La religión pura

Conferencia General Octubre 1982

La religión pura

Marvin J. Ashton1

por el élder Marvin J. Ashton
del Consejo de los Doce


Hace unas pocas semanas, al dirigirme a la Manzana del Templo donde había quedado en reunirme con un amigo, una joven desconocida se acercó a mí y me pregunto:

-¿Quiere usted saber qué clase de gente son en realidad estos mormones?

Yo le respondí:
-Creo que ya se un poco acerca de ellos.
A lo que ella insistió diciendo:
-Definitivamente, no viven las enseñanzas de Jesucristo como deberían hacerlo.
Mi comentario final fue:
-¿Y quién lo hace?

Al seguir rumbo al centro de visitantes, comencé a meditar con respecto a las acciones de las personas que dedican tiempo y medios para desacreditar, turbar, ridiculizar y avergonzar a quienes tienen creencias religiosas distintas de las suyas. A veces, son acciones que unifican y fortalecen a los que se sienten atacados. Sin embargo, en algunos casos, plantan la semilla de la discordia y hasta las personas dignas pueden quedar dañadas por sus calumnias.

Dudo que se pueda calificar de cristiano este comportamiento. Cristo jamás nos instó a participar en críticas dañinas y destructivas. Su mensaje fue el de escudriñar, aprender y compartir todo lo digno de admiración y valor con nuestros semejantes. Sólo aquellos que son de naturaleza vengativa y pendenciera participan en investigaciones y divulgaciones de lo que es negativo e indeseable.

Toda mi vida agradeceré el consejo sensato que el presidente de la misión me dio cuando llegue a Inglaterra para servir de misionero. Me dijo en aquella ocasión:

-Elder Ashton, esta gente ha vivido aquí durante siglos. Si usted abre ojos, oídos y mente, podrá aprender mucho durante su permanencia en este país. Busque lo bueno y pase por alto las costumbres que son diferentes de las suyas.

Cuanto más tiempo pasaba en Inglaterra, más agradecía ese consejo. Día tras día crecía mi afecto y mi aprecio por ese gran país y su gente. Por ejemplo, en vez de congelarme en los crudos días de invierno, hacia lo que hacen los ingleses: me ponía otro suéter en vez de perder el tiempo en murmuraciones y quejas.

Alguien escribió: «Nada es más fácil que criticar, ya que para hacerlo no se requiere talento, ni sacrificio, ni inteligencia . . . » (Richard L. Evans, Quote Book, pág. 221.)

Ya sea que las acusaciones, insinuaciones, asperezas o mentiras se susurren o se griten a toda voz, el Evangelio de Jesucristo nos enseña que no debemos tomar represalias ni contender.

«Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse;

«porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios.» (Santiago 1:19-20.)

Ninguna religión, grupo de personas ni individuo puede prosperar por mucho tiempo si se dedica a criticar las debilidades ajenas. A todo el mundo, y especialmente a los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, declaramos que no hay tiempo para la contención.

«Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana.» (Santiago 1:26.)

El poeta Robert Frost (norteamericano, 1875-1963) definió la educación diciendo que es «la habilidad de escuchar casi cualquier cosa sin perder la paciencia ni la confianza en uno mismo». Es probable que nunca nos libremos de quienes están abiertamente en contra de los mormones, de manera que aconsejamos a todos los miembros de la Iglesia a resistir el impulso a la contienda. ¿Somos capaces según las palabras de un antiguo dicho, de «vivir y dejar vivir»?

Indudablemente, uno de los privilegios otorgados por Dios es nuestro derecho de escoger cual será nuestra actitud frente a cualquier circunstancia. Podemos permitir que los acontecimientos que nos rodean determinen nuestras acciones, o podemos controlar nuestra vida y dirigirla utilizando como normas los principios de la «religión pura», la cual implica aprender y poner en práctica el Evangelio de Jesucristo. Nada será jamás de verdadero beneficio para nosotros mientras no incorporemos en nuestra vida los principios que aprendemos.

Me parece que nunca ha habido en la historia del mundo una época como la presente en la que haya sido más importante vivir la religión pura tal como la enseñó el Salvador. Esta no es vengarse, ni devolver acciones y palabras perniciosas o crueles. La religión pura comprende la habilidad de amar, edificar y poner la otra mejilla, en vez de destruir y denigrar. Benditos son aquellos que se esmeran en servir al Señor sin perder tiempo buscando faltas en El ni en Sus siervos.

Las personas que tienen poder de discernimiento se dan cuenta de que es imposible esperar la perfección en los demás puesto que nadie es perfecto.

‘¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?

«¿0 como dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo?

«¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces veras bien para sacar la paja del ojo de tu hermano.» (Mateo 7:35.)

Podremos progresar de una manera significativa solo cuando todos echemos la viga de nuestro propio ojo, dejemos el juicio en manos de nuestro Padre Celestial y nos dediquemos a vivir dignamente.

Al reflexionar en las acciones que no concuerdan con la definición de la religión pura, tal vez debamos contemplar la naturaleza de esta expresión:

«La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo. » (Santiago 1:27.)

Las palabras son simples, y sin embargo, revelan una fórmula básica, a saber: ayudemos a los necesitados, edifiquemos nuestra vida en torno al Evangelio de Jesucristo y evitemos caer en las trampas de las tentaciones del mundo.

Así como se hace con la mayoría de las fórmulas, todos debemos analizar nuestra propia vida y aplicar el buen juicio al libre albedrío, al poner en práctica estos principios básicos. Jesús dijo:

«En verdad, en verdad os digo que este es mi evangelio; y vosotros sabéis las cosas que debéis hacer en mi iglesia; pues las obras que me habéis visto hacer, esas también las haréis; porque aquello que me habéis visto hacer, eso haréis vosotros.» (3 Nefi 27:21.)

El hacer es siempre más difícil que el saber.

El verano pasado, mientras estábamos visitando a unos amigos, nos dimos cuenta de que uno de sus hijitos pequeños que tenía un triciclo nuevo estaba muy molesto porque los padres, por atendernos a nosotros, no le brindaban su atención, y nadie hacia caso de él. Para llamarnos la atención pasó en el triciclo a toda la velocidad que sus piernecitas le permitieron, gritándonos:

-¡Mírenme!

Pero cuando nos miró a nosotros en vez de mirar a dónde se dirigía, sucedió lo inevitable: se llevó una silla por delante. Para detenerle las lágrimas y aliviarle el dolor, la madre lo consoló, diciendo:

-La silla mala te hizo daño; castiguémosla.

Supongo que eso lo distrajo momentáneamente, pero hizo que el pequeño culpara a un objeto, en vez de a sí mismo, por el accidente ocurrido.

¿Cuantas veces buscamos algo externo a lo cual atribuir la culpa de nuestras acciones? Nos duele mirarnos a nosotros mismos y asumir la responsabilidad de las situaciones en las que nos encontramos.

Para guardarnos libres de las manchas del mundo se requiere que asumamos el cargo de gobernar nuestra propia vida, aceptando la responsabilidad de nuestras propias acciones y escogiendo el papel de pacificador en vez de vengador, cuando los que estén a nuestro derredor critiquen o propaguen mentiras. También debemos estar conscientes de que las personas que llevan a cabo la obra de Dios sobre la tierra son seres humanos y, por lo tanto, poseen algunas debilidades. La religión pura comprende la habilidad de estar alertas y buscar el bien que otros hacen en vez de sentirnos desilusionados cuando afloran en ellos las debilidades humanas. Esto también incluye resistir el deseo de proclamar sus faltas tan abiertamente que lo bueno quede relegado a segundo lugar, y como resultado, se debilite el testimonio.

La religión pura es conservar el equilibrio entre la información sofisticada e intelectual y los principios básicos del evangelio. A los Santos de los Últimos Días se les insta a aprender en todos los campos de la vida. Sin embargo, el conocimiento superior o los logros académicos necesitan la iluminación de la sabiduría, el buen juicio y la guía espiritual, a fin de que todo lo aprendido se utilice para el beneficio del individuo y sus semejantes.

Algunos piensan que pueden aprender acerca de Dios tan sólo con apreciar la obra de su creación: las montañas, los mares, los ríos, las flores, los pájaros, los animales. Aun cuando es importante y debemos apreciar todo esto, eso no es suficiente. En el ambiente formal de la Iglesia, se comparten las verdades del evangelio, se absorben nuevos conceptos y se ofrecen nuevas experiencias. Todo esto puede dar como resultado el enriquecimiento de los sentimientos que tenemos hacia nosotros mismos y el aprendizaje de mejores métodos para ayudar a los demás.

La persona que practica la religión pura descubre rápidamente que da más satisfacción elevar a una persona que mantenerla en el lodo. La felicidad está íntimamente conectada con el servicio. Aquellos que no pueden proteger el buen nombre ajeno, que se aprovechan del inocente o del ignorante, que hacen fortuna pretendiendo santidad con el objeto de manipular a otros, se están perdiendo el gozo que se siente al practicar la religión pura.

Muchos han hallado gozo al extender su misericordia y su cariñoso cuidado a quienes están a su derredor. ¡Que fortaleza siento al observar a amigos que visitan hogares para ancianos o convalecientes, a fin de dar alivio a pacientes que ni siquiera poseen la habilidad de expresar su gratitud! Hay quienes no hacen más que preguntarse por qué Dios permitirá que tantas personas permanezcan en un estado de sufrimiento e irremediable deterioro mental y físico. Mientras muchos se limitan a pensarlo, otros nos enseñan por medio de su servicio compasivo y su paciencia. Una persona que conozco, que ha servido en muchos cargos de liderazgo en la Iglesia, aun en templos y misiones, y que ahora no posee ningún cargo especifico, se reúne mensualmente con personas de edad avanzada internadas en hogares para ancianos y a menudo dice: «¡Que satisfacción siento cuando voy a visitar a esas preciosas almas!»

La religión pura es demostrar interés y cariño por aquellos que, debido a la pérdida de su cónyuge, se sienten solos y olvidados. Recientemente, hable con un obispo en cuyo barrio viven sesenta viudas. Con una sonrisa, me dijo:

Siento un gran afecto por cada una de ellas.

Además de las visitas de los maestros orientadores, él y sus consejeros van a visitarlas por lo menos una vez por semana.

-Estas hermanas traen gozo a nuestra vida-agregó.

En cambio hubiera podido decir:

«¿No cree usted que tenemos más de lo que podemos abarcar?»

Otra práctica digna de la religión pura es una llamada telefónica diaria a toda persona confinada a las paredes de su casa. Una amorosa viuda anciana dijo:

-Si las llamo por teléfono a diario, se sienten felices; si no contestan mi llamada, sé que probablemente necesiten que las visite personalmente.

Una de las amistades de esta mujer no tenía los medios para instalar un teléfono, de manera que esta buena hermana se encargó de hacerle instalar uno y pagar la cuota mensual.

La religión pura comprende la paciencia y la longanimidad. Un hombre en proceso de recuperación de los efectos del alcoholismo a menudo declara:

-He vuelto al camino recto porque mi familia no se dio por vencida. Todos me dieron por perdido, menos mi esposa y mis hijos.

¡Que dulces son estas palabras! «He vuelto al camino recto porque mi familia no se dio por vencida.»

La religión pura se practica también amparando a los niños desafortunados. Algunos de los espíritus más escogidos de Dios viven fuera del alcance del cuidado hogareño. Muchos de ellos reciben el trato familiar por medio de padres adoptivos o de tutores.

La religión pura consiste en hacer lo justo por más que nos cueste: es realizar acciones correctas movidos por las razones correctas. E1 ser digno, servicial, amoroso u obediente a las leyes de Dios simplemente para recibir elogio y reconocimiento no es vivir la religión pura. La religión pura es poder soportar que se nos ridiculice y que algunas personas no nos quieran, porque sabemos quiénes somos y hacia dónde nos llevan nuestras metas. Muchos de nuestros jóvenes, y también personas mayores han adquirido esa fortaleza, y ejercen una gran influencia a favor del bien en la vida de quienes los rodean.

El amar a quienes nos rodean incluye el ser sensibles a los sentimientos ajenos. Como sucede a menudo, un oficial que dirigía una reunión anunció que se invitaba los diáconos a que cuando terminaran de servir la Santa Cena, fueran a sentarse con su familia. Un hermano se fijó en que uno de los jovencitos salía a sentarse solo en el vestíbulo, y la próxima semana invitó al niño a sentarse con su familia para que no se avergonzara y se sintiera solo como consecuencia de que su familia no asistía a la Iglesia. Ese hombre respondió a la necesidad de aquel niño en vez de criticar a los líderes por la norma implantada. Su acción puede tomarse como ejemplo y todo miembro de la Iglesia debería ponerla en práctica.

La seguridad y protección de cada persona, especialmente de los niños, debe ser de interés para todos y todos podemos tomar parte vital en la protección mutua estando al tanto de los posibles peligros y dispuestos a hacer todo lo que esté a nuestro alcance para impedir los esfuerzos de quienes desean hacer daño, robar o abusar de cualquier persona, ya sea joven o anciana.

Otro aspecto de la religión pura lo pueden ejercer los candidatos políticos al refrenarse de participar en pequeñeces y calumnias. Los verdaderos vencedores políticos son aquellos que prefieren la derrota antes que entregarse al acto de denigrar a sus contrarios.

Se pueden encontrar ejemplos de la religión pura por doquier. En un funeral, hace más o menos un mes, me entere de una valiente jovencita misionera que sirve en un país lejano, la cual, después de mucha oración y lágrimas, le escribió a su madre, quien sufría una enfermedad mortal que ya la consumía, diciéndole que, aunque le gustaría estar a su lado en aquellos momentos, haría lo que ella le había enseñado y permanecería en el campo misional terminando la asignación que había recibido de buscar a quienes desearan escuchar el evangelio.

En el sencillo pasaje de las Escrituras que define la religión pura aprendemos grandes principios. Para permanecer en el mundo sin mancharnos, debemos evitar todo plan maligno que Satanás tenga para los habitantes de esta tierra. La venganza, la crítica, la mentira, la mezquindad, la hipocresía, el juicio y la mutua destrucción no caben dentro de la definición de la religión pura.

El amor sincero por nosotros mismos y por nuestros semejantes se manifiesta en la consideración. Henry David Thoreau (escritor norteamericano, 1817-1862) escribió: «¿Podría suceder un milagro más grande que el ver por un instante por los ojos de otra persona?» Si esto fuera posible, estoy seguro de que visitaríamos a las viudas, a los huérfanos y a todos los que necesitaran nuestra ayuda con el amor puro de Cristo, v así responderíamos a las necesidades de quienes nos rodean.

Que Dios nos ayude a aprender y a vivir los principios de la religión pura. El edificarnos mutuamente requiere la dedicación de gran parte de nuestro tiempo. Los mezquinos, llenos de prejuicios, contenciosos e insensibles a las necesidades de sus semejantes, jamás podrán enseñar ni vivir la religión pura. Ya que esta es seguir las enseñanzas de nuestro Salvador. Jesucristo vive. Esta es su Iglesia. De ello os doy testimonio en el nombre de Jesucristo. Amén.

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