A quienes enseñan en tiempos difíciles

A quienes enseñan en tiempos difíciles

por el élder Boyd K. Packer
(Discurso dado en la Universidad Brigham Young. Verano de 1970)

El presidente William E. Berrett me dijo que si querría hablar sobre el tema: “Problemas civiles y relaciones de los alumnos y maestros Santos de los Últimos Días para con dichos problemas”. Traté de elaborar mi predicación —y creo que no he estado jamás bajo tanta presión en cuanto a tiempo como durante las últimas semanas— traté de preparar un discurso formal y no pude; de manera que estoy aquí con una nota o dos para esperar junto con vosotros los susurros del Espíritu con relación a este tema.

Ayer durante el almuerzo, me senté al lado del presidente Harold B. Lee. Él me contó de su visita aquí y reafirmó su vigoroso respaldo hacia vosotros y lo que estáis haciendo.

Yo, naturalmente, tengo muchos recuerdos que vienen a mi mente al estar aquí. Estoy consciente del hecho de que cada vez que ha habido cursos de verano —con la excepción de una vez, cuando vivía en el este, en Cambridge— he asistido por lo menos a una sesión. Naturalmente, me he mantenido en contacto con vosotros mediante oportunidades bastante frecuentes al reunirme con el presidente Berrett, quien dirige vuestra obra, y el hermano Oakes, quien ayuda en este programa, así como con otros de vuestros compañeros de equipo en el programa de educación de la Iglesia.

Esta es la primera vez que he venido ante vosotros como uno de los miembros del Consejo de los Doce. No me puedo acostumbrar a eso, aunque la preparación y el período de prueba anterior al llamamiento es algo que uno no puede olvidar, ni supongo que uno querría someterse a ello dos veces en la vida. Pero quiero que sepáis que sé sin duda alguna, por medio de la experiencia personal, que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días tal como Él ha declarado, es la única Iglesia viviente sobre la faz de toda la tierra; que el Señor Jesucristo dirige en persona esta obra. Sus siervos aquí en la tierra vienen y van a su voluntad, y su inspiración está constantemente con nosotros; de manera que vengo humildemente y busco el interés de vuestra fe y oraciones.

Todos vosotros estáis familiarizados con estas palabras de Timoteo en el Nuevo Testamento:

“También debéis saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos.

“Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos,

“sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno… [Permitidme leer eso de nuevo]

“…aborrecedores de lo bueno,  traidores, impetuosos infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita.

“Porque de éstos son los que se meten en las casas y llevan cautivas a las mujercillas cargadas de pecados, arrastradas por diversas concupiscencias.

“Están siempre están aprendiendo, y nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad.

“Y de la manera que Janes y Jambres resistieron a Moisés, así también éstos resisten a la verdad; hombres corruptos de entendimiento, réprobos en cuanto a la fe…

[Y después esta declaración:]

“Pero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido…

“A fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:1-8; 14, 17).

Nos encontramos en tiempos peligrosos, tiempos difíciles y hay inquietud en todas partes. Hace algunas semanas estuve en una conferencia en Seattle; y en la reunión con los obispos y miembros del sumo consejo, la primera pregunta que se hizo fue:

“¿Cuándo debemos mudarnos al valle del Lago Salado?” Las cosas están volviéndose difíciles allá, y los problemas económicos están reforzando sus temores. En California, no hace mucho, uno de los directores de estaca dijo: “¿Qué están haciendo las Autoridades Generales en el valle del Lago Salado, el valle de las montañas, para fomentar la industria y almacenar suministros de manera que cuando las cosas se pongan difíciles aquí podamos mudarnos allá?” Después de pensar un poco, dije: “Nada. ¿Por qué deberíamos hacer algo? No está allá la solución.” Permitidme sugeriros qué es lo que hacéis cuando hay o podría haber inquietud civil o violencia en el lugar donde trabajáis, en el instituto o donde enseñáis en seminario. Primero, las instrucciones en cuanto a qué hacer para proteger la propiedad de la Iglesia y dar seguridad a las personas —a vosotros mismos, a vuestros alumnos, etc.— vendrán de parte del presidente Berrett. Él está familiarizado con los procedimientos adecuados y está dando instrucciones donde es necesario. Encontraréis que estas instrucciones os ligan íntimamente a los presidentes de estaca de la zona, quienes a su vez tienen y recibirán instrucciones en cuanto a esto; de manera que podemos olvidar ese asunto. Quiero hablar de cosas que son más importantes.

Creo que la intranquilidad, en gran medida, ya está allí. Está en Seattle y en Los Angeles y en otros lugares, pero no creo que notéis demasiada preocupación de parte de las Autoridades Generales. Recuerdo que no hace muchos años, una mañana iba manejando hacia la oficina y al encender la radio oí que anunciaban con gran excitación que alguien había puesto una bomba en el templo. Las puertas del frente del templo habían sido destruidas. ¿Recordáis eso? Nosotros en aquel entonces usábamos el terreno de estacionamiento al norte del edificio de la Sociedad de Socorro; al dirigirme hacia la oficina, eché una mirada al otro lado de la calle. Había mucho movimiento en los alrededores del templo: gente, automóviles de la policía, camiones de bomberos y todo. Pero iba con un poco de retraso para una reunión; de manera que resistí la tentación de ir y ver lo que estaba pasando. Estuve en la reunión junto con las Autoridades Generales todo el día. Cuando salí aquella tarde a eso de las 18:30 o las 19:00 horas, no había nadie en el templo, más que unos grandes tablones puestos en el lugar donde habían estado las puertas. Fue entonces que aquello me impresionó. Había estado todo el día en reunión con las Autoridades Generales y ni una vez se mencionó el asunto, ni siquiera por un segundo. ¿Y por qué? Porque había trabajo qué hacer, bien lo sabéis. ¿Por qué preocuparse por aquello?

Samuel Johnson escribió algo que creo que tiene aplicación aquí y por lo tanto deberíamos recordarlo: “Una mosca puede picar a un caballo majestuoso y puede hacerlo respingar, pero él sigue siendo un caballo majestuoso y la mosca… bueno.”

Existe la tentación, siempre, de sobresaltarse y, como el viejo indio, montar de un salto al caballo y salir disparado en todas direcciones. No, no hagáis eso; permaneced firmes. Si hay algo que la juventud de la Iglesia necesita en tiempos como estos, es a alguien que pueda permanecer seguro, firme y sereno, aunque esté lloviendo y aunque los rayos comiencen a caer cerca. De manera que mi segunda sugerencia es que hay que permanecer firmes, no llenarse de pánico, sentirse seguros. El Señor ha dicho: “Yo peleará vuestras batallas” (D. y C. 105: 14).

El temor y la fe no se dan la mano y es nuestra obligación fomentar la fe, no el temor; de manera que permaneced firmes. Siempre existe la tentación —y esto es cierto en las escuelas de la Iglesia, es cierto en los seminarios e institutos, es cierto con relación a los misioneros en el campo misional, y es cierto con los obispos y los presidentes de estaca— digo, siempre existe la tentación de querer pelear. Tenemos mucho que ganar aprendiendo a presentar la otra mejilla. El Señor tenía algo para nosotros cuando dijo eso.

Permitidme daros un ejemplo. Cuando fui presidente de misión, uno de los diarios en Nueva Inglaterra publicó un artículo sobre la Iglesia. Lo había tomado de otro diario que era injurioso. El artículo era completamente erróneo y tenía un gran titular que abarcaba la parte superior de una de las páginas internas del diario. El artículo era una especie de vuelta de partida a algunas de las mentiras a las cuales estuvimos sometidos hace algunas generaciones.

Los misioneros se mostraron sumamente indignados. Algunos de ellos viajaron cien millas para traerme el diario a fin de que yo viese lo que había sucedido. Lo leí y dije: “Muy bien, gracias; vuelvan a sus puestos y prediquen el evangelio.” Ellos no podían entender por qué yo no me sobresaltaba. No comprendían que sí estaba sobresaltado y trataba de no mostrarlo, supongo. Me dijeron: “¿Qué haremos?” Y yo dije: “Ocúpense de su trabajo; prediquen el evangelio.”

“¿Pero no va usted a llamar al editor; no va a pedir un espacio igual para responder a esto?” Y la respuesta fue que no, porque no tenía tiempo para hacerlo.

Sólo se necesita una persona que critique y moleste, para que uno se aparte de la tarea que tiene si se siente la necesidad de responder a todo lo que surja en el camino. ¿Por qué no enseñáis eso a los alumnos? ¿Por qué no enseñáis a los alumnos a tranquilizarse y si les pica una mosca que se rasquen y vuelvan al trabajo? Veréis, si yo hubiera llamado a ese editor para decirle: “Pues, mire”, y “Establecemos una demanda”, etc., supongo que es posible que lo hubiéramos hecho publicar un artículo retractándose —tal vez una o dos líneas en la última esquina de la última página en la sección de avisos donde nadie las viera— es posible que se le hubiera persuadido a hacer eso.

No hicimos nada sino hasta después; entonces comenzamos a cultivar su ayuda y sugerencias. Todo lo que hicimos fue hacer que dos misioneros fueran a visitarlo y le dijeran: “Somos misioneros y no sabemos mucho. Estamos aquí sin recibir remuneración alguna, pagando nosotros nuestros propios gastos. Estamos aquí para predicar el evangelio en este pueblo y parece que nadie nos oye. Bien, usted es editor de un diario y usted está en contacto con la gente y sabe cómo se siente la gente y sabe cómo comunicarse con ella. Por favor díganos qué hacer para que podamos realizar nuestra obra. ¿Nos ayudará usted?”

¿Quién podría resistirse a eso? Y él no se resistió. De manera que en ese mismo año llegó el día cuando apareció otro artículo en el mismo diario, intitulado “Los Santos de los Últimos Días tienen dos razones para celebrar la Navidad”. Luego en columnas paralelas, lado a lado, había citas tomadas del Nuevo Testamento y del Libro de Mormón, las que dan testimonio de Cristo; había una explicación del hecho de que tenemos una doble razón para nuestra adoración, una doble razón para nuestro testimonio de que Jesús es el Cristo.

¿Por qué no permanecéis en vuestro puesto sin perturbaros? Cuando los jóvenes vienen corriendo hacia vosotros molestos por esto o aquello, por qué no les decís simplemente: ‘¿Alguna otra novedad?’ Mirad, tenemos mucho más para ganar si nos mantenemos en la ruta, permaneciendo firmes, que si tratamos de apagar el fuego de los matorrales laterales. De manera que ese sería mi primer elemento de consejo a vosotros: permaneced allí, sed firmes, tened fe y no os deis por vencidos. Sed el anda y todo estará bien.

Tengo un sentimiento de reverencia y respeto al pensar en el campo de la educación, al pensar en el poder que vosotros tenéis. Si tomamos a cada uno de vosotros y os multiplicamos por el número de alumnos a los que enseñasteis el año pasado, y si sumáramos esos números, tendríamos una verdadera congregación. La idea es que podemos hablar a través de vosotros a todos esos alumnos y luego, cada año, viene un grupo nuevo; de manera que el poder del sistema educativo es un poder monumental. Existe la posibilidad siempre presente de que se use con perversidad o que no se use con toda intensidad para propósitos justos. Sin embargo, sabemos que estamos comprometidos y predispuestos.

Hace algunos años asistí a una reunión en Boston, y el presidente de la Universidad de Boston estaba allí. Él había sido llamado hacía poco e hizo una declaración en cuanto a su posición como presidente de la universidad: “Podemos servir mejor como territorio neutral, como si fuésemos un árbitro por medio del cual la gente pueda llegar a un acuerdo” Cuando anoté eso mientras él hablaba, añadí en la misma tarjeta: “El cielo nos ayude si alguna vez nos degradamos a ese punto.” Ahora permitidme leerlo de nuevo, porque muchas personas piensan que aquella era una frase muy buena. “Podemos servir mejor como territorio neutral, como si fuésemos un árbitro por medio del cual la gente pueda llegar a un acuerdo.”

En otras palabras él pondría al bien y al mal sobre un cuadrilátero, arrojaría al alumno en medio de los contrincantes y le dejaría actuar como árbitro esperando lo mejor. Esas esperanzas, como sabemos ahora, en muchos casos están mal fundadas. De manera que cuando estéis en vuestro puesto, y mientras permanezcáis firmes, aseguraos de participar plenamente, de no ser neutrales; debéis estar predispuestos, inclinaos hacia un solo lado, hacia el lado del Señor. No consentimos en forma alguna tener la voz del adversario, o del partido opuesto, hablando en vuestras clases. ¿No podéis ver eso?

Algunos de vosotros tenéis la tendencia a decir: “Pero nuestros alumnos tienen que ver a ambos lados del cuadrilátero.” Ciertamente que sí; y desde mil púlpitos, y de parte de mil voces, están oyendo sólo de un lado. Y es justamente vuestra voz ahora, particularmente en los terrenos de las universidades, es justamente vuestra voz, la que habla desde el lado correcto; de manera que el vuestro no es un campo de juego donde el bien y el mal pueden venir y competir entre sí hasta que uno de ellos gane. El mal no encontrará invitación para entrar ~ competir en vuestras clases. Vosotros sois terreno de entrenamiento para’ un solo equipo, sois el entrenador, estáis dando las señales de preparación para el juego de la vida; y no dais la bienvenida a los exploradores del otro equipo.

Vuestra labor es mantener la fe, la cual es la única voz que hablará desde vuestra plataforma. Existe, naturalmente, la idea de decir —y yo he visto esto una vez o dos durante ese año pasado en el que he estado viajando— “Invitemos a algunas personas que pueden ponernos al tanto y a la altura de los temas, y dispongamos de algunas personas colaboradoras para que se ocupen de nuestras clases.”

Cuando estaba en la preparatoria, tomaba una clase sobre salud. Pensábamos nosotros que esa clase era molesta. Se daba en días alternados con educación física en la que teníamos oportunidad de nadar y jugar al básquetbol o hacer algo, pero la clase de salud era una materia necesaria. Recuerdo haber leído en el texto de ese curso, un relato sobre una madre.

En aquellos días las enfermedades contagiosas eran mucho más molestas que hoy en día. La mayoría de las veces, la difteria era una enfermedad fatal. Yo conocí a una señora de corta estatura y ya de edad, que siempre estaba nerviosa. Nunca podía estar quieta; siempre movía las manos y tenía un aspecto triste. Nunca pude entender por qué parecía tan triste hasta que un día alguien me dijo que en los primeros años de su matrimonio y viviendo en una pequeña comunidad de agricultores, en el término de dos días durante una epidemia de difteria, había visto cómo se llevaban a sus cinco hijos para sepultarlos en un cerro cercano a su casa.

Escuchad atentamente el relato que voy a leer, porque se aplica a vosotros:

A principios de siglo, una madre cuidaba a su familia en una gran ciudad. Estaba interesada en la salud de sus hijos y siempre ansiosa por su bienestar físico. Tenía la esperanza de poder proteger a la familia, particularmente durante los primeros años de vida de sus hijos.

Una señora de apellido Sullivan le hizo saber que sus niños tenían varicela. Como la madre de nuestra historia era una mujer práctica y progresista, y siempre estaba mirando hacia el futuro, pensó que ésta era una buena oportunidad para sacar de en medio aquella posibilidad de la varicela; de manera que llevó a sus hijos a visitar a los Sullivan. El contagio se produciría, naturalmente; y en unas cuantas semanas, esa enfermedad, cuando menos, sería parte de la historia para ellos. Contiene mucho este relato. Ella pensó que la estación era adecuada al igual que las circunstancias, pero el fin de esta historia no lo olvidaré. Pocos días después recibió noticias de los Sullivan. Habían mandado traer al médico porque uno de los niños estaba en un estado sumamente grave. ¿Podéis imaginar cómo se sintió la otra madre cuando se enteró del diagnóstico que el médico había dado en cuanto al mal de la criatura que estaba muriendo? “No se trata de varicela, señora Sullivan; es viruela lo que sus hijos tienen.”

En vuestras clases dudo seriamente que se saque gran provecho de los visitantes llamados a menudo “especialistas”, a no ser que vengan con un fin: respaldaros, sosteneros en la expresión del testimonio, en cimentar la fe, en sostener los principios de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Si cedéis el púlpito en vuestra clase a otra persona, ésta debe ser el presidente de estaca, el obispo, el Representante Regional de los Doce, el patriarca, un hombre de fe, u otro miembro de la Iglesia que sea firme en su fe y que confirme con otra voz el testimonio que vosotros estáis tratando de establecer en la mente y corazón de los jóvenes Santos de los Últimos Días.

Estoy seguro de que en un caso que encontré este año se trataba de viruela y no de varicela a lo que el maestro progresista estaba exponiendo a sus alumnos. Vosotros tenéis una gran responsabilidad; y, naturalmente, con ella viene una gran oportunidad. Tenéis la responsabilidad de ser anclas; tenéis la responsabilidad de permanecer firmes. En alguna parte de esta tierra, en esta época, nuestros jóvenes deben ser capaces, positivamente capaces, de aferrarse a alguien que no esté confundido y que esté seguro en su fe.

Hace poco tiempo, tuve ocasión de recibir a una pareja de jóvenes que me vinieron a ver en compañía de su obispo, el cual había pedido la entrevista. Ella, una estudiante, esposa de un estudiante, tenían a su hija de dos años de edad enferma de sarampión. Era un caso grave de sarampión. Ella se contagió y pasó por la experiencia usual de los adultos cuando tienen esta enfermedad que los ataca más duro que cuando se es niño. Durante el período de convalecencia se dio cuenta de que también estaba embarazada. El médico inmediatamente recomendó el aborto. Ella estaba preocupada por esto y buscó consejo. Otros dos médicos confirmaron la recomendación. Dos de los tres médicos eran miembros de la Iglesia. Y allí se produjo un Getsemaní para aquella pareja de jóvenes padres: ¿qué hacer? El mejor consejo médico concordaba, pero ella dijo: “¿Qué enseña la Iglesia?” El médico le dijo que la Iglesia en este caso aprobaba el aborto. Finalmente, después de su Getsemaní, esta pareja determinó que ellos tomarían la senda de vivir con cualquiera que fuera el problema que se les presentara, pero que no perderían a su hijo; y habían venido para recibir una bendición especial.

Le dije a la madre que no hacía mucho tiempo había visto a alguien que quince años atrás había estado en la misma situación pero que había tomado la otra decisión. Con el conocimiento e información que el mundo podía proveer, y considerando algunos principios éticos supuestamente muy importantes que entrarían en juego, decidieron que sería mejor no traer al mundo a un niño posiblemente incapacitado. Y yo le dije a esta joven madre: “Podéis imaginar lo que sucedió a aquella madre cuando se mudaron a otra ciudad y se hicieron amigos de otra familia y un día, mientras hablaban de momentos de crisis, la otra madre, señalando a una criatura saludable, hermosa y llena de risa, dijo: Nosotros tuvimos mucho temor en cuanto a esta niña. No estábamos seguros de que llegara a ser normal porque yo tuve sarampión poco tiempo después de haber quedado embarazada, y los médicos…” Y vosotros conocéis el resto.

Bien, hay una clase de infierno personal en el que vive mucha gente. Esta joven pareja estaba en un punto crucial y no sabían hacia qué lado dirigirse, a no ser que querían conocer la posición de la Iglesia en cuanto a esto. Alguien tiene que ponerse de pie, enfrentar la tormenta, declarar la verdad y dejar que los vientos soplen, y estar sereno, inmutable y firme al hacerlo; esa es vuestra responsabilidad y vuestra obligación como maestros; de manera que no cedáis el púlpito a visitantes que no sean capaces de cimentar la fe.

Hay una posición de verdad: fuerte, poderosa, firme. Hay un camino y hay una zanja a ambos lados del mismo. ¿Sabéis lo que quiero decir con esto? Si conducís el automóvil demasiado a la izquierda de vuestro carril, acabaréis en la zanja. Supongo que no hay nadie aquí que dude que si se va demasiado en la otra dirección, también encontrará una zafia igualmente honda.

Yo fui piloto, en aquellos días antes del radar, volábamos dirigidos por ondas de radio; y enviaban aquella onda en una sola línea. A un lado había una transmisión constante de la letra A, y al otro lado una transmisión de la letra N; y en medio había un onda continua de manera que el sonido era constante. Si uno de desviaba a la derecha, se comenzaba a oír un sonido interrumpido. Si uno se desviaba a la izquierda se oía otro sonido interrumpido: y el único lugar en el que se podía estar seguro era en la onda donde el sonido era constante, de comunicación continua. Eso era sumamente importante.

Recuerdo que en Tokio, por ejemplo, tenía una onda que pasaba por encima de la Bahía de Tokio; y era un lugar muy peligroso al cual entrar porque allí había una isla. No era seguro —y los pilotos lo sabían porque tenían un mapa— estar en parte alguna a no ser justamente en la onda cuando se acercaban a baja altura para aterrizar.

Bien, ahora, firmes, firmes en la onda y en la palabra profética más firme todavía y el poder será vuestro. Seréis guiados y no tendréis que preocuparos. Dejad que las moscas zumben alrededor si quieren; y si alguien quiere romper una ventana, [creo que podemos permitirnos comprar otra.

¿Quiénes somos nosotros, después de todo? ¿Somos nosotros los que nacimos para ser inmunes a la persecución o a los sufrimientos por causa del evangelio? ¿Quiénes somos, después de todo? ¿Somos nosotros la generación que tenía que nacer con todo: popularidad y todo lo demás?

Creo que es una época maravillosa, un tiempo maravilloso en el cual vivir; cuando la vida llega a ser un desafío cuando se convierte en una prueba, una verdadera prueba; y vosotros tenéis la oportunidad —os envidio esa oportunidad— de enseñar a los jóvenes Santos de los Últimos Días en esta época de gran peligro espiritual.

Hay otro pensamiento que me gustaría dejar con vosotros. Tal vez sea un poco difícil de explicar. El presidente Berrett lo mencionó en una clase del curso anterior. Él estaba hablando en cuanto a los rostros que los maestros de institutos presentan: su rostro a la comunidad, su rostro a la institución educacional, su rostro a los directores locales de la Iglesia, su rostro a los alumnos… y luego mencionó uno y lo señaló como el fundamental: el rostro que presentáis a Dios. Hizo lo que considero es una declaración maravillosa: “Probablemente cometeréis errores”, y parecía que él consideró que eso no era de mayor importancia, “y no tenéis necesidad de preocuparos por ello en tanto que vuestro deseo haya sido correcto.” Bien sabéis que una cosa es cometer un error cuando uno no tuvo la intención, y otra es tener una actitud que permite que estéis empujando a los bueyes al barro durante la semana a fin de poder sacarlos el domingo.

El otro día, en la reunión con la Presidencia y los Doce, estábamos hablando acerca de ciertos hombres con relación a un llamamiento muy importante y alguien dijo: “Hace cinco años este hombre hizo una lamentable declaración que fue publicada en un diario.” El presidente Lee dijo:

“Bien, ¿y qué? ¿Quién no ha cometido un error? Me parece que aquí presente no hay ni un solo hombre que no haya dicho o hecho algo sin sentido.” Y dijo: “Dudo que encontremos a un hombre perfecto y creo que sería mejor que fuéramos pacientes con unos cuantos errores.” Y dijo: “Es posible que muchos de nosotros, o todos nosotros hayamos hecho alguna declaración apresurada y tonta en alguna ocasión.” Entonces el presidente Tanner añadió: “Sí, o la hicimos o debimos haberla hecho.”

De manera que éste es el punto: ¿Por qué todos los que estamos aquí y todos los que deberían estar pero que están lejos por llamamiento, enseñando todavía —esto es, todo el personal de institutos y seminarios— digo, ¿por qué no efectuamos algo que es importante y vital y que acarrearía poder espiritual incomparable a este grupo? ¿Hay alguna razón por la que todos nosotros sin excepción, cada uno de nosotros, no podamos ser perfectos en el deseo de hacer lo que es correcto?

Entonces se podrá decir un día cuando estéis para ser juzgados —juzgados por vuestras actividades como maestros de la juventud o juzgados por vuestro ministerio en la vida— que vuestro deseo fue justo. Aún así supongo que habrá algunos fracasos; como los tuve yo cuando enseñaba. No me gusta pensar en ellos. Pero hay una cosa que tengo como protección. Comenzando en cierto punto de mi vida, puedo decir verdaderamente que todo error que haya cometido lo cometí sin querer. Tal vez hice algo inapropiado, pero fue por ignorancia o por alguna otra razón… pero no por voluntad de hacerlo.

Tengo la idea de que muchos pasan por la vida con la mente como si fuera un terreno baldío en una esquina de la ciudad, un terreno donde no hay edificios. Se usa para muchas cosas: los niños lo usan para jugar, la gente lo cruza para ir de un lado a otro, a veces un automóvil hace un atajo a través de él. Esta es una mente, un campo de juegos, vacío; y cualquiera que viene puede andar en él en cualquier dirección. Yo no tengo eso. En mi terreno hay carteles que dice: No pasar, y luego hay una lista detallada de lo que se refiere. No consentiré que haya contaminación de la menor mancha proveniente de algo perverso. No consentiré en ello. Si un pensamiento así entra en mi mente, viene como un intruso; viene como intruso que no es bien recibido. Consiento abiertamente —esto es, sin reserva, con expectativa, con ansiedad, rogando, invitando— a la inspiración del Señor.

Ahora os pregunto, ¿habéis colocado vuestros carteles de “No pasar”? ¿Habéis establecido vuestra relación con vosotros mismos y con el Señor al punto de haber declarado a quién escucharéis y a quién no? Muchas influencias llegan al borde de la propiedad y tratan de encontrar una senda que no está señalada. De vez en cuando encuentran alguna nueva y entonces me encuentro atareado preparando otro cartel indicador para cuidar esa senda también, porque tengo mi libre albedrío y no consentiré. ¡Nunca!

No caeré ante ninguna influencia del adversario. He llegado a conocer el poder que él tiene. Sé todo lo relativo a eso. Pero también he llegado a conocer el poder de la verdad, de la rectitud y del bien, y quiero ser bueno. No me avergüenzo de decir eso: quiero ser bueno… He encontrado en mi vida que ha sido sumamente importante que esto se estableciera entre el Señor y yo de manera que yo he podido sentir que Él sabe en qué dirección he comprometido mi arbitrio. Me dirigí a Él y le dije: “No soy neutral y Tú puedes hacer conmigo lo que quieras. Si necesitas mi voto, ahí está. No me importa lo que hagas conmigo, y no tienes que tomar nada de mí porque yo te lo doy: todo, todo lo que tengo, todo lo que soy” y eso es lo que hace la diferencia.

Cuando las tormentas soplan, se confunden las ideas; y habrá muchos que se presentarán para cruzar la senda de vuestra mente para llegar a la mente de vuestros alumnos. Ellos se disfrazarán… pero vosotros los conoceréis a tiempo si es que habéis abierto vuestras mentes a la luz de inspiración y si habéis comprometido vuestro arbitrio. De manera que seguid en vuestra búsqueda para establecer esto individualmente, pero pongámonos de acuerdo en que todos unidos y también individualmente hagamos lo que es justo.

En conclusión, quiero citar algunas líneas de un discurso que di en la Universidad Brigham Young: “Hay una voz de mando usualmente dada por el capitán al timonel, la cual encierra lo que he tratado de decir. Es una voz de mando que se convierte en expresión en la dirección de seguridad, particularmente cuando una nave se pone en curso en momentos difíciles. La expresión es: ‘Firme en la marcha’.”

En todo el mundo ha habido inquietud durante este año; ha habido disensión, desorden, violencia, insurrección y el inicio de una revolución. Ciertamente ha sido un período de tormenta y tensión. Nuestro viaje por el mar de la vida ahora sigue por aguas agitadas. Durante el año escolar hemos ya vencido un chubasco o dos. Las nubes de tormenta se juntan allá adelante amenazadoramente. Es posible que se disipen, pero también es posible que tengamos que soportar la tormenta y vencerla.

Vosotros sois participantes —más que testigos— de los acontecimientos importantes y probatorios de la historia del mundo y de la historia de la Iglesia en esta época. Gracias a Dios que habéis nacido en esta era. Sentíos agradecidos de estar vivos y de tener la feliz oportunidad, la oportunidad inapreciable de enseñar en este momento, en este tiempo de aventura. No dudo de que estamos navegando en aguas turbulentas. Hay tormentas que pasar; hay arrecifes y bancos de arena que tenemos que esquivar antes de entrar a puerto; pero hemos estado frente a ellos en otros tiempos y hemos encontrado el pago seguro. Considerad este versículo de las Escrituras: “… se obscurecerán los cielos, y un manto de tinieblas cubrirá la tierra; y temblarán los cielos así como la tierra; y habrá grandes tribulaciones entre los hijos de los hombres, mas preservaré a mi pueblo” (Moisés 7:61). “Firme en la marcha.” Nuestro navío ha enfrentado las tormentas anteriormente. Ha sido probado en el mar. ¡Qué época más gloriosa en la cual vivir y qué era más gloriosa en la cual vivir! Gracias al Señor por el privilegio de vivir en un día de aventura y desafío. Y ahora, a vosotros los que enseñáis, hay un radar celestial: la revelación de Dios que nos guía y os guía. Hay un capitán inspirado: un profeta de Dios.

Os doy testimonio de que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es exactamente lo que vosotros enseñáis que es: la única Iglesia viviente sobre la faz de toda la tierra. Doy testimonio de que Jesús es el Cristo y que la Iglesia fue planeada para dar fuerza en tiempos difíciles. Firme en la marcha. Ahora os dejo para que meditéis estas palabras acerca de otra tormenta en otra época:

“Pero se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba… y le despertaron, y le dijeron [tal como muchos dicen en estos días]: Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?

“Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza” (Marcos 4:37-39; cursivas agregadas).

Os doy mi testimonio, ahora el testimonio especial, de que Jesús es el Cristo. Yo sé esto. Invoco sus bendiciones sobre vosotros como maestros en su programa de seminarios e institutos, rogando que seáis sostenidos. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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