El maestro ideal

El maestro ideal

Por el élder Boyd K. Packer
(Discurso dado en la Universidad Brigham Young el 28 de junio de 1962)

Hermanos y hermanas estoy agradecido de encontrarme aquí. Conozco personalmente a la mayoría de vosotros, y a muchos muy de cerca. Como sé que ese conocimiento es recíproco, me siento doblemente humilde y aprecio vuestra fe y oraciones para mi bien en los momentos que se me han asignado para estar con vosotros.

Me gustaría hacer un comentario o dos acerca de las asignaciones que tengo como integrante del cuerpo de las Autoridades Generales. Primero, una de las cosas que han intensificado mi nerviosismo en este momento es que he aprendido personalmente en qué forma estiman las Autoridades Generales a este grupo. Ahora conozco la importancia de este cuerpo de hombres y no sé si es realmente lo que yo esperaba que fuese. Pero de lo que sí estoy plenamente seguro es de ¡cuán inmensamente importante es este cuerpo en relación al destino de la Iglesia!

Mi asignación principal tiene que ver con la obra misional. Quiero decir que los principios de esta obra en la cual estamos juntos en este día, están íntimamente ligados con mi asignación actual, que la capacitación que el hermano A. Theodore Tuttle y yo recibimos bajo la dirección del presidente William E. Berrett ha sido de un valor incalculable en la obra que ahora es nuestra. Y me gustaría rendirle tributo a este gran hombre, el presidente William E. Berrett, y expresarle mi amor y respeto. Lo aprecio. Aprecio lo que él es, lo que hace, lo que cree. Aprecio la doctrina que enseña y siento gran amor y admiración por él.

En los últimos días he hecho un repaso de los doce años que pasé con vosotros en el Departamento de Educación y a fin de compartir algunas de las ideas que vinieron a mi mente, me gustaría hablar acerca de un maestro que llegué a conocer. Todos lo Conocemos. Algunos de vosotros lo conocéis bastante bien y otros sólo lo Conocen en forma casual. Pero durante el resto de este discurso, me gustaría comentar acerca de ese maestro.

Cuando estaba yo en un cargo de supervisión y administración, era mi responsabilidad, como lo es de muchos de vosotros, evaluar y a veces emitir juicios sobre vuestras contribuciones como maestros. A veces se nos oía decir unos a otros, al rendir nuestra evaluación: “Es demasiado estricto en cuanto a disciplina”, o “Pone demasiado énfasis en los trabajos escritos”, o, tal vez, “Presta muy poca atención a los alumnos”, o, “No se apega lo suficiente al texto”, o “Se prepara muy poco.” Bien, al decir “hay demasiado” o “muy poco”, o “él es demasiado esto”, o “le falta esto otro”, se da a entender que en algún lugar está lo suficiente, de que en algún lugar está la cantidad exacta de aquello que estamos mencionando. De manera que el tipo de maestro que me gustaría que analizáramos es aquel maestro que llevamos en nuestra mente, con el cual todos vosotros sois comparados por aquellos que tienen la responsabilidad de evaluaros. Este maestro, naturalmente, es el maestro ideal.

Admitiré que soy un idealista, no en el sentido de la estricta definición educativo-filosófica del vocablo, porque tengo poca paciencia cuando queremos igualarnos o definirnos en la terminología de ese campo. Nosotros no somos idealistas, no somos pragmáticos, ni existencialistas, ni naturalistas o realistas. Somos cristianos; somos Santos de los Últimos Días; somos mormones; y debemos luchar de acuerdo a ello. Dejemos que ellos nos lo expliquen en sus términos, si quieren hacerlo, pero aferrémonos nosotros a nuestros propios términos y expliquémonos en ellos. Y, filosóficamente, somos cristianos, Santos de los Últimos Días.

Ahora me gustaría dirigir vuestra atención a algunas de las cosas que aprendí en cuanto a este maestro. Ninguno de nosotros, estoy seguro, es igual a él. A veces me parecía que lo conocía bastante bien y otras veces me veía forzado a reconocer cuán superficial era mi conocimiento. Estas son algunas observaciones en relación a él que me gustaría poner a vuestra consideración. Estas son las cosas que noté acerca de él durante los doce años en que tuve el privilegio, junto con vosotros, de ser su compañero.

Primero encontré que este maestro tiene un profundo sentido de lealtad: una lealtad inocente, sencilla, infantil. Esa lealtad no carece de sinceridad, y digo que la misma no puede ser simulada; no hay forma de “fabricarla”. Esta lealtad le costó un precio; de no ser así no la hubiera obtenido. Le costó puntos de vista; le costó posiciones filosóficas; le costó todo aquello que se requiere para ser humilde y comprometerse con uno mismo. Nunca noté intento alguno de parte suya, por buscar otras interpretaciones; no lo hace. Observé que utilizaba muy poco el vocablo “yo”. Esta dificultad con el “yo” se torna aparente en una entrevista con un candidato a maestro de seminario cuando uno pregunta: “¿Por qué desea enseñar en seminarios? “A menudo la respuesta será: “Yo creo que me gustará; yo podré sacar mucho provecho de esa obra; me hará mucho bien; yo siempre he sentido inclinación…” Y luego está la rara excepción que dice: “Es una oportunidad para servir; quizá no esté de lo más preparado, pero estoy deseoso de intentarlo.” En este tipo de maestro encuentro muy poca dificultad con el “yo”.

Este maestro ideal parece sentirse cómodo con sus coordinadores y supervisores; no tiene temor de acudir a ellos, especialmente si está en dificultades. Sabe que el valor de ellos para él es de mucha importancia cuando se encuentra con dificultades. No tiene en el cajón de su escritorio una lección que sea su “caballito de batalla” a la cual recurrir tan pronto como alguna persona extraña entra en el salón; ni se ha puesto de acuerdo con los alumnos para que éstos le hagan una señal cuando alguien se acerque, a fin de que se pueda observar la mejor demostración de lo que él (el maestro) debería estar haciendo.

Y luego esto: se siente deseoso de aceptar la decisión de cualquier miembro de la administración como si la misma fuera el juicio de todos ellos. No trata de predisponer a unos contra los otros. Por esta razón, es excepcionalmente fácil trabajar con él y nosotros nos encontramos dependiendo de él.

Es honesto en su preparación y en el mejoramiento de sus cualidades académicas y de sus capacidades en otros aspectos. Aunque en esta rutina se podría decir, supongo, que se está “matando” por alcanzar grados más altos, no “aspira”. No es un escalador. Vosotros conocéis la historia del obispo que murió en Santa Clara en los primeros tiempos de la Iglesia, y pasó cierto tiempo antes de que las Autoridades Generales fuesen a reorganizar. Uno de los conversos, un inmigrante, se puso de pie en la reunión sacramental una vez y dijo con notable tono extranjero: “Hermanos y hermanas: en este barrio necesitamos un obispo. Hermanos y hermanas, yo os digo que no quiero ser obispo.”

Este maestro de quien hablo sólo se siente satisfecho cuando realiza con excelencia el trabajo que se le ha asignado. No ambiciona cargos más altos, si es que alguna vez lo hizo; y a menudo me preguntaba, al observarlo trabajar, si se daba cuenta de que por hacerlo así, poniendo todo su empeño en lo que se le había asignado, casi no tenía posibilidad de permanecer allí por mucho tiempo. La posibilidad de que permanezca en esa asignación es muy remota. Cuando uno actúa excepcionalmente bien en aquello que se le ha asignado, hay solamente una forma de moverse, y eso es hacia arriba. Y, supongo, eso está de alguna forma condicionado a que uno no aspire a ello.

El maestro del que hablo es eficiente en sus detalles. Contesta la correspondencia sin demora alguna. Una de las cosas que lo hacen diferente a la mayoría de los maestros es que nunca regatea en cuanto a su salario. Una vez contratado, se olvida de preguntar cuál será el sueldo y sucede así porque está tan preocupado por el trabajo que tendrá que realizar, por el servicio que rendirá y la oportunidad que se le presentará. Tal vez se sienta descontento, pero nunca lo muestra y nunca, ni siquiera una vez, ha intentado causar agitación entre sus compañeros de trabajo, ni se preocupa por investigar cuál es el salario de ellos. (Y diré entre paréntesis que mi punto de vista ha cambiado. Creo que ahora presto atención con menos simpatía, habiéndome enterado de que las Autoridades Generales os tratan mejor a vosotros de lo que se tratan a sí mismos.)

Su dedicación es total. El no vende seguros en las horas libres; no tiene otro trabajo. Este maestro de, alguna forma tiene suficiente fe en que si él se compromete enteramente con lo que es más importante (sin tener la seguridad desde el comienzo), las cosas se equilibrarán y las finanzas se resolverán. Se siente contento con el estado financiero económico de la clase media, posiblemente con la clase media más baja, sin quejas, porque puede servir.

Al observar a este maestro noté que cuenta con el respeto general de sus colegas. Uno o dos de ellos lo critican, pero un juicio honesto, creo, lo encontrará inocente de haberles perjudicado en algo. Posiblemente haya algún mal entendido, probablemente surgido por falta de conocimiento. En uno o dos casos algunos lo miran con celos.

Él es positivo en sus actividades y parece conocer —y esto es lo importante, lo recalco, hermanos y hermanas— él parece saber que la asignación del maestro no es el análisis; sino la síntesis. No consiste en desmenuzar, analizar y buscar las fallas, las aberraciones, las dificultades o los problemas. En síntesis: unir, organizar, dar el sentido de las cosas, el trabajo hacia la plenitud. Él es positivo, busca aquello que es correcto y, en consecuencia lo encuentra, obteniendo, tal como el Señor lo ha bosquejado para nosotros en el Libro de Mormón, los frutos de sus esfuerzos y es recompensado de acuerdo a lo que desea. A todo hombre se le concederán los deseos de su propio corazón. Quienes desean la virtud y belleza, la verdad y salvación, las tendrán; y aquellos que no tengan ese deseo, o que desafortunadamente dirijan sus deseos en dirección opuesta, recibirán el respeto de su libre albedrío.

No creo haberlo oído usar apodos o hablar en son de burla concerniente a sus colegas o a aquellos que estaban llamados a administrar su programa. Él nunca pone trampas ni tienta a sus alumnos o colegas. Y noté esto: que sus colegas cometen errores. También los cometen aquellos asignados a dirigir su trabajo. Y él ha tenido razón para apuntar, para hacer sátiras, para discriminar, sin embargo, no lo hace. Recuerdo cuando estaba en la preparatoria un amigo mío, que creo estaba en segundo año, estaba trabajando en una compañía de teléfonos. En las noches barría el edificio. Una noche encontró en el piso de máquinas, sobre el polvo y detrás de la caldera de la calefacción, un billete de cinco dólares… un gastado billete, sucio y lleno de polvo. Lo levantó y lo observó detenidamente. Después de luchar toda la noche con su conciencia, regresó al trabajo al día siguiente y lo entregó a su jefe. Este le dijo: “Muchas gracias. Yo lo pose allí ayer… Te estaba poniendo a prueba.” Recuerdo que este joven se enojó por la actitud de su jefe e hizo la siguiente observación: “Yo creía que Satanás era quien tenía la tarea de tentar.”

El examen que hago a este maestro me convence de que, aunque es ideal, ciertamente no es perfecto. Supe que una o dos veces, aun teniendo las mejores intenciones, perdió la paciencia, dejó de cumplir con una o dos promesas y en cierto número de ocasiones simplemente no actuó de acuerdo a lo que le era posible. Y luego me confió que no estaba libre de tentaciones morales. De hecho, no sin frecuencia algunos pensamientos impuros entraban en su mente. Ha aprendido, sin embargo, que el escenario de la mente en muy pocas ocasiones está vacío. La única vez en que se baja el telón es al dormirse. Si en ese escenario no hay una obra sana, educativa, que sirva para su desarrollo —o una presentación divertida, que entretenga y distraiga— si el escenario queda vacío, súbitamente desde los bastidores se entrometerán pensamientos sucios, obscuros que se esforzarán por apoderarse del escenario para danzar y tentar. Pero él es ideal en el sentido de que ha desarrollado la habilidad de combatir esto. Ha elegido un himno o dos, y cuando estos pensamientos vienen él tararea los himnos. Esto hace que su actitud y sus pensamientos cambien. Ha aprendido a cambiar la corriente de su pensamiento, a ocuparla. Luego si estos impulsos a someterse y pecar son persistentes, ha aprendido a dejar de lado una comida o dos porque ha aprendido que el cuerpo humano, si es sometido, se torna obediente. Por lo tanto practica la virtud y la pureza.

Y bien, no siempre todas las cosas son floridas para este maestro. Hay momentos de desilusión. De hecho, hay momentos de desesperación. Pero sus errores, sus depresiones, sus desilusiones y sus problemas parecen ser una fuente para su desarrollo. Él se da cuenta de que no solamente son tolerables sino que son necesarios realmente. Pues debe haber oposición en todas las cosas y después de mucha tribulación vienen las bendiciones. El Señor al que ama, disciplina.

Este maestro es todo un hombre y aunque su labor lo mantiene como si fuera una planta de invernadero, siempre dentro de un edificio, él no tiene temor a la tormenta, ni a los copos de nieve, ni a la ráfaga de aire fresco, ni al trabajo manual. Cuida, este maestro al cual todos conocemos, de su aspecto externo y se viste con corrección, con zapatos lustrados y lleva corbata. Usa saco; hay una cierta dignidad en eso. (Noté que si se trataba del estado de Arizona y hacía calor, el saco era de tela muy liviana.) En su forma de vestir no hay nada extravagante, pero sí un aspecto cuidadoso y esmerado.

Está consciente de su salud. Como maestro y colega tiene que trabajar denodadamente; la labor no es del tipo que lo puede mantener en buen estado físico. Cuando comienza a subir de peso y cambia su aspecto por esta causa, tiene voluntad suficiente —voluntad suficiente que es sumamente adecuada para alguien en su posición o para cualquier individuo— para controlar sus pasiones y apetitos. Y esto es algo que lo distingue; es una muestra de entereza y valor.

Luego observé que este maestro tiene un algo especial que lo rodea. Cuando visité su clase en Idaho o en Arizona, encontré la misma cosa. Los alumnos se referían a él con términos de respeto. Lo llamaban “hermano” y no “señor”. Él se ha dado cuenta de que los alumnos no necesitan un amigo… tienen suficientes. Si ellos quieren consejo de parte de un amigo, hay muchos a su alrededor. Ellos necesitan un maestro, un consejero, un asesor. Esta distancia que hay entre él y sus alumnos siempre está allí, pero a menudo es transpuesta de él hacia ellos. Esta distancia, a veces llamada dignidad, le asegura que sus alumnos no traspasarán los límites en relación a su oficio, carácter y bondad.

Siempre que me he encontrado con él, me he sentido agradecido al notar que tiene un despierto y alerta sentido del humor. Ese sentido está siempre allí. Es un sentido muy humano, y bastante grande, pero no depende de lo vulgar u ordinario para manifestarse. Nunca es objeto de su humor rebajar la más sagrada y más personal de todas las relaciones humanas, que tan a menudo en el mundo es el foco de todo lo que se presume que es chistoso.

Noté que tiene sincero enternecimiento hacia sus alumnos; los conoce y los ama y no puede evitarlo. Y cuando menos merecen su amor, tanto más amor parece fomentarse en él. Ha aprendido que los jóvenes necesitan mucho amor, particularmente cuando no lo merecen; el posee esa característica. He llegado a saber, después de haberlo visto actuar en un salón de Idaho, Arizona, California o Wyoming, que este sentimiento de amor está emparentado y tiene mucha relación con el discernimiento. Es un poder apropiado que usa en su labor y que pocos maestros saben demostrar.

Una o dos veces, al trabajar con él fuera de clase, reconocí su reverencia hacia la vida; algo que se puede ver, por ejemplo, en Albert Schweitzer: una barca se acercaba al campamento, fue volcada por un hipopótamo y un nativo se ahogó. Los miembros de la tribu fueron a buscar fusiles para matar al animal. Albert Schweitzer oró porque no lo encontrasen. David O. McKay se enteró una vez, por boca de su capataz, que éste había matado a un erizo a orillas de la arboleda. “¿Pero lo mató usted?” preguntó el presidente McKay. “Oh, sí,” respondió el capataz. “Lo maté con un palo.” Y David O. McKay, entonces apóstol, cruzó la valla, atravesó el campo y encontró al animal seriamente lastimado pero no muerto. Lleno de misericordia le dio muerte. Ese interés, esa compasión, esa reverencia por la vida, es característica del maestro que yo describo.

Este maestro es lo que es, hasta cierto punto, porque se casó con “ella”. Ella no es de las que se preocupan por los símbolos de prestigio. Los hijos tienen remiendos en sus pantalones y los zapatos que usan tienen ya media suela de repuesto; no siempre son zapatos nuevos. El hogar en que viven es modesto, pero ella lo mantiene siempre limpio. Ella lo anima, a veces lo estimula, para que sea justo. Ella está en el hogar. Lo recalco otra vez: ¡ella está en el hogar! Ella no lo ha alcanzado en la línea donde se gana el pan. Ella está allí para consolar, para bendecir, y para amarlo y darle aquella ternura y consideración que solamente una esposa puede dar al marido y la que lo inspira para hacer lo que de otro modo él sería incapaz de hacer.

También él presta atención a los niños. Me encontraba en una conferencia trimestral en Preston, Idaho, con el élder LeGrand Richards. Teníamos un atraso de cinco minutos en el comienzo de la reunión. La congregación estaba esperando cuando nosotros estábamos cruzando el pasillo de entrada. Cuando él estaba por abrir la puerta para entrar al salón sacramental y dirigirse al frente, la otra puerta que daba a la entrada se abrió .y un grupo de cinco o seis niños de una familia entró; venían vestidos con lo mejor que tenían. El hermano Richards, demoró la reunión volvió a la puerta con la ayuda de su bastón, se inclinó y le dio la mano a cada uno de aquellos pequeñitos. Los bendijo a su manera, se detuvo para saludar a los padres, y luego entró para dar inicio a la reunión. Hace dos semanas viajé en compañía del élder Harold B. Lee, con destino al estado de Washington. Bajamos en Boise. Allí había una mujer sentada en el último asiento al lado de la salida y tenía en sus brazos a un niñito de un año de edad. Los otros pasajeros esperaron un momento mientras el hermano Lee jugueteó un poquito con el “compañerito” como le dijo. La madre estaba muy emocionada porque él había bendecido al niño al pasar a su lado.

He cenado en la casa de este maestro en Rexburg. Él es la cabeza de la familia. Su esposa es una mujer encantadora que siempre le da su lugar, y él es quien manda. El sacerdocio tiene el voto final.

Parte del genio de este maestro, noté, es que vive cada día en particular. No importa cuánto busque el mañana, toma tiempo para el día de hoy.

Sabéis, hermanos y hermanas, nosotros a menudo decimos que si podemos solamente hacer esto entonces estaremos libres durante algunas semanas. Si pudiéramos terminar con este proyecto… si pudiéramos sacar del camino esta tesis… si pudiéramos presentar este espectáculo especial; si la graduación no estuviera todavía por delante. . . entonces podríamos descansar. ¿No habéis aprendido todavía que esto nunca terminará? ¿Que nunca será hecho del todo? ¿Que a menos que le dediquéis tiempo ahora, quedará atrás por causa de nuestro incumplimiento? Este maestro, sin disminuir su esfuerzo, os recuerda, mientras viajéis, que la puesta del sol es hermosa y que él ve al antílope casi perdido entre el follaje. El dedica tiempo para mirar a sus hijos y se siente contento de tenerlos, de amarlos, de abrazarlos, de construir una casita de juguete. Él vive a medida que sigue su camino. Ese es el genio de este maestro.

¿Dónde vi a este maestro de quien hablo? Una mañana lo vi en Beaver, todo cubierto de tizne, dando una lección sobre la Primera Visión. Estaba arrodillado en el piso frente a la clase haciendo una demostración de la Primera Visión… algo que no recomendaré nunca a ningún otro maestro, pero en él era supremo. Lo vi también un sábado por la mañana lavando los pisos en el Seminario de Arimo. El edificio estaba recién terminado y en funciones, pero no se había llamado a un conserje; allí estaba él, con un overol viejo del ejército, con un balde de agua jabonosa y un cepillo. Lo vi dirigir la música en Reno, haciendo brotar las voces inseguras y el poco talento de los alumnos y uniéndolas para cambiar la debilidad en fortaleza a fin de producir armonía y espiritualidad. Cacé ciervos con él en el cañón Manti y vi la profundidad de su alma, la vibración de su humor, la sinceridad del espíritu que hay en él.

Lo he visto con sus brazos sobre los hombros de un niño indio en Arizona, ignorando el hecho de que éste era un niño de raza diferente, sucio, apesadumbrado, despeinado, pero aun así motivo de su amor. Observé con reverenda en la Escuela Industrial del Estado, en Ogden, cuando enseñó el don de bondad a estos alumnos y me di cuenta de que su corazón era más grande que el enorme cuerpo que lo albergaba. Lo escuché dar una lección en una cochera en Dragerton. La temperatura estaba bajo cero, la cochera no tenía puerta, pero habían colocado una lona en la abertura y tenían una pequeña estufa de gas. Después de haber permanecido por un momento me olvidé por completo de los aspectos inconvenientes del lugar; bien podría haber sido el mejor salón de clases de todo nuestro sistema. ¿Sabéis?, él estaba tan extasiado que tampoco se percataba de esos inconvenientes. Lo vi en el Seminario de Pocatello. Las ventanas eran de vidrio transparente. Al otro lado de la calle había una máquina demoledora echando abajo un edificio. De pronto me di cuenta de que yo era el único consciente de lo que estaba ocurriendo afuera.

En Preston, Idaho, lo vi proporcionando guía a una pareja de adolescentes que estaban impacientes, sin armonía y en dificultades. Lo vi, con su investidura de obispo y la profundidad de su inspiración siempre evidente; lo vi con su brazo sobre los hombros de un muchacho vacilante, expresando su testimonio, diciéndole a este muchacho que si nadie más lo quería, él sí. He estado arrodillado en oración con él en la oficina principal de este departamento y he sentido su espíritu. Ha sido una asociación especial y hermosa. Como sabéis, él está sentado aquí entre vosotros, a vuestro lado, detrás de mí aquí en el estrado.

Bien, según me encontraba con este maestro de vez en cuando, he sentido que hay algunas cosas respecto a él; posee una profundidad que uno desde afuera no puede sondear y que nunca revelará. Solamente él conoce la sinceridad de sus oraciones; la honestidad de su arrepentimiento; la realidad de su amor por los demás; el trabajo duro que ha soportado; y la lucha que ha significado el hecho de vencer y mejorar. Solamente él conoce las desilusiones y los gozos que son parte de su alma verdaderamente grande. Línea sobre línea, precepto por precepto, un poquito aquí un poquito allí, él trabaja con vosotros y conmigo y mejora a los demás.

Unas palabras tomadas del ensayo de Ralph Waldo Emerson, intitulado “Leyes espirituales”, me recuerdan a este maestro:

“No hay enseñanza mientras el alumno no se lleva al mismo estado o principio en el que vosotros estáis; se produce una transfusión; él es vosotros y vosotros sois él; entonces hay enseñanza y mediante ninguna ocasión contraria o por malas compañías el alumno llegará a perder del todo el beneficio” (Ralph Waldo Emerson, “Spiritual Laws”, The Complete Writings of Ralph Waldo Emerson, pág. 172, Nueva York: Wm. J. Wise & Co., 1929).

Y así como creo que ocurre una transfusión y que él es vosotros y vosotros sois él y que se produce una enseñanza, también creo que la imagen que cada uno de nosotros presenta debe ser lo más parecida posible a este maestro ideal.

Dije al principio que ninguno de nosotros es exactamente como él, pero encuentro mucho de él en muchos de vosotros. Podríamos hacernos estas preguntas: ¿Qué es lo que lo hace ideal? ¿Podemos averiguar qué es? Si podemos averiguarlo, ¿podremos aislarlo y asirlo? Sugiero que existe la más sencilla y más básica de todas las explicaciones para eso que él tiene: la fe. El la posee. Repito: ¡él la tiene! Como veis, él está dispuesto —sin ninguna seguridad de ascenso o mejoramiento financiero o sin seguridad de mejoría en sus circunstancias— a seguir adelante con fe y hacer lo que se le ha asignado que haga. Primero ordena su vida. Si yo fuera a indicaros una de las más importantes leyes de la vida, lo que yo he aprendido, diría esto: Las cosas buenas —aquello que es deseable, que tiende a elevar, a glorificar, a exaltar— deben pagarse por anticipado. Lo contrario a esto puede pagarse después. Lo bueno debe ganarse; tiene un precio.

Los atributos que he tenido el privilegio de reconocer en vosotros, hermanos y hermanas, durante estos doce años, no son ni más ni menos que la imagen del Maestro de maestros que se ve reflejada en vosotros. Creo que de acuerdo con el grado de vuestra actuación, según el desafío y cargo que tenéis, la imagen de Cristo se graba sobre vuestros rostros. Podríamos decir que, en esa aula, en aquel momento y en aquella expresión y con aquella inspiración, vosotros sois El y Él es vosotros. La transfusión se lleva a cabo. Mediante ninguna ocasión contraria o por las malas compañías podréis jamás perder del todo el beneficio de ello.

¿Cómo lográis esta transfusión? Primero, la pedimos; oramos pidiendo ser “ideales”. Ahora quiero destacar la diferencia entre decir oraciones y orar. Me gustaría dar un ejemplo que algunos de vosotros ya habéis escuchado. Es tan común. Nosotros tenemos una vaca. (Vivimos en una pequeña granja a unas cuantas millas de distancia, hacia el norte.) Durante tres semanas yo no había estado en casa durante el día. Un día me tocaba abordar el avión más tarde y aproveché el tiempo para ir a ver a la vaca; me encontré con que tenía dificultades.

Llamé al veterinario y él la observó, la examinó y dijo: “Se ha tragado un alambre y el alambre le ha pinchado el corazón. Estará muerta antes de que termine el día.” Al día siguiente esperábamos que naciera el ternero y la vaca era importante para nuestra economía familiar. Además, la sentíamos casi como una “pariente”… vosotros sabéis cómo son esas cosas. Le pregunté al veterinario si había algo que pudiera hacer, y él dijo que sí pero sería inútil, dinero malgastado. Insistiendo le dije; “¿Cuánto se necesita?” A lo que él respondió y entonces me di cuenta que en realidad costaba. Sin embargo, le dije que procediera. A la mañana siguiente el ternero estaba allí, pero la vaca estaba echada boqueando. De nuevo llamé al veterinario, pensando que el ternero necesitaba algo de atención. Examinó a la vaca y dijo que moriría al cabo de una hora más o menos. Entré a la casa y busqué la guía telefónica, copié los números de una compañía de productos vacunos en general, colgué el papel al lado del teléfono y le dije a mi esposa que los llamase para que vinieran a buscar a la vaca más tarde durante el transcurso del día.

Tuvimos nuestra oración familiar antes de que yo saliera para Salt Lake donde me embarcaría con destino a la Estaca de Gridley. Nuestro pequeño hijo estaba listo para ofrecerla oración. Se trataba de su ternero, ¿sabéis? Cuando ya había dicho la mitad de su oración, después que había dicho lo que dice generalmente pidiendo al Padre Celestial que “bendigas a papá para que no sufra daños en sus viajes”, “bendícenos en la escuela”, etc., fue cuando realmente comenzó a orar. Hay una diferencia y éste es el punto que quiero aclarar. Él dijo:

“Padre Celestial, por favor bendice a Bossy para que ella esté bien”. Él dijo “por favor”, ¿veis? Mientras yo estaba en California me acordé de lo sucedido y cuando estábamos hablando en cuanto a la oración relaté el incidente, diciendo: “Me alegro de que haya orado en esa forma, porque aprenderá algo. Madurará y aprenderá que uno no obtiene todo lo que quiere por el mero hecho de orar así sencillamente. Hay una lección que aprender en eso.” Y ciertamente que la hubo, pero fui yo quien aprendió, no mi hijo; porque cuando llegué a casa el domingo por la noche, Bossy “estaba bien” y todavía lo está.

Ahora ruego que ocurra esta transfusión; ¡esforzaos por ella! Trabajad para llegar a ser dignos de ella, para ser moral y espiritualmente dignos.

Dejo con vosotros mis bendiciones, hermanos y hermanas, y os digo del amor que siento hacia vosotros. Vosotros significáis mucho para mí. Os digo cuánto ha influido en mí el Maestro de maestros que hay entre vosotros. Ahora que mi compañerismo con Él se ha vuelto más estrecho, más veraz, doy testimonio de que Él vive; que Él es todo lo que sabemos que es y que la obra en la que estamos comprometidos se hace por su voluntad y con su aprobación. Doy este testimonio en el nombre de Jesucristo. Amén.

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