El bien frente al mal

Conferencia General Octubre 1982

El bien frente al mal

Gordon B. Hinckley

por el presidente Gordon B.Hinckley
Consejero en la Primera Presidencia


Me hubiera gustado escuchar ahora al élder LeGrand Richards, pero no le fue posible estar con nosotros en esta oportunidad. Antes de esta sesión de la conferencia, hablamos con él por teléfono y nos dijo que hubiera querido estar aquí para darnos el valioso testimonio de esta sagrada obra que ha sido gran parte de él durante los noventa y seis años de su vida. Como la mayoría sabéis, hace poco él tuvo una seria intervención quirúrgica que ha minado enormemente su salud. Estoy seguro de que todos vosotros estáis desilusionados y extrañáis su potente voz hablando en defensa del evangelio restaurado y del testimonio de Aquel que fue el Restaurador.

Hemos disfrutado de magníficos momentos desde ayer en la mañana cuando el presidente Romney nos habló de la autosuficiencia durante la sesión de los Servicios de Bienestar. Fue un mensaje muy oportuno, y en el medio ambiente en que vivimos en la actualidad, todos debemos estar atentos para lograr una autosuficiencia mayor, un mayor espíritu de confianza en nosotros mismos, un mayor deseo de cuidarnos más, a nosotros mismos y a nuestros seres queridos. Su discurso, junto con otros que se dieron en esa sesión, deberían leerse y releerse para nuestra bendición y beneficio.

Más tarde, al inaugurar la conferencia ayer por la mañana, gozamos de la maravillosa experiencia de escuchar al hermano Haycock leer el conmovedor mensaje del presidente Spencer W. Kimball, el cual llegó a lo más profundo de nuestro corazón. Fuimos bendecidos por el hecho de escucharlo, y me gustaría sugerir que una vez que se publique en la revista de la Iglesia, leamos varias veces sus hermosas palabras. Hemos cantado aquí esta tarde un himno que tiene un significado muy especial para la Iglesia: «Te damos, Señor, nuestras gracias» (Himnos de Sion, 178), que hace referencia al Profeta. ¿Estamos en verdad agradecidos por él? Si es así, debemos prestar atención a sus palabras; que Dios nos ayude a ser obedientes a los consejos de Sus profetas.

En las sesiones subsiguientes de la conferencia se nos ha enseñado, se nos ha infundido ánimo, se nos ha fortalecido en nuestra fe, en nuestras convicciones y hemos logrado mayor apreciación de esta obra, así como un conocimiento más concreto de Aquel que está a la cabeza de ella.

Pienso que entre todas las cosas maravillosas y significativas que el profeta José Smith dijo, hay pocas que tengan mayor peso e importancia que esta declaración que hizo a un viajero que pregunto cómo gobernaba a un pueblo tan heterogéneo. Su respuesta fue: «Les enseño principios correctos, y ellos se gobiernan a sí mismos.» (George Q. Cannon, Life of Joseph Smith, The Prophet, pág. 529.)

Mis hermanos y hermanas, habiéndosenos enseñado principios correctos, salgamos de esta conferencia con una determinación de gobernarnos de acuerdo con dichos principios.

Hay mucha maldad en el mundo y ¡grande es la necesidad de que el bien salga triunfante. Cualquiera que haya leído un periódico o escuchado las noticias durante los últimos días no puede dejar de conmoverse con la historia de lo que ha sido la obra de un individuo depravado que introdujo un veneno mortal en los componentes de un medicamento; * (Se refiere al medicamento Tylenol cuyas cápsulas contenían porciones de veneno que causo la muerte de varias personas. Inmediatamente la compañía retiró este medicamento de todas las farmacias y tiendas de los Estados Unidos.) esta es una indicación de lo bajo a que pueden llegar algunos hombres y de la gran necesidad que tenemos en el mundo de vencer la iniquidad con el bien. Debemos ser mejores; debemos ser como la levadura; ser como la luz que pueda irradiar al mundo la bondad, la verdad, la belleza y la virtud.

Hay algunos entre nosotros que sucumbirán ante la maldad y ante el engaño del adversario. Quisiera decir algunas palabras acerca de La pornografía. Es un vicio vil y maligno que aumenta a cada momento. Está en las películas, entra en los hogares de la gente por medio de la televisión, está en los kioscos de revistas, llega en otras formas para atrapar, envilecer y destruir a los que participan de él. Estoy seguro, mis hermanos, de que ningún Santo de los Últimos Días puede leer o participar impunemente de ninguna forma de esta creciente perversión. Ruego que Dios nos ayude y nos bendiga con autodisciplina para resistir, abstenernos y huir, si es necesario, de esta maldad creciente y perniciosa que nos podría destruir.

Se nos ha recomendado fortalecer nuestros hogares y aumentar en ellos el Espíritu del Señor, cultivar el aprecio, el respeto y el afecto del uno por el otro. Es terrible escuchar a veces sobre el maltrato de menores, depravación que está aumentando en el mundo. El otro día, mientras pensaba en este asunto, abrí Doctrina y Convenios y leí las palabras del Señor manifestadas por intermedio del profeta José Smith quien se encontraba en esos momentos sujeto a la miseria y a la soledad, de la cárcel de Liberty. Habló acerca de las personas que lleguen a levantar la mano contra la Iglesia, pero en su mayor parte hablaba en contra de aquellos que lleguen a ofender a los niños, cuando dijo:

«¡Ay de ellos!; por haber ofendido a mis pequeñitos serán vedados de las ordenanzas de mi casa.

«Su cesta no se llenara, sus casas y graneros desaparecerán, y ellos mismos serán odiados de quienes los lisonjeaban.» (D. y C. 121:19-20.)

¡Qué declaración es esta con respecto a quienes ofendan a estos pequeñitos!

Siento que igual cosa sucederá con cualquier hombre poseedor del sacerdocio de Dios que de cualquier forma maltrate a su esposa, que degrade, o hiera, o se aproveche indebidamente de la mujer que es la madre de sus hijos, la compañera de su vida, y su compañera por la eternidad, si es que se le ha otorgado esa gran bendición. Tratemos con bondad y con aprecio a aquellos de quienes el Señor nos ha hecho responsables. Cada vez me admiran más las palabras del presidente David O. McKay cuando dijo: «No hay nada más grande que pueda hacer el hombre por sus hijos, que hacerles sentir el amor que él tiene por su esposa, la madre de ellos».

Ahora, unas pocas palabras sobre la política. Este es un año de elecciones en los Estados Unidos y en las campanas políticas se escuchan muchas voces fuertes y ofensivas. El sistema edificante y maravilloso que tenemos permite que la gente se sienta libre de expresar sus sentimientos al elegir a aquellos que nos representaran en los consejos del gobierno. Espero que los participantes en la política se dirijan a los problemas y no a las personas. Los problemas se deberían tratar libre, abierta, sincera y enérgicamente; pero, repito, espero que se evite ofender los sentimientos de los participantes. Shakespeare, en su obra Otelo, el moro de Venecia, dijo:

«Quien me roba la bolsa, me roba una porquería… pero el que me hurta mi buen nombre, me arrebata una cosa que no le enriquece y me deja pobre en verdad.» (William Shakespeare, Obras Completas, Madrid: Aguilar, 1967, pág. 149.)

Tratemos de llegar con amor y bondad a aquellos que nos denigran, como lo ha indicado el élder Ashton. A menudo pienso en las palabras que el escritor Edwin Markham puso en unos versos:

El de su círculo me excluyó,
y con locuacidad de ello se jactó;
forme con amor y el tacto debido
un círculo en el cual quedó el incluido.
(«The Best Loved Poems of T11, American People», Garden City, Nueva York: Garden City Publishing Co., pág. 67.)

Con el espíritu de la enseñanza de Jesucristo que nos aconseja a poner la otra mejilla, tratemos de vencer la maldad con la bondad.

Vivimos en una época grandiosa y difícil. Se cita algo que el general Omar Bradley* (Omar Bradley [1893-1981] General estadounidense que iba al mando de las fuerzas norteamericanas que desembarcaron en Normandía [Segunda Guerra Mundial] dijo:

«Hemos logrado comprender los misterios del átomo, pero hemos rechazado el Sermón del Monte . . . el nuestro es un mundo de gigantes nucleares y de infantes morales. Sabemos mas sobre la guerra que sobre la paz, mas sobre matar que sobre la vida.» (Citado en Louis Fischer, The Life of Mahatma Gandhi, Nueva York: Harper, 1950, pág. 349.)

Tenemos mucho que hacer para esparcir la influencia del evangelio. Avancemos en la misión que se nos ha asignado. Sentimos la urgencia del mandato del Señor de enseñar el evangelio a toda nación, tribu, lengua y pueblo (D. y C. 133:37). Esperamos que al hacerlo no ofendamos, sino que mas bien lo hagamos con cariño y con el espíritu de amor que fue la esencia de Aquel de quien testificamos.

Continuaremos la obra de fortalecer a los de nuestro pueblo dondequiera que se encuentren en las diversas naciones de la tierra. Alentaremos a aquellos que se debilitan en la fe; trataremos de enseñarles con precepto y con ejemplo. Trabajaremos unidos con el espíritu de caridad y amor de los unos por los otros. Continuaremos construyendo centros de adoración en todo el mundo, dondequiera que nuestra gente se junte y se fortalezca mutuamente al alabar al Señor.

Continuaremos la gran obra que se lleva a cabo en nuestros templos, una inigualable obra de amor que alcanza aun a aquellos que ya están al otro lado del velo de la muerte. ¿Puede haber una obra de amor mas grande que esta? De cualquier otra que yo conozca, es la que se acerca mas al espíritu de amor y generosidad del Señor, quien dio su vida como un sacrificio vicario por todos nosotros. Se hace en el nombre de El, por quien la salvación es universal.

Que Dios nos bendiga a todos para que abramos los ojos, y prestemos oído atento para ver y escuchar, para aprender y llegar a un conocimiento y aprecio de las verdades eternas de las cuales damos testimonio; humildemente ruego en el nombre de Jesucristo. Amen.

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