El amor, un elemento divino

Conferencia General Octubre 1982

El amor, un elemento divino

David B. Haight

por el élder David B. Haight
del Consejo de los Doce


Oro para poder recibir una bendición celestial mientras este parado ante este histórico púlpito, a fin de que pueda expresar la inspiración que recibí para esta conferencia.

Testificamos de Cristo; nuestra esperanza esta en Cristo; nuestra salvación esta en Cristo. Nuestros esfuerzos, esperanzas y deseos para edificar el reino de Dios sobre la tierra están centrados en su santo nombre.

Proclamamos, como lo hizo Juan el Bautista al ver que Jesús se acercaba a las orillas del Jordán: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». (Juan 1: 29.)

El enseñó la doctrina de su Evangelio a fin de que toda alma pudiese tener la oportunidad de ganar las bendiciones de la vida eterna.

A medida que nos esforcemos por cumplir con nuestra responsabilidad divina de compartir su Evangelio, necesitamos obtener la plenitud de las bendiciones que El ha prometido a su pueblo: creencia y testimonio, paciencia, obediencia, caridad, sabiduría y amor por Su palabra.

Creo que nuestro Padre puso en el alma del hombre un elemento especial, que si se utiliza, influirá en el para empujarlo hacia todo lo celestial. Las familias o individuos que estén indecisos acerca de la manera de compartir el evangelio, o de mostrar sincero aprecio por los nuevos miembros, o los misioneros que deseen tocar el corazón de aquellos a quienes estén enseñando, tienen a su disposición esta divina influencia. Este elemento especial que todos poseemos nos puede traer el gozo mas grande; vencerá el miedo, las presiones sociales, el odio, el egoísmo, la maldad y hasta el pecado. Este elemento se debe nutrir, así como la pequeña semilla de mostaza; es mas poderoso que las palabras, v el mismo Salvador lo enseñó. Cuando se le pregunto cual era el mandamiento mas grande de la ley, declaró:

«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.

«Este es el primero y grande mandamiento.

«Y el segundo es semejante: Amaras a tu prójimo como a ti mismo.

«De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.» (Mateo 22:3740.)

El amor es el elemento divino v en si mismo representa cual puede ser nuestra relación perfecta con nuestro Padre Celestial, nuestra familia y nuestro prójimo, y la forma de llevar a cabo Su obra.

Los maestros judíos enseñaron los dos mandamientos, amar a Dios y al prójimo, como entidades separadas, pero Jesús los unió e hizo el segundo como el primero; y por el ejemplo de su propia vida hizo que el amor de Dios y el de los hombres fuesen el corazón del evangelio.

«En esto», dijo, «conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.» (Juan 13:35.)

Además de amar a Dios, se nos manda que hagamos lo que para muchos es un mandamiento mas difícil, el de amar a todos, incluyendo a nuestros enemigos, e ir mas allá de las barreras de color clase v relaciones familiares. Por supuesto, es mas fácil ser bondadosos con aquellos que nos tratan bien, la fórmula común de amistosa reciprocidad.

¿Acaso no se nos manda que cultivemos un hermanamiento genuino y hasta que establezcamos un parentesco espiritual con todos los moradores de la tierra? ¿A quién podríais excluir de vuestro circulo? Nos estamos privando de estar mas cerca de nuestro Salvador por causa de los prejuicios que tenemos de vecindades o, de nuestras posesiones o raza. Cristo condena estas actitudes, el amor no tiene barreras ni limites de buena voluntad.

Al interprete de la ley que preguntó: «Maestro, ¿haciendo que cosa heredaré la vida eterna?» y respondiendo a Jesús citó el mandamiento: «Amaras al Señor tu Dios . . . y a tu prójimo como a ti mismo», Jesús le dijo: «Haz esto, y vivirás». Queriendo justificarse el interprete pregunto: «¿Y quién es mi prójimo?» La parábola que el Salvador dio como respuesta es la esencia pura del amor:

«Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayo en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto.

«Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, paso de largo.

«Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndoles pasó de largo.

«Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia;

«y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, y llevó al mesón, y cuidó de él.

«Otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de mas, yo te lo pagare cuando regrese.

»¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?

«El dijo: El que usó de misericordia con el. Entonces Jesús le dijo: Ve, y haz tu lo mismo.» (Lucas 10:25-37.)

La diferencia principal entre el samaritano y los otros dos hombres fue que aquel tenía el corazón lleno de compasión y los otros de egoísmo. A pesar de que los judíos consideraban inferiores a los samaritanos, tanto el sacerdote como el levita, que eran judíos, deberían haber ayudado al desafortunado; «pero no lo hicieron.»

«Quizá no lleguemos a entender la naturaleza completa y esencial del amor», escribió el élder John A. Widtsoe, «pero hay pruebas por las cuales lo podemos reconocer.

«El amor siempre se encuentra en la verdad… Las mentiras, los engaños y otras violaciones del código moral son pruebas de la falta de amor. El amor perece en medio de la falsedad… Por lo tanto, aquel que engaña al ser amado o le ofrece algo contrario a la verdad no lo ama.

«Además, el amor no ofende, ni hiere ni injuria al ser amado. . . La crueldad esta tan ausente en el amor, como la verdad lo esta en la mentira . . .

«El amor es una fuerza activa v positiva. Ayuda al ser amado y, si hay una necesidad el amor trata de satisfacerla. Si existe debilidad, el amor la suplanta con fortaleza. . . El amor que no ayuda es un amor falso y pasajero.

«Aun cuando estas pruebas puedan resultar muy buenas, existe otra mejor: El verdadero amor se sacrifica por el ser amado . . . Esta es la prueba total.

«Cristo dio su vida por nosotros y, por lo tanto, manifestó la realidad de su amor por sus hermanos terrenales.» (An understandable religion [Una religion comprensible], Salt Lake City: Deseret Book, 1944. pág. 72.)

El saber que debemos amar no es suficiente; pero cuando ese conocimiento se aplica mediante el servicio, el amor así demostrado puede asegurarnos las bendiciones de los cielos. Jesús enseñó:

«Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos.» (Juan 16:13.)

A principios de año, un avión comercial se estrelló en el río Potomac, cerca de la ciudad de Washington, y un pasajero cuyo nombre se desconoce dio su vida por sus amigos desconocidos. Los que observaban el rescate se llenaron de asombro cuando vieron que este hombre tomaba el salvavidas del helicóptero que serviría para salvar a los que estaban en el agua y, en lugar de utilizarlo, lo pasaba a otra persona; otra vez regresó el helicóptero y se repitió la misma escena. Alguien grito: «¿Por que no lo utiliza y se salva?» Después de que varios de los pasajeros a su alrededor se salvaron en esa forma, los observadores vieron angustiados como aquel hombre se hundía y despacio desaparecía en las congeladas aguas del río.

«Si un solo hombre lograra manifestar el amor mas grande de todos», escribió Mahatma Gandhi, «eso seria suficiente para neutralizar el odio de millones». (Citado en Hermann Hagedorn, Prophet in the Wilderness: The Story of Albert Schweitzer N.Y.: The MacMillan Co., 1948, portada.)

Dios no nos ama porque nosotros seamos merecedores de su amor, ni porque tengamos una personalidad placentera o un buen sentido del humor, o porque a veces le mostremos una bondad excepcional. A pesar de lo que seamos y de lo que hagamos, Dios derrama su amor sobre todos nosotros, porque aun aquellos que son difíciles de amar son preciosos para El.

Durante una reciente ceremonia universitaria en la cual se honraba a la Madre Teresa, que ha pasado su vida trabajando a favor de los pobres, los leprosos y los niños abandonados en el mundo, ella dijo:

«Amémonos con un corazón puro… los pobres no tienen hambre de pan, están hambrientos de amor.» (The Salt Lake Tribune, mayo 31 de 1982, pág. A4.)

«El hombre que se siente lleno del amor de Dios», escribió José Smith, «no se conforma con bendecir solamente a su familia, sino que va por todo el mundo, con el deseo de bendecir a toda la raza humana». (Enseñanzas del profeta José Smith, pág. 208.)

¿En que manera podemos ganarnos el amor de Dios?

«Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor.» (Juan 15:l0.)

Es un don de Dios, y a medida que obedezcamos sus leyes y aprendamos a servir a otros sinceramente, desarrollaremos el amor de Dios en nuestra vida. Este es el medio por el cual se obtienen los poderes divinos que nos ayudan a vivir dignamente y a vencer al mundo.

«Si permanecéis en mi, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho.» (Juan 15:7.)

El Salvador descartó los métodos mundanos para propagar grandes causas: Dinero para comprar influencias no tenía, nunca utilizo publicaciones, y la espada era contraria a sus propósitos. Los habitantes de su propia nación lo rechazaron. Planto sus ideales solo en el corazón de unos pocos, de los cuales la mayoría eran pobres: sin embargo, se reunían, escuchaban, oraban y creían en sus palabras, v de acuerdo con lo que les había enseñado el Maestro, salieron entre los hombres y por medio de la acción y la palabra proclamaron los nuevos ideales con amor sin medida, siendo amigables con su prójimo, y sin usar de la fuerza. Así se esparció la obra.

Dios logra sus propósitos por medio del amor. El profeta Nefi nos ayuda a comprender esto:

«Si, es el amor de Dios que se derrama ampliamente en el corazón de los hijos de los hombres: por lo tanto, es mas deseable que todas las cosas.» (1 Nefi 11:22.)

La magnitud del amor de Dios por todos sus hijos se puntualizó en los escritos de Juan cuando dijo:

«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda mas tenga vida eterna.» (Juan, 3:16.)

El hermano Willes Cheney y su esposa fueron llamados para prestar sus servicios como misioneros en la Misión Canadá-Halifax, y fueron asignados a una provincia del norte, en Terranova. Las instrucciones que recibieron del presidente de la misión fueron: «Fortalezcan la rama y busquen un lugar donde los miembros se puedan reunir. Actúen como embajadores de buena voluntad.»

Esta fiel pareja llegó al corazón de muchas personas. El hermano Cheney, al dar un informe de sus numerosos éxitos con la gente concluyó rindiendo este tributo a su encantadora compañera:

«Dejando a un lado los muchos ejemplos, la contribución mayor de nuestro éxito la hizo mi esposa. Toda su misión fue una labor de amor: Enseñó a la gente a plantar un huerto, a envasar, coser, confeccionar acolchados y rendir servicio caritativo. Todos la amaron por su ejemplo tan excelente como esposa, madre y amiga.

«Ayudamos a la rama para que adquiriera un centro de reuniones y vimos a veintisiete nuevos miembros unirse a la Iglesia; también muchos de los que estaban inactivos regresaron a la actividad.»

Esta hermosa pareja demostró su amor por el Señor y por sus semejantes aun cuando se encontró muy alejada de su propio hogar.

Alguien ha escrito que «el amor es un verbo». Esto significa que requiere la acción, no sólo las palabras y la intención. La prueba esta en lo que uno hace, en la manera de actuar, ya que el amor se transmite por medio de la palabra y los hechos.

Juan el Amado, que tenia una relación muy especial con el Señor, escribió:

«En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que el nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados.

«Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros.» (1 Juan 4: 10-11.)

Al pagar el precio de nuestros pecados, Jesucristo nos lleva al Padre si ese es nuestro deseo. Las palabras del himno intitulado «Asombro me da» claramente hace eco a nuestros sentimientos:

Asombro me da el amor que me da Jesús,
Confuso estoy por su gracia y por su luz;
Y tiemblo al ver que por mí El su vida dio,
Por mí, tan indigno, su sangre se derramó.

Sorpresa me da que quisiera Jesús bajar
Del trono divino mi alma a rescatar;
Que El extendiera perdón a tal pecador,
Justificara mi vida por su amor.

Contemplo que El en la cruz se dejó clavar,
Pagó mi rescate, no puédolo olvidar;
No, no, sino que a su trono yo oraré,
Mi vida y cuanto yo tengo a El daré.
(Himnos, 46.)

Suplico que todos adecuadamente podamos desempeñar nuestro papel para lograr la obra y la gloria que el Señor declaró: «Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre» (Moisés 1:39), perfeccionándonos v siendo obedientes a todas las leyes y ordenanzas del evangelio, fortaleciéndonos por medio del cumplimiento de los grandes mandamientos de amar a Dios y a nuestro prójimo. Esta es mi oración, y testifico de Su obra, y de que El nos ama a todos. En el nombre de Jesucristo. Amen.

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