El sacerdocio en acción

Conferencia General Octubre 1992

El sacerdocio en acción

Thomas S. MonsonPresidente Thomas S. Monson
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

“¿Tenemos la entereza y la fe… para servir con resuelta valentía y firme determinación?”


¡Que magnifica vista se despliega ante mí esta noche! Aquí en el Tabernáculo de la Manzana del Templo, en el Salón de Asambleas, en el Centro Marriott de la Universidad Brigham Young y en capillas por todo el mundo, se encuentra reunido un poderoso ejército de hombres, el ejército real del Señor. Se nos ha confiado el sacerdocio. Se nos ha preparado para cumplir con nuestro deber. Se nos ha llamado a servir.

Lo que aconteció al niño Samuel, cuando respondió al llamado del Señor, siempre ha sido una inspiración para mí, como lo habrá sido, sin dudas, para todo poseedor del sacerdocio. Recordaremos que el pequeño Samuel “ministraba a Jehová en presencia de Elí. Una noche, mientras el niño dormía, el Señor Jehová le llamó por su nombre: “Samuel”. Y él le respondió: “Heme aquí”. Pensando que Elí le había llamado, Samuel corrió a él y le repitió: “Heme aquí”. Y Elí le dijo que volviese a acostarse. Tres veces vino a él la voz del Señor y el dio la misma respuesta. Entonces el Señor Jehová le llamó la cuarta vez, nombrándolo dos veces: “Samuel, Samuel”. La respuesta del niño, igual a las anteriores, es un ejemplo clásico para todos nosotros:

“…Habla, porque tu siervo oye.
“Y Jehová dijo a Samuel: He aquí haré yo una cosa en Israel, que a quien la oyere, le retiñirán ambos oídos” (véase 1 Samuel 3:1-11).

La mayoría de los jóvenes de la Iglesia recibirán un día el llamamiento de ir a la misión. Ruego con fervor que su respuesta sea como la de Samuel: “Heme aquí… Habla, porque tu siervo oye”. Entonces recibirán ayuda celestial. Todo misionero se esfuerza por ser la clase de misionero que su madre cree que es, la clase de misionero que su padre espera que sea, y el misionero que el Señor sabe que puede llegar a ser.

Recuerdo la recomendación de un joven en la que el obispo había escrito: “Este candidato es el mejor que he recomendado hasta ahora. Ha sido líder en los quórumes de diáconos, de maestros y de presbíteros de los que ha sido miembro. Se ha distinguido en los estudios y en los deportes en la escuela secundaria. No conozco un joven mejor. Estoy orgulloso de ser su padre”. El presidente Spencer W. Kimball, que entonces estaba a cargo del Comité Misional, dijo en tono meditativo:

“Ojalá sus padres se contenten con la misión a que se le ha asignado. No sé de ninguna vacante para el hoy en el Reino Celestial”.

Si, a veces lo que espetan de nosotros los que nos aman excede un tanto nuestra capacidad. Hace años, antes de que se edificara un templo en África del Sur, los santos que deseaban ir al templo tenían que hacer el largo y costoso viaje a Londres, Inglaterra, o, posteriormente, a Sao Paulo, Brasil. Cuando visite África del Sur, ellos, con toda la fuerza de su corazón y de su alma, me pidieron que instara al presidente Kimball a buscar inspiración celestial para erigir un templo en su país. Yo les asegure que ese era un asunto del Señor y Su Profeta, y ellos me dijeron: “Tenemos fe en usted, hermano Monson. Por favor, ayúdenos”.

Cuando regrese a Salt Lake City, descubrí que ya se había aprobado la propuesta de edificar un templo en África del Sur y que su construcción se iba a anunciar de inmediato. Cuando eso ocurrió, recibí un telegrama de los miembros de África del Sur, que decía: “Gracias, élder Monson. ¡Sabíamos que usted lo lograría!” Tengo que decir que creo que nunca les convencí de que si bien aprobé la propuesta, no fui el autor de ella.

Todo llamado a servir es un hecho trascendental en la vida del que lo recibe. Estoy seguro de que así ha sido para cada una de las Autoridades Generales que han sido sostenidas como tales en el día de hoy. Quisiera contar algunas magnificas lecciones de la vida de uno de esos hermanos, el élder Jay E. Jensen, que se publicaron hace poco en el periódico Church News (8 de agosto de 1992, págs. 6, 14). El élder Jensen habla de momentos cruciales de su vida. Su despertar espiritual comenzó cuando de niño vivía en Mapleton, Utah, y sus padres realizaban la noche de hogar mucho antes de que esta llegase a ser un programa de la Iglesia. Contaba que su padre le leía lecciones del Libro de Mormón y comentaba que el profundo amor de su madre por los libros también produjeron un impacto favorable en el, pero que s6010 cuando el mismo leyó el relato de José Smith de la Primera Visión, el testimonio de su veracidad llegó a ser una realidad para el.

Después de terminar sus estudios secundarios, el joven Jay y su novia, Lona, decidieron casarse y no esperar a que el recibiera el llamamiento para la misión. “Eso casi le rompió el corazón a mi padre”, dijo el élder Jensen, y añadió: “Mi madre me dijo que papa no pudo contener las lágrimas”.

Dos semanas después, y antes de que los planes de la boda estuvieran terminados, Jay y Lona asistieron a una reunión sacramental en la que un ex misionero dio el informe de su misión. El Espíritu les tocó el corazón y llegaron a la conclusión de que debían posponer el casamiento. Jay se fue directo a la oficina del obispo para iniciar su servicio misional. Todo sucedió como había de esperarse y Jay sirvió en la Misión Hispanoamericana.

Lona se fue a California, donde consiguió trabajo, y allí fue misionera de estaca. Después que el terminó la misión, se casaron en el Templo de Manti. El padre del élder Jensen vivió lo suficiente para ver a su hijo cumplir una misión honorable y casarse en el templo. La hermana Jensen ha dicho reiteradas veces que el haber dejado ir a la misión al que ahora es su esposo ha sido lo más difícil que ha tenido que hacer en su vida, pero también lo más provechoso. Y añade: “Me alegro de haberlo hecho. Nunca hubiéramos sido tan felices de no haber sido así”.

Actualmente, Jay y Lona Jensen prestan servicio en Guatemala; él es miembro de la Presidencia del Área de Centroamérica.

Al reflexionar en esos momentos cruciales de la vida de los hermanos Jensen, recordemos la máxima que dice: “Las puertas de la historia se mueven con pequeñas bisagras”. Así es también con la vida de las personas.

Padres, abuelos, testamos leyendo a nuestros hijos y a nuestros nietos la palabra del Señor? Ex misioneros, sirven sus mensajes y su vida de inspiración para que otras personas presten servicio? Hermanos, estamos en una armonía tal con el Espíritu que cuando el Señor nos llame, podamos oírle, como le oyó Samuel, y responderle: “Heme aquí”? ¿Tenemos la entereza y la fe, sea cual fuere nuestro llamamiento, para servir con resuelta valentía y firme determinación? Si las tenemos, el Señor puede obrar Sus potentes milagros por medio de nosotros.

Un milagro de esos está sucediendo en la parte sur de los Estados Unidos, en la región a la que antes se le llamaba la Confederación; tiene que ver con las obras de la historia familiar y del templo. Durante el período transcurrido entre 1860 y 1865, esa región quedó literalmente saturada de la sangre de los jóvenes soldados de este país que perecieron por centenares de miles a causa de la guerra civil. Aun hoy día, se encuentran en ese suelo, por aquí y por allá, un gastado botón de uniforme, la hebilla de un cinturón, una bala. ¿Pero que podemos decir de los jóvenes que cayeron hallándose en la flor de la juventud? Muchos nunca se casaron. ¿Quién iba a efectuar la obra del templo por ellos? ¿Habían de negárseles para siempre las bendiciones de las ordenanzas eternas?

William D. Taylor, un canadiense que no tiene lazos con ninguno de los bandos del conflicto que ocurrió hace ya tanto tiempo, se trasladó junto con su esposa y sus hijos para vivir en esa región del Sur, y repentinamente le invadió un apremiante interés por aquellos que habían muerto tan jóvenes. De pronto, el hermano Taylor sintió el deseo vehemente de hacer algo el mismo, el llamado a un servicio silencioso.

En una carta fechada el 20 de julio de 1992, el hermano Taylor me decía:

“Ha transcurrido aproximadamente un año desde la última vez que le hice saber cómo iba la obra de la extracción de nombres para la obra del templo por los soldados confederados (aproximadamente cuatro años desde que este trabajo comenzó). La extracción ha ido progresando en forma constante. Hasta este momento en que le escribo, hemos enviado para la obra del templo mas de 101.000 nombres. Me siento agradecido de que se me haya permitido realizar esta obra, que me brinda un regocijo indescriptible que jamás he sentido en ninguna otra ocasión; es imposible expresarlo con palabras. Me lleno de una profunda alegría cuando los nombres de otro regimiento quedan listos para ser enviados al templo, y me invade la tristeza cuando la información que encontramos sobre un soldado en la historia de un regimiento es insuficiente, y no se puede enviar su nombre para la obra del templo”. Las palabras de un poeta expresan los sentimientos del hermano Taylor:

Allí les veo andar sendero abajo,
un uniforme azul y el otro gris,
marchan hoy tomados del brazo;
hacia Jesús se empiezan a elevar,
el rebelde y el yanqui, frente en alto;
su muda jornada acaba de comenzar.

Hermanos, quisiera repetir la descripción del servicio prestado por el sacerdocio con respecto a esa obra, según lo que escribió un líder del sacerdocio; dice así: “El sábado por la tarde nuestros jóvenes del Sacerdocio Aarónico y sus líderes se reunieron en el templo para efectuar el bautismo por los soldados caídos. ¿Qué hermoso era ver a esos jóvenes del Sacerdocio Aarónico ser bautizados por sus propios líderes del sacerdocio! En casi todos los casos, cuando un joven terminaba con los catorce o quince nombres que le habían tocado, se volvía y abrazaba a su líder, con lágrimas de gozo en los ojos. ¡Qué ejemplo de verdadero amor y servicio del sacerdocio! Tuve ocasión de ser testigo ante la pila bautismal y de presenciar personalmente todo eso, y, en algunos momentos, de recibir el innegable testimonio del Espíritu de que esos jóvenes soldados que habían muerto habían aceptado el bautismo efectuado en su nombre por nuestros hermanos del Sacerdocio Aarónico.

“Anotamos el nombre de todo soldado que fue bautizado en ese grandioso día para que los jóvenes tuviesen una breve historia de los soldados por los que se bautizaron. No me cabe la menor duda de que esa experiencia tendrá para siempre un buen efecto en todos los que participaron”.

Estas palabras del presidente Joseph F. Smith, al hablar de la redención de los muertos, nos brindan una conmovedora explicación del regocijo que experimentan todos los que toman parten en esa y en otras obras similares:

“Mediante nuestros esfuerzos en bien de ellos, las cadenas de la servidumbre caerán de sus manos y se disiparan las tinieblas que los rodean, a fin de que brille sobre ellos la luz y en el mundo de los espíritus sepan acerca de la obra que sus hijos han hecho aquí por ellos, y se regocijaran con vosotros en vuestro cumplimiento de estos deberes” (Doctrina del Evangelio, pág. 462).

Hermano William Taylor, le saludo con admiración por la labor de llevar bendiciones eternas a “sus tropas”, que, sin duda, bendicen su nombre.

Cuando se posee el Sacerdocio de Dios, nunca se sabe cuándo llegara el momento de servir; pero debemos tener el firme cometido de estar listos para el servicio.

El 24 de agosto pasado, el huracán Andrew azotó las costas de Florida, al sur de Miami. El viento huracanado excedió los 320 kilómetros por hora. Fue el desastre natural más costoso de la historia de los Estados Unidos. Ochenta y siete mil viviendas fueron destruidas, dejando a 150.000 personas sin hogar. Los danos se calculan en treinta mil millones de dólares. Ciento setenta y ocho viviendas de miembros sufrieron averías, y cuarenta y seis de ellas fueron destruidas.

Antes de que azotara la tempestad, se mandó ayuda del almacén de bienestar de la Iglesia localizado en Atlanta, la cual llegó a su destino cuando los vientos ya cesaban. El camión transportaba alimentos, agua, ropa de cama, herramientas y suministros médicos; fue el primer envío de socorro que llegó a la zona del desastre.

Los líderes locales del sacerdocio y de la Sociedad de Socorro se organizaron rápidamente para evaluar los danos y ayudar en la labor de limpieza. Tres grandes grupos de miembros que se ofrecieron de voluntarios, sumando un total de más de cinco mil personas, trabajaron hombro a hombro con los damnificados ayudando a reparar tres mil viviendas, una sinagoga judía, una iglesia pentecostal y dos escuelas. Cuarenta y seis misioneros de la Misión Florida Fort Lauderdale trabajaron en jornada completa más de dos semanas descargando los víveres de los camiones, sirviendo de intérpretes, ayudando en el control de protección y del tráfico y en reparaciones.

El tiempo no nos permitirá más que echar un vistazo a algunos de los agradables relatos de ese formidable ejemplo del sacerdocio en acción.

  1. Una mañana sonó el teléfono en la capilla de Kendall. Una dama explicó que se había enterado de que la Iglesia tenía un grupo de personas que andaba arreglando techos y ventanas para evitar que la lluvia hiciera mas danos; se le respondió afirmativamente y ella dio su dirección; luego le dijeron que pronto irían los voluntarios para hacer lo que fuera necesario a fin de ayudarle. Entonces ella pregunté si debía pagar con anticipación el trabajo y a quien debía pagarlo. Cuando se le dijo que no tenía que pagar nada, la señora comenzó a llorar sin poder contenerse hasta que al fin pudo musitar: “Gracias sean dadas a Dios por lo que ustedes hacen, porque no tengo medios para pagar nada”.
  2. Zack, un joven de 19 años, que ahora está en el Centro de Capacitación Misional, acompañó uno de los camiones cargados de alimentos, ropa, etc., enviado por nuestros miembros de Georgia para ayudar a las víctimas del huracán. Cuando Zack se iba, su madre le dio unas muñecas de su apreciada colección, las cuales el joven distribuyó con gusto entre unas niñas de ojos asustados cuyos juguetes habían sido destruidos.
  3. Un hermano de Saint Anthony, estado de Idaho, y otros líderes de ese lugar vieron la terrible devastación que sufrieron los residentes del sur de Florida al mostrarse el desastre por televisión, y sintieron la urgente necesidad de hacer algo para ayudar a los damnificados. En seguida se resolvió enviar a Florida un camión semirremolque lleno de papas. Cargaron el camión con cajas y sacos de papas y lo mandaron inmediatamente, a través de todo el país, a la zona del desastre.

Las papas llegaron en excelente estado; los misioneros las descargaron y las repartieron. Fue asombroso el gusto con que las acogieron los habitantes del sur de Florida, que, cansados de comer alimentos envasados, dijeron que las papas era tan deliciosas que les parecían un postre. En menos de tres días estas se distribuyeron entre los miembros y los que no eran miembros por igual. La bondad de esos buenos miembros de Idaho que enviaron el cargamento de papas alegró el corazón y reconfortó el estómago de muchas personas.

  1. Los sentimientos típicos que experimentaron los que, dejando de lado todos sus intereses, se apresuraron a acudir en auxilio de sus hermanos los expresó un matrimonio de Huntsville, Alabama, al escribir lo siguiente:

“Aunque [nuestro] segundo día [en la zona devastada por el huracán] era domingo, estimamos tan importante darnos prisa en trabajar como lo fue para los que salieron de Salt Lake City un domingo para ir a rescatar a los pioneros que iban tirando carros de mano y se hallaban en peligro de muerte. En las canchas de fútbol y de deportes de una escuela secundaria, las cuales nos servían de campamento, el grupo de cada estaca tuvo su reunión sacramental y de testimonios antes de reemprender el trabajo de salvamento. Cantamos los himnos que sabíamos. La Santa Cena la bendijeron y la sirvieron los poseedores del sacerdocio [vestidos] con ropa de trabajo. El pan lo sirvieron en sartenes y el agua en vasos de cartón. Debido al límite de una hora que nos habíamos impuesto como máximo para la reunión, no todos los que deseaban hacerlo pudieron dar su testimonio. El ultimo himno, “Soy un hijo de Dios”, nos recordó que debíamos seguir adelante ayudando a los demás hijos de Dios.

  1. Un hermano de habla hispana se acercó con su esposa al élder Alexander Morrison, Presidente del Área Norteamérica Sudeste, y le dijo: “He perdido los ahorros de toda mi vida. He perdido mi casa, mi granja; mis árboles frutales todos fueron destruidos. No me queda nada”; pero, en seguida, sonriendo dulcemente, añadió: “En verdad lo tengo todo: tengo el Evangelio de Jesucristo”.

Que Dios bendiga al élder Morrison, a sus consejeros y a todos los líderes del sacerdocio, a los misioneros, tanto varones como mujeres, y a los miles de personas que sirvieron a su prójimo tan extraordinaria y abnegadamente. En verdad, ellos respondieron, como lo hizo Samuel: “Heme aquí”.

La limpieza de los destrozos del huracán Andrew continua, al igual que la obra de reparación de la devastación que dejó el huracán Iniki, que azotó la isla de Kauai, del archipiélago de Hawai.

Tanto en esos catastróficos sucesos como en las dificultades individuales que sufren en silencio las personas, el sacerdocio se pone verdaderamente en acción. No desesperemos nunca, porque esta obra en la cual nos hallamos empeñados es del Señor. Se ha dicho que el Señor fortalece la espalda para que soporte el peso que se coloque sobre ella. El consejo del Maestro a todos los que nos hemos reunido esta noche, a los que se nos ha dado la autoridad del sacerdocio y de los que se espera que sirvamos en el sacerdocio, brinda paz al corazón y consuelo al alma:

“Venid a mi todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.

“Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallareis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11:28-30). De esta divina verdad testifico en el nombre de Jesucristo. Amen.

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