Allí está la luz

C. G. Octubre 1976logo pdf
Allí está la luz
por el élder John H. Groberg
del Primer Quórum de los Setenta

John H. GrobergMis queridos hermanos, pido que os concentréis en vuestra fe y oraciones, a fin de que todo lo que se diga y escuche esté bajo la influencia del Espíritu de Dios.

Quisiera relataros una experiencia que bien puede aplicarse a nuestra época, aunque sucedió hace unos veinte años; pero aquella lección se ha hecho más significativa con el transcurso del tiempo y es sumamente importante en la actualidad.

Cuando era misionero, como presidente de un distrito tenía a mi cargo los asuntos de la Iglesia y la prédica del evangelio, en un grupo de quince pequeñas islas dispersadas en el mar. En una ocasión, recibimos la noticia de que un misionero se encontraba muy enfermo en una isla algo retirada. Amenazaba tormenta, mas sintiéndonos responsables por él y después de orar, nos dirigimos a investigar la situación. El mar borrascoso nos retrasó mucho y llegamos a destino al oscurecer. Nuestro compañero estaba muy enfermo; oramos fervientemente y lo ungimos, después de lo cual sentimos la fuerte impresión de que debíamos llevarlo de inmediato al hospital, que estaba en la isla principal. Para entonces el tiempo se había deteriorado hasta convertirse en una borrasca; el mar estaba agitado, las nubes eran negras, el viento rugía y caía va una noche oscura y tenebrosa. Pero la inspiración era demasiado fuerte como para desobedecerla. Hablamos del peligroso viaje y de la angosta abertura del arrecife, por la que tendríamos que entrar a la bahía; finalmente, ocho personas abordamos el bote que nos llevaría de regreso.

Tan pronto como nos embarcamos, la furia de la tormenta se intensificó, y al internarnos en la oscuridad de la borrasca, mi espíritu pareció también hundirse en las sombras de la duda y la aprensión. Nos rodeaba un torbellino de agua que parecía aprisionarnos en cuerpo, mente y espíritu. Recordé entonces una escritura del Nuevo Testamento, y comprendí al padre del niño enfermo cuando exclamó: «Creo; ayuda mi incredulidad» (Mar. 9:24). Y el Señor lo hizo; y lo hace y hará siempre por quien se lo pida. Seguir leyendo

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Adquisición y dirección de proyectos de producción

C. G. Octubre 1976logo pdf
Adquisición y dirección de proyectos de producción
por el obispo H. Burke Peterson
Primer Consejero en el Obispado Presidente

H. Burke PetersonQueridos hermanos, esta mañana quisiera hablar algo más sobre el desafío del obispo Brown a los obispos y presidentes de estaca, para que éstos se involucren en los proyectos de producción de bienestar tan pronto como sea posible. Si vuestros barrios no se encuentran involucrados actualmente, aseguraos de que lo hagan durante el período en que vosotros estéis en vuestro cargo.

Habrá que considerar con sumo cuidado que el tipo de proyecto que se encara sea el adecuado, que provea los artículos necesarios para los almacenes de vuestros obispos, ayudando así al área correspondiente a ser autónoma en el cuidado de sus pobres y necesitados; si los barrios están ya involucrados en estos proyectos ya sea a nivel de barrio o de estaca, aseguraos de que los miembros tengan suficientes oportunidades de participar en ellos y que los mismos se operen en forma adecuada. Como sabréis, los proyectos de bienestar pueden organizarse en un barrio, con varios barrios o con toda la estaca. La clave de este desafío se encuentra por supuesto, en lograr la realización de la tarea durante el tiempo en que estéis desempeñando vuestros cargos. Mi propósito esta mañana, es ofrecer suficientes ideas para lograr esta meta; con ese fin, pongamos estos proyectos en su verdadera perspectiva, contestando algunas preguntas básicas:

¿Cómo se cuida con la Iglesia, de los pobres, los necesitados y las personas que tienen problemas? En D. y C. 83: 4 – 5, el Señor dice lo siguiente:

«Todos los niños tienen el derecho de recibir el sustento de sus padres hasta que sean mayores de edad.

Y después, si sus padres no tienen con qué darles heredades, pueden pedirlo a la Iglesia, o en otras palabras, al alfolí del Señor».

Cuando un individuo no puede cuidar de sí mismo, su familia debe proveerle la asistencia necesaria para su recuperación, tanto material como de cualquier otra índole; una vez que la familia de la persona necesitada haya hecho todo lo posible para proveerle el dinero o los artículos que le hagan falta, será entonces obligación del obispo asistirla en sus necesidades. De acuerdo con el Manual de los Servicios de Bienestar, el obispo de cada barrio tiene el deber de cuidar de los pobres y necesitados de la Iglesia… El es el único responsable de determinar a quién, cuándo, cómo y cuánto se dará de los fondos de la Iglesia, tratándose de cualquier miembro de su barrio. Esa es su grande y solemne obligación, impuesta por el Señor mismo; a pesar de la ayuda que reciba para llevar a cabo este servicio, él continuará siendo el único responsable. Los obispos deben recordar que se encuentran bajo la sagrada obligación de seguir en forma detallada todo el programa de los Servicios de Bienestar que se relaciona con el servicio que se les preste a los pobres y necesitados. Uno de los principales elementos que a menudo se deja de lado, es la vital necesidad de que todos participen en el programa establecido de trabajar al máximo de su capacidad. Los directores del sacerdocio que tengan un mínimo de comprensión, jamás olvidarán este principio básico; se puede destruir el alma cuando lo que se recibe no esté condicionado con lo que se da. Seguir leyendo

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¿A quién salvaremos?

C. G. Octubre 2016logo pdf
¿A quién salvaremos?
por el élder Jacob de Jager
del Primer Quórum de los Setenta

Jacob de JagerY sois llamados para efectuar el recogimiento de mis electos; porque mis elegidos escuchan mi voz y no endurecen sus corazones.» (D. y C. 29:7.)

Esta es una tarea gigantesca para los que estamos envueltos en la edificación del reino de nuestro Padre. He oído tantos testimonios maravillosos sobre hombres y mujeres que se unieron a la Iglesia, que deseo decir: nunca sabemos a quién hemos de salvar. Y para ilustrar mi idea, me gustaría volver con vosotros por un momento a mi nativa Holanda, donde seis generaciones de antepasados de mi padre vivieron en un pequeño pueblecito pesquero. Los habitantes eran pescadores, trabajaban en la construcción de barcas pesqueras, eran marineros o se encargaban de arreglar las redes de los pescadores; muchos de ellos se dedicaban también a la tarea voluntaria, pero extremadamente peligrosa de salvar vidas. Eran hombres valientes, que siempre estaban listos para salir en misiones de rescate. Con cada ventarrón, había barcas que pasaban por dificultades, y muchas veces los marineros tenían que aferrarse a los aparejos de sus botes, en una lucha desesperada por escapar con vida. Año tras año, el mar reclamaba sus víctimas.

En cierta ocasión, durante una terrible borrasca, se supo que había una barca que estaba en peligro de zozobrar; entonces partieron varios marinos en un bote de remos, para rescatar a la tripulación de la barca pesquera. Las olas eran enormes y los hombres tenían que hacer un tremendo esfuerzo con los remos, a fin de llegar hasta sus desafortunados compañeros en medio de la oscuridad de la noche y la furia de los elementos. Finalmente llegaron hasta ellos, pero resultó que el bote era demasiado pequeño para acomodar a todos los náufragos, y fue necesario que uno de los hombres se quedara.

Cuando los salvadores llegaron a la playa, había muchas personas esperando ansiosas, con antorchas para alumbrar la negra noche. Los mismos hombres no podían regresar a buscar al náufrago, pues se encontraban exhaustos. Entonces, el capitán de guardacostas pidió voluntarios para hacer el segundo viaje; entre los que dieron un paso al frente sin vacilar, había un joven de diecinueve años llamado Hans que estaba allí acompañado por su madre. Cuando el joven se adelantó, la madre, aterrada, le rogó que no fuera; su esposo había muerto en el mar y Peter, su hijo mayor, figuraba entre los «desaparecidos». El único que le quedaba era Hans, y temía perderlo. Pero Hans le respondió: «Madre, no llores. Tengo que ir. ¡Es mi deber!». Después, subió al bote, tomó los remos y se perdió en las tinieblas de la noche. Seguir leyendo

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A pesar de nuestras flaquezas

Conferencia General Octubre de 1976

A pesar de mis flaquezas

Neal A. Maxwell

por el élder Neal A. Maxwell
del Primer Consejo de los Setenta


Es con devoción y con espíritu reverente que hablo hoy, no a aquellos que esquivan sus deberes en el reino, sino a los que llevan su carga; no a los que se dejan arrullar por un falso sentido de seguridad, sino a los que carecen de ella; a los que trabajan en el reino, y abrigan la persistente duda de no hacer lo suficiente.

También los primeros discípulos que oyeron a Jesús predicar una doctrina exigente, preguntaron: “¿Quién, pues, podrá ser salvo?” (Mat. 19:25).

Es esencial que recordemos que este sentimiento de ineptitud que a veces nos embarga, es normal. No existe modo en que se pueda describir cuánto camino nos queda por recorrer, sin darnos una sensación de enorme distancia.

En el reino donde la meta es la perfección, la necesidad de mejorar se hace imperiosa; aún los profetas están sujetos a flaquezas. También nuestro Profeta actual se ha enfrentado a esos momentos cruciales y se ha sentido incapaz de superarlos; y sin embargo, lo ha logrado. Sí, la sensación de ineptitud es común como la de cansancio.

En Doctrinas y Convenios, sección 10, versículo 4, encontramos esta referencia: “No corras más a prisa ni hagas más de lo que tus fuerzas permitan”, lo que sugiere el mismo progreso gradual que Dios usó en la creación de la tierra y el hombre. Existe, por lo tanto, gran diferencia entre estar “anhelosamente consagrado” y estar excesivamente anhelante, lo que resulta en vanos esfuerzos.

A algunos de nosotros no se nos ocurriría condenar a nuestro vecino por sus flaquezas, mas no nos podemos perdonar las nuestras. Afortunadamente, el Señor tiene para con nosotros más caridad que nosotros mismos, pues frecuentemente somos nuestro juez más severo. Debemos recordar que un crítico constructivo es aquel que ama a quien amonesta, aun si se trata de sí mismo. En Doctrinas y Convenios 93:12, leemos que Jesús “no recibió de la plenitud al principio, mas recibía gracia por gracia”, y en Lucas 2:52, dice que El “crecía en sabiduría y en estatura. . .”

A través de las Escrituras vemos rivalidades entre hermanos, pero también profunda amistad, como la que unía a David y Jonatán; vemos que había malos entendimientos aun en relaciones tan entrañables como la de Pablo y Bernabé; vemos a un Profeta recordándole al rey Saúl que “. . . eras pequeño en tus propios ojos. . .” (Sam. 15: 17); vemos a nuestros primeros padres enfrentando los problemas de la primera familia. Conocemos a un Pablo legalista, mas luego leemos su inigualable sermón sobre la caridad; vemos a Juan el Bautista encarcelado, con la necesidad de que lo tranquilicen; vemos a Pedro caminando brevemente sobre las aguas y necesitando el rescate de la mano de Jesús; más tarde, él a su vez extiende su mano a Tavita, después de haberle restaurado la vida.

Ahora bien, ¿qué podemos hacer para controlar los sentimientos de ineptitud?

  1. Podemos tratar de distinguir más claramente entre el desasosiego de origen divino, y el diabólico; entre el descontento consigo mismo y el desdén por uno mismo, porque lo primero lo necesitamos pero debemos repudiar lo segundo, recordando que cuando la conciencia nos llame la atención no debe ser para reprendernos por la falta cometida, sino para alentarnos a la superación.
  2. Podemos detenernos a ver cuánto camino hemos recorrido en la empinada cuesta hacia la perfección; a menudo, es mucho más de lo que creíamos.
  3. Podemos aceptar ayuda con la misma gracia con que la brindamos. En el sistema celestial Dios no nos envía un trueno, si una voz apacible y suave es suficiente.
  4. Podemos considerar el efecto que los hechos ajenos (incluyendo los de nuestros hijos) tienen sobre los nuestros, antes de juzgar nuestra habilidad. A veces nuestro mejor esfuerzo rinde el mínimo efecto, por las faltas de otra persona.
  5. Podemos anotar y cumplir todas las resoluciones que acumularnos para nuestra superación, y que tan frecuentemente dejamos abandonadas.
  6. Podemos admitir que si muriéramos hoy, nos echarían de menos. No hay círculo humano tan pequeño que no se extienda hasta tocar a otro, y ése a otro más.
  7. Podemos “poner nuestra mano en el arado” sin mirar hacia atrás, sin compararnos con los demás. Nuestros dones y oportunidades varían; algunos resaltan más, otros son menos evidentes. Todos tenemos por lo menos un don, y podemos aceptar la invitación de “buscar diligentemente los mejores dones”.
  8. Podemos hacer un inventario calmo y honesto de nuestras fortalezas, ya que muchos somos contadores deshonestos, y necesitamos la confirmación de otros “auditores”. El maligno se deleita en nuestro autodesprecio, sentimiento que proviene de Satanás y del cual no hay trazas en los cielos. Debernos aprender de nuestros errores, pero no es necesario repasarlos constantemente como si los estuviéramos viviendo en la actualidad.
  9. Podemos agregar la autoestima de otros, encomiando donde sea justo. recordando que los que han corrido una etapa extra necesitan el elogio, al igual que los caídos necesitan la mano que les ayude a levantarse.
  10. Podemos continuar en movimiento. Los que finalmente conquistaron el monte Everest, no lo hicieron quedándose al pie del gigante, sino cargando sus mochilas y esforzándose por llegar. Los pies fueron creados para ir hacia adelante y no hacia atrás.
  11. Debemos saber que cuando en verdad damos lo que tenemos, es lo mismo que pagar un diezmo completo; es todo lo que se nos requiere.
  12. Podemos aceptar la realidad de que a Dios le importa más la evolución que la geografía. Así, aquellos que abrieron sendas hacia Sión no estaban explorando el país, sino sus propias posibilidades.
  13. Podemos aprender que en el núcleo de nuestro libre albedrío está nuestra libertad para adoptar actitudes sanas hacia cualquier circunstancia en que nos hallemos; por ejemplo, aquellos que padeciendo penosas enfermedades se dedican a servir al prójimo, son a menudo los más saludables de nosotros. El espíritu tiene el poder de compeler a la carne a ir mucho más allá de lo que la carne intenta.
  14. Finalmente, podemos aceptar esta irrevocable y portentosa verdad: nuestro amado Señor puede levantarnos del abismo de la desesperación y protegernos en medio de las pruebas. No hay’ nada que podamos enseñarle nosotros sobre la soledad o la cercanía, que El no haya experimentado ya.

Sí, hermanos, este evangelio espera mucho de nosotros, pero la gracia de Dios puede ayudarnos en nuestro cometido. El desaliento no indica la ausencia de capacidad, sino de valor, y nuestro progreso personal debe ser un testimonio más de las maravillas de este plan.

El ser cristiano no es un evento instantáneo sino un proceso constante. Si vivimos como cristianos, podremos también decir un día como Enós: “Y pronto iré al lugar de mi reposo, que se halla con mi Redentor; porque entonces veré su faz con placer”: nuestra confianza “se fortalecerá en la presencia de Dios”. Aquel que no puede mentir dará testimonio de nuestros merecimientos con las cálidas palabras “bien hecho, buen siervo”. De ello testifico en el nombre de Jesucristo. Amén.

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Un Reino que no será jamás destruido

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Un reino que no será jamás destruido
por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballMis amados hermanos, nuevamente nos encontramos reunidos en este histórico Tabernáculo a fin de considerar temas de gran importancia para el mundo y para nosotros los miembros de la Iglesia.

Los últimos meses han sido tremendamente interesantes para nosotros.  Durante el mes de febrero y la primera semana de marzo, un grupo de representantes de la Iglesia viajamos a los países que se encuentran en las islas del Pacífico del Sur, donde nos reunimos con los miembros.  El crecimiento de la Iglesia en esa zona es cada vez más rápido y notable.

Puesto que una gran mayoría de nuestra gente, especialmente entre los cien mil miembros correspondientes a los mares del sur, no podrá tener nunca la posibilidad de asistir a una Conferencia General en Salt Lake City, decidimos realizar entre ellos conferencias de área. Por lo tanto, en Nueva Zelanda, tres de las ciudades más importantes de Australia, Samoa, Tonga, Fiji y Tahití, organizamos conferencias para que los santos de esos lugares pudieran reunirse con las Autoridades Generales, tener la oportunidad de sostener a sus líderes y escuchar los sermones ofrecidos por ellos.

Fuimos gratamente recibidos, bien tratados y regresamos con un gran cariño por esa buena gente de las islas del Pacífico del Sur.

Os interesará saber que la obra está desarrollándose rápidamente en muchos lugares del mundo, así también como en los Estados Unidos.  Hay miembros de la Iglesia en sesenta y seis países y el evangelio es predicado en la mayoría de ellos.  Tenemos más de 23.000 misioneros, y dos mil o más de estos jóvenes de ambos sexos, son ciudadanos de las naciones donde se encuentran predicando.  Cuando yo fui apartado como presidente de estaca en el año 1938, aquella era la estaca número 124 en todo el mundo; ahora tenemos 740; y cuando salí de misionero sólo teníamos unas pocas misiones; ahora tenemos 134.  Abarcamos la mayor parte de este mundo en el cual habitamos, con congregaciones en América del Sur, el Oriente, las Islas del Pacífico del Sur, África del Sur, Europa y muchos otros lugares.  Gran cantidad de personas encuentran cada año que el evangelio satisface sus necesidades espirituales, colmándoles de inefable gozo.

Nuestras Autoridades Generales viajan constantemente por el mundo utilizando sus energías en tratar de llevar a las nuevas áreas y pueblos, el entrenamiento y las enseñanzas que son necesarios para los miembros recientes de la Iglesia.

Nuestro trabajo por los muertos se ha incrementado y con dieciséis templos, la obra continúa creciendo constantemente. Hemos anunciado que se edificarán nuevos templos en Sao Paulo, Tokio y Seattle, esta última, ciudad de los Estados Unidos; también se levantarán nuevos edificios en otros lugares, para la continuación de esta gran obra que es tanto para los vivos como para los muertos. Seguir leyendo

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Tu mayor tesoro eres tú mismo

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Tu mayor tesoro eres tú mismo
por el élder John H. Vandenberg
Ayudante del Consejo de los Doce

John H. VandenbergNo hace mucho tiempo, encontré entre unos objetos de recuerdo que conservo, una moneda que me recordó una agradable experiencia que quisiera contaros en esta ocasión:

Hace varios años, al subir a un avión en la ciudad de Denver para regresar a Salt Lake City, en ocasión de habérseme invitado a ser miembro del Comité de Construcción de la Iglesia, me encontré con otro hermano que formaba parte de nuestro personal y que hacía el mismo viaje, a quien le acompañaba un caballero que había conocido por casualidad. Nos sentamos juntos en el avión y entablamos una conversación; por mi parte, yo le pregunté a nuestro nuevo amigo cuál era su ocupación actual, a lo que él respondió diciéndonos que era ingeniero constructor y que como tal estaba encargado de la edificación de una capilla en una de las ciudades más grandes del Estado de Texas. En seguida nos contó de algunas de las defraudadoras experiencias que habían tenido para recaudar fondos de entre los miembros de su iglesia. Habían tratado casi todos los recursos, tales como solicitaciones directas, cenas, ventas especiales, algunos juegos de azar, ninguno de los cuales había logrado mayores resultados. Prosiguió diciéndonos que para resolver el problema convocaron a una reunión especial en la que surgió una idea brillante al sugerir alguien acudir a las escrituras e intentar seguir las indicaciones del Señor. A continuación, paso a citaros la escritura que les sirvió de fundamento y que se encuentra en Malaquías 3:10:

«Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde.»

Entonces el comité, basándose en esta escritura —refirió nuestro compañero de viaje—, buscando la manera de hacer llegar eficazmente este mensaje a la gente, concibió la magnífica idea de confeccionar monedas de cobre con un baño dorado brillante como el oro y del tamaño de una moneda de cincuenta centavos de dólar, grabadas en un lado las palabras: «La décima parte es del Señor», y en el otro: «Traed todos los diezmos al alfolí y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde». Añadió que las monedas se distribuyeron entre los miembros con el fin de que la llevaran siempre consigo como un recordatorio de su deber. Dicho esto, sonriendo, nos dio una de aquellas monedas a cada uno diciéndonos que el proyecto había resultado todo un éxito pues la gente había respondido eficazmente. Al decir él eso, yo pensaba, «un principio verdadero que se descubre y que se aplica en la debida forma, naturalmente surte un resultado correcto».

Después de una pausa, nos preguntó a su vez en qué trabajábamos nosotros, a lo que le respondimos que por coincidencia, también nos ocupábamos en la construcción de capillas y que lo hacíamos para la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Al preguntarnos él cuántas capillas estábamos edificando y responderle nosotros que unos cuantos cientos, la sorpresa se pintó en su rostro y exclamó: «¡Tantos edificios! ¿Cómo van a costear los gastos? ¿De dónde sacan el dinero?» Nuestra sencilla respuesta fue: «De los miembros de la Iglesia, y por otra coincidencia, el gran secreto que ustedes descubrieron en el principio del diezmo, ha sido ley en la Iglesia del Señor desde los primeros días de su restauración». Seguir leyendo

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. . . Sino que eran uno. . .

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«.. sino que eran uno. . .»
por el élder George P. Lee
Del Primer Quórum de los Setenta

George P. LeeMis queridos hermanos, me siento feliz y emocionado de estar con vosotros otra vez.  Nuevamente he sido fortalecido por el espíritu enérgico, vibrante y humilde del presidente Kimball y de todos los que nos han hablado.  Nuestro Profeta no es solo un gran líder, sino también un gran hombre, su fe y obras son incomparables.  En mi opinión, él es tan grandioso como cualquiera de los profetas que lo han precedido desde los tiempos de Adán, y sé que él es una de las inteligencias «nobles y grandes» a las que el Señor se refirió cuando hablaba con Abraham. (Abraham 3:22.)

En 4 Nefi, versículos 15 y 17, leemos:

«Y ocurrió que no había contenciones en el país, a causa del amor de Dios que moraba en el corazón del pueblo.

No había ladrones, ni asesinos, ni lamanitas… sino que eran uno, hijos de Cristo y herederos del reino de Dios.»

Al contemplaros hoy, no puedo por menos que sentirme conmovido al ver que entre vosotros existe la misma atmósfera de amor y compasión, de unión y amistad, que describe la escritura.  Esto es una evidencia del evangelio en acción.  Al observar esta audiencia, no veo mejicanos, noruegos, japoneses o polinesios, sino hijos de Dios que me ofrecen una visión de lo que será el cielo.

Al contemplaros, sé que no hay animosidad entre vosotros, porque el amor de Dios mora en vuestro corazón; se nota claramente que os amáis los unos a los otros.  Pero permitidme preguntamos, mis hermanos, los que estáis aquí y todos los que me estáis escuchando o leéis mis palabras, ¿qué haréis cuando termine esta conferencia? ¿Tendréis entonces esos mismos sentimientos? ¿Tendréis por los demás el mismo amor y la misma consideración que experimentáis en este momento?

El Señor dijo: Seguir leyendo

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Sigamos a Cristo

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Sigamos a Cristo
Por el élder William R. Bradford
del Primer Quórum de los Setenta

William R. BradfordRindo honor a estos grandes hombres que han irradiado la luz de las verdades del evangelio de Jesucristo durante las sesiones de esta conferencia.  La verdad que se ha evidenciado aquí, alegrará el corazón y calmará el alma de aquellos que se dejen guiar por ella, para poder atravesar sanos y salvos un mundo oscurecido por la influencia de Satán.

El Maestro ha establecido un modelo en todas las cosas, y ha llamado a todo ser humano para que se rija por él.

«En verdad, en verdad os digo que éste es mi evangelio; y vosotros sabéis las cosas que tenéis que hacer en mi iglesia; pues las obras que me habéis visto hacer, esas mismas haréis, porque aquello que me habéis visto hacer, vosotros haréis.»

«Por lo tanto, ¿qué clase de hombres debéis de ser?  En verdad os digo, debéis de ser así como yo soy.» (3 Nefi 27:21, 27.)

Quisiera preguntamos ahora: ¿regís vuestra vida de acuerdo con este modelo? Voy a recalcar algunos puntos al respecto, y os sugiero que comparéis con ellos vuestra vida.

«He aquí, Jesucristo es el nombre dado por el Padre, y no hay otro nombre dado, en el cual el hombre pueda ser salvo.» (D. y C. 18:23.)

Lo que pensáis y hacéis, ¿os da derecho a tomar sobre vosotros el nombre de Jesucristo?  Vuestro amor por ese nombre sagrado, ¿os inspira y eleva y os hace desear que todos sepan de El y reciban sobre sí su Santo nombre? ¿Sentís como si una daga os atravesara el corazón cuando oís usar el nombre del Hijo de Dios en vano? ¿Habéis pasado por puertas por las que El jamás entraría? ¿Habéis guardado su nombre sin mancha a fin de evitar que entre en contacto con aquello que es de baja reputación? ¿Estáis edificando su Reino en su nombre?  Nadie puede servir a dos señores.  Debemos declararnos siervos de Cristo, tomar su nombre sobre nosotros y hacer su obra, o caer como víctimas de las artimañas de Satanás, ayudándolo en su obra de destrucción.

¿Y qué diremos de vuestro amor por el Padre?  Cristo lo amó, oró a El, le rindió alabanzas y lo representa en todo lo que hace.  Lo sirve y se deleita en su obra y obedece perfectamente cada instrucción del Padre.  Si deseamos ser como El, también debemos hacer estas cosas como Cristo mismo lo dijo: Seguir leyendo

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Resucitó de entre los muertos

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Resucitó de entre los muertos
por el élder Delbert L. Stapley
del Consejo de los Doce

Delbert L. Stapley.Al acercarnos a la celebración de la Pascua, el corazón y los sentimientos de los cristianos se conmueven ante el sacrificio de la vida y la resurrección del Señor Jesucristo.

Poco tiempo antes de que lo traicionaran, Cristo elevó sus ojos hacia el cielo y rogó ferviente-mente por sus discípulos, e hizo esta profunda declaración: «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado» (Juan 17:3).

Conocer a Dios el Padre y a su amado Hijo Jesucristo, nuestro Redentor y Salvador es obtener vida eterna. ¿Conoce verdadera-mente la humanidad sus atributos, característica y poder? Segura-mente se puede adquirir dicho conocimiento; de otro modo nuestro Salvador nunca hubiera hecho esa declaración.

Cuando Felipe le dijo a Cristo: «Señor, muéstranos el Padre, y nos basta. Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre?» (Juan 14:89).

Pablo declaró a los santos de Corinto que Cristo «es la imagen de Dios» (2 Cor. 4:4), y a los hebreos que Cristo es a «la imagen misma de su sustancia» (Heb. 1:3). Es lógica que el Unigénito del Dios Eterno sea la imagen misma de la sustancia de su padre. Toda forma de vida produce vida similar, toda persona tiene alguna semejanza con su padre terrenal, y lo terrenal es semejante a lo celestial.

En la revelación moderna aprendemos que Set, el hijo de Adán, «fue un hombre perfecto, y su semejanza fue la imagen expresa de su padre, tanto así que se parecía a su padre en todas las cosas, y solamente por su edad se podían distinguir» (D.yC. 107:43). ¿Se refería a esto Cristo cuando le dijo a Felipe: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre?» (Juan 14:9). Esta declaración concuerda asimismo con la revelación moderna de que Dios «el Padre tiene un cuerpo de carne y huesos, tangible como el del hombre» (D. y C. 130:22).

Jesús dijo: «No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente» (Juan 4:19). ‘También dijo: «Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy, y que nada hago por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre, así hablo» (Juan 8:28). Aquí Cristo nos hace saber que estaba siguiendo el ejemplo y las enseñanzas de su Padre y la obra que su Padre había llevado a la práctica previamente en su propia experiencia, lo que prueba que tanto el Padre como el Hijo poseen características individuales, atributos y poderes semejantes. Seguir leyendo

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Respetemos nuestro Sacerdocio

Conferencia General Abril 1976
Respetemos nuestro sacerdocio
por el presidente N. Eldon Tanner
de la Primera Presidencia

N. Eldon TannerMis amados hermanos, deseo expresar mi agradecimiento al obispo Peterson, pues habló en forma particular del Sacerdocio Aarónico, y al élder Franklin D. Richards, que se refirió al trabajo en el Sacerdocio de Melquisedec, y el presidente Romney, con quien es tan grande privilegio trabajar en la Primera Presidencia, nos ha inspirado a vivir y a trabajar mejor.

Pararse frente a una congregación del sacerdocio es un gran privilegio y una tremenda responsabilidad. En ningún otro lugar del mundo se podría encontrar hombres tan finos, limpios, devotos, honestos y dignos de confianza, que como individuos y como grupo cuenten con un poder tan tremendo. Habéis sido Llamados, ordenados y se os confirió el sacerdocio por parte de aquellos que tienen la autoridad de Dios.

Además, ningún hombre fuera de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días tiene este sacerdocio o autoridad para hablar y actuar en el nombre del Señor. Tiemblo y me estremezco al pararme ante vosotros, y pensar en lo que este cuerpo representa; tiemblo, por la tremenda responsabilidad que descansa sobre el sacerdocio; y me estremezco, porque no estamos haciendo todo lo que el Señor querría que hiciésemos.

Nunca he sentido tan profundamente la necesidad e importancia del sacerdocio en el mundo, y la obligación que tiene cada uno de nosotros de honrar nuestro sacerdocio, magnificar nuestros llamamientos y contribuir con lo que podamos para el progreso de la causa de la verdad, la justicia y la paz en el mundo. A1 hablaros, ruego humildemente que el espíritu y las bendiciones del Señor nos acompañen e inspiren.

La fuerza y el crecimiento de la Iglesia, y la edificación del reino de Dios sobre la tierra, dependen de cómo cumplamos con nuestro deber. Esta noche, desearía referirme a la importancia del sacerdocio, a lo que el Señor espera de aquellos que lo poseen. Debemos comprender todos que no hay nada en el mundo que tenga más poder que el Sacerdocio de Dios. No obstante, temo que muy a menudo haya algunos que lo tomen a la ligera, más como derecho que como privilegio. Muchos parecen creer que sólo la edad determina cuándo uno está capacitado para recibir el sacerdocio o para ser avanzado en él.

Detengámonos por un momento y pensemos en la tremenda importancia que el Señor depositó sobre el Sacerdocio Aarónico cuando éste fue restaurado. Juan el Bautista, quien bautizó al Salvador y fue enviado para llevar a cabo esa restauración, poniendo sus manos sobre la cabeza de José Smith y de Oliverio Cowdery, dijo: Seguir leyendo

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¿Quién es Jesús?

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¿Quién es Jesús?
por el élder Eldred G. Smith
Patriarca de la Iglesia

Eldred G. Smith¿Quién es Aquel, llamado Jesús el Cristo? ¿Lo conocéis en verdad?

Poco antes de su crucifixión, al orar al Padre, El dijo:

«Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.» (Juan 17:3.)

En el concilio que se verificó en los cielos, se presentaron a todos los espíritus el plan y el propósito de la vida terrenal, y entonces «el Señor dijo: ¿A quién enviaré? Y respondió uno semejante al Hijo del Hombre: Heme aquí; envíame. Y otro contestó, y dijo: Heme aquí, envíame a mí. Y el Señor dijo: Enviaré al primero» (Abraham 3:27).

El escogido fue Jehová, el mayor, que había prometido que al ir honraría al Padre, otorgándole toda la gloria.

El Padre ha declarado: «. . . ésta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre» ( Moisés 1:39).

Por consiguiente, Jehová, bajo la dirección del Padre, fue el Creador de esta tierra, así como de muchos otros mundos. Moisés vio en visión «. . . muchas tierras; y cada tierra se llamaba mundo, y había habitantes sobre la faz de ellos» (Moisés 1:29). Dios declaró a Moisés:

«Y las he creado por la palabra de mi poder, que es mi Hijo Unigénito, lleno de gracia y de verdad.

Y he creado mundos sin número, y también los he creado para mi propio fin; y por medio del Hijo, quien es mi Unigénito, los he creado.» (Moisés 1:32-33.) Seguir leyendo

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Principios básicos de los servicios de bienestar de la iglesia

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Principios básicos de los Servicios de Bienestar de la Iglesia
por el presidente Marion G. Romney
de la Primera Presidencia

Marion G. RomneyHermanos y hermanas, hemos oído hoy una magnífica presentación de la cual podremos beneficiarnos, si seguimos el consejo que se nos ha dado. Quisiera discutir con vosotros dos principios básicos y fundamentales sobre los que se basan los Servicios de Bienestar de la Iglesia, y que jamás debemos olvidar: primero, el amor, amor a Dios y al prójimo; y segundo, el trabajo.

Pero antes de compenetrarme en este tema quisiera decir unas pocas palabras acerca del libre albedrío, o sea, la libertad y el poder de una persona de actuar por sí misma. Después de la vida, este derecho constituye la herencia más preciosa que el hombre posee.

En el Primer Libro de Samuel tenemos un ejemplo muy instructivo de los resultados de tomar decisiones equivocadas. En el primer capítulo leemos que el pueblo de Israel no quería ser gobernado por jueces, sino que pedía un rey. El Profeta les dijo que un rey los haría siervos, pero ellos no le oyeron y persistieron en su demanda de un rey. Esto acongojó a Samuel, mas el Señor le dijo: «Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos» (1 Samuel 8:7).

Entonces, Israel abandonó la forma de gobierno libre que Dios le había dado, logró al fin tener su rey, y pocas décadas más tarde el pueblo fue llevado cautivo hacia la esclavitud. La esclavitud a la que uno se somete por propia elección no es menos esclavitud que la que se nos impone.

Mediante el ejercicio de su propio libre albedrío, Jesús se elevó hasta llegar a ocupar la posición de segundo miembro del Supremo Consejo divino. Lucifer, por su parte, y también en ejercicio de su libre albedrío, descendió a los infiernos.

Quisiera hablar ahora acerca del principio del amor.

En la operación de los Servicios de Bienestar de la Iglesia, el amor debe ser el poder motivante que nos guíe a dar nuestro tiempo, dinero y servicio en beneficio de los demás.

«Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. Seguir leyendo

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Preparación Familiar

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Preparación familiar
por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballHermanos y hermanas, quisiera recomendar por su excelencia el discurso presentado esta mañana por la hermana Barbara Smith, Presidenta de la Sociedad de Socorro de la Iglesia, al igual que los de las Autoridades Generales.

Al escuchar sus palabras pensé una y otra vez en algo que dijo el Salvador: «¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que yo os digo?» Y constantemente estoy recordando esa frase:

«¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que yo os digo?» (Lucas 6:46).

Existen en la actualidad muchas personas en la Iglesia que cometen el mismo error y que continúan en su equivocada posición, negándose a hacer lo que esta gran organización les requiere y sugiere.

El Señor también dijo: «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos» (Mateo 7:21).

Estaba pensando que en la Iglesia hay tantos barrios y ramas como gente se encuentra reunida en este recinto. Qué gran paso daríamos si cada obispo y cada presidente de rama en todo el mundo, siempre que les esté permitido, tuvieran alimentos almacenados en la forma en que se sugirió esta mañana, y pudieran presentarles a sus trescientos, cuatrocientos o quinientos miembros el mismo mensaje mencionando esta escritura e insistiendo en que sus barrios y ramas hicieran las cosas que el Señor les requiere; lamentablemente, sabemos que hay muchos que no las hacen.

Entonces les oigo argumentar: «Supongamos que guardamos la cantidad de comida para que después alguien venga y nos la robe.» Esa excusa fue contestada esta mañana por el obispo Featherstone.

Hoy siento la necesidad de que pongamos especial énfasis en las dos escrituras que he mencionado. Seguir leyendo

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Para que seamos uno

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Para que seamos uno
por el élder Howard W. Hunter
del Consejo de los Doce

Howard W. Hunter 1En la época de la conquista de Palestina occidental, tras la muerte de Moisés, las diez tribus de la antigua Israel se unieron bajo el liderazgo de Josué. Se hicieron preparativos y se impartieron las órdenes a fin de que él grupo se preparara para cruzar el Jordán y emprender camino a Jericó. Josué dijo a su gente que el Señor haría milagros tales como secar el río cuando los pies de los sacerdotes que guiaban la marcha y llevaban el arca del convenio, tocaran el agua. Tal como lo predijo, milagrosamente las aguas del Jordán fueron contenidas y pudieron cruzar sobre tierra seca.

Una vez que el pueblo de Israel hubo cruzado el río sobre tierra seca, el Señor mandó a Josué que escogiera a doce hombres, uno por cada tribu, para que cargasen sobre sus hombros doce piedras del Jordán y las depositaran en el lugar donde acamparían por la noche. Luego agregó: «. . . para que esto sea señal entre vosotros; y cuando vuestros hijos preguntaren a sus padres mañana, diciendo: ¿Qué significan estas piedras? les responderéis: que las aguas del Jordán fueron divididas delante del arca del pacto de Jehová; cuando ella pasó el Jordán, las aguas del Jordán se dividieron; y estas piedras servirán de monumento conmemorativo a los hijos de Israel para siempre.» (Josué 4:6-7.)

Los padres han dejado monumentos conmemorativos para sus hijos y los hijos los han edificado para sus padres, desde el comienzo del tiempo.

Aquí, en la Manzana del Templo, nos hemos rodeado de dichas memorias: la antigua campana de Nauvoo, el monumento a la gaviota, estatuas de la restauración, del Cristo, etc. Esto contribuye a unir generación con generación, preservando en una larga e indestructible cadena los eventos importantes de nuestra herencia común. El paso del tiempo y el crecimiento de nuestras instituciones, tienden a menudo a separarnos, no solamente entre nosotros mismos, sino de nuestros propósitos comunes. A lo largo de la historia, se nos ha mandado construir monumentos conmemorativos, celebrar fiestas de pascua, o conferencias generales para preservar el poder de nuestra fe unido, y a fin de que recordemos los mandamientos de Dios para el logro de nuestras metas eternas e invariables. Seguir leyendo

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Nuestros cuatro objetivos

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Nuestros cuatro objetivos
por el élder Robert L. Simpson
Ayudante del Consejo de los Doce

Robert L. SimpsonMis queridos hermanos, el evangelio es verdadero, y nos regocijamos por saberlo. Ha habido un espíritu muy dulce en esta conferencia y los mensajes han sido todos maravillosos.

Nosotros nos reunimos como discípulos del Señor Jesucristo, le amamos y deseamos ayudarle en hacer lo que El considera necesario. Nuestro Padre Celestial ama a sus hijos, a los que viven actualmente, a aquellos que todavía no han nacido, y a los que han vivido y ya han muerto.

En el quinto capítulo de Eclesiastés, versículos 4 y 5, dice: «Cuando a Dios haces promesa, no tardes en cumplirla; porque El no se complace en los insensatos. Cumple lo que prometes.

Mejor es que no prometas, y no que prometas y no cumplas.» (Eclesiastés 5:4-5.)

Cada miembro de esta Iglesia toma sobre sí un sagrado voto cuando baja a las aguas del bautismo. Cada siete días, en el día de reposo nos reunimos para renovar ese voto y compromiso, al participar del sacramento.

Me gustaría sugerir cuatro objetivos principales que debemos tener en cuenta como miembros de la Iglesia. Los cuatro comprenden a otras personas, porque la Iglesia del Señor está orientada hacia la gente. En la misma forma que la gente era el interés principal del Salvador así debe ocurrirnos a nosotros, si es que deseamos ayudar al Maestro en el logro de su meta final: «Llevar a cabo la inmortalidad y vida eterna del hombre» (Moisés 1:39).

Para la vida eterna es indispensable el sacerdocio; para ello se requiere la acción del sacerdocio y conformidad a sus principios. Los cuatro objetivos en la vida de aquellos que desean contarse entre los miembros de la Iglesia de Jesucristo, son:

Primero, la obligación de prepararse uno mismo y preparar a su familia inmediata para entrar a la presencia del Señor.

Segundo, la obligación que tenemos de se guardas de nuestros hermanos y ayudar a otros miembros de la Iglesia. Seguir leyendo

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