El presidente Boyd K. Packer comparte experiencias personales y reflexiones acumuladas durante toda una vida dedicada a la enseñanza del Evangelio. Dirigiéndose a los educadores religiosos de la Iglesia, enfatiza que vivimos en una época de grandes desafíos espirituales y morales, en la que los jóvenes necesitan una protección más profunda que la simple instrucción académica o las actividades recreativas. Esa protección se encuentra en un testimonio personal de Jesucristo, en el estudio de las Escrituras y en la influencia del Espíritu Santo.
A lo largo de su mensaje, el presidente Packer enseña que el hogar constituye la primera línea de defensa contra las influencias del mundo, y que los padres, junto con los maestros y líderes de la Iglesia, tienen la responsabilidad de fortalecer la fe de la nueva generación. Con firmeza y esperanza, declara que, aunque la maldad aumente en los últimos días, aquellos que permanezcan arraigados en las verdades del Evangelio restaurado estarán protegidos espiritualmente y podrán avanzar con confianza. Su testimonio final reafirma que la obra del Señor seguirá adelante y que quienes enseñen la verdad con fidelidad participarán en la formación de generaciones firmes en la fe.
La Única Defensa Pura

Presidente Boyd K. Packer
presidente en funciones
El presidente Boyd K. Packer es presidente del Quórum de los Doce Apóstoles. Discurso dirigido a los educadores religiosos del Sistema Educativo de la Iglesia en el Tabernáculo de Salt Lake el 6 de febrero de 2004.
“La única defensa duradera contra la maldad del mundo es un testimonio personal de Jesucristo, edificado en el hogar y fortalecido mediante las Escrituras y la enseñanza del Evangelio.”
La Segunda Guerra Mundial terminó tan bruscamente como había empezado cinco años antes. De pronto, tenía algo que no había estado seguro de tener: un futuro. Era un sentimiento extraño; ¿qué se hace con un futuro?
Me encontraba en Ishima, una pequeñísima isla en la costa noroeste de Okinawa. Pocos días antes, todo en la isla había sido destruido por un tifón de un poder tan feroz que los grandes barcos se hundieron y los aviones salieron despedidos de la isla. La tormenta había pasado, la guerra se había acabado, y yo tenía un futuro.
Una noche tranquila, despejada e iluminada por la luna, me senté cerca de la playa en lo alto de un acantilado. Hacía tan sólo unos días, el océano, tan tranquilo ahora, se agitaba con enormes olas que sobrepasaban ese acantilado. Estuve sentado durante horas meditando y orando, y decidí lo que haría con mi futuro: sería maestro. Seguir leyendo →