Resistan toda tentación del diablo

Charla fogonera del SEI para Jóvenes Adultos Solteros • 5 de febrero del 2006
Universidad de Brigham Young

Resistan toda tentación del diablo

Por el élder W. Rolfe Kerr
Del Primer Quorum de los Setentas

Charla fogonera del SEI para Jóvenes Adultos Solteros • 5 de febrero del 2006 • Universidad de Brigham Young


Se han congregado aquí, en este recinto de la Universidad de Brigham Young y en muchos otros lugares del mundo para escuchar al élder M. Russell Ballard del Quórum de los Doce Apóstoles.  Lamento decepcionarlos, pero al élder Ballard le fue imposible estar hoy aquí con ustedes, me siento honrado de que me hayan pedido que lo reemplazara. El deseo de él era estar aquí y les puedo asegurar que yo deseaba lo mismo. Otra vez, me siento honrado de tener que sustituirlo.

Hace exactamente 50 años atrás, me hallaba en el medio del océano a bordo de un enorme y bello trasatlántico que se acercaba a los muelles de Southampton, Inglaterra. Estaba por comenzar mi servicio como misionero en la Misión Británica. En ese tiempo los misioneros aún viajaban a las misiones en el extranjero por mar, en vez de hacerlo por aire. Creo que Orville y Wilbur Wright habían hecho su primer vuelo para ese entonces, pero aún así fue mucho tiempo atrás.

Quiero que sepan que me encantó mi misión. Significó mucho para mí entonces y ha continuado a través de los años siendo el símbolo de muchas cosas buenas en esta vida. La solidez de mi testimonio fue unas de las mayores bendiciones de mi misión. Tenía lo que consideraba era un fuerte testimonio antes de ser llamado a servir, pero el enseñar y testificar de la verdad divina hizo que ese testimonio creciera en mi corazón y en mi alma de tal modo que me mantuviera a través de cualquier prueba o desafío. No sé qué haría sin el Evangelio. Siempre estaré agradecido por mi misión, por mi testimonio y por el escudo protector que he sentido gracias a mi fe en el Salvador. Ese escudo de fe ha sido una protección moral y espiritual a través de los años.

La fe en Jesucristo es nuestra mejor defensa en contra de la tentación

Esto me lleva a la idea central de lo que me gustaría compartir con ustedes esta noche. En el Libro de Mormón leemos el consejo y la instrucción de Alma a su hijo Helamán. Entre otras cosas le amonestó a Helamán: “inculca en [este pueblo] un odio perpetuo contra el pecado y la iniquidad.” Le instó, “predícales el arrepentimiento y la fe en el Señor Jesucristo.” Y ahora escuchen estas palabras, Alma dijo:. . .enséñales a resistir toda tentación del diablo, con su fe en el Señor Jesucristo” (Alma 37:32—33). ¿Pueden ver y sentir el significado y el poder en esas palabras, para ustedes o mejor dicho para todos nosotros?

Alma prosiguió su instrucción a Helamán diciendo: “Enséñales a no cansarse nunca de las buenas obras, sino a ser mansos y humildes de corazón; porque éstos hallarán descanso para sus almas.

¡Oh recuerda, hijo mío, y aprende sabiduría en tu juventud; sí, aprende en tu juventud a guardar los mandamientos de Dios!…

Consulta al Señor en todos tus hechos, y él te dirigirá para bien” (Alma 37: 34-37). Este es un consejo maravilloso y apropiado para todos nosotros, jóvenes y adultos.

La mejor y más segura defensa que tenemos contra las tentaciones del diablo es en nuestra fe en Cristo, nuestra fe en Su gran sacrificio expiatorio, nuestra fe y testimonio del Evangelio de Jesucristo. Con fe y un testimonio firme y consciente en su lugar, los dardos de fuego del maligno no podrán traspasar sus almas. Recalco la importancia de tener fe y un testimonio, no sólo firme en su lugar, sino también de manera consciente. Si piensan conscientemente en el Salvador, no permitirán que las tentaciones los dominen. Más importante aún, si tienen al Salvador y su firme y consciente en Él en la mente y en el corazón, ni siquiera se permitirán a sí mismos estar en situaciones tentadoras. Dicho de otro modo; dejen que su fe en Cristo los proteja de la influencia del diablo. En caso de necesidad, dejen que su fe en Cristo genere en su vida una “experiencia como la de José”. Recuerden a José, el que fue vendido para Egipto y se convirtió en un siervo favorecido de Potifar, el capitán de la guardia del faraón. La esposa de Potifar tenía intenciones impuras hacia José, pero éste se negó y la rechazó de inmediato y rotundamente diciendo: “¿Cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?”. Ella siguió adelante con sus intenciones y las Escrituras nos dicen que José huyó y salió, él “pudo salir de esa situación tentadora”. Resistió la tentación del diablo gracias a su fe en el Señor Jesucristo. (Véase Génesis 39: 7-12.)

A los niños en las escuelas primarias de todo el mundo se les enseñan tres elementos básicos y esenciales para el aprendizaje: leer, escribir y aritmética. Todos hemos aprendido a leer, a escribir y a resolver problemas matemáticos sencillos. Cuando pienso en las doctrinas básicas y esenciales que sostienen mi fe, pienso en los tres elementos básicos y esenciales: la resurrección, la revelación y la restauración. En ellas aprendemos todo lo que el Señor desea que nosotros compartamos con el mundo, aprendemos acerca del Salvador Jesucristo y de Su Expiación y sobre cómo el Señor se comunica con nosotros por medio de Sus siervos escogidos. También aprendemos del profeta José Smith y de la restauración del Evangelio. Aunque no incluyen todas las maravillosas y esclarecedoras doctrinas del Evangelio, en ellas encontramos la base de una fe que puede fortalecernos para resistir toda tentación del diablo. Se escribieron libros acerca de la Resurrección, la revelación y la Restauración. Obviamente, sólo podré mencionar ligeramente cada uno de ellos en esta noche. Piensen conmigo y visualicen tener estas verdades doctrinales muy firmes y conscientes en sus mentes y corazones de modo que les dé esa defensa segura contra el diablo.

La resurrección

La doctrina de la resurrección es tan antigua como la fundación del mundo. Ésta fue y es una parte esencial del plan de felicidad de nuestro Padre Celestial. El Señor enseñó a Moisés sobre su plan, incluyendo la Creación, la Caída de Adán y la Expiación. Entre muchas otras cosas, le dijo: “Porque, he aquí, ésta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39). Era parte del plan que el hombre fuera redimido de la Caída mediante el sacrificio expiatorio del Salvador Jesucristo. A través de la Caída de Adán vino la muerte física y espiritual, no sólo para Adán y Eva, sino para toda la humanidad. Mediante la Expiación de Jesucristo se recibió la promesa de la resurrección para todos los que han vivido o vivan sobre la Tierra. El apóstol Pablo escribió: “Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho.

Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos.

Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Corintios 15:20-22).

La muerte física, como ya sabemos, es la separación del espíritu del cuerpo. La muerte espiritual es la separación de nuestros espíritus de la presencia de Dios por causa de nuestros pecados. El don de la Resurrección dado por el Salvador quita los efectos de la muerte física. Todos vamos a resucitar. Por lo tanto, el hombre recibe la inmortalidad como un regalo gratuito e incondicional mediante la gracia de Cristo. La inmortalidad es vivir eternamente, mientras que la vida eterna es vivir eternamente en la presencia de Dios. El lograr la vida eterna y vencer los efectos de la muerte espiritual también es un don de Cristo, pero este don está sujeto a condiciones, requiere fidelidad y obediencia por nuestra parte. El élder Neal A. Maxwell dijo: “¡La gloriosa expiación de Jesús es el acto central de toda la historia humana! Nos proporciona la resurrección universal; hace posible el arrepentimiento personal y nuestro perdón.

Cristo nos dio de forma gratuita un plan enorme y magnífico: la resurrección universal. Sin embargo, Su ofrecimiento del don mayor de la vida eterna sí es condicional. Él establece los requisitos que debemos llenar a fin de recibir ese gran don” (“El testificar de la grande y gloriosa Expiación”, Liahona, abril de 2002, págs. 7-13).

El presidente Joseph Fielding Smith dijo: “La expiación de Jesucristo es de una doble naturaleza, por ella todos los hombres son redimidos de la muerte física y de la tumba, y se levantarán en la resurrección a la inmortalidad del alma. Y luego, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio, el hombre recibirá la remisión de sus pecados a través de la sangre de Cristo, y heredará la exaltación en el reino de Dios, lo cual es vida eterna” (Joseph Fielding Smith, Doctrina de salvación, tomo I, pág. 118).

Las personas que han sufrido heridas atroces o aquellos que nacieron con discapacidades o con impedimentos son confortados en las maravillosas promesas de la Resurrección. Escuchen estas palabras de consuelo del Libro de Mormón: “Ahora bien, hay una muerte que se llama la muerte temporal; y la muerte de Cristo desatará las ligaduras de esta muerte temporal, de modo que todos se levantarán de esta muerte.

El espíritu y el cuerpo serán reunidos otra vez en su perfecta forma; los miembros así como las coyunturas serán restaurados a su propia forma…” (Alma 11:42-43).

“. . . sí, y todo miembro y coyuntura serán restablecidos a su cuerpo; sí, ni un cabello de la cabeza se perderá, sino que todo será restablecido a su propia y perfecta forma” (Alma 40:23).

“. . . la expiación lleva a efecto la resurrección de los muertos; y la resurrección de los muertos lleva a los hombres de regreso a la presencia de Dios; y así son restaurados a su presencia.

Y de este modo realiza Dios sus grandes y eternos propósitos, que fueron preparados desde la fundación del mundo. Y así se realiza la salvación y la redención de los hombres.” (Alma 42:23, 26).

Al describir las bendiciones que se reciben por medio de la Resurrección, el presidente Joseph Fielding Smith dijo que, “La resurrección salva al hombre de las garras del diablo. La inmortalidad del alma es el don de Dios mediante la muerte y resurrección de Su Hijo Jesucristo. Si el Salvador no hubiera muerto por el mundo, el hombre habría permanecido en sus pecados. No podría haber resurrección de entre los muertos y el cuerpo físico habría bajado a la tumba sin redención, en tanto que el espíritu habría quedado sujeto al diablo y a sus ángeles eternamente” (Joseph Fielding Smith, Doctrina de Salvación, tomo II, pág. 266).

La resurrección no sólo nos salva del diablo en las eternidades, sino que nuestra fe firme y consciente en el Salvador y Su sacrificio expiatorio puede salvarnos del diablo en nuestro diario vivir. Les pregunto si esto les ayuda a entender la conexión que hay entre la doctrina de la Resurrección y el consejo que hallamos en las Escrituras respecto a “…resistir toda tentación del diablo con [nuestra] fe en el Señor Jesucristo”.

Hace varios años una jovencita muy agradable acudió a mí como su presidente de estaca. Tenía problemas con ciertos desafíos a los que se afrontaba en ese entonces. Ella dijo: “Presidente Kerr, es difícil ser un Santo de los Últimos Días”. Analizamos los motivos que tenía para sentirse así, nuestra conversación derivó de manera natural en el Salvador y Su padecimiento por cada uno de nosotros. Hablamos de Su Resurrección y de las repercusiones en nuestra vida así como en las eternidades. Luego hablamos de la explicación que el Salvador dio a varios de Sus seguidores sobre lo que se esperaba de ellos como discípulos. Leemos en las Escrituras que algunos creyeron que las exigencias de ser Su discípulo eran difíciles y se volvieron atrás, y ya no andaban con Él (véase Juan 6:66). La joven hermana permaneció sentada en silencio, pensativa por un momento, luego, con lágrimas en los ojos dijo: “Oh, yo no podría hacer algo así”. Cuando le sugerí que había más de una manera de darle la espalda al Salvador, pareció encendérsele una luz en su mente y en su corazón. Entonces ella dijo: “Ahora entiendo que si amo de verdad a mi Salvador y lo guardo en mi mente y en mi corazón, no puedo violar Su confianza”. Luego agregó: “Deseo cambiar lo que dije al comienzo de nuestra conversación. Ahora sé que lo difícil sería no ser un Santo de los Últimos Días”.

Revelación continua

Pasemos ahora a la doctrina de la revelación continua y divina. El Señor dijo: “Y además, os daré una norma en todas las cosas, para que no seáis engañados; porque Satanás anda por la tierra engañando a las naciones” (D. y C. 52:14). Un elemento esencial en la “norma en todas las cosas” del Señor es la certeza de que tenemos profetas vivientes, videntes y reveladores que reciben revelación divina para la guía y la dirección de la Iglesia en la actualidad. La revelación e inspiración personal está al alcance de cada uno de nosotros por medio del Espíritu Santo, pero no me refiero a este tipo de revelación, estoy hablando de la revelación por medio de los profetas vivientes para la Iglesia y en beneficio de ella.

Mientras servía en la Misión Británica, fui bendecido con la oportunidad de enseñar a personas que amaban la Biblia y confiaban plenamente en su mensaje divino. Al enseñar la doctrina de la revelación continua, muchos reaccionaban con gozo y asombro; gozo por la idea de que Dios hablara de nuevo a profetas escogidos por Él, pero asombro porque no se les había enseñado este principio en sus propias iglesias. Aprendieron que la revelación continua no era sólo la fuente de verdad divina, sino la fuente principal de las Escrituras. El reconocer y aceptar las nuevas verdades reveladas como escritura preocupaba a los que creían que la Biblia era la única fuente de toda palabra de Dios. Aunque los sinceros de corazón aceptaron que la doctrina de la revelación continua estaba de acuerdo con el modelo bíblico en el que creían, pero que no habían entendido plenamente.

El élder Mark E. Petersen, que sirvió por muchos años como miembro del Quórum de los Doce Apóstoles, describió la importancia de la revelación para la Iglesia cuando dijo: “Es señal infalible de la Iglesia verdadera el que haya en ella profetas vivientes, escogidos por la divinidad, que reciben revelación actual de Dios, y cuyos registros se convierten en nueva escritura.

Es señal infalible de la Iglesia verdadera, el hecho de que ésta produzca escritura nueva y adicional escritura, la cual surja de la ministración de dichos profetas. Este inmutable sistema de Dios, se ha manifestado claramente en Su relación con Su pueblo desde el principio” (“La evidencia de las cosas que no se ven”, Liahona, agosto de 1978, págs. 98-102).

El Señor revela Su voluntad a Sus profetas, videntes y reveladores escogidos. Cuando el Señor indica a sus corazones que enseñen lo que recibieron, las personas son bendecidas con conocimiento divino comunicado por medio de esas revelaciones. La verdad revelada se registra y en el tiempo del Señor y en Su infinita sabiduría, algunas de las revelaciones pueden agregarse formalmente al canon de las Escrituras.

La doctrina de la revelación continua, trae como resultado nuevas escrituras, es una característica propia de la Restauración. Describe el proceso mismo por el que ocurrió la Restauración. “Porque no hará nada Jehová el Señor, sin que revele su secreto a sus siervos los profetas” (Amós 3:7).

La restauración del Evangelio de Jesucristo fue el resultado de muchas revelaciones del cielo. Estas revelaciones fueron dadas principalmente a un profeta de los últimos días, escogido, preparado y ordenado para ese propósito divino. Nuestro mensaje a todo el mundo es que José Smith es ese profeta escogido; damos testimonio de que Dios ha vuelto a hablar, y aún habla, para revelar Su secreto a Sus siervos, los profetas.

Un testimonio de esta verdad constituye un enorme consuelo y nos brinda confianza sin fin en la voz profética que tenemos la bendición de oír y leer con regularidad.

Uno de los momentos más destacados de mi misión fue mi propia experiencia con la doctrina de la revelación. Mientras escudriñaba las Escrituras diariamente en mi esfuerzo por prepararme para enseñar a las personas, fui conmovido por la maravilla de las revelaciones antiguas y modernas del Señor. Por naturaleza, no soy una persona que dude, pero disfruto de la búsqueda de evidencias doctrinales y lógicas acerca de las creencias que he recibido por el estudio y por la fe. Por un tiempo mi estudio de las Escrituras estuvo regido por una premisa lógica que había formulado en mi mente. Pensaba que, “Si las afirmaciones de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días acerca de la revelación continua son sólidas, los medios mediante los que el Profeta José Smith y sus sucesores recibieron las revelaciones deben concordar con las revelaciones recibidas por los profetas y apóstoles del Antiguo y Nuevo Testamento” Ahora, ¿ustedes pueden entender la premisa? Tenía que saber que había concordancia entre la manera en que fueron recibidas las revelaciones modernas con la manera en que se recibieron las revelaciones antiguas.

En esta tarde, el tiempo no me permite describir todo lo que encontré en esa búsqueda y todo lo que sigo encontrando, pero permítanme decirles que las normas del Señor fueron muy claras. Los profetas han recibido revelaciones a través de medios concordantes, los cuales se pueden describir o definir con diversa terminología y dividir o agrupar de manera diferente, pero las normas están ahí muy claras. Identifique cinco medios muy específicos por los que se dan las revelaciones a los profetas de Dios. Encontré numerosos ejemplos a través de las Escrituras. Estas normas se encuentran de manera constante en todas las Escrituras, antiguas y modernas. Quizás en otra ocasión pueda hablarles acerca de los cinco medios de revelación y mostrarles como concuerdan las normas entre las Escrituras modernas y antiguas.

El conocimiento de esta gloriosa verdad fortaleció mi fe en ese entonces y continúa fortaleciéndola en la actualidad. El saber que tenemos un profeta viviente que recibe revelaciones de Dios del mismo modo que Abraham, Moisés, Isaías, Pedro, Pablo y otros, es un gran consuelo y una enorme seguridad.

Cada uno de ustedes debe obtener su propio conocimiento y testimonio de este principio divino; pero también confiar en el testimonio que estoy compartiendo con ustedes en esta noche. Aún ahora ustedes pueden guardar de manera firme y conciente en sus mentes un conocimiento y una convicción de que Dios habla a los profetas vivientes escogidos por Él tal y como lo hacía en la antigüedad. Tener un testimonio de la doctrina de la revelación continua servirá para apuntalar su fe en el Señor Jesucristo y, por lo tanto, fortalecer su determinación de resistir toda tentación del diablo.

Cuando se enfrenten a una tentación grave, oblíguense a pensar en el presidente Gordon B. Hinckley. Piensen en él como un profeta, vidente y revelador que recibe revelación directa del Señor para la Iglesia. Piensen en la revelación que recibió sobre la construcción de los templos pequeños en todo el mundo, haciendo así que las bendiciones sagradas del templo estén al alcance de un mayor número de miembros de la Iglesia. Permitan que el pensamiento consciente de un profeta viviente recibiendo revelación actual sobre los sagrados templos los aleje de los momentos de tentación y preserven su dignidad para recibir las sagradas bendiciones del templo. Nosotros también “creemos todo lo que Dios ha revelado, todo lo que actualmente revela, y creemos que aún revelará muchos grandes e importantes asuntos pertenecientes al reino de Dios” (Artículos de fe, 1: 9).

La Restauración del Evangelio

Hemos hablado y espero que hayan pensado profundamente, acerca de la Resurrección y de la revelación. Hablemos de la Restauración, nosotros estamos aquí gracias a la Restauración. Mientras que el conocimiento básico de la Resurrección y la revelación se pueden obtener de las Escrituras antiguas, la mayoría de lo que sabemos acerca de esta importante doctrina es el resultado de la Restauración del Evangelio por conducto del profeta José Smith. El mensaje de la Restauración es que Dios vive, que Jesús es el Cristo Viviente, que el Evangelio ha sido restaurado a la tierra en su plenitud, que José Smith fue verdaderamente y es un profeta moderno de Dios, que Gordon B. Hinckley es un profeta viviente actual y que el Libro de Mormón es la palabra de Dios, siendo uno con la Biblia en las manos de Dios ahora y para siempre.

No habría habido necesidad de restaurar la verdad sino se hubiera perdido, lo cual ocurrió pocos años después del ministerio terrenal del Salvador. Aquella pérdida de la verdad, conocida como la Gran Apostasía, fue vista y predicha por los profetas del Antiguo y del Nuevo Testamento. El Señor estableció Su Iglesia en toda su pureza y confirió el santo sacerdocio a Sus discípulos. Ahora no es el momento para detallar las causas de la apostasía y la pérdida del sacerdocio, pero hasta el vistazo más superficial a la historia de la religión nos confirmará esta realidad. Amós, un profeta del Antiguo Testamento, profetizó de esta pérdida de la verdad. El dijo: “He aquí vienen días, dice Jehová el Señor, en los cuales enviaré hambre a la tierra, no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la palabra de Jehová.

E irán errantes de mar a mar; desde el norte hasta el oriente discurrirán buscando palabra de Jehová, y no la hallarán” (Amós 8:11-12).

No mucho después de la ascensión del Salvador al cielo, Pedro anticipó la Restauración. Dijo así: “…arrepentios y convertios, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio,

y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado;

a quien de cierto es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo” (Hechos 3:19-21).

Hablando de la Segunda Venida del Salvador, el apóstol Pablo escribió: “Nadie os engañe en ninguna manera; porque no vendrá sin que antes venga la apostasía…” (2 Tesalonicenses 2:3). Era sabido que iba a haber una apostasía y una restauración antes de la Segunda Venida.

Esas profecías, y muchas otras que no he mencionado, se han cumplido verdaderamente y somos los beneficiarios de las grandes bendiciones que emanan de la mano del Señor en nuestra vida. El presidente Hinckley ha dicho: “Éstos son los días de la restitución; éstos son los días de la restauración de la que Pedro el Apóstol y Pablo hablan tan clara y enfáticamente en la Santa Biblia. Repito que ustedes y yo somos parte del cumplimiento de esa profecía, parte del plan divino del Dios del cielo, respecto a que habría una apostasía y que, necesariamente, debería producirse una restauración” (“Pensamientos inspiradores, Liahona, junio de 2004, págs. 3-5).

La restauración de todas las cosas predicha por los profetas de Dios en la antigüedad sucedió mediante el ministerio y las manifestaciones celestiales de Dios el padre; Su Hijo Jesucristo; Pedro, Santiago y Juan; Juan el Bautista, Moisés, Elías, Moroni y otros profetas del Señor de los tiempos antiguos. José Smith fue preordenado a esta sagrada responsabilidad como el instrumento que Dios emplearía para proceder a la Restauración del Evangelio en esta la Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos. Aún el Salvador mismo testificó de esta verdad cuando dijo: “Por tanto, yo, el Señor, sabiendo las calamidades que sobrevendrían a los habitantes de la tierra, llamé a mi siervo José Smith, hijo, y le hablé desde los cielos y le di mandamientos; y también a otros di mandamientos;

. . . y todo esto para que se cumpliese lo que escribieron los profetas para que también la fe aumente en la tierra; para que se establezca mi convenio sempiterno; para que la plenitud de mi evangelio sea proclamada por los débiles y sencillos hasta los cabos de la tierra, y ante reyes y gobernantes” (D. y C. 1:17—18, 21-23).

¿Qué más se puede decir? ¡El propio testimonio del Salvador sobre el profeta José Smith! El Señor le habló desde los cielos y le dio mandamientos. ¿Se fijaron en esta otra línea también? “Para que también la fe aumente en la tierra”. La Restauración del Evangelio es un baluarte para nuestra fe en nuestra defensa frente a los designios del maligno. Es mi oración y mi súplica que cada uno de ustedes mantenga estas verdades de manera firme y conciente en su mente y en el corazón. Les ruego a ustedes, así como el rey Benjamín rogó a su pueblo: “Por tanto, quisiera que fueseis firmes e inmutables, abundando siempre en buenas obras para que Cristo, el Señor Dios Omnipotente, pueda sellaros como suyos, a fin de que seáis llevados al cielo, y tengáis salvación sin fin, y vida eterna mediante la sabiduría, y poder, y justicia, y misericordia de aquel que creó todas las cosas…” (Mosíah 5:15).

Conclusión

Permítanme concluir con una cita del presidente Hinckley como resumen: “Ésta es la santa obra de Dios. Es divina en origen y en doctrina. Jesucristo [el Señor y Salvador resucitado] está a la cabeza. Él es nuestro Salvador y Redentor inmortal. Su revelación es la fuente de nuestra doctrina, de nuestra fe y de nuestra enseñanza; de hecho, es el modelo de nuestra vida. José Smith fue un instrumento en las manos del Todopoderoso para llevar a cabo esta restauración; y el elemento básico de la revelación está hoy en la Iglesia como lo estuvo en la época de José. Nuestro testimonio individual de estas verdades es la base de nuestra fe, y debemos nutrirlo y cultivarlo. Jamás debemos renunciar a él, no podemos hacerlo a un lado, pues sin él no tenemos nada, y con él lo tenemos todo” (Discursos del Presidente Gordon B. Hinckley, volumen 2, págs. 109).

Les dejo mi testimonio de la divinidad del Salvador. ¡Él vive! Testifico que la realidad de la resurrección, la importancia de la revelación y la seguridad de la Restauración harán aumentar su fe en el Señor Jesucristo y les ayudarán a resistir contra toda tentación del diablo. Les dejo mi testimonio, mi amor y mi bendición para que así sea, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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