Atendamos los asuntos de nuestro Padre

Atendamos los asuntos de nuestro Padre

N. Eldon Tannerpor el presidente N. Eldon Tanner
Liahona Diciembre de 1980

Ciertamente, es un gran placer compartir con vosotros y vuestros seres queridos el gozo de la sagrada festividad que se acerca.

Me viene a la memoria la respuesta que el Salvador dio a sus padres, José y María, cuando lo encontraron enseñando en el templo a la edad de doce años. Después de haberlo buscado durante tres días, su madre estaba preocupada, como lo indica su pregunta que aparece en las Escrituras: “Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con angustia” (Lucas 2:48). Entonces Él les respondió respetuosamente: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?” (Lucas 2:49.)

¿Acaso existe algún otro trabajo que nos pueda brindar un sentimiento mayor de satisfacción personal y tranquilidad que el saber que ciertamente estamos embarcados en los asuntos de nuestro Padre?

En esta época del año celebramos el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento que fueron reveladas a algunos de los profetas como Isaías, Noé y Jeremías, y el cumplimiento de las señales y profecías predichas por los profetas del nuevo mundo, incluyendo a Lehi, Nefi y el rey Benjamín. Lucas describió la sencillez de éste el más bendito de los nacimientos, con las siguientes palabras:

“Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento.

Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón.

Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor.

Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor.

Esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre.

Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían:

¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (Lucas 2:6- 7, 9-14.)

Durante este año nuestros pensamientos se volvieron al cumplimiento de otras profecías y hacia el progreso que la Iglesia del Señor ha hecho. El año 1980 marca el sesquicentenario de la restauración del evangelio, con sus muchas bendiciones para todos aquellos que reciban su grandioso mensaje. Durante estos ciento cincuenta años, la Iglesia ha crecido desde seis miembros en 1830 hasta más de cuatro millones en nuestros días; el número de estacas ha aumentado en forma extraordinaria desde la primera que se organizó en Kirtland, Ohio, hasta más de mil en todo el mundo; el número de misioneros también ha crecido, de 16 que había en 1830 hasta más de 30.000 hoy día. Las experiencias por las cuales han pasado los miembros de la Iglesia desde 1830 nos han preparado para el futuro.

Los sacrificios que nuestros antepasados- han hecho a favor de la Iglesia son dignos de alabanza. En muchas ocasiones, las bendiciones de que ahora disfrutemos son los frutos de la dedicación de nuestros hermanos en los primeros días de la restauración de la Iglesia.

Esa devoción y ese sacrificio se pusieron de manifiesto durante el primer año que los santos residieron en este Valle del Lago Salado; en aquel primer invierno la comida que tenían era muy escasa, pero existía una abundancia de agradecimiento y dedicación para servir al Señor.

El hermano Robert Bliss hizo un relato de la primera Navidad que pasaron en el valle el 25 de diciembre de 1847:

“. . . la nieve casi ha desaparecido y el tiempo es agradable; hoy despertamos con el sonido del cañón; unos pasaron el día trabajando y otros divirtiéndose. . . Visité a uno de mis antiguos vecinos que salió de Illinois conmigo y participé de su cena navideña; sin embargo, mi gozo se empeñó al pensar en mi familia, que se encuentra a más de mil millas de aquí y en que no tengo la posibilidad de ir a verlos hasta la primavera.”

La narración del hermano Bliss continúa, diciendo que tenía fe en Dios, que sabía que Él los había bendecido en todas sus tribulaciones y que lo ayudaría sosteniendo a sus seres queridos en cualquier situación en que se encontraran.

Una hermana joven también escribió sus observaciones durante la primera Navidad en el Valle de Lago Salado con las siguientes palabras:

“Recuerdo nuestra primera Navidad en el valle. Como de costumbre, fuimos a trabajar. Los hombres recogieron artemisia y algunos araron el terreno; a pesar de que había nevado, la tierra estaba suave, y por lo tanto, los arados se usaron casi todo el día. La Navidad cayó en un sábado, pero la celebramos el día domingo cuando todos nos reunimos alrededor del mástil de la bandera en el centro del fuerte, y efectuamos una reunión. Fue una reunión hermosa; cantamos alabanzas a Dios, todos repetimos las palabras de la primera oración y todo lo que se dijo ese día jamás lo olvidaremos. Hubo expresiones de agradecimiento y ánimo y no se pronunció ninguna palabra hiriente. Todos tratamos de ayudarnos los unos a los otros y estábamos contentos porque teníamos fe en la gran obra que estábamos emprendiendo.

Esa noche, después de la reunión todos nos saludamos con apretones de mano, y algunos lloraron de gozo. Los niños jugaron en el vallado y también nos reunimos alrededor del fuego de artemisias, y cantamos:

‘Santos venid, sin miedo ni temor,
Mas con gozo andad. . .
¡Oh, está todo bien!’
(Himnos de Sión, pág. 214.)

Ese día, en la cena, comimos conejo hervido y un poco de pan. Papá había cazado algunos conejos, así que tuvimos un banquete. Hubo suficiente comida para todos. En el sentido de lo que la paz y la buena voluntad significan, nunca tuve una Navidad tan feliz en toda mi vida.”

Ese diciembre fue un tiempo de paz y también de decisiones en el establecimiento de Sión. El invierno de 1847 dio a conocer el carácter de los pioneros, no sólo de los que se encontraban en el Valle del Lago Salado, sino también el de los hermanos que pacientemente esperaron la oportunidad de mudarse al Oeste. Dos días antes de la Navidad se expidió una epístola general del Consejo de los Doce Apóstoles que decía:

“Que todos los santos. . . inmediatamente se reúnan en la orilla oriental del río (Misuri). . . o que lo hagan tan pronto como les sea posible, llevando su dinero, bienes y cosas personales; y que junten todo el ganado que puedan y que tanto necesitamos aquí, especialmente animales jóvenes que estén para la venta; y cuando lleguen aquí, los que puedan se dirigirán a las montañas, y aquellos que no lo puedan hacer, que trabajen inmediatamente haciendo mejoras, cosechando granos, criando ganado en la tierra desocupada . . . y también en la industria . . . El ganado joven crecerá hasta que los animales puedan formar yuntas. Por medio del intercambio de trabajos los hermanos pueden cosechar grano y otros alimentos, y también construir sus propias carretas. . . así con toda rapidez y sin muchos problemas tendrán una carreta, una yunta de bueyes y alimentos para el viaje.” (Mensajes de la Primera Presidencia, ed. por James R. Clark, 1:329.)

A medida que nos enteramos de las pruebas y los sacrificios que tuvieron que pasar aquellos fieles y valerosos santos, no podemos menos que sentir un profundo agradecimiento por las bendiciones de que ahora disfrutamos. El mensaje y el regalo de Navidad son uno y el mismo: no es nada menos que el don de la vida eterna y el mensaje de que podemos tener la oportunidad de vivir con nuestra familia en la presencia de Dios por toda la eternidad. Por ser dignos de este valioso regalo, debemos tener el deseo de dar de nosotros mismos como regalo, de consagrar todo lo que poseemos en esta vida para la edificación del reino de Dios. Debemos dedicar nuestra vida al Señor, a nuestra familia y a la comunidad en la cual residimos.

La mayoría de nosotros podemos recordar una Navidad que haya sido la más memorable de nuestra vida. Para muchos de nosotros ésa no fue una ocasión en que recibiéramos regalos costosos, ni fuéramos de vacaciones a lugares lejanos, sino una oportunidad en que alguien hizo algo por nosotros, o en que nosotros lo hicimos por otra persona. Tal vez fuera la obra de un niño que tomaba el pincel para pintar por primera vez o quizás una tarjeta de buenos augurios de un vecino que se tomó la molestia de agregarle una nota personal de aprecio, o la carta de un abuelo escrita a mano y llena de palabras de aliento; quizás fuera un lugar en la mecedora de la madre y un villancico navideño, o tal vez la voz de un padre leyendo acerca del nacimiento del Salvador a uno de sus niños. Mucho es lo que podemos aprender de las navidades del pasado, así como también de las experiencias de nuestros antepasados y su devoción al Salvador. Sabemos que Aquél, cuyo nacimiento celebramos en esta época del año, continuamente nos apoya para que llevemos a cabo todas las cosas que estamos haciendo en su nombre. Continuamente debemos estar al tanto de que vivimos en una época en la cual nos tenemos que afrontar a muchas cosas, no sólo individualmente sino también nuestras, familias y nuestra Iglesia. Claramente nos podemos dar cuenta de que la paz de la cual se habla en el evangelio no se encuentra en las riquezas materiales, sino más bien en el testimonio de la misión de Jesucristo. Es nuestra oración que cada uno de vosotros entienda y aprecie el verdadero significado de la Navidad. Deseamos que sepáis que Dios vive, y que os ama por el deseo que tenéis de servirle.

Deseamos recordaros que estamos atendiendo los asuntos de nuestro Padre y que ése es el regalo más grandioso que podemos compartir con Él.

Deseo expresaros mi testimonio, mis hermanos, de que somos muy afortunados de saber que Dios vive, de tener el conocimiento de que somos sus hijos espirituales y de que “de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16); también de saber que Jesucristo, el Hijo de Dios, dio su vida para que todos nosotros pudiésemos gozar de inmortalidad y vida eterna. Él dijo:

“Esta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre.” (Moisés 1:39.)

Oro humildemente para que cada uno de nosotros comprenda quién es y cuál fue el sacrificio que Jesús hizo por nosotros. A medida que pasemos por esta vida, vivamos de tal manera que seamos dignos del gran sacrificio que El hizo. Os deseo una feliz Navidad y un próspero Año Nuevo. Espero que el verdadero significado del espíritu de la Navidad esté con cada uno de nosotros durante todo el nuevo año.

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