El proceso para alcanzar la madurez

Conferencia General Octubre 1982

El proceso para alcanzar la madurez

Derek A. Cuthbert

por el élder Derek A. Cuthbert
del Primer Quórum de los Setenta


En Gabaón, una noche el Señor apareció a Salomón en sueños y le dijo: «Pide lo que quieras que yo te dé». (1 Reyes 3:5.) Supongo que antes de responder el rey Salomón reflexionaría sobre lo que había de pedir. ¿pediría poder e influencia?, ¿riquezas?, ¿fama y gloria? Consideremos detenidamente la respuesta del Rey:

«Ahora pues, Jehová Dios mío, tú me has puesto a mí tu siervo por rey en lugar de David mi padre; y yo soy joven, y no sé cómo entrar ni salir.

«Da, pues, a tu siervo corazón entendido para juzgar a tu pueblo, y para discernir entre lo bueno y lo malo . . .

«Y Dios dio a Salomón sabiduría y prudencia muy grandes, y anchura de corazón como la arena que está a la orilla del mar.» (1 Reyes 3:7, 9; 4:29.)

Sabiduría, entendimiento y amplitud de corazón son señales de madurez, y cuando Salomón adquirió estas cualidades, dejó de ser un joven inexperto.

No obstante, el proceso para alcanzar la madurez no se limita a la obtención de sabiduría. El Salvador dijo:

«. . . si no os volvéis y os hacéis como niños, no entrareis en el reino de los cielos.» (Mateo 18:3.)

Por lo tanto, madurar es también retener o recobrar algunas cualidades infantiles que necesitamos, además de desarrollar otras que los niños no tienen. Deseo sugeriros diez aspectos de la madurez, cinco de los cuales son propios de los niños mientras que los otros cinco deben desarrollarse en años posteriores.

Primero, la inocencia ¿Podía alguien negar la inocencia que tiene un niño pequeño? El Señor mismo dijo: «Dejad a los niños venir a mí… porque de los tales es el reino de los cielos». (Mateo 19:14.) Y en una revelación de nuestros días aclaró más este concepto declarando:

«Todos los espíritus de los hombres fueron inocentes en el principio v habiéndolo redimido Dios de la caída, el hombre llegó a quedar de nuevo en su estado de infancia, inocente delante de Dios.» (D. y C. 93:38.)

Si, nuestro cometido en esta época de engaños y discordia es ser inocentes y sinceros.

Segundo, la humildad.

«Así que, cualquiera que se humille como este niño, ese es el mayor en el reino de los cielos.» (Mateo 18:4.)

¡Qué maravilloso es escuchar la humilde oración o el testimonio de un niño! Recuerdo a un muchachito a quien oí contar el relato de José Smith con todos sus detalles y expresar su testimonio en un idioma africano cuando nos reunimos en una casa de un solo cuarto, en un pueblo de Sudáfrica.

Vivimos en un mundo en el que el hombre generalmente se ha alejado de la justicia y se ha vuelto egoísta buscando complacer su orgullo y vana ambición. Tenemos el cometido de humillarnos ante Dios, de volvernos, según como dijo el rey Benjamin, «como un niño: sumiso, manso, humilde, paciente, lleno de amor y dispuesto a someterse a cuanto el Señor juzgue conveniente imponer sobre él, tal como un niño se sujeta a su padre». (Mosiah 3:19.)

Por todo el mundo hay personas de diferentes razas y culturas que abandonan sus tradiciones para aceptar la verdad y someterse humildemente al bautismo. ¡Que inspirador es ver cómo se sobreponen a las dificultades y aflicciones! Recuerdo la entrevista que le hice a otro miembro africano, el joven élder Peter Chaya, primero de su país en salir en una misión. A pesar de tener que caminar con muletas permanentemente por haber tenido polio, el élder Chaya acepto feliz el llamamiento al servicio misional.

Tercero, la sencillez. Un niño es sencillo y se expresa sin engaño. El apóstol Pablo aconsejó a los santos de Corinto:

«Pero temo que como la serpiente con su astucia engaño a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo.» (2 Corintios 11:3.)

Siempre me ha impresionado que Pablo, a pesar de ser un hombre muy instruido, después de su conversión declarara:

«Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo y a este crucificado.» (1 Corintios 2:2.)

Estos pasajes me vinieron a la memoria cuando, en una visita que hice recientemente a Ghana (África occidental), oí al doctor Emmanuel Kissi, prominente cirujano que es también presidente de distrito, enseñar las sencillas verdades del evangelio en las reuniones de la conferencia del distrito.

Si, necesitamos esforzarnos por lograr la simplicidad de un niño, y debemos criar a nuestros hijos de manera que adquieran un sencillo pero inquebrantable testimonio de Jesucristo, a fin de que no caigan ante las tentaciones que los apartarían del camino estrecho que lleva a la salvación. El élder Matthew Cowley acostumbraba decir: «La vida debería ser hermosamente sencilla para ser sencillamente hermosa».

Cuarto, la fe. Siempre ha sido un motivo de felicidad para mi esposa y para mí el que uno de nuestros hijos nos demostrara su fe pidiéndome una bendición de salud, o de consejo y consuelo. Ha sucedido en muchas ocasiones pero la que recuerdo en este momento es una en que una de mis hijas tenía un fuerte dolor de oídos y se encontraba muy alterada; después de darle yo la bendición, se quedó tranquila, se durmió y no tuvo más dolor. Es maravilloso que cuando el Señor restauro el evangelio en su plenitud hiciera posible para los padres bendecir a su familia en muchas formas por medio del sacerdocio.

¡Ah, quien tuviera la fe de un niño para tratar de hacer realidad los sueños imposibles y alcanzar las estrellas, como nuestro amado presidente Kimball nos ha instado a que lo hagamos! Su extraordinaria fe ha movido muchas montañas y ha hecho que ocurrieran muchos milagros.

La quinta y última cualidad infantil es el amor, amor incondicional que se da liberalmente. ¿Qué padre puede resistir la carita inocente que le dice: «Te quiero papi»? ¿Qué madre no siente profunda felicidad al encontrar la notita garabateada con un «Te quiero mucho, mama»? En muchos países he tenido el privilegio de oír las dulces voces de los niños haciendo eco a las palabras del Salvador: «Como os he amado, amad a otros» (Canción de la Primaria, «Amad a otros»; véase también Juan 13:34.)

Jesús ejemplificó la inocencia, la humildad, la sencillez y la fe. Y demostró el gran amor que nos tiene tomando sobre si nuestros pecados, dando su preciosa vida v levantándose de la tumba.

«Dios es amor; y el que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él.» (1 Juan 4:16.)

Nuestros misioneros van de dos en dos por todo el mundo, predicando la fe en el Señor Jesucristo y el arrepentimiento. Quizás haya pocas personas que hayan conservado estas cinco cualidades que he mencionado, pero todos podemos recobrarlas por medio del arrepentimiento y el cambio. Y una vez que hayamos hecho los cambios necesarios en nuestra manera de vivir, debemos entonces edificar sobre estas cinco cualidades básicas más, a fin de obtener la madurez en el Señor.

Sexto, necesitamos adquirir sabiduría, la misma que Salomón deseaba a fin de juzgar correctamente. Muchos de nosotros no somos sabios porque nos dejamos cegar por el mundo que nos rodea. La sabiduría se obtiene comprendiendo cuales son los valores reales dando a todo en la vida su debido, orden de prioridad; es una cualidad espiritual, pues se basa en el discernimiento y en una profunda comprensión. Grande es la sabiduría de los profetas, y todos los que obedecen sus palabras son bendecidos.

El Señor nos ha aconsejado «No busquéis riquezas sino sabiduría…» (D. y C. 6:7). En esta conferencia hemos recibido perlas de sabiduría de aquellos que nos han hablado bajo la inspiración del Espíritu; bueno sería que todos estudiáramos y aplicáramos las verdades que se nos han enseñado.

EL conocimiento en si puede ser peligroso, y todo aquel que procure hallarlo debe también obtener sabiduría. Esta última es una señal de madurez, y aunque generalmente está relacionada con la edad y la experiencia, no siempre es así. Mientras era presidente de misión en Inglaterra, vi como el Señor aumentaba el entendimiento de muchos jóvenes misioneros a fin de que tuvieran una madurez muy superior a sus años. Actualmente, menos de cinco años más tarde, seis de ellos han sido llamados como obispos y dos forman parte de presidencias de estaca en las Islas Británicas, siendo todos excelentes líderes.

La séptima cualidad a la que deseo referirme es la de ser líder, no solamente en la Iglesia, sino también en cualquier empresa honorable. Un niño espera dirección de sus padres, tanto en palabras como en acciones. Hablando a los padres de Israel, por medio de Moisés, el Señor declaro:

«Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón;

«y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes.» (Deuteronomio 6:6-7.)

Si, sobre todo lo demás, los padres necesitan la madurez para dirigir y enseñar a sus hijos en justicia. La familia es la unidad básica de la sociedad y el fundamento de las naciones. El hecho de que nuestros hijos han sido puestos a nuestro cuidado por el mismo Dios Todopoderoso, bajo sagrada custodia, es sumamente serio y es preciso que comprendamos esa responsabilidad. Nuestros varones, nuestras niñas, son sus hijos espirituales a quienes El espera que amemos, cuidemos, enseñemos y dirijamos.

¡Cuán importante es que padres e hijos lean y estudien la palabra de Dios regularmente! ¡Cuán importante que vivamos de acuerdo con estos principios básicos y cumplamos todo lo que nuestro Padre Celestial espera de nosotros!

Así llegamos al octavo aspecto de la madurez: la responsabilidad Un niño pequeño no tiene responsabilidad hasta los ocho años de edad, de acuerdo con lo que el Señor ha decretado y la mayoría de las leyes aceptan. Sin embargo, lo que ayuda a alcanzar la madurez no es tener edad para ello, sino comprender que tenemos responsabilidad, actuar de acuerdo con esa idea, y estar preparados para responder ante aquellos que tienen autoridad sobre nosotros, y finalmente ante el Señor mismo.

Durante su ministerio, el Salvador enseñó este principio, que se aplica aun hasta a las palabras que pronunciamos:

«Más yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio.» (Mateo 12:36.)

El adversario trata constantemente de distraernos e impedirnos vivir correctamente y prepararnos para dar buena cuenta de nuestras acciones. Por lo tanto, debemos ser siempre fuertes, sin bajar jamás la guardia ni transigir en los principios que hemos recibido del Señor.

Noveno, consideremos la seriedad (o carácter digno de confianza). Siendo niños, reímos un momento y lloramos el próximo, cambiamos los amigos con facilidad y nuestro punto de vista del mundo varía de acuerdo con las circunstancias y el ambiente. Al madurar, nos volvemos más estables y dignos de confianza. El apóstol Pablo expreso la esperanza de que entonces «no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia artimañas del error» (Efesios 4:14).

Debemos advertirles y enseñarles, protegerlos y salvaguardarlos, a fin de que nuestros pequeños no se desvíen física ni espiritualmente del camino. Ellos están expuestos a demasiadas voces y demasiadas doctrinas que no son del Señor. No obstante, al «seguir adelante con firmeza en Cristo» y perseverar «hasta el fin» (2 Nefi 31:20), lograremos la madurez de la seriedad, la persistencia y la perseverancia espiritual.

Siento una gran gratitud hacia nuestro amado presidente Kimball, quien es un ejemplo de estas cualidades; él ha sido una gran fuente de inspiración para mí, y, estoy seguro, para muchas otras personas, en nuestro esfuerzo por lograr la madurez espiritual, particularmente con respecto a la décima cualidad de la que deseo hablar.

Esta cualidad es el autodominio. El profeta nefita Alma nos aconseja:

«. . . y procura también refrenar todas tus pasiones para que puedas estar lleno de amor . . . » (Alma 38:12.)

Jesucristo, el Hijo de Dios, pudo ser nuestro Salvador y Redentor porque venció todas las cosas del mundo. Cuando Satanás lo tentó, no sucumbió a la tentación; cuando fue objeto del ridículo y el vilipendio, no transigió en sus principios; cuando se enfrentó a la muerte, no flaqueó. Él había alcanzado completa madurez.

Que podamos también nosotros, como El, ser inocentes y humildes, sencillos y llenos de fe y amor; que podamos ser sabios y dignos de confianza, y conducir a otros habiendo logrado primero un dominio absoluto de nosotros mismos. Que podamos alcanzar la madurez necesaria a fin de dar un informe aceptable de nuestra mayordomía al Señor cuando venga. Él es el Cristo viviente y esta es su Iglesia. Él nos habla por medio de su Profeta, y de esto os expreso mi gozoso testimonio en el nombre de Jesucristo. Amen.

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