Creyentes y hacedores

Conferencia General Octubre 1982

Creyentes y hacedores

Mark E. Petersen

por el élder Mark E. Petersen
Del Consejo de los Doce


Agradecemos esta nueva oportunidad de dar testimonio del Señor Jesucristo y su divina misión, porque El verdaderamente es el Bienamado y Unigénito de nuestro Padre Celestial. Nuevamente testificamos que El es nuestro Salvador y Redentor; es nuestro Creador, Hacedor del cielo y de la tierra. Pero también es nuestro Amigo, nuestro mas querido Amigo. El murió por nosotros. ¿No es esa la prueba más grande de amistad?

El nos proporcionó el medio para lograr la resurrección de la muerte, la cual se da gratuitamente a toda persona que haya vivido o viva sobre esta tierra. ¡Que maravillosa dádiva! ¡Cuán inmensa su amistad! ¡Qué Personaje tan poderoso es El!

Sin embargo, a pesar de lo maravillosa que será nuestra resurrección y nuestra victoria sobre la muerte, la salvación en su reino es algo completamente diferente. Sólo la logran quienes obedecen fielmente sus mandamientos y aceptan todas sus ordenanzas.

¿Hemos meditado alguna vez tocante al proceso por el cual, mediante el evangelio, se obtiene la salvación? La fe, el arrepentimiento y el bautismo son los primeros pasos, por supuesto, pero hay mas, mucho mas.

El propósito total de la salvación es convertirnos en seres semejantes al Salvador en palabra, pensamiento y hecho. Podemos medir nuestro progreso simplemente determinando cuanto nos asemejamos a Cristo. Si a diario no nos aproximamos mas a su ejemplo en nuestro diario vivir, no estamos avanzando hacia la salvación como deberíamos.

El ser como Cristo requiere un crecimiento espiritual diario. Así como una flor es el resultado de una semilla, una persona adulta es el resultado del desarrollo de una criatura pequeña. Por lo tanto, podemos también madurar espiritualmente a diario, hasta llegar a poseer, con el tiempo, una personalidad semejante a la de Cristo. Un poeta lo ha descrito así:

No se alcanzan los cielos de un solo salto;
Más debemos subir peldaño a peldaño.
Con el esfuerzo y empeño, y valor y saber,
A la cima intentamos paso a paso ascender.
(Josiah G. Holland, «Gradatim», En Masterpieces of Religious Verse ed. por James D. Morrison, N.Y.: Harper 1948, pág. 443.)

Jesús, el Salvador, es el ejemplo supremo de cómo debe ascender nuestra alma. «. . . ¿Qué clase de hombres habéis de ser?» preguntó El, y luego respondió: «. . . En verdad os digo, aun como yo soy» (3 Nefi 27:27).

El ser como El no es algo que podamos alcanzar de la noche a la mañana, sino mas bien un proceso eterno. Cada hora, cada día de nuestra vida, debemos procurar ser como El. ¿Cómo podremos lograrlo? Adquiriendo y desarrollando en nuestra propia vida los rasgos característicos de El.

Esto no se logra solamente con estudiar el evangelio, ni tampoco con bautizarse, recibir el sacerdocio, o ser llamado para trabajar en el templo. Todas estas cosas son importantes, por supuesto pero ninguna, en si misma, es suficiente. Ante todo y sobre todo, debemos lograr sentimientos cristianos; debemos experimentar un cambio en lo mas profundo de nuestro ser. El profeta Alma enseñó:

«. . . todo el género humano, si, hombres y mujeres, toda nación, familia, lengua y pueblo, deben nacer otra vez; si, nacer de Dios, ser cambiados de su estado carnal y caído a un estado de rectitud, siendo redimidos de Dios, convirtiéndose en sus hijos e hijas;

«y así, llegan a ser nuevas criaturas; y a menos que hagan esto, de ningún modo pueden heredar el reino de Dios.» (Mosíah 27: 25-26.)

Fijémonos en esta ultima declaración: «A menos que hagan esto, de ningún modo pueden heredar el reino de Dios». Esta es una advertencia para todos, porque a menos que tengamos este cambio de sentimientos, a menos que sigamos las enseñanzas del Salvador, nuestros pecados pueden privarnos de todos los beneficios que de otro modo recibiríamos por medio de las ordenanzas de la Iglesia.

Las Escrituras explican muy claramente cómo vivir una vida cristiana; por eso es preciso que las leamos constantemente. Por ejemplo, se nos enseña que debemos ser «pobres en espíritu» (véase Mateo 5:3), es decir, humildes. Se nos enseña a ser «mansos» (Mateo 5:5). El ser egoístas, orgullosos o arrogantes no constituye una actitud cristiana.

Nos dicen que amemos tanto al Señor que tengamos «hambre y sed de justicia» (Mateo 5:6) ¿Comprendemos lo que esto realmente significa? El es totalmente justo y desea que nosotros seamos como El. Pero, ¿es nuestro deseo tan profundo que podemos sentir hambre y sed de justicia?

De hecho, ¿cuán grande es nuestro deseo de andar en sus vías? Esa respuesta por si sola puede servir para medir la magnitud de nuestra conversión. ¿Deseo? ¿Cuan profundo es el deseo de justicia en nuestro corazón?

El ser como Cristo es ser bondadoso. ¿Cuándo no fue El bondadoso? Si carecemos de bondad y misericordia, ¿podemos decir que somos semejantes a El?

Otra gran ley que debemos comprender si aspiramos a ser como El es la regla de oro (Mateo 7:12), por la cual debemos aprender a hacer por nuestro prójimo lo que queramos que los demás hagan por nosotros.

¿Cuantos de nosotros realmente vivimos este mandamiento? Sin embargo, no podemos obtener la salvación sin practicarlo. Leamos el capitulo 25 de Mateo para comprender su importancia.

¿Exactamente que significa hacer a otros lo que nosotros quisiéramos que se nos hiciera a nosotros? ¿Querríamos que fuera crueles con nosotros? Por supuesto que no. ¿Querríamos que fueran deshonestos? ¿Agradeceríamos que nos mintieran o que nos robaran? Entonces, ¿nos daremos nosotros el lujo de mentir o de robar? La deshonestidad, en todas sus formas, es abominable y denigrante. ¿Tiene esto algo de ser como Cristo? No deberíamos atrevernos a mencionar ambas palabras al mismo tiempo, puesto que la deshonestidad es anticristiana.

El Señor nos enseña a ser pacificadores (Mateo 5:9), a evitar ofensas, disgustos y disputas. ¿No deberíamos hacer un esfuerzo por llevarnos bien con las demás personas y, muy especialmente, con los miembros de nuestra propia familia?

Ningún hombre debería disputar con su esposa ni darle motivo para que ella disputara con el. Las Escrituras nos dicen que no debemos provocar «a ira a nuestros hijos» (Efesios 6:4). Si hay desacuerdos en el hogar, deben eliminarse con un genuino espíritu cristiano.

Para ser como el Salvador, no podemos tampoco vivir sin demostrar verdadera caridad. Como lo expresó el apóstol Pablo:

«Si yo hablase lenguas humanas y angélicas . . .

«y entendiese todos los misterios y toda ciencia . . .

«Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor (y si no tengo el amor cristiano para con mi familia y mis semejantes), de nada me sirve.»

De hecho, dice que de nada nos sirve, sino que nos asemejaremos a metal que resuena o címbalo que retiñe. (1 Corintios 13:13.)

El Salvador dijo:

«Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios» (Mateo 5:8).

¿Lo verán otros, o entrarán a su presencia? ¿Puede alguna cosa inmunda morar con El? ¿Qué dijo Jesús con respecto a la inmundicia?

«. . . ¡no toquéis lo que es inmundo;… sed limpios, los que lleváis los vasos del Señor!» (3 Nefi 20:41.)

Lo que El quiso decir esta claramente expresado y es un mandato divino. Si creemos en Cristo, ¡no tocaremos lo que es inmundo! La lascivia y la codicia son actitudes totalmente destructivas. Los pecados sexuales son mortíferos: la embriaguez es un vicio pernicioso; la avaricia es del maligno; así también lo es el egoísmo, ya que lleva a todo tipo de deshonestidad. Todo esto contamina, desmoraliza y esta totalmente en oposición a la vida cristiana.

Pero, ¿que dijo el Señor con respecto a la pureza? Oro para que los que lo seguían fueran purificados por su rectitud, para que fueran puros como El, a fin de que, como dijo: «yo sea en ellos como tu, Padre, eres en mí, para que seamos uno, para que yo sea glorificado en ellos» (3 Nefi 19:29). Consideremos esto: Si somos justos, añadiremos gloria a Su nombre.

El Maestro también enseñó que si hemos ofendido a otros, debemos buscar el medio de reconciliarnos v no permitir que los malos sentimientos persistan. ¿Hemos considerado alguna vez este principio como un mandamiento?

«Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, «deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.» (Mateo 5: 23-24. )

Teniendo esto en cuenta, si tenemos malos sentimientos para con otros o si hemos sido injustos con alguien, ¿podremos entonces decir que nuestra devoción es aceptable ante Dios? A veces me pregunto si al decir que dejemos nuestra ofrenda en el altar mientras logramos la reconciliación con nuestro hermano, ¿no se referirá a la Santa Cena? ¿Podemos participar de estos emblemas sagrados con tranquilidad de conciencia si hemos cometido una injusticia contra alguien? El Señor también enseñó:

«Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonara también a vosotros vuestro Padre Celestial:

«más si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonara vuestras ofensas.» (Mateo 6:1415.)

¿Podemos suponer que entraremos a Su santa presencia si aun llevamos las manchas de pecados por los cuales no nos hemos redimido?

Luego nos advirtió contra la hipocresía. Las personas de carácter como el de Cristo no tienen dos caras. La instrucción que se nos ha dado es: «. . . No podéis servir a Dios y a las riquezas» (Mateo 6:24).

¿Podemos ver como nuestras acciones diarias, por insignificantes que parezcan, moldean nuestra alma? ¿Parecen Sus sencillas leyes demasiado estrictas? ¿Son demasiado difíciles de vivir? Sin embargo, si no les damos importancia, ¿nos damos cuenta de lo que nos hacemos a nosotros mismos?

Es maravilloso leer la propia descripción del Señor de las cualidades que componen su carácter El las enumera así:

«. . . fe, esperanza, caridad v amor, con la única mira de glorificar a Dios . . .

«. . . virtud . . . conocimiento . . . templanza. . . paciencia… bondad fraternal, piedad, caridad, humildad, diligencia.» (D. y C. 4: 56.)

Estas son las características del Señor Jesucristo. ¿Cuan sinceramente procuramos incluirlas en nuestra propia vida?

E1 nos manda ser perfectos, aun como nuestro Padre que esta en los cielos es perfecto (Mateo 5:48). ¿Puede la perfección alcanzarse por medio de un modo de vida descuidado? ¿Podemos alcanzar la perfección por medios imperfectos? Es fácil ver por que el Señor es estricto y por que debemos servirle de todo corazón alma, mente y fuerza (D. y C. 4:2).

No es fácil vivir el evangelio como deberíamos, pero, a menos que lo hagamos, no recibiremos las bendiciones prometidas. No es fácil llegar a la perfección en cualquier aspecto, porque esta requiere nuestra dedicación, longanimidad, persistencia, sacrificio y concentración  constantes.  La imperfección sólo da como resultado mas imperfección.

¿Podríais vosotras, hermanas, hacer un pastel delicioso, sin seguir la receta? ¿Podríais vosotros, hermanos, construir una casa, una carretera, un reloj, o mandar un hombre a la luna, si pasan por alto las fórmulas que llevan al éxito en tales empresas? ¿Podríais convertiros en médicos si no siguierais los cursos prescritos en las facultades de medicina? ¿Podríais ser ingenieros si ignorarais los principios de ingeniería? Entonces, ¿podemos esperar alcanzar la perfección como lo ha hecho nuestro Dios Todopoderoso si no seguimos el curso que El ha delineado para nosotros?

El evangelio nos servirá de poco si no lo vivimos. El ser miembros de la Iglesia no nos salvara a menos que guardemos los mandamientos. Un esfuerzo a medias tampoco nos guiara a la salvación; al contrario, nos condenara. El Señor así lo ha declarado en la sección 58 de Doctrina y Convenios.

Uno de los grandes profetas de la antigüedad fue Samuel el Lamanita. Me gusta la manera en que enseñó; era directo y sencillo en su manera de expresarse; nadie se quedaba con ninguna duda con respecto al significado de sus palabras. Al hablar desde lo alto de los muros de la ciudad de Zarahemla, llamó a los nefitas al arrepentimiento y les dijo claramente que si se negaban a vivir el evangelio, serían condenados. Y agregó con toda certeza que no podrían culpar a nadie mas que a si mismos si esto sucedía.

«. . . recordad», les dijo, «que el que perece, perece por causa de sí mismo; y quien comete iniquidad, lo hace contra si mismo . . .» (Helamán 14:30.)

Entonces Les dijo que, ya que somos agentes libres, podemos escoger entre lo bueno y lo malo, entre la vida y la muerte; pero declaró que al fin recibiremos exactamente lo que hayamos escogido.

¿No deberíamos analizarnos para saber cuan sinceramente vivimos el evangelio? ¿No deberíamos recordar que esta vida mortal es nuestro tiempo para ser probados, y que es ahora cuando debemos plantar la cosecha que esperamos recoger? ¿No es hora de que cada uno de nosotros aprenda la lección de Getsemaní y diga dentro de si: «. . . pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22:42).

En el nombre de Jesucristo. Amen.

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