Al que venciere. . . Así como yo he vencido

Conferencia General Abril 1987

“Al que venciere . . .así como yo he vencido”

Neal A. Maxwell

élder Neal A. Maxwell
del Quórum de los Doce Apóstoles

“Tenemos que llegar a ser, aun como Jesús es, incorporando cada vez más las virtudes del Señor en nuestras vidas. Aun en medio de nuestras imperfecciones obvias, tenemos que procurar perfeccionarnos, lentamente, pero con resolución.”


Los sucesos y las circunstancias de los últimos días hacen imperioso que los miembros de la Iglesia seamos y permanezcamos fundados y firmes en la fe (Colosenses 1:23; 2:7; 2 Pedro 1:12). Si no somos firmes en la fe, seremos sacudidos con violencia; si lo somos, no seremos “llevados por doquiera de todo viento de doctrina” (Efesios 4:14), ni por rumores, ni por el proceder ni los estilos intelectuales del mundo, ni incurriremos en el error de los antiguos atenienses que ”en ninguna otra cosa se interesaban sino en decir o en oír algo nuevo” (Hechos 17:21). Por lo demás, ¿de qué vale interesarnos en las cosas pasajeras de este mundo si después de todo ”la apariencia de este mundo se pasa?”. (1 Corintios 7:31.)

Sin embargo, no podemos afirmar nuestra fe en hacer lo que Jesús nos ha mandado si primero no afirmamos nuestra fe en Él. Si Jesús fuera solo un hombre, aunque fuera un hombre muy bueno, su consejo seria tan sólo el de un moralista de una época pasada; pero es otra cosa muy distinta que el Creador de innumerables mundos, cuyo interés principal es nuestra felicidad individual, mande: ”No cometerás adulterio” (Exodo 20:14). Por tanto, nuestra tarea es la de reconciliarnos ”con la voluntad de Dios, y no con la voluntad de. . . la carne” (2 Nefi 10:24).

El profeta y poeta Jacob presenció la forma en que la transgresión de los convenios entre los miembros de la Iglesia hería las ”delicadas mentes” y traspasaba “muchos corazones . . . de profundas heridas” (Jacob 2:9, 35). Y se sentía agobiado de pesar porque algunos miembros tomaban livianamente sus convenios (Jacob 2:3.) Al ver a los que heridos caminan en el mundo de hoy, ¡comprendo mejor que nunca los sentimientos de Jacob!

¡Qué triste es ver que algunos miembros de la Iglesia ni se han reconciliado ”con la voluntad de Dios” (2 Nefi 10:24) ni son lo bastante firmes en la fe para guardar sus convenios!

Algunos quebrantan sus votos matrimoniales y luego quebrantan otros convenios al participar indignamente de la Santa Cena.

Hay otros que dan de su tiempo pero no de sí, que están presentes sin dar de su presencia y que cumplen superficialmente con sus deberes de miembro en vez de vibrar con la profunda emoción de la verdadera dedicación a Cristo.

Otros se conforman con vivir sólo con nociones del evangelio; no hablan mucho de Cristo ni se regocijan en Cristo. Son los que toman a la ligera los libros de las Escrituras del Señor que contienen y explican los convenios de Dios (2 Nefi 25:2ó).

Hay otros a quienes consume en tal forma el orgullo que nunca aprenden de la obediencia y de la sumisión espiritual. Estos tendrán las rodillas endurecidas en el día en que se doblará toda rodilla y no habrá entonces quien les admire cuando hagan alarde de su destreza porque todos participaran en los acontecimientos de ese día.

Así vemos que obedecer sólo los mandamientos que se desee obedecer no esta a la altura de los verdaderos discípulos de Cristo.

Los verdaderos discípulos detienen los dardos de fuego del maligno sosteniendo en alto el escudo de la fe en una mano mientras con la otra se afirman de la barra de hierro (Efesios 6: 16; I Nefi 15:24; D. y C. 27:17). Indudablemente, será preciso luchar con las dos manos.

Además, los verdaderos discípulos van, precepto sobre precepto y experiencia tras experiencia, pareciéndose cada vez mas al Maestro al cual sirven. No podemos ser ni la mujer ni el “hombre de Cristo” (Helamán 3:29) si no vamos teniendo paulatinamente la “mente de Cristo” (1 Corintios 2:16). Felizmente, este proceso puede incluir, escribió Pablo, a los que eran “en otro tiempo extraños y enemigos en (su) mente” (Colosenses 1:21; Filipenses 2:5). Podemos ser muy listos, como lo es Satanás, y, sin embargo, ¡no conocer la mente de Dios! (Moisés 4:6).

Se puede estar siempre aprendiendo y, no obstante, permitirse perder de vista las verdades sempiternas en las tergiversaciones de la vida como en esta lamentación:

¿Dónde se ha ido la vida que hemos perdido con el vivir?

¿Dónde se ha ido la sabiduría que hemos perdido con el conocimiento? ¿Dónde se ha ido el conocimiento que hemos perdido con la información? (T. S. Eliot, ”The Rock”, en The Complete Poems and Plays 1909-195, New York: Harcourt, Brace, and World, 1971, pág. 96; Traducción libre.)

Para ayudarnos a ser verdaderos discípulos, el Señor nos ha dado profetas y las Escrituras para fortaleceremos, ”a fin de preparar a los débiles para las cosas que vendrán sobre la tierra, y para la misión del Señor en aquel día en que . . . con lo débil de la tierra trillara el Señor a las naciones por el poder de su Espíritu”  (D. y C. 133:58-59)

El regocijarnos con la plenitud del evangelio nos servirá para vencer a Satanás. Además, si guardamos nuestros convenios, estos nos conservarán espiritualmente a salvo.

Un buen día. y tal vez sea pronto, los miembros de la Iglesia cumplirán esta profecía:

“El poder del Cordero de Dios descendió sobre los santos de la Iglesia del Cordero. . . el pueblo del convenio del Señor, que se hallaban dispersados sobre toda la superficie de la tierra; y tenían por armas la justicia y el poder de Dios en gran gloria.” (I Nefi 14:14.)

Pero la luz combinada de todos nosotros todavía no brilla con el fulgor que precisa brillar para que “sea un estandarte a las naciones” (D. y C. 115:5).

La Iglesia crecería mucho más rápido ahora, tanto en número como en espiritualidad, si no fuera por la iniquidad del mundo (véase I Nefi 14: 12). También crecería mucho mas rápidamente si vosotros y yo tomáramos nuestra cruz cada día y siguiéramos a Cristo (véase Lucas 9:23). Parte del tomar nuestra cruz es negarnos los placeres y los apetitos de la carne. Como dijo el Cristo resucitado:

“Porque mejor es que os privéis de estas cosas, tornando así vuestra cruz.” (3 Nefi 12:30.)

Así vemos que tomar nuestra cruz cada día quiere decir negarnos cada día los apetitos de la carne.

Al seguir el ejemplo del Maestro, que “sufrió tentaciones pero no hizo caso de ellas” (D. y C. 20:22), nosotros, también, podemos vivir en un mundo lleno de tentaciones que son humanas (véase I Corintios 10:13). Desde luego, Jesús advirtió sus grandes tentaciones, pero El no las albergó en sus pensamientos. En vez de ello, las rechazaba en el acto. Si albergamos las tentaciones, ¡estas no tardan en albergarnos a nosotros! El rechazar a estos indeseables huéspedes a las puertas de nuestra mente es una de las maneras de “no hacer caso”. Por otro lado, esos posibles huéspedes son en realidad bárbaros que una vez que se les alberga, allí se quedan, y solo puede echárseles tras gran sufrimiento.

En un ambiente de decadencia la mente es la ultima fortaleza de la rectitud y debe resguardarse aun en medio de los bombardeos de las instigaciones malignas. Cristo sabe acudir en nuestra ayuda, ”pues en cuanto el mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (Hebreos 2:18).

Como lo prometió, nos dará ”la salida” o una forma de ”soportar” (véase I Corintios 10:13).

Ciertamente se nos ha advertido y prevenido acerca de estos tiempos, una época en que los apremios de los problemas harían que un año pareciera una década. Los miembros serán objeto de las ingeniosas burlas de los del “edificio grande y espacioso” que representa el orgullo del mundo (véanse 1 Nefi 8:26; 11:36). Sin embargo, no os afanéis, porque dentro de poco, Aquel que resucitó al tercer día destruirá ese espacioso pero inferior hotel.

En nuestros tiempos, habrá grandes cambios y perversiones por cuanto algunos llamaran a lo bueno malo y a lo malo bueno (véanse Isaías 5:20; 2 Nefi 15:20; D. y C. 64:16; 2 Nefi 2:5). Otros, en su ignorancia de las verdades espirituales, “blasfeman de cuantas cosas no conocen” (Judas 10; véase 2 Pedro 2:1 2).

La paz ya se ha quitado de la tierra (véase D. y C. 1:35). Se levantará nación contra nación (véase Mateo 24:7). Los corazones endurecerán “y el amor de los hombres se enfriará, y abundará la iniquidad” (D. y C. 45:27). La confusión del mundo será general en medio de la ”angustia de las gentes” (Lucas 21:25) y las soluciones superficiales que los hombres busquen a sus problemas no servirán de mucho.

De todo lo que el corazón humano padece,

¡Cuán poco es lo que sus gobiernos pueden causar o sanar!

(Samuel Johnson, ”Lines added to Goldsmith’s Traveller”, en Familiar Quotations, compilado por John Barlett, Boston: Little, Brown, and Company, 1968, pág. 428; traducción libre.)

No podemos esperar vivir en un mundo así sin que recaigan sobre nosotros ciertas consecuencias de esas condiciones; sin embargo, siempre podemos guardar nuestros convenios, aun cuando no podamos evitar que sobrevengan esas circunstancias.

El Señor, que conoce todos los problemas que nos saldrán al paso, nos ayudara a salir victoriosos ”de aquí a poco” (D. y C. 122:4). Si somos firmes en la fe, “lo sobrellevaremos bien” (D. y C. 121:8) y resistiremos (véase I Tesalonicenses 5:21). Y si lo sobrellevamos bien, “todas estas cosas [nos] servirán de experiencia, y serán para [nuestro] bien” (D. y C. 122:7). “No os sorprendáis” cuando los discípulos sean llamados a pasar por el “fuego de prueba”, dijo Pedro (I Pedro 4:12).

Aun así, como se profetizó, los santos de Dios al fin “clamaran al Señor día y noche hasta que venga la liberación” (Prophetic Sayings of Heber C. Kimball, sin fecha ni lugar de publicación, pág. 6).

Los que sean espiritualmente firmes vencerán al fin, y la gloriosa promesa es:

“Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono” (Apocalipsis 3:21).

Mientras tanto, recordemos que clase de personas habemos de ser (véanse 2 Pedro 3:11; 3 Nefi 27:27). Tenemos que llegar a ser aun como Jesús es, incorporando cada vez mas las virtudes del Señor en nuestras vidas. Aun en medio de nuestras imperfecciones obvias, tenemos que procurar perfeccionarnos, lentamente, pero con resolución. No importa cuales sean las circunstancias de nuestra vida, podemos salir adelante si llegamos a ser mas como Cristo es.

Aunque el pasado nos haya dejado cicatrices, si tenemos un espíritu contrito, se cumplirá la promesa de Jesús cuando dijo que Él nos sanaría (véase 3 Nefi 18:32). Reviviremos (véase Lucas 15:32) y tendremos ”vida en Cristo a causa de nuestra fe” (2 Nefi 25:25). Como parte de su expiación infinita, Jesús conoce “según la carne” todas las pruebas que pasamos (Alma 7:1112). Él sobrellevó los pecados, los pesares, las aflicciones y, dijo Jacob, sufrió los dolores de todos los hombres, mujeres y niños (2 Nefi 9:21). Habiéndose perfeccionado en su amor por nosotros, Jesús sabe cómo socorrernos.

Por tanto, en realidad podemos, como lo dijo Pedro, echar “toda [nuestra] ansiedad sobre él” (I Pedro 5:7). Él conoce nuestros pesares, incluso el de sentirse desamparado (véase Marcos 14:50; 15:34). Nada trasciende el alcance de su redención ni el circulo de su amor. Por consiguiente, no nos quejemos de que nuestra vida no sea como un jardín de rosas ¡al recordar quien llevó la corona de espinas!

Quisiera hablar ahora de la Expiación del Señor. Lucas nos informa que el sudor de Jesús en Getsemaní ”era. . . como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra” (Lucas 22:44). Ese hecho es confirmado ampliamente en los “otros libros” (I Nefi 13:3940) de Escrituras restauradas:

”Padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar.” (D. y C. 19:18.)

El necesario y a la vez imponente derramamiento de la sangre de Jesús se produjo no solo por causa de los azotes que recibió, sino antes de eso, en Getsemaní. Un reciente y razonable articulo de varios médicos sobre la muerte de Jesucristo indica que “los inclementes azotes, el intenso dolor producido por estos y la considerable perdida de sangre que sufrió Jesús indudablemente le dejaron en un estado cercano a la muerte”. (Recordemos que Jesús, sumamente débil, necesitó que le ayudarán a cargar su cruz.) El artículo continua así: “Por consiguiente, aun antes de que tuviera lugar la crucifixión, el estado físico de Jesús era grave y precario. . . si bien los azotes le hicieran perder mucha sangre, la crucifixión por sí misma fue un procedimiento en el que casi no hubo derramamiento de sangre”. (Journal of the American Medical Association. 21 de marzo de 1986, págs. 1458-1461.)

Además de lo que sangró por los azotes, ¡de que modo había sangrado ya en Getsemaní! Recordemos que sufrió ”tanto en el cuerpo como en el espíritu” (D. y C. 19:18). El rey Benjamín dijo que Cristo sufriría “aun más de lo que el hombre puede sufrir, sin morir; pues he aquí, la sangre le brotara de cada poro, tan grande será su angustia” (Mosíah 3:7).

Habiendo sangrado por cada poro, ¡cuán roja debe de haber quedado su vestimenta, cuan enrojecido su manto!

Nada tiene de extraño que cuando Cristo venga con poder y gloria, venga vestido de rojo (véase D. y C. 133:48), lo cual no sólo significará el lagar de su ira, sino que también nos hará recordar de que manera padeció por cada uno de nosotros, ¡tanto en Getsemaní como en el Calvario!

En los últimos años, al entonar los himnos de la Expiación, lo he hecho con el corazón rebosante y con toda mi alma cuando he podido dominar mi emoción-al cantar, por ejemplo: ” ¡Que grande eres!”. “Me domina la emoción” (Hymns, 1985, núm. 86), ”Sorpresa me da que quisiera. . . mi alma rescatar”, ”Asombro me da” y ” ¡Cuan asombroso es!” (Himnos de Sión. Núm. 46.)

Pero, hermanos, no solo demos gracias a Jesús porque por su Expiación viviremos otra vez, ya que rompió “las ligaduras de la muerte” (Alma 11:40-41), sino ¡alcancemos la otra dádiva que nos ofrece, la de la vida eterna! Al fin, terminaremos escogiendo ya sea ¡la forma de vivir de Cristo o la forma en que padeció! Se trata de “padecer así como yo” (D. y C. 19: 17) o de vencer ”como [El ha] vencido” (Apocalipsis 3:21). Su mandato a nosotros es que lleguemos a ser ”aun como yo soy” (3 Nefi 27:27). Los espiritualmente firmes aceptan esa invitación, y ”por medio de la sangre expiatoria de Cristo” (Mosíah 3:1819), ¡vencerán y llegarán a ser como el Señor es!

En este mundo inestable, establezcamos firmemente en nuestros corazones esa determinación, ruego en el santo nombre de Jesucristo. Amén.


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Una respuesta a Al que venciere. . . Así como yo he vencido

  1. Miguel ángel carrillo francia dijo:

    Muchas gracias por tener estos mensajes

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