El mayor pecado

Conferencia General Octubre 1983logo pdf
El mayor pecado
élder H. Burke Peterson
Primer Consejero en el Obispado Presidente

H. Burke Peterson«El veneno de la revancha, o de los pensamientos o actitudes rencorosos, a menos que se elimine, destruirá el alma en la que se anida.»

Mis queridos hermanos, esta mañana quisiera expresar algunas ideas que por algún tiempo han ocupado mi mente.  He orado para comprender y ser comprendido.

Deseo hablar de una debilidad que por siglos ha obstaculizado el progreso espiritual del hombre, afectando a jóvenes y viejos, ricos y pobres; su poder avasallador no está limitado por fronteras, razas, credos ni posición social.  Afecta a algunos que parecen fuertes y a los que son débiles, y envenena el espíritu humano hasta el punto de entorpecerlo con su debilitante fuerza.  Tiene el poder de arrastrar a las personas a las profundidades del infierno; pero si se libran de sus garras, pueden elevarse a alturas celestiales.  Ha impedido a muchos llegar al máximo de sus posibilidades, y ha sido una piedra de tropiezo para los favorecidos con talentos e inteligencia.  Es una de las armas más eficaces de Satanás.  Me refiero al espíritu que no perdona ni olvida.

Hay muchos que llevan en lo profundo de su corazón una llaga, una herida, un resentimiento, una antipatía y, en algunos casos, aun el odio, por experiencias desagradables con personas conocidas.  Alguien se ha aprovechado de ellos en los negocios; otros han sido heridos por vecinos, parientes o amigos.  Hay quienes han sido víctimas de la mentira o de una traición a la confianza depositada.  Algunos fueron ofendidos de niños por padres severos o dictatoriales.  Entre cónyuges puede haber profundos abismos causados por la crítica o el resentimiento. La lista de experiencias tristes es muy larga; sí, interminable.

A aquellos de vosotros que habéis mantenido las heridas del pasado, aun por motivos insignificantes, quisiera contaros algo que ocurrió hace un tiempo.

Gran parte de nuestra vida la pasamos en Arizona.  Hace unos años, un grupo de jóvenes estudiantes de secundaria se fue a pasar el día en el desierto, en las afueras de Phoenix.  Como algunos sabréis, el follaje en el desierto es más bien escaso, en su mayoría arbustos y espinos, con los cactos esparcidos aquí y allá.  En pleno verano, entre los matorrales desérticos también se pueden encontrar las peligrosas víboras de cascabel.  Aquellos jóvenes estaban comiendo y divirtiéndose, y en medio de sus juegos, una víbora de cascabel mordió a una de las chicas en el tobillo.  Como sucede en estos casos, la serpiente inyectó el veneno, que casi de inmediato entró en la corriente sanguínea.

En ese momento era necesario tomar una crítica decisión.  Podían tratar de extraer inmediatamente el veneno de la herida, o buscar a la víbora y matarla.  Decidido esto último, la chica y sus amigos persiguieron a la víbora, que escapó rápidamente y los evadió por quince o veinte minutos.  Al fin la encontraron, y con piedras se vengaron del ataque.

Después recordaron la mordedura en su compañera.  Se dieron cuenta de su sufrimiento, pues ya el veneno había tenido tiempo para pasar por las primeras capas de la piel a los tejidos musculares del pie y la pierna.  A los treinta minutos estaban todos en la sala de emergencia del hospital.  Para entonces, el veneno ya estaba avanzando destructivamente.

Dos días después me enteré del hecho, y algunos de los jóvenes del barrio me pidieron que visitara a su amiga en el hospital.  Al entrar en el cuarto, contemplé una escena patética.  Tenía el pie y la pierna en alto, irreconocibles por la hinchazón y los tejidos destruidos por el veneno. Pocos días después se supo que había que amputarle la pierna por debajo de la rodilla.

Ese precio por la venganza fue un sacrificio sin sentido.  Cuánto mejor hubiera sido si, inmediatamente después de sufrir la mordedura, le hubieran extraído el veneno de la pierna con el procedimiento que es tan conocido por los habitantes de la zona.

Como lo he dicho, están los que han sido mordidos, o sea, ofendidos, por otras personas. ¿Qué pueden hacer?

¿Qué se hace al ser herido por alguien?  Lo más prudente, lo más seguro, lo correcto es mirar dentro de sí y empezar inmediatamente el proceso de desintoxicación. La persona prudente quita primero toda impureza de su interior.  Cuanto más permanezca en el cuerpo el veneno del resentimiento y el rencor más grande y permanente será su efecto destructivo’ Mientras culpemos a los demás por nuestras condiciones y edifiquemos una pared de autojustificación que nos rodee, nuestra fortaleza disminuirá y se debilitará nuestra capacidad para sobreponernos a la situación.  El veneno de la revancha, o de los pensamientos o actitudes rencorosos, a menos que se elimine, destruirá el alma en la que se anida.  Alguien dijo:

«No hay hombre que al desearle mal a otro no se haya hecho a la vez mayor daño a sí mismo.» (Henry Home, en The New Dictionary of Thoughts, s.l.: Standard Book Co., 1957, pág. 309.)

En la Segunda Guerra Mundial hubo terribles ejemplos de la inhumanidad del hombre hacia el hombre. Después de la guerra, cuando se entró en los campos de concentración, se encontró un gran odio entre los débiles y demacrados sobrevivientes.  En uno de los campos había un polaco con aspecto tan sano y sereno que pensaron que no llevaría mucho tiempo prisionero; pero se sorprendieron al saber que hacía seis años que estaba allí.  Pensaron entonces que no habría tenido que sufrir las mismas atrocidades que la mayoría de los demás.  Pero al interrogarlo, supieron que los soldados habían llegado a su casa, habían puesto contra la pared a la esposa, dos hijas y tres hijitos pequeños y los habían ametrallado allí mismo. Y, aunque él les había suplicado que lo mataran también, lo hablan conservado con vida por el conocimiento y capacidad que tenía en traducción de idiomas.  Después, él dijo:

«En aquel momento tuve que decidir si iba a odiar a los soldados que habían hecho aquello.  Sin embargo, me fue fácil tomar la decisión.  Yo era abogado, y en mi profesión había visto los efectos del odio en la mente y el cuerpo. Era el odio lo que acababa de matar a las seis personas que me eran más queridas en el mundo.  Entonces decidí que dedicaría el resto de mi vida —ya fuera unos días o muchos años— a ser lo opuesto de aquellos que me había causado tanto dolor.  Aprendí a querer a los demás, y en eso radica mi paz interior.» (Ritchie y Sherrill, Retun from Tomorrow, Waco, Texas: Chosen Books, pág. 116.)

El Señor ha dicho:

«Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre Celestial;

«mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.» (Mateo 6:14-15.)

Más adelante agregó:

«Pues aquel que no perdona las ofensas de su hermano, queda condenado ante el Señor, porque en él permanece el mayor pecado.» (D. y C. 64:9.)

En otros pasajes el Señor ha dicho que perdonará y olvidará los pecados de aquellos que verdaderamente se han arrepentido.  A menudo nosotros nos tomamos la libertad de juzgar si una persona se ha arrepentido y cuándo debemos perdonarla.  Se nos ha dicho que el hombre será juzgado de acuerdo con lo que está en su corazón.  No hay nadie que pueda ver el interior de otro.  Sólo hay Uno que puede, y El es el juez, no nosotros.  Si tenéis la tendencia a criticar o juzgar, recordad que nunca sabemos las intenciones del hombre en la vida; sólo vemos sus acciones.  En el libro de Moroni, leemos:

«Ahora bien, mis hermanos, en vista de que conocéis la luz por la cual podéis juzgar, la cual es la luz de Cristo, cuidaos de juzgar equivocadamente; porque con el mismo juicio con que juzguéis, seréis también juzgados.» (Moroni 7:18.)

El perdonar a los demás sus errores —imaginarios o reales— beneficia más al que perdona que al que es perdonado. El que no ha podido perdonar un error o afrenta no ha probado uno de los goces más sublimes de la vida.  Rara vez el alma humana alcanza mayores alturas de fortaleza y nobleza que cuando elimina de sí todo rencor y perdona la malicia o el error.  No se puede clasificar de verdadero discípulo del Salvador a quien no esté tratando de desechar de su corazón y mente todo sentimiento malo, amargura, odio, envidia, o celos hacia otra persona.

El ejemplo perfecto de quien perdonó de corazón caminó por Galilea hace dos mil años.  Si alguien ha sido maltratado, ése fue El.  El presidente Spencer W. Kimball escribió lo siguiente sobre el Salvador:

«Toda su vida El había sido víctima de la maldad.  No bien hubo nacido, lo llevaron en secreto para salvarle la vida, de acuerdo con las instrucciones de un ángel en un sueño… Al final de una vida agitada se había sostenido con una dignidad quieta, restringida, divina…

«Lo condujeron a empujones y le dieron de codazos y bofetadas. ¡Ni una palabra de ira escapó de sus labios!… Le golpearon el rostro y el cuerpo… Sin embargo, se mantuvo firme, sin ninguna intimidación. Al pie de la letra siguió su propia amonestación cuando volvió la otra mejilla para que también fuese herida y golpeada.

«También es difícil soportar palabras.  Debe de haberle sido difícil soportar las incriminaciones y recriminaciones, y oírlos blasfemar las cosas, personas, sitios y situaciones para El sagrados… Sin embargo, se sostuvo firme, siempre imperturbable.  Ningún apocamiento, ninguna negación, ninguna impugnación.  Cuando se sobornó a testigos falsos y mercenarios para que mintieran acerca de El, pareció no condenarlos. Tergiversaron sus palabras e interpretaron erróneamente su significado; sin embargo, permaneció tranquilo y sereno. ¿No se le había enseñado a orar por ‘los que os ultrajan y os persiguen’?

«Fue golpeado, oficialmente azotado. Le pusieron una corona de espinas… Se burlaron y se mofaron de El.  Padeció toda indignidad a las manos de su propio pueblo… Se le obligó a llevar a cuestas su propia cruz… Por último, estando los soldados y sus acusadores frente a El, dirigió la mirada hacia los soldados romanos y pronunció estas palabras inmortales: ‘Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.’ (Lucas 23:34.)» (El milagro del perdón, págs. 285-286.)

Ahora, mis hermanos, vayamos a nuestra casa y desalojemos de nuestro ser el veneno de cualquier sentimiento malo o de amargura que tengamos hacia otro, purifiquemos nuestra alma.  Desechemos de nuestro corazón la mala voluntad para perdonar y olvidar; en cambio, acerquémonos a los demás en el espíritu del Maestro, aun a aquellos que nos maldicen (véase Mateo 5:44).  Oremos, supliquemos más bien, que podamos tener un espíritu de perdón.  Busquemos lo bueno en los demás, no las faltas.

El Maestro sabía que la vida del hombre cambiaría más rápida y permanentemente por medio del amor que de la crítica.  En la Primera Epístola de Juan, dice:

«Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.» (1 Juan 4: 19.)

Os testifico de la importancia de este principio de salvación, el principio de perdonar y olvidar, en el nombre de Jesucristo.  Amén

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