Los sueños de Belén

Por el élder Jeffrey R. Holland
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
El entorno era de lo más pacífico que la naturaleza podía proporcionar: la llegada de la noche a principios de la primavera. Los cielos clarísimos, con estrellas que salían primero por decenas, luego por cientos y finalmente por miles. En el campo, los pastores encuentran alivio del resplandor del día y de la fatiga del trabajo honrado. En esa escena pastoral, el único elemento extraño, pero a la vez notablemente hermoso, se hallaba en un establo en la ladera de una colina cerca de la aldea, en la que dos figuras humanas se acurrucaban junto a un niño que yacía en un pesebre con solo unos pocos animales domésticos que eran testigos de la maravilla que habían visto.
Estos tres, que no habían encontrado amigos ni un posadero dispuesto en el aglomerado pueblo de Belén, eran, en primer lugar, una hermosa y joven madre virgen llamada María (si se seguían las tradiciones de la época, probablemente estaba en la temprana o mediana adolescencia), cuyo valor y fe manifiesta son tan sorprendentes como nada que se haya registrado en las Escrituras. Segundo, su esposo, llamado José, mayor que su joven esposa pero que, por definición, debió haber sido el hombre más digno de la tierra para criar a un bebé que no era hijo de él en el aspecto físico, sino un bebé que, al haber vivido, llegaría a ser el padre espiritual de José. El tercero, el último y el más hermoso de todos: el bebé que se llamaría Jesús, acostado en pañales sobre el heno más limpio que un ansioso padre podría recoger. Seguir leyendo →