Gratitud y reconocimiento

Conferencia General Octubre 1982

Gratitud y reconocimiento

Marion G. Romney

por el élder Marion G. Romney
Segundo Consejero en la Primera Presidencia


Mis queridos hermanos, quisiera hablaros acerca de la gratitud y del reconocimiento. El mundo ha elogiado el valor del agradecimiento tanto como ha condenado el pecado de la ingratitud. Se ha dicho:

«Un hombre ingrato es como un puerco que come bellotas echado debajo del árbol, sin siquiera considerar de donde vienen. » (Timothy Dexter, The New Dictionary of Thoughts, edición de 1961, pág. 308.)

Jesucristo nos dejó saber lo que pensaba de la gratitud cuando relato la parábola de los diez leprosos que, después de ser sanados, con excepción de uno, se fueron sin volverse para dar las gracias. Lucas nos dice:

«Yendo Jesús a Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea.

«Y al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos, los cuales se pararon de lejos

«y alzaron la voz, diciendo: ¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!

«Cuando él los vio, les dijo: Id mostraos a los sacerdotes. Y aconteció que mientras iban, fueron limpiados.

«Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz,

«y se postró rostro en tierra a sus pies, dándole gracias; y este era samaritano.

«Respondiendo Jesús, dijo: ;¿No son diez los que fueron limpiados’? Y los nueve, ¿donde están?

«¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero?» (Lucas 17:11-18.)

Jesucristo nos dio un ejemplo de agradecimiento en la ultima cena:

‘. . . mientras comían, Jesús tomo pan y bendijo, y lo partió, les dio, diciendo: Tomad, esto es mi cuerpo.

«Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio; y bebieron de ella todos. » (Marcos 14:22-23.)

Tanto las Escrituras antiguas como las modernas contienen muchísimas referencias que mencionan la súplica, la alabanza y el agradecimiento al Señor.

El Salmista cantó:

«Reconoced que Jehová es Dios . . .
«Entrad por sus puertas con acción de gracias,
Por sus atrios con alabanza;
Alabadle, bendecid su nombre.»
(Salmos 100:3-4.)

El rey Benjamin amonesto a su pueblo de esta manera:

«. . . ¡oh, como debíais dar gracias a vuestro Rey Celestial’

«Os digo, mis hermanos, que si diereis todas las gracias y alabanza que vuestra alma entera es capaz de poseer, a ese Dios que os ha creado, y os ha guardado preservado, y ha hecho que os regocijéis, y os ha concedido que viváis en paz unos con otros,

«os digo que si sirvieseis a aquel que os ha creado desde el principios y os esta preservando de día en día, dandoos aliento para que podáis vivir, moveros y obrar según vuestra propia voluntad, y aun sustentándoos de un momento a otro, digo que si lo sirvieseis con toda nuestra alma, todavía seríais servidores inútiles.» (Mosiah 2:19-21.)

‘ Yo creo», dijo el presidente Joseph 1’. Smith hace muchos años, «que uno de los pecados mayores que hoy se puede imputar a los habitantes de la tierra es el pecado de la ingratitud, la falta de reconocer, por parte de ellos, a Dios y su derecho de gobernar y dirigir. Vemos que se levanta un hombre con dones extraordinarios o gran inteligencia, y sirve de instrumento para desarrollar algún principio grande. El y el mundo adjudican su gran genio y prudencia a la persona misma. El atribuye su éxito a sus propias energías, trabajo y capacidad mental. No reconoce la mano de Dios en cosa alguna relacionada con su éxito, antes lo desdeña por completo y toma la honra para si mismo; esto puede aplicarse a casi todo el mundo. En todos los grandes descubrimientos modernos en el campo de la ciencia, en las artes, en la mecánica y en todo el desarrollo material de la época, el mundo dice: ‘Nosotros lo hemos logrado’. El individuo dice: ‘Yo lo hice’; v no da el honor o el crédito a Dios. Ahora bien, he leído en las revelaciones dadas por conducto de José Smith el Profeta, que por esta causa Dios no esta complacido con los habitantes de la tierra, sino que esta enojado con ellos porque no reconocen su mano en todas las cosas.» (Joseph F. Smith, Doctrina del Evangelio ed. de 1978, págs. 264-66.)

Los grandes hombres siempre han reconocido la grandeza de Dios y lo mucho que dependen de El y, a su vez, le han demostrado gratitud por medio de la acción de gracias.

Abraham Lincoln escribió estas palabras como parte de la resolución del año 1863:

«Hemos sido recipientes de las mas ricas bendiciones del cielo; hemos sido preservados por muchos años con paz y prosperidad; hemos crecido, tanto en numero de habitantes como en riqueza material y poder, mas que ninguna otra nación. Pero nos hemos olvidado de Dios, hemos olvidado la bondadosa mano que nos ha dado la paz y nos ha hecho crecer, nos ha enriquecido y fortalecido, y hemos supuesto vanamente, dejando que nuestro corazón se engañe, que recibimos estas bendiciones gracias a nuestras propias virtudes y a nuestra sabiduría superior. Embriagados con un éxito ininterrumpido, nos hemos vuelto tan autosuficientes que ya no sentimos la necesidad de la gracia que redime y preserva: demasiado orgullosos para orar al Dios que nos creó.

‘Nos corresponde, por lo tanto, humillarnos ante el poder que ofendemos, confesar nuestros. . . pecados, y orar para obtener clemencia y perdón.» (John Wesley Hill, Abraham Lincoln-Man of God 4a. ed. New York: G. P. Putnam’s Sons, pág. 391.)

Observemos también la reacción del profeta José Smith al recibir cartas mientras se encontraba consumiéndose en la cárcel de Liberty.

«Anoche recibimos algunas cartas . . . nos sentimos muy complacidos por lo que decían. Habíamos estado sin noticias por largo tiempo, y leerlas fue tan refrescante para nuestra alma como la suave brisa primaveral.» (History of the Church 3:293.)

Estas citas, por supuesto, nos conmueven, pero no son el motivo principal para que debamos sentirnos mas agradecidos y expresarlo mas al Señor. El motivo es que Dios nos ha mandado ser agradecidos.

En marzo de 1831, antes de cumplirse un año de la organización de la Iglesia, el Señor les dijo a los santos en Kirtland:

«Mas en todo se os manda pedir a Dios, el cual da liberalmente; v lo que el Espíritu os testifique, eso quisiera yo que hicieseis con toda santidad de corazón, andando rectamente ante mi, considerando el fin de vuestra salvación, haciendo todas las cosas con oración y acción de gracias, para que no seáis seducidos por espíritus malos, ni por doctrinas de demonios, ni los mandamientos de los hombres; porque unos son de los hombres y otros de los demonios . . .

«y habéis de dar gracias a Dios en el Espíritu por cualquier bendición con que seáis bendecidos.» (D. y C. 46:7, 32; cursiva agregada.)

Cinco meses después, dio un mandamiento a la Iglesia, en ese momento establecida en Jackson

County, Misuri. Prestad atención al hecho de que el Señor pone el mandamiento de ser agradecidos al mismo nivel que otros importantes:

«por tanto, les doy un mandamiento que dice así: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, alma, mente y fuerza; y en el nombre de Jesucristo lo servirás.

«Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hurtarás, ni cometerás adulterio, ni matarás, ni harás ninguna cosa semejante.

‘Darás las gracias al Señor tu Dios en todas las cosas. (D. y C. 59:5-7.)

Este pasaje de escritura pone en evidencia el hecho de que dar gracias a Dios por todo no es simplemente una cortesía, sino un mandamiento que se requiere que cumplamos al igual que cualquiera de los otros.

Mas adelante, el Señor dijo en una revelación:

«Y el que reciba todas las cosas con gratitud será glorificado; y le serán añadidas las cosas de esta tierra, hasta cien tantos, si, y mas.» (D. y C. 78:19; cursiva agregada.)

«De cierto os digo, mis amigos»-siempre me emociona que el Señor nos llame amigos- «de cierto os digo, mis amigos, no temáis, consuélense vuestros corazones; sí, regocijaos para siempre, v en todas las cosas dad gracias. (D. y C. 98:1.)

«Si te sientes alegre, alaba al Señor con cantos, con música, con baile y con oración de alabanza v acción de gracias. (D. y C. 136:28; cursiva agregada.)

El mandamiento que acabo de leer lo recibió el profeta Brigham Young en Winter Quarters, cuando los santos estaban en camino hacia el Oeste. En esa época estaban sufriendo mas penurias que nunca, y, sin embargo, el Señor les mandó que dieran alabanzas y acción de gracias.

Estos mandamientos que he leído nos ponen bajo la solemne obligación de ser agradecidos y de expresárselo a nuestro Señor. Debemos sentir y expresar gratitud por todas nuestras bendiciones.

Con Jesucristo, que pagó un precio tan alto por nuestra redención, tenemos una deuda de gratitud perpetua. Es imposible para nosotros, mortales e imperfectos que somos, comprender v apreciar completamente el sufrimiento que soportó en la cruz para que pudiéramos vencer la muerte. Y podemos comprender aun menos la intensa agonía de Getsemaní que nos permite obtener el perdón de nuestros pecados. Como dijo El:

«Padecimiento que hizo que yo. Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro v padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar.» (D. y C. 19:18.)

A pesar de todo esto, lo hizo por nosotros, porque no hubiéramos podido soportar tal sufrimiento. Ningún hombre mortal hubiera podido soportarlo. Todos los que comprenden lo que Jesucristo hizo por nosotros deben amarlo y demostrárselo de una manera concreta, por medio del agradecimiento y de la acción de gracias.

El élder Richard L. Evans dijo una vez:

«Con gratitud reconocemos la infinita sabiduría de nuestro Creador, y con el mismo agradecimiento debemos pagar nuestros diezmos y ofrendas, y darle servicio constante y dedicado por todo lo que nos ha dado. Debemos guardar sus mandamientos en memoria del amor, la providencia y el propósito de nuestro Creador. Dios y Padre de todos, el organizador y gobernador de los cielos v de la tierra, sin quien todas estas cosas no hubieran sido posibles. Agradezcámosle la vida y lo que la mantiene, las personas a quienes queremos y que le dan propósito a nuestra existencia, la fe v nuestro objetivo eterno. Demos gracias a Dios por todo esto v aun mas.» (Improvement Era, feb. de 1968, pág. 74.)

Ahora, mis queridos hermanos, os doy mi testimonio de que el Señor desea que nos sintamos agradecidos a El. Y si hacemos lo que nos ha aconsejado, seremos los habitantes mas felices de la tierra, porque de esta manera lograremos llegar a la presencia de nuestro Padre Celestial y tener comunión con El. Lo testifico en el nombre de Jesucristo. Amén.

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