Conferencia General Abril 1982
La integridad: madre de muchas virtudes
por el élder James E. Faust
del Consejo de los Doce
Me gustaría recalcar hoy tres elementos importantes de la integridad: El ser sinceros y justos con nosotros mismos, el ser honestos en nuestro trato con los demás y el reconocer la ley de la cosecha. Perdonad si mi franqueza os ofende, pues no es ése mi deseo. Mi único anhelo es que podáis comprender mi mensaje.
El diccionario define la palabra «íntegro» con esta explicación: «Dícese del recto, probo, e intachable» y algunas de sus connotaciones son las de algo completo, firme e incorruptible. La integridad es la madre de muchas virtudes y empieza al ser uno honrado consigo mismo.
Walter Spat, el primer presidente de estaca en Sudamérica, ha sido por muchos años propietario de una gran mueblería en Sao Paulo, Brasil. Las rosas, las figuras y los diseños que tan delicadamente se esculpen en las finas maderas hacen de sus muebles los más bellos que haya visto yo jamás. Cada pieza es de una belleza exquisita y cada creación es una obra de arte. En una oportunidad en que mi esposa, Ruth, y yo nos encontrábamos junto a la entrada de su fábrica, vimos un hermoso mueble recién hecho que llevaban para ponerlo en exposición. La textura de la madera era hermosa y su acabado perfecto, mas para el presidente Spat el trabajo de las partes metálicas no era satisfactorio; de modo que sin vacilación tomó un destornillador y unos alicates y le quitó la decoración, diciendo: «Esta no es obra mía». Este hermano no puede dar por terminado un mueble que no esté lo más perfecto posible, ya que para él su trabajo refleja su honor e integridad.
Ralph Waldo Emerson (filósofo norteamericano 1803-1821), dijo:
«Todo hombre se cuida de que el vecino no lo engañe, mas en el día en que él empiece a preocuparse de no engañar a su vecino, todo irá bien, pues habrá cambiado un carretón por un coche grande y lujoso» (Conduct of Life, de The Complete Writings of Ralph Waldo Emerson, Nueva York: William H. Wise, 1929, pág. 585.)
De nuestra integridad depende nuestro valor personal, ya que ella es el cumplimiento del deber que tenemos para con nosotros mismos. El hombre o la mujer honorable se compromete a vivir de acuerdo con sus propias expectativas, y no necesita que se le controle, pues su honor procede de lo profundo de su ser.
¿Dónde desempeña el alma mejor su papel? ¿Acaso en lo que exterioriza? ¿O en lo interior, donde el ojo mortal no puede penetrar y donde tenemos la defensa interna en contra de las tragedias de la vida? Seguir leyendo












por el Élder Neal A. Maxwell



























