Junio de 1985
El honor
Por el Presidente Ezra Taft Benson
Presidente del Quórum de los Doce
Si existe una palabra que describa el significado de carácter, dicha palabra es honor. Sin honor, no existiría la civilización; sin honor, no se efectuarían contratos confiables, ni matrimonios duraderos, ni confianza ni felicidad.
¿Qué significa para vosotros la palabra honor? Para mí el significado de honor se puede resumir en las palabras del poeta inglés Alfred Lord Tennyson (1809-1892), “La palabra [de honor] del hombre es Dios en el hombre” (Los idilios del rey [Idylls of the King ], “The Corning of Arthur,” línea 132, traducción libre). Un hombre o mujer honorable es veraz; libre de engaño; no hace trampa, ni miente, ni roba. Un hombre o mujer honorable aprende desde temprana edad que no es posible hacer lo malo y sentirse bien. El carácter del hombre se juzga en base a la manera en que cumpla con su palabra y con sus acuerdos.
En la actualidad se está haciendo más común que los hombres no cumplan con sus acuerdos. Leemos acerca de famosos deportistas que contratan abogados para que les ayuden a cancelar sus contratos; del quebrantamiento de convenios matrimoniales; de bancarrotas innecesarias, fraudes y otras prácticas ímprobas. El honor se ha convertido en algo tan excepcional que cuando un hombre realiza un acto honorable, éste es digno de publicidad.
Por importantes que sean los convenios entre los hombres, los convenios que una persona hace con Dios son aún más importantes. Como miembros de la verdadera Iglesia de Jesucristo, vosotros hicisteis convenios con El al bautizaros, y es por eso que sois llamados los hijos del convenio.
Como parte de dicho convenio, accedisteis a “ser testigos de Dios a todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar en que estuvieseis, aun hasta la muerte” (Mos.18:9; cursiva agregada).
Al bautizaros, os comprometisteis a guardar todos los mandamientos de Dios. Él no os ha dejado solos para vacilar sin saber cuáles son dichos mandamientos, o lo que es bueno o malo. Él es muy específico y claro en cuanto a la manera que debéis dirigir vuestra vida como miembro de su Iglesia. Sus leyes están comprendidas en los Diez Mandamientos, el Sermón del Monte y las revelaciones modernas.
Los Diez Mandamientos, por ejemplo, describen nuestra relación con Dios, con nuestra familia y con nuestros semejantes. Leed nuevamente estas leyes fundamentales:
- No tendrás dioses ajenos delante de mí.
- No te harás imagen.
- No tomarás el nombre de Dios en vano.
- Acuérdale del día de reposo para santificarlo.
Estos cuatro mandamientos demuestran la manera en que rendimos honor a Dios. El siguiente mandamiento demuestra cómo honramos nuestras relaciones familiares.
- Honra a tu padre y a tu madre.
No existe la verdadera grandeza si no se honra a los padres y a los progenitores. Los últimos cinco mandamientos muestran cómo respetamos nuestra relación con los demás.
- No matarás.
- No cometerás adulterio.
- No hurtarás.
- No hablarás contra tu prójimo falso testimonio.
- No codiciarás. (Ex. 20:3-4, 7-8, 12-17.)
Podéis ver claramente que si cada individuo honrara estos mandamientos, la sociedad—el conjunto de individuos— despreciaría la irreverencia, guardaría el día de reposo, honraría a los padres y los votos matrimoniales, y pondría en práctica la virtud.
¿Podéis imaginaros lo que sería la sociedad si viviésemos como Dios lo ha mandado?
La única vez que recuerdo que se haya dudado de mi honor fue durante un examen en la escuela secundaria; creo que el examen era de economía.
El maestro tenía la costumbre de pararse en la parte trasera del salón para vigilar a los estudiantes durante los exámenes. Yo estaba escribiendo vigorosamente cuando de pronto se quebró la punta del lápiz, de manera que le pedí al compañero de la otra fila que me prestara su cortaplumas. Cuando me lo pasó, el profesor vino por el pasillo y dijo: “Entregue su hoja, y no podrá jugar en el partido de baloncesto esta noche”. Yo era un delantero en el equipo. Le expliqué que estaba pidiendo una navaja para sacarle punta a mi lápiz, pero ninguna explicación lo convenció.
Después de las clases regresé a casa a caballo sintiéndome algo desanimado esa tarde, y le conté a mi padre lo sucedido. Él estaba seguro de que yo era honrado. Yo sabía que lo era.
Me encontraba fuera ordeñando las vacas cuando el entrenador llamó por teléfono para decirme que debía ir al gimnasio esa noche, que el maestro me vería allí y que él esperaba que yo tuviera una oportunidad de jugar. Yo no quería ir, pero con las palabras de aliento de mi padre fui al gimnasio y me encontré con el maestro. Me preguntó si estaba dispuesto a confesar mi falta de honradez, a lo cual contesté: “No hice nada malo; no hay nada que confesar.” Con cierta renuencia me dejó jugar. Entré en el partido sin mucho entusiasmo, y perdimos. Aunque no guardo rencor hacia mi maestro (que estaba haciendo lo que consideraba justo), ese incidente me enseñó cuán importante era mantener sin tacha mi nombre y el de mi padre. Es lo que he tratado de hacer durante toda mi vida.
Es cierto que mediante nuestras acciones somos testigos ante Dios “a todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar”. Cuando éstas son honradas, le damos crédito a su Iglesia y a su reino; cuando no lo son, ello se refleja en toda la Iglesia.
Que viváis de acuerdo con vuestros solemnes convenios con Dios, para así merecer el respeto de Él y de vuestros semejantes.

























