Cuando el mundo sea convertido

4 de abril de 1974
Cuando el mundo sea convertido
Por el Presidente Spencer W. Kimball

Por directivas dadas por el presidente Kimball, este histórico discurso presentado el 4 de abril de 1974 en el seminario de representantes regionales, y relacionado con la primera conferencia del presidente Kimball como presidente de la Iglesia, es ahora reimpreso en forma acortada y puesta al día, para su utilización en el hogar y como discusión familiar.

Spencer W. KimballPermitidme hablaros sobre algunas ideas que han estado constantemente presentes en mi mente.

El Señor dijo en una revelación al profeta José Smith: “Y si acontece que trabajáis todos vuestros días proclamando el arrepentimiento a este pueblo y me traéis, aun cuando fuere una sola alma, ¡cuán grande será vuestro gozo con ella en el reino de mi Padre!” (D. y C. 18:15.)

Si no hubiera conversos, la Iglesia se marchitaría y moriría. Pero tal vez el mayor de los motivos para la obra misional es el de darle al mundo su oportunidad de oír y aceptar el evangelio. Las Escrituras se encuentran repletas de mandatos y promesas, llamados y recompensas para enseñar el evangelio. Uso deliberadamente la palabra mandato, porque parecería ser una directiva que se repite a menudo y de la cual nosotros, tanto en forma individual como colectiva, no podemos escapar.

Os pregunto, ¿qué quiso decir el Señor cuando llevó a sus doce apóstoles a la cumbre del monte de los Olivos y les dijo: “Y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra”? (Hechos 1:8.)

Estas fueron las últimas palabras del Señor antes de ascender a su hogar celestial.

¿Cuál es el significado de “lo último de la tierra”? Él ya había cubierto las zonas geográficas conocidas por los apóstoles. ¿Se refería al pueblo de Judea? ¿O al de Samaría? ¿O a los pocos millones de habitantes del Cercano Oriente? ¿Dónde estaba entonces lo último de la tierra? ¿Se referiría a los millones que habitan lo que hoy es América? ¿Incluía a los cientos de miles, o aun millones, de habitantes de Grecia, Italia, los alrededores del Mediterráneo y los habitantes de Europa Central? ¿Qué fue lo que quiso decir? ¿O quiso incluir a todas las personas que vivían en el mundo y a los espíritus asignados a venir a este mundo en siglos futuros? ¿Es acaso que no prestamos suficiente atención al significado de sus palabras?

Después de Su crucifixión, los once apóstoles se reunieron en una colina en Galilea, y el Salvador se les apareció y les dijo:

“Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.

«Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.” (Mateo 28:18-20.)

Nuevamente aparecen los conceptos de poder y mandato y la promesa de un apoyo continuo.

Cuando en el año 1830 el Señor envió a Parley P. Pratt, Oliverio Cowdery, Peter Whitmer y Ziba Peterson a los lamanitas, agregó: “. . . y yo mismo los acompañaré y estaré con ellos; y soy su abogado ante el Padre; y nada prevalecerá en contra de ellos.” (D. y C. 32:3.)

Pensemos por un momento en el mundo tal como lo vio Moisés… era un mundo muy grande.

“Y aconteció que Moisés miró, y vio el mundo sobre el cual fue creado; y vio Moisés el mundo y sus confines, y todos los hijos de los hombres que son y que fueron creados, de lo cual grandemente se maravilló y se asombró.” (Moisés 1:8.)

Creo que en aquella época el Señor conocía los límites de las habitaciones humanas y las zonas geográficas que habrían de ser colonizadas, y que ya conocía los pueblos que habrían de poseer este mundo.

Deslumbrando más aún a Moisés con la magnitud de sus obras y gloria, el Señor le mostró todavía más.

“Y sucedió, mientras la voz aún hablaba, que Moisés fijó los ojos y vio la tierra, sí, la vio toda; y no hubo partícula de ella que no viese, discerniéndola por el Espíritu de Dios.

“. . . y grandes eran sus números, sí, incontables como las arenas sobre la playa del mar.

Y vio muchas tierras; y cada tierra se llamaba mundo, y había habitantes sobre la faz de ellos.” (Moisés 1:27-29.)

Recordemos también que Enoc el profeta observó los espíritus que Dios había creado. (Véase Moisés 6:36.) Estos profetas observaron a los numerosos espíritus y todas las creaciones. Me parece que el Señor eligió cuidadosamente sus palabras cuando se refirió a “toda nación”, “toda tierra”, “los confines de la tierra”, “toda lengua”, “todo pueblo”, “toda alma”, “todo el mundo”, “muchas tierras”.

¡Es indudable de que en estas palabras existe un profundo significado!

Ciertamente sus ovejas no se limitaban a los miles que le rodeaban y con quienes se codeaba cada día, sino que se trataba de una familia universal. . . un mandato universal.

A menudo me pregunto si estamos realmente haciendo todo el esfuerzo que se encuentra a nuestro alcance. ¿Somos negligentes con respecto a nuestra asignación de enseñar el evangelio a los demás? ¿Estamos preparados para alargar nuestro paso? ¿Para ampliar nuestra visión?

Recordemos siempre que Dios es nuestro aliado; Él es nuestro comandante; El hizo los planes, dio la voz de mando. Recordemos lo que miles de veces hemos mencionado y leído, tal como lo dijo Nefi; “Y sucedió que yo, Nefi, dije a mi padre: Iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que él nunca da mandamientos a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que puedan cumplir lo que les ha mandado.” (1 Nefi 3:7.)

Al leer este pasaje de las Escrituras, pienso en las numerosas naciones al Igual que la gran cantidad de individuos que nos rodean y que no han sabido nada del evangelio restaurado.

Creo que cuando hacemos todo lo que está a nuestro alcance, de algún modo el Señor encuentra la forma de abrir las puertas para lograr sus propósitos a través de nosotros. Esa es mi fe. “¿Hay para Dios alguna cosa difícil?” preguntó El cuándo Sara se rio después de oír que habría de tener un hijo.

Cuando ella oyó las noticias estando a la puerta de su tienda, sabía perfectamente que Abraham con cien años y ella con noventa estaban más allá de sus posibilidades biológicas de reproducción. Ella no podía tener hijos y lo sabía, del mismo modo que se ha sabido por mucho tiempo de que nosotros no podríamos abrir las puertas de muchas naciones.

“Entonces Jehová dijo a Abraham: ¿Por qué se ha reído Sara. . .?

“¿Hay para Dios alguna cosa difícil?

Al tiempo señalado volveré a ti, y según el tiempo de la vida, Sara tendrá un hijo.” (Génesis 18:13-14.)

Sara tuvo un hijo de Abraham, el padre de naciones.

“Por lo cual también de uno, y ése ya casi muerto [Abraham, que tenía casi cien años], salieron como las estrellas del cielo en multitud, y como la arena innumerable que está a la orilla del mar.» (Hebreos 11:12.)

¿Hay acaso algo que sea imposible para el Señor?

A Jeremías, también, el Señor dijo:

“He aquí que yo soy Jehová, Dios de toda carne; ¿habrá algo que sea difícil para mí?” (Jeremías 32:27.)

Si Él manda, ciertamente puede cumplir.

Recordemos el éxodo de los hijos de Israel al cruzar el Mar Rojo; recordemos a Ciro desviando un río y tomando la Inexpugnable ciudad de Babilonia; recordemos a los lehitas cuando viajaron a la tierra prometida; recordemos la guerra de independencia y el poder de Dios que nos diera el triunfo.

Creo firmemente que el Señor puede hacer cualquier cosa que se disponga hacer. Pero también considero que no existe una buena razón para que el Señor abra puertas a través de las cuales nosotros no estemos preparados para entrar.

En la actualidad disponemos de aproximadamente 26.000 misioneros, pero podríamos tener muchos más. Necesitamos más jóvenes del mismo modo que necesitamos muchos más matrimonios maduros dispuestos a salir en misión.

Cuando pido que tengamos más misioneros, también pido que empecemos más temprano en la vida y capacitemos mejor a nuestros misioneros en cada rama y barrio en el mundo. Se trata de otro gran desafío, de que los jóvenes comprendan que constituye en realidad un gran privilegio el salir en una misión y que deben estar por lo tanto bien preparados física, mental y espiritualmente, y que “el Señor no puede considerar el pecado con el más mínimo grado de tolerancia”. (Alma 45:16.)

Pido misioneros que hayan sido cuidadosamente capacitados mediante la familia y las organizaciones de la Iglesia, y que lleguen al campo misional con el mayor de los deseos para realizar su obra. Pido que capacitemos mucho mejor, mucho antes y por mucho más tiempo a los candidatos para misioneros, para que cada uno de ellos espere con gozo su futura experiencia misional.

Frecuentemente se formula la siguiente pregunta: ¿Debería cada joven capaz cumplir una misión? La respuesta fue dada por el Señor. Es “sí”. Cada joven que sea capaz de hacerlo debe cumplir una misión.

Cada hombre también debe pagar sus diezmos; cada hombre debe observar el día de reposo, asistir a las reuniones, casarse en el templo y capacitar adecuadamente a sus hijos, y hacer muchas otras obras justas. Claro que debería.

Comprendemos que aun cuando todo hombre capaz debería hacerlo, no todos los hombres se encuentran preparados para enseñar el evangelio. Sí, diríamos que cada hombre capaz y digno debe cargar con la cruz. ¡Qué ejército deberíamos tener enseñando el evangelio! Sí, deberían estar preparados, generalmente con fondos que hayan ahorrado para sus misiones, y siempre con un corazón feliz por la oportunidad del servicio.

El Señor dice:

“. . . que todo hombre tome la justicia en sus manos y la fidelidad sobre sus lomos, y levante la voz de amonestación a los habitantes de la tierra; y declare, tanto por palabra como por fuga, que la desolación sobrevendrá a los inicuos” (D. y C. 63:37).

Quisiéramos recalcar nuevamente el hecho de que nuestro propósito primordial es similar al de nuestro Padre Celestial: el de llevar a toda alma el evangelio que puede abrir las puertas a la vida eterna para esa persona. Nuestro objetivo no es el del poder o el dominio, sino es totalmente espiritual; y cada nación y pueblo que abra sus fronteras al evangelio recibirá bendiciones Inconcebibles.

Si hacemos todo lo que podemos, y yo personalmente acepto mi parte en tal responsabilidad, estoy seguro de que el Señor proporcionará más descubrimientos para que podamos utilizarlos. Producirá un cambio en el corazón de reyes, magistrados y emperadores, o si es necesario habrá de desviar ríos o abrir mares, o encontrar las formas necesarias para inspirar el corazón de la gente. El abrirá las puertas y hará posible el proselitismo. De ello, tengo una gran fe.

Del Señor tenemos la promesa de que el maligno jamás tendrá el poder de frustrar totalmente la obra que el Señor nos ha mandado cumplir.

“Este reino continuará aumentando y desarrollándose, extendiéndose y prosperando cada vez más. Cada vez que sus enemigos emprendan la tarea de derrocarlo… en lugar de disminuir o debilitarse, continuará aumentando. . . llegando a ser evidente a las naciones por sus maravillas, hasta que llene toda la tierra.” (Brigham Young, conferencia general de abril de 1852.)

Estoy seguro de que el profeta José Smith miró hacia adelante y previo los muchos problemas de animosidades entre las naciones, de temores de guerra, conmociones y celos. Estoy seguro de que comprendió que todas estas cosas habrían de suceder, y aun así, a pesar de todo, dijo con gran temeridad y seguridad:

“Ninguna mano Inicua puede detener esta obra y su progreso; las persecuciones pueden aumentar, los populachos podrán combinarse para el mal, los ejércitos podrán prepararse, las calumnias podrán difamar, pero la verdad de Dios habrá de seguir adelante con temeridad, nobleza e Independencia hasta haber penetrado cada continente, visitado todo clima, entrado en cada país y sonado en todo oído, hasta que los propósitos de Dios sean logrados y el gran Jehová diga que la obra está cumplida.”

La Inmensidad de la obra que tenemos por delante se destaca cuando observamos a la población del mundo que poco a poco se aproxima a los cinco mil millones. De ninguna forma me hago ilusiones ni pienso de que esto puede ser hecho sin esfuerzos o que pueda ser hecho de la noche a la mañana, pero tengo la profunda fe de que podemos seguir adelante y expandir la Iglesia mucho más rápido de lo que ahora lo estamos haciendo.

Hace algún tiempo, al encontrarme en Japón y Corea y al ver la gran cantidad de apuestos jóvenes que se unen a la Iglesia y dirigen sus organizaciones, pude vislumbrar un gran movimiento en el que pude ver a miles de hombres locales preparados, fuertes y ansiosos de salir al exterior. Al visitar México, nuevamente vislumbré a la juventud mexicana y latinoamericana de América, tanto Central como del Sur, preparándose en grandes cantidades para servir como misioneros dentro de sus propios países, de modo tal que el ejército misional del Señor llegaría a cubrir la tierra del mismo modo que las aguas cubren el abismo.

Hice la declaración del desafío, para el cual creo que existe una solución. Creo que si todos unificamos nuestra manera de pensar, el corazón y el propósito, podremos llevar adelante la obra con gran energía.

Podremos acercarnos a los ideales establecidos por el ex presidente David O. McKay: “Cada miembro un misionero”. ¡Esas fueron palabras verdaderamente inspiradas!

Sé que este mensaje no es nuevo y que de él hemos hablado en varias oportunidades, pero creo que ha llegado el momento en que debemos poner el hombro a la tarea. Creo que nuevamente debemos ajustar nuestras miras y elevar nuestras metas.

Ruego que las bendiciones del Señor nos acompañen al aproximarnos al cumplimiento de nuestras grandes responsabilidades.

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2 respuestas a Cuando el mundo sea convertido

  1. Ciro Omar Albornoz Burgos dijo:

    Me uní a la Iglesia. Cuando el Presidente Kimbal la presidia, es muy bueno para mí recordar sus enseñanzas.

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  2. José Pintos dijo:

    Este discurso me acompañó al prepararme para mi Misión!!!
    Que recuerdos Santos!!!!😊💒

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