Conferencia General Octubre 2004 ¿En qué forma ha sido la Sociedad de Socorro una bendición para usted?
Bonnie D. Parkin
Presidenta General de la Sociedad de Socorro
Debido a que la Sociedad de Socorro ha sido divinamente proyectada, es una bendición no sólo para la mujer, sino para la familia y para la Iglesia.
Al reflexionar en su vida, hace poco, un hombre me contó esta conmovedora historia: “Cuando yo era niño, mi padre era menos activo en la Iglesia, pues tenía dificultades con el alcohol, y, en sus peores momentos, se ponía brusco y acusador. Por lo general, no se oponía a que mamá prestase servicio en el barrio. Ella trabajó en la Primaria treinta y ocho años, y durante gran parte de ese tiempo también prestó servicio en las Mujeres Jóvenes. Llevó una pesada carga. Su matrimonio era difícil y ahora sé que ella se sentía desalentada a veces, pero yo no lo sabía en aquel entonces.
“No me di cuenta sino hasta años después de que las hermanas de nuestro barrio eran su fortaleza. Mi madre no tenía cargos directivos en la Sociedad de Socorro, pero siempre asistía a las reuniones y quería mucho a sus amigas de allí. Nunca pensé en ellas como en las damas de la Sociedad de Socorro; eran sencillamente las hermanas de mamá, que se preocupaban por ella y la querían. Todos los hermanos y todos los hijos de mi madre eran varones, y halló a las hermanas que anhelaba y que necesitaba en nuestro barrio. Sé que compartía con ellas sus sentimientos, los cuales no podía expresar en ninguna otra parte. Nada de eso era para mí en ese entonces característico de la Sociedad de Socorro, pero ahora comprendo que sí lo era” 1 .
Los recuerdos de la Sociedad de Socorro de ese hermano me conmovieron. Sí, los miembros de la Sociedad de Socorro son mujeres, pero esta organización no es sólo una bendición para las hermanas, sino para todos nosotros. Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2004 ¿En qué bando estamos?
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia
Para hallar felicidad y gozo en un mundo cada vez más inicuo, debemos estar claramente del lado del Señor, sin importar lo que suceda.
Mis queridos hermanos, hermanas y amigos. El presidente Hinckley nos ha recordado que los “años dorados” están más repletos de plomo que de oro. Por esa razón les hablo sentado y no de pie. Me estoy recuperando de una hernia discal que provocó que se comprimiera un nervio en mi columna. Se me ha dicho que con el tiempo podré recuperarme por completo.
Expreso mi profundo agradecimiento por las bendiciones que este mundo ha recibido mediante el magnífico servicio de nuestros hermanos recientemente fallecidos, los élderes Neal A. Maxwell y David B. Haight, del Consejo de los Doce Apóstoles. La nuestra es una gran pérdida. Damos ahora la bienvenida al hermano Uchtdorf y al hermano Bednar, hombres fuertes y de fe, a la calidez del consejo del Quórum de los Doce Apóstoles.
Ruego humildemente esta mañana que se me entienda y no se me malinterprete. Para sobrevivir, y hasta para hallar felicidad y gozo en un mundo cada vez más inicuo, debemos estar claramente del lado del Señor, sin importar lo que suceda. Es necesario que seamos fieles cada hora de cada día para que el cimiento de nuestra confianza en el Señor no vacile jamás. Mi mensaje abriga esperanza y consejo para aquellos que se preguntan por la injusta distribución aparente del dolor, del sufrimiento, del desastre y de las tribulaciones de esta vida. Puede que algunos se pregunten: Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2004 En la fuerza del Señor
Élder David A. Bednar
Del Quórum de los Doce Apóstoles
En la fuerza del Señor podemos hacer y soportar y vencer todas las cosas.
Hermanos y hermanas, mi corazón rebosa, mi mente da vueltas, mis rodillas están débiles y temblorosas, y descubro que las palabras son totalmente inadecuadas para comunicar eficazmente los sentimientos y las ideas que deseo compartir con ustedes. Oro e imploro la compañía del Espíritu Santo, para mí y para ustedes, mientras les dirijo brevemente la palabra esta mañana de día de reposo.
En las horas que han transcurrido desde que el presidente Hinckley me extendió este nuevo llamado a servir, he prestado atención a la admonición de Nefi de aplicar “todas las Escrituras a nosotros mismos” (1 Nefi 19:23), con un sentido de propósito e intensidad mayor de lo que haya hecho antes.
He reflexionado en las enseñanzas de Pablo de que “lo necio del mundo escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es” (1 Corintios 1:27). Hoy me resulta muy reconfortante saber que soy de lo verdaderamente débil del mundo.
He meditado la instrucción de Jacob que se presenta en El Libro de Mormón:
“Por tanto, escudriñamos los profetas, y tenemos muchas revelaciones y el espíritu de profecía; y teniendo todos estos testimonios, logramos una esperanza, y nuestra fe se vuelve inquebrantable, al grado de que verdaderamente podemos mandar en el nombre de Jesús, y los árboles mismos nos obedecen, o los montes, o las olas del mar.
“No obstante, el Señor Dios manifiesta nuestras debilidades para que sepamos que es por su gracia y sus grandes condescendencias para con los hijos de los hombres por las que tenemos poder para hacer estas cosas” (Jacob 4:6–7).
Hermanos y hermanas, les ruego que presten mucha atención a la forma en que se emplea la palabra gracia en el pasaje que acabo de leer. Del Bible Dictionary (Diccionario Bíblico en inglés), aprendemos que la palabra gracia a menudo se usa en las Escrituras para indicar un poder que fortalece o hace posible que las cosas ocurran: “La idea principal de la palabra es la ayuda o fortaleza que se dan a través de la abundante misericordia y amor de Jesucristo. Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2004 El poder del amor de Dios
Élder John H. Groberg
De la Presidencia de los Setenta
Llenos de Su amor podemos sobrellevar bien el dolor, disipar el temor, perdonar libremente, evitar la contención, renovar la fortaleza y bendecir y ayudar a los demás.
¿Por qué el verdadero amor conmueve todo corazón? ¿Por qué la frase sencilla “Te quiero” produce en todos tal alegría?
El hombre da varias razones, pero la verdadera razón es que toda persona que viene a la tierra es un hijo o una hija espiritual de Dios. Debido a que todo el amor emana de Dios, nacemos con la capacidad y el deseo de amar y ser amados. Uno de los vínculos más fuertes que tenemos con nuestra vida preterrenal tiene que ver con lo mucho que nuestro Padre y Jesús nos amaron y lo mucho que nosotros los amamos a Ellos. Pese a que se descorrió un velo sobre nuestra memoria, siempre que percibimos el verdadero amor, se despierta una añoranza que no se puede negar.
El responder al verdadero amor es parte de nuestro ser verdadero; llevamos en nuestro interior el deseo de experimentar aquí en la tierra el amor que sentimos allá. Únicamente si sentimos el amor de Dios y llenamos nuestros corazones de Su amor podemos ser realmente felices.
El amor de Dios llena la inmensidad del espacio; por lo tanto, no hay escasez de amor en el universo, sólo en nuestra disposición para hacer lo que sea necesario para sentirlo. Para lograrlo, Jesús explicó que debemos “[amar] al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo” (Lucas 10:27). Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2004 El pertenecer es nuestra sagrada primogenitura
Bonnie D. Parkin
Presidenta General de la Sociedad de Socorro
Les testifico que en verdad son parte de ella, que ustedes pertenecen a la Sociedad de Socorro que es el redil del Buen Pastor para las hermanas.
Hermanas, me regocijo por estar juntas en esta ocasión. ¡Gracias por sus incontables actos caritativos, por el progreso constante de sus testimonios, por las muchas comidas que llevan a los demás! ¡Ustedes marcan la diferencia y son la luz del sol para el alma!
En estos tiempos peligrosos, hallo consuelo en la promesa de que “si [estamos] preparados, no temer[emos]” 1. La Sociedad de Socorro nos ayuda a estar preparadas, no sólo temporal, sino espiritualmente. ¡Pero la Sociedad de Socorro no puede ayudarnos en nuestra preparación sin nuestra participación! Me preocupa que algunas de ustedes sientan que no encajan en la Sociedad de Socorro, que no pertenecen a ella. Ya sea que nos consideremos muy jóvenes o muy de edad, muy ricas o muy pobres, muy inteligentes o muy poco instruidas, ¡ninguna de nosotras es tan diferente que no pueda pertenecer a ella! Lo que más deseo es que cada una de ustedes sienta que en verdad encaja, que pertenece. Les testifico que en verdad son parte de ella, que ustedes pertenecen a la Sociedad de Socorro que es el redil del Buen Pastor para las hermanas.
Me compenetro con el presidente Joseph F. Smith, cuando dijo en 1907: “En la actualidad se da mucho el caso de que nuestras hermanas jóvenes, vigorosas e inteligentes piensen que sólo las de más edad han de estar vinculadas con la Sociedad de Socorro”; y añadió: “Eso es un error” 2.
Hace poco, visité Etiopía y conocí a Jennifer Smith. Si alguna mujer podía decir que no pertenecía a la Sociedad de Socorro, ésta era la hermana Smith. Ella dijo: “Era tan diferente a las otras hermanas de nuestra rama. El idioma, la ropa, la cultura, todo parecía ser una brecha entre nosotras. Pero, cuando hablábamos del Salvador… la brecha disminuía. Cuando hablábamos de un amoroso Padre Celestial… ya no había brecha”; y siguió diciendo: “No podemos cambiar ni quitar las cargas de los demás, pero sí podemos incluir y hacer pertenecer a cada una con amor” 3. Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2004 De las cosas pequeñas
Kathleen H. Hughes
Primera Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro
No debemos cansarnos de hacer lo bueno, ni tampoco impacientarnos; el progreso que buscamos llegará “en su tiempo”.
El mensaje del gran himno de la restauración que hemos cantado en la apertura de esta reunión ha permanecido en mi mente y corazón desde que lo escogimos. “Dejad que Sión se levante; Su luz comienza a brillar… Preparando a su pueblo para recibir al Señor”(“Let Zion in Her Beauty Rise”, Hymns, Nº 41). Es glorioso pensar en ese tiempo prometido, cuando el Señor regresará, pero también es sobrecogedor considerar los cambios que debemos realizar para prepararnos para ello. No obstante, queridas hermanas, al conocerles y observar su devoción, creo que, como pueblo, no somos tan deficientes como a menudo pensamos serlo. Tenemos motivos para sentir esperanza y confianza a medida que nos preparamos.
Septiembre de 1832 fue un período de preparación muy agitado para los primeros santos. El Profeta se disponía a mudarse al hogar de John Johnson al sureste de Kirtland, Ohio; y otros hermanos se preparaban para partir a Misuri. En medio de tanta preparación, José Smith recibió la revelación que ahora conocemos como la sección 64 de Doctrina y Convenios. Tras dar instrucciones a los que irían a Misuri, el Señor les recordó: “Mas todas las cosas tienen que acontecer en su hora. Por tanto, no os canséis de hacer lo bueno, porque estáis poniendo los cimientos de una gran obra. Y de las cosas pequeñas proceden las grandes” (D. y C. 64:32–33; cursiva agregada).
Estos versículos son una guía al prepararnos nosotras mismas y nuestra familia para vivir en “tiempos peligrosos” (véase 2 Timoteo 3:1). No debemos cansarnos de hacer lo bueno, ni tampoco impacientarnos; el progreso que buscamos llegará “en su tiempo”. Es más, la gran obra que deseamos realizar procederá de las “cosas pequeñas”. Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2004 Cómo tener fe en el Señor Jesucristo
Élder Robert D. Hales
del Quórum de los Doce Apóstoles
Sólo la fe en el Señor Jesucristo y en Su expiación puede brindarnos paz, esperanza y comprensión.
Creer en el Salvador y en Su misión es tan esencial que es el primer principio del Evangelio: “Fe en el Señor Jesucristo” 1 . ¿Qué es la fe? En su epístola a los Hebreos, en el Nuevo Testamento, el apóstol Pablo enseñó que la fe es “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” 2 . ¿Y cómo obtenemos la fe? ¿Cómo logramos la convicción de la realidad de nuestro Salvador, a quien no hemos visto? Las Escrituras nos enseñan esto:
“A algunos el Espíritu Santo da a saber que Jesucristo es el Hijo de Dios, y que fue crucificado por los pecados del mundo;
“a otros les es dado creer en las palabras de aquéllos, para que también tengan vida eterna, si continúan fieles” 3 .
Desde el principio, los profetas han sabido que Jesucristo es el Hijo de Dios, han sabido de Su misión terrenal y de Su Expiación por toda la humanidad. Los registros sagrados dan profecías de miles de años, no sólo de la primera venida de nuestro Salvador, sino también de la Segunda Venida, un día glorioso que, sin duda alguna, vendrá.
Si hubiéramos vivido en los días de aquellos profetas de antaño, ¿habríamos creído en sus palabras? ¿Habríamos tenido fe en la venida de nuestro Salvador?
En la antigua América, Samuel el lamanita profetizó que la noche del nacimiento del Salvador “[habría] grandes luces en el cielo… al grado que a los hombres les parecería que es de día” 4 . Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2004 Cómo encontrar la paz y sanar el alma
Élder Dale E. Miller
De los Setenta
A medida que la conversión madura y se sostiene mediante las obras del Espíritu Santo, el alma se sana y encuentra la paz.
Tenemos muchas reuniones de comités en las Oficinas Generales de la Iglesia. A principios de este año, y en una de esas reuniones, el élder Neal A. Maxwell escuchaba con atención una presentación cuyo tema era el desarrollo de los líderes locales. Cerca del final de la reunión, el élder Maxwell preguntó: “¿Hay alguna otra cosa que podamos hacer para ayudar a los obispos a sanar y a llevar paz a los santos?”. A mí me interesó saber más de su inquietud; entonces, poco antes de su fallecimiento, y en la privacidad de su despacho, el élder Maxwell amplió el tema de las doctrinas relacionadas con el obtener la paz y la sanidad. Él alentó el hecho de que yo compartiera estas observaciones con los miembros de la Iglesia.
El élder Maxwell fue y sigue siendo un ejemplo maravilloso de amor abnegado. Su preocupación por los demás era fuerte y sincera, sobre todo por aquellos con dolores físicos y emocionales. Cuando uno salía de la oficina de él, no se podía contener el deseo de ser más semejante a Cristo. Él estableció la pauta que todos debemos seguir. Amaba al Salvador. Fue en realidad un verdadero apóstol y discípulo; le extrañamos.
Él nos dio extraordinarios conceptos de cómo la sanidad y la paz totales sólo se logran mediante la conversión plena del alma; nos relató cómo había aprendido hacía muchos años del presidente Marion G. Romney los pasos que se requieren para la conversión total. Citó unas palabras que el presidente Romney pronunció en un discurso de una conferencia general, en el cual citó las palabras del Salvador a Pedro: “pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos” (Lucas 22:32). El presidente Romney comentó: “Parecería que el ser miembro de la Iglesia y el estar convertido no son necesariamente sinónimos. Estar convertido, como se utiliza aquí, y tener un testimonio, tampoco significan lo mismo. El testimonio se obtiene cuando el Espíritu Santo testifica de la verdad a la persona que sinceramente la está buscando. Un testimonio conmovedor vitaliza la fe; lo cual quiere decir que induce al arrepentimiento y a la obediencia a los mandamientos. La conversión, por otra parte, es el fruto o la recompensa del arrepentimiento y de la obediencia” (en Conference Report, octubre de 1963, pág. 24). Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2004 Cómo asegurar nuestro testimonio
Élder Donald L. Staheli
De los Setenta
El leer, meditar y aplicar las lecciones de las Escrituras, junto con la oración, se convierte en un factor irremplazable para obtener y preservar un testimonio fuerte y vibrante.
Hace poco, tuve una conversación con un joven que estaba considerando servir en una misión. Mientras hablábamos, se hizo evidente que le costaba tomar la decisión, ya que tenía dudas acerca de la fortaleza de su testimonio del Evangelio de Jesucristo. Él quería saber por qué no había recibido respuestas más claras a sus oraciones y a su estudio de las Escrituras.
Ese joven, a quien llamaré Jim, se crió en el campo misional, en un hogar con padres amorosos que hacían su mejor esfuerzo por enseñar los principios del Evangelio a sus hijos.
Él es un destacado atleta y muy popular entre sus amigos de la escuela. Sin embargo, es sólo uno de los pocos alumnos miembros de la Iglesia de la enorme institución a la que asiste.
Al haber criado a mi familia en el campo misional, de inmediato me identifiqué con los desafíos de Jim: el de querer seguir fiel a los principios del Evangelio y al mismo tiempo ser aceptado por sus amigos más allegados, cuyos valores y creencias por lo general diferían de los de él. Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2004 Comentarios finales
Presidente Gordon B. Hinckley
Espero que vayamos a la casa del Señor un poco más frecuentemente.
Hemos tenido otra grandiosa conferencia. Qué reuniones tan extraordinarias son y qué gran propósito cumplen. Nos reunimos en un espíritu de adoración y con un deseo de aprender, y renovamos nuestros lazos como miembros de esta gran familia de Santos de los Últimos Días que viven en muchos países, que hablan una variedad de idiomas, que provienen de diferentes culturas y que incluso son de apariencia diferente. Pero reconocemos que todos somos uno, cada cual un hijo o una hija de nuestro Padre Celestial.
En unos minutos este enorme Centro de Conferencias en Salt Lake City estará vacío; las luces se apagarán y las puertas se cerrarán. Lo mismo ocurrirá en otros miles de centros de reuniones de este vasto mundo. Espero que volvamos a nuestros hogares enormemente enriquecidos. Nuestra fe se habrá fortalecido y nuestra determinación se habrá vigorizado. Si nos hemos sentido derrotados y desalentados, espero que hayamos recibido nuevo aliento en nuestra vida; si hemos andado errantes y hemos sido indiferentes, espero que sintamos un espíritu de arrepentimiento. Si hemos sido crueles o malos y egoístas, espero que hayamos tomado la determinación de que cambiaremos. Todos aquellos que anden por fe habrán fortalecido su fe.
Hoy es lunes en el Lejano Oriente; mañana será lunes en el Hemisferio Occidental y en Europa. Es un tiempo que hemos designado para efectuar la noche de hogar para la familia. En esa ocasión, espero que los padres y las madres reúnan a sus hijos a su alrededor y hablen de algunas de las cosas que hayan oído en esta conferencia; incluso quisiera que anotaran algunas de ellas, las meditaran y las recordaran. Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2004 Caminando hacia la luz de Su amor
Anne C. Pingree
Segunda Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro
Las relaciones forjadas entre las mujeres del convenio en la Sociedad de Socorro… pueden iluminar, alegrar y enriquecer el trayecto de la vida.
En las primeras mañanas de primavera y cuando el sol apenas se asomaba por las cimas de las montañas, Jan y yo empezamos a caminar juntas. Habiendo sido recientemente asignadas compañeras para ser maestras visitantes, ambas éramos madres jóvenes con familias con hijos pequeños y con horarios ocupados y exigentes.
Jan y su familia se acababan de mudar a nuestro barrio y no estaba segura de qué conversaríamos. Con esfuerzo y sin aliento, caminábamos día tras día, subiendo y bajando las pendientes de un camino montañés.
Al principio, nuestras conversaciones eran charlas alegres acerca de nuestros esposos e hijos, de sus intereses y de las escuelas en la localidad. Poco a poco abrimos nuestros corazones la una a la otra, conversando de ideas espirituales y tratando en detalle nuestras experiencias para encontrar los principios de verdad. Parecía que a medida que nos esforzábamos para poner nuestro cuerpo en forma, empezamos a poner en forma nuestras almas. Disfruté de ese maravilloso ejercicio.
Aprendí dos lecciones inolvidables de mi jornada con Jan, las cuales siguen iluminando mi mente y llenando mi alma de gozo. La primera es que, cualesquiera sean las circunstancias de la vida de ustedes, si están espiritualmente preparadas, no deben temer (véase D. y C. 38:30).
Mucho después de empezar nuestras caminatas juntas, me enteré que años antes Jan había tomado decisiones que la habían ido apartando, paso a paso, de la Iglesia y hacia un sendero que ahora ella lamentaba. Cerca del tiempo en que nuestras vidas se cruzaron, ella había tomado la determinación de poner su vida en orden. El anhelo de su corazón era prepararse para ser sellada a su esposo y a sus hijos en el templo. Ella había deseado una sola cosa, tal como Nefi lo expresó: “[reconciliarse] con Cristo y [entrar] por la puerta angosta, y [caminar] por la senda estrecha que guía a la vida eterna, y [continuar] en la senda hasta el fin del día de probación” (2 Nefi 33:9). Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2004 “Apacienta mis ovejas”
Élder Ned B. Roueché
De los Setenta
Todos tenemos una gran responsabilidad… [que] incluye buscar a los que no están con nosotros y extenderles nuestro amor y hermandad.
Cuando era un joven misionero en México, fui llamado a servir como presidente de rama en un pequeño pueblo del estado de Veracruz. Cuando mi compañero y yo revisábamos las cédulas de miembro de nuestra diminuta rama, encontramos la de un hermano que había sido ordenado diácono pero que no asistía a las reuniones.
Hicimos los arreglos para reunirnos con él y, al hablarle, le invitamos a ir a las reuniones y a servir en sus responsabilidades del sacerdocio. El domingo siguiente asistió, pero no iba vestido de la forma apropiada y no se había afeitado, así que le enseñamos acerca de la apariencia limpia y pulcra al oficiar en esas sagradas responsabilidades del sacerdocio, lo cual incluía repartir la Santa Cena. La vida del hermano cambió de manera considerable a medida que servía con fidelidad. Esa rama fue mi última asignación en la misión antes de volver a casa. Cuando me preparaba para irme de la rama, ese buen hombre vino, me rodeó con sus brazos, me levantó y con un fuerte abrazo me hizo girar. Mientras lo hacía, las lágrimas le rodaban por las mejillas y dijo: “Gracias por venir y ayudarme”.
A veces perdemos nuestro enfoque y nos alejamos de la Iglesia. A veces nos sentimos ofendidos u ocurre algún otro problema; pero el resultado es el mismo y no podemos reclamar las bendiciones que podrían ser nuestras. El orgullo, la desconfianza, el engaño, el desaliento y muchos tipos de pecados se podrían retirar si cambiamos nuestros corazones y seguimos la senda que el Salvador nos ha mostrado. Él dice: “Aprende de mí y escucha mis palabras; camina en la mansedumbre de mi Espíritu, y en mí tendrás paz”. (D. y C. 19:23) El Salvador ha pagado nuestro rescate; Él ama a cada uno de nosotros y tiende una mano a todos los que vengan a Él y le sigan.
Cada uno de nosotros lleva en su interior la llama del deseo de hacer el bien. Cuando a esa llama se la alimenta y nutre con las verdades eternas del Evangelio y el testimonio del Espíritu, responderá y crecerá con mayor fuerza y fulgor hasta que nos lleve a la plenitud de la verdad. La llama se debe atizar por medio del amor y del tierno cuidado, y después mediante la constante nutrición. Como el jardinero que cultiva flores hermosas, el constante y delicado cuidado y nutrición con el tiempo resultarán en hermosas flores que disfrutarán todos aquellos que las contemplen.
El perdón es también una parte clave de nuestro retorno a la felicidad en el reino de nuestro Padre. Quizás en alguna ocasión alguien nos haya ofendido o agraviado, y ello se puede convertir en una piedra de tropiezo que nos desvíe de nuestro objetivo eterno, el cual es regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial. El Salvador nos mostró el modelo del perdón al enseñarnos cómo orar. Él dijo: “Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores” (Mateo 6:12). Por medio de esas palabras podemos ver que, para ser perdonados, tenemos que perdonar a los demás. No obstante, cuando las heridas son profundas y se han tenido que soportar durante mucho tiempo, eso, a veces, puede resultar difícil.
Sin embargo, en estos últimos días, el Salvador enseñó este principio aún más claramente con estas palabras: “En la antigüedad mis discípulos buscaron motivo el uno contra el otro, y no se perdonaron unos a otros en su corazón; y por esta maldad fueron afligidos y disciplinados con severidad.
“Por tanto, os digo que debéis perdonaros los unos a los otros; pues el que no perdona las ofensas de su hermano, queda condenado ante el Señor, porque en él permanece el mayor pecado.
“Yo, el Señor, perdonaré a quien sea mi voluntad perdonar, mas a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres” (D. y C. 64:8–10). Si seguimos ese consejo, nos servirá para superar incluso las pruebas más difíciles.
Cuando perdonamos y abandonamos lo que nos ha atribulado grandemente y nos ha desviado del camino, nos quitamos un gran peso de nuestras almas y eso nos hace libres… libres para seguir adelante y progresar en pos del Evangelio de Jesucristo, con más amor en nuestros corazones. Seremos bendecidos con un aumento de entusiasmo por la vida y nuestros corazones estarán más ligeros. Una oleada de energía espiritual nos impulsará hacia el gozo y la felicidad. Los problemas del pasado serán despojados como ropa vieja y desgastada. “Y ahora os digo que el buen pastor os llama; y si escucháis su voz, os conducirá a su redil y seréis sus ovejas” (Alma 5:60).
Se requiere valor para regresar si nos hemos desviado de la senda del Salvador. Les prometo que si ejercitan ese valor y dan los pasos necesarios, se encontrarán con una efusión de amor. Habrá muchos que se regocijarán con ustedes y les tenderán la mano en señal de hermandad. Serán nutridos de amor y su corazón rebozará de gozo.
“Recordad que el valor de las almas es grande a la vista de Dios;
“porque he aquí, el Señor vuestro Redentor padeció la muerte en la carne; por tanto, sufrió el dolor de todos los hombres, a fin de que todo hombre pudiese arrepentirse y venir a él…
“¡Y cuán grande es su gozo por el alma que se arrepiente!” (D. y C. 18:10–11, 13).
Todos somos hermanos y hermanas, hijos de nuestro Padre Celestial, y debemos tender una mano a aquellos que, por alguna razón, han olvidado la senda. Les amamos y les invitamos a venir a la mesa a compartir el banquete espiritual que el Señor ha preparado para su gozo y felicidad. Si vienen con un corazón bien dispuesto y obediente, y listos para participar y servir, conocerán el amor de nuestro Padre Celestial. Él les conoce, sabe de sus necesidades y lo que les depara el futuro. Él tiene un perfecto entendimiento de los sentimientos, los padecimientos y las pruebas de cada uno de nosotros. Debido a ello y a la infinita expiación de Su Hijo Jesucristo, podrán enfrentar cada desafío que se les presente en esta vida.
Todos tenemos una gran responsabilidad que el Salvador nos ha puesto sobre los hombros. El dijo: “…Apacienta mis ovejas” (Juan 21:17). Eso incluye buscar a los que no estén con nosotros y extenderles nuestro amor y hermandad. Ellos estuvieron con nosotros en la vida preterrenal, han hecho convenios sagrados y ahora necesitan nuestra ayuda.
Ruego que cada uno de nosotros tenga en cuenta a los familiares, amigos y conocidos que no estén disfrutando de la plenitud de las bendiciones del Evangelio. Piensen en aquellos por quienes ustedes son responsables por motivo de su llamamiento. Pregúntense: “¿Qué puedo hacer?” Nuestro Padre Celestial les guiará a medida que busquen Su ayuda. Entonces vayan y búsquenlos, e invítenlos a regresar y a disfrutar de todas las bendiciones correspondientes a su condición de miembro y del maravilloso mensaje del Evangelio restaurado de Jesucristo. Permítanles sentir el amor y escuchar el testimonio de ustedes. Ayúdenles a recordar los sentimientos que una vez tuvieron acerca de las verdades eternas, lo cual llenará sus vidas de gozo y felicidad.
Ruego que estemos anhelosamente consagrados en el recogimiento de Sus ovejas que se hayan descarriado, a fin de que éstas se encuentren seguras en el rebaño. “…aquel que es poderoso para salvar” (2 Nefi 31:19) es el Buen Pastor y ama a Sus ovejas.
Conferencia General Octubre 2004 Anhelosamente consagrados
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia
Hay miembros de quórumes y aquellos que deberían ser miembros de nuestros quórumes que necesitan ayuda.
Mis queridos hermanos, es una experiencia solemne y una lección de humildad estar ante ustedes esta tarde y responder a la invitación de enseñar y testificar en cuanto al sagrado privilegio que tenemos de portar el sacerdocio de Dios. Ruego tener su fe y oraciones.
Además de los que poseen el Sacerdocio Aarónico y el de Melquisedec que se encuentran presentes esta tarde aquí en este hermoso Centro de Conferencias o en otras localidades por todo el mundo, hay un gran número de poseedores del sacerdocio que, por alguna razón, se han alejado de sus deberes y han elegido seguir otros caminos.
El Señor nos dice claramente que debemos tender una mano de ayuda y rescatar a esas personas, y a sus seres queridos, para traerlos a la mesa del Señor. Haríamos bien en prestar atención a las instrucciones divinas del Señor cuando declaró: “Por tanto, aprenda todo varón su deber, así como a obrar con toda diligencia en el oficio al cual fuere nombrado” (1) . Y agregó:
“Porque he aquí, no conviene que yo mande en todas las cosas; porque el que es compelido en todo es un siervo perezoso y no sabio; por tanto, no recibe galardón alguno.
“De cierto digo que los hombres deben estar anhelosamente consagrados a una causa buena, y hacer muchas cosas de su propia voluntad y efectuar mucha justicia;
“porque el poder está en ellos, y en esto vienen a ser sus propios agentes. Y en tanto que los hombres hagan lo bueno, de ninguna manera perderán su recompensa” (2) .
Las sagradas Escrituras proporcionan a ustedes y a mí un modelo para seguir, cuando dicen: “Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres” (3) . Y Él “anduvo haciendo bienes… porque Dios estaba con él” (4) .
Al estudiar la vida del Maestro, he observado que Sus lecciones perdurables y Sus maravillosos milagros por lo general ocurrían cuando se encontraba haciendo la obra de Su Padre. En el camino a Emaús, Él se apareció con un cuerpo de carne y huesos; comió alimentos y testificó de Su divinidad. Todo esto ocurrió después de que salió de la tumba.
Antes de eso, mientras se encontraba en el camino a Jericó, le restituyó la vista a un ciego.
El Salvador siempre se encontraba activo y ocupado: enseñando, testificando y salvando a los demás. Ése es nuestro deber personal como miembros de los quórumes del sacerdocio en la actualidad.
En una proclamación de la Primera Presidencia y del Quórum de los Doce Apóstoles emitida el 6 de abril de 1980, se expuso esta declaración de testimonio y de verdad:
“Afirmamos solemnemente que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es, de hecho, la restauración de la Iglesia restablecida por el Hijo de Dios cuando en Su vida mortal organizó Su obra en la tierra; que lleva Su sagrado nombre, el nombre de Jesucristo; que está edificada sobre el cimiento de apóstoles y profetas, siendo Él mismo la piedra angular; que Su sacerdocio, tanto el orden de Aarón como el de Melquisedec, fue restaurado por las manos de aquellos que lo poseyeron antiguamente: Juan el Bautista, en el caso del Sacerdocio Aarónico; y Pedro, Santiago y Juan, en el caso del Sacerdocio de Melquisedec” (5) .
El 6 de octubre de 1889, el presidente George Q. Cannon expresó esta súplica:
“Deseo ver fortalecido el poder del sacerdocio… Deseo ver esta fortaleza y poder difundidos por toda la organización del sacerdocio, abarcando desde la cabeza hasta el último y más humilde diácono de la Iglesia. Todo hombre debe buscar las revelaciones de Dios y disfrutarlas, esa luz de los cielos que resplandece en su alma y le da conocimiento con respecto a sus deberes, con respecto a esa porción de la obra de Dios a la que es llamado como poseedor del sacerdocio” (6) .
Esta tarde compartiré con ustedes dos experiencias de mi vida: una que se llevó a cabo cuando yo era un jovencito, y la otra en cuanto a un amigo mío que era esposo y padre de familia.
Poco después que fui ordenado al oficio de maestro en el Sacerdocio Aarónico, fui llamado a servir como presidente del quórum. Nuestro asesor, Harold, se interesaba en nosotros, y nosotros lo sabíamos. Un día me dijo: “Tom, a ti te gusta criar palomas, ¿verdad?”.
Le respondí con un entusiasta: “Sí”.
Luego me preguntó: “¿Te gustaría que te regalara una pareja de palomas de raza pura?”.
Esta vez le contesté: “¡Sí, claro!”. Las que yo tenía eran de las comunes que atrapaba en el techo de la escuela primaria.
Él me invitó a que fuera a su casa a la tarde siguiente. Ese día fue uno de los más largos de mi vida. Yo había estado esperando una hora antes de que él regresara a casa del trabajo. Me llevó al palomar, que tenía en un pequeño cobertizo, al fondo de su terreno. Mientras yo contemplaba las palomas, que eran las más hermosas que hasta entonces había visto, él me dijo: Escoge cualquier macho, y te daré una hembra que es distinta de todas las palomas del mundo”. Después de hacer mi selección, él me puso en la mano una diminuta hembra; la miré y le pregunté qué era lo que la hacía diferente de las otras. Me contestó: “Obsérvala con atención, y verás que tiene un solo ojo”. Era cierto; le faltaba un ojo, que había perdido en una pelea con un gato. “Llévalas a tu palomar”, me aconsejó, “tenlas encerradas unos diez días, y después suéltalas para ver si se han acostumbrado al lugar y se quedan allí”.
Seguí las instrucciones de Harold. Cuando las solté, el macho se pavoneó un poco por el techo del palomar, y luego entró a comer; pero la hembra desapareció en un instante. Inmediatamente llamé a Harold y le pregunté si la paloma tuerta había regresado al palomar de él.
“Ven”, me dijo, “y nos aseguraremos”.
Mientras caminábamos desde la puerta de la cocina hasta el palomar, mi asesor me comentó: “Tom, tú eres el presidente del quórum de maestros”. Por supuesto, yo ya sabía eso. Luego agregó: “¿Qué piensas hacer para activar a Bob, que es miembro de tu quórum?”.
Le contesté: “Lo invitaré a la reunión del quórum esta semana”.
Él entonces alargó la mano hacia un nido especial y me entregó la paloma tuerta. “Mantenla encerrada durante unos días, y vuelve a probar”. Así lo hice, y una vez más el ave desapareció. La historia se repitió. “Ven, y veremos si volvió acá”. Mientras íbamos hacia el palomar, me hizo este comentario: “Te felicito por haber conseguido que Bob fuera al sacerdocio. Y ahora, ¿qué harán tú y él para activar a Bill?”.
“Lo tendremos en la reunión la próxima semana”, le contesté.
Esa experiencia se repitió una y otra vez. Yo ya era un adulto cuando llegué a darme cuenta de que Harold, mi asesor, en verdad me había regalado una paloma especial, la única paloma de todo su palomar que él sabía que volvería cada vez que la pusiera en libertad. Fue su manera inspirada de tener una entrevista personal del sacerdocio ideal con el presidente del quórum cada dos semanas. Le debo mucho a aquella paloma tuerta, y le debo aún más a aquel asesor de quórum que tuvo la paciencia y la facultad de ayudarme a prepararme para las responsabilidades futuras.
Padres y abuelos, tenemos una responsabilidad aún mayor de guiar a nuestros preciosos hijos y nietos; ellos necesitan nuestra ayuda, nuestro ánimo y nuestro ejemplo. Se ha dicho sabiamente que nuestros jóvenes necesitan menos críticos y más modelos para seguir.
Tenemos ahora el ejemplo de hombres en cuyos hábitos y modo de vivir hay muy poca asistencia a la Iglesia o actividades de la Iglesia de cualquier clase. El número de esos futuros élderes ha ido creciendo, debido a esos jovencitos de los quórumes del Sacerdocio Aarónico que se desvían al recorrer el sendero de éste, y a esos hombres maduros que se bautizan, pero que no perseveran en las actividades ni en la fe para se les llegue a ordenar élderes.
Pienso no sólo en el corazón y en el alma de cada uno de esos hombres, sino en el pesar de sus dulces esposas e hijos. Esos hombres esperan una mano de ayuda, una palabra de aliento y un testimonio personal de la verdad expresado desde un corazón lleno de amor y un deseo de elevar y edificar.
Una de esas personas era Shelley, un amigo mío; su esposa e hijos eran miembros excelentes, pero todos sus esfuerzos por motivarlo para que se bautizara y recibiera las bendiciones del sacerdocio habían sido lamentablemente en vano.
Entonces murió la madre de Shelley; éste estaba tan afligido que se apartó a un cuarto especial de la funeraria donde recibiría la transmisión del servicio fúnebre, a fin de estar solo y de que nadie le viese llorar su tristeza. Mientras lo consolaba en aquel cuarto, antes de acercarme al púlpito, me dio un abrazo, y me di cuenta de que algo le había llegado al corazón.
Pasó el tiempo; Shelley y su familia se mudaron a otra parte de la ciudad y yo fui llamado a presidir la Misión Canadiense, y junto con mi familia, nos mudamos a Toronto, Canadá, donde estuvimos durante tres años.
Al volver, y después que fui llamado al Quórum de los Doce, Shelley me habló por teléfono y dijo: “Obispo, ¿podría sellar a mi esposa y a mí y a nuestra familia en el Templo de Salt Lake?”.
Vacilante, le contesté: “Shelley, primero hay que hacerse miembro de la Iglesia”.
Se rió y respondió: “Me encargué de eso mientras usted estuvo en Canadá. Lo hice para darle la sorpresa. Teníamos un maestro orientador que solía visitarnos con regularidad y me enseñó las verdades de la Iglesia. En su trabajo, él ayudaba a los niños todas las mañanas a cruzar la calle para ir a la escuela y por las tardes cuando volvían a casa, y me pidió que le ayudara. Durante los ratos en los que no había niños que acompañar a cruzar, me daba más instrucción acerca de la Iglesia”.
Tuve el privilegio de ver ese milagro y de sentir el gozo con el corazón y con el alma. Se efectuaron los sellamientos y quedó unida una familia. Poco después, murió Shelley. Yo tuve el privilegio de hablar en los servicios funerales. Tendré por siempre grabada en mi memoria la imagen del cuerpo de mi amigo Shelley en el féretro, vestido con la ropa del templo. Derramé lágrimas, lágrimas de gratitud, porque se había hallado al que estuvo perdido.
Aquellos que han sentido la influencia del amor del Maestro, por alguna razón no pueden explicar el cambio que se efectúa en ellos. Tienen el deseo de vivir mejor, de servir con fidelidad, de caminar con humildad y ser más como el Salvador. Después de recibir su vista espiritual y vislumbrar las promesas de la eternidad, hacen eco a las palabras del hombre ciego a quien Jesús le restituyó la vista y que dijo: “una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo” (7) .
¿Cómo podemos explicar esos milagros? ¿A qué se debe el aumento en la actividad espiritual de hombres que durante tanto tiempo habían sido menos activos? El poeta, al hablar de la muerte, escribió: “Dios tocó al hombre, y éste durmió” (8) . Yo digo, al hablar de este nuevo nacimiento, “Dios tocó a los hombres, y despertaron”.
Hay dos razones fundamentales que en gran parte son responsables de estos cambios de actitud, de hábitos y de acciones.
Primero, al hombre se le han indicado sus posibilidades eternas y ha tomado la decisión de lograrlas. El hombre ya no puede sentirse conforme con la mediocridad una vez que lo eminente está a su alcance.
Segundo, otros hombres y otras mujeres, y, sí, otras personas jóvenes han seguido la admonición del Salvador y han amado a su prójimo como a sí mismos y han ayudado a realizar los sueños y las ambiciones de su prójimo.
En este proceso, el catalizador ha sido el principio del amor.
El transcurso del tiempo no ha alterado la capacidad del Redentor para cambiar la vida de los hombres. Tal como le dijo a Lázaro, ya muerto, así Él les dice a ustedes y a mí: “Ven” (9) . Yo agrego: Sal de la desesperación de la duda; sal de la aflicción del pecado; sal de la muerte de la incredulidad; sal a una nueva vida. Ven.
Al hacerlo, y al dirigir nuestros pasos a lo largo de los senderos donde Jesús caminó, recordemos el testimonio que Él dio: “He aquí, yo soy Jesucristo, de quien los profetas testificaron que vendría al mundo… soy la luz y la vida del mundo” (10) . “Soy el primero y el último; soy el que vive, soy el que fue muerto; soy vuestro abogado ante el Padre” (11) .
Hay miembros de quórumes y aquellos que deberían ser miembros de nuestros quórumes que necesitan ayuda. John Milton escribió en su poema “Lycidas” lo siguiente: “Las ovejas hambrientas miran hacia arriba, y no reciben sustento” (12) . El Señor mismo le dijo al profeta Ezequiel: “¡Ay de los pastores de Israel, que… no [apacientan] a las ovejas” (13).
Mis hermanos del sacerdocio, la tarea es nuestra. Sin embargo, recordemos, y nunca olvidemos, que esa empresa no es imposible. Los milagros se ven por doquier cuando se magnifican los llamamientos del sacerdocio. Cuando la fe reemplaza la duda, cuando el servicio desinteresado elimina los deseos egoístas, el poder de Dios lleva a cabo Sus propósitos. Estamos en la obra del Señor; tenemos derecho a recibir la ayuda del Señor. Pero debemos esforzarnos. De la obra Shenandoah provienen las palabras de inspiración: “Si no nos esforzamos, entonces no hacemos nada; y si no hacemos nada, entonces, ¿por qué estamos aquí?”.
Seamos todos hacedores de la palabra y no tan sólo oidores (14). Sigamos el ejemplo de nuestro Presidente, Gordon B. Hinckley, el Profeta del Señor.
Que, al igual que los seguidores de antaño del Salvador, respondamos a la invitación: “Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres” (15). Que así sea, es mi oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.
Notas
D. y C. 107:99.
D. y C. 58:26–28.
Lucas 2:52.
Hechos 10:38.
Véase “Proclamación”, Liahona, julio de 1980, pág. 87.
Deseret Semi-Weekly News, 29 de octubre de 1889, pág. 5.
Juan 9:25.
Alfred, Lord Tennyson, In Memoriam A. H. H., sección 85, estrofa 5, línea 4.
Al comienzo de un nuevo año, desafío a los Santos de los Últimos Días de todo el mundo a que emprendan la búsqueda personal, diligente y significativa de lo que yo llamo la vida abundante: una vida llena de éxito, bondad y bendiciones. Del mismo modo que en la escuela aprendimos los conceptos básicos, les ofrezco mis propios principios básicos a fin de que todos podamos lograr la vida abundante.
Tengan una actitud positiva
El primer principio básico se refiere a la actitud. William James, un psicólogo y filósofo pionero de los Estados Unidos, escribió: “La revolución más grande de nuestra generación es el descubrimiento de que los seres humanos, al cambiar su actitud mental, pueden cambiar el aspecto exterior de su vida”1.
Tantas cosas en la vida dependen de nuestra actitud. La forma en que escogemos ver las cosas y respondemos a los demás marca toda la diferencia. El poner nuestro mejor empeño y luego decidir ser felices en nuestras circunstancias, sean cuales sean, nos trae paz y satisfacción.
Charles Swindoll —escritor, educador y pastor cristiano— dijo: “Para mí, la actitud es más importante que… el pasado… que el dinero, que las circunstancias, que los fracasos, que los éxitos, que lo que otras personas piensen, digan o hagan. Es más importante que el aspecto físico, los talentos o la habilidad. Determinará el éxito o la caída de una compañía, una iglesia o un hogar. Lo extraordinario es que cada día podemos decidir qué actitud tendremos ese día”2.
No podemos dirigir el viento, pero podemos ajustar las velas. A fin de tener la mayor felicidad, paz y satisfacción posibles, decidamos tener una actitud positiva.
Crean en ustedes mismos
El segundo principio es creer en ustedes mismos, en las personas que los rodean y en principios eternos.
Sean sinceros con ustedes mismos, con los demás y con su Padre Celestial. Una persona que no fue sincera con Dios hasta que ya fue demasiado tarde fue el cardenal Wolsey, quien, según Shakespeare, tuvo una larga vida al servicio de tres soberanos y gozó de riquezas y poder. Al final, fue despojado de su poder y sus posesiones por un rey impaciente. El cardenal Wolsey se lamentó:
De haber servido a mi Dios con sólo la mitad de celo
que he puesto en servir a mi rey,
no me hubiera entregado éste, a mi vejez,
desnudo, al furor de mis enemigos3.
Thomas Fuller, un clérigo e historiador inglés que vivió durante el siglo XVII, escribió esta verdad: “No es creyente aquel que no vive de acuerdo con su creencia”4.
No se pongan límites y no permitan que otras personas los convenzan de que lo que ustedes pueden hacer tiene un límite. Crean en ustedes mismos y luego vivan de tal modo que puedan lograr aquello de lo que son capaces.
Ustedes pueden lograr lo que crean que pueden lograr. Confíen, crean y tengan fe.
Enfrenten las dificultades con valor
El valor se convierte en una virtud valiosa y significativa cuando se lo considera no tanto como la voluntad de morir con valentía, sino como la determinación de vivir con dignidad.
El ensayista y poeta estadounidense Ralph Waldo Emerson dijo: “Sea lo que sea que hagas, necesitas valor; sea cual sea el camino que escojas, siempre habrá alguien que te dirá que estás equivocado; siempre surgen dificultades que te tentarán a creer que quienes te critican están en lo cierto. El trazar un curso de acción y seguirlo requiere una porción del mismo valor que necesita un soldado. La paz tiene sus victorias, pero se necesitan hombres y mujeres valientes para ganarlas”5.
Habrá ocasiones en que tendrán temor y se desanimarán; tal vez se sientan derrotados; las probabilidades de lograr la victoria quizá parezcan abrumadoras. En ocasiones tal vez se sientan como David cuando intentó luchar contra Goliat; pero recuerden: ¡David ganó!
Se necesita valor para dar el primer paso hacia nuestra meta anhelada, pero se necesita aún más valor cuando uno tropieza y debe hacer un segundo esfuerzo para lograrla.
Tengan la determinación para realizar el esfuerzo, la resolución para trabajar a fin de alcanzar una meta digna y el valor no sólo para enfrentar las dificultades que inevitablemente llegarán, sino también para realizar un segundo esfuerzo, en caso de ser necesario. “A veces, el valor es esa vocecita suave que, al final del día, dice: ‘Mañana volveré a intentarlo’”6.
Ruego que recordemos estos principios básicos al comenzar nuestra jornada hacia el nuevo año, que cultivemos una actitud positiva, una creencia de que podemos alcanzar nuestras metas y resoluciones, y el valor para enfrentar cualquier desafío que se presente en nuestro camino. Entonces disfrutaremos de una vida abundante.
Referencias
William James, en Lloyd Albert Johnson, comp., A Toolbox for Humanity: More Than 9000 Years of Thought, 2003, pág. 127.
Charles Swindoll, en Daniel H. Johnston, Lessons for Living, 2001, pág. 29.
William Shakespeare, La vida del rey Enrique VIII, Obras completas, Aguilar, S. A. de Ediciones, Madrid, España, Acto III, escena II, pág. 837.
Thomas Fuller, en H. L. Mencken, ed., A New Dictionary of Quotations, 1942, pág. 96.
Ralph Waldo Emerson, en Roy B. Zuck, The Speaker’s Quote Book, 2009, pág. 113.
Mary Anne Radmacher, Courage Doesn’t Always Roar (El valor no siempre brama), (2009).
El élder L. Tom Perry, quien ha servido como miembro del Quórum de los Doce Apóstoles desde 1974, falleció el 30 de mayo de 2015. Le precedieron en la muerte su primera esposa, Virginia Lee, quien falleció en 1974, y su hija, que falleció en 1983. Tom y Virginia Lee tienen tres hijos. Le sobreviven su segunda esposa, Barbara Taylor Dayton, con quien el élder Perry se casó en 1976, y dos hijos.
Nació de buenos padres
Lowell Tom Perry nació el 5 de agosto de 1922 en Logan, Utah,EE. UU.; hijo de Leslie Thomas Perry y Nora Sonne Perry. Era uno de los seis hijos de la familia. Los padres de Tom amaban y enseñaban el Evangelio en su hogar en cada oportunidad que tenían. Esa crianza recta fue una fuente de fortaleza para el élder Perry durante toda la vida.
El joven Tom Perry (fila de arriba, a la izquierda) con sus padres, hermanos y hermanas. El élder Perry todavía recordaba la formación espiritual que sus padres le brindaron cuando era niño.
En su primer discurso de conferencia general como apóstol, el élder Perry dijo de su niñez: “Cada mañana no sólo nos vestíamos con impermeables, sombreros y botas para protegernos de las inclemencias del tiempo, sino que además, nuestros padres nos vestían con la armadura de Dios. Cuando nos arrodillábamos para orar y escuchábamos a nuestro padre, un poseedor del sacerdocio, volcar su alma al Señor e implorar protección para su familia contra los dardos de fuego del maligno, eso añadía una capa más de protección a nuestro escudo de fe. Mientras nuestro escudo se fortalecía, el de ellos siempre estaba disponible, porque ellos estaban disponibles, y nosotros lo sabíamos”1.Desde temprana edad, Tom aprendió a trabajar arduamente. Ayudó en las tareas de la familia, incluso el sembrado y el cuidado de un gran huerto. “¡Cuán agradecido estoy a mi padre, que tuvo la paciencia para enseñarme el arte de cuidar un huerto!”, dijo él. “En mi familia no sólo se nos enseñó el arte de almacenar y utilizar alternativamente los víveres almacenados, sino también la forma de producir las frutas y legumbres necesarias para poder llenar las botellas vacías otra vez”2.Su madre fue una gran maestra en el hogar; enseñó a sus hijos verdades académicas y del Evangelio en cada oportunidad que tenía, incluso mientras hacían los quehaceres de la casa. “La enseñanza era algo innato en ella y era mucho más exigente con nosotros que nuestros maestros de la escuela o de la Iglesia”3.Por la noche, se quedaba fuera de la puerta de la habitación el tiempo suficiente para asegurarse de que sus hijos hicieran sus oraciones.De su madre, el élder Perry dijo: “… reconocía que a los padres les es confiado educar a sus hijos y, en última instancia, que los padres deben asegurarse de que a sus hijos se les enseñe lo que su Padre Celestial desea que aprendan”4. Seguir leyendo →