hablar a las mujeres de la Iglesia congregadas en todas partes del mundo. En especial, es un honor contar hoy día con la presencia del presidente Monson y del presidente Eyring. El coro nos ha llegado al corazón y nos han inspirado los mensajes de la hermana Thompson, de la hermana Allred y de la hermana Beck.

Desde que supe que estaría con ustedes hoy, he pensado en las muchas mujeres que han moldeado mi vida: mi maravillosa esposa Harriet, mi madre, mi suegra, mi hermana, mi hija, mi nuera y muchas amigas. Toda la vida me han rodeado mujeres que me inspiraron, enseñaron y alentaron. Soy quien soy hoy día en gran parte a causa de estas mujeres excepcionales. Cada vez que me reúno con las mujeres de la Iglesia, siento que estoy en la presencia de almas igualmente admirables. Estoy agradecido por estar aquí, por sus talentos, su compasión y servicio; más que nada, estoy agradecido por quienes son ustedes: preciadas hijas de nuestro Padre Celestial y de inmensa valía.

Estoy seguro de que para ustedes no es novedad, pero las diferencias que existen entre los hombres y las mujeres a menudo son muy notables, tanto en el aspecto físico y mental así como en el emocional. Uno de los mejores ejemplos que acuden a mi mente para ilustrar esto es la forma en que mi esposa y yo preparamos una comida.

Cuando Harriet prepara una comida, es una obra de arte. Su cocina es tan variada como el mundo, y con frecuencia prepara platos de países que hemos visitado. La presentación de la comida es majestuosa; de hecho, muchas veces tiene una apariencia tan hermosa que parece un crimen comerla. Es un deleite tanto para la vista como para el sentido del gusto.

Pero sin fallar, no importa lo perfecto que todo esté, la presentación y el gusto, Harriet se disculpará por algo que ella cree que no está perfecto. Ella dirá: “Me parece que usé demasiado jengibre”, o “La próxima vez sería mejor usar un poco más de curry y otra hoja de laurel”.

Permítanme comparar eso con la manera en que yo cocino. Para dar este discurso, le pedí a Harriet que me dijera qué es lo que cocino mejor. Seguir leyendo

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Hijos y discípulos

Conferencia General Abril 2003

Hijos y discípulos

Élder Henry B. Eyring
Del Quórum de los Doce Apóstoles

El Señor confía en Sus verdaderos discípulos. Él envía personas preparadas a Sus siervos preparados.

Todos los que hemos hecho el convenio bautismal hemos prometido enseñar el Evangelio a los demás 1. A veces, el temor al rechazo o a ofender se levanta ante nosotros como un obstáculo imposible de vencer. Sin embargo, hay miembros que salvan esa barrera con facilidad. Los he observado con esmero en mis viajes. Les describiré a algunos de ellos.

El sábado es un día de mercado en todo el mundo. En los campos de Ghana, de Ecuador y de las Filipinas, innumerables personas llevan a la ciudad los productos de su granja y sus artesanías para venderlos, y conversan con las personas que conocen por el camino al igual que con las que están a su alrededor mientras esperan que les compren. Gran parte de la conversación gira alrededor de las dificultades de la vida, de salir de la pobreza y a veces de los peligros que existen.

Entre los que van por los caminos y los que están en el mercado hay Santos de los Últimos Días. Mucho de lo que conversen con las personas con las que entren en contacto ha de ser lo mismo en cualquier parte del mundo. “¿De dónde es usted?” “¿Es su hijo el que le acompaña?” “¿Cuántos hijos tiene?” Pero habrá algo diferente en los Santos de los Últimos Días que se manifestará tanto en su semblante como en lo que digan. Éstos prestan atención a su interlocutor con interés en las respuestas de éste a sus preguntas y con interés en la persona como tal.

Si la conversación dura más de unos cuantos minutos, seguramente se volverá a lo que más les importe a los dos. Tal vez hablen de lo que consideren que trae felicidad y de lo que trae tristeza, y, en seguida, de sus esperanzas para esta vida y para la venidera. El Santo de los Últimos Días hablará con serenidad de la esperanza. Podría suceder que la otra persona le preguntara: “¿Por qué tiene usted tanta paz?” “¿Cómo sabe lo que dice saber?”.

Entonces recibiría una serena respuesta. Quizá acerca de nuestro Padre Celestial y de Su Hijo Jesucristo que aparecieron al joven José Smith. O podría ser del ministerio de amor del Salvador resucitado, como se describe en el Libro de Mormón, a las personas comunes y corrientes que tenían fe en Él y que le amaban como nosotros le amamos. Seguir leyendo

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El inefable don

Conferencia General Abril 2003
El inefable don
Élder Joseph B. Wirthlin
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Si abriése[mos] [nuestros] corazones a la influencia refinadora de este inefable don del Espíritu Santo, se desplegaría una gloriosa y nueva dimensión espiritual.

Es un privilegio estar con ustedes hoy día. Me encanta escuchar la palabra del Señor pronunciada por nuestros líderes al ser guiados por el divino don del Espíritu Santo. Hoy me gustaría decir unas palabras con relación a ese maravilloso don.

¿Se han puesto a pensar alguna vez en la cantidad de luz y energía que genera nuestro sol? Es algo casi incomprensible; sin embargo, el calor y la luz que recibimos son un don gratuito de Dios. Eso es otra prueba de la bondad de nuestro Padre Celestial 1 .

La luz solar cruza el espacio y baña nuestro planeta a medida que gira alrededor del sol, dándonos calor y luz que generan vida. Sin el sol, no habría vida en este planeta; sería para siempre estéril, frío y oscuro.

Tal como el sol da vida y luz a la tierra, una luz espiritual nutre nuestro espíritu; la llamamos la Luz de Cristo. Las Escrituras nos enseñan que “alumbra a todo hombre que viene al mundo” 2 ; de esa manera, todo el género humano puede gozar de sus bendiciones. La Luz de Cristo es la influencia divina que permite a cada hombre, mujer y niño distinguir entre el bien y el mal; insta a todos a escoger lo correcto, a buscar la verdad eterna y a aprender otra vez las verdades que conocíamos en nuestra existencia premortal pero que hemos olvidado en nuestro estado terrenal.

La luz de Cristo no se debe confundir con el personaje del Espíritu Santo, porque la luz de Cristo de ninguna manera es un personaje; es una influencia preliminar y preparatoria para recibir el don del Espíritu Santo. La luz de Cristo guiará al alma sincera a “[escuchar] la voz” 3 para encontrar el Evangelio verdadero y la Iglesia verdadera y así recibir el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es un personaje de Espíritu, un miembro de la Trinidad separado y distinto 4 . Es un testigo o testador del poder de Dios, de la divinidad de Cristo y de la veracidad del Evangelio restaurado. A lo largo de la historia, muchas personas de todas las naciones han buscado diligentemente comunicarse con los cielos para obtener la luz de la verdad del Evangelio y han sentido la influencia del Espíritu Santo confirmar la veracidad del Evangelio. Seguir leyendo

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