Donde mucho se da, mucho se requiere

C. G. Octubre 1974
Donde mucho se da, mucho se requiere
Por el élder Boyd K. Packer
Del Consejo de los Doce

President Boyd K. PackerEs mi intención hoy informar a aquellos que todavía no son miembros de la Iglesia, y recordar a todos los que lo somos, sobre nuestra responsabilidad de compartir el evangelio con los demás.

Hace tres semanas me encontraba en Nueva York aguardando abordar un avión para Europa. Una empleada de la compañía de aviación dejó su escritorio por unos minutos y se acercó a mí.

“Dos de mis sobrinos se unieron a su Iglesia”, me dijo, “y me cuesta trabajo creer el cambio que esto ha efectuado en ellos.” En nuestra breve conversación le pregunté qué pensaba su hermana sobre el paso que sus hijos habían dado.

“No podría estar más feliz”, respondió; y pasó a explicarme los motivos que tenía la familia para preocuparse por ellos: eran el tipo de muchachos errantes que ha mencionado el presidente Tanner. “No creería si le contara cómo han cambiado, incluso en su aspecto personal.”

Más tarde, cuando me alejaba para subir al avión, me agradeció otra vez y agregó: “No sé cómo logran ustedes estas cosas.”

Para responder a esa pregunta, quisiera decir primeramente que observamos elevados principios de conducta. Los principios del evangelio están bien fundados; algunos de los programas y métodos cambian, pero las normas no se alteran. Este hecho da a los miembros un gran sentido de seguridad y protección.

Continuamente nos esforzamos por compartir el evangelio con otras personas, pero no podemos adaptarlo para satisfacer los deseos de cada individuo. No hemos sido nosotros quienes establecimos las normas, sino el Señor. Esta es su Iglesia.

Os pedimos que seáis pacientes si parecemos demasiado ansiosos por compartir lo que tenemos. Si no lo hacemos, podemos perder este tesoro, porque uno de los requisitos que tenemos que observar si deseamos conservarlo, es compartirlo. Por lo tanto, la obra misional no es una casualidad, sino que tiene una importante razón de ser.

De los más de 18,000 misioneros regulares que hay actualmente, menos del 5% son mayores de 21 años.

Esto indica, tanto el vigor de la obra como la gran atracción que tiene para los jóvenes. Se necesita una gran convicción para que un joven entregue dos años de fresca juventud y emocionantes actividades para ir a predicar el evangelio, pagándose todos los gastos.

No es sorprendente que tengan éxito, ¡enseñan la verdad! Esta es la Iglesia de Cristo y, según la declaración del Señor, “la única iglesia verdadera y viviente sobre toda la faz de la tierra” (D. y C. 1:30).

No obstante nuestra ansiedad por hacer proselitismo, debemos advertiros que no es fácil pertenecer a esta Iglesia. Para la generalidad de las personas es necesario que se produzca un cambio total en su vida. Esto constituye un gran desafío para algunos, aun cuando este cambio signifique una notoria mejoría en su personalidad, se unan o no a la Iglesia.

Por ejemplo, para unirse a la Iglesia se debe rechazar la inmoralidad en todas sus formas. Los maridos quedan bajo convenio de ser fieles a su esposa, y éstas a su esposo. Se exige de los jóvenes que guarden para el matrimonio su sagrado poder para dar la vida.

El ideal de la Iglesia es que cada miembro de la familia sea responsable y se pueda confiar en él.

Se exige la templanza. Los miembros de la Iglesia se abstienen de las bebidas alcohólicas. .. todos los miembros, en todos los momentos. Lo mismo sucede con el tabaco; y por si eso no bastara, tampoco se utilizan estimulantes como el té o el café. De acuerdo a eso, podéis deducir nuestra actitud hacia los narcóticos que es muy definida.

Y está el otro tipo de progreso: en humildad, honestidad y reverencia; en guardar el día de reposo. Todos estos requisitos tienen como objeto hacer de nosotros mejores personas.

Repito que, a pesar de nuestra entusiasta actividad misional, no es fácil ser miembro de esta Iglesia. Tampoco es fácil permanecer firme después de convertirse. Si lo que procuráis es una iglesia fácil, esta no es la que buscáis.

Hace algunos años fui presidente de una misión. Dos de nuestros misioneros estaban enseñando a una buena familia que había manifestado interés en bautizarse; pero de pronto ese deseo pareció enfriarse. Nos enteramos de que el padre, al oír hablar de los diezmos, había cancelado todas las visitas de los misioneros.

Muy tristes, los dos élderes informaron al presidente de rama que era un converso desde hacía poco tiempo, que la familia no pasaría a formar parte de su congregación.

A los pocos días éste los persuadió para que lo acompañaran a visitar a la familia.

“Entiendo”, le dijo al padre, “que decidió no unirse a la Iglesia.”

“Así es”, respondió éste.

“Me dicen los élderes que usted no está de acuerdo con el pago de los diezmos.”

“Sí. No nos habían dicho nada al respecto y, cuando me enteré pensé que eso es demasiado. Nuestra iglesia nunca nos exigió algo así. Opinamos que es demasiado para nosotros y hemos decidido no bautizarnos.”

“¿Les hablaron los misioneros sobre la ofrenda de ayuno?”, preguntó el presidente.

“No. ¿En qué consiste?”

“Ayunamos durante un día todos los meses y donamos lo que hubiéramos gastado en la comida, para ayudar a los necesitados.”

“No nos dijeron nada al respecto”, dijo el hombre.

“¿Les mencionaron algo sobre el fondo de construcción?”

“No. ¿De qué se trata?”

“En la Iglesia todos contribuimos para la construcción de las capillas. Si se uniera a la Iglesia tendría que contribuir con tiempo y dinero en la construcción de la nuestra.”

“Es extraño que no lo mencionaran.” “¿Y le mencionaron algo sobre el programa de bienestar?”

“No. ¿Qué es?”

“Creemos que debemos ayudamos mutuamente. Si hay alguien que esté necesitado, sin trabajo o enfermo, estamos organizados para ayudarle.

¿Le dijeron que nuestro clero no recibe pago alguno? Todos contribuimos con tiempo, talentos y medios económicos para ayudar en la obra. Y no recibimos a cambio remuneración alguna.”

“Los misioneros no nos explicaron nada de eso.”

“Bueno”, continuó el presidente, “si usted se desanima por algo tan pequeño como el diezmo, es obvio que no está preparado para esta Iglesia. Quizás haya tomado la decisión más apropiada al no querer unirse.”

Al partir, casi como despedida, agregó: “¿Se ha preguntado porqué hay personas dispuestas a hacer todo eso por voluntad propia? A mí nunca me han enviado una cuenta por los diezmos, ni se mandan cobradores a recogerlos. Pero pagamos eso y todo lo demás, y lo consideramos un privilegio.

“Si usted descubriera el porqué, estaría a un paso de alcanzar esa perla de gran precio de la cual habló el Señor, diciendo que el mercader estaba dispuesto a vender todas sus posesiones para conseguirla. Pero la decisión es suya. Sólo espero que ore al respecto.”

Pocos días después, el hombre fue a la casa del presidente. No, no quería recibir nuevamente a los misioneros; eso no era necesario. Quería hacer los arreglos para el bautismo de toda su familia. Habían estado todos orando fervientemente y habían recibido la respuesta.

Esto sucede todos los días; los principios elevados, en lugar de alejar a las personas, las atraen.

Tenemos bajo nuestra custodia lo más grandioso de la tierra y nos proponemos observar todos los mandamientos del Señor. Todos. El único “inconveniente” que esta actitud nos ha causado, es el rápido y continuo progreso de la Iglesia. Esto nos mantiene preocupados por conservar a la Iglesia organizada en pequeñas unidades eficaces, para beneficio de cada uno de sus miembros.

Aun los miembros que tienen dificultad en vivir ciertas normas, igual las defenderán. Tanto los que hace mucho tiempo que pertenecen a la Iglesia, como los más recientes, necesitan ser integrados y capacitados a fin de que, al entrar en la Iglesia, abandonen el mundo.

. . .el reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas: “que habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró” (Mat. 13:45-46. Cursiva agregada).

Ahora bien, para todos los que penséis que el abandono y la reforma de ciertos hábitos puede ser más doloroso que lo que es en realidad, repetiré una declaración de Lady Astor, política británica.

Esta dama siempre le había temido a la vejez, pero cuando se vio avanzada en años, comentó filosóficamente: “Siempre le temí a la vejez, porque al llegar a ella uno no puede hacer todo lo que quiere. Pero no está del todo mal, porque en realidad, no es mucho lo que se quiere hacer.”

A los que no son miembros os digo que, aunque no tenéis la obligación de aceptar el evangelio, nosotros tenemos que ofrecéroslo. Tanto para nosotros como para los que reciban esta oferta, la oportunidad de aceptarla tiene un gran significado.

Y para que los miembros recuerden su obligación, repetiré un relato de la historia de la Iglesia.

A fines de la década de 1850, había muchos conversos de Europa tratando de llegar al valle del Gran Lago Salado. Algunos eran demasiado pobres como para comprar una carreta y tenían que hacer el trayecto caminando y empujando un carrito de mano, cargado con todas sus pertenencias. Estas personas pasaron por algunos de los momentos más trágicos y conmovedores de la historia de la Iglesia.

Una de esas caravanas iba al mando

del hermano McArthur y en ella viajaba Archer Walters, un converso inglés, en cuyo diario encontramos la siguiente anotación, correspondiente al 2 de julio de 1856:

“El pequeño hijo de seis años del hermano Parker se perdió, y el padre salió en su busca” (Handcarts to Zion, por LeRoy y Ann Hafen. Pioneers Ed. Glendale, California. The Arthur H. Clark Co., 1960, pág. 61).

El pequeño Arthur era el penúltimo de los cuatro hijos de Robert y Ann Parker. Tres días antes la caravana había acampado apresuradamente ante la inminencia de una tormenta. En ese momento echaron de menos al niño, que sus padres creían estaba jugando con los amigos.

Alguien recordó haberlo visto descansando a la sombra de un árbol hora atrás, cuando la caravana se había detenido.

Muchos de vosotros tenéis hijos y sabréis con cuánta facilidad se queda dormido un pequeño de seis años, cuando está cansado, y cómo los ruidos más fuertes no pueden despertarlo.

Durante dos días la caravana permaneció acampada, mientras los hombres lo buscaban. Pero el 2 de julio se vieron obligados a continuar el viaje.

Como el diario lo registra, Robert Parker salió, solo esta vez, a buscar nuevamente a su hijo. Al alejarse una vez más del campamento, su esposa le alcanzó una manta de vivos colores, diciéndole:

“Si lo encuentras muerto, envuélvelo en ella para enterrarlo. Si está vivo, usa la manta como señal; así sabremos que lo has encontrado.”

Y a continuación, se puso en camino con sus otros hijos, empujando el carro de mano.

Noche a noche, Ann Parker mantuvo una constante vigilia. Al atardecer del 5 de julio, vieron aproximarse una figura en la distancia. Y brillando a los rayos del sol poniente, distinguieron los brillantes colores de la manta. La madre cayó de rodillas en la arena y esa noche durmió por primera vez en seis días.

Con fecha 5 de julio, el hermano Walters escribió en su diario:

“El hermano Parker volvió al campamento con su hijito, que se había perdido. Gran regocijo en el campamento. Imposible describir la alegría de la madre” (Handcarts to Zion, Hafen y Hafen, pág. 61 ).

No conocemos todos los detalles. Sólo sabemos que un leñador desconocido lo encontró enfermo de terror, y lo cuidó hasta que el padre llegó en su busca. (Muchas veces he pensado en la improbabilidad de que hubiera un leñador en medio de las planicies.)

Esta es una historia muy común en aquellos días, excepto por un detalle: ¿Cómo os sentiríais en el lugar de Ann Parker, hacia aquel leñador que le había salvado la vida a su hijito? ¿Habría algún límite para vuestra gratitud?

Comprenderlo, significa comprender en una ínfima parte la gratitud de nuestro Padre Celestial hacia quien salve a uno de sus hijos. Esa gratitud sería una recompensa invalorable, pues el Señor ha dicho: “Y si fuere que trabajareis todos vuestros días proclamando el arrepentimiento a este pueblo, y me traeréis, aun cuando fuere una sola alma, ¡cuán grande no será vuestro gozo con ella en el reino de mi Padre!” (D. y C. 18:15).

Y es por eso que hacemos un llamado y una invitación a todos. Os llamamos, más por lo que podéis dar que por lo que podéis recibir. Os necesitamos aquí. Venid con vuestra familia si podéis, o solos, si no la tenéis o no podéis traerla.

Aquí podréis obtener todo lo que el Padre posee. Pero no sin pagar un precio. ‘ . . . y al que mucho se le haya confiado, más se le pedirá” (Luc. 12:48).

Esta es su Iglesia. En ella no seréis aceptados por todos los hombres. Muchos, quizás la mayoría, os considerarán extraños. Parte de la doctrina no es fácil de entender ni de aceptar, ni es fácil vivir los mandamientos. Aunque los principios son muy elevados, podéis comenzar desde donde os encontráis.

Muchos estáis cargados de infelicidad, preocupaciones y culpa; otros os debatís bajo los hábitos degradantes, o lucháis contra la soledad, el desengaño y el fracaso. Algunos de vosotros habéis visto vuestro matrimonio destrozado, vuestro hogar deshecho y vuestro corazón quebrantado por el dolor.

Todas esas cosas no nos ofenden. Todas pueden dejarse a un lado; podéis sobreponeros a ellas. Quienesquiera seáis o dondequiera que estéis, os extendemos una mano de hermanos, con la cual podemos ayudarnos mutuamente.

Esta es la Iglesia del Señor, puedo testificarlo. Jesús es el Cristo y vive. Es muy común la creencia de que El es sólo una buena influencia para el mundo. Pero yo sé que El es Jesucristo, el Hijo de Dios, el Unigénito del Padre. Os testifico que El tiene un cuerpo de carne y huesos. Esta es su Iglesia. Os dejo mi testimonio en el nombre de Jesucristo. Amén.

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