Escudriñad las escrituras

Conferencia General Octubre 1982

Escudriñad las Escrituras

J. Richard Clarke

por el obispo J. Richard Clarke
Segando Consejero en el Obispado Presidente


Una de las secciones mas maravillosas e inspiradoras del Libro de Mormón, que se conoce como «el Salmo de Nefi», empieza con estas palabras tan conmovedoras:

«Porque mi alma se deleita en las escrituras, y mi corazón las medita, y las escribo para la instrucción y el beneficio de mis hijos.

«He aquí, mi alma se deleita en las cosas del Señor . . . » (2 Nefi 4: 1516. )

Estas palabras tienen un significado especial para mi, ya que crecí en una pequeña comunidad mormona y me educaron en un hogar ejemplar de Santos de los Ultimos Días. Se me enseñó a amar al Señor, a reverenciar Su nombre y a comunicarme con El por medio de la oración. Era muy niño cuando aprendí que el Padre y el Hijo se le aparecieron a José Smith; lo creí de niño y nunca lo he dudado de hombre.

Sin embargo, hasta que me enrole en la marina, no había experimentado el impacto de conocer a tantas personas que nunca habían visto a un mormón o que nunca hablan oído nada del mormonismo. De pronto me di cuenta de lo limitado que era mi conocimiento del evangelio. Me hicieron algunas preguntas muy difíciles acerca de la Iglesia, a las que me fue dificultoso contestar. Yo era el único mormón en la tropa y no tenía a nadie a quien consultar. El único libro de Escrituras que llevaba era un pequeño Libro de Mormón una edición especial publicada para las fuerzas armadas. Me da vergüenza confesar que en varias ocasiones abandone a Lehi y a su familia en algún lugar del desierto.

Aunque crecí como un miembro activo de la Iglesia, nunca sentí la necesidad especial o imperiosa de estudiar las Escrituras ni las palabras de los profetas. Cuando se me hacia una pregunta o cuando me trataban de ridiculizar a mí o a la Iglesia, todo lo que podía hacer era expresar las creencias que había aprendido de mi familia • de mis maestros. Trataba de compensar mi carencia de conocimiento siendo un buen ejemplo de los principios que profesaba.

Después de dejar la marina, recibí mi llamamiento misional, pero todavía no había logrado adquirir un deseo ferviente de conocer el evangelio. No me había dado cuenta de que hay una relación directa entre la comprensión de las Escrituras y el ser un buen Santo de los Ultimos Días. Después de un breve periodo de capacitación en la antigua casa de la misión en Salt Lake City, mis compañeros y yo tuvimos la oportunidad de hacer proselitismo en el estado de Texas, EE.UU., mientras esperábamos el barco que nos llevaría a la Africa del Sur.

Esa experiencia expandió la visión de lo que iba a estar haciendo durante los próximos dos años. Tuve que aprender de prisa mucha humildad.

Al navegar hacia el Cabo de Buena Esperanza un suceso inesperado cambió toda mi vida. Se iba a tratar de un viaje de 28 días; pero al cruzar la línea ecuatorial, nuestro barco empezó a tener ciertos problemas con la caldera. Al avanzar dificultosamente hacia el puerto de Recife, en Brasil, chocamos contra las rocas, lo cual abrió un corte en el casco del barco. Un bote de remolque nos rescató; no obstante, cuando por fin llegamos a El Cabo, habíamos pasado ochenta y cuatro días en alta mar.

Tuve la suerte de compartir el camarote con un magnifico compañero, que además era un asiduo estudiante del evangelio. Su padre, que también había sido misionero, le había dado para que llevara con el una caja grande de libros de la Iglesia. Fue durante aquel «encierro» que se desplegó ante mí todo un mundo nuevo de conocimiento del evangelio.

Fue un espacio de tiempo dedicado al estudio, a la meditación, a la oración; leí desde el principio al fin todos los libros canónicos, así como Jesús el Cristo y muchos otros libros de la Iglesia. Durante aquella travesía, recibí del Señor mi testimonio de que el Libro de Mormón es la palabra de Dios. Fue ahí donde supe que Jesús es el Cristo, v donde se despertó en mi alma un apetito insaciable por las verdades eternas. ¡Que lastima que hubiera esperado tanto! ¡Había perdido mucho tiempo durante el servicio militar! había pasado por alto un tesoro inapreciable. Estoy convencido de que tendremos que dar cuenta de la manera en que empleamos nuestro tiempo libre.

Es mucho lo que podemos aprender del ejemplo del joven profeta José Smith, cuyo estudio persistente de la Santa Biblia, acompañado de la oración, le llevaron a buscar al Dios de los cielos para obtener orientación divina. Esto lo condujo hacia el umbral de la revelación mas grande jamas dada al hombre desde el ministerio terrenal del Salvador mismo. Durante toda su vida el profeta José siguió escudriñando y meditando hasta que llego a ser docto en las Escrituras.

También el presidente Spencer W. Kimball constituye un ejemplo. Ha contado que cuando tenía mas o menos catorce años, una hermana habló en una conferencia de su estaca, ocasión en que «dio un discurso convincente sobre el tema de leer las Escrituras… Luego se detuvo para preguntarnos: ‘¿Cuantos de vosotros habéis leído la Biblia de principio a fin?’ . . . El corazón que me acusaba me dijo: ‘Tu, Spencer Kimball, tu nunca has leído ese sagrado libro. ¿Por que?’ Mire a mi alrededor para ver si solo yo había incurrido en la falta de no leer el sagrado libro. De las mil personas presentes, quizás hubiera solo media docena que orgullosamente alzaron la mano. . . Cuando termino la reunión, me apresure a casa… diciéndome con resolución: ‘Lo haré. Sí, lo leeré.’ «

Se fue a su casa, tomo una lampara de aceite, y subió la escalera hasta llegar a su habitación en el desván. Luego cuenta lo siguiente: «Ahí abrí la Biblia y empece con Génesis… Leí hasta altas horas de la noche en cuanto a Adán y a Eva . . . v sobre el diluvio aun hasta Abraham.» (Presidente Kimball Speaks Out, págs. 92-93.)

Continuó leyendo un poco cada noche, a pesar de que no siempre entendía lo que leía, pues se había propuesto hacerlo. Después de un año ya había terminado. Este logro le sirvió de modelo para toda la vida. Los sermones y escritos del presidente Kimball nos convencen de que ha tenido que estudiar largas horas para obtener el profundo conocimiento que posee de las Sagradas Escrituras.

Estoy convencido de que la familia y aun los niños pequeños pueden aprender a apreciar las Escrituras. Hace unos años, cuando estuve en la ciudad de Colorado Springs para una conferencia, le pedí a Mark McConkie, hijo del élder Bruce R. McConkie, que nos hablara sobre el lema que plantea la siguiente pregunta: «¿Cómo llego a apreciar las Escrituras?» Según recuerdo, nos dijo:

«Primero lo aprendí de mi madre; ella me enseñaba mientras planchaba. Podía apreciar cuanto apreciaba las Escrituras por la forma en que se refería a los profetas. ¡Cuánto amaba a estos! Entonces de niño yo escuchaba las Escrituras en grabaciones; las quería conocer tan bien como mi padre. A veces el entraba en el cuarto mientras yo escuchaba y tardaba un momento para reconocer el pasaje de las Escrituras y saber exactamente dónde se encontraba. Yo quería poder lograr lo mismo.»

Probablemente recordaréis la enternecedora experiencia que nos relató el presidente Romney de la ocasión en que se encontraba leyendo el Libro de Mormón con su hijo. Nos lo contó así:

«Recuerdo que estaba leyendo con uno de mis hijitos. .. Cada uno leía alternadamente y en voz alta los párrafos de los últimos tres maravillosos capítulos de Segundo Nefi. 0i que la voz le cambiaba como si tuviera un resfrío pero continuamos hasta el final de los tres capítulos. Cuando terminamos, me dijo: Papa, ¿lloras alguna vez al leer el Libro de Mormón?’ ‘Si, hijito’, le conteste, a veces el Espíritu del Señor testifica de tal manera a mi corazón que el Libro de Mormón es verdadera que me hace llorar’. Entonces replicó: ‘Papa, eso mismo me ha sucedido esta noche.’ » (En Conference Report, 3 de abril de 1949, pág. 41.)

Unos días después de oír esto, antes de acostarnos, me encontraba leyendo un libro del escritor Jack London con mi hijo menor. . me acorde del relato del presidente Romney; entonces pense en lo que estabamos perdiendo por no leer juntos los libros canónicos y en que antes de que el se fuera a la misión, yo quería que se familiarizara íntimamente con los grandes héroes de la literatura sagrada para que moldeara su vida siguiendo el ejemplo de ellos. Comenzamos a leer solamente unos quince minutos o un capítulo diario. ¡Qué experiencia tan especial! Os la recomiendo.

Se ha pagado un precio muy alto por todos los registros sagrados de que disponemos. Si consideramos las tremendas pruebas y la persecución de que la Biblia ha sido objeto, la gran maravilla no es que este completa o que haya sido traducida correctamente, sino el milagro mismo de haber subsistido. Sin duda alguna, el Señor la ha preservado para la salvación de sus hijos.

Se quitó la vida a Labán por mandato divino para que el pueblo nefita «no degenerara en la incredulidad» (1 Nefi 4:13). Pensad en los padecimientos de los profetas nefitas que llevaban los registros de su pueblo para que las generaciones futuras sacaran provecho de sus experiencias.

Pensad en los millones de personas que han vivido en las épocas en que no existían instalaciones para imprimir o para traducir, o cuando, debido a la opresión política o al analfabetismo, no han podido tener acceso a las Escrituras. Pensad en la bendición de vivir en esta dispensación en que tenemos las Sagradas Escrituras a nuestra disposición. En 1981, las Sociedades Bíblicas Unidas distribuyeron 444.000.000 de ejemplares completos o porciones de la Biblia en todo el mundo.

Para finales de 1982, el Libro de Mormón, o extractos seleccionados de él, se habrán publicado en 57 lenguas. Somos los beneficiarios de grandes sacrificios. ¿Que excusas daremos por haber desaprovechado esta oportunidad? Hermanos y hermanas, no tenéis que ser grandes estudiosos para leer las Escrituras; s610 tenéis que amar al Señor.

El Señor enseñó claramente la importancia v el valor de los registros sagrados al enseñar a los nefitas. He aquí lo que declaró:

«. . . un mandamiento os doy de que escudriñéis estas cosas diligentemente . . .

«. . . escuchad mis palabras; escribid las cosas que os he dicho . . .

«. . . escudriñad los profetas, porque muchos son los que testifican de estas cosas.

«Y aconteció que… después que Jesús les hubo explicado todas las Escrituras que habían recibido. . . les dijo: He aquí, quisiera que escribieseis otras Escrituras que no tenéis . . .

«. . . ¿Cómo es que no habéis escrito esto, que muchos santos se levantaron, y se aparecieron a muchos, y los ministraron?

«Y Nefi se acordó de que aquello no se había escrito.

«Y aconteció que Jesús mandó que se escribiera . . .

«Y . . . cuando Jesús hubo explicado en una todas las Escrituras que ellos habían escrito, les mandó que enseñaran las cosas que el les había explicado.» (3 Nefi 23:1, 46, 11-14.)

Me solidarizo con el sabio consejo que el presidente Romney dio a un grupo de coordinadores de seminarios e institutos en 1973, cuando les dijo:

«No se del evangelio mucho mas de lo que he aprendido en los libros canónicos. Cuando bebo agua que procede de un manantial, me gusta tomarla en el mismo lugar donde brota de la tierra no corriente abajo después que el ganado la ha enturbiado . . . Respeto las interpretaciones que hacen otras personas, pero en lo que se refiere al evangelio, debemos saber lo que el Señor dice . . . Debéis leer el Libro de Mormón v Doctrina y Convenios . . . y todas las Escrituras con la idea de aprender lo que contienen y lo que significan y no con el fin de comprobar alguna idea que se os haya ocurrido. Leedlas sinceramente y suplicad al Señor que os permita entender lo que quiso decir cuando las hizo escribir.» (Discurso dado en la Convención de Coordinadores de Seminarios e Institutos de Religion, abril 13 de 1973.)

Temo que haya demasiados Santos de los Ultimos Días cuyo testimonio del evangelio no sea producto de su propia diligencia. ¿Será posible que viváis con el reflejo de la luz de otros que si han orado y meditado acerca de las revelaciones de Dios? El testimonio es el producto de nuestro propio empeño. El Señor nos ha brindado los medios de salvación, pero el éxito depende de nuestro esfuerzo individual.

Me gustaría concluir con el consejo que el profeta José Smith nos dio en 1831:

Escudriñad las Escrituras; escudriñad las revelaciones que publicamos v pedid a vuestro Padre Celestial, en el nombre de su Hijo Jesucristo, que os manifieste la verdad; y si lo hacéis con el solo fin de glorificarlo, no dudando nada, El os responderá por el poder de su Santo Espíritu. Entonces podréis saber por vosotros mismos v no por otro. No tendréis entonces que depender del hombre para saber de Dios, ni habrá lugar para la especulación . . . porque cuando los hombres reciben su instrucción de Aquel que los hizo, saben como los salvara. Por lo que de nuevo os decimos: Escudriñad las Escrituras; escudriñad las profecías, y aprended que porción de ellas pertenece a vosotros . . .» (Enseñanzas del profeta José Smith, pág. 7.)

A todo esto añado mi testimonio. Las Sagradas Escrituras son la palabra de Dios, y para conocer a Dios debemos leer Sus palabras porque por medio de ellas se revela El al de corazón recto y sincero. De esto testifico en el nombre de Jesucristo. Amen.

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