Qué significa ser cristiana?

Conferencia General 132a

¿Qué significa ser cristiana?

Hugh B. Brownpor el presidente Hugh B. Brown

A menudo, entre las gentes del mundo, surge esta pregunta: ¿Son Cristianos los Santos de los Últimos Días, o “Mormones”? Para que la misma pueda ser correctamente contestada, quizás sea conveniente explicar brevemente nuestra interpretación y aceptación de las principales doctrinas Cristianas.

Creo que sería interesante comenzar considerando qué significa ser cristiano. El diccionario nos dice que cristiano es aquel que acepta y sigue los preceptos y ejemplos de Jesucristo, o uno cuya vida está conformada con las doctrinas de Jesús de Nazaret.

Por supuesto que no podremos esta mañana entrar a discutir ni aun a enumerar los varios principios del evangelio de Cristo, pero existe un evento doctrinario que precede y aun eclipsa todos los demás preceptos Cristianos. Me refiero a la Expiación de Jesucristo, tema que parece ser apropiado ya que nos estamos acercando a la época conmemorativa de la Pascua. Nosotros, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, ‘creemos que por la Expiación de Cristo todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del evangelio.”

La fe en este acontecimiento trascendente, el más importante en toda la historia del mundo, es el perdurable cimiento sobre el cual está edificado el evangelio de Jesucristo. Y de este principio depende la salvación de la entera raza humana. Todo aquel que entiende y acepta la importancia del sacrificio vicario de Jesús, y se sujeta a todos los principios y ordenanzas que dicha aceptación implica, puede ser llamado cristiano. Pero debe manifestar más que un simple homenaje verbal; la fe sola no es suficiente. Jesús dijo:

“Por sus frutos los conoceréis.

No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.” (Mateo 7:20-21.)

Cómo llegar a ser cristiano, y cómo lograr la salvación, son también preguntas antiguas y frecuentemente repetidas. Ello fué contestado ya por Pedro, el Apóstol, el día de Pentecostés cuando habiendo sido traspasada por las palabras de su predicación, la multitud exclamó:

“Varones hermanos, ¿qué haremos?” Y entonces,

Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.» (Hechos 2:37-38.)

El arrepentimiento, como condición o requisito para el perdón, es un principio Cristiano fundamental. Pero ¿podemos ser salvos por cumplir simplemente con estos requerimientos preliminares? En la dinámica Epístola a los Hebreos, leemos:

“. . . Vamos adelante a la perfección; no echando otra vez el fundamento del arrepentimiento de obras muertas, de la fe en Dios, de la doctrina de bautismos, de la imposición de manos, de la resurrección de los muertos y del juicio eterno.” (Hebreos 6:1-2.)

Pablo declara que la obra del perfeccionamiento de los Santos (los miembros de la Iglesia en los primeros tiempos eran llamados “Santos”), debe continuar, “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo.” (Efesios 4:13.)

El proceso de la salvación es constante y permanente. Es una obra que está mejorando, logrando, llegando a ser y, sí, aun venciendo eternamente. En cierto sentido, es comparable al proceso de la educación, la cual está continuamente venciendo a la ignorancia. ¿Cuándo es un hombre considerado educado? ¿Cuándo puede decirse que está salvo? Nosotros creemos que el hombre no puede ser salvo antes de ganar el conocimiento necesario, porque “la gloria de Dios es la inteligencia.”

¿Podemos decir que un hombre es educado una vez que se inscribe en una universidad, o cuando tiene su diploma de bachiller, maestro o doctor? Sí, relativamente, éste es un hombre educado. Pero tiene aún toda su vida por delante—la eternidad—, durante la cual debe seguir tratando de aumentar su propio conocimiento y obtener la verdad en su plenitud. Las-más grandes riquezas de la vida no son sino embriones a la luz de la eternidad, y a todo hombre le asiste la razón para esperar que una vida futura le ha de brindar una más amplia oportunidad de alcanzar un mayor progresó.

Esta Iglesia lleva el nombre de Jesucristo porque desde el principio ha estado enseñando que la fe en Él es el primer principio del evangelio de salvación, pero también sabemos, como el poeta, que:

“Con un simple sallo no se gana el cielo,
pero la escalera construir debemos
por la cual treparnos, desde el bajo suelo,
hasta aquella cundiré, más allá del velo. . .”

La fe debe ser confirmada y demostrada por medio de una activa aceptación de todos los demás principios que enseñara Aquel por cuyo nombre ha sido incorporada a nuestro lenguaje la palabra Cristianismo.

Nosotros no reclamamos entender completamente la Expiación en toda su ilimitada extensión; pero Dios ha revelado bastantes detalles con respecto a la necesidad, el propósito y la universal aplicación o alcance de la Expiación de Jesucristo, para poder testificar de la doctrina de que la resurrección ha sido prometida literalmente a todos los hombres. Juan el Amado, dijo:

“Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro do la vida; y fueron juzgados todos los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras.” (Apocalipsis 20:12.)

La vida eterna y la exaltación—hechas posibles mediante el sacrificio vicario de Cristo—, pueden ser obtenidas progresivamente por el hombre que coopere voluntariamente con los propósitos y la voluntad de Dios. Cuando vamos a proceder a una reconciliación, a un apaciguamiento o acuerdo, generalmente lo asociamos con algún acto o hecho del cual deriva. Por ejemplo, un tratado de paz es secuela de una guerra. Un acuerdo con respecto a un reclamo u obligación, implica que ha habido de por medio una cuenta pendiente o un balance vencido. Y cuando hablamos de la Expiación de Jesucristo, por supuesto reconocemos la existencia de una deuda previa, una transgresión precedente, algo por lo cual era necesaria una redención.

Todo lector de la Biblia, erudito o no, que acepta el Nuevo Testamento, considera que la Expiación de Jesucristo es la secuela de la transgresión de Adán, conocida generalmente como la “Caída”. Por medio de la llamada “Caída”, Adán, Eva y todos sus descendientes, quedamos sujetos a la muerte y a la desintegración física, como así también al destierro de la presencia de Dios—lo cual es la muerte espiritual—, no obstante tratarse de una transgresión individual. Pero mediante la también individual Expiación de Jesucristo, la transgresión de Adán fué redimida, y en consecuencia cada uno de nosotros librado. Pablo nos asegura que:

“Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos.

Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados.” (1 Corintios 15:21-22.)

Esta transgresión de Adán y todas sus consecuencias fueron previstas—y entonces la Expiación provista —, aun antes de la fundación del mundo. En aquel primerísimo concilio de los ciclos, cuando, según las Escrituras nos relatan, “so regocijaban todos los hijos de Dios” (Job 38:7.), Cristo se ofreció a Sí mismo en rescate. El no fué compelido ni le fué requerido sacrificarse. Su libre albedrío no fué quebrantado ni obstaculizado. Su misión fué enteramente optativa y voluntaria hasta el preciso momento de Su crucifixión. Recordaréis que El mismo, cuando Pedro trató de defenderle con su espada, le resistió, diciendo:

“¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles?” (Mateo 26:53.)

También muchas veces ha surgido esta pregunta: ¿Por qué fué permitido y aun aceptado que el mismo Hijo de Dios se sacrificara? ¿Por qué no podía hacerlo otra persona? ¿Por qué Adán mismo no pagó su deuda?

La respuesta es que de entre todos los hijos de Dios, sólo Jesucristo estaba capacitado para ello. Fué el Divino Maestro el único hombre puro, sin pecado, que caminó sobre la faz de la tierra. Además, El fué el Primogénito en el espíritu y el Unigénito en la carne, y por consiguiente, el único que tenía todos los atributos divinos y humanos. Oigamos a El mismo referirse a esa existencia pre-terrenal, a través de la más hermosa oración registrada jamás por el hombre:

“Ahora pues, Padre, glorifícame tú para contigo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.” (Juan 16:5.)

Cristo era el único ser completamente libre de la dominación de Satanás; el único que poseía el poder para derogar los decretos de la muerte; el único hombre que, habiéndosele concedido morir sólo si así lo quería, se entregó a Sí mismo y conquistó la muerte. Él dijo:

“Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida para volverla a tomar.

Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar.” (Ibid., 10:17-18.)

Aun otras preguntas son muchas veces formuladas: ¿Por qué fué necesario que Jesucristo se ofreciera voluntariamente al sacrificio? y ¿cuál fué el motivo que le inspiró y le sostuvo desde los tiempos del concilio celestial hasta el preciso momento de su agonizante exclamación: “Consumado es.”?

La respuesta a estas preguntas consiste en dos fases: la primera es encontrada en Su indeclinable devoción hacia la voluntad del Padre. El declaró:

“Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y acabe su obra.” (Ibid., 4:34.)

La segunda estriba en Su excelso y universal amor por la humanidad, la que, sin Su divina mediación, habría permanecido en el total abatimiento de desear sin esperanzas por toda la eternidad.

¿Cuál era la alternativa del sacrificio? ¿Qué habría pasado si no hubiera mediado la Expiación? Pues, de no haber habido Expiación, todos los hombres estaríamos condenados a la muerte eterna, puesto que si Cristo no hubiera quebrado sus cadenas, la muerte habría resultado victoriosa. Todos los que habían muerto antes del Meridiano de los Tiempos estaban aún en sus tumbas cuando Cristo se levantó triunfante del sepulcro, rompiendo los vínculos de la muerte. Mateo nos relata que:

“. . . se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron; y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de él, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos.” (Mateo 27:52-53.)

Jesucristo fué “primicias de los que durmieron.” Cuando el apóstol Pablo comprendió el cabal significado de este acontecimiento sin precedentes, lleno de gozo exclamó:

“¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?” (1 Corintios 15:55.)

Y el mismo Salvador consoló y reconfortó a todas las Martas afligidas del mundo, diciendo:

“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.

Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. . .” (Juan 11:25-26.)

Pero la victoria sobre la muerte no es el único beneficio resultante de la Expiación del Mesías. Su sacrificio no sólo libertó a todos los hombres de la muerte eterna, sino que abrió las puertas para que nuestros pecados individuales puedan ser perdonados. Hizo posible que nosotros, mediante la fe, el arrepentimiento y una constante rectitud, obtengamos la absolución de los efectos de nuestros pecados personales. No podemos lograr todos los beneficios resultantes de la Expiación por el mero hecho de reconocerla.

Los hombres no podrán ser salvos en sus pecados porque, por decreto divino, ninguna cosa impura puede entrar en el reino de los cielos. No obstante, mediante el arrepentimiento, el bautismo y el poder del Espíritu Santo, todos podemos ser redimidos de nuestros propios pecados.

Nadie puede, mediante un simple acto—por más grande o sincero que éste sea—, desentenderse de la necesidad destacada por Pablo de una “continua paciencia de hacer el bien.” Todo ser humano debe seguir al Maestro y perseverar hasta el fin. Así lo enseñó Jesús en aquella sencilla pero impresionante ocasión en que dialogó con el joven rico que se le había acercado para preguntarle:

“. . . Maestro bueno, ¿qué bien haré para tener la vida eterna?

Él le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno sino uno: Dios. Más si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.

Le dijo: ¿Cuáles? Y Jesús dijo: No matarás. No adulterarás. No hurtarás. No dirás falso testimonio. Honra a tu padre y a tu madre; y, Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

El joven le dijo: Todo esto lo he guardado desde mi juventud. ¿Qué más me falta?

Jesús le dijo: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme.” (Mateo 19:16-21.)

En consecuencia, no es suficiente guardar simplemente los mandamientos u obedecer la ley. El requisito final es seguir al Maestro. Tal como el poeta nos ha dicho:

«Oh Señor, mi cruz levanto a seguirte donde vas;
Pobre, triste, despreciado, Tú mi protección serás.
Mientras tenga tu ayuda, Dios de fuerza y poder,
Enemigos y envidias, todo puedo yo vencer. . .”

En verdad, y según el Nuevo Testamento lo confirma repetidamente, todos somos pecadores en uno u otro grado. Escribiendo a los Romanos, Pablo dice:

“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.” (Romanos 3:23)

Y Juan agrega:

“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.” (1Juan 1:8.)

Pedro, por su parte, dice:

“Vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe, virtud; a la virtud, conocimiento;

al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad;

a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor.

Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo.” (2 Pedro 1:5-8.)

Asimismo, sabemos que los beneficiarios de la Expiación no solamente serán los que murieron antes de la época del Mesías, sino también todos aquellos que hayan dejado de existir sin haber tenido la oportunidad de que el verdadero evangelio les fuera predicado. Y así nos lo confirma Pedro al declarar:

“Porque por esto también ha sido predicado el evangelio a los muertos, para que sean juzgados en carne según los hombres, pero vivan en espíritu según Dios.” (1 Pedro 4:0.)

El mismo Salvador nos dice:

«De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán.” (Juan 5:25.)

Respondiendo entonces a las preguntas del principio: ¿Qué significa ser Cristiano? y ¿son Cristianos los “Mormones”?, declaramos estar enseñando, a través de cada palabra encontrada en las Escrituras y de toda manifestación revelada de los cielos, la verdadera doctrina Cristiana. En cuanto a la práctica, estamos continuamente tratando, con toda diligencia, de vivir en la mayor armonía posible con las leyes del Señor, lo cual nos habilita para acogernos a la benéfica sombra de la Redención y nos va haciendo, progresivamente, mejores cristianos.

Nadie, en todo el universo, está justificado para orar como aquel fariseo de la antigüedad, diciendo: “Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres.” En la vida verdaderamente Cristiana no debiera haber actitudes o expresiones tales como “soy más santo que tú.” Todo aquel que se considere buen Cristiano, será mejor gratificado si ora y dice como el publicano de la parábola: “Dios, sé propicio a mí, pecador.”

Os testifico humildemente que Dios es real, que es nuestro Padre y un Ser personal. Y que Jesús de Nazaret es el Salvador y Redentor del mundo. Que el evangelio de Jesucristo ha sido nuevamente restaurado y que sólo queremos, como El, que todos los hombres lo reciban y lo acepten.

Como en la oportunidad en que El preguntara: “¿Quién decís que soy yo?”, quiero repetiros, como Pedro, que nuestro Redentor es “el Cristo, el Hijo del Dios viviente.” Y lo hago en el nombre de Jesucristo. Amén.

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