No se adormecerá ni dormirá

Conferencia General Octubre 1982

No se adormecerá ni dormirá

Gordon B. HinckleyPor el presidente Gordon B. Hinckley
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

“Dios está dirigiendo su obra de acuerdo con su voluntad. . . No debemos temer, ni preocuparnos. Nuestra necesidad imperiosa es que se nos encuentre desempeñando nuestra responsabilidad.”


Espero que os haya gustado el hermoso himno que cantó el coro: “No se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel”. Proviene de la obra de Mendelssohn “El Elías” y la letra es una adaptación de uno de los Salmos. (Salmos 121:4.)

Ahora que nos encontramos reunidos en esta gran conferencia mundial de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días quisiera utilizar esas maravillosas y tranquilizadoras palabras como tema. Ruego que se me otorgue la guía del Espíritu Santo.

El presidente Kimball no puede estar con nosotros en persona. pero preside desde su apartamento en el hotel frente a la Manzana del Templo, desde donde se une a nosotros al trasmitírsele la conferencia por medio de un circuito cerrado de televisión. No se encuentra en el hospital como dicen los rumores, sino que hace muchos meses que está en su apartamento. Tampoco está en coma, como muchos han dicho. Se levanta todos los días, pero se encuentra débil y cansado. Recientemente celebró sus ochenta y ocho años y está sintiendo el peso de su edad y el efecto acumulado de las muchas operaciones a que ha sido sometido en el pasado. ¡Qué magnífico ejemplo nos ha dado a todos! Le ha dado extraordinario ímpetu a esta obra. Toda la Iglesia ha alargado y apurado el paso acudiendo a su toque del clarín. Ha sido un profeta cuya visión y revelaciones han alcanzado a todos los pueblos de la tierra, sin distinción de nacionalidad, color, o niveles de vida. con el libre ofrecimiento de las incomparables bendiciones del Evangelio de Jesucristo para todos los que las acepten. Cuando estuve con él ayer me pidió que os diera su amor y bendiciones. Nosotros le amamos y oramos por él. Nuestro corazón se vuelca hacia él con afecto y nuestros ruegos en su favor ascienden a nuestro Padre Celestial.

También el presidente Romney experimenta algunos problemas. El, de igual modo, siente el peso de los años y el desgaste natural de muchísimos años de actividad vigorosa e incesante en pos del engrandecimiento de la obra del Señor. Pidió que se le disculpara por no presentarse: sin embargo, oiremos el mensaje que él preparó para esta conferencia y que leerá su hijo, el obispo George J. Romney.

Extrañamos mucho al presidente N. Eldon Tanner que sirvió como consejero de cuatro presidentes de la Iglesia y que falleció el 27 de noviembre del año pasado. Durante los meses anteriores a esta fecha, a pesar de su enfermedad, continuaba dándonos libremente de su gran reserva de experiencias, sabiduría e inspiración.

Extrañaremos por igual en nuestra conferencia el emotivo testimonio del élder LeGrand Richards del Consejo delos Doce. Por cuarenta y cinco años dio su testimonio desde este púlpito del tabernáculo acerca de esta “obra maravillosa y un prodigio” (Isaías 29:14). Millones de personas sintieron la influencia de su elocuente y sincero testimonio.

Sentimos hondamente la ausencia de estos grandes líderes. Su partida ha delegado sobre algunos de nosotros una gran responsabilidad. Le agradezco al Señor sus bendiciones que me dan apoyo y a mis hermanos del Consejo de los Doce por su gran bondad, fortaleza y sabiduría. Por veinte años fui miembro de ese singular y magnífico quórum de hombres devotos y capaces, cada uno de los cuales fue llamado de Dios e investido con el santo apostolado. Los amo como hermanos. Cada uno de ellos posee en reserva latente las llaves de esta dispensación aunque no las utiliza. El propósito de esta divina provisión es el asegurar la continuación del liderazgo de la Iglesia.

Me siento agradecido por los hermanos del Primer Quórum de los Setenta y el Obispado Presidente. Hermanos y hermanas, os aseguro que hay unidad en el liderazgo de la Iglesia y creo que esta unidad nunca ha sido más fuerte.

La característica divina de la organización de esta obra y de los llamamientos para servir es evidente.

Las Autoridades Generales son todas personas distintas, cada una con su propia personalidad; que aportan a sus responsabilidades una gran variedad de experiencias. Cuando se tratan asuntos en los más altos concilios de la Iglesia, cada uno tiene la libertad de expresar sus puntos de vista. Cuando se observa este interesante proceso, es fascinante percibir el poder del Espíritu Santo ejerciendo influencia sobre estos hombres. Lo que al principio son pequeñas diferencias de opinión que nunca son marcadas, sí bien perceptibles, se modifican y se funden en una sola expresión de unidad. “Mi casa es una casa de orden”. (Véase D. y C. 132:8.) Al presenciar el funcionamiento de este proceso experimento una constante renovación de mi fe.

Expreso agradecimiento sincero también a mis hermanos y hermanas de todo el mundo, los miembros de la Iglesia dondequiera que se encuentren. Ruego que reciban apoyo y bendiciones, y que la paz abunde en sus casas y en sus corazones, y que “el amor puro de Cristo” forme parte de sus vidas. (Moroni 7:47.)

No hace mucho, me encontraba debatiendo un problema que consideraba serio y me arrodillé a orar. Me invadió un sentimiento de paz y acudieron a mi mente las palabras del Señor: “Estad quietos y sabed que yo soy Dios”. Luego busqué el pasaje de las Escrituras y leí otra vez las palabras apaciguadoras que se le dijeron al profeta José Smith hace ciento cincuenta años: “Consuélense, pues, vuestros corazones en lo concerniente a Sión, porque toda carne está en mis manos; estad quietos y sabed que yo soy Dios”. (D. y C. 101:16).

Dios está dirigiendo su obra de acuerdo con su voluntad. Todo género humano está en sus manos y no tenemos nosotros el derecho de aconsejarlo. Estar en paz consigo mismo no es sólo una oportunidad para nosotros sino también una responsabilidad; al igual que saber que El es Dios, que esta es su obra y que no permitirá que fracase.

No debemos temer, ni preocuparnos. No necesitamos especular. Nuestra necesidad imperiosa es que se nos encuentre desempeñando nuestra responsabilidad, tanto en nuestra vida privada como en nuestros llamamientos. Y gracias a que la mayor parte de los Santos de los Últimos Días andan en la fe y obran con convicción, la Iglesia continuamente crece y se fortalece.

Aprovecho esta ocasión para deciros a todos que la Iglesia está progresando con gran fuerza y poder. Os doy mi palabra de que el trabajo en la oficina de la Primera Presidencia está al día. Nada se deja de lado, y las decisiones no se posponen. Estamos funcionando bajo la guía y la autorización directa del Presidente de la Iglesia, con quien nos reunimos frecuentemente. Lo mismo sucede con el trabajo de los Doce, los Setenta, el Obispado Presidente y las organizaciones auxiliares.

Agradecemos al Señor, cuya obra es ésta, el maravilloso crecimiento que estamos experimentando. La fe de los miembros se ha fortalecido, y se manifiesta con el aumento de la asistencia a las reuniones sacramentales y al templo, y el aumento del pago de los diezmos y ofrendas, el cual es una expresión de amor y agradecimiento al Señor por sus generosas bendiciones, incluso en estos tiempos de dificultades económicas.

Desde este tabernáculo, hace cien años exactamente que en la Conferencia General de abril de 1883, el presidente Joseph F. Smith dijo: “Mientras los Santos de los Últimos Días estén dispuestos a obedecer los mandamientos de Dios, a apreciar el privilegio y las bendiciones que reciben por pertenecer a la Iglesia, y utilicen su tiempo, su talento y sus medios para honrar el nombre de Dios, edificar a Sión y establecer la verdad y justicia en la tierra, nuestro Padre Celestial estará comprometido por medio de su juramento y convenio de protegerlos de todo lo malo y de ayudarlos a sobrellevar todos los obstáculos que puedan acumularse en contra de ellos o aparezcan en su camino.” (Journal of Discourses, 24:1 76.) Estas palabras se aplican tanto en la actualidad como cuando se pronunciaron hace un siglo. El Todopoderoso está bendiciendo a su Iglesia y a su pueblo. El los protege. Ni se adormece ni duerme mientras guía y trabaja misteriosamente para llevar a cabo la maravilla de su obra.

A algunos les preocupa que el Presidente de la Iglesia probablemente siempre vaya a ser un hombre de edad avanzada, a lo cual respondo: “¡Qué bendición es ésta!” La obra de esta dispensación comenzó por medio del profeta José Smith. En ese momento él era joven y vigoroso, y su mente no estaba fija en las tradiciones de su época. Tenía una mente joven que el Señor pudo moldear como si fuera arcilla fresca y húmeda, al iniciar su obra.

El sucesor de José era relativamente joven cuando tuvo que enfrentarse a la enorme responsabilidad de guiar a un pueblo entero a través de las llanuras

Dios está dirigiendo su obra de acuerdo con su voluntad. Todo género humano está en sus manos y no tenemos nosotros el derecho de aconsejarlo. Estar en paz consigo mismo no es sólo una oportunidad para nosotros sino también una responsabilidad; al igual que saber que El es Dios, que esta es su obra y que no permitirá que fracase.

No debemos temer, ni preocuparnos. No necesitamos especular. Nuestra necesidad imperiosa es que se nos encuentre desempeñando nuestra responsabilidad, tanto en nuestra vida privada como en nuestros llamamientos. Y gracias a que la mayor parte de los Santos de los Últimos Días andan en la fe y obran con convicción, la Iglesia continuamente crece y se fortalece.

Aprovecho esta ocasión para deciros a todos que la Iglesia está progresando con gran fuerza y poder. Os doy mi palabra de que el trabajo en la oficina de la Primera Presidencia está al día. Nada se deja de lado, y las decisiones no se posponen. Estamos funcionando bajo la guía y la autorización directa del Presidente de la Iglesia, con quien nos reunimos frecuentemente. Lo mismo sucede con el trabajo de los Doce, los Setenta, el Obispado Presidente y las organizaciones auxiliares.

Agradecemos al Señor, cuya obra es ésta, el maravilloso crecimiento que estamos experimentando. La fe de los miembros se ha fortalecido, y se manifiesta con el aumento de la asistencia a las reuniones sacramentales y al templo, y el aumento del pago de los diezmos y ofrendas, el cual es una expresión de amor y agradecimiento al Señor por sus generosas bendiciones, incluso en estos tiempos de dificultades económicas.

Desde este tabernáculo, hace cien años exactamente que en la Conferencia General de abril de 1883, el presidente Joseph F. Smith dijo: “Mientras los Santos de los Últimos Días estén dispuestos a obedecer los mandamientos de Dios, a apreciar el privilegio y las bendiciones que reciben por pertenecer a la Iglesia, y utilicen su tiempo, su talento y sus medios para honrar el nombre de Dios, edificar a Sión y establecer la verdad y la justicia en la tierra, nuestro Padre Celestial estará comprometido por medio de su juramento y convenio de protegerlos de todo lo malo y de ayudarlos a sobrellevar todos los obstáculos que puedan acumularse en contra de ellos o aparezcan en su camino.” (Journal of Discourses, 24:176.) Estas palabras se aplican tanto en la actualidad como cuando se pronunciaron hace un siglo. El Todopoderoso está bendiciendo a su Iglesia y a su pueblo. El los protege. Ni se adormece ni duerme mientras guía y trabaja misteriosamente para llevar a cabo la maravilla de su obra.

A algunos les preocupa que el Presidente de la Iglesia probablemente siempre vaya a ser un hombre de edad avanzada, a lo cual respondo: “¡Qué bendición es ésta!” La obra de esta dispensación comenzó por medio del profeta José Smith. En ese momento él era joven y vigoroso, y su mente no estaba fija en las tradiciones de su época. Tenía una mente joven que el Señor pudo moldear como si fuera arcilla fresca y húmeda, al iniciar su obra.

El sucesor de José era relativamente joven cuando tuvo que enfrentarse a la enorme responsabilidad de guiar a un pueblo entero a través de las llanuras para colonizar nuevas tierras. Pero los puntos básicos de la doctrina ahora están bien sentados y nosotros estamos bien establecidos como pueblo, por lo menos hasta que el Señor decrete que vayamos a otro lado. No necesitamos innovación. Necesitamos devoción al adherirnos a los divinos principios que se han revelado. Necesitamos ser leales al líder que Dios ha elegido. El es nuestro profeta, nuestro vidente y revelador. Nunca se nos dejará sin la guía de un profeta mientras seamos dignos de tenerlo. El no necesita ser joven; él tiene y continuará teniendo a su disposición a hombres más jóvenes que él para viajar por el mundo. El es el sumo sacerdote presidente, el portador de todas las llaves del Santo Sacerdocio y la voz de revelación de Dios a su pueblo.

Existe un antiguo proverbio que dice: “La juventud equivale a acción; la vejez equivale a sabiduría.”

Para mí, hay algo que me tranquiliza tremendamente, y es saber que hasta donde podemos prever tendremos un presidente que se ha disciplinado y formado, que ha sido probado, y cuya fidelidad a la obra e integridad a la causa del Señor ha sido templada en la fragua del servicio, cuya fe ha madurado y cuya cercanía a Dios ha sido cultivada por un período de muchos años.

No me preocupo. Me siento honrado detener la oportunidad de servir con el que hoy es el profeta de este pueblo. Y cuando llegue el momento de que se haga un cambio, cuando sea que esto suceda, de acuerdo con la voluntad del Señor, apoyaré al que El elija por medio del proceso que ya se ha establecido para la sucesión en su reino, porque yo sé que esta es la obra de Dios y que El la protege en la actualidad como lo ha hecho a través de los años que han pasado. El no comete errores.

He tenido la oportunidad de observar este extraordinario proceso de la sucesión.

Hoy cumplo un aniversario más. Fue en la Conferencia General de abril de hace veinticinco años que se me sostuvo como Autoridad General, como Ayudante de los Doce. Las oportunidades que he tenido durante este pasado cuarto de siglo han sido maravillosas. En el desempeño de mi ministerio he viajado por muchos países del mundo, he estado en muchos lugares donde he visto con mis propios ojos la paz y la guerra, la prosperidad y la horrenda pobreza; la libertad y la opresión. He presenciado los milagros que ocurren gracias a la fe. He tenido pruebas de la bondad y de la grandeza de hombres y mujeres que viven bajo muy variadas circunstancias. He observado muy de cerca la influencia del poder del Todopoderoso entre sus hijos. Me he dado cuenta de los factores que llevan al éxito o al fracaso de la Iglesia y de sus miembros.

Cuando recibí el llamamiento de Autoridad General, hace veinticinco años, había 251 estacas en la Iglesia. Hoy hay 1 .402. En ese entonces había 2.362 barrios y ramas independientes. Ahora tenemos 13.616. Las estadísticas que se leyeron en la conferencia de 1958 indicaban que el 31 de diciembre de 1957 el número de miembros había alcanzado a 1.488.000. Esta misma cantidad para el 31 de diciembre de 1982 se había transformado en 5.165.000. El desarrollo de la Iglesia ha sido maravilloso. Como se diría comúnmente, “debemos de estar haciendo algo bueno”. No, nosotros no lo hemos logrado; ha sido el Señor que ha diseñado y dirigido las fuerzas que han causado esta abundante cosecha.

Hay una continuidad y una constancia en esta obra que es digna de observarse por lo extraordinario que es. Su poder yace en que todos los miembros y todos los investigadores sinceros pueden saber por sí mismos por medio del poder del Espíritu Santo que esta obra es verdadera. Los que nos critican pueden pasarse toda la vida tratando de negar, desmerecer o hacer dudar a otros de la veracidad de esta obra, pero todos los que piden a Dios con fe tienen la seguridad de que por medio de la voz del Espíritu recibirán la certeza de que esta obra es de origen divino.

Si nos aferramos a los principios revelados no temeremos al futuro. En una ocasión, el profeta José Smith dijo: “Ve con toda humildad, con sobriedad y predicad que Jesucristo fue crucificado; no contendáis con otros por causa de su fe o su sistema de religión. pero seguid un curso fijo.” (History of the Church. 2:431 .)

Me gustan esas palabras: “seguid un curso fijo” y espero que nunca las olvidemos. La Iglesia ha crecido con la fuerza de siempre porque los que han vivido antes que nosotros han seguido un curso fijo. Hay muchos que quisieran debilitarnos. tratando de que nos fijemos en objetivos que no son pertinentes a la misión principal de la Iglesia. Constantemente se nos invita, incluso se nos insta. a que emprendamos la marcha y nos unamos a otras causas sea cuales fueren. Hay muchas causas que podemos apoyar y en las que podemos participar. las cuales están relacionadas directamente con la Iglesia, su misión. o el bienestar de su pueblo. La decisión de seguirlas se deja a juicio de los que han sido llamados a ocupar cargos de liderazgo. No son muchas las que están en esta categoría, puesto que debemos reservar nuestras fuerzas y recursos para cumplir con la obligación más importante, que es seguir un curso fijo en el establecimiento de Dios en la tierra.

El mensaje básico y de más importancia que podemos dar al mundo es el de que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente; que dio su vida sacrificándola por la humanidad, que salió de la tumba en la mañana de la primera pascua, las “primicias de los que durmieron” (1 Cor. 15:20); y que “como en Adán todos mueren, también en Cristo todos (sean) vivificados” (1 Cor. 15:22); que El vive, nuestro Maestro y Señor resucitado.

Como se ha dicho antes desde este púlpito, El nos ha dado una misión que se divide en tres aspectos: el primero, la enseñanza del evangelio restaurado a toda nación, tribu. lengua y pueblo; el segundo el fortalecer la fe de los santos y ayudarlos para que en todas sus actividades se acuerden de guardar y hacer estas cosas, rindiendo obediencia a los mandamientos del Señor; y tercero.. la gran obra de la salvación de los muertos.

Esta amplia misión comprende todas las generaciones humanas, los que han vivido antes los que viven ahora sobre la tierra y los que todavía no han nacido. Es mucho más grande que cualquier raza o nación o generación. Comprende a toda la humanidad. Es una causa que no tiene paralelo. Los frutos de sus labores tienen consecuencias eternas. En el cumplimiento de esta misión, debemos seguir un curso fijo e incorruptible y nunca debemos dejar que se nos induzca a apartarnos de él. Debemos mejorar y multiplicar nuestro esfuerzo en la obra misional. El presidente Kimball ha pedido muchas veces que se acelere la obra.

Sé que nuestros jóvenes tienen Sobre los hombros la gran responsabilidad de prepararse por medio de la educación para obtener una buena posición en el mundo. Su tiempo es muy valioso, pero no dudo nada al prometerles que el tiempo que pasen en el servicio fieles y devotos Como misioneros para el Maestro les ayudará a calificarse para posiciones de responsabilidad en el futuro. No importa qué carrera elijan seguir, después de una misión se expresarán mejor, serán más industriosos, le darán más valor a la capacitación, serán más íntegros, y reconocerán que existe una fuente de fortaleza y de poder mucho más elevada que la que ellos mismos poseen.

Debemos ser más diligentes y eficaces al seguir un curso fijo en la instrucción y el perfeccionamiento de la vida de nuestra propia gente. Debemos asirnos a los primeros principios del evangelio. En nuestras enseñanzas, debemos darle más prioridad y énfasis a lo que es de mayor importancia.

“Y uno de ellos, intérpretes de la ley, preguntó por tentarle, diciendo: “Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?
“Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente.
“Este es el primero y grande mandamiento.
“Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
“De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.” (Mateo 22:35-40. )

Esta debe ser la base de nuestras enseñanzas: amar a Dios y amar y servir al prójimo; a nuestros vecinos, a nuestra familia y a todos con los cuales nos asociamos. Todo lo que enseñamos debe estar constantemente midiéndose y comparándose con estas dos normas establecidas por el Señor. Si lo hacemos, esta obra continuará avanzando. Llegaremos a ser una ciudad asentada sobre un monte que “no se puede esconder”. (Mateo 5:14.)

Entonces, con un espíritu de amor y consagración debemos extender nuestros esfuerzos en la obra de la redención de los muertos por medio del servicio que se realiza en los templos del Señor. La obra vicaria se acerca más a la obra divina realizada por el Hijo de Dios, que dio su vida por sus semejantes, que a ninguna otra obra de las que yo tenga conocimiento.

Mis hermanos y hermanas, si seguimos un curso fijo, al llevar a cabo estas tres responsabilidades, participaremos con nuestro Padre Celestial en el cumplimiento de sus propósitos eternos. Vosotros y yo podremos fallar como individuos y perder las bendiciones, pero su obra no puede fallar. Siempre van a haber personas de las cuales Dios se valdrá para llevarla a cabo. El ha declarado: “Ciertamente se hará de la manera que lo he pensado, y será confirmado como lo he determinado.” (Isaías 14:24.)

Os testifico que el que guarda a Israel no se adormece ni duerme. Que Dios nos ayude a ser fieles a la gran responsabilidad que ha puesto sobre nuestros hombros. Lo ruego humildemente y pido que el Señor os bendiga en el nombre de Jesucristo. Amén.

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