Diez mandamientos para los maestros

Diez mandamientos para los maestros
de seminarios e institutos

por el presidente N. Eldon Tanner
(Discurso dado en la Convención de Coordinadores, 11 de abril de 1974)

En su tan generosa introducción Joe Christensen dijo que sus hijos consideraban como sus abuelos a mi esposa y a mí. Yo estaba observando a este grupo y creo que somos suficientemente viejos como para ser los padres de casi todos los presentes. Una mañana iba apresurado acompañando al presidente Joseph Fielding Smith. Recién habíamos tenido nuestra reunión de la Primera Presidencia en la oficina, y nos dirigíamos al templo para reunirnos con los Doce. Como íbamos con un poco de atraso, caminábamos con prisa. Le dije: “Camina usted muy aprisa para un hombre de su edad.” Y me respondió: “He tenido mucha práctica.”

Mientras escuchaba la música tan dulce que nos ha deleitado esta noche, pensaba —y deseo felicitar a vosotros los músicos— cuán fácil sería para mí seguir escuchando por más tiempo. Me trajo recuerdos de un banquete al que asistí en Washington. Al finalizar la cena, los comensales estaban sentados, platicando unos con otros, pasando un agradable momento. El maestro de ceremonias se dirigió a mí y me dijo: “¿Debo darle el tiempo a usted ahora, o debo dejar que sigan disfrutando su plática?” Estoy seguro de que vosotros habríais gozado más si estos cantantes hubieran seguido.

Aprecio mucho la oportunidad de estar con este importante grupo durante vuestra Convención de Coordinadores. Y particularmente deseo reconocer a aquellos que vienen —no quiero decir de países extranjeros— de tierras internacionales. Aquí no queremos extranjeros, ¿verdad? “Ya no sois extranjeros” (Efesios 2:19). Pero al observar a este grupo veo a muchos más que no son de los Estados Unidos de los que yo creía encontrar. Y ciertamente deseo expresaros una bienvenida y deciros cuán felices nos sentimos por teneros con nosotros. Vosotros nos ayudáis a comprender cuánto se está extendiendo este programa en el mundo. Cuando pienso que estamos sirviendo en cuarenta y siete países y a más de un cuarto de millón de personas —casi un 7.5 por ciento de la población total de la Iglesia— pienso en todos esos hombres, mujeres y niños; y vosotros estáis enseñando a aquellos que están bajo vuestra guía en la obra de seminarios e institutos.

Si aquí hay quienes sirven como maestros en la Escuela Dominical o maestras en la Sociedad de Socorro, o en la Primaria, me alegro por ello. Porque vosotros enseñáis durante cinco días consecutivos por semana, y ellos enseñan solamente un día a la semana y ese día separado por una semana, y vosotros como maestros de seminarios e institutos podéis tener mayor efecto e influencia en la vida de la gente: cinco veces más que un maestro en estas otras organizaciones.

Pero ¿no pone ese hecho una pesada responsabilidad en cuanto a enseñar el evangelio? La importancia de enseñar el evangelio a los alumnos a través de la Iglesia fue reconocida en 1890, cuando la Primera Presidencia, en la época de Wilford Woodruff, George Q. Cannon y Joseph F. Smith, mandó a los presidentes de estaca, a los obispos y a otros que tenían que ver en ello, instrucciones para que tratasen de enseñar el evangelio en las escuelas, después de las horas de clase. Recuerdo cuando yo era un muchacho, y eso fue mucho antes de lo que vosotros podéis recordar, cuando teníamos lo que llamábamos “clase de religión”. Si el maestro era Santo de los Ultimos Días, se quedaba después del horario de clases y enseñaba una clase de religión. Pero había muy pocos, de manera que hacíamos venir a gente que entendía el evangelio, y aunque no eran maestros profesionales ellos venían. Podía ser el obispo o tal vez alguna otra persona la que venía e impartía la clase de religión durante media hora después del horario escolar. Recuerdo que en 1917 asistía a la Academia Knight, en Canadá. Era uno de esos colegios llamados “escuelas de la Iglesia”. La Iglesia establecía escuelas en zonas donde había suficiente número de miembros como para justificar la edificación de una. En el sur de Alberta se construyó la Academia Knight. El plan de estudios era tal que satisfacía los requisitos impuestos por el gobierno de la provincia y preparaban a los alumnos para escribir lo que ellos llamaban exámenes departamentales sobre las materias de orden secular; de manera que he tenido algo de experiencia en este sistema de entrenamiento escolar. La hermana Tanner y su familia estaban en el campo misional en la parte central de Alberta, y allí estuvieron durante dieciséis años, y comprendemos cuán importante y qué grandioso es tener estos programas que vosotros tenéis hoy en día. La Primera Presidencia adjudica gran importancia a esta obra y tiene como objetivo adquirir los servicios de los hombres más capacitados que le sea posible encontrar. Y después de considerar a los más capacitados en el campo de la educación, hombres que son dedicados a la Iglesia, elegimos finalmente y fuimos capaces de persuadir a Neal Maxwell a aceptar el puesto de Comisionado de Educación.

Ciertamente que deseo tomar esta oportunidad para felicitarlo por tener este llamamiento como un ayudante de los Doce. Este es un reconocimiento que demuestra que la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce tienen toda la confianza en él y reconocen su gran habilidad y devoción a la Iglesia.

Además, recuerdo muy bien la importancia puesta sobre el programa de seminarios e institutos cuando la Primera Presidencia relevó al hermano Joe Christensen como presidente de la Misión de México unas cuantas semanas después de haberlo enviado allí, a fin de poder contar con alguien realmente calificado y que supiera dirigir esta obra, y lo llamó a este cargo. Fue llamado como Comisionado Adjunto de Educación y lo puso a cargo del programa en el cual vosotros estáis tan afanosamente comprometidos.

Nuestros hombres que están enseñando en institutos y seminarios son, hasta donde es posible, hombres que han sido capacitados de modo particular y que están calificados y listos para aceptar cargos como maestros, supervisores, coordinadores; son hombres poseedores de un testimonio del evangelio que están dedicados a su obra. Apreciamos eso más de lo que podemos expresar.

Y al observar a esta concurrencia esta noche, comprendo y veo a esa clase de individuos en vosotros como coordinadores. Sentimos que el programa está en muy buenas manos. En nombre de la Primera Presidencia, deseo expresar nuestro sincero y profundo aprecio por la obra que estáis haciendo para esparcir el evangelio y edificar el reino. Creo que vosotros no podríais realmente juzgar la gran influencia que tenéis en el mundo mediante esta organización. Desde que llegué a ser miembro de la Primera Presidencia he observado un tremendo progreso. La mezcla de seminario de tiempo otorgado, de seminario matutino y del programa de estudio individual supervisado, ha hecho posible que lleguemos a casi todos los estudiantes de esa edad en toda la Iglesia, que desean participar en el programa. Además, el programa de institutos de religión cercanos a universidades y los cursos de autoenseñanza, nos permiten alcanzar a casi todos los alumnos de esa edad en toda la Iglesia, que deseen participar en el programa. ¡Qué cosa más grande! Puedo ver con los ojos de mi mente al estudiante solitario sintiéndose tan feliz al participar de este programa, siendo edificado y fortalecido eh su fe al entrar en más íntimo contacto con la cabecera de la Iglesia a través del estudio individual supervisado y al comprender que él o ella es realmente miembro de una enorme organización: la iglesia de Jesucristo.

Y luego, al pensar en la obra tremenda que está efectuando ese cuerpo central dedicado y calificado… deseo expresar mi tributo a los que lo integran y felicitarlos por la obra que están haciendo bajo la dirección del hermano Christensen. Viendo cómo ellos os asesoran, hermanos, en esta obra, me hace sentir muy agradecido. Cada miembro del Consejo de Educación de la Iglesia, la cual incluye a la Primera Presidencia, el Quórum de los Doce y a otros, está sinceramente interesado en este programa y en la forma en que el mismo está efectuándose. Nuestro programa de educación religiosa es algo que el mundo no puede asemejar en manera alguna. Comprendiendo esto y la importancia de la educación religiosa, hemos adjudicado mucha prioridad, en años recientes, al crecimiento del programa de seminarios e institutos. Al tratar de imaginar vuestra enorme e importante tarea, siento que yo debería daros algo de consejo concerniente a varias cosas. Me gustaría referirme a las mismas hablando de los diez mandamientos para los maestros de seminarios e institutos.

1. No seáis negligentes para con vuestras familias. Organizad vuestra labor y recordad que los presidentes de la Iglesia siempre han aconsejado a los padres a nunca ser negligentes en sus responsabilidades familiares. Hacedles saber que los amáis, aseguraos bien de que permitís que vuestras familias sepan que las amáis, y que ellas y su bienestar son sumamente importantes para vosotros. Recuerdo cuando el doctor Russell Nelson fue escogido como presidente de la organización de la Escuela Dominical de la Iglesia. El y su esposa estaban en la oficina del presidente Lee, quien era primer consejero en la Primera Presidencia en aquel entonces, y yo estaba con ellos, hablando en cuanto a esta gran responsabilidad que se ponía sobre sus hombros. El presidente Lee se dirigió a la hermana Nelson y dijo: “¿Qué piensa en cuanto a que su esposo esté tan involucrado en la medicina, haciendo operaciones quirúrgicas y demás, y en su trabajo como presidente de estaca, y ahora en su llamamiento como presidente de la organización de la Escuela Dominical, con una familia tan numerosa como la suya? ¿Qué piensa de esto, con él como el padre de esa familia?” Ella dijo: “Presidente Lee, cuando él está en casa, está en casa.” ¿Podemos decir eso de cada uno de vosotros, o estáis preocupados por alguna otra cosa? No os estoy hablando sino como coordinadores que deben transmitir esto a aquellos con quienes trabajáis. Aseguraos de que vuestras familias sepan que vosotros estáis allí y que estáis interesados en ellas, al menos tanto como lo estáis en vuestro trabajo mientras estáis lejos de vuestro hogar.

El otro día estaba hablando con un hombre joven que tiene trece hijos. Algunos de vosotros lo conocéis muy bien. Y le dije: “Harold ¿Cómo puedes hacer lo que haces con una familia de trece hijos sin hacerlos a un lado?”

Me contestó: “Presidente Tanner, trato, y usualmente tengo éxito, de dedicar algunos minutos a cada uno, individualmente, cada día.” Y está haciendo un gran trabajo allí donde está, también.

Así que no dejéis de lado a vuestras familias. Todos recordáis la frase tan repetida dicha por el presidente McKay: “Ningún éxito en la vida puede compensar el fracaso en el hogar.”

2. Usad buen juicio. Recalcad ante aquellos que están bajo vuestra dirección, la importancia de usar un buen juicio en lo que dicen a vuestros jóvenes y a los jóvenes mayores. Es sumamente importante que los que ocupan posiciones de dirección, actúen con prudencia y piensen en el significado de lo que dicen y hacen.

3. Tened un testimonio fuerte del evangelio y enseñad siempre mediante el Espíritu. No sé exactamente cómo decir esto, iba a decir que no deberíamos tener en esta obra a nadie que no tenga un testimonio del evangelio. Pero digámoslo de otra forma: asegurémonos de que todos los que están en la organización tengan un buen testimonio del evangelio y que nunca se sientan avergonzados del evangelio de Jesucristo; “…porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree…” (Romanos 1:16).

4. Enseñad doctrina verdadera. Aseguraos de que vosotros y aquellos que están bajo vuestra dirección, enseñen doctrina bien fundada. Dejad aparte los misterios. Nunca os dejéis arrastrar a discusiones que en forma alguna sirvan para dejar dudas en la mente del alumno en cuanto a si los principios del evangelio enseñados por voso-tros, por la Iglesia, son correctos y apropiados. Usad los cuatro libros canónicos como autoridad. Encontramos en algunas ocasiones a algunos maestros citando como autoridad a ciertos individuos. A menos que esté en completa armonía con los cuatro libros canónicos, no podréis aceptarlo como autoridad.

5. Sed un ejemplo en todo momento. Los maestros de seminario e instituto deben estar conscientes de la forma en que se expresan, de la forma en la que viven y de la forma en la que actúan. No dejéis duda alguna en la mente de ninguno en cuanto a la importancia del evangelio en vuestras vidas y en la vida de aquellos a quienes enseñáis. Siempre debemos recordar que el valor de las almas es grande a la vista del Señor, y que Jesús dijo: “Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar” (Mateo 18:6). Ninguna acción de nuestra parte debe ser tal que cause duda en la mente de los demás o que los haga apartarse de la Iglesia. Y eso ha sucedido muchas, muchas veces a causa del in-terrogante que dejáis en sus mentes como resultado de vuestras acciones: lo que hacéis y el descuido que tenéis en lo que decís.

6. Mostrad gran interés y amor hacia aquellos a quienes estáis enseñando y tratad de llegar a aquellos que no están aprovechando esta gran oportunidad de asistir al instituto o el seminario. Alabadlos por lo que hagan y que sea correcto; y, tanto como sea posible, no critiquéis. Eso es muy importante. Creo que es muy importante que todos los que están bajo vuestra supervisión comprendan la gran importancia del amor; sin embargo, cada uno siempre debe ser firme en la causa de la justicia y de la verdad.

7. Interesaos siempre vivamente en los asuntos de la comunidad. Sed uno de los que ayudan a mejorar a la comunidad en proyectos que valgan la pena. Siempre recordad que estáis comprometidos en el establecimiento del reino de Dios y que vuestro programa de seminario e instituto es solamente parte del programa de la Iglesia, y debe usarse para ayudar a establecer el programa total de la misma. En otras palabras, tened interés en lo que está sucediendo en la comunidad y en la Iglesia. Buscad mejorar lo que podáis y donde podáis. Sed siempre francos al expresar al personal central vuestras ideas, vuestros descubrimientos, vuestras sugerencias, todo lo que podáis tener y que sirva de ayuda para mejorar el programa de seminarios e institutos en el mundo.

8. Enseñad las lecciones y los temas tal como están bosquejados. He oído muchas críticas acerca de maestros de institutos y seminarios que se escapan por las tangentes y enseñan esto y lo otro y enseñan ese tema a su manera. Y uno a quien conozco, dijo: “¡Vaya, con esos temas! Yo puedo mejorarlos.” Vosotros aseguraos de que vuestra gente esté enseñando lo que está bosquejado: los temas y lecciones tal como están preparados. Estad bien preparados y recordad que los cursos están siempre correlacionados a manera de poder lograr alumnos bien preparados si siguen los cursos tal como están bosquejados. No quiero recalcar más ese punto, pero es sumamente importante. Estad siempre plenamente preparados; pero recordad que así como estáis enseñando el evangelio, estáis enseñando y ayudando a preparar a los jóvenes para ser activos en la Iglesia y para gozar de un testimonio del evangelio.

9. Sed humildes y orad. Manteneos cerca del Señor. Vosotros estáis comprometidos en su obra. Esta es su iglesia.

10. Seguid al profeta. Estad siempre preparados para aceptar y aplicar el consejo del profeta de Dios, el cual hoy en día es el presidente Spencer W. Kimball. Y doy testimonio de que él es un profeta de Dios. Es un gran privilegio, honor, bendición y ciertamente una fuerza para el testimonio de uno, sentarse a los pies de un profeta y ver cómo el Señor obra mediante él.

Quiero dar testimonio de que él es un profeta de Dios; que vosotros tenéis una pesada responsabilidad de traer almas a Cristo. Cristo y Dios viven; ellos aparecieron a José Smith mediante él se restauré el evangelio en estos los últimos días. ¡Que privilegio y honor es ser miembro de la Iglesia, estar comprometido en la obra, tratando de traer almas a El y preparando al mundo para la segunda venida de Cristo! Que podamos hacer esto en una forma que sea aceptable ante nuestro Padre Celestial, lo ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.

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